El Círculo
Libro primero
Este capítulo es largo, así que está dividido en 11 partes.
A las cinco y cuarenta y cinco, una voz la llamó por su nombre. Levantó la vista para ver a una figura en la puerta, alguien nuevo, un hombre de unos treinta años. Se reunió con él en la puerta.
—¿Mae Holland?
—Sí.
—Soy Dontae Peterson. Trabajo con Eamon y me ha pedido que te lleve a su despacho. ¿Estás lista?
Tomaron la misma ruta por la que la había llevado Annie, y por el camino Mae se dio cuenta de que Dontae no sabía que ella ya había estado en el despacho de Bailey. Annie nunca le había hecho jurar que guardaría el secreto, pero el hecho de que Dontae no lo supiera indicaba que Bailey tampoco lo sabía, y que ella no debía revelarlo.
Para cuando se adentraron por el largo pasillo de color carmesí, Mae ya sudaba en abundancia. Notaba goterones que le caían desde las axilas hasta la cintura. No sentía los pies.
—Aquí hay un retrato gracioso de los Tres Sabios —dijo Dontae mientras se detenían ante la puerta—. Lo hizo la sobrina de Bailey.
Mae fingió que la sorprendía y que le encantaban su inocencia y su tosca lucidez.
Dontae cogió el enorme llamador en forma de gárgola y llamó a la puerta. Esta se abrió y en el hueco apareció la cara sonriente de Bailey.
—¡Hola! —dijo—. ¡Hola, Dontae! ¡Hola, Mae! —Su sonrisa se ensanchó, consciente de la rima—. Entrad.
Llevaba pantalones caqui y camisa blanca de botones y parecía recién duchado. Mae lo siguió mientras él contemplaba la sala, rascándose el pescuezo, como si casi le diera vergüenza lo bien que se lo había montado allí.
—En fin, esta es mi sala favorita. La ha visto muy poca gente. Tampoco es que la mantenga en supersecreto ni nada parecido, lo que pasa es que no tengo tiempo de organizar visitas turísticas y tal. ¿Habías visto algo parecido?
Mae tuvo ganas de decirle que había visto esa misma sala antes, pero no podía.
—Para nada —dijo.
En aquel momento a Bailey le pasó algo en la cara, un temblor que pareció acercarle el rabillo del ojo izquierdo y la comisura izquierda de la boca.
—Gracias, Dontae —dijo Bailey.
Dontae sonrió y se marchó, cerrando la pesada puerta tras de sí.
—Muy bien, Mae. ¿Un té?
Bailey estaba de pie frente a un juego de té de anticuario y una tetera de plata de la que salía un fino hilillo enroscado de vapor.
—Vale —dijo ella.
—¿Verde? ¿Negro? —preguntó, sonriente—. ¿Grey?
—Verde, gracias. Pero no hace falta que se moleste.
Bailey se puso a preparar el té.
—¿Hace mucho que conoces a nuestra querida Annie? —preguntó, sirviéndolo con cuidado.
—Pues sí. Desde segundo de universidad. Cinco años ya.
—¡Cinco años! ¿Cuánto es eso? ¡El treinta por ciento de tu vida!
Mae se dio cuenta de que él lo estaba redondeando un poco, pero aun así soltó una risilla.
—Supongo —dijo—. Mucho tiempo.
Él le dio un platillo y una taza y le hizo una señal para que se sentara. Había dos butacas, las dos de cuero y acolchadas.
Bailey se dejó caer en su butaca con un fuerte suspiro y apoyó el tobillo en la rodilla.
—En fin, Annie es muy importante para nosotros, y tú también. Ella habla de ti como si pudieras acabar siendo una persona muy valiosa para esta comunidad. ¿Te parece que es verdad?
—¿El que yo podría ser valiosa aquí?
Él asintió con la cabeza y sopló el té de su taza para enfriarlo. Clavó una mirada firme en ella por encima de la taza. Mae se la sostuvo un momento y luego, momentáneamente abrumada, se la rehuyó, solo para encontrarse otra vez con su cara, esta vez en una foto enmarcada que había en un estante cercano. Era un retrato formal en blanco y negro, donde aparecían sus tres hijas de pie junto a Bailey y su esposa sentados. Bailey tenía a su hijo en el regazo, vestido con chándal y con un muñeco de Iron Man en la mano.
—Bueno, yo espero que sí —dijo Mae—. He estado intentándolo todo lo que he podido. Amo el Círculo y no puedo expresar lo mucho que agradezco la oportunidad que me han dado ustedes aquí.
Bailey sonrió.
—Bien, bien. Dime, pues, ¿cómo te sientes después de lo que pasó anoche?
Le hizo la pregunta como si sintiera una curiosidad genuina, como si la respuesta de ella pudiera seguir varios caminos distintos.
Ahora Mae pisaba terreno firme. No necesitaba ofuscarse.
—Terrible —dijo ella—. Apenas he dormido. Me da tanta vergüenza que tengo ganas de vomitar.
No habría usado esa palabra si estuviera hablando con Stenton, pero le dio la impresión de que Bailey apreciaría su tosquedad.
Él sonrió de forma apenas perceptible y prosiguió.
—Mae, déjame que te haga una pregunta. ¿Te habrías comportado de forma distinta si hubieras sabido que había cámaras de SeeChange en el puerto deportivo?
—Sí.
Bailey asintió enfáticamente con la cabeza.
—Vale, ¿cómo?
—Pues no habría hecho lo que hice.
—¿Y por qué no?
—Porque me habrían pillado.
Bailey inclinó la cabeza.
—¿Solo por eso?
—Bueno, no querría que nadie me viera haciendo lo que hice. No estuvo bien. Es vergonzoso.
Él dejó la taza en la mesita que tenía al lado y apoyó las manos en el regazo, con las palmas abrazándose suavemente entre sí.
—Así pues, en general, ¿dirías que te comportas de forma distinta cuando sabes que te están viendo?
—Claro, ya lo creo.
