El Círculo
Libro primero
Este capítulo es largo, así que está dividido en 11 partes.
Annie llevó a Mae escaleras arriba, por los tres rellanos revestidos de intrincados mosaicos, que Mae dio por sentado que eran reproducciones de piezas bizantinas. Subió ayudándose de la barandilla de bronce y reparó en que esta no tenía huellas dactilares ni manchas de ninguna clase. Vio lámparas de lectura verdes de contable, y telescopios entrecruzados de colores cobre y dorado relucientes, orientados al otro lado de las muchas ventanas de cristal biselado.
—Mira hacia arriba —le dijo Annie, y ella obedeció, y se encontró con que el techo era una vidriera que representaba febrilmente una multitud de ángeles desplegados en círculos—. Es de una iglesia de Roma.
Llegaron al piso superior de la biblioteca, y Annie condujo a Mae por una serie de angostos pasillos flanqueados por libros de lomos redondeados, que a ratos le llegaban casi a la coronilla: biblias y atlas, historias ilustradas de guerras y levantamientos, de naciones y de pueblos desaparecidos largo tiempo atrás.
—Muy bien. Mira esto —dijo Annie—. Espera. Antes de enseñártelo, tienes que aceptar un acuerdo verbal de confidencialidad, ¿de acuerdo?
—Vale.
—En serio.
—Te lo digo en serio. Me lo estoy tomando en serio.
—Bien. Ahora, cuando mueva este libro… —dijo Annie, sacando un volumen de gran tamaño titulado Los mejores años de nuestras vidas—. Mira ahora —dijo, y retrocedió un paso. Lentamente, la pared, que albergaba un centenar de libros, empezó a moverse hacia dentro, revelando una cámara secreta en el interior—. Frikismo de primera, ¿verdad? —dijo Annie, mientras entraban.
La cámara interior era redonda y estaba llena de libros, pero el foco de atención era un agujero en mitad del suelo, rodeado de una baranda de cobre; por el agujero del suelo descendía un poste, en dirección a las regiones desconocidas de más abajo.
—¿Hace de bombero? —preguntó Mae.
—Ni puñetera idea —dijo Annie.
—¿Adónde va a parar?
—Que yo sepa, va a parar al aparcamiento de Bailey.
A Mae no se le ocurrió ningún adjetivo para aquello.
—¿Tú has bajado alguna vez?
—Qué va, el mero hecho de enseñármelo ya fue un riesgo. Eso me dijo. Y ahora yo te lo estoy enseñando a ti, lo cual es una tontería. Pero es una muestra de la mentalidad del tipo. Puede tenerlo todo y elige tener un poste de bombero que baja siete plantas hasta el aparcamiento.
Del auricular de Annie salió aquel ruido como de una gotita, y ella dijo «Vale» a quien estuviera al otro lado de la línea. Era hora de marcharse.
—Bueno —le dijo Annie en el ascensor. Estaban bajando a las plantas principales del personal—. Tengo que irme a trabajar un rato. Es hora de la inspección de los alevines.
—¿Hora de qué? —preguntó Mae.
—Ya sabes, pequeñas empresas emergentes que confían en que la enorme ballena, o sea nosotros, las encontremos lo bastante sabrosas como para comérnoslas. Una vez por semana montamos una serie de reuniones con esos aspirantes a Ty, y ellos intentan convencernos de que necesitamos adquirirlos. Es un poco triste, porque es que ya ni siquiera fingen que tienen ingresos, ni potencial para conseguirlos. Pero escucha, te voy a poner en manos de dos embajadores de la empresa. Los dos se toman su trabajo muy en serio. De hecho, ándate con ojo con su devoción por el trabajo. Ellos te enseñarán el resto del campus y yo te recogeré para la fiesta del solsticio que hay después, ¿vale? Empieza a las siete.
Las puertas se abrieron a la segunda planta, cerca del Comedor de Cristal, y Annie le presentó a Denise y a Josiah, los dos de veintiséis o veintisiete años, los dos provistos de la misma sinceridad de mirada serena y los dos con camisas de botones sencillas de colores elegantes. Los dos le dieron sendos apretones a Mae con ambas manos y parecieron a punto de hacerle una reverencia.
—Aseguraos de que no trabaje hoy —fueron las últimas palabras de Annie antes de desaparecer otra vez en el ascensor.
Josiah, un tipo flaco y muy pecoso, volvió hacia Mae su mirada de ojos azules que no parpadeaban nunca.
—Nos alegramos muchísimo de conocerte.
Denise, alta, delgada y asiática-americana, sonrió a Mae y a continuación cerró los ojos, como si estuviera saboreando el momento.
—Annie nos lo ha contado todo de vosotras dos, nos ha dicho que os conocéis de siempre. Annie es el alma de este sitio, así que tenemos mucha suerte de tenerte aquí.
—Todo el mundo quiere a Annie —añadió Josiah.
La deferencia que mostraban hacia Mae resultaba algo incómoda. Estaba claro que eran mayores que ella, pero se comportaban como si ella fuera una eminencia de visita.
—En fin, ya sé que quizá resulte en parte redundante —dijo Josiah—, pero si no te importa nos gustaría hacerte la visita guiada completa que les hacemos a los recién llegados. ¿Te parece bien? Prometemos que no será muy pesado.
Mae se rio, les encareció a hacerlo y se puso a seguirlos.
El resto del día fue un revuelo de habitaciones de cristal y presentaciones breves e imposiblemente cálidas. Todo el mundo a quien le presentaban estaba ajetreado, al borde del exceso de trabajo, pero aun así estaban emocionados de conocerla, felices de tenerla allí, cualquier amiga de Annie… Le enseñaron el centro sanitario y le presentaron al médico con rastas que lo llevaba, el doctor Hampton. La llevaron a ver la clínica de urgencias y le presentaron a la enfermera escocesa que admitía a los pacientes. La llevaron a ver los huertos orgánicos, de un centenar de metros cuadrados, donde había dos hortelanos empleados a tiempo completo dando una charla a un grupo de circulistas mientras estos probaban la última cosecha de zanahorias, tomates y col rizada. Luego la llevaron a ver la zona de minigolf, el cine, las boleras y la tienda de comestibles. Por fin, en lo que a Mae le pareció que era la esquina misma del campus —podía ver la verja del otro lado y los tejados de los hoteles de San Vincenzo donde se alojaban los invitados del Círculo—, visitaron las residencias de los empleados de la empresa. Mae había oído hablar de ellas: Annie le había contado que a veces se quedaba a pasar la noche en el campus y que ya prefería aquel alojamiento a su propia casa. Mientras caminaba por los pasillos y veía aquellas pulcras habitaciones, todas con sus relucientes cocinas americanas, mesas de trabajo, sofás de lo más mullido y camas, Mae tuvo que admitir que su atractivo era visceral.
