El Círculo
Libro primero
Este capítulo es largo, así que está dividido en 11 partes.
Mae siguió alejándose de la costa. Se puso como meta llegar a una boya roja que acababa de ver, cerca del recodo de una península, en las profundidades de la bahía. Tardaría media hora aproximadamente en llegar a ella, y por el camino dejaría atrás varias docenas de barcazas y barcas de pesca ancladas. Muchas habían sido reconvertidas en casas flotantes, y ella sabía que no tenía que mirar por las ventanas, pero no lo pudo evitar; estaban llenas de misterios. ¿Por qué había una motocicleta en esta barcaza? ¿Por qué había una bandera confederada en aquel yate? A lo lejos vio un hidroavión volar en círculos.
Se levantó un viento a su espalda que la hizo dejar atrás enseguida la boya roja y acercarse a la orilla opuesta. No había planeado desembarcar allí, y nunca antes había llegado a cruzar la bahía, pero pronto tuvo la orilla a la vista y acercándosele a marchas forzadas, mientras el agua perdía profundidad y bajo la superficie empezaba a verse la zostera.
Se bajó de un salto del kayak y sus pies aterrizaron sobre los guijarros redondeados y suaves. Mientras empujaba el kayak hacia arriba, las aguas de la bahía subieron y le envolvieron las piernas. No fue una ola, fue más bien una subida uniforme del nivel del mar. Ella estaba de pie en una orilla seca y al momento siguiente el agua le llegaba a las espinillas y la dejaba toda empapada.
Cuando el agua volvió a descender, dejó tras de sí una ringlera ancha de algas grotescas y enjoyadas, azules, verdes y, bajo cierta luz, iridiscentes. Ella la sostuvo en sus manos y vio que era lisa y gomosa y tenía los bordes extravagantemente rizados. Mae tenía los pies mojados y el agua estaba fría como la nieve, pero no le importaba lo más mínimo. Se sentó en las rocas de la playa, cogió un palo y se puso a dibujar con él, repiqueteando en los guijarros lisos. Varios cangrejos diminutos, desenterrados e irritados, se alejaron correteando en busca de nuevos refugios. Un pelícano aterrizó playa abajo, sobre el tronco de un árbol muerto, blanqueado por los elementos e inclinado en diagonal, emergiendo del agua de color gris metálico, señalando perezosamente al cielo.
A continuación Mae se sorprendió a sí misma sollozando. Su padre estaba fatal. No, no estaba fatal. Lo estaba llevando con gran dignidad. Pero aquella mañana había algo completamente fatigado en él, algo derrotado y resignado, como si supiera que no podía luchar al mismo tiempo con lo que le estaba pasando a su cuerpo y con las empresas que gestionaban su tratamiento. Y ella no podía hacer absolutamente nada por él. No, sí que podía hacer mucho por él. Podía dejar su trabajo. Podía dejarlo y ayudar a hacer las llamadas telefónicas, a luchar todas las batallas que había que luchar para mejorar su estado. Era lo que haría una buena hija. Lo que haría una buena hija, una hija única. Una buena hija única se pasaría los siguientes tres o cinco años, que tal vez fueran los últimos años de movilidad y de plenas capacidades de su padre, ayudándolo a él y a su madre, formando parte de la maquinaria familiar. Pero ella sabía que sus padres no se lo permitirían. Nunca la dejarían hacerlo. De manera que estaba atrapada entre el trabajo que necesitaba y amaba y sus padres, a quienes no podía ayudar.
Pero le sentó bien llorar, dejar que le temblaran los hombros, sentir las lágrimas calientes en la cara, notar su sabor infantil a sal y secarse los mocos con los bajos de la camisa. Cuando terminó volvió a sacar el kayak al mar y se encontró a sí misma remando con brío. Ya en mitad de la bahía, se detuvo. Se le habían secado las lágrimas y se le había serenado la respiración. Estaba tranquila y se sentía fuerte, pero en lugar de alcanzar la boya roja, que ya no le interesaba para nada, lo que hizo fue quedarse sentada, con el remo en el regazo, dejando que las olas la mecieran suavemente, notando que el sol cálido le secaba las manos y los pies. Era algo que hacía a menudo cuando se encontraba lejos de la costa: se quedaba sentada muy quieta, sintiendo el volumen enorme del océano debajo de ella. En aquella parte de la bahía había tiburones leopardo, rayas murciélago, medusas y hasta alguna que otra marsopa, pero ella no vio ninguna de aquellas bestias. Estaban escondidas en las aguas oscuras, en su mundo negro y paralelo, y el hecho de saber que estaban allí, pero no dónde, ni tampoco nada más, le produjo en aquel momento una extraña sensación de que todo estaba bien. Muy a lo lejos, podía ver el lugar donde la boca de la bahía daba paso al océano, y allí, abriéndose paso por una franja de niebla ligera, vio un enorme buque contenedor que navegaba hacia alta mar. Pensó en moverse pero no vio razón para ello. No veía razón alguna para ir a ninguna parte. Estar allí, en medio de la bahía, sin nada que hacer ni ver, ya era más que suficiente. De manera que allí se quedó, arrastrada lentamente por la corriente, durante casi una hora. De vez en cuando volvía a notar aquel olor a atún y perro y se giraba para encontrar a otra foca llena de curiosidad, y entonces las dos se miraban entre sí, y Mae se preguntaba si la foca sabría, como lo sabía ella, lo bueno que era aquello: la suerte que tenían de tener todo aquello para ellas solas.
A media tarde los vientos procedentes del Pacífico arreciaron y no resultó fácil regresar a la costa. Cuando llegó a casa le pesaban los brazos y las piernas y notaba la cabeza embotada. Se preparó una ensalada y se comió media bolsa de patatas fritas mirando por la ventana. Se quedó dormida a las ocho y durmió once horas.
La mañana fue ajetreada, tal como ya le había prevenido Dan. A las ocho en punto los había reunido a ella y al centenar largo de representantes de EdC y les había recordado que abrir la compuerta de los mensajes el lunes por la mañana era algo que siempre entrañaba riesgos. Todos los clientes que querían respuestas a lo largo del fin de semana las esperaban sin falta el lunes por la mañana.
Y tenía razón. Se abrió la compuerta, llegó el diluvio de mensajes y Mae estuvo trabajando para contener la inundación hasta las once más o menos, momento en que se produjo algo parecido a un respiro. Había atendido cuarenta y nueve consultas y su promedio era 91, el más bajo que había obtenido hasta la fecha.
