El Arquitecto
Capítulo 3
Este capítulo es largo, así que está dividido en 3 partes.
—¿Quién corrige las obras? —preguntó esta vez Sóstratos.
—Los investigadores —contestó Apolonio—. Pertenecen a dos clases: filólogos y filósofos. Los primeros reciben el libro y estudian a fondo los textos y la gramática. Los mejores filólogos están formados en el propio museo. Los hay versados en historiografía y expertos en mitografía griega e hindú. En cuanto a los filósofos, se ocupan del resto de los temas que abarcan el pensamiento y la ciencia: física, ingeniería, literatura, biología, medicina, astronomía, geografía y matemáticas.
—Supongo que las traducciones serán siempre a nuestro idioma griego —dijo ella.
—Normalmente. Pero tenemos traductores y copistas que lo hacen al latín, aunque en menor proporción. Las copias son siempre sobre pergamino, material de fina piel de oveja o vaca ideado en la ciudad de Pérgamo que se conserva mejor que el papiro. En nuestros depósitos se almacenan miles de pergaminos listos para su uso. Hay especialistas en cortar pliegos y en trasformar los rollos de papiro, o volúmenes, en libros cortados de manera simétrica o tomos. Curiosamente se valoran más las copias que el original, pues están corregidas.
—Es apasionante —dijo Sóstratos—. ¿De dónde sale tan ingente cantidad de material escrito?
—Desde la fundación de la biblioteca por Ptolomeo Sóter y siguiendo instrucciones de Demetrio Falero, un experto literato que contrató al efecto, son docenas los buscadores alejandrinos de libros y manuscritos por las siete esquinas del orbe. Todo lo interpretado sobre papiro, piedra, cera o pergamino es válido. Desde Zenódoto de Éfeso, primer bibliotecario, ayudantes cualificados rebuscan por todas las culturas y lenguas conocidas en pos de libros o bibliotecas enteras, para negociar su compra o préstamo y poder copiarlas.
—Al precio actual de un libro, ello supone una inmensa cantidad de dinero —dijo Sóstratos—. ¿Tan rico es el reino?
—Alejandría vive del comercio y es muy próspera. El primer Ptolomeo, descendiente de guerreros, apostó por la cultura antes que por la guerra como fuente de bienestar. Su sucesor dedica grandes sumas a la compra de libros, a la docencia y a la investigación, convencido de que el descubrimiento de nuevos métodos para desarrollar la ciencia redundará en beneficio del pueblo. Ptolomeo Filadelfo quiere convertir a Alejandría en la patria del libro, sucediendo en ello a Atenas.
—Aseguran que la demanda de originales griegos desde Roma está en auge — dijo Pitia.
—Es cierto. Roma crece basándose también en la cultura. Y la cultura actual hay que buscarla aquí. Siempre hay en el museo docena y media de estudiantes romanos. Cuando culminan su formación, solo se les permite regresar a su tierra con un máximo de siete libros, y está perseguido el contrabando.
—¿Contrabando de libros? —inquirió Sóstratos.
—Es práctica en aumento, dado el precio de un tomo y las enseñanzas que comporta su lectura. Por ello se inspeccionan los buques que llegan o parten de la ciudad cargados de mercancías diversas. No es raro encontrar rollos de papiro o textos en pergamino en sus bodegas. Cuando ello ocurre se confiscan y trasladan a los depósitos de la biblioteca, donde los amanuenses se encargan de copiarlos. Luego los libros son devueltos a sus dueños, salvo que se trate de un ejemplar muy valioso, en cuyo caso se requisa y se reintegra la copia.
* * *
Las obras del palacio real avanzaban al mismo ritmo que el embarazo de Pitia. El edificio exhibía la belleza creciente de sus muros mientras la piel y el rostro de la helena brillaban con luz propia. Jamás estuvo más hermosa la ateniense que durante aquella gravidez a sus veintiún años. Las leves aristas de su rostro se afinaron, los sonrosados pómulos se hicieron pétalos de glicinia y sonrieron sus ojos. No engordó demasiado y solo hacia delante. Vista de espaldas, nadie hubiese dicho que se hallaba encinta. Sus senos, duros como obsidiana, querían perforar túnica y peplo. Exhalaba un suave perfume a limón y violetas con el que combatía el calor de aquella primavera. Estaba satisfecha. Era su primera gestación sin molestias y en la que no menguaba su sensualidad, algo que para ella representaba media vida. Buscaba a su marido cada noche y lo encontraba. Sóstratos, gratamente sorprendido de aquel cambio, le dedicaba todo el tiempo que le dejaban sus labores de arquitecto.
No dejó la joven su trabajo en la biblioteca hasta dos días antes de dar a luz. Tras ser bañada por sus doncellas en el aljibe del jardín, perfumada y compuesta, caminaba en compañía de Amruz los tres estadios que separaban su casa del museo, donde era ya conocida y apreciada por todos. Saludaba sin falta a Euclides, el geómetra, que trabajaba en su sección rodeado de alumnos de toda la ribera del Mediterráneo. Al llegar ella los científicos cesaban en sus especulaciones y teoremas sobre puntos y líneas, planos y paralelas, rectas y curvas. Rogaba que prosiguiesen su labor, aunque no entendía mucho. Los más jóvenes se encandilaban admirando en silencio su belleza. El sabio alejandrino, de quien nadie sabía su origen, era alto, pelirrojo, de nariz aguileña y apariencia semítica. Vivía en la residencia de sabios. Repasaba, junto a sus colaboradores, su obra magna, Los elementos, una recopilación del conocimiento impartido en el museo. Pitia, más por confraternizar, se interesó por ella una mañana.
—Mi trabajo presenta, partiendo de cinco postulados, el estudio de las propiedades de líneas y puntos, círculos y esferas, triángulos y conos, es decir, de las formas regulares —aseguró el matemático.
Al tiempo de hacer su exposición, Euclides le mostraba sus dibujos. Le explicó algo sobre la suma de ciertos ángulos, e iba a hacerlo referente a dos líneas paralelas alejándose ad infinitum cuando Pitia comprendió que lo suyo no era la geometría. Tosió con levedad, lo aturdió moviendo la melena y esparciendo en el aire su aroma, se rozó la panza con la mano y simuló un vahído. Todos se abalanzaron hacia ella.
—Estoy bien —dijo agitando sus largas pestañas, imitando a esos pájaros pequeños que liban el néctar de las flores—. Será el calor —añadió—. Seguiremos mañana.
Saludó a Serófilo, el físico, y al astrónomo Timócaris antes de llegar a su sección. Apolonio trabajaba ya revisando rollos de papiro y anotando datos en el catálogo. Se saludaron al modo griego: de palabra y levantando el brazo.
—¿Has descansado bien? Tienes muy buen aspecto —aseguró el poeta.
—Gracias. He soñado toda la noche con la biblioteca —dijo Pitia—. Siento curiosidad por ver tus libros raros, esa Historia del mundo de que hablaste.
—Esperando que me lo pidieras, solicité la llave de la cámara a Calímaco. Déjame terminar esta compilación y te la mostraré.