—De momento hay ciento ochenta habitaciones, pero estamos creciendo deprisa —dijo Josiah—. Con unas diez mil personas más o menos en el campus, siempre hay un porcentaje de gente que trabaja hasta tarde o que necesita echar una siesta durante el día. Estas habitaciones siempre están libres y limpias: basta con mirar en internet cuáles están disponibles. Ahora mismo se llenan deprisa, pero el plan es que en los próximos años haya por lo menos varios miles de habitaciones.
—Y después de las fiestas como las de esta noche, siempre se llenan —dijo Denise, con lo que pretendía ser un guiño de complicidad.
La visita continuó a lo largo de la tarde, con una parada para probar la comida de la clase de cocina, que aquel día impartía un famoso chef joven conocido por no desperdiciar ninguna parte de ningún animal. El chef le presentó a Mae un plato llamado «asado de careta de cerdo», que Mae probó y descubrió que sabía como el beicon pero más grasiento. Le gustó mucho. En su recorrido por el campus se cruzaron con otros visitantes, grupos de estudiantes universitarios, cuadrillas de vendedores y lo que parecía ser un senador acompañado de las personas que se hacían cargo de él. Pasaron por un salón recreativo con máquinas de pinball antiguas y una pista de bádminton interior, donde, según Annie, tenían en nómina a un antiguo campeón del mundo. Para cuando Josiah y Denise la devolvieron al centro del campus, ya empezaba a atardecer y el personal estaba instalando antorchas tiki en la hierba y encendiéndolas. Varios millares de circulistas empezaron a congregarse con la puesta del sol, y allí, entre ellos, Mae supo que ya nunca jamás querría trabajar — ni siquiera estar— en ninguna otra parte. Su pueblo natal, junto con el resto de California y el resto de Estados Unidos, le parecían un caos total perdido en un país en vías de desarrollo. Fuera de los muros del Círculo, todo era ruido y pugna, fracaso e inmundicia. Aquí, sin embargo, todo se había perfeccionado. Las mejores personas habían construido los mejores sistemas, y los mejores sistemas habían cosechado fondos, unos fondos ilimitados que hacían posible aquello: el mejor lugar para trabajar. Y era natural que lo fuera, pensó Mae. ¿Quién podía construir una utopía más que la gente utópica?
—¿Esta fiesta? Esto no es nada —le aseguró Annie a Mae, mientras paseaban junto a la mesa de doce metros del bufet. Se había hecho oscuro y el aire nocturno estaba refrescando, pero en el campus reinaba una calidez inexplicable y brillaban centenares de antorchas rebosantes de luz de color ámbar—. Esta fiesta es idea de Bailey. No es que vaya de Madre Tierra ni nada, pero sí que le gustan las estrellas y las estaciones, de forma que el solsticio es patrimonio suyo. En algún momento aparecerá y dará la bienvenida a todo el mundo, o por lo menos tiene costumbre de hacerlo. El año pasado llevaba una especie de camiseta sin mangas. Está muy orgulloso de sus brazos.
Mae y Annie pasearon por entre la hierba frondosa, llenando sus platos y luego encontrando asiento en el anfiteatro de piedra construido sobre un arcén alto y cubierto de hierba. Annie se dedicó a rellenarle el vaso a Mae con una botella de Riesling que le explicó que se hacía en el mismo campus, una especie de brebaje nuevo que tenía menos calorías y más alcohol. Mae miró al otro lado del césped, hacia las antorchas susurrantes y desplegadas en hileras, cada una de las cuales conducía a los celebrantes a una actividad distinta —limbo, kickball, el baile del Carro Eléctrico—, ninguna de ellas relacionada de ninguna forma con el solsticio. La aparente arbitrariedad y la ausencia de horario imperativo generaban una fiesta que planteaba pocas expectativas y las rebasaba con facilidad. Todo el mundo se puso como una cuba rápidamente y Mae no tardó en perder a Annie, y por fin en perderse del todo, hasta que pudo encontrar el camino que llevaba a las pistas de petanca, que estaban siendo usadas por un pequeño grupo de circulistas de más edad, todos ya en la treintena, para jugar a los bolos con melones. Así consiguió regresar al césped, donde se unió a una partida de un juego que los circulistas llamaban «Ja», y que parecía consistir simplemente en tumbarse, superponiendo los brazos o las piernas o ambas cosas. Cada vez que la persona que tenías al lado decía «Ja», tú también lo tenías que decir. Era un juego espantoso, pero de momento Mae lo necesitaba, porque le estaba dando vueltas la cabeza y se sentía mejor estando horizontal.
—Mira a esta. Qué en paz se la ve —dijo una voz cercana.
Mae se dio cuenta de que la voz, que era de hombre, se estaba refiriendo a ella, de manera que abrió los ojos. Pero no vio a nadie junto a ella. Solo vio el cielo, que estaba en su mayor parte despejado, con volutas de nubes grises sobrevolando rápidamente el campus con rumbo al mar. A Mae se le cerraban los ojos, aunque sabía que no era tarde, no debían de ser más de las diez, y no quería hacer lo que hacía a menudo, que era quedarse dormida después de un par o tres de copas, de manera que se puso de pie y se fue en busca de Annie, o de más Riesling, o de ambas cosas. Encontró el bufet pero lo encontró devastado, como un banquete asaltado por animales o por vikingos, de manera que caminó hasta la barra más cercana, donde se había acabado el Riesling y solo se ofrecía un brebaje a base de vodka y alguna bebida energética. Se marchó de allí, preguntándole a la gente con quien se cruzaba si habían visto el Riesling, hasta que notó que se le ponía delante una sombra.
—Hay más por allí —dijo la sombra.
Mae se giró para encontrarse con unas gafas que emitían destellos azules y que coronaban la silueta difusa de un hombre. Este dio media vuelta para marcharse.
—¿Te sigo? —preguntó Mae.
—Todavía no. Estás quieta. Pero si quieres más vino tendrás que seguirme.
Ella siguió a la sombra, primero por el césped y después por debajo de un dosel de árboles altos por entre los cuales se filtraba la luz de la luna, como un centenar de lanzas plateadas. Ahora Mae pudo ver mejor a la sombra; llevaba una camiseta de color arena y una especie de chaleco por encima, de cuero o de ante, una combinación que Mae llevaba tiempo sin ver. Por fin el hombre se detuvo y se agachó al pie de una cascada, una cascada artificial que caía por el costado de la Revolución Industrial.