—Y cuando tienes que rendir cuentas de lo hecho…
—Sí.
—Y cuando existe un registro histórico. Es decir, cuando se da el caso de que se puede acceder de forma permanente a lo que has hecho. Cuando, por ejemplo, va a existir un vídeo para siempre de lo que has hecho.
—Sí.
—Bien. ¿Y te acuerdas de la charla que di este mismo verano sobre la meta última del SeeChange?
—Sé que si hubiera saturación total de cámaras, desaparecerían la mayoría de los delitos.
Bailey pareció satisfecho.
—En efecto. Correcto. Son los ciudadanos normales y corrientes, como en este caso Gary Katz y Walt Lefebvre, que se tomaron la molestia de instalar sus cámaras, quienes nos ayudan a estar a salvo. En este caso el delito fue poco importante y no hubo víctimas, gracias a Dios. Tú estás viva. El negocio de Marion, y la industria del kayak en general, van a vivir para contarlo. Pero una sola noche de egoísmo por tu parte podría haber hecho que todo peligrara. El acto individual tiene reverberaciones que pueden ser casi interminables. ¿Estás de acuerdo?
—Sí. Lo sé. Es inadmisible.
Y una vez más a Mae le dio la sensación de que era una persona corta de miras, que no paraba de hacer peligrar todo lo que el Círculo le había dado.
—Señor Bailey, no me puedo creer lo que hice. Y sé que se está preguntando usted si encajo aquí. Solo quiero decirle que valoro mucho el puesto que ocupo y la fe que tienen ustedes en mí. Y quiero estar a la altura. Haré lo que sea para compensarlos. En serio, asumiré cualquier trabajo extra, haré lo que sea. Lo que me digan.
En la cara de Bailey apareció una sonrisa divertida.
—Mae, tu trabajo no peligra. Estás aquí para siempre. Igual que Annie. Siento que lo hayas dudado, aunque sea un segundo. No queremos que os vayáis nunca ninguna de las dos.
—Me alegro mucho de oírlo. Gracias —dijo Mae, aunque ahora el corazón le latía con más fuerza.
Él sonrió, asintiendo con la cabeza, como si estuviera contento y aliviado de haber dejado aquello claro de una vez por todas.
—Pero todo este episodio nos otorga una oportunidad muy importante para aprender, ¿no te parece? —La pregunta parecía retórica, pero Mae asintió con la cabeza de todos modos—. Mae —le dijo—, ¿cuándo son buenos los secretos?
Mae se lo pensó unos segundos.
—Cuando pueden proteger los sentimientos de alguien.
—¿Por ejemplo?
—Bueno —titubeó—, digamos que sabes que a tu amiga la está engañando su novio, pero…
—Pero ¿qué? ¿No se lo cuentas a tu amiga?
—Vale, no es un buen ejemplo.
—Mae, ¿tú te alegras cuando una amiga te oculta un secreto?
Mae pensó en las muchas pequeñas mentiras que ella le había contado recientemente a Annie. Mentiras que no solo había dicho sino también tecleado, mentiras que se habían vuelto permanentes e innegables.
—No. Pero si no le queda otro remedio, lo entiendo.
—Eso es interesante. ¿Se te ocurre alguna vez en que te hayas alegrado de que una de tus amigas te ocultara algo?
A Mae no se le ocurría.
—Ahora mismo no —dijo. Se sentía mareada.
—Vale —dijo Bailey—. De momento no se nos ocurren secretos buenos entre amigas. Pasemos a las familias. Dentro de las familias, ¿los secretos son buenos? En el plano teórico, dime si alguna vez piensas: ¿Sabes qué estaría muy bien ocultarle a mi familia? Pues mira, un secreto…
A Mae se le ocurrieron muchas cosas que seguramente sus padres no le estaban contando: las diversas indignidades que les causaba la enfermedad de su padre, sin ir más lejos.
—No —dijo ella.
—¿No tiene que haber secretos en una familia?
—Pues la verdad es que no lo sé —dijo Mae—. Sí que hay cosas que no quieres que sepan tus padres.
—¿Y tus padres querrían saber esas cosas?
—Tal vez.
—De manera que estás privando a tus padres de algo que ellos quieren. ¿Eso es bueno?
—No. Pero tal vez sea lo mejor para todos.
—Es lo mejor para ti. Para quien se guarda el secreto. Los secretos sórdidos es mejor ocultárselos a tus padres. ¿O hablamos de guardar en secreto algo maravilloso que has hecho, porque tal vez enterarse de ello les provocaría demasiada alegría a tus padres?
Mae se rio.
—No. Está claro que un secreto es algo que no quieres que los demás sepan porque te da vergüenza o porque no quieres que se enteren de alguna metedura de pata tuya.
—Pero estamos de acuerdo en que a ellos les gustaría enterarse.
—Sí.
—¿Y no tienen derecho a enterarse?
—Supongo.
—Vale. Así pues, ¿podemos acordar que estamos hablando de una situación en que, si el mundo fuera perfecto, no harías nada que te avergonzaras de contarles a tus padres?
—Claro. Pero hay otras cosas que tal vez no entenderían.
—¿Porque ellos nunca tuvieron padres?
—No. Pero…
—Mae, ¿tienes algún pariente o amistad gay?
—Claro.
—¿Y sabes lo distinto que era el mundo para los gays antes y después de que empezaran a salir del armario?
—Algo sé al respecto.
Bailey se puso de pie y se ocupó del juego de té. Sirvió más para los dos y se volvió a sentar.
—Pues no estoy seguro de que lo sepas. Yo soy de una generación que luchó mucho para salir del armario. Mi hermano es gay y no lo admitió ante mi familia hasta los veinticuatro años. Y hasta aquel momento, el secreto lo estaba matando. Era un tumor que se le pudría por dentro y que crecía día a día. Pero ¿por qué pensaba que sería mejor guardárselo para él solo? Cuando se lo dijo a nuestros padres, ellos apenas se inmutaron. Él se había creado un gran drama dentro de su mente, había rodeado de misterio y de gravedad aquel gran secreto suyo. Y parte del problema, históricamente, era toda la demás gente que se estaba guardando secretos como el suyo. Salir del armario fue muy difícil hasta que salieron de él millones de hombres y mujeres. Luego la cosa se puso mucho más fácil, ¿no te parece? Al salir del armario millones de hombres y mujeres, la homosexualidad dejó de ser una supuesta perversión misteriosa para convertirse en un itinerario vital establecido. ¿Me sigues?
