El Círculo
Libro primero
Este capítulo es largo, así que está dividido en 11 partes.
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Día: Lunes 11 de junio
Participantes: Mae Holland, Alistair Knight
Historia: Alistair, del Equipo Nueve del Renacimiento, celebró un almuerzo para todos los empleados que habían manifestado interés en Portugal. Mandó tres avisos sobre el evento y Mae, del Equipo Seis del Renacimiento, no contestó a ninguno de ellos. Alistair se preocupó por que no le llegara confirmación ni comunicación de ninguna clase de Mae. Cuando se celebró el almuerzo, Mae no asistió, y Alistair se quedó comprensiblemente disgustado por el hecho de que ella no hubiera respondido a las repetidas invitaciones y luego no hubiera venido. Era un caso típico de falta de participación.
Hoy se ha celebrado una reunión entre Dan, Alistair y Mae, durante la cual Mae ha explicado que no estaba segura de si era bienvenida en un evento de tales características, debido a que lo estaba organizando un miembro de un equipo distinto, y además ella estaba en su segunda semana de vida en la empresa. Lamenta mucho haber causado preocupación y aflicción emocional a Alistair, por no mencionar el hecho de poner en jaque la delicada ecología del Renacimiento. Ahora todo está resuelto y Alistair y Mae son grandes amigos y se sienten rejuvenecidos. Todo el mundo está de acuerdo en que se ha garantizado y propiciado un borrón y cuenta nueva.
Bajo la declaración había una línea para que Mae firmara, y ella usó la uña para firmar con su nombre sobre la pantalla. Envió el documento y recibió el agradecimiento instantáneo de Dan.
«Maravilloso —escribió él—. Está claro que Alistair es un poco sensible, pero es solo porque está tremendamente comprometido con el Círculo. Igual que tú, ¿verdad? Gracias por cooperar tan bien. Has estado maravillosa. ¡Avante toda!»
Mae llegó tarde, confiando en que Annie todavía la estuviera esperando. Hacía un día cálido y despejado, y Mae encontró a Annie en el césped, tecleando en su tablet con una barra de cereales colgando de la boca. Levantó la vista hacia Mae con los ojos entornados.
—Eh. Qué tardona.
—Lo siento.
—¿Cómo estás?
Mae hizo una mueca.
—Ya sé. Ya sé. Lo he seguido todo —dijo Annie, masticando de forma extravagante.
—Para de comer así. Cierra la boca. ¿Lo has seguido?
—Estaba escuchando mientras trabajaba. Me lo han pedido. Y he oído cosas mucho peores. A todo el mundo le pasan varias de estas cuando está empezando. Come deprisa, por cierto. Te quiero enseñar una cosa.
A Mae la invadieron dos sensaciones una detrás de la otra. Primero, una profunda incomodidad porque Annie hubiera estado escuchando sin saberlo ella, y luego una oleada de alivio al saber que su amiga había estado con ella, aunque fuera de lejos, y le confirmara ahora que iba a sobrevivir.
—¿A ti? —le preguntó.
—A mí ¿qué?
—Si a ti te llamaron la atención de esa manera. Todavía estoy temblando.
—Pues claro. Quizá una vez al mes. Todavía me la llaman. Mastica deprisa.
Mae comió tan deprisa como pudo, mirando una partida de cróquet que se estaba jugando en el césped. Daba la impresión de que los jugadores se habían inventado sus propias reglas. Mae se terminó el almuerzo.
—Venga, de pie —dijo Annie, y pusieron rumbo a TomorrowTown—. ¿Qué? A tu cara todavía le sobresale una pregunta.
—Pero ¿tú fuiste al almuerzo portugués?
Annie soltó un soplido de burla.
—¿Yo? No, ¿por qué iba a ir? No estaba invitada.
—Pero ¿por qué lo estaba yo? No me apunté. No soy ninguna forofa chiflada de Portugal.
—Pero está en tu perfil, ¿no? ¿Tú no fuiste una vez a Portugal?
—Sí, pero no lo mencioné para nada en mi perfil. He estado en Lisboa, pero ya está. Y hace cinco años.
Se acercaron al edificio de TomorrowTown, cuya fachada era un muro de hierro repujado de aspecto vagamente turco. Annie pasó su acreditación frente a un panel de la pared y la puerta se abrió.
—¿Hiciste fotos? —preguntó Annie.
—¿En Lisboa? Claro.
—¿Y las tenías en el portátil?
Mae lo tuvo que pensar un segundo.
—Supongo.
—Pues debe de haber sido eso. Si las tenías en el portátil ahora están en la nube, y la gente escanea la nube en busca de esa clase de información. No te hace falta ir por ahí apuntándote a grupos de gente interesada en Portugal ni nada parecido. Cuando Alistair quiso montar su almuerzo, lo más seguro es que se limitara a hacer una búsqueda de todo el mundo del campus que había visitado el país, había hecho fotos o lo había mencionado en un correo electrónico o lo que sea. Así recibe automáticamente una lista y manda sus invitaciones. Eso le ahorra un centenar de horas de coñazo. Por aquí.
Se detuvieron ante un pasillo largo. Annie tenía los ojos iluminados con aire travieso.
—Vale. ¿Quieres ver algo surrealista?
—Todavía estoy flipando.
—No lo estés. Entra aquí.
Annie abrió una puerta que daba a una sala preciosa, a medio camino entre un bufet, un museo y una feria comercial.
—¿No es una locura?
La sala le resultaba vagamente familiar. Mae había visto algo parecido por la tele.
—Es como uno de esos sitios donde van los famosos a que les den obsequios, ¿verdad?
Mae examinó la sala. Había productos desplegados por docenas de mesas y tarimas. Aquí, sin embargo, en vez de haber joyas y zapatos de salón, había zapatillas deportivas y cepillos de dientes y una docena de clases de patatas fritas y bebidas y barritas energéticas.
Mae se rio.
—Sospecho que esto es gratis.
—Para ti, para la gente muy importante como tú y yo, sí.
—Dios bendito. ¿Todo?
—Pues sí, esta es la sala de muestras gratuitas. Siempre está llena, y son cosas que necesitan ser usadas de una forma u otra. Lo que hacemos es invitar a una serie rotatoria de grupos: a veces programadores, a veces gente de EdC como tú. Un grupo distinto cada día.
—¿Y uno coge lo que le da la gana?
—Bueno, hay que pasar tu acreditación por todo lo que cojas para que se sepa qué ha cogido cada cual. Si no, puede venir algún idiota y llevarse la sala entera.
—Yo todavía no he visto nada de todo esto.
—¿A la venta? No, nada de todo esto ha salido a la venta. Son prototipos y tiradas de prueba.