El depósito de libros antiguos estaba en los sótanos, en un gran habitáculo iluminado desde un lateral con luz natural por claraboyas de vidrio. Allí la temperatura era más fresca en los meses calientes y tibia en los inviernos, cuando se utilizaba la calefacción. Por el peligro de incendio que representaban estaban prohibidas las antorchas y lámparas de aceite. La claridad proveniente de las claraboyas era aumentada por espejos que la reflejaban sobre los textos donde se trabajaba. Una serie de armarios protegían del polvo y la humedad a tomos y volúmenes. Apolonio abrió uno de ellos y sacó un ejemplar de gran peso y tamaño que a duras penas pudo colocar en un enorme facistol. Sus tapas eran de gastada y amarillenta piel.
—Este es el primer volumen de la Historia del mundo, atribuido a Beroso.
—Un sacerdote babilónico, dijiste el otro día. ¿Está escrito en griego?
—Hay una parte en caldeo y otra en sumerio.
—¿Hablas esos idiomas?
—No, pero el libro está traducido a nuestra lengua.
—¿Y de qué trata? —preguntó Pitia.
—De la creación de la tierra por el dios de los hebreos, Yahvé. El pueblo de Israel no cree en nuestros dioses.
—Yo tampoco. ¿Qué sucedió?
—Según Beroso, Yahvé hizo el mar y la tierra en siete días y después descansó. Fabricó un hombre con su soplo y, con una de sus costillas, modeló a la mujer para que no estuviese solo. Ello ocurría en el paraíso terrenal, que Beroso sitúa entre los ríos Tigris y Éufrates.
—Suena muy infantil —dijo Pitia—. Continúa.
—Adán y Eva, que eran los nombres del primer varón y la primera hembra, recorrían desnudos el jardín, se alimentaban de los frutos de los árboles y fornicaban sin cesar, procreando hijos que a su vez se unían entre sí para aumentar la especie.
—Eso me gusta. No hay nada más bonito que el amor… —dijo ella acercándose a Apolonio hasta rozarlo e inundarlo de su aroma. Este interrumpió la lectura.
—Te ruego seriedad, querida Pitia; tu proximidad me desconcierta e impide la lectura.
—Está bien, más que arisco. Prosigue.
—Una serpiente ofreció a Eva una manzana de un árbol mágico. Le aseguró que, comiéndola, sería tan sabia como Yahvé y también inmortal. Ella lo hizo y le ofreció un bocado a Adán. Tras probar la manzana se dieron cuenta de su desnudez, que cubrieron con las hojas de un arbusto. Entonces apareció su dios y los expulsó del paraíso.
—Vaya imaginación… —dijo la muchacha—. Me quedo con Apolo, Afrodita, Ares, Ártemis, Atenea, Dionisos y los demás. Aunque no crea en ellos, nuestros dioses son vitales.
—Pues los hebreos están contentos con su dios —sostuvo el joven sabio—. Yahvé los conduce y protege, pues, por una u otra causa, todos los persiguen. Los antiguos egipcios, tras ser sometidos por aquella deidad a una serie de plagas, los expulsaron de su tierra. Tirios, troyanos, asirios, sumerios, caldeos y persas se empeñan en mortificarlos y en destruir su templo palestino, en la vieja Jerusalén que allí llaman Al-Quds, que quiere decir «La Santa».
—Qué curioso… ¿No saben defenderse?
—Hasta donde yo sé, no son buenos guerreros. Fueron sometidos a esclavitud en Egipto y Babilonia y después vencidos varias veces. Esperan a un caudillo, Mesías lo llaman, que los sacará de su actual postración y los llevará al triunfo sobre sus enemigos.
Pitia rozó su pie descalzo con el de Apolonio, solo un instante, tratando de juguetear. Sus negros bucles se despeñaron delante de sus ojos inmensos y en su boca danzó, lasciva, una sonrisa pícara.
—No vuelvas a hacer eso, Pitia, te lo ruego. Eres la mujer de mi mejor amigo. Y quiero que lo siga siendo.
—Estamos solos. Solo Afrodita contemplará nuestra desnudez si te decides. Hace calor…
—Perderás un buen profesor si sigues torturándome.
—Confiesas entonces que te torturo.
—Tendría que ser un eremita en otro caso. Pero jamás defraudaré la confianza de Sóstratos.
—Mi marido entendería. Además tiene la cabeza en otras cosas.
—Ni una palabra más, querida, o dejaré de ser tu camarada —dijo Apolonio poniendo énfasis.
—No te enfades, cariño. Déjame ver otros libros curiosos.
El poeta cogió de una vitrina un libro y se lo mostró a Pitia. Estaba bellamente encuadernado en piel azul.
—Es un libro reciente, pero muy valioso. Son las Cartas de Aristeas a su hermano Filócrates. Está escrito en arameo por un hebreo anónimo. En ellas se narra un hecho acaecido al comienzo del reinado de nuestro Ptolomeo Filadelfo. Demetrio Falero, el bibliotecario de quien te hablé, gran entusiasta del museo, rogó al rey que le permitiera viajar a Al-Quds, la capital israelita, para pedir en préstamo el libro de la ley judía, la Torá y, de camino, regresar a Alejandría con unos cuantos traductores que vertieran al griego sus cinco volúmenes. Eleazar, el gran rabino de Al-Quds, envió a Alejandría los libros y setenta sabios traductores que se recluyeron en el islote de Pharos setenta días. Por primera vez aquellos cinco libros, el Pentateuco, pueden leerse en griego. Se trata de la Biblia Septuaginta o de los Setenta, que los judíos-griegos pueden consultar en su idioma.
—Bésame… —dijo ella.
—¿Estás loca?
—No es preciso que sea en plena boca. Solo un beso pequeño, lateral. Me apeteces…
—Daré por no escuchada tu peregrina petición. A partir de ahora solo conversaremos, estudiaremos o colaboraremos en público.
—Te pido perdón. ¿Llegaste a conocer a Demetrio Falero?
—No. Yo era un muchacho cuando murió hace siete años —dijo Apolonio con el ceño fruncido, aparentando recato y seriedad.
—Fue mucho tiempo gobernador de Atenas. Ejerció tal cargo cuando yo era pequeña —añadió Pitia.
—Lo sé. Como también que fue expulsado del poder por Demetrio Poliorcetes. Era un gran viajero. En una ocasión, antes de abandonar Grecia, sabedor del auge que tomaba la biblioteca alejandrina, convenció a los atenienses para que enviasen a Alejandría los manuscritos de Esquilo, que estaban depositados en el archivo del teatro de Dionisos, con el fin de copiarlos.
—El teatro de Dionisos… —repitió Pitia—. Su recuerdo suscita mi emoción. Allí me enamoré de Sóstratos.
—¿Cómo puedes amar a tu marido, tener hijos con él y pretender besar a otro hombre, más que loca?
—Son cosas diferentes. No lo entiendes. Yo distingo el amor de la pasión. Prosigue con Falero.