«No te preocupes —le escribió Jared—. Es normal en lunes. Limítate a mandar todos los cuestionarios complementarios que puedas.»
Mae llevaba toda la mañana enviando complementarios, pero sin demasiado éxito. Los clientes estaban de mal humor. La única buena noticia de la mañana le llegó por el canal de mensajes interno de la empresa, cuando le apareció un mensaje de Francis invitándola a comer. Oficialmente, a ella y al resto del personal de EdC les daban una hora para almorzar, pero ella no había visto a nadie ausentarse de su mesa durante más de veinte minutos. Era el tiempo que ella se cogía, a pesar de que siempre le resonaban en la mente las palabras de su madre, que equiparaba el almuerzo a una violación monumental del deber.
Llegó tarde al Comedor de Cristal. Miró a su alrededor y luego hacia arriba, hasta que por fin lo vio, sentado varios niveles más arriba, con los pies colgando de un taburete alto de metacrilato. Ella lo saludó con la mano pero no consiguió que él la viera. A continuación le gritó, con toda la discreción que pudo, pero sin éxito. Por fin, sintiéndose tonta, le mandó un mensaje de texto y vio cómo él lo recibía, examinaba la cafetería, la encontraba y le devolvía el saludo con la mano.
Ella avanzó por la cola, compró un burrito vegetariano y una especie de refresco ecológico nuevo y se sentó al lado de él. Francis llevaba una camisa de botones limpia y arrugada y pantalones de operario. Su atalaya tenía vistas a la piscina exterior, donde un grupo de empleados estaban intentando sin mucho éxito jugar un partido de voleibol.
—No parece un grupo muy atlético —señaló él.
—No —admitió Mae.
Mientras él miraba los chapoteos caóticos de más abajo, ella intentó superponer la cara que tenía delante a la que recordaba de su primera noche. Las cejas pobladas y la nariz prominente eran las mismas. Ahora, sin embargo, Francis parecía haberse encogido. Mientras usaba un cuchillo y un tenedor para cortar su burrito por la mitad, las manos se le veían extrañamente delicadas.
—Es casi perverso —dijo—, tener tanto equipamiento deportivo en un sitio donde no hay ninguna aptitud para el deporte. Es como una familia de devotos a la Ciencia Cristiana viviendo al lado de una farmacia. —Se volvió hacia ella—. Gracias por venir. Me preguntaba si te volvería a ver.
—Sí, ha habido mucho trabajo.
Él señaló su comida.
—He tenido que empezar. Lo siento. Para serte sincero, no estaba del todo seguro de que fueras a venir.
—Siento llegar tarde —dijo ella.
—No, créeme, lo entiendo. Tienes que lidiar con la avalancha del lunes. Los clientes lo esperan. El almuerzo es muy secundario.
—Tengo que decir que lamento mucho el final de nuestra conversación de la otra noche. Siento lo de Annie.
—Pero ¿llegasteis a enrollaros? Intenté encontrar un sitio desde donde mirar, pero…
—No.
—Se me ocurrió que si me subía a un árbol…
—No. No. Fue cosa de Annie. Es una idiota.
—Una idiota que forma parte del uno por ciento que manda aquí. Ya me gustaría a mí ser esa clase de idiota.
—Me estabas hablando de cuando eras niño.
—Dios. ¿Puedo echarle la culpa al vino?
—No tienes por qué contarme nada.
Mae se sentía fatal por saber lo que ya sabía, y confiaba en que él se lo contara otra vez a fin de coger la versión anterior y de segunda mano de su historia y reemplazarla por la versión directa de labios de él.
—No, no pasa nada —dijo—. Tuve ocasión de conocer a un montón de adultos interesantes que cobraban del gobierno por cuidarme. Fue maravilloso. ¿Cuánto tiempo te queda, diez minutos?
—Hasta la una.
—Vale. Ocho minutos, pues. Tú come. Yo hablo. Pero no de mi infancia. Eso ya lo conoces. Doy por sentado que Annie ha contado las partes escabrosas. Le encanta contar esa historia.
Y así es como Mae intentó comer todo lo que pudo y lo más deprisa que pudo mientras Francis hablaba de una película que había visto la noche anterior en el cine del campus. Al parecer, la directora había estado allí para presentarla y al acabar había contestado preguntas.
—La película trataba de una mujer que mata a su marido y a sus hijos, y durante el turno de preguntas salió a la luz que la directora llevaba tiempo metida en una larga batalla con su ex marido por la custodia de sus hijos. De manera que todos estábamos allí mirándonos y pensando: ¿Esta mujer está resolviendo sus traumas en la pantalla o qué?
Mae empezó a reírse, pero se interrumpió al acordarse de la espantosa infancia que había tenido Francis.
—No pasa nada —dijo él, sabiendo de inmediato por qué ella se había detenido —. No quiero que pienses que me tienes que tratar con algodones. Ya ha pasado mucho tiempo, y además, si no me sintiera cómodo en este territorio no estaría trabajando en ChildTrack.
—Bueno, aun así, lo siento. Se me da mal saber qué puedo decir. Pero ¿el proyecto va bien? ¿Cuánto te falta para…?
—¡Sigues totalmente incómoda! Me gusta —dijo Francis.
—¿Te gustan las mujeres que se sienten incómodas?
—Sobre todo en mi presencia. Te quiero de puntillas, incómoda, intimidada, esposada y dispuesta a postrarte cuando yo te lo ordene.
Mae intentó reírse pero descubrió que no podía.
Francis clavó la vista en su plato.
—Mierda. Cada vez que mi cerebro aparca el coche en la entrada, mi boca atraviesa la pared del fondo del garaje. Lo siento. Te juro que estoy intentando resolverlo.
—No pasa nada. Háblame de…
—ChildTrack. —Él levantó la vista—. ¿Te interesa de verdad?
—Sí.
—Porque como me hagas empezar, haré que tu diluvio del lunes parezca una fruslería.
—Nos quedan cinco minutos y medio.
—Vale, ¿te acuerdas de cuando intentaron poner los implantes en Dinamarca?
Mae negó con la cabeza. Tenía un vago recuerdo de un caso terrible de secuestro e infanticidio…
Francis miró su reloj, como si fuera consciente de que explicar el caso de Dinamarca le robaría un minuto. Suspiró y empezó a hablar:
—Bueno, pues hace un par de años el gobierno de Dinamarca intentó introducir un programa para implantarles chips en las muñecas a los niños. Era fácil, se tardaba dos segundos, no causaba problemas médicos y funcionaba de forma inmediata. Y así todos los padres sabían dónde estaban sus hijos. Lo limitaron a niños de menos de catorce años, y al principio todo fue bien. Los problemas judiciales desaparecieron porque apenas había objeciones, las encuestas estaban por los aires. A los padres les encantaba. O sea, les encantaba. Se trataba de niños, y había que hacer todo lo posible para que no les pasara nada, ¿verdad?
