El Círculo
Libro primero
Este capítulo es largo, así que está dividido en 11 partes.
Mae asintió con la cabeza. Le encantaba la idea de poder calcular el efecto que tenían sus gustos y elecciones personales.
Sonó otro tintineo. Gina dio la impresión de estar conteniendo las lágrimas. Se puso de pie.
—Vale. Tengo la sensación de que estoy invadiendo tu almuerzo y tu amistad. Así pues, eso son la Tasa de Conversión y la Cifra de Venta. Sé que lo entiendes. Al final de la jornada te pondrán otra pantalla para medir tus puntuaciones.
Gina intentó sonreír, pero no pareció capaz de levantar las comisuras de la boca lo bastante como para resultar convincente.
—Ah, y la expectativa mínima para los circulistas de alto rendimiento es una Tasa de Conversión de x250 y una Cifra de Venta semanal de cuarenta y cinco mil dólares, que son dos metas modestas que la mayoría de los circulistas supera con creces. Y si tienes preguntas, pues bueno… —Se detuvo, con una expresión frágil en los ojos—. Seguro que se las puedes hacer a Annie.
Dio media vuelta y se marchó.
Unas cuantas noches más tarde, un jueves de cielo despejado, Mae condujo a casa de sus padres por primera vez desde la entrada en vigor del seguro médico del Círculo para su padre. Sabía que su padre se había estado encontrando mucho mejor, y tenía ganas de verlo en persona, confiando, ridículamente, en que se hubiera producido un cambio milagroso, aunque sabía que ella únicamente vería una pequeña mejoría. Pese a todo, sus padres, tanto por teléfono como en los mensajes de texto, le habían hablado en tono entusiasta. «Ahora todo es distinto», le llevaban diciendo desde hacía semanas, y le habían estado pidiendo que fuera a celebrarlo con ellos. Y así pues, ilusionada con el agradecimiento que estaba a punto de recibir, condujo en dirección sudeste, y a su llegada, su padre salió a recibirla a la puerta con un aspecto mucho más vigoroso y —mejor todavía— más seguro de sí mismo, más parecido a un hombre, al hombre que había sido antaño. Él le mostró el monitor de su muñeca y lo colocó en paralelo al de Mae.
—Míranos. Vamos iguales. ¿Quieres una copa de vino?
Dentro, los tres se dispusieron, como de costumbre, a lo largo de la encimera de la cocina, y se dedicaron a cortar pollo en dados, a empanarlo, y a hablar de los distintos sentidos en que había mejorado la salud del padre de Mae. Ahora tenía todos los médicos que quisiera. Ya no tenía límites a la hora de tomar medicinas; estaban todas cubiertas y no había copago. Mae también se dio cuenta, mientras ellos le narraban su historial sanitario reciente, de que su madre estaba más animada y alegre. Llevaba shorts de los cortos.
—Lo mejor de todo —le dijo su padre— es que ahora tu madre tiene bastante tiempo libre. Todo es muy simple. Yo voy al médico y el Círculo se encarga del resto. No hay intermediarios. No hay discusiones.
—¿Eso es lo que creo que es? —dijo Mae.
Sobre la mesa del comedor colgaba una lámpara de brazos plateada, que al mirarla más de cerca le pareció una de las de Mercer. En realidad los brazos plateados eran astas de ciervo pintadas. En el pasado Mae solo había mostrado un entusiasmo fugaz por el trabajo de él (cuando salían juntos, se esforzaba para decir cosas amables al respecto), pero esta le gustaba de verdad.
—Sí —dijo su madre.
—No está mal —dijo Mae.
—¿No está mal? —dijo su padre—. Es su mejor trabajo, y lo sabes. Esta lámpara se vendería por cinco de los grandes en una de esas boutiques de San Francisco. Y nos la ha dado gratis.
Mae se quedó impresionada.
—¿Por qué gratis?
—¿Por qué gratis? —preguntó su madre—. Pues porque es amigo nuestro. Y porque es un chico muy majo. Y espérate antes de poner los ojos en blanco o soltar algún comentario ingeniosillo.
Mae esperó, y después de callarse media docena de cosas poco amables que se le ocurrían sobre Mercer y de elegir morderse la lengua, se sorprendió a sí misma sintiéndose generosa con él. Porque ya no lo necesitaba, porque ahora era una agente crucial y mensurable del comercio mundial, y como tenía a dos hombres en el Círculo entre los que elegir —uno de ellos un enigma volcánico y caligráfico que trepaba tabiques para poseerla desde detrás—, se podía permitir ser generosa con el pobre Mercer, con su cabeza greñuda y su trasero grotescamente gordo.
—Es muy bonita —dijo Mae.
—Me alegro de que te lo parezca —dijo su madre—. Se lo puedes decir dentro de unos minutos. Viene a cenar.
—No —dijo Mae—. No, por favor.
—Mae —dijo su padre con firmeza—. Viene a cenar, ¿de acuerdo?
Y ella comprendió que no tenía nada que decir al respecto. De manera que se sirvió una copa de tinto y, mientras iba poniendo la mesa, se bebió la mitad. Para cuando Mercer llamó con los nudillos y entró sin esperar que le abrieran, Mae ya tenía la cara medio embotada y pensaba con imprecisión.
—Eh, Mae —le dijo él, y le dio un abrazo vacilante.
—Esa lámpara tuya es fantástica —dijo ella, y a medida que se lo decía, vio el efecto de sus palabras en él, de forma que fue más allá—. Es preciosa de verdad.
—Gracias —dijo él.
Miró a los padres de Mae, como para confirmar que ellos también lo habían oído. Mae se sirvió más vino.
—De verdad —continuó Mae—. O sea, yo sé que tú trabajas bien. —Y al decirlo, Mae se aseguró de no mirarlo, consciente de que los ojos de él no la creerían—. Pero esto es lo mejor que has hecho hasta ahora. Me alegro mucho de que te hayas esforzado tanto para… Me alegro de que tu pieza que más me gusta esté en el comedor de mis padres.
Mae sacó su cámara y le hizo una foto.
—¿Qué haces? —dijo Mercer, aunque parecía complacido de que a ella le hubiera parecido digna de fotografiarla.
—Solo le quería hacer una foto. Mira —dijo, y se la enseñó.
Ahora sus padres habían desaparecido, pensando sin duda que ella querría estar a solas con Mercer. Era para partirse de risa de lo chiflados que estaban.
—Queda bien —dijo él, mirando la foto durante un momento un poco más largo de lo que Mae había esperado.