—Te temo más cada instante que pasa —dijo Apolonio—. Me das miedo…
Parecía tan intranquilo como el mosquito ante la mantis religiosa, sin saber por dónde amagaba el peligro o en qué momento se produciría la temida catástrofe.
—Sosiégate, que no voy a comerte —le tranquilizó ella—. ¿Qué pasó con la copia del famoso archivo?
—El consejo de ancianos estudió la propuesta. Ella conllevaba la obligación de depositar una fuerte suma como depósito hasta la devolución de los textos. Se hacía siempre que se prestaba una obra de arte. Los manuscritos llegaron al museo y se hicieron las copias pertinentes, pero nunca regresaron a su lugar de origen. En lugar de ello se devolvió una de las copias realizadas en la biblioteca. Ptolomeo Sóter perdió la fianza, una importante cantidad en oro y plata, pero prefirió quedarse con el tesoro que suponían para su biblioteca los manuscritos.
Pitia primero esbozó un gracioso bostezo, luego se estiró como una gata persa y por fin mostró sus axilas intonsas. Las bridas de sus senos se tensaron y los pezones, tiernas bayas de enebro, se marcaron en la tela sutil del himacio. Apolonio sintió que le faltaba el aire y, en las sienes, un zumbido de fragua.
—Conseguirás que me dé algo —dijo—. Seguiremos otro día.
* * *
Siempre de la mano de Apolonio continuaron recorriendo la gran ciudad. Esta crecía imparable, recibiendo gentes en aluvión de los cuatro puntos cardinales. Nuestros amigos constituían un trío inconfundible que empezaba a ser conocido en cualquier barrio: una pareja de jóvenes apuestos, ricos por su atavío, confraternizando como hermanos, y en medio Pitia, una bella mujer gestante repartiendo sus favores por igual. Todo muy surrealista, alejandrino, propio de aquella ciudad cautivadora, mágica, que te prendía sin lucha. Un desconocido espectador nunca hubiese sabido quién de aquellos varones sonrientes era el causante del embarazo de la hermosa, de un florido bombo que todavía no le impedía cabalgar. Visitaron el gimnasio, donde estudiaban varios miles de alumnos de ambos sexos. Fueron otro día al Gran Teatro, situado frente al puerto comercial. Había muchos más, pero aquel les recordaba al de Dionisos por su tamaño y amplitud del proscenio. En él se representaban a diario obras de autores clásicos y de nuevos valores de la escena. No lejos del teatro se encontraba el templo de Poseidón. Pitia y Sóstratos lo recorrieron cogidos de la mano, recordando aquel beso que, parecía haber pasado un siglo, robara el tímido estudiante de arquitectura a la muchacha en flor, todavía inédita. Pasearon por el Bruqueion muchas tardes, a pie y a caballo. En el barrio Real, de anchas y largas avenidas arboladas, salpicado de parques, se construían constantemente mansiones, palacios y jardines entre calles trazadas siguiendo el geométrico rectángulo que ideara Dinócrates de Rodas. Lo distintivo del Bruqueion era su aroma embalsamado a cualquier hora: jazmín y dondiego de noche, la limpieza que aseguraban brigadas de operarios y el cambiante color de la flor del hibisco. Los tres cenaban juntos en cualquier taberna, comentaban lo visto y charlaban incansables. Solían terminar la velada en casa del matrimonio. Se relajaban tumbados en divanes aspirando los vapores de kyphy, un incienso ceremonial egipcio adobado con resina de cáñamo, con fama de prolongar la vida, agilizar la mente y potenciar el deseo sexual. Culminaban las noches bebiendo vino caliente con mirra en la terraza. De madrugada Apolonio retornaba a su residencia en el museo, pero no era raro, si se hacía muy tarde, que pernoctara en una habitación que, dando al jardín, habían dispuesto para él. La amistad entre el arquitecto y el poeta fue consolidándose como trabada con la más resistente argamasa. Era una devoción basada en la admiración mutua que hubiera admitido toda clase de epítetos excepto el de pesada: era el vuelo del cínife, una caricia hecha con plumas, el planeo de la abeja, la emanación que surge del perfume. Si hubo una vez ardor sensual en la mirada de Sóstratos, fue diluyéndose, enquistándose en un caparazón aislante como el del caracol, pero sin fenecer del todo.
Fueron muchas tardes al barrio judío, en la parte más antigua de la ciudad, junto a la aldea de Rakotis, ya que amaban perderse por lo intrincado de sus callejuelas retorcidas y ténebres. Cerca de noventa mil hebreos se hacinaban allí, pues, por una extraña determinación que no entendían, aquella raza gustaba de convivir unida y sin mezclarse jamás con otras etnias. A pesar de tener su idioma propio, todos hablaban griego. Vestían largas togas o talit, se dejaban retorcidas coletas sobre ambas sienes y cubrían su cabeza con una extraña caperuza o kipá de distintos colores. Tras liberarse del yugo babilónico dos centurias atrás, gran parte de los semitas habían regresado a su «tierra prometida», como llamaban a Palestina, para intentar reconstruir el gran Templo que edificara Salomón iba a hacer siete siglos. Pero Jerusalén, que los palestinos y seléucidas reclamaban como propia, no los acogió a todos. Por ello se desperdigaron en una inmensa diáspora por media Europa y África del norte. Los judíos alejandrinos eran pacíficos pero taciturnos. No saludaban al desconocido o se limitaban a hacer un gesto ambiguo al tropezárselo. Nuestro trío intentó penetrar en una sinagoga, que así llamaban al lugar de culto donde adoraban a Yahvé, su complicado y exclusivo dios, pero una turba de encolerizados hebreos dirigidos por el rabino-sacerdote se lo impidió.
Descubrieron una recóndita taberna en lo más profundo de la judería. Un delicado aroma a especias y albahaca la delató. Entraron. Se trataba de un antro excavado en la roca friable. Una mujer envuelta en una túnica que le cubría la cabeza freía buñuelos. Según iba sacándolos de la sartén los espolvoreaba con el contenido de dos frascos de tapa agujereada. Aquello olía muy bien. Se sentaron en la única mesa libre pidiendo vino y una ración de la fritanga. Era una masa esponjosa, dorada, casi etérea, que sabía a canela y a cúrcuma. Con vino de palmera del Delta entraba bien.
—Pueblo curioso el judío —dijo Pitia.
—Parece estar sometido a un raro sortilegio que lo hace eternamente itinerante, lo mismo que esos nómadas del desierto líbico que plantan sus jaimas al abrigo del viento y desaparecen cuando sus cabras terminan con la hierba invernal —dijo Sóstratos—. Padeciendo mil persecuciones, los hados se complacen en destruirles su templo que, inmunes al desánimo, levantan una y otra vez. Por enésima, trabajan estos días en su reconstrucción.
—¿Conoces Jerusalén? —preguntó Apolonio.
—Estuve un par de días con mi padre siendo muchacho, de regreso de un viaje a Babilonia. Es un lugar ventoso e inhóspito que los judíos reputan como el séptimo cielo. Allí, en la colina de Moria, se afanan por erigir de nuevo lo que debió sin duda ser un majestuoso lugar de oración.