—Sí. Pero…
—Y yo diría que en cualquier parte del mundo donde los gays sigan estando perseguidos, se podría avanzar mucho de forma instantánea si todos los gays y las lesbianas salieran del armario públicamente al mismo tiempo. Entonces quien los estuviera persiguiendo, así como quienes apoyaran tácitamente esa persecución, se darían cuenta de que perseguirlos implicaría perseguir al menos a un diez por ciento de la población, incluyendo a sus propios hijos, hijas, vecinos y amigos, y hasta a sus padres y madres. La situación se volvería instantáneamente insostenible. Porque la persecución de los gays o de cualquier grupo minoritario solo es posible mediante el secretismo.
—Vale. No lo había pensado de esa manera.
—No pasa nada —dijo él, satisfecho, y dio un sorbo de su té. Se pasó el dedo por el labio superior para secárselo—. Así pues, hemos explorado el daño que infligen los secretos dentro de la familia y entre los amigos, y el rol que juega el secretismo a la hora de perseguir a amplios colectivos de personas. Continuemos nuestra misión para encontrarle utilidad a la política del secretismo. ¿Pensamos ahora en la política? ¿Crees que un presidente o presidenta tiene que ocultarle secretos a la gente a la que gobierna?
—No, pero tiene que haber cosas que no podemos saber. Aunque sea por una cuestión de seguridad nacional.
Él sonrió, aparentemente feliz de que ella hubiera dicho lo que él esperaba que dijera.
—¿En serio, Mae? ¿Te acuerdas de cuando un hombre llamado Julian Assange filtró millones de páginas de documentos secretos de Estados Unidos?
—Leí sobre el tema.
—Pues, bueno, primero el gobierno estadounidense se enfureció, igual que la mayor parte de los medios de comunicación. Mucha gente pensó que era una violación grave de la seguridad y que representaba un peligro claro y manifiesto para nuestros hombres y mujeres de uniforme, tanto aquí como en el extranjero. Pero ¿acaso recuerdas si hubo soldados que recibieran daños por el hecho de que se publicaran aquellos documentos?
—No lo sé.
—Ninguno. Ni uno solo. Lo mismo pasó en los años setenta con los Papeles del Pentágono. Ni un solo soldado recibió un arañazo debido a la publicación de aquellos documentos. Que yo recuerde, el principal efecto de que aquellos documentos se hicieran públicos fue que descubrimos que muchos de nuestros diplomáticos cotilleaban sobre los líderes de otros países. Se publicaron millones de documentos y la revelación principal fue que los diplomáticos estadounidenses pensaban que Gadafi estaba chiflado, con todas aquellas mujeres guardaespaldas y sus extraños hábitos alimentarios. De hecho, lo que consiguió la publicación de aquellos documentos fue que los diplomáticos empezaran a portarse mejor. Que tuvieran más cuidado con lo que decían.
—Pero la defensa nacional…
—¿Qué pasa con ella? Solo corremos peligro cuando no conocemos los planes o las motivaciones de los países a los que supuestamente estamos enfrentados. O cuando ellos no conocen nuestros planes y eso les preocupa, ¿verdad?
—Verdad.
—Pero ¿qué pasaría si ellos sí que conocieran nuestros planes y nosotros los de ellos? De pronto nos libraríamos de eso que antes se llamaba el peligro de la destrucción mutua asegurada, y en cambio llegaríamos a una confianza mutua asegurada. Estados Unidos no tiene motivaciones puramente malignas, ¿verdad? No estamos planeando borrar a ningún país del mapa. A veces, sin embargo, damos pasos subrepticios para conseguir lo que queremos. Pero ¿qué pasaría si todo el mundo fuera franco y abierto y no tuviera más remedio que serlo?
—Que sería mejor…
Bailey sonrió de oreja a oreja.
—Bien. Estoy de acuerdo.
Dejó la taza en la mesa y volvió a apoyarse las manos en el regazo.
Mae sabía que no debía atosigarlo, pero su boca se le adelantó:
—Pero no me estará usted diciendo que todo el mundo tiene que saberlo todo…
Bailey abrió mucho los ojos, como si se alegrara de que ella lo hubiera llevado hasta una idea que a él le encantaba.
—Claro que no. Pero sí estoy diciendo que todo el mundo debería tener derecho a saberlo todo, y debería tener las herramientas para saberlo todo. No hay tiempo suficiente para saberlo todo, aunque ciertamente me encantaría que lo hubiera.
Hizo una pausa, enfrascado brevemente en sus pensamientos, y luego devolvió su atención a Mae.
—Tengo entendido que no te gustó ser el objeto de la demostración de LuvLuv que hizo Gus.
—Bueno, me cogió por sorpresa. Él no me había avisado antes.
—¿Eso es todo?
—Bueno, presentaba una visión distorsionada de mí.
—¿La información que presentó era incorrecta? ¿Contenía datos erróneos?
—No, no es eso. Es que estaba… fragmentada. Y tal vez fuera eso lo que hizo que pareciera incorrecta. Fue coger unos cuantos trozos de mí y presentarlos como el conjunto…
—Parecía incompleta.
—Sí.
—Mae, me alegro mucho de que lo expreses así. Como sabes, el Círculo también está intentando completarse. Estamos intentando cerrar el círculo del Círculo. —Su juego de palabras le arrancó una sonrisa—. Pero doy por sentado que ya conoces nuestras metas globales de completarnos.
Ella no las conocía.
—Creo que sí —dijo.