Mae estaba asintiendo con la cabeza cuando se acordó de que aquella historia tenía un final espantoso.
—Pero un día desaparecieron siete criaturas. Los padres y la policía pensaron: No hay problema. Sabemos dónde están los niños. Y siguieron los chips, pero cuando rastrearon las señales, que llevaban las siete a un mismo aparcamiento, se encontraron todos los chips dentro de una bolsa de papel, todos ensangrentados. Solo los chips.
—Ahora me acuerdo. —Mae se sintió mal.
—Encontraron los cuerpos al cabo de una semana, y para entonces había cundido el pánico entre la gente. Se volvió irracional. Pensaron que los chips habían causado los secuestros y los asesinatos, que de alguna manera los chips habían provocado a los autores de la matanza, que habían hecho su tarea más tentadora.
—Fue un horror total. Fue el final de los chips.
—Sí, pero el razonamiento no tuvo ninguna lógica. Sobre todo aquí. ¿Cuántos secuestros tenemos, doce mil al año? ¿Y cuántos asesinatos? El problema fue que los chips se insertaron a flor de piel. Cualquiera que se lo propusiera los podía arrancar de la muñeca. Demasiado fácil. En cambio, las pruebas que hacemos aquí… ¿has conocido a Sabine?
—Sí.
—Pues bueno, ella está en el equipo. No lo admitirá, porque está haciendo una serie de cosas relacionadas de las que no puede hablar. Pero para esto, ha encontrado la manera de implantar un chip en el hueso. Y eso lo cambia todo.
—Oh, joder. ¿Qué hueso?
—No importa, creo yo. Estás haciendo una mueca.
Mae corrigió su expresión y trató de parecer neutral.
—Vale, es una locura. O sea, a mucha gente le aterra la idea de que llevemos chips en la cabeza y en el cuerpo, pero esta cosa tiene el nivel tecnológico de un walkie-talkie. Lo único que hace es decirte dónde está algo. Todos los productos que compras llevan un chip de estos. Te compras un equipo de música y lleva un chip. Te compras un coche y tiene un puñado de chips. Hay empresas que ponen chips en los paquetes de comida para asegurarse de que sigue fresca cuando llega a la tienda. No es más que un mecanismo de seguimiento. Y si lo incrustas en el hueso, se queda ahí y no se puede ver a simple vista, a diferencia de los chips en las muñecas.
Mae dejó su burrito en el plato.
—Pero ¿en el hueso de verdad?
—Mae, piensa en un mundo donde nunca más pudiera cometerse un delito grave contra un niño. Ni uno. En el mismo momento en que un niño no estuviera donde tiene que estar, se dispararía una alerta enorme y al niño se lo podría encontrar de inmediato. Lo podría encontrar todo el mundo. Todas las autoridades sabrían al instante que ha desaparecido, pero también sabrían dónde está. Podrían llamar a la madre y decirle «Eh, no pasa nada, se ha ido al centro comercial», o bien podrían encontrar al agresor sexual en cuestión de segundos. La única esperanza que tendría un secuestrador sería llevarse al niño, meterse con él en el bosque, hacer algo y escaparse antes de que el mundo entero le cayera encima. Pero tendría un minuto y medio para hacerlo.
—O podrían interferir la señal que transmite el chip.
—Vale, pero ¿quién tiene esa competencia? ¿Cuántos pedófilos hay que sean genios de la electrónica? Muy pocos, imagino. De manera que coges todos los secuestros infantiles, violaciones y asesinatos y los reduces en un noventa y nueve por ciento. Y el precio es que las criaturas tengan un chip en el tobillo. ¿Tú quieres a un niño vivo con un chip en el tobillo, a un niño que sabes que crecerá seguro y que podrá volver a ir corriendo al parque y a la escuela en bicicleta, y todo eso…?
—Estás a punto de decir «o bien».
—Sí, ¿o bien quieres a un niño muerto? ¿O años enteros de preocupación cada vez que tu hijo se va andando a la parada del autobús? O sea, hemos hecho encuestas entre los padres del mundo entero y en cuanto vencen sus escrúpulos iniciales nos dan un índice de aprobación del ochenta y ocho por ciento. En cuanto les entra en la cabeza que es posible, se ponen a gritarnos: «¿Por qué no tenemos esto ya? ¿Cuándo va a llegar?». O sea, esto iniciará una nueva edad de oro para los jóvenes. Una era libre de preocupaciones. Mierda. Ahora llegas tarde. Mira.
Señaló el reloj. La 1.02.
Mae echó a correr.
La tarde fue implacable y su puntuación apenas llegó a 93. Al final de la jornada estaba agotada y se volvió a la segunda pantalla para encontrar un mensaje de Dan. «¿Tienes un segundo? Gina, de CircleSocial, quería verte unos minutos.»
Ella le contestó: «¿Puede ser dentro de un cuarto de hora? Tengo un puñado de complementarios por mandar y llevo desde mediodía sin mear». Era verdad. Hacía tres horas que no se levantaba de la silla, y también quería intentar que su puntuación subiera de 93. Estaba segura de que era por culpa de aquel promedio tan bajo por lo que Dan quería que se viera con Gina.
Dan solo escribió «Gracias, Mae», unas palabras a las que ella no paró de dar vueltas mientras iba al cuarto de baño. ¿Acaso él le estaba dando las gracias por estar disponible dentro de un cuarto de hora, o bien le agradecía sardónicamente aquel nivel de confidencia higiénica que él no quería para nada?
Mae ya casi estaba en la puerta de los baños cuando vio a un hombre con vaqueros verdes ajustados y un jersey ceñido de manga larga, plantado en el pasillo, bajo una ventana alta y estrecha, mirando su teléfono. Bañado en una luz azul blanquecina, parecía estar esperando instrucciones de su pantalla.
Mae entró en el baño.
Cuando terminó, abrió la puerta para encontrarse al tipo en el mismo sitio, pero ahora mirando por la ventana.
—Se te ve perdido —le dijo Mae.
—Qué va. Solo estaba decidiendo algo antes de ir, ya sabes, arriba. ¿Trabajas aquí?
—Sí. Soy nueva. Estoy en EdC.
—¿EdC?
—Experiencia del Cliente.