Saltaba a la vista que no estaba por encima de sentirse satisfecho y hasta orgulloso de su trabajo.
—Queda increíble —dijo ella. El vino la había puesto por las nubes—. Has tenido un gesto muy amable. Y sé que para ellos significa mucho, sobre todo ahora. Esa lámpara añade algo muy importante aquí. —Mae estaba eufórica, y no era solo el vino. Era la liberación. Su familia había sido liberada—. Este sitio ha estado tan oscuro… —dijo.
Y por un breve momento, Mercer y ella parecieron encontrar su antigua conexión. Mae, que llevaba años pensando en Mercer con una decepción que bordeaba la lástima, se acordó ahora de que él era capaz de hacer cosas fantásticas. Sabía que era compasivo y muy amable, a pesar de que su estrechez de miras resultara exasperante. Pero ahora que veía aquello —¿acaso podía llamarlo obra de arte?; se parecía un poco al arte—, y veía el efecto que tenía en la casa, su fe en él se vio reavivada.
Aquello le dio una idea a Mae. Fingiendo que se iba a su cuarto a cambiarse, se disculpó y subió las escaleras a toda prisa. Lo que hizo, sin embargo, fue sentarse en su antigua cama y dedicar tres minutos a postear la foto que había hecho de su lámpara en dos docenas de canales de diseño e interiorismo, con link a la página web de Mercer —donde no había más que su número de teléfono y un puñado de fotos; llevaba años sin actualizarla— y a su dirección de correo electrónico. Si él no era lo bastante listo como para buscarse más trabajo, ella estaba encantada de hacerlo por él.
Cuando terminó, Mercer ya estaba sentado con los padres de ella a la mesa de la cocina, atiborrada de ensaladas y pollo y verduras salteados. Sus miradas la siguieron mientras bajaba las escaleras.
—Te estaba llamando —le dijo su padre.
—Nos gusta la comida caliente —añadió su madre.
Mae no los había oído.
—Lo siento. Estaba… Uau, qué buena pinta. Papá, ¿no te parece que la lámpara de Mercer es tremenda?
—Pues sí. Y te lo he dicho a ti y se lo he dicho a él. Llevamos un año pidiéndole una de sus creaciones.
—Necesitaba las astas adecuadas —dijo Mercer—. Llevaba tiempo sin que me llegaran unas lo bastante buenas.
Se puso a explicar de dónde sacaba sus materiales, el hecho de que solo compraba astas a colaboradores de confianza, a gente que sabía que no había cazado a los ciervos o bien, si los habían cazado, lo habían hecho por mandato de la Dirección de Pesca y Caza para evitar la superpoblación.
—Es fascinante —dijo la madre de Mae—. Antes de que me olvide, quiero proponer un brindis… ¿Qué es eso?
A Mae le había llegado un pitido de aviso al teléfono.
—Nada —dijo—. Pero dentro de un momento creo que podré anunciaros una buena noticia. Continúa, mamá.
—Estaba diciendo que quiero proponer un brindis porque estemos…
Ahora fue a Mercer a quien le sonó el teléfono.
—Perdón —dijo él, y se sacó como pudo el teléfono de los pantalones para encontrar el botón de apagado.
—¿Todo el mundo está listo? —preguntó su madre.
—Perdón, señora Holland —dijo Mercer—. Continúe.
En aquel momento, sin embargo, a Mae le volvió a zumbar ruidosamente el teléfono, y cuando miró la pantalla, vio que había treinta y siete zings y mensajes nuevos.
—¿Es algo que tienes que atender? —dijo su padre.
—No, todavía no —dijo Mae, aunque casi estaba demasiado emocionada para esperar.
Estaba orgullosa de Mercer, y pronto iba a poder enseñarle todo el público que podía tener fuera de Longfield. Si en cuestión de minutos le llegaban treinta y siete mensajes, en veinte más ya habría un centenar.
Su madre continuó.
—Te iba a dar las gracias, Mae, por todo lo que has hecho para mejorar la salud de tu padre, y también mi salud mental. Y quiero brindar también por Mercer, que es parte de la familia, y darle las gracias por su precioso trabajo. —Hizo una pausa, como si esperara que zumbara algún teléfono en cualquier momento—. Bueno, me alegro de haber podido acabar de decirlo todo. A comer. Se está enfriando la cena.
Y se pusieron a comer, pero al cabo de unos minutos Mae ya había oído tantos avisos, y había visto actualizarse la pantalla de su teléfono tantas veces, que ya no pudo esperar más.
—Vale, ya no me aguanto. He posteado la foto que le he sacado a tu lámpara, ¡y a la gente le encanta! —Sonrió de oreja a oreja y levantó su copa—. Es por eso por lo que deberíamos brindar.
No pareció que a Mercer le hiciera gracia.
—Espera. ¿Dónde la has posteado?
—Es fantástico, Mercer —dijo su padre, y alzó su copa también.
Mercer no tenía la copa levantada.
—¿Dónde la has posteado, Mae?
—En todos los sitios relevantes —dijo ella—. Y los comentarios son increíbles. —Ella buscó en su pantalla—. Déjame leerte el primero. Y cito textualmente: «Uau, es preciosa». Lo ha puesto un diseñador industrial bastante conocido de Estocolmo. Y otro: «Muy chula. Me recuerda a una que vi el año pasado en Barcelona». Lo ha puesto una diseñadora de Santa Fe que tiene tienda propia. Le ha puesto a tu lámpara tres estrellas de cuatro y te cuelga unas sugerencias para mejorarla. Seguro que si quisieras podrías vender en su tienda. Aquí hay otro de…
Mercer tenía las palmas de las manos en la mesa.
—Para. Por favor.
—¿Por qué? Todavía no has oído lo mejor. En DesignMind ya tienes 122 sonrisas. Es una cantidad increíble en tan poco tiempo. Y tienen un ranking y estás en el Top 50 de hoy. En realidad, sé cómo puedes subir en el ranking…
Al mismo tiempo, a Mae se le ocurrió que seguramente aquella clase de actividad podía hacer que su PartiRank subiera al 1.800. Y si podía conseguir que la suficiente gente comprara la pieza, eso revertiría en buenas cifras de Conversión y de Venta…
—Mae. Para. Para, por favor. —Mercer la estaba mirando fijamente con ojos pequeños y redondos—. No quiero levantar la voz aquí, en casa de tus padres, pero o paras o voy a tener que marcharme.
—Espera un segundo —dijo ella, y repasó sus mensajes en busca de uno que estaba segura de que lo impresionaría.
