El Arquitecto
Capítulo 1
Este capítulo es largo, así que está dividido en 2 partes.
* * *
Al cumplir catorce años Dinócrates tuvo una entrevista con su hijo.
—Cuéntame tus experiencias de estos años —le pidió.
—Nada me ha terminado de convencer, padre —aseguró—. Lo más interesante son las matemáticas, pero es una ciencia fría y sin alma. Supongo que me interesa sobre todo el arte.
—En ese caso me acompañarás durante un año en mi estudio de arquitectura. Aprenderás el arte del dibujo y los fundamentos de la escultura y de la construcción. Al terminar haremos un viaje para que conozcas las principales construcciones griegas y foráneas. Luego decidirás con libertad, pues odio torcer la voluntad de nadie. Si resuelves ser arquitecto, seguirás tus estudios en Atenas, en la escuela-taller del gran Praxíteles.
Así fue cómo Sóstratos se inició en la ciencia que lo iba a hacer famoso y, casi al tiempo, en las habilidades en cierto modo artísticas de Eros y Afrodita. Desde que pudo discernir le llamaron la atención las hembras. Había visto a su madre y hermana desnudas muchas veces, durante sus aseos, en el estanque o vistiéndose, y le atraían sus formas redondeadas y el aroma especial, subyugante, distinto al de los hombres, que desprendían sus cuerpos. El desnudo de Potoné era más consistente que el de Crítias, de caderas formadas, pechos en sazón, areolas atezadas y pezones eréctiles. La muchacha ostentaba unos senos que recordaban a los de las gacelas, pequeños, vibrátiles, y las bayas que se implantaban en sus rosadas areolas sugerían al hojaldre recién hecho. También eran distintas las curvas de sus nalgas: en la madre, rotundas, dos planetas simétricos a punto de colisión para crear vida, y en la hija, sugestivas elipses partidas en dos por una línea oscura y misteriosa. Lo que le desconcertaba y traía sin sueño eran sus sexos, cuevas negras como el esquisto egipcio que escondían el enigma, la madre de la vida. Sabía por Teón que dentro de la hendidura impar moraban los deseos, que allí se hallaba el calco, el molde exacto que acoge al falo humano, una réplica o vaciado de este como el que se hace con escayola de una columna o un fuste, pero, por mucho que preguntaba y le explicaba, no entendía nada. Decidió que la única manera de saber era experimentando y, con la inocua idea de aprender, se dirigió un atardecer a Sinesia, la menor de las muchachas siervas, en puridad una hermana, pero que lo encandilaba cien veces más que ninguna otra joven.
—Las chicas lo tenéis más fácil que los chicos —sostuvo.
Hablaban sentados en el borde del muro del estanque, los pies colgando, viendo las primeras luces del crepúsculo morir de edad en las colinas de levante.
—No sé a qué te refieres… —respondió intrigada la muchacha.
Charlar a la puesta del sol era algo que solían hacer, pues se llevaban bien. Últimamente había surgido entre ellos una especie de comunión espiritual, lo mismo que si compartiesen un secreto.
—¿Recuerdas las clases del maestro Teón, aquellas referidas al sexo de las hembras?
Sinesia enrojeció. Sóstratos nunca la había visto sumida en aquella verecundia que embellecía sus dieciséis años.
—Lo recuerdo muy bien, y también tu insistencia en conocer algo tan simple. Pero es tema que no debieras nombrar y menos estando los dos solos. No me agrada.
—Será simple para ti, pero para mí es un misterio —dijo el muchacho—. Para las mujeres es sencillo elucubrar sobre lo nuestro al ser algo exterior: simplemente lo veis cuando estamos desnudos y sabéis cómo es. Nosotros no podemos imaginar lo vuestro ni viéndoos desnudas, pues es cosa interior.
Silencio. La esclava, sorprendida por la rareza del discurso, miraba de hito en hito a su joven señor.
—Sé que has decidido ser arquitecto —afirmó al fin, tratando de desviar la atención de aquel tema escabroso.
—¿Sabías que mi verga puede alcanzar un tamaño diez veces mayor? —preguntó Sóstratos.
Sinesia cerró los ojos y se tapó los oídos.
—No quiero oírte —respondió.
—Ya veo que lo sabes… —dijo él casi chillando—. En cambio, no es justo que yo no sepa nada sobre los entresijos de vuestra gruta oculta.
La muchacha dejó de ocluir sus orejas. Tornó a mirarlo incrédula.
—¿Estás chiflado? Tu madre terminará enterándose de tus locuras. ¿Se puede saber qué te traes?
—Con la simple idea de saber, pretensión natural de un ser vivo, y siguiendo las ideas de Platón, te propondría que me lo enseñaras —dijo ignorándola y bajando el tono de la voz—. En justa permuta yo te ilustraría sobre una erección de verdad, auténtica.
Hubo un silencio con estrellas pálidas. Venus seguía en su lugar de siempre y la luna menguante asomaba entre las copas de los árboles que mecía la brisa. Sinesia miraba a Sóstratos con los ojos muy abiertos. Eran tan negros como el ala del cuervo. De repente, como picados por el mismo aguijón, estallaron en una carcajada simétrica que resonó en el aire y se enredó en el agua del estanque. No podían parar. Uno le contagiaba al otro si menguaba en su risa, recordándole el motivo hilarante. Tuvieron que abrazarse para evitar caer.
—Si piensas que voy a enseñarte «eso», insensato émulo de Diógenes, es que has enloquecido —dijo Sinesia cuando se serenó.
—Mi propuesta es sensata, diablesa —respondió el rapaz—. Acorde a Sócrates, quiero conocer la realidad a través de la experiencia. Te prometo no tocar: solo pretendo ver y ello exige tu colaboración. Intento averiguar el argumento que enloquece a los hombres, desbridar el mito de lo auténtico, desenredar el ovillo de la madeja donde nace el hechizo, dar con el meollo de lo lúbrico. Es algo que me tiene sin sueño. Por favor…
Sinesia se quedó pensativa. En sus ojos bailaba una sonrisa pícara.
—¿Qué me darías a cambio?
—Egoísta… Materialista… Puede ser una experiencia interesante para ti.
—¿Y si nos viese alguien?