—No dudo que lo logren, pues se trata de gente laboriosa y honrada —dijo el poeta.
—No será fácil, pues no cuentan con buenos arquitectos —sostuvo Sóstratos—. El constructor del templo original, el que alzó Salomón, fue un arquitecto tirio llamado Hiram. Dudo que encuentren otro parecido entre los de su raza.
—Serán laboriosos y honrados, pero yo los encuentro algo fanáticos —aseveró Pitia.
—Lo son todas las razas que creen en un solo dios, pues este suele ser exigente y egoísta —dijo Sóstratos—. Nosotros no tenemos tal problema: los hay partidarios de Zeus, seguidores de Hermes, adeptos de Dionisos y hasta escépticos. Y no debe ser mal sistema. ¿Sabéis que los romanos creen en nuestros mismos dioses, pero con otros nombres?
Hubo un silencio deglutorio y aquiescente. Los buñuelos estaban exquisitos, crujientes, y pidieron más. Pitia solicitó licor de arak, pero no había.
—Siguiendo sus creencias, los judíos solo beben mosto, que es vino de escasa graduación, y casi nunca licores —informó Sóstratos.
—Una muestra más de su intolerancia, en este caso estúpida —dijo Pitia—. ¿Cómo puede alguien privarse del licor de los dioses?
—Yo no creo que los hebreos sean fanáticos —intervino Apolonio—. No al menos los alejandrinos. Mi físico es hebreo y es un hombre ponderado y cabal, sabio en su ciencia. Es seguidor de Hipócrates. En el museo son varios los investigadores de aquella raza y en la ciudad abundan como esclarecidos gobernantes, abogados, comerciantes y músicos. Tras su llegada a Alejandría, traídos por Ptolomeo Sóter después de su destierro babilónico, han sabido medrar hasta convertirse en la segunda comunidad más floreciente tras la helena. Y eso que muchos llegaron como esclavos. Ocupan puestos de confianza en la administración del reino, caso de Isaac Filón, miembro de una antigua familia de filósofos y actual regidor de la urbe. También tenemos banqueros importantes, como Jacob Romerio o Salomón Antipas, prestatario del rey.
—No entiendo entonces la mala fama que, al menos en Atenas, arrastran muchos de ellos —dijo Pitia.
—Es debida a su listeza ingénita —sostuvo Apolonio—. Un hebreo debe aguzar el ingenio si quiere sobrevivir en nuestro mundo cruel. Son, por lo general, más estudiosos y capaces que otras razas.
—No lo creo —negó ella—. La más boba de mi curso en el gimnasio era hebrea, aunque he de reconocer que, al tiempo, era la más astuta.
—También influye su avidez por el oro, que atesoran en previsión de malas épocas. En Alejandría todos los usureros son judíos —aseguró el poeta.
* * *
El palacio se inauguró en la fecha prevista. Fue un acontecimiento que el monarca quiso aprovechar para entronizarse como dios alejandrino junto con su esposa-hermana. Manetón, el gran sacerdote del templo de Serapis, los consagró como «dioses filadelfos» en medio del entusiasmo de la población y del escepticismo de los sabios del museo, del que participaban Pitia y Sóstratos. Treinta y dos años tenía Ptolomeo y siete más su hermanastra-mujer cuando, en el salón del trono, recibieron la devoción idólatra de sus súbditos. Fue una vistosa ceremonia. Hubo primero un sacrificio a los nuevos dioses en la pétrea mesa de ofrendas: se degolló a un pichón y su sangre se diluyó en agua del Nilo. Representantes de todas las regiones del reino ofertaron a las divinidades sus obsequios, trigo, dátiles, quesos, naranjas, granadas y demás frutos de la tierra en los platos de ofrendas. Los miembros del gobierno y una representación de la ciudadanía, hebrea incluida, se postraron ante las deidades cuan largos eran, previa entrega de tres mil estateras de oro griego recolectadas para el caso. Pitia, embarazada a término, quiso asistir. Por nada del mundo se habría perdido acto tan chusco. La acompañó Apolonio, pues Sóstratos —que el día anterior había entregado a Ptolomeo las llaves del palacio— no quiso presenciar la pantomima alegando cierta indisposición.
Los reyes-dioses se encontraban de pie sobre un estrado. Ptolomeo vestía un manto recubierto de oro. Adornaba su frente el úreo distintivo de los antiguos faraones, en este caso un reptil de oro puro. Un báculo de bronce le servía de apoyo. Colgando de su cíngulo podía verse un escarabeo trabajado en piedra negra, la encarnación de la vida para las viejas dinastías. Arsínoe II estaba deslumbrante. Se cubría con túnica de seda color malva que trasparentaba por completo su depilado cuerpo. A la altura de los pechos, emulando a la diosa Apis, la más bella, la seda se anudaba manteniendo el vestido sutil. Llevaba en la cabeza una diadema de esmeraldas. Ambos iban descalzos, con las uñas pintadas ella de magenta y él de amarillo azafrán. Todos pudieron comprobar la perfección del cuerpo de la reina, verdaderamente y sin metáforas propio de una diosa. La hija de la antigua cortesana estaba tan embadurnada de esencia de mirra que aturdió al sacerdote —o serían sus puntiagudos senos— cuando se aproximó para aureolar ambas cabezas con coronas de amaranto, flor que no se marchita. Terminadas adoración y ofrendas, hubo una cena principesca y luego danza, pero nuestros amigos, tras disculparse ante las nuevas divinidades por causas obvias, abandonaron el palacio. Tres días después Pitia alumbró sin novedad su segunda hija viva, una preciosa niña que llamaron Electra.
Como consecuencia del triunfo arquitectónico que supuso el palacio real, decenas de encargos de casas, palacios y mansiones campestres llovieron sobre el estudio de arquitectura de Sóstratos. El propio Ptolomeo le encargó un pabellón cinegético en la orilla del lago Mareotis, pues amaba cazar patos y otros ánades. Terminaba los planos del pabellón cuando estalló la guerra. A pesar de su reconocida habilidad diplomática, que hasta allí le permitió engrandecerse sin luchar, Filadelfo no fue capaz de sustraerse a la ambición de ganar poder y tierras.