Había visto un mensaje procedente de Dubái, y si lo encontraba ahora, sabía que vencería su resistencia.
—Mae —oyó que le decía su madre—. Mae…
Pero Mae no podía encontrar el mensaje. ¿Dónde estaba? Mientras bajaba por la pantalla, oyó el arrastrar de las patas de una silla por el suelo. Pero estaba tan cerca de encontrarlo que no alzó la vista. Cuando la levantó, descubrió que Mercer se había marchado y que sus padres la estaban mirando fijamente.
—Me parece bonito que intentes apoyar a Mercer —le dijo su madre—, pero no entiendo por qué haces esto ahora. Estamos intentando tener una cena agradable.
Se quedó mirando a su madre, absorbiendo toda la decepción y perplejidad que podía soportar. A continuación salió de casa y alcanzó a Mercer mientras este estaba dando marcha atrás para sacar el coche de la entrada.
—Para —le dijo, metiéndose en el asiento del pasajero.
Él tenía los ojos apagados, sin vida. Puso el coche en punto muerto y se apoyó las manos en el regazo, suspirando con toda la condescendencia que pudo.
—¿Qué demonios te pasa, Mercer?
—Mae, te he pedido que pararas y tú has seguido.
—¿Te he ofendido?
—No. Me has dado dolor de cabeza. Me haces pensar que estás como una puñetera cabra. Te he pedido que pararas y no has querido.
—No quiero parar de ayudarte.
—Yo no te he pedido que me ayudaras. Y tampoco te he dado permiso para que postees una foto de mi obra.
—De tu obra.
Ella oyó un tonillo abrasivo en su propia voz que fue consciente de que no era correcto ni productivo.
—Eres sarcástica, Mae, y maliciosa, e insensible.
—¿Cómo? Soy lo contrario de insensible, Mercer. Estoy intentando ayudarte porque creo en lo que haces.
—No es verdad. Mae, simplemente eres incapaz de permitir que nada viva dentro de una única sala. Y mi trabajo existe dentro de una sala. No existe en ninguna otra parte. Y así es como quiero que siga.
—¿O sea que no quieres hacer negocio?
Mercer miró a través del parabrisas y luego reclinó la espalda en el asiento.
—Mae, nunca había tenido una sensación tan grande de que hay una secta que está conquistando el mundo. ¿Sabes qué me intentó vender una persona el otro día? De hecho, apuesto a que está de alguna forma conectado con el Círculo. ¿Has oído hablar del Homie? ¿Esa cosa que te permite escanear tu casa con el teléfono para captar los códigos de barras de todos los productos…?
—Sí. Y encarga recambios de todo lo que se te está acabando. Es genial.
—¿A ti te parece bien? —dijo Mercer—. ¿Sabes cómo me lo intentaron vender? Es la típica visión utópica. Esta vez me dijeron que reducirá los desperdicios. Que si las tiendas saben lo que quieren sus clientes, dejarán de producir en exceso, de mandar sus mercancías en exceso, y así no habrá que tirar las cosas que no se vendan. O sea, igual que todas las demás cosas que estáis intentando meternos con calzador, suena perfecto, suena progresista, pero lo único que conlleva es más control y más vigilancia centralizada de todo lo que hacemos.
—Mercer, el Círculo es un grupo de gente como yo. ¿Me estás diciendo que estamos todos en una sala vigilándoos y planeando dominar el mundo?
—No. En primer lugar, ya sé que son todos gente como tú. Y es eso lo que me da tanto miedo. Como individuos no sabéis lo que estáis haciendo como colectivo. Pero, en segundo lugar, no deis por sentada la benevolencia de vuestros líderes. Durante años hubo una época feliz en que la gente que controlaba los principales conductos de internet era bastante decente. O por lo menos no eran depredadores y vengativos. Pero a mí siempre me preocupó una cosa: ¿qué pasaría si alguien quisiera usar ese poder para castigar a todos los que los desafiaran?
—¿Qué estás diciendo?
—¿Te parece una coincidencia que cada vez que una congresista o un bloguero hablan de monopolio, de pronto se ven enredados en algún escándalo terrible de sexo-porno-brujería? Durante veinte años internet ha sido capaz de hundir a cualquiera en cuestión de minutos, pero antes de vuestros Tres Sabios, o por lo menos de uno de ellos, no era algo deliberado. ¿Me estás diciendo que no lo sabías?
—Pero qué paranoico. Tu mente llena de teorías de la conspiración siempre me ha deprimido, Mercer. Te hace parecer un ignorante. Y decir que el Homie es algo nuevo que da miedo… O sea, hace cien años que hay lecheros que te traen la leche. Y siempre sabían cuándo te hacía falta. Siempre ha habido carniceros que te vendían la carne, panaderos que te traían el pan…
—¡Pero el lechero no me escaneaba la casa! O sea, todo lo que lleve código de barras se puede escanear. Ya hay millones de teléfonos escaneando las casas de sus dueños y comunicándole toda esa información al mundo.
—¿Y qué? ¿No quieres que Charmin sepa cuánto papel higiénico usas? ¿Es que Charmin te está oprimiendo de alguna manera significativa?
—No, Mae, es distinto. Eso sería más fácil de entender. El problema es que aquí no hay opresores. Nadie te está obligando a hacer nada. Con estas cadenas se ata uno voluntariamente. Y voluntariamente es como te vuelves un autista social completo. Ya no captas las señales básicas de la comunicación humana. Estás sentada a una mesa con tres seres humanos que te están mirando y tratando de hablar contigo, y tú en cambio estás mirando una pantalla, buscando a un desconocido de Dubái.
—Pues tú no eres tan puro, Mercer. Tienes una cuenta de correo electrónico. Y una página web.
—La cuestión, y me duele decírtelo, es que ya no eres tan interesante. Te pasas doce horas al día sentada a una mesa y lo único que obtienes a cambio son unas cifras que dentro de una semana ya ni existirán ni recordará nadie. No estás dejando ningún testimonio de que viviste. Ni una sola prueba.
—Vete a la mierda, Mercer.
—Y lo que es peor, ya no estás haciendo nada interesante. No estás ni viendo nada ni haciendo nada. La extraña paradoja es que te crees que estás en el centro de las cosas, y que por eso tus opiniones son más valiosas, y sin embargo cada vez estás menos viva. Seguro que llevas meses sin hacer nada que no pase delante de una pantalla. ¿Tengo razón?
—Pero qué cabrón eres, Mercer.
—¿Todavía sales alguna vez a la calle?
