El Círculo

Dave Eggers · Capítulo 1 de 3 · parte 6/11

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El Círculo

Libro primero

Este capítulo es largo, así que está dividido en 11 partes.

—Gracias por su paciencia. ¿En qué puedo ayudarla?

—¿Está Marion?

—No, yo soy su hijo. Walt.

Se puso de pie y estrechó la mano de Mae. Era alto, flaco y estaba quemado por el sol.

—Encantada. ¿Llego demasiado tarde?

—¿Demasiado tarde para qué? ¿Para cenar? —dijo él, convencido de estar haciendo un chiste.

—Para alquilar un kayak.

—Ah. Bueno, ¿qué hora es? Hace un rato que no lo miro.

A ella no le hizo falta mirar.

—Las cuatro y veintiséis —dijo.

Él carraspeó y sonrió.

—Las cuatro y veintiséis, ¿eh? Bueno, normalmente cerramos a las cinco, pero visto que se le da a usted tan bien saber la hora, estoy seguro de que puedo contar con que me traiga el kayak de vuelta a las cinco y veintidós. ¿Le parece bien? Es cuando tengo que marcharme a recoger a mi hija.

—Gracias —dijo Mae.

—Déjeme que la inscriba —dijo él—. Acabamos de informatizar nuestro sistema. ¿Dice usted que ya tiene cuenta?

Mae le dio su nombre y él lo introdujo en una tablet nueva, pero el sistema no lo cogió. Después de tres intentos, el hombre se dio cuenta de que no le funcionaba el wi-fi.

—A lo mejor la puedo inscribir con el teléfono —dijo, sacándoselo del bolsillo.

—¿Podemos hacerlo a mi vuelta? —preguntó Mae, y él aceptó, pensando que así le daría tiempo de volver a poner en funcionamiento la red.

Le entregó a Mae un salvavidas y un kayak, y una vez en el agua, ella se volvió a mirar el teléfono. Las 16.32. Tenía casi una hora. En las aguas de la bahía una hora siempre cundía mucho. Una hora era un día entero.

Mae echó a remar y aquella vez no vio ninguna foca moteada en el puerto deportivo, a pesar de que se demoró a propósito para intentar hacerlas salir. Fue hasta el viejo amarradero medio hundido, donde a veces los animales tomaban el sol, pero no vio ninguno. Ni focas moteadas ni leones marinos: el amarradero estaba vacío, a excepción de un solo pelícano muy sucio posado sobre un poste.

Ella remó hasta dejar atrás los pulcros yates y las embarcaciones misteriosas y se adentró en las aguas abiertas de la bahía. Una vez allí descansó, sintiendo el agua debajo de ella, suave y ondulante como si fuera una gelatina de muchas brazas de profundidad. Mientras estaba allí, sentada y quieta, aparecieron dos cabezas a unos veinte metros delante de ella. Eran focas moteadas, y se estaban mirando la una a la otra, como si estuvieran decidiendo si debían mirar a Mae, al unísono. Y por fin lo hicieron.

Y se quedaron las tres mirándose, las dos focas y Mae, sin que nadie pestañeara, hasta que por fin, como si acabara de darse cuenta de lo poco interesante que era Mae, que ni se movía ni hacía nada, una de las focas se hundió en una ola y desapareció, y la segunda foca no tardó en seguirla.

Más adelante, en medio de la bahía, Mae vio algo nuevo, una forma artificial en la que no se había fijado nunca, y decidió que sería su tarea del día: llegar hasta aquella forma e investigarla. Se acercó remando y vio que en realidad la forma la componían dos embarcaciones distintas, un viejo bote de pesca amarrado a una barcaza de pequeño tamaño. Sobre la barcaza había una especie de refugio elaborado pero chapucero. Si aquello existiera en tierra firme, sobre todo por aquella zona, lo desmantelarían de inmediato. Se parecía a las fotos que Mae había visto de las chabolas de la Gran Depresión o de algún asentamiento improvisado de refugiados.

Mae estaba allí sentada, contemplando aquella chapuza, cuando de debajo de una lona azul emergió una mujer.

—Vaya —le dijo la mujer—, pero si has salido de la nada.

Debía de tener unos sesenta años, pelo largo y blanco, tupido y descuidado, recogido en una coleta. Avanzó unos pasos y Mae vio que en realidad era más joven de lo que ella había supuesto, tal vez cincuenta y pocos años, y que todavía tenía mechones rubios.