El año 274, aprovechando una sublevación en Antioquía, una ciudad de la Seleucia a orillas del río Orontes, Ptolomeo intervino ayudando a los rebeldes. Al mando de su almirante Mitridates Priolithos, una flota de setenta naves cuatrirremes con dos mil soldados y ochocientos caballos zarpó del Eunostos Limén rumbo a Siria. Tres días después los egipcios desembarcaron muy cerca de Sidón. Antíoco I Sóter, el monarca seléucida, reaccionó bien, resistiendo el ataque y aliándose con Magas de Cirene para contraatacar a los alejandrinos por el flanco terrestre. Filadelfo, con la cabeza fría y demostrando dotes bélicas, cabalgó al frente de sus tropas de reserva, novecientos aguerridos jinetes, lo mejor de su ejército, y destrozó a las fuerzas de Magas en Maisa Matrum, un poblado al oeste de Alejandría. En Siria, Priolithos cercó Sidón y obligó a Antíoco a pedir la paz. Cuando se firmó en Alejandría, tres semanas después, Ptolomeo II había aumentado sus posesiones de manera notable: en Asia obtuvo el sur de Siria y toda la Fenicia, y en África, una extensa franja de litoral que llegaba casi a las puertas de Cirene. No pudo celebrarse la victoria. Una tragedia naval enlutó los actos de la firma del tratado que ponía fin a las hostilidades: dos naves cargadas de soldados y marineros, de regreso de Antioquía tras el triunfo, chocaron en la noche contra unos arrecifes de la costa cuando tocaban ya el Gran Puerto. No hubo supervivientes. Desde el Heptastadion podían escucharse los lamentos de súplica y terror de los doscientos noventa combatientes con el almirante Mitridates Priolithos al frente. Los cadáveres de los ahogados, verdes como el ojo del saurio y tan hinchados como vejigas de merluza, sembraron la costa y el Gran Puerto al día siguiente.
* * *
—¡Una triste antorcha de petróleo hubiera evitado la catástrofe! —aulló Ptolomeo en presencia de su Estado Mayor.
Enlutados lo mismo que el monarca, estaban allí todos los miembros de su gobierno y el regidor de la ciudad, Isaac Filón. Venían de incinerar a sus muertos luego de una triste ceremonia en el templo de Poseidón, dios de las aguas.
—La noche era cerrada, majestad, y el cielo aparecía nublado —dijo Filón—. De haber habido luna, los pilotos se hubieran orientado en la oscuridad como siempre. Es un caso de verdadera mala suerte.
—Las naves se retrasaron por la marejada, majestad —dijo el responsable del ejército—. Eran las últimas. El resto de la flota llegó sin novedad unas horas antes.
—No intentéis consolarme. Si estúpido es morir cuando nada amenaza la vida, es de imbéciles hacerlo por no tener luz. Exijo soluciones. Esto no puede volver a repetirse.
—Quizá debería prohibirse la navegación nocturna… —dijo un alto dignatario militar.
—¡No estoy para oír sandeces! —gritó de nuevo Filadelfo.
Rojo de furia, parecía estar fuera de sí. Cada vez que se alteraba exhibía en su cuello una verdosa y gruesa vena que amenazaba estallar.
—¡Alejandría depende del mar para sobrevivir! —chilló otra vez—. ¡Ahora que la navegación alcanza su punto culminante, cuando nuestras exportaciones de trigo y algodón, de aceite y mármol, crecen de manera imparable y llenan nuestras arcas, en un momento en el que llegan crecientes cantidades de vino para nuestro solaz y esclavos para roturar los nuevos campos, tengo que escuchar las simplezas de un sandio!
—Perdón…, majestad —solicitó el aludido.
—Quisiera escuchar alguna propuesta razonable —exigió Ptolomeo.
—Tal vez una hilera de antorchas en la costa resolvería el problema —sugirió el responsable de pesca.
—Otra majadería como esa y te dedicaré a pescar con caña en el lago Mareotis — dijo el rey—. ¿Qué pasaría si llueve? ¿Qué si soplase el viento huracanado como suele o hubiese galerna o tempestad?
El individuo enrojeció como un cangrejo cocido en el perol a fuego vivo. Nadie habló más por mucho que lo intentó el monarca.
—Retiraos, panda de ineptos —dijo el rey.
Ya salían cabizbajos de la estancia cuando escucharon otra vez la voz de Ptolomeo:
—Filón, busca a Euclides y tráemelo. Ahora. Tal vez aporte alguna idea.
* * *
Sóstratos terminaba de cenar en su hogar con Pitia y Apolonio cuando escucharon los cascos de un caballo. Se extrañaron del bullicio a aquellas horas. Un enviado del rey le trasmitió la orden de acudir de inmediato a su presencia. Una barca lo trasladó a Antirrodos. Al llegar a palacio, Ptolomeo hablaba con Euclides. Los dos se sentaban ante una mesa baja llena de pergaminos. El tema debía ser muy interesante pues apenas repararon en el arquitecto. Cuando al fin lo hicieron, Filadelfo, visiblemente excitado, se dirigió a él.
—Sabes, querido Sóstratos, de mi preocupación tras el reciente desastre naval. Tratando de prevenir futuros naufragios, en aras de fomentar el comercio y la navegación y para convertir el puerto alejandrino en el mejor y más seguro del Mare Nostrum, he llamado a Euclides para buscar soluciones. Mi sabio amigo opina que la mejor alternativa es construir una alta torre luminaria que sirva de guía a los navíos a partir del crepúsculo. La hoguera de la cima sería tal que desafiaría a la lluvia y al viento.
—La idea me parece excelente, majestad.
—Decidida ya su construcción, quiero algo magno, una torre de altura nunca vista cuya luz pueda verse a gran distancia. Me has hablado del coloso que han levantado en Rodas. Mi torre sería mucho más alta. ¿Estarías dispuesto a edificarla?
—Sería para mí un reto y un honor. ¿Dónde pretende levantarla, majestad?
—Debe ser un lugar cercano a la ciudad, mejor cuanto más próximo a los puertos. Dejo a tu buen criterio su elección. Elegirás también el material de construcción y la diseñarás según tu gusto. ¿Serías capaz de buscar un buen emplazamiento y esbozar el proyecto en tres semanas? Quiero empezar cuanto antes.
—Lo intentaré, majestad, pero no prometo nada.
—Dedícate a la torre con exclusividad.
—Me faltan tiempo y delineantes. Diseño estos días distintos edificios, un nuevo teatro en el Bruqueion, vuestro pabellón de caza y el estadio encargado por Isaac Filón para competir con los juegos de Olimpia y Delfos.
—Olvídate de cacerías, teatros y olimpiadas. Déjalo todo. Te cubriré de honores, te haré inmensamente rico si culminas mi atalaya lo más rápido posible. Ponte a la tarea.
Pitia y Apolonio, entusiasmados con la idea, quisieron acompañar a Sóstratos en la búsqueda del emplazamiento ideal para la torre. Recorrieron a pie el litoral desde Rakotis, al oeste de la ciudad, hasta las playas situadas allende las murallas en el camino a Canopo, hacia levante. Dudaban entre la lengua arenosa que limitaba el puerto del Buen Retorno y el islote de Pharos. Sóstratos ordenó hacer calicatas en los dos lugares. En la playa la roca se hallaba a más de doce codos de profundidad; Pharos, por el contrario, era roca viva en toda su extensión. La decisión fue unánime: allí se alzaría la colosal luminaria.