—Mira nuestro logo —dijo, y señaló una pantalla de pared, donde nada más decir él la palabra, apareció el logo—. ¿Ves que esa «c» del centro está abierta? Lleva años molestándome, y se ha vuelto un símbolo de lo que nos falta por hacer aquí, que es cerrarla. —La «c» de la pantalla se cerró y se convirtió en un círculo perfecto—. ¿Lo ves? El círculo es la forma más fuerte del universo. Nada la puede vencer, nada la puede mejorar, nada puede ser más perfecto que ella. Y eso es justamente lo que queremos ser: perfectos. De manera que cualquier información que se nos escape, todo aquello a lo que no podamos acceder, nos impide ser perfectos. ¿Lo ves?
—Sí —dijo Mae, aunque no estaba segura de verlo.
—Y eso cuadra con nuestro objetivo de que el Círculo nos pueda ayudar, individualmente, a sentirnos más completos, y a sentir que las impresiones que tienen los demás de nosotros son completas, que se basan en información completa. Y también a librarnos de la impresión, como la que tú tuviste, de que se está presentando ante el mundo una visión distorsionada de nosotros. Es como un espejo roto: si miramos un espejo roto, un espejo con grietas o al que le falten partes, ¿qué es lo que vemos?
Ahora sí que le había quedado claro a Mae: cualquier valoración, juicio o imagen que utilizara información incompleta siempre estaría mal.
—Vemos un reflejo distorsionado y roto —dijo.
—Eso mismo —dijo Bailey—. ¿Y si el espejo está completo?
—Lo vemos todo.
—Los espejos dicen la verdad, ¿correcto?
—Claro. Son espejos. Son la realidad.
—Pero los espejos solo pueden decir la verdad cuando están completos. Y creo que, en tu caso, el problema que tuviste con la presentación de LuvLuv que hizo Gus fue que no estaba completa.
—Vale.
—¿Vale?
—Bueno, es verdad —dijo ella. No supo muy bien por qué abría la boca, pero las palabras le salieron a trompicones antes de que ella las pudiera refrenar—. Aun así, creo que hay cosas, aunque sean pocas, que es mejor guardarnos para nosotros mismos. O sea, todo el mundo hace cosas a solas, o en el dormitorio, de las que se avergüenza.
—Pero ¿por qué te ibas a avergonzar de ellas?
—Tal vez no siempre te vas a avergonzar. Pero hay cosas que no quieres compartir. Tal vez creas que la gente no las va a entender. O que van a cambiar la percepción que tienen de ti.
—Muy bien, con esa clase de cuestiones, siempre acabará pasando una de dos cosas. La primera es que nos daremos cuenta de que cualquier conducta de la que estemos hablando está tan generalizada y es tan inofensiva que no necesita ser secreta. Si la desmitificamos, si admitimos que es algo que hacemos todos, entonces perderá su poder para escandalizarnos. Y la segunda posibilidad es mejor todavía: si todos, en cuanto que sociedad, decidimos que se trata de una conducta que es mejor que no adoptemos, entonces el hecho de que todo el mundo la conozca, o bien tenga el poder de saber quién la está llevando a cabo, evitará que la gente adopte esa conducta. Es justamente lo que tú has dicho: que no habrías robado si supieras que te estaban viendo.
—Sí.
—¿El tipo de la otra punta de la sala estaría mirando porno en el trabajo si supiera que lo estaban viendo?
—No, supongo que no.
—Entonces, problema solucionado, ¿verdad?
—Verdad. Supongo.
—Mae, ¿alguna vez has tenido un secreto que se te estuviera pudriendo por dentro, y en cuanto te lo has sacado, te has sentido mejor?
—Claro.
—Yo también. Es la naturaleza de los secretos. Son cancerosos cuando nos los guardamos para nosotros mismos pero inofensivos cuando los sacamos al mundo.
—O sea que me está diciendo usted que no tiene que haber secretos.
—Llevo años pensándolo, y todavía no he conseguido imaginar una situación en que un secreto haga más bien que daño. Los secretos son incitadores de conductas antisociales, inmorales y destructivas. ¿Lo entiendes?
—Creo que sí. Pero…
—¿Sabes qué me dijo mi mujer hace años, cuando nos casamos? Me dijo que siempre que estábamos lejos el uno del otro, como por ejemplo cuando yo iba de viaje de negocios, tenía que portarme como si me estuviera filmando una cámara. Como si ella me estuviera viendo. Por entonces, ella lo decía en un sentido puramente conceptual, y medio en broma, pero la imagen mental me resultó útil. Cada vez que me encontraba a solas en una habitación con una colega femenina, me preguntaba: ¿Qué pensaría de esto Karen si estuviera mirándolo con una cámara de circuito cerrado? Y eso guiaba gentilmente mi conducta, y evitaba que incurriera en conductas que a ella no le hubiesen gustado, y de las que yo no estaría orgulloso. Me hacía ser honrado. ¿Me sigues?
—Pues sí —dijo Mae.
—O sea, el hecho de que los coches con piloto automático sean inmediatamente localizables está solucionando muchos de estos problemas. Las esposas y los maridos cada vez tienen más conocimiento de dónde ha estado el otro, dado que el coche registra los sitios adonde ha ido. Pero lo que quiero decir es: ¿qué pasaría si todos nos comportáramos como si nos estuvieran observando? Eso llevaría a un estilo de vida más moral. ¿Quién haría algo poco ético o inmoral o ilegal si lo estuvieran mirando, si su transferencia ilegal de dinero estuviera siendo rastreada, si se estuviera grabando su llamada de chantaje telefónico, si una docena de cámaras filmaran su atraco a la gasolinera, y hasta sus retinas fueran identificadas durante el atraco? Si sus flirteos se estuvieran documentando de una docena de maneras…
—No lo sé. Me imagino que todas esas cosas se reducirían mucho.