—He escondido aquí unas cuantas botellas —dijo, con las manos sumergidas en el estanque que recogía el agua de la cascada.
Como no encontró nada, se puso de rodillas y hundió los brazos hasta el hombro. Así consiguió agarrar dos botellas finas y verdes, se incorporó y se giró hacia ella. Por fin Mae pudo verlo bien. Su cara era un triángulo de contornos suaves, que finalizaba en una barbilla con un hoyuelo tan sutil que ella no lo había visto hasta aquel momento. Tenía piel de niño, ojos de hombre mucho mayor y una nariz prominente que, a pesar de estar torcida, conseguía conferirle estabilidad al resto de su cara, como la quilla de un yate. Sus cejas eran gruesas líneas que corrían hacia sus orejas, redondas, grandes y de color rosa princesa.
—¿Quieres volver a la partida o…?
Parecía estar sugiriendo que el «o» podía ser mucho mejor.
—Claro —dijo ella, dándose cuenta de que no conocía a aquel tipo, no sabía nada de él.
Pero como tenía aquellas botellas, y como ella había perdido a Annie, y además confiaba en todo el mundo que estuviera dentro de los muros del Círculo, y en aquel momento tenía tanto amor para todo el mundo que estuviera dentro de aquellos muros, donde todo era nuevo y todo estaba permitido, Mae lo siguió de regreso a la fiesta, o por lo menos a su extrarradio, donde se sentaron en una escalinata circular y alta que dominaba el césped y se quedaron mirando cómo las siluetas del fondo corrían, chillaban y se caían.
El hombre abrió las dos botellas, le entregó una a Mae, dio un sorbo de la suya y dijo que se llamaba Francis.
—¿No Frank? —preguntó ella.
Cogió la botella y se llenó la boca de aquel vino acaramelado.
—La gente intenta llamarme así, pero yo… les digo que no.
Ella se rio y él también.
Trabajaba en desarrollo de proyectos, le explicó, y llevaba casi dos años en la empresa. Antes había sido una especie de anarquista, un provocador. Había conseguido el trabajo hackeando el sistema del Círculo hasta llegar más adentro que nadie. Ahora formaba parte de su equipo de seguridad.
—Hoy es mi primer día —comentó Mae.
—No te creo.
Y luego Mae, que tenía intención de decir «No es coña», decidió innovar, pero en el curso de su innovación se hizo un lío y acabó articulando las palabras «No es coño», dándose cuenta casi al instante de que recordaría aquellas palabras, y se odiaría a sí misma por decirlas, durante décadas.
—¿No es coño? —preguntó él, en tono neutro—. Me parece muy tajante. Has tomado una decisión con muy poca información. No es coño. Uau.
Mae intentó explicarle lo que había tenido intención de decir, el hecho de que se le había ocurrido, o por lo menos a algún departamento de su cerebro se le había ocurrido, introducirle algún cambio a la expresión. Pero no importaba. Ahora él se estaba riendo, y sabía que ella tenía sentido del humor, y ella sabía que él también lo tenía, y de alguna manera él la hacía sentir segura, le daba la sensación de que no volvería a sacar aquello a colación, de que aquella ordinariez que ella acababa de decir quedaría entre ellos, de que los dos entendían que todo el mundo cometía equivocaciones y de que, si todos reconocían el hecho de ser igualmente humanos, igualmente frágiles y propensos a decir cosas ridículas y a hacer el ridículo mil veces, había que dejar que aquellas equivocaciones cayeran en el olvido.
—Primer día —dijo él—. Pues felicidades. Un brindis.
Entrechocaron las botellas y dieron sendos sorbos. Mae levantó su botella hacia la luna para ver cuánto quedaba; el líquido se volvió de un color azul como de otro mundo y ella vio que ya había engullido la mitad. Dejó la botella.
—Me gusta tu voz —dijo él—. ¿Siempre la has tenido así?
—¿Grave y ronca?
—Yo la definiría como «curtida». Diría que tiene «alma». ¿Conoces a Tatum O’Neal?
—Mis padres me hicieron ver Luna de papel cien veces. Para animarme.
—Me encanta esa película —dijo él.
—Pensaban que yo acabaría siendo como Addie Pray, mundana pero adorable. Querían a una chica masculina. Me cortaban el pelo como a ella.
—Pues a mí me gusta.
—¿Te gusta el pelo estilo chico?
—No. Tu voz. De momento es lo mejor que tienes.
Mae no dijo nada. Tuvo la sensación de haber recibido una bofetada.
—Mierda —dijo él—. ¿Ha sonado raro? Estaba intentando hacerte un cumplido.
Hubo una pausa incómoda; Mae había tenido unas cuantas experiencias terribles con hombres que hablaban demasiado bien y que se saltaban los peldaños que hiciera falta para aterrizar en cumplidos inadecuados. Se giró hacia él, a fin de confirmar que no era lo que ella había pensado —generoso e inofensivo—, sino deforme, nervioso y asimétrico. Cuando lo miró, sin embargo, vio la misma cara suave, las mismas gafas azules y los mismos ojos ancianos. Tenía una expresión afligida.
Él se quedó mirando su botella, como si quisiera echarle la culpa.
—Solo quería hacer que te sintieras mejor con tu voz. Pero supongo que he insultado al resto de ti.
Mae pensó en aquello un momento, pero su cerebro, atiborrado de Riesling, andaba despacio y con movimientos pegajosos. Por fin renunció a analizar la declaración de él o sus intenciones.
—Creo que eres raro —le dijo.
—No tengo padres —dijo él—. ¿Quizás eso me disculpa un poco? —Luego, consciente de que estaba revelando demasiado y de forma demasiado desesperada, dijo—: No estás bebiendo.
Mae decidió dejarle que abandonara el tema de su infancia.
—Ya he terminado —dijo—. Ya me ha hecho efecto del todo.
—Lo siento de verdad. A veces me equivoco con el orden de las palabras. En esta clase de cosas me lo paso mejor cuando no hablo.
—Eres raro de verdad —volvió a decir Mae, y lo decía en serio.
Tenía veinticuatro años y nunca había conocido a nadie así. Aquello probaba la existencia de Dios, pensó ebriamente, ¿no? El hecho de que hubiera podido encontrarse a miles de personas a lo largo de lo que llevaba de vida, todos tan parecidos y todos tan olvidables, y de pronto apareciera aquel tipo, nuevo y extravagante y hablando de forma extravagante. Cada día había algún científico que descubría alguna especie nueva de rana o de nenúfar, lo cual también parecía confirmar la existencia de algún artista divino del espectáculo, de algún inventor celestial que nos ponía juguetes nuevos delante, escondidos pero no demasiado, allí donde nos pudiéramos topar con ellos. Y aquel tal Francis era algo completamente nuevo, un espécimen nuevo de rana. Mae se giró para mirarlo, planteándose la posibilidad de besarlo.