—Y tú sí que eres interesante, ¿verdad? ¿El idiota que hace lámparas con restos de animales muertos? ¿Tú eres el niño prodigio de todas las cosas fascinantes?
—¿Sabes qué pienso, Mae? Pienso que te crees que sentada a tu mesa, mandando sonrisitas y caritas enfadadas, estás viviendo una vida fascinante. Te dedicas a comentar cosas y eso sustituye el hacerlas. Miras fotos de Nepal, haces clic en el icono de una sonrisita y te crees que es lo mismo que ir a Nepal. O sea, ¿qué pasaría si fueras de verdad? ¡Pues que tu puntuación de CírculoPollas, o como coño se diga, bajaría por debajo del nivel aceptable! Mae, ¿eres consciente de lo increíblemente aburrida que te has vuelto?
Mercer llevaba muchos años siendo el ser humano que ella más despreciaba en el mundo. Eso no era nuevo. Siempre había tenido la capacidad extraordinaria de provocarle una apoplejía. Aquella petulancia de profesor universitario. Aquella pesadez de anticuario. Y por encima de todo, su idea mezquina —y completamente equivocada— de que la conocía. Mercer conocía las partes de ella que le gustaban y con las que estaba de acuerdo, y fingía que esas eran su verdadero yo, su esencia. Pero no sabía nada.
Pero con cada kilómetro que dejaba atrás, yendo por la carretera de vuelta a casa, Mae se sentía mejor. Con cada kilómetro que ponía entre ella y aquel gordo de mierda se sentía mejor. El hecho de haberse acostado con él le provocaba náuseas. ¿Acaso la había poseído algún extraño demonio? Su cuerpo debía de haber estado controlado, durante aquellos tres años, por alguna fuerza terrible que no le había dejado ver la malicia de él. Por entonces ya estaba gordo, ¿verdad? ¿Qué clase de tío ya estaba gordo en el instituto? ¿Y la estaba acusando a ella de pasarse el día sentada a su mesa cuando a él le sobraban veinte kilos? Aquel tío estaba fatal.
No pensaba hablar con él nunca más. Y el hecho de saberlo la reconfortaba. El alivio la inundó como agua caliente. Nunca más volvería a hablar con él, ni a escribirle. Insistiría a sus padres para que cortaran toda relación con él. Planeó también destruir la lámpara; que pareciera un accidente. Podría escenificarlo como si hubieran entrado a robar. Mae se rio para sus adentros, pensando en exorcizar a aquel gordo idiota de su vida. Aquel hombre ciervo, feo y siempre sudoroso, nunca más volvería a tener voz ni voto en su mundo.
Vio el letrero de Maiden’s Voyages y la dejó indiferente. Pasó ante la salida y no sintió nada. Al cabo de unos segundos, sin embargo, salió de la autopista y dio la vuelta en dirección a la playa. Eran casi las diez, y Mae era consciente de que la tienda llevaba horas cerrada. ¿Qué estaba haciendo, pues? No estaba reaccionando a las preguntas de mierda de Mercer sobre lo que ella hacía o dejaba de hacer al aire libre. Solo estaba comprobando si el sitio estaba abierto; sabía que no lo estaba, pero tal vez Marion sí que estuviera, y tal vez la dejara sacar un kayak durante media hora… Al fin y al cabo, vivía en una caravana justo al lado de la tienda. Tal vez Mae la pudiera encontrar caminando por las instalaciones y convencerla de que la dejara alquilar uno.
Mae aparcó y miró a través de la alambrada, pero no vio a nadie ni nada más que el quiosco cerrado de atención al público y las hileras de kayaks y tablas de surf con remo. No se movió de allí, confiando en ver alguna silueta dentro de la caravana, pero no había nadie. La luz del interior era tenue y rosada y la caravana estaba vacía.
Caminó hasta la diminuta playa y se quedó allí de pie, mirando cómo la luz de la luna jugaba con la superficie inmóvil de las aguas de la bahía. Se sentó. No se quería ir a casa, aunque tampoco tenía sentido quedarse allí. No se podía quitar de la cabeza a Mercer con su cara de bebé gigante, ni la sarta de gilipolleces que le había dicho aquella noche y todas las noches. Tenía claro que era la última vez que intentaba ayudarlo de ninguna manera. Mercer formaba parte de su pasado, del pasado en general, era una antigualla, un objeto apagado e inanimado que ella podía guardar en el desván.
Se puso de pie, pensando que debería regresar para trabajar en su PartiRank, y de pronto vio algo raro. Apoyado precariamente en la otra punta de la alambrada, por la parte de fuera del recinto, había un objeto grande. Era o bien un kayak o una tabla de surf con remo, y Mae fue para allí con paso ligero. Por fin vio que era un kayak, y que estaba apoyado en el lado de libre acceso de la alambrada, con un remo al lado. La posición del kayak no tenía mucho sentido; Mae nunca había visto uno puesto casi en vertical, y estaba segura de que Marion no lo habría aprobado. La única explicación que se le ocurría era que alguien lo hubiera alquilado, lo hubiera devuelto después de la hora del cierre y hubiera intentado llevarlo lo más cerca posible del recinto.
Mae pensó que por lo menos debía dejar el kayak bien puesto en el suelo, para intentar evitar que se cayera durante la noche. Y así lo hizo, bajándolo con cuidado a la arena, sorprendida de lo poco que pesaba.
Y entonces tuvo una idea. El agua solo estaba a treinta metros, y ella sabía que podía arrastrarlo con facilidad hasta la orilla. ¿Acaso sería robar si cogiera prestado un kayak que ya había cogido en préstamo otra persona? A fin de cuentas, no lo estaría sacando por encima de la alambrada; solo estaría ampliando un poco más el préstamo que ya había ampliado otro. Lo devolvería dentro de un par de horas y nadie se daría cuenta.
Mae metió el remo dentro y arrastró el kayak un par de metros por la arena, para ver cómo se sentía haciéndolo. ¿Acaso era robar? Lo que estaba claro era que si Marion se enteraba, lo entendería. Marion era un espíritu libre, no una arpía obsesionada con las reglas, y parecía la clase de persona que, si estuviera en el lugar de Mae, haría lo mismo. No le gustarían los riesgos legales que aquello entrañaba, pero en realidad, ¿existían aquellos riesgos? ¿Cómo podía ser Marion legalmente responsable si alguien se llevaba el kayak sin decírselo?