—Ah, vale. Antes lo llamábamos simplemente Atención al Cliente.
—O sea que tú no eres nuevo…
—¿Yo? No, no. Llevo tiempo por aquí. Aunque no mucho en este edificio.
Sonrió, miró por la ventana y, mientras estaba mirando, Mae aprovechó para examinarlo. Tenía los ojos oscuros, la cara ovalada y el pelo gris, casi blanco, aunque no podía tener más de treinta años. Era flaco, nervudo y los vaqueros ajustados y el jersey ceñido de manga larga le daban a su silueta esas pinceladas biseladas de la caligrafía.
Él se giró hacia ella, parpadeando y reprendiéndose a sí mismo por sus malos modales.
—Perdón. Soy Kalden.
—¿Kalden?
—Es tibetano —dijo—. Quiere decir algo dorado. Mis padres siempre quisieron ir al Tíbet, pero lo más cerca que llegaron fue Hong Kong. ¿Tú cómo te llamas?
—Mae —dijo ella, y se estrecharon la mano.
Él tenía un apretón recio pero mecánico. Le habían enseñado a dar la mano, sospechó Mae, pero seguía sin verle el sentido.
—O sea que no estás perdido —dijo Mae, consciente de que la esperaban de vuelta en su mesa; hoy ya había llegado tarde una vez.
Kalden lo notó.
—Oh, tienes que marcharte. ¿Te acompaño hasta allí? Así veo dónde trabajas.
—Mmm… —dijo Mae, que de pronto se sentía bastante incómoda—. Claro.
Si no supiera lo que sabía, y si no pudiera verle la acreditación colgada del cuello, habría dado por sentado que Kalden, con su curiosidad enfática pero distraída, era alguien que se había colado en el edificio o alguna clase de espía corporativo. Pero qué sabía ella. Llevaba una semana en el Círculo. Aquello podía ser una prueba. O un simple circulista excéntrico.
Mae lo llevó hasta su mesa.
—Está muy limpia —dijo él.
—Lo sé. Recuerda que acabo de empezar.
—Y yo sé que a algunos de los Sabios les gusta que las mesas del Círculo estén muy limpias. ¿Alguna vez los has visto por aquí?
—¿A quiénes? ¿A los Sabios? —Mae soltó un soplido de burla—. Aquí no. Por lo menos todavía no.
—Sí, supongo que no —dijo Kalden, y se inclinó hasta poner la cabeza al nivel del hombro de Mae—. ¿Puedo ver el trabajo que haces?
—¿Mi trabajo?
—Sí. ¿Puedo mirarte? O sea, si no te incomoda.
Mae hizo una pausa. Todas las cosas y las personas con las que había tenido contacto en el Círculo hasta entonces se ceñían a un modelo lógico y a un ritmo, pero Kalden era una anomalía. Su ritmo era distinto, atonal y extraño, aunque no desagradable. Tenía una cara franca y unos ojos líquidos, gentiles y sin pretensiones, y hablaba en un tono tan suave que cualquier posibilidad de amenaza parecía remota.
—Claro. Supongo —dijo ella—. Pero no es muy emocionante que digamos.
—Quizá sí y quizá no.
De manera que se quedó a mirar cómo Mae contestaba consultas. Cada vez que ella se giraba hacia él después de una operación supuestamente mundana, se encontraba con que la pantalla danzaba luminosamente en los ojos del tipo y con que su cara permanecía fascinada, como si jamás hubiera visto nada tan interesante. En otros momentos, sin embargo, parecía distante, como si viera algo que ella no podía ver. Estaba mirando la pantalla, pero sus ojos parecían estar viendo algo situado en sus profundidades.
Ella siguió a lo suyo y él continuó haciéndole preguntas de vez en cuando: «¿Quién era esa persona?», «¿Te pasa muy a menudo?», «¿Por qué has contestado así?».
El tipo estaba cerca de ella, demasiado cerca de haber sido una persona normal con ideas cotidianas sobre el espacio personal, pero estaba más claro que el agua que no era esa clase de persona, que no era normal. Mientras observaba unas veces la pantalla y otras veces los movimientos de los dedos de Mae sobre el teclado, su barbilla se fue acercando mucho al hombro de ella, hasta que su respiración suave se hizo audible y su olor, un olor sencillo a jabón y a champú de plátano, le llegó transportado por las pequeñas exhalaciones de él. Por fin dio la cosa por acabada. Carraspeó y se puso de pie.
—Bueno, será mejor que me vaya —dijo—. Me largo. No quiero estropearte el ritmo. Estoy seguro de que te veré por el campus.
Y se marchó.
Antes de que Mae pudiera analizar nada de lo que acababa de suceder, le apareció otra cara al lado.
—Hola. Soy Gina. ¿Te ha dicho Dan que vendría?
Mae asintió con la cabeza, aunque no recordaba nada de aquello. Miró a Gina, que era unos años mayor que ella, confiando en recordar algo de ella o de ese encuentro. Los ojos de Gina, oscuros y cargados de delineador y de sombra de ojos de color azul nocturno, le sonrieron, aunque Mae no sintió que de ellos emanara ninguna calidez, ni tampoco del resto de Gina.
—Dan me ha dicho que ahora era un buen momento para activarte todos los perfiles sociales. ¿Tienes tiempo?
—Claro —dijo Mae, aunque no tenía ni un minuto.
—Supongo que la semana pasada estuviste demasiado ocupada para abrirte la cuenta social de la empresa, ¿no? Y supongo que tampoco habrás importado tu perfil antiguo…
Mae se maldijo a sí misma.
—Lo siento. He estado bastante agobiada.
Gina frunció el ceño.
Mae dio marcha atrás, enmascarando su patinazo con una risa.
—¡No, en el buen sentido! Pero todavía no he tenido tiempo para las cosas extraoficiales.
Gina inclinó la cabeza y carraspeó teatralmente.
—Qué interesante que lo veas así —dijo, sonriendo, aunque no parecía precisamente contenta—. Nosotros consideramos que tu perfil y la actividad que tienes en él son cosas integrales a tu participación aquí. Es así como tus compañeros de trabajo, hasta los que están al otro lado del campus, pueden saber quién eres. La comunicación no es una cosa extraoficial, ¿verdad que no?
Mae se quedó avergonzada.
—No —dijo—. Claro que no.
—Si visitas la página de un compañero de trabajo y le escribes algo en su muro, eso es algo positivo. Es un acto de comunidad. Y, por supuesto, no me hace falta decirte que esta empresa existe gracias a esos medios sociales que tú consideras «extraoficiales». Imagino que antes de venir aquí habrías usado tus medios sociales, ¿no?