—Hola —dijo Mae—. Perdón por acercarme demasiado. La gente del puerto deportivo siempre nos insiste en que no molestemos a la gente que vive aquí.

—Y normalmente es así —dijo la mujer—. Pero teniendo en cuenta que estamos saliendo a tomar nuestro cóctel de la tarde —dijo la mujer, acomodándose en una silla de plástico blanca—, llegas en el momento perfecto. —La mujer echó la cabeza hacia atrás y se dirigió a la lona azul—. ¿Te vas a quedar escondido ahí dentro o qué?

—Estoy trayendo las copas, chata —dijo una voz de hombre, todavía invisible, esforzándose por ser cortés.

La mujer se volvió hacia Mae. Bajo la tenue luz se le veían unos ojos luminosos y un poco traviesos.

—Pareces inofensiva. ¿Quieres subir a bordo? —dijo inclinando la cabeza para examinar a Mae.

Mae se acercó remando y en aquel momento la voz masculina emergió de debajo de la lona y adoptó forma humana. Era un tipo correoso, un poco mayor que su compañera, y salió con movimientos lentos del bote para pasar a la barcaza. Llevaba algo que parecían dos termos.

—¿Va a subir con nosotros? —le preguntó el hombre a la mujer, dejándose caer en la silla de plástico idéntica que había junto a la de ella.

—La he invitado yo —dijo la mujer.

Cuando estuvo lo bastante cerca como para distinguir sus caras, Mae vio que iban limpios y pulcros. Se había temido que su ropa confirmara lo que su embarcación sugería: que no solo eran vagabundos acuáticos, sino también peligrosos.

La pareja dedicó un momento a observar cómo Mae maniobraba hasta su barcaza, mostrando curiosidad hacia ella pero sin hacer nada, como si ellos estuvieran en su sala de estar y ella fuera su espectáculo de aquella noche.

—Venga, ayúdala —dijo la mujer con irritación, y el hombre se puso de pie.

La proa del kayak de Mae chocó con el borde metálico de la barcaza y el hombre lo rodeó rápidamente con una cuerda y tiró del kayak para ponerlo en paralelo. Luego la ayudó a subir a la cubierta, un abigarrado mosaico de tablones.

—Siéntate aquí, cielo —dijo la mujer, señalando la silla que él acababa de desocupar para ir a ayudarla.

Mae se sentó y sorprendió al hombre mirando a la mujer con furia.

—Pues coge otra —le dijo la mujer al hombre.

Y él volvió a desaparecer bajo la lona azul.

—Normalmente no soy tan mandona con él —le explicó la mujer a Mae, cogiendo uno de los termos que el hombre había dejado en el suelo—. Pero es que no sabe tener invitados. ¿Quieres blanco o tinto?

Mae no tenía razón alguna para aceptar ni uno ni otro, considerando que era media tarde y a ella le tocaba hacer el trayecto de vuelta en kayak y después coger el coche para ir a casa. Pero tenía sed, y si el vino era blanco, sabría muy bien bajo el sol de media tarde, así que decidió rápidamente que quería un poco.

—Blanco, por favor —dijo.

De los pliegues de la lona emergió un taburete rojo y pequeño, seguido del hombre, que venía haciéndose teatralmente el ofendido.

—Siéntate y toma una copa, anda —le dijo la mujer, y procedió a servir en sendos vasitos de plástico vino blanco para Mae y tinto para ella y su compañero.

El hombre se sentó, todos levantaron sus vasos y el vino, que Mae sabía que no era bueno, aun así le supo extraordinario.

El hombre estaba escrutando a Mae.

—O sea que eres una especie de aventurera, imagino. Te van los deportes extremos y esas cosas.

Vació su vaso y cogió el termo. Mae supuso que su mujer lo miraría con desaprobación, como habría hecho su madre, pero tenía los ojos cerrados y la cara orientada hacia el sol vespertino.

Mae negó con la cabeza.

—Pues no. Para nada.

—Por aquí no vemos a mucha gente en kayak —dijo, rellenándose el vaso—. Se suelen quedar más cerca de la costa.

—A mí me parece una chica agradable —dijo la mujer, con los ojos todavía cerrados—. Mírale la ropa. Es casi pija. Pero no es ninguna esclava. Es una chica agradable que tiene arranques de curiosidad de vez en cuando.