Mae ya estaba en la orilla y la proa del kayak ya estaba en el agua. Y entonces, sintiendo el agua debajo de la embarcación, la forma en que la corriente parecía quitárselo de las manos para llevárselo a la enorme masa de la bahía, Mae supo que iba a hacerlo. El único problema era que no se podía poner salvavidas. Era la única cosa que el otro cliente había conseguido tirar por encima de la alambrada. Pero el agua estaba tan tranquila que Mae no vio posibilidad alguna de peligro real si se quedaba cerca de la orilla.
En cuanto estuvo en el agua, sin embargo, sintiendo aquel grueso cristal bajo ella y lo deprisa que se movía por él, pensó que no tenía por qué quedarse en los bajíos. Que aquella era la noche ideal para llegarse a Blue Island. Angel Island era un destino fácil, la gente iba allí todo el tiempo, en cambio Blue Island era extraña, su contorno era irregular, nadie la visitaba. Mae sonrió, imaginándose allí, y a continuación sonrió todavía más, pensando en Mercer y en su cara petulante sorprendida y vencida. Mercer estaba demasiado gordo para caber en un kayak, pensó, y era demasiado perezoso para salir del puerto deportivo. Un hombre que ya casi tenía treinta años, que fabricaba lámparas con astas de ciervo y que encima le soltaba a ella —¡que trabajaba en el Círculo!— un sermón sobre los caminos a seguir en la vida. Menudo chiste. Pero Mae, que ya estaba en el T2M y no paraba de ascender posiciones rápidamente en el ranking, también era valiente, era capaz de coger un kayak en plena noche, sacarlo a las aguas negras de la bahía y explorar una isla que Mercer solo se atrevería a mirar con telescopio, sentado con aquel culo que parecía un saco de patatas y pintando restos de animales con pintura plateada.
El itinerario de Mae no tenía ninguna base lógica. No sabía ni qué corrientes había en las aguas profundas de la bahía, ni si era seguro acercarse tanto a los petroleros que usaban el canal de navegación cercano, sobre todo teniendo en cuenta que ella estaría en la oscuridad y ellos no la podrían ver. Y para cuando llegara a la isla, o estuviera lo bastante cerca de ella, puede que ya hubiera demasiada marejada y no pudiera volver. Y, sin embargo, movida por una fuerza interior que era igual de fuerte y reflexiva que el sueño, comprendió que no se detendría hasta llegar a Blue Island, o por lo menos hasta que algo se lo impidiera. Pero si el aire seguía quieto y el agua tranquila, estaba claro que llegaría.
Mientras dejaba atrás los veleros y las olas, miró hacia el sur con los ojos guiñados, en busca de la barcaza donde vivían la mujer y el hombre, pero a tanta distancia las formas no se distinguían bien, y además no era muy probable que tuvieran las luces encendidas tan tarde. De manera que siguió su rumbo, dejando atrás rápidamente los yates anclados y adentrándose en el vientre redondo de la bahía.
Oyó un chapoteo rápido detrás de ella y se giró para ver la cabeza negra de una foca moteada, a menos de cinco metros de ella. Esperó a que se sumergiera otra vez, pero el animal se quedó allí, mirándola fijamente. Ella se volvió a girar y se puso a remar otra vez hacia la isla, y la foca la estuvo siguiendo un momento, como si quisiera ver lo mismo que ella. Mae se preguntó brevemente si la foca tendría intención de seguirla todo el rato o bien si estaba de camino al grupo de rocas que había cerca de la isla, donde ella había visto muchas veces focas tomando el sol mientras cruzaba con el coche el puente que pasaba por encima. Pero cuando se volvió a girar, el animal ya no estaba.
La superficie permaneció en calma mientras ella se aventuraba en aguas cada vez más profundas. Allí donde normalmente empezaba a haber marejada, donde las aguas estaban expuestas a los vientos del océano, aquella noche estaban completamente en calma, y Mae siguió avanzando deprisa. En apenas veinte minutos ya estaba a medio camino de la isla, o eso le parecía. Era imposible calcular las distancias, sobre todo de noche, pero la isla seguía creciendo ante sus ojos, y ahora pudo ver formaciones rocosas que no había captado nunca. En lo alto de todo vio algo reflectante que la luz de la luna teñía de un resplandor plateado. Vio los restos de lo que estaba segura de que era una ventana, apoyada en la arena negra de la orilla. A lo lejos oyó una sirena de niebla procedente del acceso del Golden Gate. Debía de haber mucha niebla por allí, pensó, a pesar de que donde estaba ella, a pocos kilómetros de distancia, la noche era despejada y la luna resplandecía y estaba casi llena. Su luz tenía una reverberación extraña en el agua, tan brillante que Mae se vio obligada a entrecerrar los ojos. Sintió curiosidad por las rocas cercanas a la isla donde ella había visto focas y leones marinos. ¿Acaso estarían allí ahora, y acaso huirían antes de que ella llegara? Le llegó una brisa del oeste, un viento del Pacífico que bajaba de las colinas, y se quedó quieta un momento, calibrándola. Si arreciaba, tendría que dar media vuelta. Ya estaba más cerca de la isla que de la costa, pero si el agua se picaba, el peligro de estar allí, sola, sin salvavidas y sentada en un kayak, sería insostenible. Sin embargo, el viento desapareció tan de repente como había llegado.
Un fuerte murmullo la hizo desviar su atención hacia el norte. Venía hacia ella una barca, con pinta de remolcador. En el techo de la cabina vio luces blancas y rojas, y comprendió que era una patrullera, probablemente de la guardia costera, y que estaban lo bastante cerca como para verla. Si se quedaba erguida, su silueta no tardaría en delatarla.
Se pegó al suelo del kayak, confiando en que si sus ocupantes veían su silueta supusieran que era una roca, un tronco, una foca o una simple onda negra que interrumpía el resplandor plateado de las aguas de la bahía. El ronroneo del motor de la lancha aumentó de intensidad y a Mae no le cupo duda de que muy pronto la iban a bañar en luz. Sin embargo, la patrullera pasó deprisa y sus tripulantes no la vieron.
El último trecho hasta llegar a la isla fue tan breve que Mae se cuestionó su sentido de las distancias. Ella pensaba que estaba como mucho a medio camino y de pronto se vio volando hacia la playa de la isla como si la impulsaran fuertes vientos de cola. Se bajó de un salto de la popa y el agua blanca y fría la abrazó. Llevó el kayak a toda prisa hasta la orilla, arrastrándolo hasta que estuvo completamente fuera del agua y sobre la arena. Acordándose de una vez en que la subida rápida de una marea había estado a punto de llevársele el kayak, lo colocó en paralelo a la orilla y colocó piedras grandes a los lados.