—Buscaríamos un lugar donde nadie pudiese desvelar nuestro secreto. Un lugar con mucha luz, pues me hará falta para culminar mi observación científica con éxito.
Hubo una nueva risa estrepitosa y pegadiza. Sinesia, intrigada por aquella insólita propuesta, estaba alborozada, rubra de excitación, más bonita que nunca.
—No se me ocurre otro lugar mejor que la playa —propuso al fin—. Podríamos refugiarnos en la caverna excavada en la roca, junto al gran farallón. Pero, antes, júrame por Apolo que nadie sabrá jamás de esta locura.
* * *
Fueron a la desierta ensenada al despuntar el día, cuando la claridad lechosa desvelaba las sombras lo mismo que tamizada por un filtro. Bajaron el talud cogidos de la mano, recelosos, en actitud cómplice. Todo estaba en silencio. Se detuvieron al pisar la arena húmeda, con el agua lamiéndoles los pies. Sin tratar de ocultar la excitación se besaron con las bocas abiertas. Anduvieron el escaso medio estadio que los separaba de la caverna rozando las caderas, codiciosos, sintiendo en la yema de los dedos el calor del otro y en la palma la humedad porosa y el deseo vibrátil. En la cueva, un agujero que el mar y el viento habían labrado en la roca margosa, los esperaban los murciélagos. Fue fácil desnudarse: ella se quitó el manto de lino y él la túnica blanca en la que se marcaba el órgano viril. Se amaron muy despacio, con avidez, poseídos de idéntica inexperiencia primeriza y perpleja. Ambos habían escuchado a Teón que el amor debe ser lento y lánguido, que el fruto del placer nunca es flor del azar, que hay que saber buscarlo y encontrarlo, pues pocas veces tiene residencia fija. Sinesia debía situar el núcleo de su gozo en el dorso del cuello, pues temblaba y se agitaba cuando Sóstratos lo acariciaba con la boca. Habían oído también que el vértigo amoroso culmina en un deleite indescriptible, el clímax de todas las delicias, y que es cosa que debe compartirse para que sea perfecta. Por ello se aplicaron con afán al referido logro: antes de poseerse se acariciaron, besaron y mimaron sin dejar un resquicio de piel por remoto o inhóspito. El sol reinaba alto cuando, tras estudiarlo con calma tenaz y luz reverberante, Sóstratos se decidió por fin a dilatar el orificio angosto, a perforar la membrana virginal y navegar por el conducto estrecho. Los aullidos de gozo hicieron retemblar la cala y echaron a volar a las gaviotas, pero el mar se ocupó de borrar los vestigios de la lucha cruenta: la derramada y primeriza sangre himeneal.
* * *
Sóstratos se inició en la cantera viendo sacar los bloques de granito y de mármol. Contempló cómo cortaban, extraían, desbastaban y trasportaban la piedra, los modos de pulirla, labrarla y encajarla de forma matemática en el muro. El estudio de arquitectura de su padre, el más afamado de la Caria, se encontraba no lejos de su casa, en un altozano desde el que se divisaba la bahía y, al fondo, surgiendo de la bruma, Halicarnaso. Allí, entre maquetas, planos, rollos de pergamino, fustes y capiteles, Dinócrates aleccionaba a su hijo.
—Lo importante del arte arquitectónico es sentirlo —aseguró—. Tu abuelo afirmaba que poco vale ser bueno si no pones el alma en lo que haces y no logras trasmitirla a lo construido, ya sea casa, templo, mausoleo, puente o acueducto.
—No tiene que ser fácil.
—No lo es, desde luego, pero para triunfar como arquitecto tienes que dar a tus construcciones un sello propio, algo que haga decir al que lo ve: tal panteón o edificio es de Sóstratos. Si no te sientes capaz de ello, todavía estás a tiempo: dedícate a otra cosa. Es preferible ser el mejor capador de cerdos que el peor arquitecto.
Lo que más satisfacía al constructor en ciernes era el dibujo, para el que parecía estar dotado. Tanto el lineal, con punzón duro sobre tabla, pincel, pluma o carbón, como el modelado y de contornos salía de sus manos con una facilidad que admiraba a su padre. Sóstratos poseía un pulso tal que era capaz de delinear un círculo perfecto a mano alzada sin corregir el trazo. Aprendió rápido a distinguir los órdenes constructivos, dóricos, jónicos o corintios, de columnas y templos. Le cobró afición enseguida al buril. Su padre era un buen escultor, pero Sóstratos le superó muy pronto. Con solo catorce años hizo sus primeros desnudos sobre mármol, ciertamente pequeños, pero dotados de una fuerza expresiva que maravillaba. Su modelo era Sinesia, con la que se veía al menos una vez en semana antes del alba. Sin desvelar el secreto que ambos compartían, convenció a su padre para que permitiera a la muchacha posar para él. Posar como modelo en un estudio era normal cuando se trataba de efectuar bustos o desnudos. Las modelos más frecuentes eran cortesanas, pero no era raro que familiares o amigas del escultor se prestasen a ser interpretadas al cincel. A nadie le extrañó la elección, pues la esclava poseía un cuerpo perfecto, ideal para esculpir. Antes del año, entre desnudos playeros y escultóricos, no hizo falta desvelar ningún secreto, pues la panza de la muchacha proclamaba un embarazo de cinco meses.
Tampoco hubo de esperar mucho Dinócrates para conocer la elección del muchacho. Mediando el año le notificó su decisión: sería arquitecto. Cumpliendo su promesa, doce meses después de iniciados sus estudios, Dinócrates y su hijo emprendieron un viaje obligado para todo arquitecto griego de la época: visitar las tenidas como seis maravillas arquitectónicas del orbe conocido. La primera estación fue la vecina Halicarnaso, a la que se dirigieron al iniciarse la primavera para admirar el ya famoso mausoleo. Construido hacía sesenta años en honor y como tumba de Mausolo, un anodino rey de la Caria, el proyecto fue concebido por Artemisia, sucesora de Mausolo. La construcción de esta monumental tumba fue encomendada a los arquitectos Sátiros y Piteos, dos profesores de Praxíteles.