Mae no estaba segura de qué podía decir para aplacar la ira de Gina. Había estado muy cargada de trabajo y no quería parecer distraída, de manera que había retrasado el momento de reactivar su perfil social.
—Lo siento —acertó a decir—. No quería sugerir que fuera extraoficial. En realidad me parece algo primordial. Simplemente me estaba aclimatando a este trabajo y quería concentrarme en aprender mis nuevas responsabilidades.
Pero Gina estaba en plena vena y no pensaba detenerse hasta terminar su exposición.
—¿Eres consciente de que «comunidad» y «comunicación» vienen de la misma raíz, communis, que en latín quiere decir «común, público, compartido por muchos»?
A Mae le latía el corazón a cien.
—Lo siento mucho, Gina. He luchado para conseguir un trabajo aquí. Todo eso ya lo sé. Estoy aquí porque creo en todas esas cosas que dices. Simplemente la semana pasada estuve un poco alterada y no tuve ocasión de activarlo.
—Vale. Pero que sepas, en adelante, que tener actividad social y estar presente en tu perfil y en todas las cuentas asociadas es una de las razones de que estés aquí. Consideramos que tu presencia en la red es parte integral de tu trabajo aquí. Está todo conectado.
—Lo siento. Pido disculpas otra vez por expresar mal mis sentimientos.
—Bien. Bueno, empecemos por activar esto.
Gina pasó el brazo por encima de la mampara de Mae, cogió otra pantalla, más grande que la segunda, la puso al lado del ordenador de Mae y se la conectó.
—Muy bien. Así pues, tu segunda pantalla seguirá siendo tu forma de estar en contacto con tu equipo. Será exclusivamente para asuntos de EdC. Tu tercera pantalla es para tu participación social, en el Círculo de la empresa y en el Círculo general. ¿Queda claro?
—Sí.
Mae miró cómo Gina activaba la pantalla y sintió una punzada de emoción. Nunca había tenido un equipo tan complejo. ¡Tres pantallas para alguien que estaba tan abajo en la jerarquía! Solo pasaba en el Círculo.
—Muy bien, primero quiero que volvamos a tu segunda pantalla —dijo Gina—. Me parece que no has activado CircleSearch. Hagámoslo. —Apareció un mapa tridimensional muy elaborado del campus—. Es muy sencillo, y simplemente te permite encontrar a cualquiera en el campus en caso de que necesites hablar cara a cara con él.
Gina señaló un punto rojo que parpadeaba.
—Aquí estás tú. ¡Estás que ardes! Es broma. —Como reconociendo que aquello podría considerarse inapropiado, Gina cambió de tema rápidamente—. ¿No decías que conocías a Annie? Vamos a teclear su nombre. —Apareció un punto azul en el Viejo Oeste—. Está en su despacho, menuda sorpresa. Annie es una máquina.
Mae sonrió.
—Pues sí.
—Estoy muy celosa de que la conozcas tan bien —dijo Gina, sonriendo, aunque de forma muy breve y poco convincente—. Y aquí vas a ver una aplicación nueva y muy chula, que nos hace una crónica diaria del edificio. Puedes ver cuándo ha entrado cada empleado y cuándo ha salido del edificio. Eso nos permite conocer muy bien la vida de la empresa. Esta parte no la tienes que actualizar tú, por supuesto. Si vas a la piscina, tu identificación actualiza automáticamente esa información en la red. Más allá de tus movimientos, todos los comentarios adicionales son cosa tuya, y por supuesto se te anima a que los hagas.
—¿Comentarios? —preguntó Mae.
—Ya sabes, como por ejemplo qué te ha parecido el almuerzo, alguna novedad en el gimnasio, lo que sea. Puntuaciones básicas, comentarios y «Me gusta». Nada fuera de lo normal, y está claro que todas las opiniones nos ayudan a mejorar nuestros servicios a la comunidad del Círculo. Pues esos comentarios se hacen justo aquí — dijo, y le mostró que se podía hacer clic sobre cualquier edificio y sala, y dentro de ellos se podían añadir comentarios sobre cualquier cosa y sobre cualquiera.
»Así pues, esa es tu segunda pantalla. Es para tus compañeros de trabajo, para tu equipo y para encontrar a gente en el espacio físico. Ahora vamos con las cosas divertidas de verdad. Pantalla tres. Aquí es donde aparecen casi todos tus mensajes sociales y de Zing. Me han dicho que no sueles usar Zing, ¿no?
Mae admitió que no lo usaba, pero lo quería usar.
—Perfecto —dijo Gina—. Pues ya tienes cuenta de Zing. Te he abierto una: MaeDay, como el festivo que conmemora la guerra. Mola, ¿verdad?
Mae no estaba segura de que le gustara el nombre, y tampoco recordaba ningún festivo que se llamara así.
—También te he conectado la cuenta de Zing con la comunidad total del Círculo, ¡de manera que tienes 10.041 seguidores nuevos! Qué genial. En términos de tus zings, esperamos unos diez al día más o menos, pero eso sería el mínimo. Estoy segura de que tendrás mucho más que decir. Ah, y aquí tienes tu lista de reproducción. Si escuchas música mientras trabajas, la red le manda automáticamente esa lista a todo el mundo, y la integra en la lista de reproducción colectiva, que selecciona las canciones más reproducidas en un día, una semana o un mes determinados. Tiene las cien canciones más populares del campus, pero también lo puedes organizar de mil maneras: los temas más populares de hip-hop, de indie, de country, lo que sea. Recibirás recomendaciones basadas en la música que pongas y en lo que ponga otra gente con gusto parecido. Todo se va difundiendo entre todos mientras trabajas. ¿Me sigues?
Mae asintió con la cabeza.
—Ahora, al lado del canal de noticias de Zing, verás la ventana de tu canal social principal. También verás que la dividimos en dos secciones, el canal social de InnerCircle y tu canal social externo, o sea, el OuterCircle. Qué chulo, ¿no? Los puedes fusionar si quieres, pero nos parece útil mantener dos canales separados. Aunque, por supuesto, el OuterCircle sigue estando en el Círculo, ¿verdad? Todo está en el Círculo. ¿Me sigues de momento?
Mae dijo que sí.
—No me puedo creer que te hayas pasado aquí una semana sin estar en el canal social. Tu mundo va a vivir una revolución.
Gina tocó la pantalla de Mae y el flujo de mensajes del InnerCircle de Mae se convirtió en una avalancha que invadió su monitor.