Se puso de pie, jadeando, sintiéndose fuerte y enorme. Qué extraño era estar allí, pensó. Había un puente cerca, y cruzándolo con el coche había visto aquella isla un centenar de veces pero nunca había visto ni un alma en ella, ni animal ni persona. A nadie le interesaba ir allí, o bien nadie se atrevía. ¿Qué tenía ella para que la isla le despertara tanta curiosidad? Se le ocurrió que aquella era la única forma de llegar allí, o por lo menos la mejor. Marion no le habría dejado que fuera tan lejos, y hasta puede que hubiera mandado una motora para encontrarla y traerla de vuelta. ¿Y acaso la guardia costera no se dedicaba de forma rutinaria a disuadir a la gente de ir allí? ¿Acaso era una isla privada? Todas aquellas preguntas y preocupaciones ya eran irrelevantes, puesto que estaba oscuro, no la podía ver nadie y tampoco nadie se iba a enterar nunca de que había estado allí. Ella, en cambio, sí que lo sabría.
Recorrió el perímetro de la isla. La playa rodeaba la mayor parte del lado sur y luego daba paso a un acantilado. Mae miró hacia arriba pero no vio rocas que permitieran trepar por él, y por debajo solo había aguas espumosas, de manera que regresó por donde había venido, y se encontró con que la ladera era rocosa y agreste y la playa en sí no tenía nada de especial. Había una gruesa franja de algas, con caparazones de cangrejo y detritos incrustados, y hurgó en su interior con los dedos. La luz de la luna les daba a las algas aquella fosforescencia que ella ya había visto antes, añadiéndoles un matiz irisado, como si estuvieran iluminadas por dentro. Por un momento fugaz le dio la impresión de estar en una masa de agua de la luna, a juzgar por la extraña paleta de colores invertida de todo lo que veía. Lo que tendría que haber sido verde era gris y lo que tendría que haber sido azul era plateado. Todo lo que veía allí lo estaba viendo por primera vez. Y justo mientras pensaba esto, estuvo segura de ver con el rabillo del ojo una estrella fugaz descendiendo sobre el Pacífico. Solo había visto una antes, y no estaba segura de que esto fuera lo mismo, un arco de luz que desaparecía detrás de las colinas negras. Pero ¿qué otra cosa podía ser? Se sentó un momento en la playa y se quedó mirando fijamente el mismo punto del cielo, como si pudiera venir otra detrás, o hasta desencadenarse una lluvia de estrellas.
Pero Mae era consciente de estar retrasando lo que más quería hacer, que era la breve escalada hasta la cima de las rocas, de manera que se puso a ello. No había sendero, lo cual le produjo un gran placer —nadie, o casi nadie, había estado donde ella estaba—, de manera que se puso a trepar agarrándose a las matas de hierba o las raíces y colocando los pies en los salientes de la roca. Se detuvo una vez, tras encontrar un agujero grande, casi redondo y casi limpio, en la ladera. Tenía que ser una madriguera, pero no estaba segura de a qué clase de animal pertenecía. Se imaginó conejos y zorros, serpientes, topos y ratones, todos le parecían al mismo tiempo posibles e imposibles en aquel lugar, y por fin reanudó el ascenso, subiendo y subiendo. No era difícil. Llegó a la cima en cuestión de minutos, y se acercó a un pino solitario, no mucho más grande que ella. Se quedó a su lado, usando su tronco áspero para mantener el equilibrio, y se dio la vuelta. Vio las ventanitas blancas y minúsculas de la ciudad a lo lejos. Contempló el avance de un petrolero de líneas bajas, que transportaba una constelación de luces rojas a las aguas del Pacífico.
De pronto le pareció que la playa quedaba muy abajo y le dio un vuelco el estómago. Miró al este, aprovechando que ahora tenía una vista mucho mejor del grupo de rocas de las focas, y vio una docena aproximada de ellas, tumbadas y durmiendo. Levantó la vista hasta el puente cercano, que no era el Golden Gate sino uno más pequeño, con su corriente blanca y líquida de coches, todavía constante a medianoche, y se preguntó si alguien podría ver la silueta de ella recortándose sobre el fondo plateado de la bahía. Se acordó de lo que le había dicho una vez Francis, que nunca se había fijado en que hubiera una isla debajo del puente. A la mayoría de los conductores y sus pasajeros no se les ocurriría bajar la vista hacia donde estaba ella, de manera que no se enterarían para nada de su existencia.
Luego, todavía agarrada al tronco huesudo del pino, se fijó por primera vez en que había un nido en las ramas superiores del árbol. No se atrevió a tocarlo, consciente de que trastornaría su equilibro de aromas y de construcción, aunque se moría de ganas de ver lo que había dentro. Se puso de pie sobre una piedra, intentando situarse por encima de él para mirarlo desde arriba, pero no consiguió elevarse lo bastante como para tener perspectiva. ¿Acaso podía cogerlo con las manos y bajarlo para echarle un vistazo? ¿Aunque fuera un segundo? Podía, ¿verdad que sí? Y luego lo devolvería a su sitio. No. Sabía perfectamente que no podía. Si lo hacía, estropearía lo que había dentro.
Se sentó mirando al sur para ver las luces, los puentes y las colinas negras y vacías que separaban la bahía del Pacífico. Según le habían contado, hacía unos cuantos millones de años todo aquello había estado bajo las aguas. Todos aquellos cabos e islas habían estado hundidos a tanta profundidad que apenas debieron de ser visibles en forma de estribaciones del suelo oceánico. Al otro lado de las aguas plateadas de la bahía vio una pareja de aves, garcetas o garzas, que planeaban bajas rumbo al norte, y se pasó un rato allí sentada, con la mente derivando hacia el vacío. Pensó en los zorros que tal vez hubiera debajo de ella, en los cangrejos que tal vez hubiera escondidos bajo las piedras de la playa, en la gente de los coches que tal vez estuvieran pasando más arriba y en los hombres y mujeres a bordo de los remolcadores y los petroleros, llegando a puerto o bien zarpando, suspirando, gente que ya lo había visto todo. Intentó imaginarlo todo, lo que vivía y se movía deliberadamente o bien a la deriva bajo las aguas que la rodeaban, pero nada de todo ello le interesó demasiado. Le bastaba con ser consciente del millón de permutaciones posibles que la rodeaban, y reconfortarse con la idea de que ni quería saber mucho al respecto ni tampoco podía.
Cuando Mae llegó de vuelta a la playa de Marion, al principio la vio exactamente igual que cuando se había marchado. No había nadie a la vista y la caravana de Marion estaba iluminada por la misma luz de antes, rosada y tenue.