Elegido el lugar, el arquitecto se dedicó a delinear los planos de la torre. Mes y medio de trabajo tenaz le costó diseñar decenas de dibujos y perfiles y construir una maqueta, en madera, que daba una idea aproximada del proyecto. Ayudado por Pitia y Apolonio, redactó una memoria que explicaba los materiales necesarios, la altura y anchura de la torre, su forma exterior e interior, la disposición del quemadero de la cúspide, el remate con una gran estatua de Poseidón, el número de obreros y artesanos, el tiempo de duración de los trabajos y el costo aproximado de la obra. Cuando lo tuvo todo concluido, acompañado por Pitia y Amruz, que trasladaba la maqueta en un carro, fue a ver a Ptolomeo. El rey le recibió con alborozo trasformado en asombro cuando vio la maqueta.
—¡Es fantástico! Háblame de tu proyecto —dijo Ptolomeo—. La maqueta tiene muy buen aspecto.
—El mejor emplazamiento de la torre es la isla de Pharos, señor. Su base es roca viva y se halla justo a la entrada del Gran Puerto.
—El lugar me gusta, pero será muy complicado trasladar allí el material de construcción y los obreros —dijo el rey.
—Se hará necesaria la construcción de un dique que desde el muelle pesquero al final del Heptastadio comunique el islote con tierra firme.
—Ello retrasará las obras…
—No excesivamente —mantuvo el arquitecto—. En menos de seis meses pueden rellenarse los fondos marinos, allí poco profundos, con grandes rocas. A partir de entonces levantar la torre llevará cuatro años, según mis cálculos.
—Cuatro años… —prorrumpió Filadelfo con la decepción reflejada en su rostro.
—Como mínimo. Hablamos de una atalaya que será la admiración del mundo.
—¿Cómo será de alta?
—Quiero levantar para la dinastía ptolemaica el edificio más alto jamás construido. Rondará los doscientos sesenta codos reales que, si contamos con la altura de la base, alcanzará cuarenta codos más.
—¡Trescientos codos! ¡Qué locura…! Será más alta que la Gran Pirámide.
—Ese es mi objetivo: construir la edificación más elevada de la tierra.
Hubo un silencio perplejo. Amruz se había marchado, pero Pitia compartía la admiración del monarca. Justo en aquel momento entró la reina Arsínoe. Aquella vez no iba de diosa. Vestida con túnica dorada rasgada por un lado de cintura hacia abajo, maquillada y enjoyada como para la noche, iba descalza. Las uñas de sus manos y pies estaban pintadas en colores raros y diferentes: cobreño, gris perlino, carmesí, verdemar, índigo… La luz del día no desvelaba imperfecciones en su rostro. Abrazó a la pareja al modo egipcio, ladeando la cabeza a uno y otro lado, y se sentó con ellos.
—Espero no interrumpir —dijo—. Ptolomeo solo habla de su torre y me mata la curiosidad.
—Se trata de un proyecto increíble, querida —dijo Filadelfo—: una atalaya de trescientos codos de altura en el islote de Pharos.
—Será circular —dijo el arquitecto—. Su anchura en la base tendrá treinta codos, menguando hasta los veinte en la cúspide. Una rampa interior, helicoidal, por la que podrán subir carros, permitirá el acceso al quemadero que se hallará en la cima.
—¿Un quemadero? —preguntó Arsínoe.
—Enorme, majestad —dijo Sóstratos—. Arderá allí a voluntad un combustible cuya composición estudio. Lo hará de día y de noche, en cualquier contingencia meteorológica, llueva, sople el viento, haga niebla o retumbe la galerna. Su luz, mediante un sistema de espejos que perfeccionaré con la ayuda de los sabios del museo, se verá a gran distancia y guiará a las naves.
—¿Qué materiales emplearás? —preguntó Pitia, que, bellísima como siempre, concitaba la atención de la pareja real, más curiosamente de la reina.
—La plataforma será de roca. Tratándose de una construcción a la orilla del agua y muy pesada, la cimentación será profunda. Previendo posibles filtraciones de agua salina, quiero inyectar en los cimientos, para dar consistencia a la roca, cristal derretido.
—¿Cristal? —preguntó la reina, que devoraba con la vista al griego.
—El cristal es el único material que resiste la corrosión marina.
—Interesante —dijo Ptolomeo con los ojos muy abiertos—. ¿Y en cuanto al resto?
—La torre en sí será de ladrillo recubierto de mármol. La rampa será de madera asentada sobre flejes de hierro. La madera resiste, es recambiable y pesa menos que el metal.
—¿Será rampa o escalera? —se interesó de nuevo Arsínoe.
—Rampa. Mi idea es que puedan subir por ella caballerías y carros.
—¿Y cómo irá sujeta? —habló ahora Ptolomeo.
—Una sucesión ascendente de flejes férreos, largos y gruesos, clavados por dentro a las paredes de la torre, la mantendrá sin problemas. El propio peso de los ladrillos servirá para afirmar los flejes.
—Háblame del quemadero —intervino la reina-diosa. Se mostraba cada vez más interesada en los detalles del proyecto. Cruzadas sus rodillas y mostrando los muslos casi hasta la raíz, hacía oscilar un hermoso pie de uñas versicolores. Fulminaba con su mirada oscura al arquitecto. Era como si pretendiese abrasarlo de verdad en su crisol lascivo.
—El quemadero será también de hierro —dijo inmutable Sóstratos—. Lo que no sé aún es el combustible que se empleará: madera, resina o petróleo, el aceite oleoso que traen del país de los sabeos. La estatua de Poseidón y los cuatro tritones que adornarán la cúspide serán de bronce.
—Suena muy bien. ¿Y en cuanto al costo? —preguntó el rey.
—Es lo que tengo menos claro. Pero no bajará de ochocientos talentos de oro griego.
—¡Ochocientos talentos! —dijo Pitia admirada.
—Es casi la mitad del presupuesto del reino para un año —apreció Ptolomeo—, pero no me parece excesivo si tenemos en cuenta la ingente mano de obra que será necesaria, el gasto en materiales y, sobre todo, los beneficios que aportará a Egipto. El puerto, el corazón comercial de mis estados, quintuplicará su actividad. Lo llenarán naves de cualquier porte y procedencia.
—El desembolso no será inmediato; podrá hacerse de manera gradual mientras duren las obras —continuó Sóstratos—. Más que la construcción en sí, me preocupa la logística: habrá que levantar en tierra firme viviendas para los operarios, almacenes para los materiales y un alfar para fabricar millones de ladrillos. Hacen falta canteras cercanas para conseguir piedra y mármol, que deberá ser blanco. Disponemos de agua y arena sin límite, pero preciso una mina de cal para hacer argamasa; para fabricar vidrio necesito arenas silíceas, cenizas de arcilla requemada, melazas de vino y minio bermellón.
—Dispondrás de todo lo preciso —aseguró Ptolomeo.
—¿Cómo se hace el cristal? —preguntó Pitia.
—Se calientan aquellos materiales en hornos de reverbero o en crisoles de hierro hasta su fundición —explicó Sóstratos—. Una vez alcanzado el punto de fusión se añade el colorante, se da forma a la masa o se la sopla. Al enfriarse se trasforma en vidrio del color deseado. En nuestro caso inyectaremos el líquido caliente en los cimientos para que, al solidificarse, forme un bloque compacto con la roca, dé firmeza a la obra y la impermeabilice.