—Fíjate, también estás recibiendo los de la semana pasada. Es por eso que hay tantos. Uau, fíjate en todo lo que te perdiste.
Mae siguió el contador del pie de la pantalla, que calculaba todos los mensajes que le había mandado cualquier persona del Círculo. El contador hizo una pausa al llegar a los 1.200. Después a los 4.400. La cifra siguió creciendo y creciendo, deteniéndose de vez en cuando hasta quedarse en 8.276.
—¿Esos son los mensajes de la semana pasada? ¿Ocho mil?
—Puedes ponerte al día —dijo Gina en tono jovial—. Quizá esta misma noche. Ahora abramos tu cuenta social normal. La llamamos el OuterCircle, pero es el mismo perfil y el mismo canal que tienes desde hace años. ¿Te importa si la abro?
A Mae no le importaba. Miró cómo su perfil social, el que tenía desde hacía años, aparecía en la tercera pantalla, al lado del canal del InnerCircle. Una cascada de mensajes y fotos, unos cuantos centenares, llenaron el monitor.
—Vale, parece que aquí también te tienes que poner al día —dijo Gina—. ¡Qué festival! Diviértete.
—Gracias —dijo Mae.
Intentó parecer tan excitada como pudo. Necesitaba caerle bien a Gina.
—Ah, espera. Una cosa más. Te tengo que explicar la jerarquía de mensajes. Mierda. Casi me olvido de la jerarquía de los mensajes. Como se entere Dan, me mata. A ver, ya sabes que tus responsabilidades de EdC de la primera pantalla son lo primero. Tenemos que servir a nuestros clientes con toda nuestra atención y todo nuestro corazón. Eso queda claro.
—Sí.
—En la segunda pantalla puedes recibir mensajes de Dan y Jared, o de Annie, o de alguno de los supervisores directos de tu trabajo. Esos mensajes informan de la calidad minuto a minuto de tu servicio. De manera que son tu segunda prioridad. ¿Está claro?
—Está claro.
—La tercera pantalla son tus canales sociales, el Inner y el OuterCircle. Pero no se trata de mensajes superfluos. Son igual de importantes que los demás mensajes, lo que pasa es que van en tercer lugar de prioridad. Y a veces son urgentes. Ten vigilado sobre todo el canal del InnerCicle, porque es ahí donde te enterarás de las reuniones del personal, de las convocatorias obligatorias y de cualquier noticia. Si hay una noticia del Círculo que sea muy urgente te vendrá marcada de color naranja. Las cosas extremadamente urgentes también te llegarán en forma de mensaje en el teléfono. ¿Lo tienes siempre a la vista? —Mae asintió mirando el teléfono, que estaba justo debajo de las pantallas de su mesa—. Bien —dijo Gina—. Pues esas son las prioridades, y en cuarto lugar viene tu participación en el OuterCircle. Que es igual de importante que todo lo demás, porque aquí valoramos tu equilibrio entre vida y trabajo, ya sabes, el balance entre tu vida en la red de aquí de la empresa y la de fuera. Confío en que quede claro. ¿Es así?
—Sí.
—Bien. Pues me parece que ya estás lista. ¿Alguna pregunta?
Mae dijo que no tenía ninguna.
Gina inclinó la cabeza con gesto escéptico, indicando que sabía que a Mae todavía le quedaban muchas preguntas pero que no quería hacerlas por miedo a parecer poco informada. Gina se puso de pie, sonrió y ya estaba dando un paso atrás cuando se detuvo.
—Mierda. Me he olvidado de una cosa más.
Se agachó al lado de Mae y tecleó unos segundos hasta que apareció un número en la tercera pantalla, muy parecido a la puntuación promedio de EdC. Decía: MAE HOLLAND: 10.328.
—Este es tu Nivel de Participación, que aquí llamamos PartiRank. Hay quien lo llama Nivel de Popularidad, pero en realidad no lo es. No es más que una cifra generada por un algoritmo que da cuenta de toda tu actividad en el InnerCircle. ¿Me entiendes?
—Creo que sí.
—Tiene en cuenta los zings, los seguidores externos de tus zings ajenos, tus comentarios en los perfiles de otros circulistas, las fotos que cuelgas, tu asistencia a los eventos del Círculo y los comentarios y fotos que cuelgas sobre esos eventos. Los circulistas más activos ocupan puestos superiores, claro. Como puedes ver, ahora mismo tú ocupas un lugar bajo, pero es porque eres nueva y te acabamos de activar el canal social. Pero cada vez que postees o comentes o asistas a algo, eso se tendrá en cuenta, y verás cómo escalas posiciones. Eso es lo divertido. Cuando posteas, subes en las listas. A un puñado de gente le gusta tu post y entonces subes en picado. La cosa va cambiando durante todo el día. ¿Chulo, verdad?
—Mucho —dijo Mae.
—Te hemos dado un pequeño empujoncito… Si no, estarías en el puesto 10.411. Ya te digo que es solo para divertirnos. No se te juzga por el lugar que ocupas en la lista ni nada de eso. Hay circulistas que se lo toman muy en serio, claro, y nos encanta que la gente quiera participar, pero en realidad el rango no es más que una forma divertida de ver cómo tu participación se manifiesta en el seno de la comunidad global del Círculo. ¿De acuerdo?
—De acuerdo.
—Vale pues. Ya sabes cómo contactar conmigo.
Y diciendo aquello, Gina dio media vuelta y se marchó.