Situado frente al mar, junto al palacio real, el mausoleo de Halicarnaso levantaba su estructura rectangular en mármol blanco hasta una altura de ochenta varas. Su base, de sesenta por ochenta codos reales, soportaba dos hileras de ciento diecisiete columnas jónicas que a su vez mantenían un techo en forma de pirámide escalonada. En la cúspide se asentaba una cuadriga de bronce con las efigies del rey y de la reina. En las arcadas que formaban las columnas, los mejores escultores griegos y macedonios habían tallado figuras y relieves en esponjoso mármol blanco. El conjunto era de tal belleza que causaba pasmo. Y en actitud de arrobo compartido lo contemplaron Dinócrates y el joven Sóstratos. Los muchos curiosos llegados a diario del Asia Menor, el Ática y el Peloponeso, tenían vedada la entrada al interior, al catafalco que contenía los restos del monarca, pero Dinócrates, muy amigo del conservador del monumento, pudo acceder a él. Se trataba de una cámara grande, de suelo de mármol gris ajedrezado, iluminada por ocho orificios altos que dejaban entrar una claridad tenue y clorótica, funeraria. La caja mortuoria, de plomo, se engarzaba en una filigrana cruzada de oro, plata y mármol. Conteniendo la respiración, Sóstratos se dirigió a su padre.
—Es imposible hacer nada más bello y al tiempo más insustancial —dijo—. No entiendo que pueda dedicarse tanto tiempo y dinero a una tumba.
—La belleza no tiene que responder necesariamente a nada práctico —sostuvo Dinócrates—. Y en cuanto a lo banal de un catafalco, que no te oigan los seguidores de Hades, el dios de la muerte.
—Odio a Hades.
—Yo también lo detesto. Nadie ha visto su faz y sobre él solo caben especulaciones. Sus dominios son las insondables profundidades del Erebo, lote que le cupo en el reparto cuando Zeus se hizo cargo del cielo y Poseidón de las aguas.
Salieron a la intensa luz del mediodía. Hacía calor. Buscaron una taberna donde refrescarse y se sentaron. Bebió vino Dinócrates —el «regalo de Dioniso»— y agua con miel Sóstratos. Antes de comer visitaron unos baños públicos. Comieron frugalmente —pescado sobre brasas y aceitunas— y fueron a la posada que los acogía para dormir la siesta. No pudieron. El mozo tenía los ojos llenos de plata y mármol y la mente fija en el dispendio que representaba el mausoleo.
—¿Crees en el dios Hades, padre?
—Aquí y entre nosotros, te confesaré que tocante a los dioses soy escéptico. Ello no es óbice para que siempre exista el gusanillo de la duda. Por tanto, en el caso de Hades, el día de mi muerte te agradeceré que coloques debajo de mi lengua el óbolo.
—Lo haré por cumplir tu capricho, padre, pero el oro se pudrirá en la tierra junto a tus restos.
—¿Por qué dices eso?
—Porque lo del barquero Caronte y la laguna Estigia es pura broma. Tal opina Teón, el maestro que tú me designaste.
—¿Tampoco cree Teón en el can Cerbero que vigila la entrada al palacio de Hades e impide la salida al que pretende escapar del averno?
—El perro infernal de tres cabezas le provoca hilaridad especial. Teón afirma que sería muy sencillo desmontar las patrañas de Caronte y su laguna, Cerbero y sus cabezas y los óbolos: simplemente desenterrando media docena de cadáveres. En sus descarnadas y putrefactas bocas hallarías el oro intacto.
* * *
Navegaron a Éfeso para ver el reconstruido templo de Artemisa, pues el original había sido destruido por un incendio hacía setenta años. Aun así, la ciudad era de tal belleza y el nuevo templo tan interesante que Dinócrates quiso mostrarlo a Sóstratos. Vieron la escuela médica de Hipócrates y el teatro, el más grande de los griegos hasta entonces. Pasearon por las calles trazadas a compás, empedradas, con aceras y numerosos baños públicos y admiraron el templo. El original fue tenido por Antípatro de Sidón como la obra cumbre de la arquitectura. Dedicado a Artemisa, hermana de Apolo, diosa de la Luna, su construcción fue ordenada por el rey Creso de Lidia al arquitecto Quersifrón, un cretense de Cnosos. Fue terminado por Metágenes, hijo de Quersifrón. El templo reconstruido era casi tan colosal como el original, de trescientos setenta y siete pies de largo por ciento ochenta de ancho, el mayor de todo el mundo heleno. Era de orden corintio, en mármol jaspeado, con ciento veintisiete columnas de sesenta pies de alto, cientos de metopas y bajorrelieves, una gran puerta con las jambas de bronce, la cella estrecha y alargada y al fondo un baldaquino en el que se hallaba la estatua de la diosa esculpida en oro puro. El templo albergaba muchas obras de arte que nuestros visitantes admiraron absortos; Sóstratos escuchando las explicaciones de su padre que ya las conocía. Había esculturas de Polícleto, Fidias, Crésilas y Fradmon, pinturas murales y columnas revestidas de oro y plata. Ante tales expresiones artísticas, ensimismados, meditaron un buen rato el arquitecto consagrado y su alevín.
—Me comentó tu abuelo que Alejandro Magno nació la noche en que ardió el templo —dijo Dinócrates.
—Lo sé —corroboró Sóstratos—. Una mañana nos lo contó Teón en una clase de arte.
—Epicuro sentenció que, sabedora la diosa del hecho, estaba tan preocupada del acontecimiento que no prestó excesiva atención al incendio y dejó arder su templo.
—¿Cómo pueden arder el mármol y la piedra, padre?
—Lo que ardieron fueron las alfombras, tapices, cortinajes y ropajes de las esclavas y adoradores de la diosa —aseguró Dinócrates—. El intenso calor debió producir la acumulación de gases y la explosión del templo.
—¿Por qué se representa a Artemisa con el pecho lleno de ubres? —preguntó Sóstratos.
—Antes de ella se adoraba en Éfeso a Cibeles, madre de la tierra, una diosa fértil representada en los numerosos senos con que algunos la adornan. ¿Qué te parece el templo?
—Arquitectónicamente, una maravilla. Desde el punto de vista práctico, un despilfarro tan colosal como la construcción —respondió el muchacho.