Mae saltó a la playa, los pies se le hundieron con un susurro en la arena húmeda y se puso a arrastrar el kayak por la calle. Le dolían las piernas y se detuvo, dejó caer el kayak y se desperezó. Con las manos por encima de la cabeza, miró en dirección al aparcamiento y vio su coche, pero ahora había otro al lado. Y mientras estaba contemplando aquel segundo coche, preguntándose si habría vuelto Marion, una luz blanca la cegó.
—No se mueva —dijo una voz amplificada.
Ella apartó la cara instintivamente.
La voz amplificada habló otra vez.
—¡Quieta, he dicho! —dijo, ahora con furia.
Mae se quedó paralizada, desequilibrada, y tuvo un momento de preguntarse con preocupación cuánto tiempo podría mantener aquella postura. Sin embargo, su preocupación fue innecesaria. Dos sombras se abalanzaron sobre ella, le agarraron bruscamente los brazos y le esposaron las manos detrás de la espalda.
Mae ocupó el asiento trasero del coche patrulla y los agentes de policía, ya más tranquilos, sopesaron si podía ser verdad lo que Mae les estaba contando: que era una clienta habitual, con carnet de socia, y que simplemente estaba devolviendo con retraso un kayak que había alquilado. Habían contactado con Marion por teléfono y ella les había corroborado que Mae era clienta, pero cuando los agentes le preguntaron si era verdad que Mae había alquilado un kayak aquel día y simplemente lo estaba devolviendo tarde, Marion les colgó y les dijo que iba para allá.
Marion llegó al cabo de veinte minutos. Venía en el asiento del pasajero de una camioneta roja y antigua, conducida por un barbudo que parecía perplejo y molesto. Al ver que Marion caminaba haciendo eses hacia el coche de policía, Mae se dio cuenta de que había estado bebiendo, y posiblemente el barbudo también. Este seguía dentro del coche y parecía decidido a no salir.
Mientras Marion se acercaba al coche patrulla, su mirada se encontró con la de Mae, y al verla allí en el asiento trasero, con los brazos esposados a la espalda, pareció que se le pasaba la borrachera de golpe.
—Oh, Dios mío —dijo, corriendo hacia Mae. Se volvió hacia los agentes—. Es Mae Holland. Alquila kayaks aquí todo el tiempo. Puede entrar y salir cuando quiera. ¿Cómo demonios ha ocurrido esto? ¿Qué está pasando aquí?
Los agentes le explicaron que habían recibido dos mensajes distintos sobre un probable robo.
—Nos ha llamado un ciudadano que no quiere ser identificado. —A continuación se volvieron hacia Marion—. El otro aviso nos ha llegado de una de sus cámaras, señora Lefebvre.
Mae apenas durmió. La adrenalina la mantuvo despierta toda la noche. ¿Cómo podía ser tan idiota? Ella no era una ladrona. ¿Y si no hubiera venido Marion a salvarla? Podría haberlo perdido todo. Habrían tenido que ir sus padres a pagarle la fianza y ella habría perdido su posición en el Círculo. A Mae no le habían puesto nunca ni una multa de tráfico, jamás había tenido un solo problema legal, y de pronto se dedicaba a robar un kayak de mil dólares.
Pero ahora todo se había acabado, y al despedirse de ella Marion le había insistido en que volviera.
—Ya sé que vas a pasar vergüenza, pero quiero que vuelvas. Como no vuelvas, te buscaré.
Sabía que Mae iba a estar muy arrepentida y llena de vergüenza y que no iba a querer a mirarla a la cara otra vez.
Pese a todo, cuando se despertó al cabo de unas horas de sueño intermitente, Mae experimentó una extraña sensación de liberación, como si se acabara de despertar de una pesadilla y se diera cuenta por fin de que no era real. La pizarra estaba en blanco, de forma que se fue a trabajar.
Se conectó a las ocho y media. Estaba en el puesto 3.892 del ranking. Se pasó la mañana trabajando, convencida de que era posible mantener un nivel extraordinario de concentración durante unas horas a pesar de no haber dormido casi nada. Periódicamente regresaban a ella los recuerdos de la noche anterior —el silencio plateado del agua, el pino solitario de la isla, la luz cegadora del coche patrulla, su olor a plástico, la conversación idiota con Mercer—, pero eran recuerdos que ya estaban desapareciendo, o bien ella los estaba obligando a desaparecer. Y entonces le llegó un mensaje de Dan por la segunda pantalla: «Por favor, ven cuanto antes a mi despacho. Jared te sustituirá».
Fue hacia allí corriendo, y cuando llegó a la puerta de Dan se lo encontró de pie y ya listo. Su cara mostraba cierta satisfacción por el hecho de que ella hubiera llegado tan deprisa. Dan cerró la puerta y los dos se sentaron.
—Mae, ¿sabes de qué te quiero hablar?
¿Acaso era una prueba para ver si ella mentía?
—Lo siento, no —probó a decir.
Dan parpadeó lentamente.
—Mae. Última oportunidad.
—¿Es por lo de anoche? —dijo ella.
Si él no sabía lo de la policía, tal vez ella pudiera inventarse algo, alguna otra cosa que hubiera pasado durante la noche.
—Pues sí. Mae, esto es muy grave.
Lo sabía. Dios, lo sabía. En algún recoveco de su mente, Mae comprendió que el Círculo debía de tener alguna alerta de internet que les mandaba una notificación cada vez que una persona en plantilla era acusada o interrogada por la policía. Era lo lógico.
—Pero no se presentaron cargos —protestó ella—. Marion lo aclaró todo.
—¿Marion es la propietaria del establecimiento?
—Sí.
—Pero, Mae, tú y yo sabemos que se cometió un delito, ¿verdad?
Mae no tenía ni idea de qué decir.
—Mae, yo te ayudo. ¿Sabías que un miembro del Círculo, Gary Katz, había colocado en esa playa una cámara de SeeChange?
A Mae se le cayó el alma a los pies.
—Pues no.
—¿Y que el hijo de la propietaria, Walt, había colocado otra?
—No.
—Vale, en primer lugar, eso ya es preocupante en sí mismo. A veces vas en kayak, ¿verdad? Veo en tu perfil que eres practicante de kayak. Josiah y Denise dicen que tuvisteis una buena charla al respecto.
—Voy a veces. Llevaba meses sin ir.
—Pero ¿nunca se te ha ocurrido mirar en SeeChange para ver cuál es el estado de la mar?