—¿Estos son Levi’s de verdad?
Mae tenía en la mano unos vaqueros preciosos, que estaba segura de que todavía no existían en el mundo.
—Puede que les falten unos meses para salir al mercado, puede que un año. ¿Los quieres? Los puedes pedir en una talla distinta.
—¿Y me los puedo poner?
—¿Qué quieres hacer, limpiarte el culo con ellos? Sí, quieren que te los pongas. ¡Eres una persona influyente que trabaja en el Círculo! Eres una líder de estilo, anticipas tendencias, todo eso.
—Pues son de mi talla.
—Bien. Llévate dos. ¿Tienes una bolsa?
Annie cogió una bolsa de tela con el logotipo del Círculo y se la dio a Mae, que estaba pululando junto a un expositor de fundas y accesorios nuevos de telefonía. Cogió una funda preciosa de teléfono que era recia como la piedra pero tenía una superficie lisa como la gamuza.
—Mierda —dijo Mae—. No me he traído el teléfono.
—¿Cómo? ¿Dónde está? —preguntó Annie, escandalizada.
—Supongo que en mi mesa.
—Mae, eres increíble. Eres supercentrada y sensata pero de pronto tienes unas lagunas extrañas de zumbada. ¿Has salido a comer sin el teléfono?
—Lo siento.
—No. Es lo que me encanta de ti. Eres parte humana y parte arcoíris. ¿Qué? No te enfades.
—Es que hoy me están pasando muchas cosas.
—No seguirás preocupada, ¿verdad?
—¿A ti te parece que no va a pasar nada con esa reunión con Dan y Alistair?
—Nada de nada.
—¿Solo es un tipo sensible?
Annie puso los ojos en blanco.
—¿Alistair? Hasta el delirio. Pero es un programador genial. Es una máquina. Se tardaría un año en encontrar y formar a alguien para que hiciera lo que hace él. Sí, nos toca tratar mucho con locos. Por aquí hay bastantes chiflados. Chiflados emocionalmente necesitados. Y está la gente como Dan, que les sigue la corriente. Pero no te preocupes. No creo que vayáis a coincidir mucho, por lo menos con Alistair.
Annie miró la hora. Se tenía que marchar.
—Tú te quedas hasta que tengas esa bolsa llena —le dijo—. Te veo luego.
Mae se quedó y se llenó la bolsa de vaqueros, comida, zapatillas, unas cuantas fundas nuevas para el teléfono y un sujetador deportivo. Abandonó la sala, sintiéndose como una ladrona, pero no se encontró con nadie a la salida. Cuando volvió a su mesa, había once mensajes de Annie.
Leyó el primero: «Eh, Mae, me doy cuenta de que no debería haber hablado mal de Dan y de Alistair. Ha sido un poco feo. Muy poco propio del Círculo. Haz como que no he dicho nada».
El segundo: «¿Has recibido mi último mensaje?».
El tercero: «Me estoy poniendo un poco paranoica. ¿Por qué no me contestas?».
Cuarto: «Te acabo de mandar un SMS y te he llamado. ¿Te has muerto? Mierda. Te has olvidado el teléfono. Das pena».
Quinto: «Si te ha ofendido lo que te he dicho de Dan, no me hagas el vacío. Te he dicho que lo sentía. Escríbeme».
Sexto: «¿Estás recibiendo estos mensajes? Esto es muy importante. ¡Llámame!».
Séptimo: «Si le cuentas a Dan lo que te he dicho, eres una zorra. ¿Desde cuándo nos chivamos la una de la otra?».
Octavo: «Me doy cuenta de que debes de estar reunida. ¿Sí?».
Noveno: «Ya hace 25 minutos. ¿Qué PASA?».
Décimo: «Solo quiero asegurarme de que has vuelto a tu mesa. Llámame ahora mismo o tú y yo hemos acabado. Pensaba que éramos amigas».
Undécimo: «¿Hola?».
Mae la llamó.
—¿Qué coño pasa, mema?
—¿Dónde estabas?
—Pero si te he visto hace veinte minutos. He acabado en la sala de muestras, he ido al lavabo y acabo de llegar.
—¿Te has chivado de mí?
—¿Si he hecho qué?
—¿Te has chivado de mí?
—Annie, ¿qué coño dices?
—Dímelo.
—No, no me he chivado de ti. ¿A quién?
—¿Qué le has dicho?
—¿A quién?
—A Dan.
—No lo he visto.
—¿Y no le has mandado un mensaje?
—No. Annie, mierda.
—¿Lo prometes?
—Sí.
Annie suspiró.
—Vale. Mierda. Lo siento. Le he mandado un mensaje y lo he llamado y no me ha contestado. Y luego no me has contestado tú, y mi cerebro se ha puesto a atar cabos de forma extraña.
—Hostia, Annie.
—Lo siento.
—Creo que estás demasiado estresada.
—No, estoy bien.
—Déjame que te invite a unas copas esta noche.
—No, gracias.
—¿Por favor?
—No puedo. Esta semana tenemos demasiado que hacer. Estoy intentando lidiar con esta cagada múltiple en Washington.
—¿Washington? ¿Qué ha pasado?
—Es una historia muy larga. La verdad es que no puedo hablar del tema.
—Pero ¿eres tú quien tiene que resolverlo? ¿Todo lo de Washington?
—Me pasan algunos de los líos con el gobierno porque, no sé, porque creen que mis hoyuelos me van a ayudar. Tal vez sea cierto. No lo sé. Solo sé que me gustaría ser cinco en vez de una.
—Se te ve fatal, Annie. Tómate la noche libre.
—No, no. Estaré bien. Solo tengo que contestar las preguntas de un subcomité. Irá bien. Pero me tengo que ir. Un beso.
Y colgó.
Mae llamó a Francis.
—Annie no quiere salir conmigo. ¿Tú quieres? ¿Esta noche?
—¿Salir-salir? Esta noche toca aquí una banda. Los Creamers, ¿los conoces? Tocan en la Colonia. Es un concierto benéfico.
Mae dijo que sí, que le parecía bien, pero cuando llegó el momento, no tuvo ganas de ver tocar en la Colonia a una banda llamada los Creamers. Engatusó a Francis para que cogieran el coche de ella y se fueron a San Francisco.
—¿Sabes adónde vamos? —le preguntó él.
—Pues no. Pero ¿qué haces?
Él estaba tecleando furiosamente en su teléfono.
—Estoy avisando a todo el mundo de que no voy.
—¿Has acabado?
—Sí.
Él dejó su teléfono.
—Bien. Bebamos primero.
