El Círculo

Dave Eggers · Capítulo 1 de 3 · parte 3/11

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El Círculo

Libro primero

Este capítulo es largo, así que está dividido en 11 partes.

Al cabo de unos segundos, en la segunda pantalla apareció otro mensaje, este de Annie, debajo del de Dan: «Dan dice que lo estás haciendo de coña. ¡Así me gusta!».

A continuación le llegó un mensaje diciéndole que la habían mencionado en Zing. Hizo clic para leerlo. El comentario lo había escrito Annie. «¡La novata Mae lo está haciendo de coña!» Lo había mandado al resto del campus del Círculo: 10.041 personas.

El zing se reenvió 322 veces y recibió 187 comentarios. Le aparecieron en la segunda pantalla en forma de hilo de comentarios cada vez más largo. Mae no tuvo tiempo de leerlos todos, pero los ojeó rápidamente y le sentó bien la validación que representaban. Al final de la jornada, su puntuación era 98. Le llegaron mensajes de felicitación de Jared, Dan y Annie. A continuación una serie de zings, anunciando y celebrando lo que Annie llamó «la puntuación más alta de ningún novato en EdC de todos los tiempos. Chupaos esa».

 

Al llegar a su primer viernes, Mae ya había atendido a 436 clientes y se sabía de memoria las respuestas genéricas. Ya no la sorprendía nada, aunque la variedad de clientes y de sus negocios era mareante. El Círculo estaba en todas partes, y aunque hacía años que ella lo sabía, de forma intuitiva, oírlo ahora de boca de aquella gente, de aquellas empresas que contaban con que el Círculo publicitara sus productos, rastreara su impacto digital y averiguara quién estaba comprando sus artículos y cuándo, le confería a todo un nivel de realidad muy distinto. Ahora Mae tenía contacto con clientes de Clinton, Luisiana, y Putney, Vermont; de Marmaris, Turquía, de Melbourne, Glasgow y Kioto. Todos eran invariablemente educados en sus consultas —un legado de TruYou— y amables con sus puntuaciones.

A media mañana de aquel viernes, su promedio semanal era 97 y le estaban llegando aprobaciones de todos los miembros del Círculo. El trabajo era exigente y el flujo no se detenía, pero había la suficiente variación, y la validación era lo bastante frecuente, como para que ella se adaptara a un ritmo cómodo.

Y justo cuando estaba a punto de contestar otra consulta le llegó un mensaje de texto por el teléfono. Era de Annie: «Come conmigo, mema».

Se sentaron en una loma baja, con dos ensaladas entre ellas y el sol haciendo apariciones intermitentes desde detrás de las lentas nubes. Mae y Annie contemplaron a un trío de jóvenes, pálidos y vestidos como ingenieros, que intentaban pasarse un balón de fútbol americano.

—O sea que ya eres una estrella. Me siento como una mamá orgullosa.

Mae negó con la cabeza.

—No lo soy para nada. Me queda mucho que aprender.

—Claro que sí. Pero ¿un 97 hasta ahora? Es una locura. La primera semana yo no subí de 95. Tienes un talento natural.

Un par de sombras oscurecieron su almuerzo.

—¿Podemos conocer a la novata?

Mae levantó la vista, protegiéndose los ojos del sol.

—Claro —dijo Annie.

Las sombras se sentaron. Annie los señaló con el tenedor.

—Estos son Sabine y Josef.

Mae les estrechó la mano. Sabine era rubia, robusta y tenía los ojos entornados. Josef era flaco, pálido y tenía unos dientes cómicamente mal puestos.

—¡Ya me está mirando los dientes! —se lamentó, señalando a Mae—. ¡Los estadounidenses estáis obsesionados! Me siento como un caballo en una subasta.

—Pero es que los tienes realmente mal puestos —dijo Annie—. Y aquí tenemos un plan dental buenísimo.

Josef abrió el envoltorio de un burrito.

—Creo que mis dientes ofrecen un respiro necesario en medio de la extraña perfección de los dientes de todos los demás.

Annie inclinó la cabeza para examinarlo.

—Pues yo creo que te los deberías arreglar. Si no por ti, al menos por la moral de la empresa. Le provocas pesadillas a la gente.

Josef hizo un mohín teatral con la boca llena de carne asada. Annie le dio unos golpecitos en el brazo.

Sabine se giró hacia Mae.

—¿O sea que estás en Experiencia del Cliente?

Mae se fijó en que Sabine llevaba tatuado en el brazo el símbolo del infinito.

—Pues sí. Llevo una semana.

—He visto que de momento lo estás haciendo muy bien. Yo también empecé ahí. Casi todo el mundo.

—Y Sabine es bioquímica —añadió Annie.

Mae se quedó sorprendida.

—¿Eres bioquímica?

—Eso mismo.

Mae no tenía ni idea de que en el Círculo trabajaran bioquímicos.

—¿Y te puedo preguntar en qué estás trabajando?

—¿Si lo puedes preguntar? —Sabine sonrió—. Claro que lo puedes preguntar. Pero yo no tengo por qué contestarte.

Todo el mundo soltó un suspiro, pero Sabine se detuvo.

—En serio, no te lo puedo contar. Al menos de momento. En general trabajo en cosas relacionadas con el aspecto biométrico. Ya sabes, escaneo de iris y reconocimiento facial. Ahora mismo, sin embargo, estoy con algo nuevo. Aunque me gustaría…

Annie clavó en Sabine una mirada suplicante, destinada a hacerla callar. Sabine se llenó la boca de lechuga.

—En fin —dijo Annie—, Josef trabaja en Acceso a la Educación. Está intentando introducir tablets en las escuelas que ahora mismo no se las pueden permitir. Es un buenista. También es amigo de tu nuevo amigo, Garbanzo.

—Garaventa —la corrigió Mae.

—Ah, conque te acuerdas. ¿Y lo has vuelto a ver?

—Esta semana no. He estado demasiado ocupada.

Josef se quedó boquiabierto. Acababa de caer en la cuenta de algo.

—¿Tú eres Mae?

Annie hizo una mueca.

—Ya lo hemos dicho. Claro que es Mae.

—Lo siento. No lo había oído bien. Ahora sé quién eres.

Annie soltó un resoplido burlón.

—¿Qué pasa, que os habéis estado contando todos los chismes de la gran noche de Francis? ¿Él ha estado escribiendo el nombre de Mae en su cuaderno, rodeado de corazoncitos?

Josef tomó aire con gesto indulgente.

—Pues no, solo me ha contado que había conocido a una chica muy maja y que se llamaba Mae.

—Qué tierno —dijo Sabine.