Mae abrió el canal interno de la empresa y se puso manos a la obra. Estaba decidida a leerse todos los mensajes internos y externos aquella misma noche. Había anuncios dirigidos a toda la empresa de los menús diarios, del tiempo que iba a hacer cada día y de las frases inspiradoras de la jornada: los aforismos de la semana anterior habían sido de Martin Luther King, Gandhi, Salk, la Madre Teresa y Steve Jobs. Había anuncios de las visitas al campus de la jornada: una agencia de adopción de mascotas, un senador estatal, un congresista de Tennessee y el director de Médecins Sans Frontières. Mae descubrió, sintiendo una punzada de remordimiento, que aquella misma mañana se había perdido una visita de Muhammad Yunus, galardonado con un premio Nobel. Repasó lentamente los mensajes, uno por uno, en busca de cualquier cosa que fuera razonable esperar que ella contestara en persona. Había encuestas, cincuenta por lo menos, que les pedían a los circulistas sus opiniones sobre diversas políticas de empresa y sobre las fechas óptimas para encuentros venideros, grupos de interés, celebraciones y períodos de vacaciones. Había docenas de clubes que solicitaban miembros y mandaban aviso de todas sus reuniones: había grupos de propietarios de gatos —al menos diez—, unos cuantos de conejos y seis de reptiles, cuatro de los cuales dejaban bien claro que eran solo para propietarios de serpientes. Lo que más abundaba eran los grupos de dueños de perros. Mae contó veintidós, pero estaba segura de que había más. Uno de los grupos, dedicado a dueños de perros muy pequeños, Perritos de la Suerte, quería saber cuánta gente se apuntaría a un club de fines de semana para dar paseos, hacer excursiones y prestar apoyo; Mae no hizo caso de aquel. Luego, dándose cuenta de que no hacerle caso únicamente provocaría que le llegara un segundo mensaje más apremiante, escribió una respuesta en la que explicaba que no tenía perro. Alguien le pedía que firmara una petición a favor de más opciones veganas en el almuerzo; ella la firmó. Había nueve mensajes de diversos grupos de trabajo internos de la empresa, que le pedían que se uniera a sus subCírculos para obtener actualizaciones más específicas y compartir información. De momento se apuntó a los grupos dedicados al ganchillo, al fútbol y a Hitchcock.
Parecía haber un centenar de grupos para gente con hijos: padres y madres primerizos, gente divorciada con hijos, gente con hijos autistas, con hijos adoptados de Guatemala, con hijos adoptados de Etiopía y con hijos adoptados de Rusia. Había siete grupos de improvisación cómica, nueve grupos de natación (el miércoles anterior había tenido lugar un encuentro interno de la empresa en el que habían participado centenares de nadadores, y ahora un centenar de los mensajes trataban de aquella competición: de quién había ganado, de cierto fallo técnico relacionado con los resultados y del hecho de que iba a haber un mediador en el campus para resolver cualquier cuestión o disputa que quedara). Había visitas, por lo menos diez al día, de empresas que presentaban al Círculo productos nuevos e innovadores. Coches nuevos que ahorraban combustible. Nuevas zapatillas deportivas de comercio justo. Nuevas raquetas de tenis de fabricación local. Había reuniones de todos los departamentos imaginables: I+D, búsqueda, redes sociales, promoción, comunidades profesionales, asuntos filantrópicos y venta de publicidad; con un vuelco del corazón, Mae vio que se había perdido una reunión considerada «básicamente obligatoria» para todos los recién llegados. Había tenido lugar el jueves pasado. ¿Por qué no se lo había dicho nadie? «Menuda idiota —se contestó a sí misma—. Sí que te lo dijeron. Por aquí.»
—Mierda —dijo.
A las diez de la noche ya había leído todos los mensajes y alertas internos de la empresa, de modo que pasó a su cuenta de OuterCircle. Llevaba seis días sin visitarla y se encontró 118 avisos solo del día en curso. Decidió leerlos todos, empezando por los más recientes y yendo hacia atrás. Entre los recientes había uno de una amiga suya de la universidad, que había colgado un mensaje diciendo que tenía una gripe estomacal; al mensaje le seguía un largo hilo de comentarios, de amigos que le sugerían remedios, algunos que se compadecían de ella y otros que colgaban fotos destinadas a animarla. Mae puso «Me gusta» a dos de las fotos y a tres de los comentarios, a continuación le posteó un comentario deseándole una pronta recuperación y el link a una canción, «Puking Sally», que había encontrado. Aquello generó un nuevo hilo de comentarios, 54 en concreto, sobre la canción y la banda que la había compuesto. Uno de los amigos que comentaban dijo que conocía al bajista de la banda y lo añadió a la conversación. El bajista en cuestión, Damien Ghilotti, ahora vivía en Nueva Zelanda y trabajaba de ingeniero de estudio, pero aseguró que le alegraba saber que «Puking Sally» todavía ayudaba a las víctimas de la gripe estomacal. Su comentario emocionó a todos los presentes y aparecieron 129 comentarios más; todo el mundo estaba emocionado de tener noticias del bajista de la banda en persona, y en los últimos comentarios a Damien Ghilotti lo invitaban a tocar en una boda si le apetecía, o bien a visitar Boulder, o Bath, o Gainesville, o Saint Charles, Illinois, si en algún momento estaba de paso por allí, y siempre tendría una casa donde alojarse y una comida caliente. Cuando apareció en la conversación Saint Charles, alguien preguntó si alguno de los presentes tenía noticias de Tim Jenkins, que estaba combatiendo en Afganistán; habían visto una mención a un chaval de Illinois que había muerto abatido a tiros por un rebelde afgano disfrazado de agente de policía. Al cabo de sesenta mensajes más, los comentaristas ya habían esclarecido que el muerto era un Tim Jenkins distinto, este de Rantoul, Illinois, no de Saint Charles. Hubo muestras generalizadas de alivio, pero pronto el hilo dio paso a un debate a muchas bandas sobre la eficacia de la guerra y de la política exterior estadounidense en general, sobre si ganamos o perdimos en Vietnam, o en Grenada, o hasta en la Primera Guerra Mundial, y sobre la capacidad de los afganos para gobernarse a ellos mismos, y sobre el tráfico de opio que financiaba a los rebeldes, y sobre la posibilidad de que se legalizara cualquier droga ilegal en América y Europa. Alguien mencionó la utilidad de la marihuana para aliviar el glaucoma, y otra persona mencionó que también era útil para la esclerosis múltiple, y a continuación se produjo una conversación frenética entre tres personas que tenían en su familia a un enfermo de esclerosis múltiple; fue entonces cuando Mae, sintiendo una oscuridad que le desplegaba las alas por dentro, se desconectó.
Mae ya no conseguía mantener los ojos abiertos. Aunque solo había repasado tres días de su agenda social atrasada, apagó el ordenador y se dirigió al aparcamiento.
El flujo de consultas del martes por la mañana fue más llevadero que el del lunes, pero la actividad de su tercera pantalla la mantuvo pegada a la silla durante las tres primeras horas del día. Antes de que apareciera la tercera pantalla, siempre había tenido algún remanso de paz, aunque fuera de diez o doce segundos, entre el momento de responder a una consulta y el momento de saber si su respuesta había sido satisfactoria o no. Mae solía usar aquel tiempo para memorizar las respuestas genéricas, redactar algún cuestionario complementario o consultar su teléfono de vez en cuando. Ahora, sin embargo, aquello se estaba volviendo difícil. Cada pocos minutos, la tercera pantalla le soltaba cuarenta mensajes nuevos de InnerCircle y unos quince de OuterCircle y de Zing, y Mae se veía obligada a dedicar hasta el último instante de inactividad a ojearlos rápidamente, asegurarse de que no hubiera nada que exigiera su atención inmediata y regresar a su pantalla principal.