De manera que aparcaron en el centro y encontraron un restaurante con un aspecto tan terrible, con fotos descoloridas y nada apetecibles de la comida pegadas sin orden ni concierto con cinta adhesiva a las ventanas, que supusieron que debía de ser barato. Estaban en lo cierto, de manera que comieron curry y bebieron Singha, sentados en unas sillas de bambú que chirriaban y apenas conseguían permanecer erguidas. Hacia el final de su primera cerveza, Mae decidió que se tomaría otra rápidamente y que poco después de cenar besaría a Francis en la calle.
Terminaron de cenar y lo hizo.
—Gracias —dijo él.
—¿Me acabas de dar las gracias?
—Me acabas de ahorrar un montón de conflictos internos. Yo nunca soy el que da el primer paso. Pero normalmente las mujeres tardan semanas en darse cuenta de que van a tener que tomar la iniciativa ellas.
Mae volvió a tener la sensación de estar siendo aporreada con información que complicaba sus sentimientos hacia Francis, que unas veces parecía encantador y otras completamente extraño y carente de filtros.
Aun así, como estaba en la cresta de una ola de cerveza Singha, se lo llevó cogido de la mano de regreso al coche, donde se besaron más mientras permanecían aparcados en un cruce de calles muy transitado. Un hombre sin techo los estuvo observando como los observaría un antropólogo, desde la acera, imitando el gesto de tomar notas.
—Vámonos —dijo ella, y salieron del coche y deambularon por la ciudad, encontrando una tienda de recuerdos japonesa abierta, y al lado mismo, también abierta, una galería llena de pinturas hiperrealistas de caderas humanas gigantes.
—Pinturas enormes de traseros enormes —señaló Francis mientras encontraban un banco donde sentarse en un callejón convertido en peatonal, bajo unas farolas que le daban un aire de luz azul de luna—. Eso sí que era arte de verdad. No me puedo creer que todavía no hayan vendido nada.
Mae le volvió a besar. Era lo que le apetecía hacer, y como sabía que Francis no iba a llevar a cabo ninguna maniobra agresiva, se sentía cómoda, besándolo más y sabiendo que sería una noche de besos y nada más. Se volcó en los besos, haciendo que transmitieran lujuria, amistad y la posibilidad del amor, y lo besó pensando en su cara, preguntándose si tendría los ojos abiertos, si le importaban los transeúntes que chasqueaban la lengua o que los abucheaban pero aun así pasaban a su lado.
En los días siguientes, Mae supo que tal vez fuera cierto, que tal vez el sol fuera su halo, que tal vez las hojas existieran para maravillarse de cada uno de los pasos de ella, para animarla y felicitarla por lo de aquel tal Francis y por lo que ambos habían hecho. Habían celebrado su juventud reverberante, su libertad, sus bocas húmedas, y lo habían hecho en público, incentivados por el hecho de que, por muchas penurias que hubieran pasado o fueran a pasar, estaban trabajando en el centro del mundo y tratando por todos los medios de mejorarlo. Tenían razones para sentirse bien. Mae se preguntó si estaba enamorada. No, sabía que no estaba enamorada, pero le daba la sensación de que por lo menos estaba a medio camino. Aquella semana, ella y Francis almorzaron juntos varias veces, aunque fuera brevemente, y después de comer, encontraban un sitio en el que pegarse el uno al otro y besarse. Una vez lo hicieron bajo una salida de incendios situada detrás del Paleozoico. Otra vez fue en el Imperio Romano, detrás de las pistas de pádel. A ella le encantaba el sabor de él, siempre limpio, simple como el agua con limón, y el hecho de que se quitaba las gafas y parecía un poco perdido y luego cerraba los ojos y estaba casi hermoso, con una cara tan lisa y carente de complicaciones como la de un niño. Tenerlo cerca les otorgaba una nueva chispa a los días. Todo era asombroso. Era asombroso estar sentados en el Renacimiento, tal como estaban ahora, esperando en el Gran Salón a que empezara el Viernes de los Sueños.
—Presta atención —le dijo Francis—. De verdad creo que te va a gustar.
Francis no le quiso contar a Mae cuál era el tema de la charla sobre innovación de aquel viernes. Al parecer el orador, Gus Khazeni, había formado parte del proyecto de seguridad infantil de Francis antes de desligarse para dirigir una unidad nueva. Hoy sería su primer anuncio público de sus descubrimientos y nuevos planes.
Mae y Francis estaban sentados en las primeras filas, por petición de Gus. Quería ver algunas caras amigas mientras hablaba por primera vez en el Gran Salón, dijo Francis. Mae se giró para escrutar la multitud y vio a Dan unas cuantas filas más atrás, y también a Renata y Sabine, sentadas juntas y concentradas en una tablet que tenían en medio de ambas.
Eamon Bailey subió a la tarima entre cálidos aplausos.
—Bueno, hoy tenemos algo especial para vosotros —dijo—. La mayoría conocéis a nuestra joya y hombre orquesta local, Gus Khazeni. Y la mayoría sabéis que hace un tiempo tuvo una inspiración y nosotros le pedimos que la siguiera. Hoy os va a hacer una pequeña presentación y creo que os va a encantar.
Y, diciendo esto, le cedió el escenario a Gus, que tenía esa extraña combinación de apostura prodigiosa y conducta tímida de mosquita muerta. O por lo menos esa fue la impresión que dio al cruzar dando pasitos el escenario como si fuera de puntillas.
—Muy bien, si sois como yo, si sois solteros y patéticos y os pasáis la vida entera decepcionando a vuestros padres y abuelos persas, que os consideran unos fracasados porque a estas alturas todavía no tenéis pareja reproductiva e hijos porque sois patéticos…
Risas del público.
—¿He usado dos veces la palabra «patéticos»? —Más risas—. Si mi familia hubiese estado aquí, la palabra habría salido muchas más veces.
»Muy bien —continuó Gus—, pero digamos que queréis complacer a vuestra familia, y quizá también a vosotros mismos, encontrando una pareja reproductiva. ¿Hay alguien aquí a quien le interese encontrar una?
Se levantaron unas cuantas manos.
—Venga ya. Mentirosos. Resulta que sé que el sesenta y siete por ciento de esta empresa son solteros. O sea que os hablo a vosotros. El treinta y tres por ciento restante se puede ir a hacer gárgaras.
Mae soltó una risotada. La interpretación de Gus era perfecta. Se inclinó hacia Francis.
—Me encanta este tipo.
El tipo continuó:
—Tal vez hayáis probado en otras páginas de contactos. Y digamos que habéis encontrado pareja, que todo ha ido bien y os encamináis a un encuentro. Todo está bien, la familia está feliz y hasta acarician brevemente la idea de que no eres un total desperdicio de su ADN.