Ahora le tocó al hombre pedir disculpas.

—Dos sorbos de vino y ya se cree adivina.

—No pasa nada —dijo Mae, aunque no sabía qué pensar del diagnóstico de la mujer.

Mientras ella miraba primero al hombre y después a la mujer, esta abrió los ojos.

—Mañana llegará por aquí un grupo de ballenas grises —dijo, y volvió la mirada hacia el Golden Gate.

Entornó los ojos, como si estuviera haciéndole al océano la promesa mental de que, cuando llegaran las ballenas, ellos las tratarían bien. Luego volvió a cerrar los ojos. De momento la tarea de entretener a Mae parecía recaer en el hombre.

—¿Y cómo estaba hoy la bahía? —preguntó.

—Bien —dijo Mae—. Muy tranquila.

—No ha estado tan tranquila en toda la semana —admitió él, y los tres se pasaron un rato sin hablar, como si estuvieran honrando la placidez de las aguas con un momento de silencio.

Y en medio de aquel silencio, Mae pensó en cómo reaccionaría Annie, o sus padres, si la vieran allí, bebiendo vino por la tarde en una barcaza. Con unos desconocidos que vivían en una barcaza. Ella sabía que Mercer lo aprobaría.

—¿Has visto alguna foca? —le preguntó por fin el hombre.

Mae no sabía nada de aquella gente. Ni se habían presentado ni le habían preguntado a Mae cómo se llamaba.

Una sirena de niebla sonó a lo lejos.

—Hoy muy pocas, cerca de la costa —dijo Mae.

—¿Qué aspecto tenían? —preguntó el hombre, y cuando Mae describió a los dos animales y sus cabezas grises como de papel de cera, el hombre echó un vistazo a la mujer—. Stevie y Kevin.

La mujer asintió con la cabeza para mostrar su reconocimiento.

—Creo que hoy las demás han ido mar adentro, de caza. Stevie y Kevin no salen mucho de esta parte de la bahía. Se nos acercan todo el tiempo a saludarnos.

Mae tuvo ganas de preguntarles si vivían allí o, en caso de que no, qué estaban haciendo exactamente allí, en aquella barcaza amarrada a un bote de pesca, dos embarcaciones que no parecían funcionar de ninguna forma. ¿Estaban allí permanentemente? ¿Cómo habían conseguido llegar hasta allí? Sin embargo, le parecía imposible hacerles cualquiera de aquellas preguntas cuando ellos no le habían preguntado ni cómo se llamaba.

—¿Estabas aquí cuando eso se quemó? —le preguntó el hombre, señalando una isla grande y deshabitada que había en mitad de la bahía.

La isla se elevaba, muda y negra, detrás de ellos. Mae negó con la cabeza.

—Estuvo ardiendo dos días. Nosotros acabábamos de llegar. De noche el calor se sentía desde aquí. Teníamos que zambullirnos en estas aguas dejadas de la mano de Dios solo para refrescarnos. Creíamos que se iba a acabar el mundo.

Ahora la mujer abrió los ojos y se quedó mirando a Mae.

—¿Has nadado en esta bahía?

—Unas cuantas veces —dijo Mae—. Es brutal. Pero de niña nadaba en el lago Tahoe, que está por lo menos igual de frío que esto.

Mae se terminó el vino y se sintió radiante por un momento. Miró el sol con los ojos entornados, apartó la vista y vio a un hombre a lo lejos, a bordo de un velero plateado e izando una bandera tricolor.

—¿Qué edad tienes? —le preguntó la mujer—. Aparentas once años.

—Veinticuatro —dijo Mae.

—Dios mío. No tienes ni una marca. ¿Nosotros hemos tenido veinticuatro años alguna vez, amor?

Se giró hacia el hombre, que estaba usando un bolígrafo para rascarse la planta del pie. Él se encogió de hombros y ella dejó el tema.

—Esto es precioso —dijo Mae.

—Estamos de acuerdo —dijo la mujer—. Es una belleza escandalosa y constante. La salida del sol esta mañana ha sido tremenda. Y esta noche hay luna llena. Ha estado saliendo de color naranja y volviéndose plateada a medida que sube por el cielo. El agua se teñirá primero de dorado y luego de color platino. Deberías quedarte.