—Resulta que Francis le dijo que estaba en el equipo de seguridad —dijo Annie —. ¿Por qué iba a decirle eso, Josef?

—Eso no es lo que dijo —protestó Mae—. Ya te lo he contado.

No pareció que a Annie le importara aquello.

—Bueno, supongo que se puede considerar seguridad. Trabaja en seguridad infantil. Él es básicamente el núcleo de todo un programa destinado a prevenir los secuestros. Y es capaz de hacerlo.

Sabine, con la boca llena otra vez, estaba asintiendo vigorosamente con la cabeza.

—Claro que lo hará —dijo, escupiendo trocitos de ensalada con vinagreta—. Ya está hecho.

—¿El qué? —preguntó Mae—. ¿Evitar todos los secuestros?

—Podría —dijo Josef—. No le falta motivación.

A Annie se le abrieron mucho los ojos.

—¿Te habló de sus hermanas?

Mae negó con la cabeza.

—No, no me dijo que tuviera hermanos ni hermanas. ¿Qué pasa con ellas?

Los tres circulistas se miraron entre ellos, como intentando evaluar si la situación permitía contar aquella historia.

—Es una historia espantosa —dijo Annie—. Sus padres eran unos perdidos. Creo que en la familia había unas cuatro o cinco criaturas, y Francis era el más pequeño o el segundo más pequeño. En fin, el padre acabó en la cárcel y la madre le daba a las drogas, o sea que a los críos los acabaron mandando a sitios distintos. Creo que uno se fue con sus tíos, y a sus dos hermanas las mandaron a un hogar de acogida, que fue donde las secuestraron. Creo que no se llegó a saber si las habían… ya sabes, regalado o vendido a los asesinos.

—¿A los qué? —Mae se había quedado aturdida.

—Joder, las violaron y las metieron en armarios y luego tiraron sus cuerpos en una especie de silo para misiles abandonado. O sea, es la historia más espantosa de todos los tiempos. Él nos la contó a unos cuantos cuando estaba intentando vender su programa de seguridad infantil. Joder, mírate la cara. No te lo tendría que haber contado.

Mae no podía hablar.

—Es importante que lo sepas —dijo Josef—. Por eso Francis está tan entregado a la causa. O sea, su plan eliminaría en gran medida la posibilidad de que volviera a pasar algo parecido. Espera. ¿Qué hora es?

Annie miró su teléfono.

—Tienes razón. Toca largarse. Bailey va a hacer una presentación. Ya deberíamos estar en el Gran Salón.

 

El Gran Salón estaba en la Ilustración, y cuando entraron en aquel recinto gigantesco con 3.500 localidades, decorado con maderas cálidas y acero pulido, el lugar bullía de expectación. Mae y Annie encontraron uno de los últimos pares de asientos libres de la segunda galería y se sentaron.

—Lleva apenas unos meses terminado —dijo Annie—. Cuarenta y cinco millones de dólares. Bailey se inspiró para las bandas en el Duomo de Siena. Bonito, ¿verdad?

La atención de Mae se vio captada por el escenario, donde acababa de aparecer un hombre caminando hacia un estrado de metacrilato, en medio de un estruendo de aplausos. Era un hombre alto de unos cuarenta y cinco años, panzudo pero con aspecto saludable, vestido con vaqueros y jersey de pico azul. No había ningún micrófono a la vista, pero cuando se puso a hablar, su voz se oyó amplificada y clara.

—Hola a todos. Me llamo Eamon Bailey —dijo, entre otra salva de aplausos que él se apresuró a acallar—. Gracias. Me alegro mucho de veros a todos. Unos cuantos de vosotros habéis llegado a la empresa después de mi última presentación, ya hace un mes. ¿Podéis poneros de pie los novatos?

Annie le dio un codazo a Mae. Mae se puso de pie y escrutó el auditorio, donde había otras sesenta personas de pie, la mayoría de la edad de ella, todas con aspecto tímido y todas discretamente elegantes. Entre todas representaban hasta la última raza y etnia del mundo, y gracias a los esfuerzos que hacía el Círculo para obtener permisos para trabajadores extranjeros, también había un espectro asombroso de naciones de origen. El aplauso del resto de los circulistas fue estridente y se entremezclaba con vítores aquí y allí. Mae se sentó.

—Estás muy mona cuando te sonrojas —le dijo Annie.

Mae se hundió en su asiento.

—Novatos —dijo Bailey—, os espera algo especial. Esto se llama el Viernes de los Sueños, y nos sirve para presentar cosas en las que estamos trabajando. A menudo las presenta alguno de nuestros ingenieros, diseñadores o visionarios, y otras veces yo en solitario. Y hoy, para bien o para mal, me toca solo a mí. Y por eso me disculpo de antemano.

—¡Te queremos, Eamon! —dijo una voz del público.

Se oyeron risas.

—Vaya, gracias —dijo él—. Yo también os quiero. Os quiero como la hierba ama al rocío y como los pájaros aman una rama.

Hizo una breve pausa que permitió a Mae recobrar el aliento. Ella había visto aquellas charlas en internet, pero el hecho de estar allí en persona, viendo cómo trabajaba la mente de Bailey y oyendo su elocuencia improvisada, superaba a todo lo que se hubiera podido imaginar. ¿Cómo debía de ser, pensó ella, ser alguien así, tan elocuente e inspirador, y sentirse tan cómodo delante de miles de personas?

—Sí —continuó—. Ya ha pasado un mes desde la última vez que me subí a este escenario, y sé que mis sustitutos no han resultado satisfactorios. Lamento haberos privado de mí mismo. Soy consciente de que no hay sustituto posible. —El chiste arrancó risas por el auditorio—. Y sé que muchos os habéis estado preguntando dónde coño me había metido.

Una voz procedente del frente de la sala gritó «¡Haciendo surf!», y la sala entera se rio.

—Bueno, es verdad. He hecho un poco de surf, y en parte es de eso de lo que os quiero hablar. Me encanta el surf, pero cuando lo quiero practicar necesito saber primero el estado de las olas. A ver, antaño te levantabas y llamabas a tu tienda de surf y les preguntabas qué tal las olas. Hasta que ellos dejaban de cogerte el teléfono.

Del contingente de más edad de la sala vinieron risas de complicidad.

—Cuando proliferaron los móviles, podías llamar a tus colegas que llegaban a la playa antes que tú. Pero también ellos dejaron de cogerte el teléfono.

Otra risotada del público.