»Pero, bueno, en cuanto le pedís a alguien si quiere salir con vosotros, estáis jodidos, ¿verdad? Bueno, precisamente jodidos no. Lo que estáis es célibes, pero queréis dejar de estarlo. De manera que os pasáis el resto de la semana agobiados intentando decidir adónde vais a llevar a vuestra pareja: ¿a cenar, a un concierto, al museo de cera? ¿A alguna clase de mazmorra? No tenéis ni idea. Como os equivoquéis, quedáis de idiotas. Ya sabéis que tenéis una amplia gama de gustos, de cosas que os gustan, y probablemente vuestra pareja también, pero la primera opción es demasiado importante. Necesitáis ayuda para transmitir el mensaje adecuado: y ese mensaje es que sois sensibles, intuitivos y decididos, que tenéis buen gusto y sois perfectos.
El público estaba riendo; no había parado de reír. Ahora la pantalla que Gus tenía detrás mostraba una parrilla de iconos, cada uno de ellos con información claramente indicada debajo. Mae pudo distinguir lo que parecían símbolos de restaurantes, de películas, música, compras, actividades al aire libre y playas.
—Muy bien —continuó Gus—. Pues echadle un vistazo a esto y acordaos de que no es más que una versión beta. Esto se llama LuvLuv. Vale, puede que el nombre sea una mierda. En realidad sé que es una mierda y estamos trabajando en ello. Pero es así como funciona. Cuando has encontrado a alguien y sabes su nombre, has hecho contacto y tienes una cita planeada… entonces es cuando entra LuvLuv. Tal vez ya hayáis memorizado su perfil de la página de contactos, su página personal y todos sus mensajes. Pero este LuvLuv os dan una información completamente distinta. Así pues, introducís el nombre de la persona con la que vais a salir. Es el principio. Entonces LuvLuv registra internet usando un motor de búsqueda muy potente y preciso para asegurarse de que no hagas un ridículo espantoso y puedas encontrar el amor y producir nietos para tu yaya, que se teme que puedas ser estéril.
—¡Eres la bomba, Gus! —gritó una voz femenina desde el público.
—¡Gracias! ¿Quieres salir conmigo? —dijo, y esperó respuesta. Como la mujer guardó silencio, él dijo—: ¿Veis? Es por eso que necesito ayuda. Ahora, para probar el software, creo que necesitamos a una persona de carne y hueso que quiera averiguar más sobre un potencial candidato romántico de carne y hueso. ¿Alguien se presta voluntario?
Gus escrutó al público, poniéndose teatralmente una mano a modo de visera.
—¿Nadie? Un momento. Veo una mano en alto.
Para espanto y horror de Mae, Gus estaba mirando en dirección a ella. Para ser más exactos, estaba mirando a Francis, que tenía la mano en alto. Antes de que ella pudiera decirle algo, Francis ya se había levantado de su asiento y se encaminaba al escenario.
—¡Dediquémosle a este valiente voluntario una ronda de aplausos! —dijo Gus, y Francis subió correteando los escalones y se vio envuelto en la cálida luz de los focos, junto a Gus.
Llevaba sin mirar a Mae desde que se había marchado de su lado.
—¿Cómo se llama usted, señor?
—Francis Garaventa.
A Mae le vinieron ganas de vomitar. ¿Qué estaba pasando? Esto no es real, se dijo a sí misma. ¿De verdad iba a hablar de ella sobre el escenario? No, se aseguró a sí misma. Solo está ayudando a un amigo, y van a hacer su demostración usando nombres falsos.
—A ver, Francis —continuó Gus—. ¿Debo suponer que tienes a alguien con quien te gustaría salir?
—Sí, Gus, es correcto.
Mae, mareada y aterrada, no pudo evitar sin embargo darse cuenta de que, en el escenario, Francis se había transformado, igual que le había pasado a Gus. Estaba siguiendo el guión, sonriendo de oreja a oreja, haciéndose el tímido pero con gran seguridad en sí mismo.
—¿Y esa persona existe de verdad? —preguntó Gus.
—Claro —dijo Francis—. Ya no salgo con personas imaginarias.
El público se rio jovialmente, y a Mae le dio un vuelco el corazón. «Oh, mierda —pensó—. Oh, mierda.»
—¿Y cómo se llama?
—Se llama Mae Holland —dijo Francis, y por primera vez la miró a ella.
Ella se estaba tapando la cara con las manos y mirando a hurtadillas por entre los dedos temblorosos. Con una inclinación apenas perceptible de la cabeza, él pareció darse por enterado de que Mae no estaba del todo cómoda con lo sucedido hasta entonces, pero nada más establecer contacto con ella, se volvió otra vez hacia Gus, sonriendo como un presentador de concurso.
—Muy bien —dijo Gus, y tecleó el nombre en su tablet—. Mae Holland.
En la ventana de búsqueda, su nombre apareció en letras de un metro de alto sobre la pantalla.
—Así que Francis quiere salir con Mae y no quiere hacer el ridículo. ¿Qué es lo primero que necesita saber? ¿Alguien lo sabe?
—¡Alergias!
—Vale, alergias. Lo puedo buscar.
Hizo clic en un icono que mostraba a un gato estornudando y automáticamente aparecieron debajo las siguientes líneas:
Alergia probable al gluten.
Alergia segura a los caballos.
Su madre tiene alergia a los frutos secos.
No hay más alergias probables.
—Vale. Hago clic en cualquier elemento de la lista para averiguar más. Probemos lo del gluten. —Gus hizo clic en la primera línea, revelando una lista descendente más compleja y densa de vínculos y bloques de texto—. Ahora, como podéis ver, LuvLuv ha buscado todo lo que Mae ha posteado en su vida. Ha cotejado esa información y ha analizado en busca de elementos relevantes. Tal vez Mae haya mencionado el gluten. Tal vez haya comprado productos sin gluten o los haya comentado en la red. Esto indicaría que probablemente sea alérgica al gluten.
Mae quería irse del auditorio, pero sabía que montaría una escena peor que si se quedaba.
—Miremos lo de los caballos —dijo Gus, e hizo clic en el siguiente punto de la lista—. Aquí podemos llevar a cabo una afirmación más categórica, porque el software ha encontrado tres ejemplos de mensajes posteados que dicen directamente, por ejemplo, «Tengo alergia a los caballos».
—¿Y esto te ayuda? —preguntó Gus.
—Pues sí —dijo Francis—. Estaba a punto de llevarla a unos establos a comer pan con levadura. —Le hizo una mueca al público—. ¡Menos mal!
El público se rio y Gus asintió con la cabeza, como diciendo «Menudo par estamos hechos».