* * *
Se embarcaron hacia el Pireo a primeros de hecatombeón, cuando los trigales estaban ya prestos para la siega. Pasaron en Atenas un día, justo para que Sóstratos contemplara la acrópolis y el templo en construcción de Zeus Olímpico. El calor era tan sofocante que siguieron a Delfos, pues Dinócrates, muy amante de los astros y de las predicciones del oráculo, quería presentar a su hijo a la pitonisa para escuchar su horóscopo. A duras penas hallaron alojamiento en una hostería abarrotada, pues se acercaba el día 7, día de augurios.
—Por mí no te molestes, padre —dijo el mozo—. Aleccionado por mi maestro Teón, no creo en adivinos, taumaturgos, quirománticos, magos ni videntes.
—El oráculo de Delfos no es ningún truchimán —aseguró Dinócrates—. Suele acertar en sus vaticinios y es muy respetado, respetada en este caso, pues es mujer.
—Consentiré para no contrariarte, pero no te incomodes si de repente me entra la risa y suelto el trapo. ¿Dónde ejerce?
—En un gran recinto sagrado dedicado al dios Apolo, muy cerca del estadio olímpico. Verás allí a multitud de gente que desea respuesta a cuestiones sobre su futuro. Situado a los pies del monte Parnaso, desde allí se contempla gran parte del golfo de Corinto.
—¿Son caros sus servicios?
—Es obligatorio hacer un sacrificio al dios ante el ara. Luego, tras escuchar su vaticinio, el consultante debe dejar una cantidad voluntaria para el mantenimiento del templo y sus sacerdotisas.
—Teón dice que hay un bosque de cedros, un manantial de agua limpia y helada y al lado una caverna.
—En Delfos hay varias fuentes, siendo la de Castalia la más popular, pues riega un bosquecillo de laureles, no de cedros, en el que se reunían divinidades griegas, diosas del canto o musas y de la poesía, también llamadas náyades, para el baño ritual y purificador.
—¿Es verdad que en la caverna moraba una serpiente? —preguntó Sóstratos.
—Una enorme pitón a la que Apolo dio muerte para apoderarse de su sabiduría y, de esa forma, ser él quien ejerciera como oráculo. El dios guardó las cenizas del ofidio en un sarcófago y lo enterró bajo una piedra labrada y oblonga, el ónfalos, que es el ombligo del mundo. Después, y en honor de la serpiente pitón, fundó los juegos Píticos, que se celebran cada cuatro años alternando con los juegos de Olimpia.
—De ahí lo de pitonisa…
—Exacto. Las pitonisas son las sacerdotisas encargadas del oráculo. Deben ser de conducta irreprochable en sus vidas y costumbres. Su nombramiento es vitalicio y tienen que residir en el santuario.
El día 7, considerado fecha del nacimiento de Apolo, se congregaron en la gruta de los pronósticos varios cientos de peregrinos de todo tipo, nobles y aristócratas junto a pobres de solemnidad. Todos habían comprado a diferentes mercaderes, con arreglo a sus posibilidades, corderos, liebres, gallinas, palomas, tórtolas y gorriones que habían sido degollados en el altar del sacrificio. Todos también habían tenido una corta entrevista con la maga, en la que fueron preguntados por datos y referencias de sus vidas, fecha y lugar de nacimiento. Después, uno a uno, iban pasando ante la pitonisa, sentada en un trípode al fondo de la gruta, junto a una grieta que parecía surgir del corazón de la montaña. Al llegar su turno, Sóstratos se acercó. La enorme caverna se hallaba en penumbra, con la sola y tenue luz de una antorcha lejana. Le pareció que la adivinadora estaba en trance, con los ojos vueltos mostrando el blanco de su capa esclerótica, desgreñada, temblorosa, como si se hallase bajo los efectos de una embriaguez de vino o de un narcótico. Masticaba algo que, al menos una vez, escupió sobre un plato. Al adelantarse pudo ver que se trataba de hojas trituradas, posiblemente de los laureles del bosquecillo, que tomaba de un recipiente a mano. Ya ante ella un sacerdote dijo algo en su oído. La pitonisa abrió mucho los ojos, miró a Sóstratos y dijo con voz doliente, apenas un susurro:
—Sóstratos, claridad duradera que alumbrará al mundo.
El sacerdote escribió el augurio en un pergamino, lo fechó, firmó y entregó al joven que salió de la caverna buscando el aire fresco que ya le faltaba. Dinócrates lo esperaba ansioso. El rapaz le entregó el pergamino.
—Es un feliz augurio —dijo el padre.
—Tengo ganas de ver el de otro consultante. Seguro que pondrá algo parecido. Se trata de contentar a todos.
—No es cierto —dijo Dinócrates—. En muchos casos la pitonisa hace ominosos pronósticos, como fue el caso de Niarchos, nuestro vecino de Knidos. Su hijo mayor resultó muerto al caer de un precipicio tal cual había pronosticado la adivina. Tu caso es diferente: serás luz duradera que iluminará el mar y la tierra.
* * *
Cruzaron a Olimpia, en el Peloponeso, desde el cercano puerto de Itea. Llegaron a la villa atestada de público y de atletas, pues en el mes de metageinion había olimpiadas. Fueron directamente al templo de Zeus, enorme, en cuyo peristilo principal se encontraba la estatua sedente del dios, de veinticinco codos reales de altura; un coloso esculpido en maderas preciosas, oro, plata y marfil. Obra cimera del gran Fidias, la estatua de Zeus de Olimpia era la favorita de Dinócrates entre todas las obras de arte que conocía. Estuvieron casi una mañana contemplándola. Zeus, sentado en un trono con el torso desnudo y un manto en torno a las piernas, llevaba la cabeza coronada de olivo. La mirada, dirigida hacia abajo, a los mortales, le confería un aire paternal. En la mano izquierda sostenía una Niké —diosa de la victoria— y en la derecha un cetro rematado por un águila. El manto estaba adornado de lirios dorados y las sandalias eran de oro fino. El trono en sí era una espectacular obra de orfebrería, construido de marfil, ébano, oro y piedras preciosas; el respaldo, los brazos, las patas y los travesaños entre ellas iban labrados y decorados con bajorrelieves. En el travesaño de las patas delanteras estaba reproducida la matanza de los hijos de Níobe. Al lado de la colosal estatua las gentes semejaban hormigas.
—Fíjate en el basamento de la figura —pidió a su vástago Dinócrates.
Sóstratos examinó con calma los bajorrelieves de esculpido marfil.