—Tengo que devolver eso —dijo Mae, señalando el kayak. Miró su teléfono—. Dentro de unos ocho minutos.

Se puso de pie y el hombre se levantó también, le cogió el vaso y colocó el suyo dentro.

—¿Crees que puedes cruzar la bahía de vuelta en ocho minutos?

—Lo voy a intentar —dijo Mae, y se puso de pie.

La mujer chasqueó la lengua ruidosamente.

—No me puedo creer que se marche ya. Me caía bien.

—No está muerta, cariño. Sigue con nosotros —dijo el hombre. Ayudó a Mae a entrar en el kayak y lo desamarró—. Sé educada.

Mae hundió la mano en las aguas de la bahía y se mojó la nuca.

—Huye, traidora —le dijo la mujer.

El hombre puso los ojos en blanco.

—Lo siento.

—No pasa nada. Gracias por el vino —dijo Mae—. Volveré.

—Estaría bien —dijo la mujer, aunque parecía haber terminado con Mae.

Era como si, por un momento, hubiera pensado que Mae era un tipo de persona, pero ahora, sabiendo que era otro distinto, ya pudiera romper con ella y devolverla al mundo.

Mae remó hacia la orilla, un poco mareada, con una sonrisa torcida por culpa del vino. Y solo entonces fue consciente de cuánto rato llevaba sin pensar para nada en sus padres. El viento arreció, ahora en dirección oeste, y ella remó aprovechándolo de modo temerario, con la espuma volando por todas partes, empapándole las piernas, la cara y los hombros. Se sentía muy fuerte, sus músculos ganaban en atrevimiento con cada envite del agua fría. A ella le encantó todo aquello, ver cómo se acercaban los botes sueltos a su aire, cómo aparecían los yates enjaulados y adoptaban nombres, y, por fin, cómo cobraba forma la playa, con Walt esperando en la orilla.

 

El lunes, cuando fue a trabajar y se conectó, le apareció un centenar aproximado de mensajes en la segunda pantalla.

Annie: «¡Te echamos de menos el viernes por la noche!».

Jared: «Te perdiste una buena juerga».

Dan: «¡Qué putada que no estuvieras en la celebración del domingo!».

Mae miró su calendario y vio que el viernes se había celebrado una fiesta, abierta a todo el mundo del Renacimiento. El domingo había habido una barbacoa para los novatos: todo el que hubiera llegado durante las dos semanas que ella llevaba en el Círculo.

«Hoy tengo mucho lío —escribió Dan—. Ven a verme cuanto antes.»

Ella se lo encontró de pie en la esquina de su oficina, de cara a la pared. Golpeó suavemente la puerta con los nudillos y él, sin darse la vuelta, levantó el dedo índice, pidiendo un momento. Mae se lo quedó mirando, dando por sentado que estaba al teléfono, y aguardó pacientemente y en silencio, hasta darse cuenta de que en realidad Dan estaba usando sus retinales y quería un fondo vacío. Ella había visto a algún que otro circulista hacer aquello: mirar las paredes para ver con mayor claridad las imágenes de sus pantallas retinales. Cuando terminó, él se giró en redondo para mirar a Mae con una sonrisa amistosa que se disolvió enseguida.

—¿No pudiste venir ayer?

—Lo siento. Estaba con mis padres. Mi padre…

—Un evento fabuloso. Creo que fuiste la única novata que no fue. Pero podemos hablar de ello más tarde. Ahora mismo te tengo que pedir un favor. Hemos tenido que traer a mucha gente nueva, a tenor de lo deprisa que se está expandiendo todo, así que me preguntaba si me podías ayudar con algunos de los recién llegados.

—Claro.

—Creo que para ti será pan comido. Déjame que te lo enseñe. Volvamos a tu despacho. ¿Renata?

Renata los siguió, llevando en la mano un pequeño monitor del tamaño de una libreta de notas. Lo instaló en la mesa de Mae y se marchó.

—Vale. Así pues, idealmente vas a estar haciendo lo que al principio hacía Jared contigo, ¿te acuerdas? Cada vez que un novato se encalle con una consulta y haya que reenviársela a alguien con más experiencia, la coges tú. Ahora eres la veterana. ¿Lo entiendes?

—Sí.