—Muy bien —continuó Gus—. Ahora fijémonos que las menciones a la alergia a los caballos se remontan hasta 2010, y son nada menos que de Facebook. A todos los que pensasteis que fue una tontería pagar lo que pagamos por los archivos de Facebook, ¡mirad ahora! Vale, nada de alergias. Pero mirad esto, justo al lado. Esto es lo siguiente que yo tenía en mente: la comida. ¿Estabas pensando en llevarla a comer, Francis?
Francis contestó solícitamente.
—Pues sí, Gus.
Mae no reconocía a aquel hombre del escenario. ¿Adónde había ido Francis? Ella quería matar a esta versión de él.
—Muy bien, aquí es donde las cosas suelen ponerse feas e idiotas. No hay nada peor que esa típica partida de tenis: «¿Dónde quieres comer?», «Ah, a mí me da igual», «No, en serio. ¿Qué prefieres?», «A mí no me importa. ¿Y a ti?». Ya basta de… chorradas. LuvLuv te lo analiza todo. Todo lo que ella ha posteado, todas las veces que le ha gustado o no un restaurante, todas las veces que ha mencionado comida… Todo se ordena por importancia y se clasifica y así termino con una lista como esta.
Hizo clic en el icono de la comida, que reveló una serie de listas secundarias, con clasificaciones de tipos de comida, nombres de restaurantes y restaurantes ordenados por ciudades y por barrios. Las listas tenían una precisión asombrosa. En ellas hasta salía el sitio donde Francis y ella habían comido aquella misma semana.
—Ahora hago clic en el sitio que me gusta, y si ella pagó usando TruYou, sabré lo que pidió la última vez que comió allí. Haces clic aquí y ves los platos del día que habrá en esos restaurantes el viernes, que es el día de nuestra cita. Aquí está el tiempo medio de espera para tener mesa ese día. Se acabó la incertidumbre.
Gus continuó así durante la presentación entera, repasando las preferencias de Mae en materia de cine, en materia de sitios al aire libre para caminar y hacer footing, deportes favoritos y paisajes favoritos. La mayoría de las informaciones eran precisas, y mientras Gus y Francis se dedicaban a sobreactuar en el escenario, y el público se mostraba cada vez más impresionado por el software, Mae primero se escondió detrás de sus manos, después se hundió todo lo que pudo en su asiento, y por fin, cuando tuvo la sensación de que en cualquier momento le iban a pedir que subiera al escenario para confirmar el gran poder de aquella nueva herramienta, se escabulló de su asiento, cruzó el pasillo, salió por la puerta lateral del auditorio y se adentró en la luz blanca e insulsa de una tarde nublada.
—Lo siento.
Mae no podía ni mirarlo.
—Mae. Perdona. No entiendo por qué estás tan enfadada.
Ella no quería tenerlo cerca. Estaba de vuelta en su mesa y él la había seguido hasta allí, acechando junto a ella como un ave carroñera. Ella no le echó ni un vistazo, porque además de odiarlo y de que su cara le pareciera flácida y su mirada furtiva, además de que estaba segura de que ya no querría volver a ver aquella cara de las narices, encima tenía trabajo que hacer. Le habían abierto la compuerta de mensajes de la tarde y el flujo era intenso.
—Podemos hablar más tarde —le dijo ella, pero no tenía intención de volver a hablar con él, ni aquel día ni ningún otro.
Había alivio en aquella certidumbre.
Al final él se marchó, o por lo menos se marchó su yo corpóreo, pero volvió a aparecer en cuestión de minutos, en la tercera pantalla de ella, suplicando perdón. Le dijo que sabía que no debería habérselo hecho sin avisar, pero que Gus había insistido en que fuera una sorpresa. A lo largo de la tarde le mandó cuarenta o cincuenta mensajes, disculpándose, contándole el exitazo que había tenido y diciendo que habría sido mejor que ella subiera al escenario, porque la gente la estaba ovacionando. Le aseguró que todo lo que había salido en pantalla estaba disponible al público, que nada de ello era embarazoso y que a fin de cuentas todo estaba sacado de cosas que había posteado ella.
Y Mae sabía que todo eso era cierto. No estaba enfadada porque se hubieran revelado sus alergias. Ni su comida favorita. Llevaba muchos años ofreciendo abiertamente aquella información, y tenía la sensación de que ofrecer sus preferencias y leer sobre las ajenas era una de las cosas que le encantaban de su vida en la red.
Entonces ¿qué era lo que la había mortificado durante la presentación de Gus? Ella no lo sabía a ciencia cierta. ¿Acaso había sido únicamente la sorpresa? ¿Acaso era la precisión milimétrica del algoritmo? Tal vez. Pero, bien pensado, tampoco había sido cien por cien preciso, así pues, ¿ahí estaba el problema? ¿O era el hecho de que se presentara una matriz de preferencias como tu esencia, como tu yo entero? Tal vez fuera aquello. Era una especie de espejo, pero estaba incompleto, distorsionado. Y si Francis quería alguna de aquella información, o toda, ¿por qué no se la podía pedir simplemente? Su tercera pantalla, sin embargo, se pasó la tarde entera llena de mensajes de felicitación.
«Eres genial, Mae.»
«Buen trabajo, novata.»
«Nada de paseos a caballo para ti. ¿En llama, quizá?»
Bregó con la tarde y no se fijó en la luz intermitente del teléfono hasta pasadas las cinco. Se le habían pasado por alto tres mensajes de su madre. Cuando los escuchó, los tres decían lo mismo: «Ven a casa».
Mientras conducía hasta el otro lado de las colinas y por el túnel, rumbo al este, llamó a su madre para enterarse de los detalles. Su padre había tenido un ataque, lo habían llevado al hospital y le habían pedido que pasara allí la noche en observación. Su madre le dijo que fuera directamente al hospital, pero cuando llegó se encontró con que su padre ya no estaba. Llamó a su madre.
—¿Dónde está?
—En casa. Lo siento. Acabamos de llegar. No pensé que fueras a llegar tan deprisa. Tu padre está bien.
De manera que Mae fue a casa, y cuando llegó, sin aliento, furiosa y asustada, vio la camioneta Toyota de Mercer delante de la casa, y aquello la sumió en un embrollo mental. Ella no lo quería allí. Le complicaba una escena ya de por sí truculenta.
Abrió la puerta y no vio a sus padres, sino la forma gigante y amorfa de Mercer. Estaba de pie en el vestíbulo. Cada vez que ella lo volvía a ver después de un tiempo de separación se quedaba pasmada con lo grande y voluminoso que era. Ahora además llevaba el pelo largo, lo cual se añadía a su masa. Su cabeza eclipsaba toda la luz.
—He oído tu coche —dijo él.
Tenía una pera en la mano.
—¿Qué haces tú aquí? —preguntó ella.