—Mae, por fin estaríamos obligados a dar lo mejor de nosotros mismos. Y creo que la gente se sentiría aliviada. Habría un fenomenal suspiro global de alivio. Por fin, por fin podemos ser buenos. En un mundo donde las malas elecciones ya no están a nuestra disposición, no tenemos más remedio que ser buenos. ¿Te lo imaginas?
Mae asintió con la cabeza.
—Y ahora, hablando de alivio, ¿hay algo que me quieras contar antes de que acabemos?
—No sé. Muchas cosas, supongo —dijo Mae—. Pero ha sido usted tan amable de dedicarme todo este tiempo que…
—Mae, ¿hay algo concreto que me hayas ocultado mientras estábamos juntos en esta biblioteca?
Mae supo al instante que no tenía la opción de mentir.
—Que he estado aquí antes… —dijo.
—¿Ah, sí?
—Sí.
—Sin embargo, al entrar has dado a entender que no habías estado aquí.
—Me trajo Annie. Me dijo que era una especie de secreto. No sé. No he sabido qué hacer. No me ha parecido que fuera muy importante, en cualquier caso. E hiciera lo que hiciese, me iba a meter en un lío.
Bailey le dedicó una sonrisa desmesurada.
—Pues mira, no es verdad. Lo único que nos mete en líos son las mentiras. Las cosas que escondemos. Pues claro que yo ya sabía que habías estado aquí. ¡Ten un poco de fe en mí! Pero me producía curiosidad que me lo estuvieras escondiendo. Me hacía sentirme alejado de ti. Un secreto entre dos amigos, Mae, es un océano. Es ancho y profundo y nos perdemos en él. Y ahora que conozco tu secreto, ¿te sientes mejor o peor?
—Mejor.
—¿Aliviada?
—Sí, aliviada.
Era verdad que se sentía aliviada, sentía una ráfaga de alivio que se parecía al amor. Debido a que conservaba su trabajo y no iba a tener que volver a Longfield, y a que su padre seguiría teniendo fuerzas y su madre tiempo libre, ahora tenía ganas de que Bailey le diera un abrazo, de que la subsumiera con su sabiduría y su generosidad.
—Mae —le dijo él—. Creo de verdad que si no tuviéramos otro camino que el correcto, el mejor, eso representaría una especie de alivio supremo y global. Ya no nos tendría que tentar más la oscuridad. Perdóname por plantearlo en términos morales. En el fondo soy un cristiano del Medio Oeste que va a la iglesia todos los domingos. Pero es que creo en la perfectibilidad del ser humano. Creo que podemos ser mejores. Creo que podemos ser perfectos, o casi. Y cuando nos convirtamos en las mejores personas que podemos ser, las posibilidades que se abrirán serán infinitas. Podremos solucionar cualquier problema. Podremos curar cualquier enfermedad, terminar con el hambre, todo, porque ya no nos lastrarán nuestras debilidades, nuestros secretos mezquinos, ni el quedarnos la información y el conocimiento para nosotros solos. Por fin haremos realidad nuestro potencial.
Mae se pasó días trastornada por la conversación que había tenido con Bailey, y así llegó el viernes, y la idea de que tenía que subir al escenario a la hora del almuerzo hizo que le resultara casi imposible concentrarse. Pero sabía que debía trabajar, por lo menos para dar ejemplo a su equipo, ya que muy probablemente aquel era el último día completo que pasaba en Experiencia del Cliente.
El flujo de trabajo fue continuo pero no abrumador, y aquella mañana resolvió 77 consultas de clientes. Su puntuación fue 98 y la media del equipo 97. Cifras respetables todas. Su PartiRank fue 1.921, otra buena cifra, que le permitía irse a la Ilustración sintiéndose cómoda.
A las 11.38 se marchó de su mesa y caminó hasta la puerta lateral del auditorio, adonde llegó cuando faltaban diez minutos para las doce. Llamó con los nudillos y la puerta se abrió. Mae conoció al director de escena, un tipo mayor y casi espectral llamado Jules, que la llevó a un camerino sencillo con las paredes blancas y suelos de bambú. Una mujer llena de brío llamada Teresa, con unos ojos enormes pintados con delineador azul, hizo sentarse a Mae, le retocó un poco el pelo, le puso colorete con un cepillo de plumas y le colocó un micrófono de solapa en la blusa.
—No hace falta tocar nada —le dijo—. Te lo activamos cuando subas al escenario.
Estaba pasando todo muy deprisa, pero Mae tenía la sensación de que era mejor así. Si tuviera más tiempo, lo único que conseguiría sería ponerse más nerviosa. De manera que se dedicó a escuchar a Jules y a Teresa y en cuestión de minutos ya estaba en los bastidores del escenario, escuchando cómo entraban en el auditorio un millar de circulistas, hablando, riendo y dejándose caer en sus asientos con ruidos sordos y risueños. Se preguntó brevemente si Kalden estaría allí también.
—Mae.
Se giró para encontrarse con que tenía detrás a Eamon Bailey, vestido con una camisa azul cielo y sonriendo con calidez.
—¿Estás lista?
—Creo que sí.
—Lo vas a hacer de maravilla —le dijo—. Tú no te preocupes. Actúa con naturalidad. Lo único que vamos a hacer es recrear la conversación que tuvimos la semana pasada. ¿Vale?
—Vale.
Y Bailey entró al escenario, saludando al público con la mano, entre los aplausos entregados de todos. Sobre el escenario había dos butacas de color burdeos, una delante de la otra, y Bailey se sentó en una de ellas y habló dirigiéndose a la oscuridad.
—Hola, circulistas —dijo.
—¡Hola, Eamon! —le contestaron ellos estruendosamente.
—Gracias por haber venido hoy, a este Viernes de los Sueños muy especial. Hoy se me ha ocurrido que podríamos cambiar un poco la cosa y, en vez de daros un discurso, entrevistarme con alguien. Como algunos ya sabéis, lo hacemos de vez en cuando para arrojar luz sobre los miembros del Círculo, lo que piensan, sus esperanzas y, en este caso, sus evoluciones.
Desde la butaca en la que estaba sentado, miró con una sonrisa a los bastidores.