—Parecen divinidades o quizá musas —dijo.
—Fidias, como hace en la acrópolis de Atenas, elige para decorar un tema religioso, el nacimiento de una diosa, Afrodita, y lo trata como un acontecimiento cósmico presenciado por los dioses olímpicos y astrales. Como ves, Afrodita emerge del mar y es acogida por Eros.
—Es el trabajo escultórico más perfecto que he visto y no pensaba que pudiese existir —dijo asombrado el arquitecto en ciernes—. ¿Se sabe cuánto tiempo empleó Fidias en esculpir la estatua?
—Tres años —aseguró Dinócrates—. Pero intervinieron todos los ayudantes de su estudio, más de veinte. ¿Te apetece quedarte a ver los juegos?
—Odio la fuerza bruta —dijo Sóstratos—. ¿Cuál es nuestra siguiente escala?
—Egipto. Pasaremos por Alejandría para que veas la obra de tu abuelo, una ciudad trazada geométricamente. Conocerás también la primera de las maravillas edificadas por el hombre: las pirámides de Giza.
* * *
Un barco trirreme los dejó en el puerto nuevo de Alejandría. No estuvieron mucho en la ciudad, que crecía desbocada. Su inmensidad y el griterío la hacían inhabitable para gentes tranquilas. Dinócrates mostró a su hijo el antiguo asentamiento de Rakotis, la aldea de pescadores origen de la urbe, el Bruqueion, barrio residencial, los puertos y el dique —el Heptastadion— que los separaba y comunicaba la ciudad con la isla de Pharos. Navegaron una mañana por el lago Mareotis, de aguas grises y calmas. De todos los edificios y templos solo hicieron una rápida visita al museo.
—Te he traído a Alejandría para que veas la distribución simétrica de sus calles y plazas, obra de tu abuelo. Conozco la urbe al dedillo, pues mi infancia trascurrió aquí. Cualquier ciudad puede albergar monumentos interesentes y obras de arte, pero ninguna cuenta con el trazado cuadricular ni la amplitud que ideó Dinócrates de Rodas para esta.
—¿Es muy antigua?
—No tiene aún cien años. Mi padre quiso levantarla en el monte Athos, pero el general macedonio prefirió este lugar por motivos estratégicos, pues es la puerta de África.
—Parece muy poblada.
—Cuando yo la dejé, hace cuarenta años, tenía doscientos mil habitantes censados. Supongo que ahora la poblarán algunos miles más. Ello fue la causa de que nos trasladásemos a Knidos. Tu abuelo, igual que yo, odiaba las grandes multitudes y amaba la paz y el silencio.
El muchacho calló, pero no era su caso. Él prefería el bullicio de la gran ciudad a la quietud cansina y tantas veces aburrida de Knidos. Atenas lo impresionaba, pero todavía más Alejandría. La ciudad africana daba a la cultura griega un aire exótico, cosmopolita, con los colores, el sabor y la magia de Egipto. Por lo demás, el ambiente, idioma y costumbres eran los de cualquier ciudad en la Hélade. Solo la luz era distinta, más pura y amarilla, africana, provocada por un disco solar que parecía expandirse en el amanecer hasta colmar el cielo. Se propuso trabajar algún día como arquitecto en aquella urbe naciente y misteriosa, contribuir a la decoración de sus palacios, abrir nuevas calzadas y construir tal vez un monumento que lo inmortalizara.
Siguieron a Canopo, en la desembocadura de uno de los brazos del Nilo, atestada ciudad donde los adoradores de Serapis, dios alejandrino, eran legión. En su templo se agolpaban miles de enfermos llegados de todos los confines del Delta, pues su fama se cimentaba en las curaciones milagrosas que muchos le achacaban. Pocos conseguían en realidad sanar, pero todos pasaban el fielato del sacrificio previo ante el altar y los donativos a los sacerdotes de la deidad. El negocio de los intermediarios sanadores, sacerdotes orando, comerciantes vendiendo animales para las ofrendas, tenderos ofertando mil géneros y prostitutas postulando sus cuerpos debía ser próspero, pues se contaban a centenares. Los pocos que lograban curarse salían de estampida y sin mirar atrás, dejando antes un exvoto de cera con la representación de la parte sanada de su cuerpo: manos, pies, corazones, ojos, oídos, penes o narices. Los que morían eran embalsamados a un precio mayor que en la vecina Alejandría y los que seguían con su enfermedad se consolaban en cualquiera de los prostíbulos que rodeaban el Serapeium.
Dinócrates y Sóstratos comieron un cabrito detestable, correoso y desabrido, en una mala venta y se embarcaron en un jabeque que partía Nilo arriba hacia Giza con sal, aceite y cáñamo. Cuando, dos días después, se ofreció a los ojos pasmados del muchacho la visión de las grandes pirámides, estuvo un rato con la boca abierta. En medio de un silencio estepario, en una soledad que rompían dos árabes cetrinos y su manada de famélicas cabras, el sol de fuego iluminaba las gigantescas tumbas faraónicas de Jufu, Jafra y Menkaura que refulgían en el amanecer como los ojos facetados de tres grandes insectos. Alquilaron dos borricos a uno de los beduinos, pues Dinócrates sabía que habrían de recorrer un trecho largo, y a sus lomos se dirigieron a la pirámide principal, que rodearon, y luego a las demás, más chicas. Trataron de encontrar en sus bases algún orificio por donde penetrar, pero el único que hallaron —en la de Jafra— estaba cegado por la arena. En la de Menkaura, la pirámide más pequeña, que tenía desconchada de mármol parte de su superficie, Sóstratos inició la ascensión hasta donde pudo, pero resultaba trabajoso, pues los monolitos tenían casi su altura y se dejaban escalar difícilmente. Brujulearon entre las mastabas y tumbas de reinas y altos dignatarios faraónicos antes de detenerse en la Esfinge para admirar su belleza desafiante, retadora del tiempo. Cansados, les hablaron de una mujer que en un aduar de la orilla del Nilo poseía una taberna donde freía pescado y ofrecía dátiles y leche de camella. Comieron dátiles y carne de esturión sin dejar de pensar en lo que habían visto.
—¿Qué es lo que más te ha impresionado? —preguntó Dinócrates.