Pero estaba ocupado. Con una mano estaba vaciando su zapato, del que caía un chorro de arena. Con la otra parecía estar arrancándose a mordiscos la mayor parte de la uña.
Ella salió de su ensoñación y pensó en su casa y en su cama.
—¿Cómo va a volver la gente a sus casas?
Francis contempló una melé de personas que parecían estar intentando formar una pirámide.
—Pues están las residencias, claro. Pero apuesto a que ya están llenas. También debe de haber ya unas cuantas lanzaderas listas. Probablemente te lo hayan dicho.
Hizo un gesto con la botella en dirección a la entrada principal, donde Mae pudo distinguir los techos de los minibuses que había visto al llegar aquella mañana.
—La empresa hace análisis de costes de todo. Y un empleado que se fuera en coche a casa demasiado cansado o, en este caso, demasiado borracho para conducir… en fin, a largo plazo las lanzaderas salen mucho más baratas. Y son unas lanzaderas tremendas. Por dentro son como yates. Solo les falta tener camas.
—Tener camas, ¿eh? Ya te gustaría.
Mae le dio un puñetazo a Francis en el brazo, consciente de que estaba coqueteando, consciente de que era una estupidez coquetear con otro circulista en su primera noche y de que era una estupidez beber tanto en su primera noche. Pese a todo, estaba haciendo todas aquellas cosas y además feliz de hacerlas.
Una figura se acercó flotando hacia ellos. Mae miró con curiosidad apagada y distinguió primero que la figura era femenina. Y después que la figura era Annie.
—¿Te está acosando este tipo? —preguntó.
Francis se apartó rápidamente de Mae y se escondió la botella detrás de la espalda. Annie se rio.
—Francis, ¿por qué estás siendo tan furtivo?
—Lo siento. Pensaba que habías dicho otra cosa.
—Uau. ¡Conciencia culpable! He visto que Mae te daba un puñetazo en el brazo y he hecho un chiste. Pero ¿estás intentando confesar algo? ¿Qué has estado tramando, Francis Garbanzo?
—Garaventa.
—Sí, ya sé cómo te llamas.
»Francis —dijo Annie, dejándose caer torpemente entre ambos—, necesito pedirte una cosa, en calidad de estimada colega tuya pero también de amiga. ¿Me dejas?
—Claro.
—Vale. ¿Puedes dejarme un rato a solas con Mae? Es que tengo que darle un beso en la boca.
Francis se echó a reír pero enseguida se interrumpió, consciente de que ni Mae ni Annie se estaban riendo. Atemorizado y confuso, y visiblemente intimidado por Annie, no tardó en bajar las escaleras y alejarse por el césped, esquivando a los celebrantes. A continuación se detuvo en medio del césped, se dio la vuelta y levantó la vista, como para asegurarse de que Annie tenía efectivamente intención de reemplazarlo en el puesto de acompañante nocturna de Mae. Una vez confirmados sus miedos, se metió debajo del toldo de la Edad de las Tinieblas. Intentó abrir la puerta pero no lo consiguió. Tiró de ella y la empujó, pero la puerta no se movió. Consciente de que lo estaban mirando, se alejó hasta doblar la esquina y desapareció de la vista.
—Y dice que está en el equipo de seguridad —dijo Mae.
—¿Eso te ha contado? ¿Francis Garaventa?
—Supongo que no me lo tendría que haber contado.
—Bueno, no se ocupa realmente de la seguridad-seguridad. No es del Mossad. Pero ¿acaso he interrumpido algo que claramente no tendrías que estar haciendo en tu primera noche aquí, pedazo de idiota?
—No has interrumpido nada.
—Yo creo que sí.
—No. Qué va.
—Que sí. Lo sé.
Annie localizó la botella que Mae tenía a los pies.
—Yo creía que se nos había acabado todo hacía horas.
—Quedaba algo de vino dentro de la cascada, en la Revolución Industrial.
—Ah, sí. La gente esconde cosas ahí.
—Acabo de oírme a mí misma decir: «Quedaba algo de vino dentro de la cascada, en la Revolución Industrial».
Annie miró hacia el otro lado del campus.
—Lo sé. Joder. Lo sé.
Ya en casa, después del trayecto en lanzadera y de que alguien le diera un chupito de gelatina a bordo, después de escuchar cómo el chófer de la lanzadera hablaba en tono nostálgico de su familia, de sus gemelos y de su mujer, que tenía gota, Mae no pudo dormir. Se quedó tumbada en su futón barato, en su cuarto diminuto, en el apartamento largo y estrecho que compartía con dos casi desconocidas, ambas azafatas de vuelo, a las que no veía casi nunca. Su apartamento estaba en la segunda planta de un antiguo motel, era humilde, imposible de limpiar y estaba impregnado de los olores a desesperación y comida mala que habían dejado allí sus antiguos residentes. Era un lugar triste, sobre todo después de pasar el día en el Círculo, donde todo estaba hecho con cuidado, cariño y el don de la precisión. En su cama baja y espantosa, Mae durmió unas horas, se despertó, rememoró el día y la noche anteriores, pensó en Annie y en Francis, en Denise y Josiah, en el poste de bombero, en la Enola Gay, en la cascada y en las antorchas tiki, todas ellas cosas típicas de las vacaciones y de los sueños e imposibles de conservar, pero también sabía —y era eso lo que no la dejaba dormir y la hacía girar la cabeza a un lado y a otro con una especie de felicidad de niña pequeña— que iba a volver a aquel lugar, al lugar donde pasaban todas aquellas cosas. Que allí era bienvenida y le daban trabajo.
Le tocaba entrar a trabajar temprano. A su llegada a las ocho, sin embargo, se dio cuenta de que no le habían dado mesa de trabajo, por lo menos una de verdad, de manera que no tenía a donde ir. Esperó una hora, bajo un letrero que decía HAGÁMOSLO. HAGAMOS TODO ESTO, hasta que llegó Renata y se la llevó a la segunda planta del Renacimiento, a una sala amplia, del tamaño de una pista de baloncesto, donde había una veintena de mesas de trabajo, todas distintas y todas talladas en madera rubia siguiendo patrones orgánicos. Todas separadas por mamparas de cristal y colocadas en grupos de cinco, como si fueran pétalos de flores. Estaban todas desocupadas.