—Lo otro es que quiero que los novatos te puedan hacer preguntas mientras trabajan. Lo más fácil será que te las hagan por esta pantalla. —Señaló la pantallita que le acababan de colocar debajo de su monitor principal—. Si ves que aparece algo aquí, ya sabrás que es de alguien de tu grupo, ¿vale? —Se giró hacia la nueva pantalla y tecleó en su tablet una petición, «¡Ayúdame, Mae!», de forma que las palabras aparecieran en aquella nueva y cuarta pantalla—. ¿Te parece lo bastante fácil?

—Sí.

—Bien. Pues los novatos llegarán después de que Jared les haga el training. Está haciendo uno colectivo mientras hablamos. Sobre las once de la mañana llegará una docena de empleados nuevos, ¿vale?

Dan le dio las gracias y se marchó.

Hasta las once hubo una carga grande de trabajo, pero ella obtuvo una puntuación de 98. Mandó cuestionarios complementarios a un puñado de puntuaciones inferiores a 100 y a un par de noventa y pocos, y en la mayoría de los casos los clientes cambiaron su puntuación a 100.

A las once levantó la vista para ver a Jared guiando por la sala a un grupo, cuyos miembros parecían todos muy jóvenes y caminaban con mucho cuidado, como si tuvieran miedo de despertar a un bebé invisible. Jared los colocó a todos en sus mesas respectivas y la sala, que llevaba semanas completamente vacía, se llenó en cuestión de minutos.

Jared se puso de pie sobre una silla.

—¡A ver, todo el mundo! —dijo—. Este está siendo con diferencia nuestro proceso de integración más rápido. Y nuestra sesión de training más rápida. Y nuestro primer día más desquiciantemente acelerado. Pero yo sé que todos sois más que capaces. Y sobre todo sé que vais a poder porque yo me voy a pasar todo el día aquí para ayudaros, y Mae también. Mae, ¿puedes ponerte de pie?

Mae se puso de pie. Pero saltó a la vista que pocos de los novatos presentes en la sala podían verla.

—¿Y si te pones de pie encima de tu silla? —le pidió Jared, y Mae obedeció, alisándose la falda, sintiéndose bastante ridícula y llamativa y confiando en no caerse.

—Los dos nos pasaremos aquí todo el día contestando preguntas y cogiendo las consultas que os hagan encallaros. Si os encalláis en una consulta, reenviadla y nos llegará a ella o a mí, según quien tenga menos pendientes. Si tenéis alguna pregunta, lo mismo. La mandáis por el canal que os he enseñado en la orientación y nos llegará a uno de nosotros. Entre Mae y yo estaréis cubiertos. ¿Todo el mundo se siente bien? —Nadie se movió ni dijo nada—. Bien. Voy a volver a abrir la compuerta y seguiremos hasta las doce y media. El almuerzo será más corto hoy por el training y todo lo demás, pero os lo compensaremos el viernes. ¿Todo el mundo listo? —Nadie parecía listo—. ¡Adelante!

Jared se bajó de un salto y Mae se bajó con cuidado, se compuso otra vez y de inmediato se vio con treinta consultas de retraso. Se puso con la primera y en menos de un minuto le llegó una pregunta a la cuarta pantalla, la de los novatos.

«El cliente quiere todo su historial de pagos del año pasado. ¿Disponible? ¿Y dónde?»

Mae le indicó la carpeta adecuada al novato y regresó a la consulta que tenía delante. Siguió así, viéndose apartada de su trabajo a cada minuto por las preguntas de los novatos, hasta las doce y media, hora en que vio que Jared se volvía a subir a una silla.

—Uau. Uau —dijo Jared—. Hora de almorzar. Intenso. Intenso. ¿Verdad? Pero lo hemos conseguido. Nuestra media global es 93, que normalmente no estaría muy bien, pero tampoco está mal considerando los sistemas nuevos y el aumento de flujo. Felicidades. Comed algo, recargad baterías y os veo a la una en punto. Mae, ven a verme cuando puedas.

Se volvió a bajar de un salto y estuvo en la mesa de Mae antes de que ella pudiera llegar a la de él. Tenía una expresión de preocupación amable.

—No has pasado por la clínica.

—¿Yo?

—¿Es verdad?

—Supongo.

—Se suponía que tenías que ir durante tu primera semana.

—Ah.

—Te están esperando. ¿Puedes ir hoy?