—Ahora en serio. No es nada práctico hacer doce llamadas cada mañana, y además, ¿se puede confiar en lo que opina otro de las condiciones del mar? Con las escasas olas que tenemos por aquí, los surfistas no quieren compartirlas con más gente. Luego llegó internet y empezaron a aparecer genios que ponían cámaras en las playas. Podíamos conectarnos y ver imágenes de muy baja calidad de las olas de Stinton Beach. ¡Era casi peor que llamar a las tiendas de surf! La tecnología era bastante primitiva. La tecnología de streaming lo sigue siendo. O lo era. Hasta ahora.

Por detrás de él descendió una pantalla.

—Fijaos. Así era como se veía la cosa.

En pantalla apareció un navegador estándar de internet, y una mano invisible tecleó en la casilla del URL la dirección de una página web llamada SurfSight. Apareció una página mal diseñada, con la imagen diminuta en streaming de una playa en el centro. Estaba pixelada e iba cómicamente despacio. Se oyeron risitas ahogadas entre el público.

—Casi inservible, ¿verdad? Pues bueno, como sabemos, el streaming de vídeo ha mejorado bastante en los últimos años. Pero sigue siendo más lento que la vida real, y la calidad de pantalla es bastante decepcionante. Así pues, hemos dedicado el último año a resolver, creo yo, los problemas de calidad. Volvamos a cargar esa página para mostrarla con la nueva calidad de vídeo.

Se volvió a cargar la página y la playa apareció a pantalla completa y con una resolución perfecta. Hubo exclamaciones de admiración por toda la sala.

—Pues sí, son imágenes de vídeo en directo de Stinson Beach. Se trata de Stinson en este mismo momento. Se ve bastante bien, ¿eh? ¡Tal vez debería estar allí, en lugar de aquí plantado con vosotros!

Annie se inclinó hacia Mae.

—Lo que viene ahora es increíble. Fíjate.

—Veo que muchos de vosotros seguís sin estar muy impresionados. Ya sabemos que hay muchos aparatos que pueden producir streaming de vídeo en alta resolución, y muchas de vuestras tablets y teléfonos ya los soportan. Pero esto que os traigo hoy tiene un par de aspectos nuevos. El primero es cómo estamos obteniendo esta imagen. ¿Acaso os sorprendería enteraros de que la imagen no viene de una cámara grande, sino de una de estas?

Les mostró un aparatito del tamaño de una piruleta y con la misma forma.

—Esto es una cámara de vídeo, y es el modelo exacto que está generando esta calidad increíble de imagen. Una calidad de imagen que resiste este nivel de ampliación. De manera que ese es el primer aspecto fantástico. El hecho de que ya podemos conseguir calidad de resolución de alta definición con una cámara del tamaño de un pulgar. Bueno, de un pulgar muy grande. Y el segundo aspecto fabuloso es que, como podéis ver, esta cámara no necesita cables. Está transmitiendo la imagen vía satélite.

Una salva de aplausos hizo temblar la sala.

—Esperad. ¿Os he dicho que funciona con una batería de litio que dura dos años? ¿No? Pues así es. Y nos falta un año para conseguir un modelo totalmente alimentado por energía solar. Y es sumergible, resistente a la arena, al viento, a los animales, a los insectos y a todo.

Más aplausos se adueñaron de la sala.

—Así pues, esta mañana he instalado esa cámara. La he pegado con cinta adhesiva a una estaca y he clavado la estaca en la arena, en las dunas, sin permiso ni nada. De hecho, nadie sabe que está ahí. Pero, bueno, como iba diciendo, esta mañana la he encendido, me he vuelto en coche a la oficina, he accedido a la Cámara Uno de Stinson Beach y he recibido esta imagen. No está mal. Pero eso no es todo, ni mucho menos. La verdad es que esta mañana he estado muy ocupado. He ido con el coche y he puesto otra en Rodeo Beach.

La imagen original de Stinson Beach se encogió y se desplazó a un rincón de la pantalla. Emergió otra ventana que mostraba las olas de Rodeo Beach, situada a unos kilómetros de la primera, en la costa del Pacífico.

—Y ahora Montara. Y Ocean Beach. Fort Point.

Con cada playa que Bailey mencionaba aparecía otra imagen en directo. Por fin quedó en pantalla un mosaico de imágenes que mostraba seis playas, todas en directo, visibles con una claridad perfecta y colores brillantes.

—Y acordaos: estas cámaras no las ve nadie. Las he escondido bastante bien. A una persona normal le parecen simples hierbas, o alguna clase de palo. Lo que sea. Pasan desapercibidas. Así pues, durante unas cuantas horas de esta mañana me he dedicado a instalar señales de vídeo de una claridad diáfana en seis ubicaciones que me ayudarán a decidir cómo planificar mi jornada. Y toda nuestra tarea consiste en averiguar lo que antes no sabíamos, ¿verdad?

Varias cabezas asintieron. Se oyeron unos cuantos aplausos.

—Vale, pues, a ver, muchos estáis pensando: Vaya, esto no es más que televisión de circuito cerrado cruzada con tecnología de streaming, satélites y tal. Vale. Pero, como sabéis, a una persona normal y corriente le resultaría prohibitivamente caro hacer esto con la tecnología existente. Pero ¿qué pasaría si todo esto fuera accesible y económicamente estuviera al alcance de todo el mundo? Amigos, estamos planteándonos vender estas cámaras… bueno, en unos meses… a cincuenta y nueve dólares cada una.

Bailey sostuvo con el brazo extendido la cámara de piruleta y se la lanzó a alguien que estaba en primera fila. La mujer que la cazó al vuelo la sostuvo en alto, se giró hacia el público y sonrió entusiasmada.

—Podéis comprar diez por Navidad y eso os dará acceso constante a todos los sitios donde queráis estar: a la casa, al trabajo y a las condiciones del tráfico. Y las puede instalar cualquiera. Se tarda cinco minutos como mucho. ¡Pensad en las implicaciones!

La pantalla que tenía detrás se vació, las playas desaparecieron y apareció un mosaico de imágenes nuevo.

—Esta es la vista desde mi jardín de atrás —dijo, revelando las imágenes en directo de un jardín pulcro y modesto—. Este es mi jardín delantero. Mi aparcamiento. Esta la he puesto en una colina que domina la carretera 101 y que tiene mucho tráfico en hora punta. Esta otra la he puesto cerca de mi puesto de aparcamiento, para asegurarme de que nadie me lo ocupa.

Pronto la pantalla mostró dieciséis imágenes distintas, todas retransmitidas en directo.

—A ver, estas son únicamente mis cámaras. Para acceder a ellas solo tengo que teclear «Cámara 1, 2, 3, 12», la que sea. Fácil. Pero ¿y si queremos compartirlas? O sea, ¿qué pasa si mi colega tiene colocadas unas cuantas cámaras y me quiere dar acceso a ellas?