—Eres la primera en llegar —dijo Renata—, pero no te queda mucho rato sola. Las zonas de Experiencia del Cliente se suelen llenar muy deprisa. Y no estás nada lejos de la gente con cargos superiores.
E hizo un gesto amplio con el brazo, indicando la docena aproximada de oficinas que rodeaban el espacio abierto. Los ocupantes de todas ellas eran visibles a través de las particiones de cristal, supervisores de entre veintiséis y treinta y dos años, iniciando ya sus jornadas, con aspecto relajado, competente y sabio.
—A los diseñadores les encanta el cristal, ¿eh? —dijo Mae, sonriente.
Renata se detuvo, frunció el ceño y consideró aquella idea. Se pasó un mechón de pelo por detrás de la oreja y dijo:
—Creo que sí. Puedo comprobarlo. Pero primero debería explicarte cómo funciona esto y qué te espera en tu primer día de verdad.
Renata le explicó los detalles de la mesa, la silla y la pantalla, todo lo cual había sido ergonómicamente perfeccionado y se podía ajustar para adaptarlo a quienes preferían trabajar de pie.
—Puedes dejar tus cosas y ajustar tu silla, y… Oh, parece que tienes un comité de bienvenida. No te levantes —dijo, y se apartó.
Mae siguió la mirada de Renata y vio a un trío de caras jóvenes que caminaban hacia ella. Un hombre medio calvo de veintimuchos años le ofreció su mano. Mae se la estrechó y el tipo le dejó una tablet de gran tamaño delante, sobre la mesa.
—Hola, Mae, soy Rob, de pagos. Seguro que a mí te alegras de verme. —Sonrió y después soltó una risa cordial, como si acabara de reparar nuevamente en lo gracioso de su comentario—. Bueno —dijo—. Ya te lo hemos rellenado todo. Solo te queda firmar en estos tres sitios.
Y señaló la pantalla, donde relucían tres rectángulos amarillos, esperando la firma de ella.
Al terminar, Rob cogió la tablet y sonrió con gran calidez.
—Gracias y bienvenida a bordo.
Dio media vuelta para marcharse y su lugar lo ocupó una mujer corpulenta con una piel impoluta de color cobrizo.
—Hola, Mae, soy Tasha, la notaria. —Le enseñó un libro de gran tamaño—. ¿Tienes el carnet de conducir? —Mae se lo dio—. Perfecto. Necesito que me eches tres firmas. No me preguntes por qué. Y tampoco me preguntes por qué tiene que ser sobre papel. Normas gubernamentales.
Tasha señaló las tres casillas consecutivas, y Mae firmó en las tres.
—Gracias —dijo Tasha, y a continuación le ofreció una almohadilla entintada de color azul—. Ahora pon tu huella dactilar al lado de cada una. Y no te preocupes, que esta tinta no mancha. Ya verás.
Mae presionó con el pulgar en la almohadilla y luego en las casillas que había al lado de las tres firmas. La tinta se veía perfectamente en la página, pero cuando Mae se miró el pulgar, lo tenía absolutamente limpio.
Tasha enarcó las cejas al ver la cara risueña de Mae.
—¿Lo ves? Es invisible. El único sitio donde se ve es este libro.
Aquello era la clase de cosa por la que Mae había venido. Allí todo se hacía mejor. Hasta la tinta para huellas dactilares era avanzada e invisible.
Al marcharse Tasha ocupó su lugar un hombre flaco con una camisa roja de cremallera. Estrechó la mano de Mae.
—Hola, soy Jon. Ayer te mandé un e-mail para que me trajeras tu certificado de nacimiento…
Y juntó las manos como si estuviera rezando.
Mae se sacó de la bolsa el certificado de nacimiento y a Jon se le iluminaron los ojos.
—¡Lo has traído! —Dio una palmada rápida y silenciosa y sonrió dejando al descubierto todos los dientes diminutos—. La primera vez nadie se acuerda. Eres mi nueva favorita.
Cogió el certificado y le prometió que se lo devolvería después de hacer una copia.
Detrás de él apareció un cuarto miembro de la plantilla, un tipo de unos treinta y cinco años y aspecto beatífico, la persona de más edad con diferencia que Mae conocía en lo que llevaba de día.
—Hola, Mae. Soy Brandon y tengo el honor de entregarte tu nueva tablet.
Tenía en la mano un objeto reluciente y translúcido, de bordes negros y lisos como la obsidiana.
Mae estaba aturdida.
—Pero si estas todavía no han salido a la venta.
Brandon sonrió de oreja a oreja.
—Es cuatro veces más rápida que su predecesora. Yo llevo toda la semana jugando con la mía. Mola mucho.
—¿Y me van a dar una?
—Ya te la han dado —dice—. Lleva tu nombre.
Puso la tablet de lado para enseñarle que le habían inscrito el nombre completo de Mae: MAEBELLINE RENNER HOLLAND.
Él se la entregó. Pesaba lo mismo que un plato de cartón.
—Y a ver, supongo que tú ya tenías tablet.
—Sí. Bueno, tengo un portátil.
—Portátil. Uau. ¿Puedo verlo?
Mae lo señaló.
—Ahora me da la sensación de que debería tirarlo a la basura.
Brandon palideció.
—¡No, no lo tires! Por lo menos recíclalo.
—Oh, no, lo decía en broma —dijo Mae—. Lo más seguro es que me lo quede. Tengo todas mis cosas dentro.
—¡Muy oportuno, Mae! Es justamente lo próximo que voy a hacer. Tenemos que trasladar todas tus cosas a la tablet nueva.
—Ah, ya lo puedo hacer yo.
—¿Me concedes el honor? Llevo toda la vida formándome para este momento.
Mae se rio y apartó su silla. Brandon se arrodilló junto a la mesa de ella y puso la tablet nueva al lado de su portátil. En cuestión de minutos ya había trasladado toda su información y sus cuentas.
—Vale. Ahora hagamos lo mismo con tu teléfono. ¡Tachán!
Metió la mano en su bolsa y sacó a la luz un teléfono nuevo, varios pasos significativos por delante del de ella. Igual que la tablet, ya tenía el nombre de ella grabado en el dorso. Juntó sobre la mesa los dos teléfonos, el viejo y el nuevo, y rápidamente y sin cable alguno trasladó todo el contenido del uno al otro.
—Vale. Ahora se puede acceder a todo lo que tenías en el teléfono viejo y en el disco duro desde la tablet y el teléfono nuevo, pero también hay copia de seguridad en la nube y en nuestros servidores. Tu música, tus fotos, tus mensajes y tus datos. No se pueden perder jamás. Si pierdes la tablet o el teléfono se tardan seis minutos exactamente en recuperar todas tus cosas y descargártelas en el siguiente aparato. Estarán aquí el año que viene y el siglo que viene.