—No. Debería. Pero siempre que voy, en realidad es una decisión del momento. La playa me queda de camino a casa desde casa de mis padres, de manera que…
—¿Y ayer estuviste en casa de tus padres? —dijo Dan, en un tono que dejaba claro que si ella decía que sí, él se enfadaría todavía más.
—Pues sí. Pero solo para cenar.
Dan se puso de pie y dio la espalda a Mae. Ella lo oyó respirar de forma entrecortada y exasperada.
Mae tuvo el presentimiento muy claro de que estaban a punto de echarla. Se acordó de Annie. ¿Acaso Annie podría salvarla? Esta vez no.
—Muy bien —dijo Dan—. O sea que te fuiste a casa, perdiéndote todas las actividades que había aquí, y cuando estabas volviendo te paraste en la tienda de alquiler, que ya estaba cerrada. No me digas que no sabías que estaba cerrada.
—Imaginé que sí, pero paré un momento para asegurarme.
—Luego viste que había un kayak fuera de la verja y decidiste cogerlo.
—Prestado. Tengo carnet de socia.
—¿Has visto las imágenes?
Él encendió la pantalla de pared. Mae vio una imagen de la playa clara e iluminada por la luna, tomada por una cámara de gran angular. El reloj sobreimpreso al pie de la pantalla indicaba que la imagen había sido registrada a las 22.14.
—¿No te parece que una cámara como esta te habría resultado útil? —le preguntó Dan—. Como mínimo para el estado de la mar… —No esperó respuesta—. Ahora vamos a verte.
Adelantó unos segundos con la función de búsqueda rápida y Mae vio aparecer su propia figura oscura en la playa. Todo estaba muy claro: su sorpresa al encontrarse el kayak, sus momentos de deliberación y duda y finalmente la rapidez con que se había llevado la embarcación al agua y había remado hasta desaparecer de la vista.
—Muy bien —dijo Dan—. Ya ves que es obvio que sabías que estabas haciendo algo mal. Esta no es la conducta de alguien que tiene un acuerdo verbal con Marge o como se llame. O sea, me alegro de que las dos os compincharais con vuestras historias y que gracias a eso no te detuvieran, porque eso habría hecho imposible que siguieras trabajando aquí. En el Círculo no trabajan delincuentes. Pero aun así, todo esto me asquea profundamente. Mentiras y disimulos. Me resulta asombroso el mero hecho de tener que tratar con esto.
Mae volvió a experimentar aquel presentimiento, a notar aquella vibración en el aire que le decía que estaba despedida. Pero si la fueran a despedir, Dan no llevaría tanto rato con ella, ¿verdad que no? ¿Y acaso despediría a alguien contratado por Annie, que estaba muy por encima de él en la jerarquía? Si alguien le fuera a comunicar su destitución, sería Annie en persona. De manera que Mae se quedó allí sentada, confiando en que todo aquello fuera por otro lado.
—A ver, ¿qué falta aquí? —preguntó él, señalando la imagen detenida de Mae subiéndose al kayak.
—No lo sé.
—¿De verdad no lo sabes?
—¿Permiso para usar el kayak?
—Por supuesto —dijo él en tono seco—. Pero ¿qué más?
Mae negó con la cabeza.
—Lo siento. No lo sé.
—¿Es que normalmente no llevas salvavidas?
—Sí, sí. Pero es que estaban al otro lado de la alambrada.
—Y si te hubiera pasado algo, Dios no lo quiera, ¿cómo se sentirían ahora tus padres? ¿Y cómo se sentiría Marge?
—Marion.
—¿Cómo se sentiría, Mae? Se quedaría sin negocio de la noche a la mañana. Punto y final. Y toda la gente que trabaja para ella, ya no tendría trabajo. La playa quedaría cerrada. El negocio en general de los kayaks de la bahía se iría al garete. Y todo por culpa de tu irresponsabilidad. Perdóname por ser tan franco, pero sería por culpa de tu egoísmo.
—Ya lo sé —dijo Mae, sintiendo la punzada de la verdad.
Había sido una egoísta. No había pensado en nada que no fueran sus propios deseos.
—Y es una pena, porque estabas mejorando mucho. Tu PartiRank había llegado a 1.668. Tu Tasa de Conversión y tu Cifra de Venta estaban en el cuartil superior. Y ahora esto. —Dan emitió un suspiro dramático—. Pero, bueno, por angustiante que sea este asunto, al menos nos va a proporcionar un momento instructivo. Y me refiero a un momento instructivo de los que te cambian la vida. Porque este vergonzoso episodio te ha dado la oportunidad de conocer a Eamon Bailey en persona.
Mae ahogó audiblemente una exclamación.
—Sí. Se ha interesado por esto, dado lo mucho que se solapa con sus intereses y con las metas generales del Círculo. ¿Estás interesada en hablar de esto con Eamon?
—Sí —consiguió decir Mae—. Claro.
—Bien. Se muere de ganas de conocerte. Hoy a las seis de la tarde te llevarán a su despacho. Por favor, entretanto pon tus pensamientos en orden.
Mae tenía la mente llena de autorreproches. Se odiaba como persona. ¿Cómo podía haber hecho aquello y haber puesto en jaque su trabajo? Había avergonzado a su mejor amiga, había puesto en peligro el seguro médico de su padre… Era una imbécil, sí, pero también debía de ser un poco esquizofrénica. ¿Qué se había adueñado de ella la noche anterior? ¿Qué clase de persona hacía algo así? Su mente discutió consigo misma mientras trabajaba febrilmente, intentando obtener resultados visibles que demostraran lo comprometida que estaba con la empresa. Resolvió 140 consultas de clientes, su récord hasta el momento, al mismo tiempo que contestaba 1.129 preguntas de encuesta y ayudaba a los empleados a cumplir con sus objetivos. La puntuación general del equipo estaba en 98, cosa que la enorgulleció pese a saber que había algo de suerte y también que Jared había puesto algo de su parte: sabía en qué andaba metida Mae y se había comprometido a ayudar. A las cinco de la tarde la compuerta se cerró. Mae estuvo trabajando durante cuarenta y cinco minutos en su PartiRank y consiguió subirlo de 1.827 a 1.430, un proceso que requirió 344 comentarios, post y casi un millar de sonrisas y caritas enfadadas. Convirtió 38 temas principales y 44 secundarios, y su Cifra de Venta se puso en 24.050 dólares. Estaba segura de que Bailey vería esto y lo apreciaría, ya que de los Tres Sabios era el que tenía un mayor interés personal en el PartiRank.