—Son tantas cosas… —dijo el muchacho tras pensar un segundo—. La intensa luz; su variedad en mil tonos cobrizos; el derroche de tiempo, dinero y seguramente vidas en algo inútil, muerto; la majestuosidad del lugar elegido para tan magnas obras de arte; la magnificencia imposible de emular de la gran pirámide; la exactitud geométrica en la orientación de todas ellas y, por fin, la perfecta horizontalidad de sus bases. ¿De cuándo datan las pirámides?
—Estas no son las más antiguas. Solo tienen dos mil doscientos años de antigüedad. Las primeras, más al sur, son más viejas e imperfectas, con forma escalonada. Yo no las conozco.
—No me entra en la cabeza que el culto al más allá de los egipcios concluyese en algo tan perfecto y colosal como infecundo. Se supone que el faraón de turno estará enterrado ahí dentro, en alguna parte del núcleo de la pirámide…
—En la cámara subterránea. Se sabe que existen, pero nadie las ha visto. Además están construidas de tal forma que llegar a ellas es más complicado y problemático que hallar una virgen en un lupanar.
—¿Se conoce de qué forma fueron construidas?
—Todo son suposiciones aleatorias. Mi padre pensaba que mediante rampas ascendientes a lo largo de sus caras. Se cree que explanaban el terreno con canales de agua para hacerlo perfectamente horizontal. Excavaban la cámara funeraria y después construían la pirámide, tanto más alta cuanto mayor fuese la fama del faraón. Se ignora la manera en que las orientaban siguiendo la rosa de los vientos, pues todas las pirámides a lo largo del Nilo tienen idéntica orientación.
—¿De dónde sacaban tanta piedra?
—De ciertas canteras próximas y lejanas. Cuando agotaban una buscaban otra. Se calcula que la pirámide grande contiene un millón de pedruscos de cuatro codos de largo por tres de alto, imposibles de mover por diez hombres.
—Y todo ello recubierto de mármol, lo mismo que la Esfinge.
—Cierto. Es una obra más propia de colosos que de hombres.
—Dispondrían de buenos arquitectos…
—Imhotep, arquitecto del faraón Zoser, fue quizá el más célebre de ellos — sostuvo Dinócrates—. Pero también tenían excelentes matemáticos. Según Tales de Mileto, el más grande de los sabios griegos, maestro de Pitágoras y primer medidor de las pirámides, la única forma de construir con tanta precisión era conociendo las estrellas y su exacta conjunción con los planetas.
Callaron. La charla era en voz baja, como si temiesen despertar a los colosos.
—He notado que faltan placas de mármol en las pirámides y en la Esfinge —dijo al fin Sóstratos—. Buscando por el suelo no encontré rastros de dicho material.
—Hay ladrones de tumbas como los hay de placas de mármol. ¿Viste el poblado que crece junto al río, en la otra orilla? Lo llaman Babylón. Todo el mármol de las fachadas de sus casas viene de las pirámides y de las desnudas mastabas que visitamos esta mañana.
* * *
Un jabeque que bajaba hasta Canopo los dejó en el Delta, desde donde cruzaron a la isla de Rodas en una nave egipcia. El motivo de la visita a la isla griega era conocer una gigantesca estatua que, situada en la boca del puerto y dedicada al dios Helios, se terminaba de erigir por el arquitecto rodio Cares de Lindos. Durante la navegación, Dinócrates fue explicando a su hijo datos del arquitecto y de su monumento.
—Conozco mucho a Cares —dijo—, pues estudió conmigo en la escuela de Alejandría que dirigía tu abuelo y después en Atenas, con Lisipo de Sición. Es un gran arquitecto. Me han hablado maravillas de su obra, que muchos llaman el Coloso de Rodas. Confío en que pueda mostrárnosla en persona, pues vive en la ciudad.
—¿Tiene el Coloso algún objetivo, iluminar tal vez el puerto por las noches? — preguntó Sóstratos.
—Te veo muy preocupado por la funcionalidad en las construcciones. No. El Coloso es puramente ornamental y votivo. Hace veinticinco años, Rodas, que en las luchas de los diácodos se había alineado con Ptolomeo I, fue invadida por un poderoso ejército dirigido por Demetrio Poliorcetes, hijo de Antígono I Monophtalmos, pues era tuerto. Para apoderarse de la ciudad, Demetrio construyó varias torres de asedio con el fin de asaltar las murallas. La primera torre, montada sobre barcazas, naufragó en una tormenta. Poliorcetes volvió a intentarlo con otra torre aún mayor, con base en tierra, pero los defensores rodios repelieron el ataque inundando el terreno y arrojando aceite hirviendo sobre los asaltantes. Un año duró el asedio antes de que Ptolomeo I, aliado de Rodas, enviara una flota que hizo huir a Demetrio apresuradamente, dejando sobre el campo todo su armamento. A pesar del fracaso, Poliorcetes no perdió su apelativo, que significa «conquistador de ciudades». Para celebrar la victoria los rodios decidieron erigir una estatua gigantesca al dios Helios, protector de la ciudad, trabajo que encomendaron a Cares, su paisano, que ya tenía experiencia esculpiendo estatuas de gran tamaño.
Para llegar a Rodas, la nave de Dinócrates y Sóstratos pasó por entre las piernas del coloso antes de atracar en una de las dársenas. Se trataba de la estatua de un gigante desnudo cuyos pies se apoyaban en sendas plataformas rocosas enfrentadas en la punta de los muelles, en forma de arco, que cerraban el puerto. El metal que lo cubría refulgía al sol tanto que cegaba cuando reflejaba su luz. Su enorme falo, recio y péndulo, largo como el mástil de un jabeque del Nilo, resplandecía entre los testes que lo flanqueaban en un desafío impúdico que parecía no molestar a nadie. En la mano derecha humeaba un pebetero y con la izquierda sostenía una gran lanza. Un delicioso aroma a jazmín perfumaba el ambiente. El mozo se encontraba sin habla. Cuando por fin salió de su perplejidad preguntó:
—El material de construcción parece bronce.
—Lo es, en efecto.
—Su peso debe ser extraordinario.
—Menos de lo que supones, pues la estatua es hueca —aseguró Dinócrates.
—¿Cómo se sustenta?
—Cares nos lo explicará.