Los dos miraron los aparatos nuevos.
—Ojalá nuestro sistema hubiera existido hace diez años —dijo—. En aquella época me cargué dos discos duros distintos, que es como que se te queme la casa con todas tus pertenencias dentro.
Brandon se puso de pie.
—Gracias —le dijo Mae.
—De nada —dijo él—. Y de esta forma te podemos mandar las actualizaciones de software, las aplicaciones, todo, y saber que estás al día. En Experiencia del Cliente todo el mundo necesita tener la misma versión de cualquier software, como te puedes imaginar. Creo que ya está… —dijo, retrocediendo. Luego se detuvo—. Oh, y es crucial que todos los aparatos de la empresa estén protegidos con contraseña, de manera que te he dado una. Está escrita aquí. —Le dio un papel que tenía una serie de dígitos, numerales y símbolos tipográficos extraños—. Espero que la puedas memorizar hoy y luego tirar el papel. ¿Trato hecho?
—Sí, trato hecho.
—Luego podemos cambiar la contraseña si quieres. Tú me avisas y yo te doy otra. Son todas generadas por ordenador.
Mae cogió su viejo portátil y lo acercó a su bolsa.
Brandon se lo quedó mirando como si fuera una especie invasora.
—¿Quieres que me deshaga yo de él? Lo hacemos de una forma muy respetuosa con el medio ambiente.
—Tal vez mañana —dijo ella—. Me quiero despedir de él.
Brandon sonrió con indulgencia.
—Ah. Lo entiendo. Muy bien, pues.
Hizo una reverencia y se marchó, y detrás de él Mae vio aparecer a Annie. Tenía la barbilla apoyada en los nudillos y la cabeza inclinada.
—¡Ahí está mi niña, que ya se ha hecho mayor!
Mae se levantó y le dio un abrazo.
—Gracias —le dijo al cuello de Annie.
—Oooh.
Annie intentó separarse de ella.
Mae la abrazó con más fuerza.
—En serio.
—De nada. —Annie logró soltarse al fin—. Modérate. O bueno, sigue si quieres. La cosa se estaba empezando a poner sexy.
—En serio. Gracias —dijo Mae con voz temblorosa.
—No, no, no —dijo Annie—. Nada de llorar el segundo día.
—Lo siento. Es que estoy muy agradecida.
—Para. —Annie se acercó y la volvió a coger—. Para. Para. Joder. Mira que estás chiflada.
Mae respiró hondo, hasta tranquilizarse.
—Creo que ya lo tengo bajo control. Ah, mi padre dice que también te quiere. Todo el mundo está muy contento.
—Vale. Es un poco extraño, dado que no lo conozco personalmente. Pero dile que yo también lo quiero. Con pasión. ¿Está bueno? ¿Es un maduro buenorro? ¿Le va la marcha? A lo mejor podemos arreglar algo. Y ahora, ¿te parece bien si nos ponemos a trabajar?
—Sí, sí —dijo Mae, sentándose otra vez—. Lo siento.
Annie enarcó las cejas maliciosamente.
—Tengo la sensación de que es el primer día de escuela y acabamos de descubrir que nos han puesto en la misma clase. ¿Ya te han dado una tablet nueva?
—Ahora mismo.
—Déjame verla. —Annie la examinó—. Oooh, el grabado es todo un detalle. Nos vamos a meter en toda clase de líos juntas, ¿verdad?
—Espero que sí.
—Mira, aquí viene tu líder de equipo. Hola, Dan.
Mae se secó apresuradamente la cara húmeda. Miró más allá de Annie y vio acercarse a un hombre apuesto, bajito y pulcro. Llevaba sudadera con capucha marrón y lucía una enorme sonrisa de satisfacción.
—Hola, Annie, ¿cómo estás? —dijo, estrechándole la mano.
—Bien, Dan.
—Me alegro mucho, Annie.
—Tienes a una buena pieza aquí, espero que lo sepas —dijo Annie, agarrándole la muñeca a Mae y dándole un apretón.
—Oh, lo sé —dijo él.
—Cuídamela bien.
—Lo haré —dijo él, y se giró hacia Mae.
Su sonrisa de satisfacción se convirtió en una expresión de algo parecido a la certidumbre absoluta.
—Yo vigilaré cómo la cuidas —dijo Annie.
—Me alegra saberlo —dijo él.
—Te veo en el almuerzo —le dijo Annie a Mae, y se marchó.
Ya solo quedaban Mae y Dan, pero a este no le había cambiado la sonrisa. Era la sonrisa de un hombre que no sonreía para la galería. Era la sonrisa de un hombre que estaba exactamente donde quería estar. Ahora cogió una silla.
—Es genial tenerte aquí —dijo—. Me alegro mucho de que aceptaras nuestra oferta.
Mae escrutó su mirada en busca de señales de insinceridad, dado que no existía persona racional en el mundo que hubiera rechazado una invitación a trabajar allí. Pero no encontró nada parecido. Dan la había entrevistado tres veces para el puesto y las tres había parecido inquebrantablemente sincero.
—Imagino que ya has hecho todo el papeleo y las huellas dactilares, ¿no?
—Creo que sí.
—¿Quieres dar un paseo?
Dejaron la mesa de ella y, al final de cien metros de pasillo de cristal, cruzaron unas puertas dobles y salieron al aire libre. Subieron por una amplia escalinata.
—La azotea está recién acabada —dijo él—. Creo que te gustará.
Cuando llegaron a lo alto de las escaleras, se encontraron unas vistas espectaculares. La azotea dominaba la mayor parte del campus, la ciudad circundante de San Vincenzo y la bahía que se extendía más allá. Mae y Dan lo contemplaron todo y luego él se volvió hacia ella.
—Mae, ahora que estás a bordo, quiero transmitirte algunas de las creencias centrales de esta empresa. Y la principal es que, por muy importante que sea el trabajo que hacemos aquí, y es muy importante, también queremos asegurarnos de que aquí puedas ser una persona humana. Queremos que este sea un lugar de trabajo, claro, pero también tiene que ser un lugar humano. Y eso implica fomentar la comunidad. De hecho, tiene que ser una comunidad. Es uno de nuestros eslóganes, seguro que lo sabes: «Lo primero es la comunidad». Y ya has visto los letreros que dicen: «Aquí trabajan personas humanas». Yo insisto en que estén. Es una cuestión que defiendo personalmente. No somos autómatas. Esto no es una cadena de montaje. Somos un grupo de las mejores mentes de nuestra generación. O generaciones. Y asegurarnos de que este sea un lugar donde se respeta nuestra humanidad, donde se honren nuestras opiniones y donde se escuchen nuestras voces, es igual de importante que los ingresos, los precios de las acciones y las iniciativas que se emprendan aquí. ¿Te parece cursi?