De golpe el mosaico de la pantalla se multiplicó, pasando de dieciséis ventanas a treinta y dos.

—Estas son las pantallas de Lionel Fitzpatrick. A él lo que le gusta es esquiar, por eso ha instalado las cámaras para que le enseñen el estado de la nieve en doce ubicaciones repartidas por todo Tahoe.

Aparecieron doce imágenes en directo de montañas de cimas blancas, valles de color azul helado y riscos coronados por coníferas de color verde oscuro.

—Lionel puede darme acceso a la cámara que él quiera. Es como cuando mandabas una petición de amistad a alguien, pero ahora además tienes acceso a sus señales de vídeo en directo. Olvidaos del cable. Olvidaos de tener quinientos canales. Si tenéis mil amigos, y cada uno tiene diez cámaras, ahora tenéis diez mil opciones de vídeo en directo. Si tenéis cinco mil amigos, tenéis cincuenta mil opciones. Y pronto podréis conectaros con millones de cámaras de todo el mundo. ¡Volved a imaginaros lo que eso implica!

La pantalla se atomizó en un millar de minipantallas. Playas, montañas, lagos, ciudades, oficinas, salas de estar. La multitud prorrumpió en aplausos fervorosos. Por fin la pantalla fundió a negro, y del negro emergió un símbolo de la paz, en blanco.

—Imaginaos ahora lo que esto implica en el ámbito de los derechos humanos. La gente que protesta en las calles de Egipto ya no necesitará llevar una cámara en la mano para ver si capta alguna violación de los derechos humanos o un asesinato y luego se las apaña para sacar la grabación de las calles y la cuelga en la red. Ahora basta con pegar una cámara con cola a una pared. Y, de hecho, eso es justamente lo que hemos hecho.

Un silencio asombrado se adueñó del público.

—Veamos la cámara 8, que está en El Cairo.

Apareció un plano en directo de una escena callejera. Había pancartas tiradas por la calle y una pareja de policías antidisturbios de pie a lo lejos.

—Ellos no saben que los estamos viendo, y sin embargo los vemos. El mundo está mirando. Y escuchando. Subid el audio.

De pronto el público del auditorio pudo oír claramente una conversación en árabe entre los peatones que pasaban cerca de la cámara sin darse cuenta.

—Y, por supuesto, la mayoría de las cámaras se pueden manipular manualmente o por medio de reconocimiento de voz. Mirad esto: cámara 8, gira a la izquierda. — En la pantalla, la perspectiva que tenía la cámara de la calle de El Cairo trazó una panorámica hacia la izquierda—. Ahora a la derecha.

Panorámica a la derecha. Bailey demostró cómo la cámara se movía hacia arriba, hacia abajo y en diagonal, todo con una fluidez notable.

El público volvió a aplaudir.

—Acordaos de que son cámaras baratas, fáciles de esconder y no necesitan cables. De manera que no nos ha costado nada colocarlas por todas partes. Ahora veamos Tahrir.

Exclamaciones ahogadas del público. En pantalla apareció un plano en directo de la plaza Tahrir, la cuna de la revolución egipcia.

—Hemos hecho que nuestra gente en El Cairo se pasara esta última semana poniendo cámaras. Son tan pequeñas que el ejército no las puede encontrar. ¡No saben ni dónde buscarlas! Enseñemos el resto de las cámaras. Cámara 2. Cámara 3. Cuatro. Cinco. Seis.

Ahora había seis planos de la plaza, todos tan nítidos que se podía ver el sudor de las caras y se podían leer fácilmente las identificaciones de los soldados.

—Ahora de la 7 a la 50.

Apareció un mosaico de cincuenta imágenes que parecían cubrir todo el espacio público. El auditorio volvió a bramar. Bailey levantó las manos, como diciendo: «Todavía no. Hay mucho más».

—Ahora la plaza está en calma, pero ¿os imagináis que pasara algo? Los responsables quedarían en evidencia al instante. Cualquier soldado que cometiera un acto de violencia quedaría grabado instantáneamente para la posteridad. Se los podría juzgar por crímenes de guerra o lo que fuera. Y aunque vaciaran la plaza de periodistas, las cámaras seguirían allí. Y daría igual cuántas veces intentaran suprimir las cámaras, porque son tan pequeñas que nunca averiguarían a ciencia cierta dónde están ni quién las ha colocado ni cuándo. Y el hecho de no saberlo impediría abusos de poder. A cualquier soldado le preocupará la posibilidad de que lo graben una docena de cámaras para la posteridad arrastrando a una mujer por la calle. Y hará bien en preocuparse. Hará bien en preocuparse de estas cámaras. Hará bien en preocuparse de SeeChange. Que es como las llamamos.

Hubo una ráfaga de aplausos, que creció a medida que el público entendía el doble sentido de las palabras del nombre.

—¿Os gusta? —dijo Bailey—. Vale, pues esto no solo se aplica a las regiones con tumultos sociales. Imaginaos cualquier ciudad que recibiera esta cobertura. ¿Quién cometería un delito sabiendo que lo pueden ver en cualquier momento y en cualquier parte? Mis amigos del FBI creen que esto reduciría los índices de criminalidad en un setenta o un ochenta por ciento en cualquier ciudad donde tuviéramos una saturación real e importante de cobertura.

El aplauso arreció.

—Pero de momento regresemos a los lugares del mundo donde necesitamos más transparencia y casi nunca la conseguimos. Aquí tenéis un montaje de lugares del mundo donde hemos puesto cámaras. Imaginaos ahora el impacto que habrían tenido estas cámaras en el pasado, y el que tendrán en el futuro si se repiten los problemas. Aquí hay cincuenta cámaras puestas en la plaza de Tiananmen.

La pantalla se llenó de planos en directo de la plaza y el público volvió a estallar en aplausos. Bailey continuó revelando su cobertura de una docena de regímenes autoritarios, desde Jartum hasta Pyongyang, cuyas autoridades no tenían ni idea de que estaban siendo observadas por tres mil circulistas en California. De hecho, no tenían ni idea de que podían ser observadas, de que aquella tecnología era posible o lo iba a ser algún día.

Bailey volvió a vaciar la pantalla y caminó en dirección al público.

—Vosotros me entendéis, ¿verdad? En esta clase de situaciones estoy de acuerdo con La Haya y con los activistas en favor de los derechos humanos de todo el mundo. Los culpables tienen que rendir cuentas. Los tiranos ya no pueden seguir escondiéndose. Hace falta documentar las cosas y pedir cuentas, y así se hará, y nosotros necesitamos ser testigos. Y a este fin, yo insisto en que se sepa todo lo que sucede.