—Se trata de un proyecto increíble, pero, con tu sabiduría y experiencia, realizable. Deseo que comiences los trabajos cuanto antes. Mañana se iniciará la recluta de esclavos y la contratación de los obreros y especialistas necesarios — apostilló el rey.
* * *
—Te comía con los ojos; de haber podido, te habría devorado con la túnica puesta — dijo Pitia.
Cenaban en soledad contemplando la luna rielar sobre el mar silencioso. Era una noche típicamente alejandrina: quietud solemne, temperatura idílica y en el ambiente aromas de jazmín y de dama de noche. Las flores de los magnolios, faros brujos, destellaban dentro de la negrura ajardinada. Un gato azul, la reencarnación quizá de alguna antigua divinidad egipcia, contemplaba la escena.
—¿Te molesta? —preguntó Sóstratos.
—En absoluto. Arsínoe es muy bella y puede permitirse elegir a sus amantes. Para algo es diosa.
—No vayas tan deprisa. La reina, amén de que casi pudiera ser mi madre, no es mi tipo. Jamás te engañaré con esa golfa.
—Pues prepárate a recibir sus andanadas. Conozco a las mujeres y sé lo que dejaban traslucir aquellos ojos negros. No parará hasta hacerte suyo.
—Puedes apostar desde ahora a que resistiré.
—Si es por Ptolomeo, no debes preocuparte. El rey-dios tiene sus propias distracciones —sostuvo Pitia.
—No es por nadie. Contigo soy feliz.
—Por mí tampoco te incomodes. Entendería perfectamente que te acostases con ella siempre que no dejaras de amarme.
—Hay veces que no te reconozco, querida. Hablas como las locas. Será el aire de esta ciudad hechicera lo que te trastorna. Olvidas que la traición abre heridas sangrantes que tardan en cicatrizar, si es que lo hacen. El encuentro amoroso deja huellas perennes. Platón dice…
—Tú y tu Platón. En todo lo que afecte a la sensualidad soy de Epicuro. Confirmo que el placer que se deja pasar ya no vuelve. ¿Qué hay de malo en dar tu cuerpo a un verdadero amigo?
—Piensas en Apolonio…
—Desde luego. Me motiva, me atrae, es nuestro mejor amigo y el más fiel.
—¿Le amas?
—No lo creo, o, mejor, no lo sé. Mi sentimiento hacia él es otra cosa, algo puramente animal, físico. Mi amor es para ti, el padre de mis hijos, el que me hace dichosa. Apolonio me fascina, quisiera saber qué se siente a su lado, cómo es su cuerpo, qué trasmite, si el placer que pueda procurarme tiene que ver con el que tú me das.
—Entras en un terreno peligroso, pequeña. No olvides a Pandora: llevada por la curiosidad destapó la tinaja que contenía todas las calamidades de la tierra. Además malinterpretas a Epicuro. La búsqueda del placer catastemático, su obtención sin atender a la tranquilidad y al reposo espiritual, puede ser muy dañina. Tu propio filósofo afirma que el gozo vano nunca es bueno, pues a la larga acarrea dolor.
—No es justo. Vosotros os satisfacéis con amantes o hetairas y a nosotras nos está vedado.
—Interviene la naturaleza. El hombre y la mujer son diferentes.
—Sobre todo a la hora del placer: para vosotros el meollo y para nosotras las migajas.
—No es cierto, Pitia. El placer es el mismo. La diferencia está en el resultado: en los varones la huella del amor queda en el alma y en las hembras en virgos desflorados y en abdómenes grávidos.
Callaron. Una brisa repentina agitó las copas de los árboles. Hasta el murmullo del viento poseía en Alejandría algo especial. Se sirvieron nuevas copas de arak y escucharon los cascos de un caballo alejándose. El gato ya no estaba.
—Me gustó tu proyecto. Hablo de la torre. ¿La crees de verdad realizable? — preguntó ella.
—Desde luego. Debo comprobar datos y calcular ciertas resistencias antes de iniciar las obras. Lo haré mientras construimos el dique que unirá Pharos con Alejandría. Tal vez debieras ayudarme.
—¿De qué forma?
—No lo sé. Tal vez ordenando pliegos en mi estudio, reponiendo recado de escritura, cortando cálamos, dándome ideas, siéndome fiel… Me parece que tus locos pensamientos hedonistas desaparecerían trabajando. El ocio es el peor consejero para una mujer rica y hermosa.
—Eres injusto. Pocas veces estoy ociosa. Mis mañanas son de estudio en el museo y por las tardes recorro la ciudad.
—Con tu poeta.
—Y contigo cuando tienes tiempo. No pienso prescindir de la amistad ni de la docencia de Apolonio. ¿No tendrás celos…?
* * *
Se procedió al relleno del mar entre Pharos y tierra firme con inaudita rapidez. Cientos de carromatos se encargaron de trasladar de unas canteras próximas gigantescos pedruscos que se arrojaron al agua, allí poco profunda. Poco a poco fue surgiendo el nuevo dique. En menos de tres meses podían circular por él los carros y galeras que trasportaban los materiales para la torre. Se levantó un campamento para los obreros, un enorme alfar, el taller para fundir metales y grandes naves donde depositar minerales, piedras y mármoles. La expectación en la ciudad era enorme. La excavación de los cimientos fue muy laboriosa. Se inició el 3 de pyanopsion, coincidiendo con las fiestas que, en honor de Dionisos, se celebraban anualmente. La cosecha de uva en el Delta fue magnífica. Las brigadas de picadores que se sucedían día y noche recibían al terminar sus turnos un kadah de vino nuevo. Se excavó un cuadrado perfecto, de ciento diez codos de lado y once de profundidad, con las caras orientadas a los cuatro puntos cardinales. Euclides se encargó de que las mediciones para la orientación de la gran atalaya fuesen perfectas, matemáticas. Las cuatro caras de la base debían corresponder con exactitud a los cuatro puntos cardinales. La humareda que salía del islote durante la excavación lo hacía semejarse al cráter de un volcán.
Sóstratos pasaba la mañana y parte de la tarde vigilando los trabajos, diseñando planos o calculando estructuras a pie de obra, en un estudio improvisado. Solo al atardecer se reunía con Pitia y Apolonio para cenar y cambiar impresiones sobre la marcha de las obras. Su vida familiar era precaria. Para él no había vacaciones ni días festivos. Jugaba con sus hijas Pitia y Electra un momento, durante el desayuno, antes de partir para Pharos, y las veía, ya dormidas, al regreso. Agotado, había veces que a su mujer la contemplaba de refilón, sin tocarla a pesar de dormir a su lado, tal era su cansancio. Agradecía la presencia de Apolonio, su amigo del alma, pues si no estaba se acostaba nada más cenar y roncaba hasta el amanecer. En cuanto a la pareja, proseguía sus labores en el museo: él escribiendo poemas y ayudando a Calímaco como bibliotecario y ella estudiando egiptología o clasificando libros y legajos. Comían siempre juntos y, por la tarde, paseaban del brazo por la ciudad o iban de compras a cualquier zoco. Media Alejandría los tenía como amantes, pues de otra forma nadie se explicaba aquella pública y desinhibida relación entre una hermosa joven casada y un gallardo y carismático doncel.