—No, no —se apresuró a decir Mae—. Para nada. Es por eso que estoy aquí. Me encanta la idea de que lo primero es la comunidad. Annie me lo lleva diciendo desde que empezó. En mi último trabajo nadie se comunicaba muy bien. Era básicamente lo contrario de esto, en todos los sentidos.
Dan se giró para mirar las colinas que se elevaban al este, cubiertas de mohair y de zonas verdes.
—Pues me parece fatal. Con la tecnología que hay disponible, la comunicación nunca debería estar en tela de juicio. Entenderse nunca debería ser inalcanzable ni complicado. A eso nos dedicamos aquí. Se puede decir que es la misión de esta empresa, o por lo menos mi obsesión. La comunicación. El entenderse. La claridad.
Dan asintió enfáticamente, como si su boca acabara de formular por su cuenta algo que a sus oídos les parecía muy profundo.
—En el Renacimiento, como sabes, nos encargamos de la Experiencia del Cliente, EdC, y algunos pueden pensar que es la parte menos excitante de toda esta empresa. Pero tal como lo veo yo, y tal como lo ven los sabios, en realidad es la base de todo lo que sucede aquí. Si no les damos a los clientes una experiencia satisfactoria, humana y humanista, nos quedamos sin clientes. Es bastante elemental. Somos la prueba de que esta empresa es humana.
Mae no sabía qué decir. Estaba completamente de acuerdo. Su último jefe, Kevin, no habría sido capaz de hablar así. Kevin no tenía filosofía. Kevin no tenía ideas. Kevin solo tenía olores corporales y bigote. Mae estaba sonriendo como una tonta.
—Sé que aquí estarás de maravilla —dijo él, y estiró el brazo hacia ella como si quisiera ponerle la mano en el hombro pero hubiera cambiado de opinión por el camino. Dejó caer la mano sobre el costado—. Volvamos abajo para que puedas empezar.
Dejaron la azotea y bajaron la amplia escalinata. Regresaron a su mesa de trabajo, donde vieron a un hombre de pelo crespo.
—Ahí está —dijo Dan—. Temprano como siempre. Hola, Jared.
Jared tenía una cara serena y lisa y unas manos que descansaban inmóviles y pacientes sobre su amplio regazo. Llevaba pantalones caqui y una camisa de botones que le venía una talla pequeña.
—Jared es quien te va a hacer el training y también será tu contacto principal aquí en EdC. Yo superviso el equipo y Jared supervisa la unidad. De manera que somos las dos personas con quienes tratarás principalmente. Jared, ¿estás listo para empezar con ella?
—Sí —dijo—. Hola, Mae.
Se puso de pie, le ofreció la mano y Mae se la estrechó. Tenía una mano redondeada y suave, como de querubín.
Dan se despidió de ambos y se marchó.
Jared sonrió y se pasó una mano por el pelo crespo.
—Bueno, pues, hora del training. ¿Preparada?
—Del todo.
—¿Necesitas café o té o algo?
Mae negó con la cabeza.
—Estoy lista.
—Bien. Sentémonos.
Mae se sentó y Jared acercó su silla a la de ella.
—Muy bien. Como sabes, de momento solo harás mantenimiento simple de clientes para pequeños anunciantes. Ellos mandan un mensaje a Experiencia del Cliente y ese mensaje nos es desviado a uno de nosotros. Al principio al azar, pero en cuanto empiezas a trabajar con un cliente, ese cliente te seguirá siendo desviado a ti, para que haya continuidad. Cuando recibas la consulta, averiguas la respuesta y se la mandas. Esa es la esencia. Muy sencillo en teoría. ¿Me sigues de momento?
Mae asintió con la cabeza y los dos repasaron las veinte preguntas y peticiones más comunes; a continuación él le enseñó un menú de respuestas precocinadas.
—A ver, esto no quiere decir que te limites a pegar la respuesta y mandarla. Tienes que hacer que cada respuesta sea personal y específica. Tú eres una persona y ellos son personas, de manera que ni tienes que imitar a un robot ni tienes que tratarlos a ellos como si fueran robots. ¿Me entiendes? Aquí no trabajan robots. No queremos que el cliente piense que está tratando con una entidad sin rostro, de manera que tienes que asegurarte siempre de inyectarle humanidad al proceso. ¿Te parece bien?
Mae asintió con la cabeza. Le gustaba aquello: «Aquí no trabajan robots».
Repasaron una docena aproximada de situaciones hipotéticas a modo de práctica y con cada una de ellas Mae fue puliendo un poco más sus respuestas. Jared era un instructor paciente y se dedicó a plantearle todas las posibles situaciones con clientes. En caso de quedarse encallada, ella le podía reenviar la consulta a su cola y él se haría cargo de ella. A eso se dedicaba la mayor parte del día, le explicó Jared: a aceptar y responder las consultas con las que se encallaban los representantes menos veteranos de Experiencia del Cliente.
—Pero no te pasará muy a menudo. Te sorprenderá ver cuántas consultas vas a poder sortear ya de entrada. Ahora pongamos por caso que has contestado la consulta de un cliente y que el cliente parece satisfecho. Entonces tú les mandas el cuestionario para que lo rellenen. Es una lista de preguntas rápidas sobre tu servicio y su experiencia general, y al final se les pide que te puntúen. Ellos devuelven el formulario y tú sabes inmediatamente qué tal lo has hecho. La puntuación aparece aquí.
Él señaló la esquina de la pantalla, donde había un número muy grande, 99, y debajo una parrilla con más números.
—El noventa y nueve grande es la puntuación del último cliente. El cliente te puntuará en una escala de, adivina, uno a cien. La puntuación más reciente te sale aquí, y luego en esta otra casilla se hace la media con el resto de las puntuaciones de la jornada. De esa forma siempre sabes qué tal lo estás haciendo, durante el último rato pero también en general. Vale, sé lo que estás pensando. «Muy bien, Jared, pero ¿qué puntuación media es la normal?» Y la respuesta es que, si bajas por debajo de noventa y cinco, deberías dar marcha atrás y ver qué puedes mejorar. Tal vez puedas subir la media con el siguiente cliente o tal vez has de ver cómo hacerlo mejor. Pero si no para de bajar, lo que te toca es reunirte con Dan o con otro líder de equipo para buscar procedimientos más efectivos. ¿Te parece bien?