—El otro día mantuve con una joven circulista una conversación que quiero compartir con vosotros. Así que le he pedido a Mae Holland, que, como algunos ya sabréis, es una de nuestras recién llegadas a Experiencia del Cliente, que se una a mí hoy. Mae…
Mae se adentró en la luz. La sensación que experimentó fue de ingravidez inmediata, de estar flotando en un espacio negro, cegada por dos soles lejanos pero brillantes. No veía a nadie del público y apenas era capaz de orientarse sobre el escenario. Pese a todo, se las apañó para dirigir su cuerpo, sus piernas hechas de paja y sus pies de plomo hacia Bailey. Encontró su butaca, y ayudándose con las dos manos, sintiéndose entumecida y ciega, se sentó lentamente en ella.
—Hola, Mae. ¿Cómo estás?
—Aterrorizada.
El público se rio.
—No estés nerviosa —le dijo Bailey, sonriendo de cara al público y dedicándole a ella una ligerísima mirada de preocupación.
—Eso es fácil de decir —dijo Mae, y hubo risas por toda la sala.
Aquellas risas le resultaron agradables y la tranquilizaron. Respiró hondo y contempló la primera fila de asientos, encontrando en ella cinco o seis caras sumidas en sombras, todas sonrientes. Se dio cuenta, y lo sintió en lo más hondo, de que estaba entre amigos. Estaba a salvo. Dio un sorbo de agua y sintió que la refrescaba toda por dentro.
—Mae, en una sola palabra, ¿cómo describirías el despertar que tuviste la semana pasada?
Aquella parte la tenían ensayada. Ella sabía que Bailey quería empezar con aquella idea del despertar.
—Pues precisamente así, Eamon. —Le habían explicado que lo tenía que llamar Eamon—. Fue un despertar.
—Vaya, me temo que te he robado la sorpresa —dijo él. El público se rio—. Debería haber dicho: «¿Qué tuviste esa semana?». Pero cuéntanos: ¿por qué usar esta palabra?
—Bueno, «despertar» me parece la palabra adecuada… —dijo Mae, y añadió— … ahora.
La palabra «ahora» apareció una fracción de segundo demasiado tarde, y a Bailey le tembló un ojo.
—Hablemos de ese despertar —dijo—. Empezó el domingo por la noche. Muchos de los presentes ya tienen una idea general de los acontecimientos, gracias al SeeChange y todo eso. Pero haznos un resumen.
Mae se miró las manos, consciente de que era un gesto teatral. Era la primera vez que se miraba las manos para indicar cierto grado de vergüenza.
—Pues básicamente cometí un delito —dijo—. Cogí prestado un kayak sin que lo supiera la propietaria y me fui remando a una isla que hay en medio de la bahía.
—Se trata de Blue Island, por lo que tengo entendido.
—Eso mismo.
—¿Y le contaste a alguien lo que estabas haciendo?
—No.
—A ver, Mae, ¿tenías intención de contarle a alguien aquella expedición más adelante?
—No.
—¿Y no la documentaste en absoluto? ¿Fotos, vídeo?
—No, nada.
Se oyeron murmullos procedentes de la concurrencia. Mae y Eamon habían esperado que aquella revelación produjera una reacción del público, y los dos hicieron una pausa para dejar que los presentes asimilaran la información.
—¿Eras consciente de estar haciendo algo malo cuando cogiste prestado el kayak sin que lo supiera la propietaria?
—Sí.
—Pero aun así lo hiciste. ¿Por qué?
—Porque pensé que no se enteraría nadie.
Otro murmullo por lo bajo procedente del público.
—He ahí una idea interesante. El mismo hecho de que pensaras que aquel acto iba a permanecer en secreto es lo que te llevó a cometer el delito, ¿correcto?
—Correcto.
—¿Y lo habrías cometido si hubieses sabido que había gente mirando?
—Seguro que no.
—Así que, en cierta manera, el hecho de hacer todo lo que hiciste en la oscuridad, sin ser observada y sin tener que rendir cuentas a nadie, facilitó unos impulsos de los que te arrepientes, ¿verdad?
—Completamente. El hecho de pensar que estaba sola y que no me veía nadie me llevó a cometer un delito. Y también arriesgué mi vida. No llevaba salvavidas.
Otro murmullo por lo bajo recorrió el patio de butacas.
—De manera que no solo cometiste un delito contra la dueña de aquella propiedad, sino que también arriesgaste tu propia vida. ¿Y todo porque te lo estaba permitiendo… qué, un manto de invisibilidad?
El público estalló en risas. Bailey no le quitaba la vista de encima a Mae, diciéndole con los ojos: «Todo está yendo bien».
—Pues sí —dijo ella.
—Tengo una pregunta, Mae. ¿Tú te sientes mejor o peor cuando te están mirando?
—Mejor. Sin duda.
—Cuando estás sola y no te ve nadie y no tienes que rendir cuentas a nadie, ¿qué pasa?
—Bueno, para empezar, robo kayaks.
El público tuvo un arranque brusco y jovial de risas.
—En serio. Hago cosas que no quiero hacer. Miento.
—El otro día, cuando hablamos, lo expresaste de una manera que me pareció muy interesante y sucinta. ¿Puedes repetirnos lo que dijiste?
—Dije que los secretos son mentiras.
—Los secretos son mentiras. Es muy memorable. ¿Puedes explicarnos lo que te llevó a usar esa expresión, Mae?
—Bueno, cuando algo se guarda en secreto, pasan dos cosas. La primera es que se pueden cometer delitos. Cuando no tenemos que rendir cuentas a nadie nos comportamos peor. No hace falta ni decirlo. Y la segunda es que los secretos provocan especulaciones. Cuando no sabemos lo que nos están ocultando, hacemos conjeturas y nos inventamos respuestas.