—Me han llamado para que los ayudara —dijo él.
—¿Papá?
Ella pasó corriendo junto a Mercer y entró en la sala de estar. Allí estaba su padre descansando, tumbado, en el sofá, mirando el béisbol por la tele.
Él no giró la cabeza pero miró en dirección a ella.
—Eh, cielo. He oído que estabas ahí.
Mae se sentó en la mesilla del café y le cogió la mano.
—¿Estás bien?
—Sí. No ha sido más que un susto. Ha empezado fuerte pero se ha ido apagando.
De forma casi imperceptible, él fue estirando poco a poco el cuello hacia delante, para ver lo que había detrás de ella.
—¿Estás intentando ver el partido?
—Novena entrada —dijo él.
Mae se quitó de en medio. Su madre entró en la sala.
—Hemos llamado a Mercer para que ayudara a tu padre a entrar en el coche.
—No he querido ambulancia —dijo su padre, sin dejar de ver el partido.
—Entonces ¿ha sido un ataque? —preguntó Mae.
—No están seguros —dijo Mercer desde la cocina.
—¿Pueden ser mis padres quienes me contesten? —le dijo Mae, levantando la voz.
—Mercer ha sido un salvavidas —dijo su padre.
—¿Por qué no me habéis llamado para avisarme de que no era tan grave? — preguntó Mae.
—Es que era grave —dijo su madre—. Fue cuando te llamé.
—Pero ahora está viendo el béisbol.
—Ahora ya no es tan grave —dijo su madre—. Pero ha habido un rato en que no sabíamos lo que estaba pasando. Así que hemos llamado a Mercer.
—Me ha salvado la vida.
—Yo no creo que Mercer te haya salvado la vida, papá.
—No quiero decir que me estuviera muriendo. Pero ya sabes cómo odio todo el rollo de los técnicos de urgencias y las sirenas, y que los vecinos se enteren. Hemos llamado a Mercer, se ha plantado aquí en cinco minutos, me ha ayudado a entrar en el coche y a llegar al hospital y ya está. Ha hecho que cambiara la cosa.
Mae estaba que echaba humo. Había conducido dos horas presa de un pánico espantoso para encontrarse a su padre tumbado en el sofá y viendo el béisbol. Había conducido dos horas para encontrarse a su ex en casa, ungido como el héroe de la familia. ¿Y ella qué era? Pues un poco negligente. Y superflua. Aquello le recordó a muchas de las cosas que no le gustaban de Mercer. Le gustaba que lo consideraran amable pero siempre se aseguraba de que todo el mundo lo supiera, y aquello ponía furiosa a Mae, el tener que oír hablar siempre de lo amable que era él, de lo franco y de fiar que era y de su empatía sin límites. Con ella, sin embargo, él había sido retraído y huraño y no había estado disponible las numerosas veces que ella lo había necesitado.
—¿Quieres pollo? Lo ha traído Mercer —dijo su madre, y Mae decidió aprovechar para usar su cuarto de baño durante un minuto o diez.
—Voy a lavarme —dijo, y subió las escaleras.
Más tarde, después de que todos cenaran y de que le contaran los sucesos de la jornada —el hecho de que la visión de su padre se había reducido hasta un punto alarmante y también se había agravado el entumecimiento de sus manos, unos síntomas que los médicos decían que eran normales y tenían tratamiento, por lo menos paliativo—, y después de que sus padres se fueran a la cama, Mae y Mercer se sentaron en el jardín de atrás, donde todavía subía calor de la hierba, de los árboles y de las cercas grises mojadas por la lluvia que los rodeaban.
—Gracias por ayudar —le dijo ella.
—Ha sido fácil. Vinnie no pesa tanto como antes.
A Mae no le gustó cómo sonaba aquello. No quería que su padre pesara menos y fuera más fácil de cargar. Así que cambió de tema.
—¿Cómo va el trabajo?
—Pues muy bien. Muy bien. La semana pasada tuve que contratar a un aprendiz. Mola, ¿verdad? Tengo un aprendiz. ¿Y tu trabajo? ¿Maravilloso?
Mae se quedó desconcertada. Mercer casi nunca se mostraba tan vivaz.
—Maravilloso, sí —le dijo.
—Bien. Me alegro mucho. Confiaba en que fuera todo bien. ¿Y qué haces, pues, programar o algo parecido?
—Estoy en EdC. Experiencia del Cliente. Ahora mismo trato con anunciantes. Espera. El otro día vi algo sobre ti. Te busqué en internet y vi un comentario de alguien que había recibido un envío con desperfectos. Menudo cabreo llevaba. Supongo que lo habrás visto.
Mercer soltó un suspiro teatral.
—Pues no. —Se le agrió la cara.
—No te preocupes —le dijo ella—. Era un chiflado.
—Y ahora yo lo tengo en la cabeza.
—No me eches la culpa a mí. Yo solo…
—Solo me has hecho saber que hay un tarado en alguna parte que me odia y quiere perjudicar a mi negocio.
—Había más comentarios, y la mayoría eran positivos. Había uno que era supergracioso.
Se puso a buscar en su teléfono.
—Mae. Por favor. Te pido que no lo leas.
—Aquí está: «¿Todas esas pobres astas de ciervo tuvieron que morir para esto?».
—Mae, te he pedido que no me lo leyeras.
—¿Qué? ¡Pero si es gracioso!
—¿Cómo te puedo pedir que respetes mis deseos y no lo hagas?
Aquel era el Mercer que Mae recordaba y no soportaba: quisquilloso, huraño, prepotente.
—¿De qué estás hablando?
Mercer respiró hondo y Mae se dio cuenta de que estaba a punto de soltar un discurso. Si tuviera una tarima delante, se estaría subiendo a ella, sacándose los papeles de la cazadora. Dos años de universidad de repesca y se creía que era una especie de catedrático. A ella le había soltado discursos sobre la ternera de crianza ecológica y sobre la primera época de King Crimson y siempre empezaba de aquella manera, respirando hondo, con un gesto que decía: «Ponte cómoda, que esto va para rato y te va a dejar alucinada».
—Mae, tengo que pedirte que…
—Ya sé, quieres que deje de leerte los comentarios de tus clientes. Vale.
—No, no era eso lo que…
—¿Qué? ¿Quieres que sí te los lea?
—Mae, ¿por qué no me dejas terminar la frase? Entonces sabrás lo que te estoy diciendo. No ayuda nada que adivines el final de mis frases, porque no aciertas nunca.
—Es que hablas muy despacio.
—Hablo normal. Es que tú te pones impaciente.
—Vale. Sigue.
—Pero si estás hiperventilando.
—Supongo que es algo que me aburre enseguida.