—Pues sí —dijo Mae—. Te agradezco mucho esto, Jared. En mi anterior trabajo, yo no tenía ni idea de qué tal me estaba yendo hasta, no sé, las evaluaciones trimestrales. Era enervante.
—Pues entonces esto te encantará. Si los clientes rellenan la encuesta y ponen la puntuación, que es algo que hacen casi todos, entonces les mandas otro mensaje. En este les das las gracias por rellenar el cuestionario y les animas a que le cuenten a un amigo la experiencia que acaban de tener contigo, usando las herramientas de las redes sociales del Círculo. Idealmente, como mínimo te comentan en Zing o te ponen una sonrisa o un ceño fruncido. En el mejor de los casos posibles, puedes conseguir que te comenten en Zing o en otra página de servicio al cliente. Si conseguimos que la gente hable en Zing sobre la experiencia fenomenal de atención al cliente que ha tenido contigo, entonces todo el mundo sale ganando. ¿Lo entiendes?
—Lo entiendo.
—Vale, hagamos uno de verdad. ¿Lista?
Mae no lo estaba, pero no lo podía decir.
—Lista.
Jared descargó una consulta de un cliente, la leyó y soltó un breve resoplido burlón para indicar que era de las más fáciles. Eligió una de las respuestas preparadas, la adaptó un poco y le deseó al cliente un día fantástico. La conversación duró unos noventa segundos, y al cabo de un par de minutos, la pantalla confirmó que el cliente había contestado el cuestionario y apareció una puntuación: 99. Jared se reclinó en el asiento y se giró hacia Mae.
—No está mal, ¿verdad? Noventa y nueve es una buena puntuación. Pero no puedo evitar preguntarme por qué no ha sido un cien. Miremos. —Abrió el cuestionario del cliente y examinó las respuestas—. Bueno, no hay señal clara de que ninguna parte de su experiencia no haya sido satisfactoria. A ver, la mayoría de las empresas te dirían: «Uau, noventa y nueve puntos de cien, es casi perfecto». Y yo digo: «Exacto: es casi perfecto, vale. Pero en el Círculo, ese punto que falta nos molesta». Así pues, veamos si podemos llegar al fondo de la cuestión. Lo que hacemos es mandarles este otro mensaje.
Y le enseñó otro cuestionario, este más breve, que le preguntaba al cliente qué cosas de su interacción se podrían haber mejorado y cómo. Y se lo mandaron al cliente.
La respuesta volvió al cabo de unos segundos. «Todo ha estado bien. Lo siento. Tendría que haberos puesto un 100. ¡Gracias!»
Jared dio un golpecito a la pantalla y levantó los pulgares en dirección a Mae.
—Vale. A veces te puedes encontrar con alguien que no es muy sensible a la medición. Así que está bien preguntarles, para asegurarte de que todo queda claro. Ahora ya tenemos una puntuación perfecta. ¿Estás lista para hacerlo tú?
—Sí.
Descargaron otra petición de un cliente y Mae buscó entre las respuestas preparadas, encontró la adecuada, la personalizó y la mandó. Cuando le llegó la encuesta, le habían puesto una puntuación de 100.
Jared pareció momentáneamente asombrado.
—Te han puesto un cien a la primera, uau —le dijo—. Ya sabía yo que lo harías bien. —Se había quedado perplejo, pero enseguida recobró la compostura—. Vale, creo que estás lista para hacer unas cuantas más. A ver, un par de cosas antes. Encendamos tu segunda pantalla. —Encendió una pantalla más pequeña que había a la derecha de ella—. Esta es para los mensajes internos de la oficina. Todos los circulistas te mandan mensajes por tu canal principal, pero te aparecen en la segunda pantalla. Con esto te quiero aclarar la importancia de los mensajes y ayudarte a distinguir qué es qué. De vez en cuando verás mensajes míos por aquí, para ver cómo anda todo o para comunicarte algún ajuste o alguna noticia. ¿Vale?
—Entendido.
—Ahora, acuérdate de rebotarme cualquier cosa que te tenga encallada, y si necesitas parar y hablar, puedes mandarme un mensaje o pasar a verme. Estoy al final del pasillo. Durante las primeras semanas espero que estés en contacto conmigo bastante a menudo, de una forma u otra. Así es como voy a saber que estás aprendiendo. De manera que no lo dudes.
—No lo haré.
—Perfecto. A ver, ¿estás lista para empezar de verdad?
—Sí.
—Vale. Eso quiere decir que te abro la compuerta. Cuando te suelte la avalancha encima, tendrás tu propia cola de clientes, y te pasarás las próximas dos horas inundada, hasta el almuerzo. ¿Preparada?
Mae se sentía preparada.
—Sí.
—¿Estás segura? Muy bien, pues.
Él le activó la cuenta, le hizo un saludo marcial en broma y se marchó. La compuerta se abrió, y en los primeros cuatro minutos ella contestó cuatro consultas, con una puntuación de 96. Estaba sudando a mares, pero se sentía electrizada.
En su segunda pantalla le apareció un mensaje de Jared. «¡Muy bien de momento! A ver si podemos subirlo pronto a 97.»
«¡Está hecho!», escribió ella.
«Y manda el segundo cuestionario a los que no lleguen a 100.»
«Vale», escribió ella.
Mandó siete cuestionarios complementarios, y tres de los clientes subieron sus puntuaciones a 100. A las 11.45 había contestado diez consultas más. Ahora su promedio era 98.
En su segunda pantalla apareció otro mensaje, este de Dan. «¡Fantástico, Mae! ¿Cómo te sientes?»
Mae se quedó asombrada. ¿Un líder de equipo que te escribía para ver cómo te iba, y con tanta amabilidad, ya el primer día?
«Bien. ¡Gracias!», contestó ella, y bajó la consulta del siguiente cliente.
Apareció otro mensaje de Jared debajo del primero.
«¿Puedo hacer algo? ¿Alguna pregunta?»
«¡No, gracias! —escribió ella—. De momento voy bien. ¡Gracias, Jared!» Regresó a la primera pantalla. Al segundo apareció otro mensaje de Jared.
«Acuérdate de que solo te puedo ayudar si me dices cómo.»
«¡Gracias otra vez!», escribió ella.
A la hora del almuerzo había contestado treinta y seis consultas y su puntuación era de 97.
Le llegó un mensaje de Jared. «¡Buen trabajo! Mandemos el segundo cuestionario a todos los que no lleguen a 100.»
«Voy», contestó ella, y mandó el segundo cuestionario a todos los que le faltaban. Subió unos cuantos 98 a 100 y vio un mensaje de Dan: «¡Un trabajo fantástico, Mae!».