—Pero qué interesante, ¿no os parece? —Bailey se dirigió al público—. Cuando no podemos acceder a un ser querido, lo que hacemos es especular. Sentimos pánico. Nos inventamos historias acerca de dónde estará o de qué le estará pasando. Y si no nos sentimos generosos, o tenemos celos, nos inventamos mentiras. A veces mentiras que hacen mucho daño. Damos por sentado que están haciendo algo malvado. Y todo porque hay algo que no sabemos.
—Es como cuando vemos a dos personas cuchicheando —dijo Mae—. Nos preocupamos, nos sentimos inseguros, nos inventamos las cosas terribles que deben de estar diciendo. Damos por sentado que están hablando de nosotros y diciendo cosas espantosas.
—Cuando lo más seguro es que una le esté preguntando a la otra dónde está el baño.
Bailey obtuvo una risotada del público y la disfrutó.
—Pues sí —dijo Mae. Sabía que se estaba acercando a unas cuantas frases en las que no se podía equivocar. Las había dicho en la biblioteca de Bailey y ahora solo necesitaba repetirlas igual que la primera vez—. Por ejemplo, si hay una puerta cerrada con llave, empiezo a inventarme toda clase de historias acerca de lo que puede haber al otro lado. Me da la sensación de que es algo secreto, y eso me lleva a inventarme mentiras. Pero si todas las puertas están abiertas, física y metafóricamente, solo existe una verdad.
Bailey sonrió. Ella lo había dicho perfecto.
—Eso me gusta, Mae. Cuando las puertas están abiertas, solo existe una verdad. Así pues, recuperemos la primera frase que ha dicho Mae. ¿Podemos verla en pantalla?
En la pantalla que Mae tenía detrás apareció la frase LOS SECRETOS SON MENTIRAS. Ver la frase escrita con letras de metro y pico de altura le produjo una sensación extraña: a medio camino entre la emoción y el miedo. Bailey se dedicó a admirar las palabras y a negar con la cabeza, todo sonrisas.
—Muy bien —dijo—, entonces hemos decidido que si hubieras sabido que tenías que rendir cuentas de tus actos, no habrías cometido el delito. Tu acceso a las sombras, en este caso unas sombras ilusorias, facilita la mala conducta. Mientras que si te sabes observada, das lo mejor de ti misma, ¿correcto?
—Correcto.
—Ahora hablemos de la segunda revelación que hiciste después de este episodio. Has mencionado que no documentaste de ninguna manera esa expedición a Blue Island. ¿Por qué no?
—Pues, en primer lugar, porque sabía que estaba haciendo algo ilegal.
—Claro. Pero has dicho que sales a menudo en kayak por la bahía, pero nunca documentas esas expediciones. No eres miembro de ningún club del Círculo dedicado al kayak, y tampoco has posteado crónicas, fotos, vídeos ni comentarios. ¿Acaso has estado haciendo esas expediciones en kayak bajo los auspicios de la CIA?
Mae y el público se rieron.
—No.
—Entonces ¿a qué vienen esos trayectos en secreto? No le hablas de ellos a nadie, ni antes ni después, ni tampoco los mencionas en ninguna parte. No existe ninguna constancia de esas excursiones, ¿tengo razón?
—Tienes razón.
Mae oyó a gente chasquear ruidosamente los labios en el auditorio.
—¿Y qué viste en este último viaje, Mae? Tengo entendido que fue precioso.
—Pues sí, Eamon. La luna estaba casi llena y el agua estaba muy tranquila, y me dio la sensación de estar remando en plata líquida.
—Parece que fue increíble.
—Lo fue.
—¿Animales? ¿Vida salvaje?
—Durante un rato me siguió una única foca moteada, que iba saliendo a la superficie y hundiéndose, como si tuviera curiosidad, y también como si me apremiara. Yo nunca había estado en esa isla. Ha estado muy poca gente. Y en cuanto llegué a la isla, subí a lo más alto y las vistas desde la cima eran increíbles. Vi las luces doradas de la ciudad y las colinas negras que se extienden hacia el Pacífico, y hasta una estrella fugaz.
—¡Una estrella fugaz! Menuda suerte.
—Tuve mucha suerte.
—Pero no hiciste ninguna foto.
—No.
—Y ningún vídeo.
—No.
—Así que no queda constancia de nada de todo eso.
—No. Solo en mi memoria.
Hubo gemidos audibles entre el público. Bailey se giró hacia la concurrencia, negando con la cabeza, dándoles la razón.
—Muy bien —dijo, en tono de estar reuniendo fuerzas—. Ahora vamos a entrar en algo personal. Como sabéis todos, tengo un hijo, Gunner, que nació con parálisis cerebral. Aunque ha tenido una vida muy plena, y siempre hemos intentado mejorar sus oportunidades, la verdad es que está confinado a una silla de ruedas. No puede caminar. No puede correr. No puede ir en kayak. ¿Qué hace, pues, si quiere experimentar algo así? Pues mira vídeos. Mira fotografías. Gran parte de sus experiencias del mundo vienen de las experiencias ajenas. Y, por supuesto, muchos de vosotros los circulistas habéis sido generosos con él y le habéis suministrado vídeos y fotos de vuestros viajes. Cuando experimenta las imágenes por SeeChange de un circulista que está escalando el monte Kenia, se siente como si él hubiera escalado el monte Kenia. Cuando ve imágenes en vídeo de primera mano de un tripulante de la Copa América, Gunner tiene la sensación de que él ha navegado en cierto modo en la Copa América. Esas experiencias se las han facilitado unos seres humanos generosos que han compartido las cosas que ellos han visto con el mundo, mi hijo incluido. Y solo podemos hacer conjeturas de cuánta gente hay en el mundo como Gunner. Gente quizá disminuida. Gente quizá anciana que no puede salir de casa. Quizá un millar de cosas. A lo que voy es a que hay millones de personas que no pueden ver lo que tú viste, Mae. ¿Te parece bien haberles quitado la posibilidad de ver lo que viste?
Mae tenía la garganta seca y trató de no mostrar sus emociones.
—Pues no. Me parece muy mal.