—¿Hablar?
—Hablar a cámara lenta.
—¿Puedo empezar? Tardaré tres minutos. ¿Me puedes conceder tres minutos, Mae?
—Vale.
—Tres minutos que pasarás sin saber qué te voy a decir, ¿vale? Será sorpresa.
—Muy bien.
—De acuerdo. Mae, tenemos que cambiar nuestra forma de relacionarnos. Cada vez que tengo noticias tuyas, es a través de un filtro. Me mandas links, citas a alguien que habla de mí, dices que has visto una foto de mí en el muro de alguien… siempre es un asalto a través de terceros. Hasta cuando hablas cara a cara conmigo me estás contando lo que dice de mí un desconocido. Al final es como que nunca estamos solos. Cada vez que te veo hay cien personas más en la sala. Siempre me estás mirando a través de los ojos de cien personas.
—No te pongas dramático.
—Yo solo quiero hablar contigo directamente. Sin que traigas a todos los desconocidos del mundo que puedan tener una opinión de mí.
—Yo no hago eso.
—Sí lo haces, Mae. Hace unos meses leíste algo sobre mí, ¿y te acuerdas de qué pasó? Cuando te vi, estabas totalmente distante.
—¡Es porque decían que estabas usando especies en peligro para tu trabajo!
—Pero si no lo he hecho nunca.
—Ah, ¿y cómo iba yo a saber eso?
—¡Me lo podías preguntar! Directamente a mí. ¿Sabes lo raro que es que tú, que eres mi amiga y mi ex novia, saque su información sobre mí de una persona al azar que no me conoce de nada? Y luego yo tengo que sentarme ante ti y es como si nos estuviéramos mirando a través de una niebla extraña.
—Vale. Lo siento.
—¿Me prometes que dejarás de hacerlo?
—¿Leer cosas de internet?
—Me da igual lo que leas. Pero cuando tú y yo nos comuniquemos, quiero que sea directamente. Tú me escribes a mí y yo te escribo a ti. Tú me haces preguntas y yo te las contesto. Y dejas de recibir noticias mías a través de terceros.
—Pero, Mercer, diriges un negocio. Necesitas participar en la red. Esos son tus clientes, y es así como se expresan y como sabes que te está yendo bien.
Por la mente de Mae revoloteaba media docena de herramientas del Círculo que ella sabía que lo ayudarían a él en su empresa. Pero Mercer era un tipo sin éxito. Un tipo sin éxito que se las apañaba para llevarlo con arrogancia.
—Pero es que no es verdad, Mae. No es verdad. Yo sé que tengo éxito si vendo lámparas. Si la gente me las encarga y yo las fabrico y ellos me las pagan. Si tienen algo que decir después, me pueden llamar o escribirme. O sea, todas esas cosas en las que tú trabajas no son más que cotilleos. Es gente hablando de otra gente a sus espaldas. Eso es la gran mayoría de las redes sociales, las reseñas, los comentarios y tal. Vuestras herramientas han elevado los cotilleos, los rumores y las conjeturas al nivel de la comunicación válida de masas, y además, es para putos pringaos.
Mae soltó aire por la nariz.
—Me encanta cuando haces eso —dijo él—. ¿Significa que no tienes respuesta? Mira, hace veinte años no molaba demasiado llevar reloj con calculadora, ¿verdad? Y pasarte todo el día encerrado en casa jugando con tu reloj calculadora indicaba muy a las claras que no te iba muy bien en la vida social. Y juicios del tipo «Me gusta» y «No me gusta» y las sonrisitas y las caritas enfadadas se limitaban al primer año de la secundaria. Alguien te escribía una notita que decía: «¿Te gustan los unicornios y las pegatinas?». Y tú decías: «¡Sí, me gustan los unicornios y las pegatinas! ¡Sonrisa!». Ese rollo. Pero ya no solo lo hacen los chavales de primero de instituto, ahora lo hace todo el mundo, y a veces me da la impresión de que he entrado en una zona invertida, en un mundo-espejo donde los rollos más pringaos del mundo se han vuelto completamente dominantes. El mundo se ha vuelto pringao.
—Mercer, ¿para ti es importante molar?
—¿Tengo pinta de que sí? —Se pasó una mano por el vientre en plena expansión, por la ropa de faena rota—. Está claro que no soy el campeón de molar. Pero me acuerdo de que uno veía a John Wayne o a Steve McQueen y decía: Uau, esos sí que eran tipos duros. Van en caballo y en moto y recorren el mundo deshaciendo entuertos.
Mae no pudo aguantarse la risa. Miró la hora en su teléfono.
—Ya llevas más de tres minutos.
Mercer siguió erre que erre.
—Ahora las estrellas de cine le suplican a la gente que sigan sus cuentas de Zing. Mandan mensajes suplicantes pidiéndole a todo el mundo que les sonría. ¡Y hostia puta, las listas de correo! Todo el mundo manda correo basura. ¿Sabes en qué pierdo una hora todos los días? Pues en pensar maneras de cancelar la suscripción a listas de correo sin herir los sentimientos de nadie. Todo empieza a estar invadido de gente que no para de insistir en que les hagas caso. —Suspiró como si acabara de hacer unas declaraciones muy importantes—. El planeta ha cambiado mucho.
—Ha cambiado para bien —dijo Mae—. Es mejor en mil sentidos, y te puedo hacer una lista. Pero si no eres una persona social, no te puedo ayudar. O sea, tus necesidades sociales son tan mínimas…
—No es que no sea una persona social. Soy bastante social. Pero las herramientas que vosotros creáis lo que hacen es fabricar unas necesidades sociales antinaturalmente extremas. Nadie necesita el nivel de contacto que vosotros suministráis. No mejora nada. No es nutritivo. Son como aperitivos para picar. ¿Sabes cómo se diseñan esos aperitivos? Se determina científicamente cuánta sal y grasa necesitan incluir para que no pares de comer. No tienes hambre, no necesitas esa comida, no te beneficia en nada, pero no paras de comer esas calorías vacías. Eso es lo que vosotros estáis promocionando. Es lo mismo. Calorías vacías sin fin, pero en su equivalente digital-social. Y las diseñáis para que sean igualmente adictivas.
—Dios mío.
—¿Sabes cuando te terminas una bolsa de patatas fritas y te das asco? Porque sabes que no has hecho nada bueno para ti mismo. Pues después de pasarte horas en el mundo digital tienes la misma sensación, y lo sabes. Te sientes desperdiciado y vacío y degradado.
—Yo nunca me siento degradada.