Al final de la mañana, el flujo ya era razonable, y hasta estimulante. Pasaban tantas cosas en aquella empresa, y había en ella tanta humanidad y buenos sentimientos, y era un ambiente pionero en tantos sentidos, que ella sabía que estaba mejorando como persona por el mero hecho de estar en compañía de los circulistas. Era como una tienda de alimentación ecológica bien llevada: por el mero hecho de comprar allí, ya sabías que eras una persona más sana; no podías elegir nada malo, porque las cosas malas ya habían sido vetadas. Pues lo mismo pasaba en el Círculo: sus miembros ya habían sido seleccionados, y por tanto su reserva genética era extraordinaria y su reunión de mentes fenomenal. Era un lugar donde todo el mundo se esforzaba, de forma constante y apasionada, para mejorarse a uno mismo y a los demás, para compartir el propio conocimiento y diseminarlo por el mundo.
A la hora del almuerzo, sin embargo, ya estaba hecha polvo, y se moría de ganas por pasar una hora sentada en el césped, con la corteza cerebral extirpada y en compañía de Annie, que había insistido en ello.
A las 11.50 apareció un mensaje de Dan en la segunda pantalla: «¿Tienes unos minutos?».
Avisó a Annie de que tal vez llegaría tarde, y al llegar al despacho de Dan se lo encontró apoyado en la jamba de la puerta. Él le dedicó una sonrisa amable al verla, pero tenía una ceja enarcada, como si hubiera algo en ella que lo desconcertara, algo que no fuera capaz de identificar. Dan señaló el interior de la oficina con el brazo y ella pasó en silencio a su lado. Él cerró la puerta.
—Siéntate, Mae. Doy por sentado que conoces a Alistair.
Ella no había visto al hombre que estaba sentado en el rincón, pero ahora que lo veía, se dio cuenta de que no lo conocía. Era un tipo alto, de veintimuchos años, con un remolino estudiado de pelo castaño ceniciento. Estaba reclinado en diagonal en una silla redondeada, con el cuerpo delgado muy rígido, como si fuera un tablón. No se puso de pie para presentarse, de manera que Mae le ofreció la mano.
—Encantada de conocerte —dijo ella.
Alistair soltó un suspiro enorme de resignación y le dio la mano como si estuviera a punto de tocar algo podrido que la corriente del mar hubiera arrastrado a la orilla.
A Mae se le secó la boca. Algo iba muy mal.
Dan se sentó.
—Bueno, espero que podamos arreglar esto lo antes posible —dijo—. ¿Quieres empezar tú, Mae?
Los dos hombres se la quedaron mirando. Dan la miraba fijamente, mientras que la mirada de Alistair transmitía dolor pero también expectación. Mae no tenía ni idea de qué decir ni de qué estaba pasando. A medida que el silencio se prolongaba y se volvía más incómodo, Alistair se puso a parpadear con furia, intentando refrenar las lágrimas.
—No me lo puedo creer —consiguió decir.
Dan se volvió hacia él.
—Alistair, venga. Ya sabemos que estás dolido, pero no perdamos la perspectiva. —Dan se giró hacia Mae—. Voy a señalar lo obvio. Mae, estamos hablando del almuerzo portugués de Alistair.
Dan dejó que las palabras flotaran en el aire, esperando que Mae saltara a responderlas, pero Mae no tenía ni idea de qué querían decir aquellas palabras: ¿el almuerzo portugués de Alistair? ¿Acaso podía decir que no tenía ni idea de a qué se refería aquello? Ella sabía que no. Había llegado tarde al canal de noticias. Debía de tener algo que ver con aquello.
—Lo siento —dijo ella.
Sabía que iba a tener que andar con pasos de plomo hasta averiguar de qué trataba todo aquello.
—Es un buen comienzo —dijo Dan—. ¿Verdad, Alistair?
Alistair se encogió de hombros.
Mae continuó avanzando a tientas. ¿Qué sabía ella? Que se había celebrado un almuerzo, eso estaba claro. Y estaba claro que ella no había asistido. El almuerzo lo había planeado Alistair y ahora estaba dolido. Eran todas suposiciones razonables.
—Me habría encantado ir —se aventuró a decir, y de inmediato vio ligeras señales de confirmación en las caras de ellos. Iba por el buen camino—. Pero no estaba segura de si… —Ahora se arriesgó—. No estaba segura de si sería bienvenida, como soy nueva…
Las caras de ellos se suavizaron. Mae sonrió, consciente de haber pulsado la tecla adecuada. Dan negó con la cabeza, contento de ver confirmada su sospecha: que Mae no era una persona intrínsecamente mala. Se levantó de su silla, dio la vuelta a su mesa y se apoyó en ella.
—Mae, ¿acaso no te hemos hecho sentir bienvenida? —le preguntó.
—¡Oh, sí! Ya lo creo. Pero yo no formo parte del equipo de Alistair, y tampoco estaba segura de cuáles eran las normas, ya sabes, sobre el hecho de que la gente de mi equipo asistiera a los almuerzos de miembros más veteranos de otros equipos.
Dan asintió con la cabeza.
—¿Lo ves, Alistair? Ya te dije que había una explicación sencilla.
Alistair puso la espalda recta en su asiento, como si se preparara para volver a intervenir.
—Pues claro que eres bienvenida —dijo, dándole a Mae una palmadita juguetona en la rodilla—. Aunque pases un poco de todo.
—A ver, Alistair…
—Lo siento —dijo él, y respiró hondo—. Ya lo tengo bajo control. Estoy muy contento.
Hubo unas cuantas disculpas más, seguidas de bromas sobre los sobreentendidos y los malentendidos, y sobre la comunicación y el flujo y las equivocaciones y el orden del universo, y por fin llegó el momento de dejarlo correr todo. Se pusieron de pie.
—Démonos un abrazo —dijo Dan.
Y lo hicieron, formando una estrecha melé de comunión renacida.
Para cuando Mae regresó a su despacho, la estaba esperando un mensaje.
«Gracias otra vez por venir hoy a vernos a Alistair y a mí. Creo que ha sido muy productivo y útil. Recursos Humanos está al corriente de la situación, y para cerrarla siempre les gusta que emitamos una declaración conjunta. De manera que he escrito esto. Si te parece bien, simplemente lo firmas en la pantalla y me lo devuelves.»