El barco buscó atraque junto a una nave fenicia. Antes de admirar la construcción de cerca, los viajeros se alojaron en la mejor posada y enviaron un emisario a Cares de Lindos, que vivía no muy lejos. El arquitecto se presentó enseguida y se fundió en un abrazo con su viejo camarada y compañero de estudios. Estuvieron un rato largo evocando episodios juveniles y de sus trayectorias profesionales, de las numerosas veces que habían coincidido. Sóstratos contemplaba la escena en silencio.
—Este es mi hijo Sóstratos, que ha decidido ser arquitecto —los presentó Dinócrates—. Ello es la causa de este viaje.
Se saludaron levantando la mano derecha, al modo griego.
—Enhorabuena por tu coloso, Cares. Es sencillamente deslumbrante —dijo el joven—. ¿Te llevó mucho tiempo su construcción?
—Doscientos operarios, entre fundidores, albañiles y soldadores, trabajaron cerca de tres años. Está recién terminado de construir y de ahí su brillo.
Iban aproximándose a la estatua mientras hablaban, paseando por el muelle entre marineros que descargaban o estibaban mercancías, pescadores que desembarcaban sus capturas y carros llenos de fardos. En un almacén subastaban en aquellos momentos varios lotes de esclavos. Llegaron a uno de los pies del Coloso y ascendieron por unas escaleras de piedra labradas en la base de la roca que le servía de apoyo. El pie, del tamaño de tres bueyes, tenía en el talón una puerta por la que se accedía al interior del monumento. En realidad, más que puerta, era una de las placas de bronce que podía girar en sus bisagras. Un candado la aseguraba para impedir la entrada a extraños. Penetraron y contuvieron la respiración: en la incierta penumbra taladrada por la claridad que filtraban las paredes broncíneas, una escalera metálica de caracol ascendía entre una maraña de cables, chapas, flejes y láminas de hierro entrelazadas que soportaban la estructura. Subieron muy despacio, observándolo todo, sin dejar de escuchar las explicaciones del constructor.
—El Coloso tiene sesenta y cuatro codos reales de altura y pesa cincuenta y ocho toneles, que vienen siendo dos mil doscientos talentos de peso griego —aseguró.
—¿Dónde instalaste el taller de fundición? —preguntó Dinócrates.
—En los mismos muelles. Los mejores fundidores de la isla y varios llegados del Ática y del Peloponeso hacían las piezas con arreglo a mi diseño. Fue un trabajo duro.
—Pero gratificante. A la vista está, mi viejo amigo —dijo Dinócrates.
—Puedo decir que he culminado la ilusión de mi vida —aseguró el arquitecto rodio.
—Habrá sido una obra muy costosa —intervino Sóstratos—. ¿De dónde llegaban los minerales?
—El mineral de hierro, del Asia Menor; el cobre, de la isla de Chipre, y el estaño, de Tracia y Macedonia.
Al llegar a la altura del pecho de la estatua emergían de la escalera dos pasillos de reja protegidos con barandillas de soga trenzada. Dinócrates comprobaba a cada paso la firmeza de la construcción y de sus miles de soldaduras.
—Seguidme —dijo Cares a sus invitados.
Lo hicieron a través de uno de los pasillos a una abertura en un costado del Coloso.
—Visitaremos el interior del brazo derecho hasta la mano que sostiene el pebetero —dijo Cares.
Una escalera estrecha los bajó hasta el codo y un pasillo recto y casi horizontal los llevó a la muñeca. Había allí un muchacho de no más de doce años encargado de suministrar el incienso al recipiente en forma de copa en el que ardía. Una angosta abertura en la placa de bronce permitía admirar la ciudad, bellísima desde esa perspectiva.
—Se trata de incienso de jazmín —dijo Cares—. Fue una idea de mi mujer.
—Una muy buena idea —aseguró Dinócrates—. Y funciona, pues el aroma se detecta a distancia.
—Así es —corroboró el constructor—. El aroma a jazmín lucha ventajosamente con el tufo inevitable de cualquier factoría y aleja a los mosquitos.
Retrocedieron al cuerpo del Coloso y siguieron ascendiendo hasta los ojos, donde había una plataforma con un banco de madera. El orificio ocular era tan grande que cabía una cabeza humana. Se ocluía con un opérculo de vidrio esmerilado que podía abrirse. La vista desde allí era escalofriante: el mar inmenso y al fondo, en días claros, las costas de la Caria.
—Tengo vértigo —dijo Sóstratos.
—No mires hacia abajo, mira al frente —le recomendó Cares—. Este es el rincón en el que me recojo si estoy cansado o quiero meditar —añadió.
Se estaba bien allí. El silencio era pleno. Lo rompía el zureo de un palomo, capitán de una familia de volátiles que anidaba en alguna parte de la estatua. De vez en cuando, a favor sin duda del viento, la construcción oscilaba o se estremecía levemente.
—Se mueve… —dijo Sóstratos demostrando aprensión.
—No es de temer —sostuvo Cares—. El Coloso está a prueba de galernas y tormentas. Sus soldaduras son firmes y se revisan periódicamente. Todas las estructuras metálicas tiemblan si sopla el viento. Me preocupa más un fuerte terremoto, aunque aquí no son tan intensos como en tierra firme. Por ello su estructura está muy reforzada y calculada para sostener el triple de su peso. Más que el viento y casi como los seísmos me inquietan las palomas.
—¿Por dónde entran y salen? —preguntó Sóstratos.
—Lo ignoro. Por los ojos tal vez, cuando se abren para su limpieza, o por pequeños orificios de dilatación que tienen las placas de bronce bajo las axilas. Los pájaros caben en cualquier parte.
—¿Y qué es lo que te preocupa de una simple paloma? —quiso saber el mozo.
—No hay una, sino varias, y pronto serán más, pues son prolíficas. Sus deyecciones son terriblemente cáusticas y terminan corroyendo los metales y cualquier cosa que toquen, hasta la piedra.
—¿Estás diseñando o planeando algo? —preguntó Dinócrates.
—Levanto un templo en Lindos, mi ciudad natal. Se alzará en lo más alto de la acrópolis, estará dedicado a Hera y será hexástilo.