Sus palabras aparecieron en la pantalla.

QUE SE SEPA TODO LO QUE SUCEDE.

—Amigos, estamos en el amanecer de la Segunda Ilustración. Y no estoy hablando de construir un edificio nuevo en el campus. Estoy hablando de una época en que dejemos de permitir que la mayoría de los pensamientos, actos, logros y descubrimientos humanos se pierdan como el agua de una gotera. Ya permitimos que sucediera una vez. Aquello se llamó la Edad Media, la Edad de las Tinieblas. Si no fuera por los monjes, se habrían perdido todos los descubrimientos del mundo. Pues bueno, vivimos en una época parecida, en la que nos dedicamos a perder una gran parte de lo que hacemos, vemos y aprendemos. Pero no tiene por qué ser así. Gracias a estas cámaras y a la misión del Círculo.

Se giró una vez más hacia la pantalla y leyó su mensaje, invitando al público a que se lo aprendiera de memoria.

QUE SE SEPA TODO LO QUE SUCEDE.

Se volvió una vez más hacia el público y sonrió.

—Vale, ahora quiero llevarme esta cuestión a casa. Mi madre tiene ochenta y un años. Ya no se desplaza con la misma facilidad que antes. Hace un año se cayó y se rompió la cadera, y desde entonces me preocupa su estado. Le pedí que instalara unas cuantas cámaras de seguridad para que yo pudiera acceder a ellas por circuito cerrado, pero se negó. Ahora, en cambio, estoy tranquilo. El fin de semana pasado, mientras ella estaba echando la siesta…

Una risotada se elevó del público.

—¡Perdonadme! ¡Perdonadme! —dijo—. No tuve elección. Ella no me dejó alternativa. Así que entré con sigilo y le instalé cámaras en todas las habitaciones. Son tan pequeñas que no llegará a darse cuenta nunca. Os lo enseño ahora mismo. ¿Podemos poner las cámaras 1 a 5 de la casa de mi madre?

Apareció un mosaico de imágenes, entre ellas la de su madre, que iba arrastrando los pies por un pasillo con mucha luz y envuelta en una toalla. Estallaron las carcajadas.

—Ay. Quitemos esa. —La imagen desapareció—. En todo caso, lo importante es que yo sé que ella está bien, y eso me infunde una sensación de paz. Como todos sabemos aquí en el Círculo, la transparencia genera tranquilidad. Ya no tengo que preguntarme: «¿Cómo está mi madre?». Y ya no tengo que preguntarme: «¿Qué está pasando en Birmania?».

»Estamos fabricando millones de unidades de este modelo, y yo vaticino que dentro de un año tendremos a nuestro alcance un millón de señales de streaming en vivo. Habrá muy pocas zonas pobladas a las que no tengamos acceso por medio de nuestras pantallas portátiles.

El público volvió a bramar. Alguien gritó:

—¡Lo queremos ya!

Bailey continuó:

—En lugar de buscar en internet para encontrar unos vídeos editados y de calidad terrible, ahora iréis a SeeChange y teclearéis «Birmania». O bien teclearéis el nombre de vuestro novio del instituto. Lo más probable es que alguien haya puesto una cámara cerca, ¿verdad? ¿Por qué no se iba a ver recompensada vuestra curiosidad sobre el mundo? ¿Queréis ver Fiyi pero no podéis ir? SeeChange. Es la transparencia suprema. Sin filtros. Verlo todo. Siempre.

Mae se inclinó hacia Annie.

—Esto es increíble.

—¿Verdad que sí? —le dijo Annie.

—Pero a ver, ¿estas cámaras tienen que ser estacionarias? —dijo Bailey, levantando un dedo con gesto de reprimenda—. Claro que no. Resulta que ahora mismo tengo a una docena de ayudantes por todo el mundo que llevan las cámaras al cuello. Vamos a visitarlos, ¿de acuerdo? ¿Me podéis poner la cámara de Danny?

En pantalla apareció una imagen de Machu Picchu. Parecía una postal, una simple vista desde lo alto de las ruinas vetustas. De pronto empezó a moverse, en dirección al yacimiento. La multitud ahogó una exclamación y a continuación prorrumpió en vítores.

—Son imágenes en directo, aunque supongo que es obvio. Hola, Danny. Ahora vamos con Sarah, que está en el monte Kenia. —En la pantalla gigante apareció otra imagen, esta de los yacimientos de pizarra de las alturas de la montaña—. ¿Puedes indicarnos la dirección del pico, Sarah? —La cámara trazó una panorámica ascendente, revelando la cúspide de la montaña, envuelta en nieblas—. Fijaos, esto abre la posibilidad de tener sustitutos visuales. Imaginaos que yo estoy enfermo en cama, o que estoy demasiado mal de salud como para explorar la montaña en persona. Así que mando a alguien ahí arriba con una cámara al cuello y así lo puedo experimentar todo a tiempo real. Hagámoslo en unos cuantos lugares más.

Presentó imágenes en directo de París, de Kuala Lumpur y de un pub de Londres.

—Ahora experimentemos un poco, usándolo todo junto. Yo estoy sentado en casa. Me conecto y quiero ver qué tal está el mundo. Enséñame el tráfico de la 101. Las calles de Yakarta. Gente haciendo surf en Bolinas. La casa de mi madre. Enséñame las webcams de todos mis compañeros del instituto.

Con cada una de sus órdenes fueron apareciendo imágenes nuevas, hasta que en pantalla hubo un centenar de imágenes simultáneas de streaming en directo.

—Nos volveremos seres omniscientes que lo ven todo.

Ahora el público estaba de pie. Los aplausos retumbaron por la sala. Mae apoyó la cabeza en el hombro de Annie.

—Que se sepa todo lo que sucede —susurró Annie.

 

—Estás radiante.

—De verdad.

—No estoy radiante.

—Parece que estés en estado.

—Ya te había entendido. Para.