Mae pensó en el hijo de Bailey, Gunner, y también en su propio padre.
—¿No crees que tienen derecho a ver cosas como las que viste tú?
—Sí.
—Con lo corta que es la vida —dijo Bailey—, ¿por qué no iba todo el mundo a ver lo que le apetece ver? ¿Por qué no iba todo el mundo a tener el mismo acceso a las vistas del mundo, al conocimiento del mundo, a todas las experiencias que hay disponibles en el mundo?
—Todo el mundo debería poder —dijo Mae con una voz que era poco más que un susurro.
—Pero esa experiencia que tuviste te la guardaste para ti sola. Y es curioso, porque tú compartes cosas en internet. Trabajas en el Círculo. Tu PartiRank está en el T2M. Entonces ¿por qué crees que le escondes al mundo ese hobby en concreto que tienes, esas extraordinarias exploraciones?
—No entiendo en qué estaba pensando, para ser sincera —dijo Mae.
El público murmuró. Bailey asintió con la cabeza.
—Vale. Acabamos de hablar del hecho de que, como humanos, escondemos las cosas que nos avergüenzan. Si hacemos algo ilegal, o poco ético, se lo escondemos al mundo porque sabemos que está mal. En cambio, esconder algo magnífico, una expedición acuática maravillosa, con la luz de la luna bañándote, una estrella fugaz…
—Fui egoísta, Eamon. Fue algo egoísta y nada más. Como un niño que se niega a compartir su juguete favorito. Yo entiendo que el secretismo forma parte de… en fin, un sistema de conducta aberrante. Viene de un lugar malvado, no de un lugar de luz y generosidad. Y cuando impides a tus amigos, a alguien como tu hijo Gunner, que tengan experiencias como la que tuve yo, básicamente les estás robando. Les estás despojando de algo a lo que tienen derecho. El conocimiento es un derecho humano básico. El acceso igualitario a todas las experiencias humanas posibles es un derecho humano básico.
Mae se sorprendió a sí misma con su elocuencia, y el público respondió con un aplauso estruendoso. Bailey la estaba mirando con cara de padre orgulloso. Cuando los aplausos remitieron, Bailey habló en voz baja, como si no quisiera estorbarla.
—La otra vez lo expresaste de una manera que me gustaría que repitieras.
—Bueno, me da vergüenza, pero dije que compartir es querer.
El público se rio. Bailey sonrió con calidez.
—A mí no me parece que dé vergüenza. Es una expresión que lleva tiempo circulando pero que se aplica a esta situación, ¿verdad? Tal vez nos viene extraordinariamente al caso.
—Creo que es simple. Si te importan tus congéneres, compartes lo que sabes con ellos. Compartes lo que ves. Les das todo lo que puedes. Si te importan sus apuros, su sufrimiento, su curiosidad y su derecho a aprender y conocer todo lo que el mundo contiene, compartes con ellos. Compartes lo que tienes y lo que ves y lo que sabes. Para mí, eso tiene una lógica innegable.
El público la vitoreó, y mientras lo hacía aparecieron tres palabras más en la pantalla, COMPARTIR ES QUERER, debajo de las cuatro primeras. Bailey movía la cabeza de un lado a otro, asombrado.
—Me encanta. Mae, eres una gran oradora. Y hay una declaración más que hiciste y que creo que debería poner punto y final a lo que creo que todos los presentes estarán de acuerdo en que ha sido una charla maravillosamente iluminadora e inspiradora.
El público aplaudió con calidez.
—Estábamos hablando del que tú considerabas tu impulso a guardarte cosas para ti misma.
—Bueno, no estoy orgullosa de ese impulso, y no creo que se eleve por encima del nivel del simple egoísmo. Eso lo entiendo, en serio. Entiendo que, como humanos, tenemos la obligación de compartir lo que vemos y conocemos. Y que a todo ese conocimiento se tiene que poder acceder de forma democrática.
—El estado natural de la información es ser libre.
—Eso.
—Todos tenemos derecho a saber todo lo que podamos. Todos somos los dueños colectivos del conocimiento acumulado del mundo.
—Sí —dijo Mae—. ¿Qué pasa entonces si despojamos a cualquiera o a todo el mundo de algo que sabemos? ¿Acaso no estoy robando a mis congéneres?
—Por supuesto —dijo Bailey, asintiendo con gravedad.
Mae miró al público y vio a toda la primera fila, las únicas caras que tenía a la vista, asintiendo también.
—Y en vista de lo bien que se te dan las palabras, Mae, me pregunto si puedes repetirnos la tercera y última revelación que hiciste. ¿Qué dijiste?
—Bueno, dije que la privacidad es un robo.
Bailey se giró hacia el público.
—¿No os parece una forma interesante de explicarlo? «La privacidad es un robo.» Ahora las palabras aparecieron en la pantalla de detrás, con letras enormes y blancas.
LA PRIVACIDAD ES UN ROBO
Mae se giró para ver las tres frases juntas. Tuvo que refrenar las lágrimas al ver las tres allí. ¿De verdad se le habían ocurrido a ella?
LOS SECRETOS SON MENTIRAS
COMPARTIR ES QUERER
LA PRIVACIDAD ES UN ROBO
Mae notó la garganta agarrotada y seca. Sabía que no era capaz de hablar, de manera que confió en que Bailey no se lo pidiera. Como si notara cómo se sentía ella, y el hecho de que estaba vencida por la emoción, él le guiñó un ojo y se dirigió al público.
—Por favor, demos gracias a Mae por su sinceridad, por ser tan brillante y por su humanidad consumada.
El público se puso de pie. A Mae le ardía la cara. No sabía si tenía que seguir sentada o ponerse de pie. Se puso de pie un momento, pero se sintió tonta, así que se volvió a sentar y saludó con la mano desde el regazo.
En medio de la estampida de aplausos, Bailey consiguió anunciar el colofón de todo aquello: que Mae, en aras de compartir todo lo que veía y todo lo que podía ofrecer al mundo, se iba a volver transparente de forma inmediata.