* * *
Iniciándose metageinion embarcaron hacia Antioquía, al fondo del mar Mediterráneo. Se dirigían a ver la última de las seis maravillas del mundo conocido: los jardines colgantes de Babilonia. Sóstratos todavía digería lo visto en Rodas cuando iniciaron la travesía del desierto sirio a lomos de camello. El calor era asfixiante durante el día, pero refrescaba al caer el sol y hacía frío franco en las noches silentes y estrelladas. Iban formando parte de una caravana que se dirigía a Samarcanda con vino, aceite y sal para regresar con especias y sedas. Dinócrates alquiló dos buenas monturas y una tienda espaciosa que los camelleros se encargaban de montar y desmontar a diario. La travesía del desierto duró dieciocho días. Las aldeas estaban muy alejadas entre sí, pero los pozos de agua eran abundantes, hallándose en oasis habitados de conejos y pájaros pequeños y cubiertos de palmeras datileras. Más peligrosos que los escorpiones y las víboras cornudas, que causaron un par de bajas en los caravaneros, eran los salteadores que atacaban de noche para robar camellos o mercancía. Dos veces a lo largo de la ruta, el jefe de la expedición, un malencarado pero eficiente persa, debió pagar peaje a cuadrillas de bandidos que, apostados en riscos a lo largo de la pista polvorienta, impedían el paso. Era una costumbre antigua que ninguna ley podía impedir en aquel arenal dejado de la mano de los dioses. Pasaron por Aleppo, a mitad de camino hacia el Éufrates, y siguieron buscando el curso del gran río hasta llegar a Mari, en su orilla derecha. Sóstratos nunca había visto una corriente de agua tan majestuosa: más ancha que el Nilo a la altura de Giza y con tanto caudal. Todos, hombres, mujeres y niños, se zambulleron en ella desnudos o vestidos y alguno sin bajar del camello. Tras dejar en el Éufrates el sudor y el polvo del camino, por ser más cómodo y rápido, tomaron un navío fluvial que, tras hacer escala en Sippar, los dejó en Babilonia al tercer día.
La ciudad, ya conocida por Dinócrates, era de gran belleza, rodeada de parques y jardines, con una luz especial y rica en agua. Su antigüedad se perdía en la noche de los tiempos. Pasearon por su centro de construcciones bajas junto a viejos palacios, viendo templos y grandes ruinas antes de pasar a visitar el monumento principal. Sóstratos se veía muy interesado en todo.
—Parece una población muy antigua —dijo.
—Pocas le ganan en años —reconoció Dinócrates—. Según la Biblia, el libro sagrado de los israelitas, fue fundada por Nemrod hace dos mil trescientos años, casi al tiempo en que se edificaban las pirámides que vimos en Egipto. Por aquella época se inició también la construcción de una gran torre, llamada de Babel, nombre hebreo de la Babilum acadia, equivalente a Babilonia en nuestro idioma, que significa «la puerta de Dios».
—¿Qué fue de ella?
—Dicen los israelitas que sus albañiles y obreros no se entendían, al proceder de diferentes patrias, y por ello nunca adelantó en altura más allá de los doscientos codos reales. En cualquier caso, se derrumbó quizá por algún terremoto, pues esta es zona sísmica. Son las ruinas que vimos antes.
—¿Quiénes vivían aquí?
—Se sucedieron acadios, sumerios y amorreos. Rendían culto a Marduk, el dios de la ciudad, y contaron con un rey poderoso, Hammurabi, que se hizo con el poder entre el Tigris y el Éufrates y recopiló el primer código legal, que lleva su nombre. Luego llegaron los hititas, casitas y por fin los asirios. Nabucodonosor II, descendiente del gran Asurbanipal, fue el constructor de los jardines colgantes hará trescientos cincuenta años.
—Seguro que tratándose de plantas y flores habría de por medio una mujer.
—Así fue. El rey quiso hacer a su esposa Amytis, hija del rey de los medos, un regalo que demostrara su amor y le recordara las hermosas montañas de su tierra, tan diferentes de las extensas llanuras babilónicas.
—Ardo en deseos de contemplar los jardines.
—Los veremos mañana, pues su belleza se aprecia mejor a la luz matinal que cayendo el día.
Contemplaron la magna obra al día siguiente. De camino a la orilla del río, donde se encontraba, tropezaron con los seguidores de un santón chino o hindú conocido como Buda, vestidos con túnicas de color ladrillo, descalzos y rapados al cero, entonando extrañas canciones rituales con un sonsonete que salmodiaban todos a la vez. Iban en fila, uno detrás del otro, despiojándose, pues su extraña religión les impedía matar al menor animal. Por ello barrían con una escobilla el suelo que iban a pisar para no aplastar hormigas o cucarachas, pues, según sus pueriles creencias, en su segunda vida se convertirían en el animal que hubiese sido muerto por su mano. De repente se toparon con los jardines.
Estaban situados en la margen izquierda del Éufrates, al lado del palacio real. Los formaban una serie de enormes terrazas abovedadas alzadas unas sobre otras, de fábrica de ladrillo cocido y asfalto, recubiertos de mármol de diversos colores descansando sobre pilares cúbicos. Las terrazas eran huecas y estaban rellenas de tierra para permitir que árboles de gran tamaño y mil clases de plantas medrasen a favor del sol casi perenne y de la gran riqueza en agua contenida en un depósito situado en la parte más alta. Una inmensa escalera permitía ascender a un mirador fantástico, flanqueado de cedros. Multitud de fuentes y cascadas e infinitos parterres de flores de todas las variedades existentes alegraban el oído y la vista. Eran muchas las estatuas dedicadas a los dioses locales. Se veían en libertad pájaros de cien clases, pavos reales, elefantes, ciervos y ardillas. La extensión del jardín era inmensa, tanta que la fila de cuarenta columnas de mármol —de veinte codos de altura— que sostenía el pórtico de entrada se hacía pequeña comparada con las grandes terrazas sobre el río. Sóstratos enmudeció durante el recorrido por los jardines. Solo al final se atrevió a preguntar:
—¿Por qué lo de colgantes? Yo pensaba que estarían suspendidos de cables o de cuerdas, en el aire.
—A mí también me chocó cuando los vi de muchacho, de la mano de tu abuelo. Se trata de un defecto de traducción de nuestro término kremastos, que significa «colgar», pero también «sobresalir», como lo hace una terraza o un balcón.