El padre de Mae extendió el brazo por encima de la mesa y le cogió la mano. Era sábado y sus padres la habían sacado a cenar para celebrar su primera semana en el Círculo. Siempre estaban con sensiblerías de aquel estilo, por lo menos últimamente. Cuando ella era niña, hija única de una pareja que durante mucho tiempo se había planteado no tener hijos, su vida familiar había sido más complicada. Durante la semana, a su padre apenas se lo veía por casa. Era conserje de un edificio del parque de oficinas de Fresno, trabajaba catorce horas diarias y le dejaba todas las tareas domésticas a su madre, que trabajaba tres turnos semanales en el restaurante de un hotel y reaccionaba a toda aquella presión con un mal genio explosivo, dirigido casi siempre a Mae. Cuando Mae tenía diez años, sin embargo, sus padres anunciaron que habían comprado un aparcamiento de dos plantas cerca del centro de Fresno y se pasaron los años siguientes turnándose para trabajar en él. A Mae le resultaba humillante que los padres de sus amigos le dijeran: «Eh, he visto a tu madre en el aparcamiento». O bien: «Dale las gracias otra vez a tu padre por no cobrarme el otro día», pero sus finanzas no tardaron en estabilizarse y la familia pudo contratar a un par de empleados para hacer algunos turnos en su lugar. Y en cuanto sus padres se pudieron tomar días libres, y planear las cosas con más de unos meses de antelación, se amansaron y se convirtieron en una pareja madura de lo más tranquila y exasperantemente tierna. Fue como si, en el curso de un año, pasaran de ser los típicos padres jóvenes y agobiados a ser unos abuelos reposados, afables y sumidos en la inopia total acerca de lo que quería su hija. Al graduarse ella de la escuela de secundaria, se la llevaron en coche a Disneyland, sin entender del todo que ya era demasiado mayor, y que el hecho de ir allí sola —o con dos adultos, que en la práctica era como ir sola— se contradecía con la idea misma de la diversión. Sin embargo, lo hicieron con tan buena intención que ella no pudo negarse, y al final se divirtieron de una forma mecánica que ella no sabía que fuera posible con los padres de una. Cualquier resto de resentimiento que ella les pudiera tener por las incertidumbres emocionales de los años pasados era sofocado por las constantes aguas frías de las postrimerías de la mediana edad de ellos.

Y ahora habían venido en coche hasta la bahía, para pasar el fin de semana en el hostal más barato que habían podido encontrar, que estaba a veinticinco kilómetros del Círculo y tenía pinta de casa encantada. Acababan de salir a cenar a un restaurante falsamente elegante del que los dos habían oído hablar, y si alguien resplandecía allí eran ellos. Estaban radiantes.

—¿Y qué? ¿Ha sido fantástico? —le preguntó su madre.

—Pues sí.

—Lo sabía.

Su madre se reclinó en su asiento y se cruzó de brazos.

—No quiero trabajar nunca más en otra parte —dijo Mae.

—Qué alivio —dijo su padre—. Nosotros tampoco queremos que trabajes en otra parte.

Su madre se inclinó de golpe hacia delante y cogió a Mae del brazo.

—Se lo he dicho a la madre de Karolina. Ya la conoces. —Arrugó la nariz, que era lo más parecido a un insulto de que ella era capaz—. Me puso una cara como si le acabaran de meter una estaca afilada por el trasero. Temblaba de envidia.

—Mamá…

—Dejé caer tu sueldo.

—¡Mamá!

—Me limité a decirle: «Espero que pueda salir adelante con un sueldo de sesenta mil dólares».

—No me puedo creer que le hayas dicho eso.

—Es verdad, ¿no?

—En realidad son sesenta y dos mil.

—Ay, caray. Voy a tener que llamarla.

—Ni se te ocurra.

—Vale, no la llamaré. Pero está siendo divertidísimo. Me limito a dejarlo caer en las conversaciones. Mi hija está en la empresa más codiciada del planeta y tiene cobertura total.

—No lo hagas, por favor. Simplemente he tenido suerte. Y Annie…

Su padre se inclinó hacia delante.

—¿Cómo está Annie?

—Bien.

—Dile que la queremos.

—Se lo diré.

—¿No ha podido venir esta noche?

—No. Estaba ocupada.

—Pero ¿la has invitado?

—Sí. Os manda un saludo. Pero trabaja mucho.

—¿A qué se dedica exactamente? —le preguntó su madre.

—Pues, de hecho, a todo —dijo Mae—. Está en la Banda de los 40. Participa en todas las grandes decisiones. Creo que su especialidad es tratar con los problemas de regulación en otros países.

—Estoy segura de que tiene un montón de responsabilidad.

—¡Y acciones! —dijo su padre—. No me puedo ni imaginar la fortuna que debe de tener.

—Papá… Deja de imaginarte esas cosas.

—¿Por qué trabaja, con todas las acciones que tiene? Yo estaría en una playa. Tendría un harén.

La madre de Mae le puso una mano sobre la suya.

—Vinnie, para ya. —Luego le dijo a Mae—: Espero que tenga tiempo de disfrutarlo.

—Lo tiene —dijo Mae—. Seguramente ahora mismo estará en una fiesta que hay en el campus.

Su padre sonrió.

—Me encanta que lo llaméis «campus». Mola mucho. Nosotros a esos sitios los llamábamos «la oficina».

La madre de Mae puso cara preocupada.

—¿Una fiesta, Mae? ¿Y tú no querías ir?

—Sí, pero quería veros a vosotros. Y fiestas hay muchas.

—¡Pero si es tu primera semana! —Su madre parecía afligida—. Tal vez deberías haber ido. Ahora me siento mal. No te hemos dejado ir.

—Creedme. Montan fiestas día sí y día no. Son una gente muy sociable. No pasa nada.

—No estarás parando para almorzar todavía, ¿verdad? —le preguntó su madre.

Le había dicho exactamente lo mismo cuando Mae había empezado a trabajar para el municipio: que la primera semana no hay que parar a la hora del almuerzo. Queda mal.

—No te preocupes —dijo Mae—. Ni siquiera he usado el cuarto de baño.

Su madre puso los ojos en blanco.

—En fin, déjame que te diga lo orgullosa que estoy. Te queremos.

—Y a Annie —dijo su padre.

—Eso. Os queremos a ti y a Annie.

Comieron deprisa, conscientes de que el padre de Mae se cansaría pronto. Había insistido él en salir a cenar, aunque en su pueblo ya no lo hacía casi nunca. Su fatiga era constante, y podía presentarse de pronto y con intensidad, llevándolo casi al colapso. Cuando hacían una escapada como aquella, era importante estar preparados para retirarse deprisa, y lo hicieron antes del postre. Mae los acompañó a su habitación, y allí, entre las docenas de muñecas que tenían los propietarios del hostal, desperdigadas por la habitación y mirándolos, Mae y sus padres tuvieron ocasión de relajarse sin miedo a lo que pudiera pasar. Mae todavía no se había acostumbrado al hecho de que su padre tuviera esclerosis múltiple. Solo hacía dos años que se la habían diagnosticado, aunque los síntomas llevaban años siendo visibles. Había empezado arrastrando las palabras, luego intentaba coger cosas y su brazo pasaba de largo y por fin se había caído dos veces en el vestíbulo de su casa al intentar llegar a la puerta. De manera que habían vendido el aparcamiento, habían sacado una suma decente y ahora dedicaban su tiempo a gestionar el tratamiento médico, lo cual implicaba por lo menos unas horas diarias estudiando facturas médicas y batallando con la aseguradora.