—Mañana, en presencia del rey, se colocará la primera piedra de la torre y se iniciará su cimentación —anunció Sóstratos una noche de otoño.
Bebían licor de palmera en la terraza que miraba al mar. Caía una fina lluvia que daba lustre a las cúpulas de las decenas de palacios del Bruqueion. Habían pasado seis meses desde el inicio de la construcción del dique.
—La otra tarde cruzamos el Heptastadio y estuvimos un buen rato viendo los trabajos —informó Pitia—. No se aprecia mucho adelanto.
—Aún no ha comenzado a erigirse la torre. Hasta aquí solo se ha excavado, pero las labores han sido grandes.
—Te vimos desde lejos. Intentamos acercarnos, pero nos lo impidió un soldado armado —dijo Apolonio.
—Son órdenes mías. No hace mucho un curioso resultó muerto por el impacto de una piedra. Saltan al ser golpeadas las rocas con los marrones y se convierten en proyectiles que pueden perforar la testa de una búfala.
—Nos admiraron los gigantescos hornos junto a la excavación —dijo Pitia.
—Pronto los veréis en acción. En ellos se derretirán los minerales que componen el vidrio.
—¿Y las enormes y puntiagudas lanzas de hierro apiladas a un lado? —preguntó Apolonio.
—Tienen veinte codos de longitud y un palmo de ancho. Irán clavadas en el lecho rocoso, como los menhires de Meteora. Formarán una masa de roca, hierro y magma de cristal incandescente que, al enfriarse, se convertirá en amalgama indestructible.
El segundo día de maimakterion Ptolomeo Filadelfo colocó la primera piedra de la torre. Habían dispuesto una pasarela escalonada que descendía del borde del inmenso agujero a su base. Por ella bajó el rey. En el centro, entre erizados vástagos de hierro, había una roca cuadrada que pronto iba a quedar sepultada entre otras miles. En el lateral que daba al norte, esculpida a cincel, figuraba la leyenda: «En el catorceavo año del reinado de Ptolomeo Filadelfo, Sóstratos de Knidos, hijo de Dinócrates, a los dioses salvadores, para aquellos que navegan por el mar». El monarca llevaba en las manos una pequeña arqueta de contenido ignoto que depositó en un seno labrado en el peñasco. Manetón, el gran sacerdote del Serapeium, impetró a la deidad alejandrina para la exitosa construcción del monumento. Luego salieron todos de la cárcava y mil doscientos obreros comenzaron a rellenar de rocas el inmenso hueco hecho en la tierra. Eran las mismas piedras que, resultado de la excavación, se amontonaban en los cuatro lados del cuadrado.
Cinco días con sus noches tardaron en recubrirlo todo. Al final quedó un irregular lecho rocoso del que sobresalían varias centenas de largas y erizadas púas de hierro, como la piel de un enorme puercoespín tendida al sol. La expectación era máxima cuando, también con la presencia real y de los altos dignatarios del reino, se procedió a verter sobre la base pétrea un manto de vidrio incandescente. Cuatro crisoles, grandes como estanques y llenos como un pantano tras una lluvia recia, humeaban uno en cada vértice del cuadrado a cimentar. Dentro de ellos se calentaban los minerales que, alcanzado el punto de fusión, se convertirían en vidrio ardiente. Enormes hogueras alimentadas con troncos de palmera y carbón vegetal, avivadas por colosales fuelles de renegrido cuero, emitían llamaradas inmensas. El ambiente recordaba a la fragua infernal que, según sus adeptos, gobierna Hades en las profundidades del Erebo. Cada crisol, con su cristal fundido y una vez que lo dispusiese el arquitecto, vomitaría su contenido en canales metálicos que lo distribuirían por la plataforma equitativamente. Pitia y Apolonio, con Euclides y demás miembros del museo, ocupaban un estrado a la izquierda de los reyes-dioses. Sóstratos, recubierto de un pesado mandil y con las manos enfundadas en manoplas de cuero, se encontraba en el podio junto a un gong, esperando una señal del maestro fundidor indicativa de que el vidrio había alcanzado la temperatura deseada: la de ebullición.
Cuando el arquitecto vio al maestro levantar una mano hizo sonar el gong. Cuatro ríos de cristal derretido, turbio y negro como lava volcánica, llenaron los canales y, emitiendo una densa humareda y un ruido similar al del dragón herido, cayeron entre hierros y piedras. Se filtraron en sus intersticios y fueron rellenándolos del fondo a la superficie. Las coladas se repitieron varias veces hasta que el vidrio líquido afloró, indicando que el hueco se hallaba ya colmado y culminada la cimentación.
* * *
Era tal el calor que desprendía la plataforma que no pudo pisarse en tres días. Sóstratos comprobó al cabo que la base era tan firme y monolítica como para soportar el peso de una torre de triple altura y ancho que la proyectada. Todo estaba dispuesto para iniciar la verdadera obra: levantar la torre. Canteros llegados de Macedonia, Caldea, Cirene, Italia y el Alto Nilo trabajaban incansables desbastando bloques pétreos en forma de cubo de tres codos de lado. El ruido de las sierras cortando piedra molestaba menos que el polvillo blanco que desprendían e impedía la respiración. Cientos de alfareros cocían arcilla y fabricaban ladrillos que apilaban en montañas de seis codos de alto. Los carpinteros terminaban andamios y plataformas, enceraban correas y sogas y engrasaban poleas y polispastos. Los ferrallistas fraguaban flejes y láminas de hierro para la futura rampa y luego los forjaban en los yunques. No cesaban de llegar carromatos con arena, cal y grandes cubas de agua para hacer argamasa. Sóstratos era el eje sobre el que pivotaba todo. Se había hecho construir un chamizo de madera desde donde dirigía las obras. Funcionarios reales o municipales, capataces o encargados de tal o cual sección se arremolinaban junto a él para inquirir sobre algo, informarle de la marcha de los trabajos o recibir órdenes. Si hasta allí la labor del arquitecto fue grande, ahora se hizo angustiosa. Se levantaba al alba, comía en Pharos a pie de obra y llegaba a casa destrozado, exhausto, con las fuerzas justas para cenar y dormirse en los brazos de su mujer.
Mientras la torre crecía, Apolonio terminó de enseñar a Pitia —nuevamente embarazada— Alejandría. Dedicaron varias tardes a visitar la tumba de Alejandro, un espléndido mausoleo erigido en mármol a un lado de la avenida Canópica, en pleno barrio del Soma. Tenía forma de templo. Cuadrado y sin peristilos, lo adornaban siete altas columnas dóricas por frente. Cuatro muros cerraban la cella que contenía la tumba a la que se penetraba por una puerta falsa. Todo era de mármol traído de la isla de Paros, un excelso material, blanco inmaculado, de tan poroso casi ingrávido. En el centro se hallaba el sarcófago, de oro neto, introducido en una gran urna de cristal de roca.