Mae pensó en la petición que había firmado aquel mismo día exigiendo más oportunidades laborales para los inmigrantes que vivían en los suburbios de París. Resultaba vigorizante y tendría impacto. Pero Mercer no sabía nada de aquello, ni de nada de lo que hacía Mae, ni de lo que hacía el Círculo, y ella estaba demasiado harta de él para explicárselo.
—Y ha eliminado mi capacidad para hacer algo tan sencillo como hablar contigo. —Él seguía hablando—. O sea, no te puedo mandar correos electrónicos, porque inmediatamente se los reenvías a alguien. No te puedo mandar una foto porque la cuelgas en tu perfil. Y entretanto, tu empresa está revisando todos nuestros mensajes en busca de información con la que puedan sacar dinero. ¿No te parece que todo esto es una locura?
Mae le miró la cara rolliza. Estaba engordando por todos lados. Parecía que hasta le colgaban los carrillos. ¿Acaso a un hombre de veinticinco años ya le podían colgar los carrillos? No era de extrañar que pensara tanto en aperitivos.
—Gracias por ayudar a mi padre —le dijo ella, a continuación entró y esperó a que se marchara.
Él insistió en quedarse unos minutos más para terminarse la cerveza, pero no tardó en marcharse, y entonces Mae apagó las luces de la planta baja, se fue a su antigua habitación y se dejó caer en la cama. Comprobó sus mensajes, encontró varias docenas que requerían su atención y luego, como solo eran las nueve y sus padres ya estaban durmiendo, se conectó a su cuenta del Círculo y contestó unas docenas de consultas de clientes, sintiendo, cada vez que contestaba una, que se estaba desinfectando de Mercer. Hacia la medianoche ya se sentía renacida.
El sábado Mae se despertó en su antigua cama. Después del desayuno se sentó con su padre y los dos se dedicaron a ver por televisión el baloncesto femenino profesional, un espectáculo al que él se había aficionado con gran entusiasmo. Desperdiciaron el resto del día jugando a las cartas y haciendo recados, y por fin cocinaron entre los dos una receta a base de pollo salteado que sus padres habían aprendido en un curso de cocina al que habían asistido en el YMCA.
El domingo por la mañana se repitió la misma rutina. Mae se levantó tarde, sintiéndose aturdida y contenta de ello, y se fue adormilada hasta el cuarto de la tele, donde su padre estaba viendo otro partido de la WNBA. Esta vez él llevaba puesto un grueso albornoz blanco que un amigo suyo había mangado de un hotel de Los Ángeles.
Su madre estaba fuera, usando cinta aislante para reparar un cubo de basura que los mapaches habían roto al intentar extraer sus contenidos. Mae se sentía atontada y su cuerpo no quería hacer nada que no fuera tumbarse. Se dio cuenta de que había pasado una semana entera en estado de alerta constante, y no había habido ni una sola noche en que durmiera más de cinco horas. El mero hecho de estar sentada en la penumbra de la sala de estar de sus padres, viendo aquel partido de baloncesto que no significaba nada para ella, viendo botar todas aquellas coletas y trenzas y oyendo chirriar todas aquellas zapatillas deportivas, le resultaba reconstituyente y sublime.
—¿Me podrías echar una mano, cielo? —le preguntó su padre.
Tenía los puños hundidos en el sofá pero no se podía incorporar. Los cojines eran demasiado profundos.
Mae se levantó, pero cuando fue a cogerle la mano oyó un ruido suave y líquido.
—Me cago en la puta —dijo su padre, y empezó a sentarse otra vez.
Luego alteró su trayectoria y aterrizó de costado, como si acabara de acordarse de que tenía debajo algo frágil y no podía sentarse encima.
—¿Puedes decirle a tu madre que venga? —dijo entre dientes y con los ojos cerrados.
—¿Qué pasa? —preguntó Mae.
Él abrió los ojos y en ellos apareció una furia desconocida.
—Por favor, dile a tu madre que venga.
—Yo estoy aquí. Déjame que te ayude —le dijo ella.
Volvió a intentar cogerle la mano. Él la apartó de un manotazo.
—Llama. A. Tu. Madre.
Y por fin le llegó el olor. Su padre se había cagado encima.
Él soltó un fuerte suspiro, recobrando la compostura. Y en tono más suave, dijo:
—Por favor. Por favor, cielo. Llama a tu madre.
Mae corrió a la puerta de la casa. Encontró a su madre junto al garaje y le contó lo sucedido. Pero en vez de entrar corriendo, su madre le cogió las manos.
—Creo que tendrías que marcharte ya —le dijo—. Él no querrá que veas esto.
—Pero puedo echar una mano —dijo Mae.
—Por favor, cariño. Tienes que permitirle un poco de dignidad.
—¡Bonnie! —retumbó la voz de él desde dentro de la casa.
La madre de Mae le cogió la mano.
—Mae, cielo, recoge tus cosas y ya te veremos dentro de unas semanas, ¿vale?
Mae condujo de vuelta a la costa, con el cuerpo temblando de rabia. No tenían ningún derecho a hacer aquello, a hacerla ir a casa y luego echarla sin contemplaciones. ¡No es que ella quisiera oler la mierda de su padre! Estaba dispuesta a ayudar, sí, siempre que se lo pidieran, pero no si la trataban de aquella manera. ¡Y Mercer! ¡Se atrevía a echarle la bronca en su propia casa! Dios bendito. Vaya tres. Mae había hecho dos horas de trayecto en coche para ir allí y ahora estaba haciendo otras dos de vuelta, ¿y qué había obtenido a cambio de tanto esfuerzo? Nada más que frustración. De noche un gordo que le daba sermones y de día unos padres que la echaban con malos modos.
Para cuando llegó de vuelta a la costa eran las 16.14. Tenía tiempo, pensó. ¿El sitio cerraba a las cinco o a las seis? No se acordaba. Dio un volantazo para salir de la carretera y entrar en el puerto deportivo. Cuando llegó a la playa se encontró la puerta del almacén de los kayaks abierta, pero ni un alma a la vista. Mae miró por todos lados, entre las filas de kayaks, remos y salvavidas.
—¿Hola? —dijo.
—¡Hola! —le contestó una voz—. Aquí. En la caravana.
Detrás de las filas de equipamiento había una caravana apoyada en bloques de hormigón, y a través de la puerta abierta Mae vio unos pies de hombre encima de una mesa de trabajo y un cable de teléfono desplegado desde una mesa hasta una cara invisible. Subió los escalones y en la penumbra del interior de la caravana se encontró con un hombre de treinta y tantos años, medio calvo, que le hizo una señal con el dedo índice. Mae se dedicó a mirarse el teléfono para consultar la hora a cada minuto, viendo cómo el tiempo se le escapaba: 16.20, 16.21, 16.23. Por fin el hombre colgó el teléfono y sonrió.