—Ah, el otro día vimos a Mercer —dijo su madre, y su padre sonrió.

Mercer era uno de los ex novios de Mae, uno de los cuatro novios serios que había tenido en el instituto y en la universidad. Por lo que respectaba a sus padres, sin embargo, era el único que contaba, o por lo menos el único al que ellos tenían en cuenta y recordaban. También se debía en parte al hecho de que seguía viviendo en el pueblo.

—Qué bien —dijo Mae, deseosa de atajar aquel derrotero de la conversación—. ¿Sigue haciendo lámparas de brazos con astas de ciervo?

—No te pases —dijo su padre, captando el retintín de ella—. Tiene su propio negocio. Y no es que él se jacte, pero parece que le va muy bien.

Mae sintió la necesidad de cambiar de tema.

—De momento llevo un promedio de 97 —les dijo—. Dicen que para una novata es un récord.

La expresión de las caras de sus padres fue de perplejidad. Su padre parpadeó lentamente. No tenían ni idea de a qué se refería.

—¿Eso qué es, cielo?

Mae lo dejó correr. En cuanto había oído salir las palabras de su boca, se había dado cuenta de que el comentario sería demasiado largo de explicar.

—¿Cómo van las cosas con la aseguradora? —preguntó, y se arrepintió al instante.

¿Por qué hacía aquella clase de preguntas? Ahora la respuesta se tragaría la noche entera.

—Mal —dijo su madre—. No sé. Tenemos la póliza equivocada. O sea, no quieren asegurar a tu padre, así de claro, y parece que están haciendo todo lo que pueden para que nos marchemos. Pero ¿cómo nos vamos a marchar? No tenemos a donde ir.

Su padre se incorporó hasta sentarse.

—Cuéntale lo de la receta.

—Ah, sí. Tu padre lleva dos años tomando Copaxone, para el dolor. Lo necesita. Sin él…

—Al dolor le entran… las malas pulgas —dijo él.

—Pues ahora la aseguradora dice que no le hace falta. Que no lo tienen en la lista de medicaciones aprobadas de antemano. ¡Y eso que él lleva usándolo dos años!

—Parece una crueldad innecesaria —dijo el padre de Mae.

—No han ofrecido ninguna alternativa para el dolor. ¡Nada!

Mae no supo qué decir.

—Lo siento. ¿Queréis que busque alguna alternativa en internet? O sea, ¿habéis mirado si los médicos pueden encontrar otro fármaco que la aseguradora sí pague? Un genérico, tal vez…

Siguieron así una hora, y al final Mae estaba hecha polvo. La esclerosis múltiple, el hecho de que ella no pudiera ralentizarla y su incapacidad para traer de vuelta la vida que su padre había conocido, todo aquello la atormentaba, pero la situación con la aseguradora era otra cosa, era un delito innecesario, algo excesivo. ¿Es que las aseguradoras no se daban cuenta de que el coste de su ofuscación, de sus negativas y de toda la frustración que causaban únicamente empeoraba la salud de su padre y amenazaba la de su madre? En el mejor de los casos, era una actitud ineficiente. Seguramente todo el tiempo que se pasaban denegando la cobertura, discutiendo, haciendo caso omiso y frustrando les salía menos a cuenta que otorgar el acceso a los cuidados adecuados.

—Ya basta de esto —dijo su madre—. Te hemos traído una sorpresa. ¿Dónde está? ¿La tienes tú, Vinnie?

Se congregaron en la cama alta y cubierta por una raída colcha de retales y su padre le entregó a Mae un regalo pequeño y envuelto en papel. El tamaño y la forma de la caja sugerían un collar, pero Mae sabía que no podía ser un collar. Lo desenvolvió, abrió la caja de terciopelo y se rio. Era una pluma, una de aquellas cada vez más difíciles de encontrar, plateadas y extrañamente pesadas, que requerían ser cuidadas y recargadas y que servían principalmente para exhibirlas.

—No te preocupes, no la hemos comprado —le dijo a Mae su padre.

—¡Vinnie! —se quejó su madre.

—En serio —dijo él—. No la hemos comprado. Me la regaló un amigo mío el año pasado. Le dio lástima que yo ya no pudiera trabajar. No sé cómo pensaba qué iba a usar yo una pluma, si apenas puedo teclear. Pero, bueno, nunca fue un tipo muy listo.

—Hemos pensado que te quedaría bien en la mesa —añadió su madre.

—¿Somos los mejores o qué? —dijo su padre.

La madre de Mae se rio y, todavía más importante, su padre se rio también. Soltó una risa enorme con la panza. En la segunda fase de sus carreras de padres, la fase de la tranquilidad, a él le había dado por reír, por reírse todo el tiempo y de todo. Su risa había sido la banda sonora de los años de adolescencia de Mae. Se reía de cosas que eran abiertamente graciosas y de otras que como mucho provocarían una sonrisa, y también de cosas que lo tendrían que haber molestado. Cuando Mae se portaba mal, por ejemplo, a él le parecía hilarante. Una noche la pilló escabulléndose por su ventana para ir a ver a Mercer y a punto estuvo de desplomarse de la risa. Todo le resultaba cómico, todo lo que tuviera que ver con la adolescencia de ella lo mataba de la risa. «¡Tendrías que haberte visto la cara cuando te he pillado! ¡Impagable!»

Pero luego llegó el diagnóstico de la esclerosis múltiple y el júbilo desapareció casi por completo. El dolor era constante. Los períodos en que no se podía levantar, en que no confiaba en que las piernas lo sostuvieran, eran demasiado frecuentes y demasiado peligrosos. Todas las semanas le tocaba ir a urgencias. Y por fin, gracias a los esfuerzos heroicos de la madre de Mae, visitó a unos cuantos médicos que le prestaron atención y le dieron los fármacos adecuados que lo estabilizaron, por lo menos durante una temporada. Luego vinieron las debacles con las aseguradoras y el descenso a aquel purgatorio de atención sanitaria.

Aquella noche, sin embargo, su padre estaba boyante, y su madre también estaba de buen humor, había encontrado jerez en la cocinita del hostal y se había puesto a compartirlo con Mae. Su padre no tardó en quedarse dormido, sin desvestirse, encima de la ropa de cama, con todas las luces encendidas y con Mae y su madre todavía hablando a pleno volumen. Cuando vieron que se había quedado roque, Mae se hizo una cama a los pies de la de ellos.

Por la mañana se levantaron tarde y fueron a almorzar a una cafetería. Su padre comió bien, y Mae vio que su madre fingía despreocupación y que los dos hablaban sobre la última iniciativa empresarial extravagante de un tío caprichoso, algo relacionado con criar langostas en arrozales. Mae sabía que su madre no podía dejar de estar nerviosa ni un momento, nerviosa por su padre y porque este comiera fuera dos veces seguidas, y que lo estaba vigilando con atención. A él se lo veía contento pero enseguida se le agotaron las fuerzas.

—Vosotras id pagando —les dijo—. Yo me voy a echar un momento en el coche.

—Podemos ayudarte —dijo Mae, pero su madre la hizo callar.

Su padre ya estaba de pie y acercándose a la puerta.

—Se cansa. No pasa nada —dijo su madre—. Ahora tiene una rutina distinta. Descansa. Hace cosas, camina, come, se pasa un rato animado y luego descansa. Todo es muy regular y tranquilizador, la verdad.

Pagaron la cuenta y salieron al aparcamiento. Mae vio los mechones ralos del pelo blanco de su padre a través de la ventanilla del coche. La mayor parte de su cabeza quedaba por debajo del marco de la ventanilla, de tan recostado que estaba en el asiento de atrás. Cuando llegaron al coche, vieron que estaba despierto y mirando las ramas entrelazadas de un árbol que no tenía nada de especial. Él bajó la ventanilla.

—Bueno, esto ha sido maravilloso —les dijo.

 

Mae se despidió de ellos y se marchó, contenta de tener la tarde libre. Condujo en dirección al oeste, bajo un cielo soleado y tranquilo, por entre un paisaje de colores sencillos y claros, azules, amarillos y verdes. Al acercarse a la costa, dobló en dirección a la bahía. Si se daba prisa, todavía le quedarían unas horas para ir en kayak.

Mercer la había introducido al kayak, una actividad que hasta entonces ella había considerado poco elegante y aburrida. Sentarse en la misma línea de flotación, luchando por mover aquel remo con forma de cucharilla de helado. El retorcimiento constante le parecía doloroso, y el ritmo demasiado lento. Pero luego lo había probado, con Mercer, usando no los modelos profesionales, sino el más básico, aquel donde te sentabas encima con las piernas y los pies al descubierto. Habían remado por la bahía, moviéndose más deprisa de lo que ella se esperaba, y habían visto focas moteadas y pelícanos, y Mae se había convencido de que era un deporte infravalorado de un modo vergonzoso, y de que la bahía era una masa de agua lamentablemente desaprovechada.

Habían zarpado desde una playa diminuta, dado que para alquilar el material no hacía falta ni formación ni equipamiento ni papeleo. Solo había que pagar quince dólares la hora y en cuestión de minutos ya estabas en la bahía, fría y despejada.

Ahora salió de la carretera y llegó a la playa, donde encontró el agua plácida y cristalina.

—Hola —le dijo una voz.

Mae se giró para encontrarse con una mujer mayor, patizamba y de pelo crespo. Era Marion, la propietaria de Maiden’s Voyages. Ella era la doncella a la que aludía el nombre de su negocio, y llevaba quince años siéndolo, desde que había abierto al público tras ganar un pastón en el ramo de la papelería. Marion le había contado aquella historia a Mae la primera vez que esta le había alquilado el equipo, la misma que le contaba a todo el mundo y que a ella le parecía divertidísima: el hecho de que había ganado dinero vendiendo material de papelería y había abierto un negocio de alquiler de kayaks y surf de remo. Mae no tenía ni idea de por qué a Marion le parecía tan graciosa. Pero Marion era una persona cálida y complaciente, hasta cuando Mae le pedía que le sacara un kayak cuando apenas faltaban unas horas para cerrar, como estaba haciendo hoy.

—El mar está precioso —dijo Marion—. Pero no te vayas muy lejos.

Marion la ayudó a llevar el kayak por la arena y las rocas hasta las olas diminutas. Le puso el salvavidas a Mae.

—Y recuerda, no molestes a la gente de las casas flotantes. Tienen las salas de estar al mismo nivel que tu mirada, o sea que nada de fisgar. ¿Vas a querer botas o impermeable? —le dijo—. Puede que se levanten olas.

Mae dijo que no y se metió en el kayak, descalza y con la misma chaqueta de punto y los mismos vaqueros que había llevado al almuerzo. Tardó unos segundos en dejar atrás las barcas de pesca, las olas que rompían y a los practicantes de surf con remo y en llegar a las aguas abiertas de la bahía.

No vio a nadie. El hecho de que casi nadie usara aquella masa de agua llevaba meses confundiéndola. No había motos acuáticas. Pocos pescadores deportivos, nadie haciendo esquí acuático y solo alguna que otra embarcación a motor. Había veleros, pero no tantos como cabría esperar ni mucho menos. El agua helada solo lo explicaba en parte. ¿Tal vez era simplemente que en el norte de California había muchas otras cosas que hacer al aire libre? Era un misterio, aunque Mae no tenía queja. Así le quedaba más agua para ella.

Fue remando hasta el vientre de la bahía. Era verdad que se estaban levantando olas, y el agua fría le empezó a bañar los pies. Sin embargo, le resultó agradable, tanto que estiró el brazo y cogió un puñado de agua con la mano ahuecada y se mojó la cara y la nuca. Al abrir los ojos se encontró a una foca moteada a seis o siete metros de distancia, mirándola como la miraría un perro tranquilo al entrar ella en su jardín. Tenía la cabeza redonda, gris y provista de la misma pátina brillante que el mármol pulido.

Se dejó el remo sobre el regazo y miró cómo la foca la miraba a ella. Los ojos del animal eran como botones negros, vacíos de pensamientos. Ella no se movió y la foca tampoco. Estaban las dos paralizadas en aquella contemplación mutua, y el momento, por su forma de alargarse y regocijarse en sí mismo, pedía continuidad. ¿Para qué moverse?

Le llegó una ráfaga de viento, trayéndole el olor acre de la foca. Ella ya se había fijado en aquello la última vez que había salido con el kayak, en lo fuerte que olían aquellos animales, un olor a medio camino entre atún y perro sucio. Era mejor ponerse contra el viento. Como si le acabara de entrar la vergüenza, la foca se sumergió bajo el agua.

Seguir: parte 4 de 11