—Claro. ¿Ahora?

—No, no. Ahora estamos demasiado liados, como puedes ver. ¿Qué te parece a las cuatro? Yo puedo ocuparme del último turno. Y por la tarde todos estos novatos ya estarán un poco más a punto. ¿Te lo has pasado bien hasta ahora?

—Claro.

—¿Estresada?

—Bueno, esto le añade un nivel nuevo a la cosa.

—Sí, así es. Y todavía vendrán más niveles, te lo aseguro. Sé que alguien como tú se acabaría aburriendo del trabajo normal de Experiencia del Cliente, así que la semana que viene te vamos a reclutar para un aspecto distinto del trabajo. Creo que te va a encantar. —Se miró la pulsera y vio la hora—. Oh, mierda. Tienes que irte a comer. Te estoy quitando literalmente la comida de la boca. Ve. Tienes veintidós minutos.

Mae encontró un bocadillo ya preparado en la cocina más cercana y se lo comió sentada a su mesa. Repasó el canal de mensajes sociales de la tercera pantalla en busca de algo urgente o que necesitara respuesta. Encontró y respondió treinta y un mensajes, quedándose satisfecha de haber prestado una atención meticulosa a todos los que la requerían.

La tarde fue un tren fuera de control, con preguntas constantes de los novatos, en contra de lo que le había asegurado Jared, que se pasó la tarde entera entrando y saliendo, dejando la sala una docena de veces y hablando por teléfono con gran intensidad. Mae lidió con su flujo redoblado de consultas y a las 15.48 tenía una media personal de 96. La media del grupo era 94. No estaba mal, pensó, considerando que se habían añadido doce personas nuevas y que había tenido que ayudarlas a todas ellas sola, durante casi tres horas. Cuando dieron las cuatro, se acordó de que la esperaban en la clínica y confió en que Jared se acordara también. Se puso de pie y vio que él la estaba mirando y que le hacía una señal con los pulgares levantados. Se marchó.

 

El vestíbulo de la clínica no era realmente un vestíbulo. Parecía más bien una cafetería, con circulistas charlando en parejas, una pared cubierta por un precioso despliegue de alimentos y bebidas naturales, una barra de ensaladas con las verduras que se cultivaban en el campus y un pergamino enmarcado en la pared que contenía la receta de una sopa de paleodieta.

Mae no supo a quién dirigirse. En la sala había cinco personas, cuatro trabajando con tablets y una completamente retinal, plantada en la esquina. No había nada que se pareciera a la clásica ventanilla a través de la cual la habría saludado un empleado administrativo de la clínica.

—¿Mae?

Siguió aquella voz hasta la cara de una mujer de pelo corto y negro, con hoyuelos en ambas mejillas, que le estaba sonriendo.

—¿Ya estás lista?

La mujer llevó a Mae por un pasillo azul hasta una sala que parecía más una cocina de diseño que una sala de reconocimientos. La mujer de los hoyuelos le indicó un sillón y la dejó allí.

Mae se sentó y al cabo de un momento se volvió a incorporar, atraída por los armarios que cubrían las paredes. Vio las líneas horizontales, finas como cabellos, que indicaban dónde terminaba cada cajón y dónde empezaba el siguiente, pero no había ni pomos ni tiradores. Pasó una mano por la superficie y apenas pudo notar las finísimas separaciones. Por encima de los armarios había una banda metálica con una inscripción grabada: PARA CURAR DEBEMOS SABER, Y PARA SABER DEBEMOS COMPARTIR.

Se abrió la puerta y Mae dio un respingo.

—Hola, Mae —dijo una cara que se aproximó, preciosa y sonriente, a ella—. Soy la doctora Villalobos.

Mae estrechó la mano de la doctora, boquiabierta. Aquella mujer era demasiado sofisticada para aquello, para aquella sala y para Mae. Tenía como mucho cuarenta años, una coleta negra y la piel luminosa. Unas elegantes gafas de lectura le colgaban del cuello, le reseguían brevemente el borde de la chaqueta de color crema y le descansaban sobre el amplio busto. Llevaba tacones de cinco centímetros.

—Me alegro muchísimo de verte, Mae.

Mae no supo qué decir. Se decidió por «Gracias por recibirme» y se sintió inmediatamente tonta.

—No, gracias a ti por venir —dijo la doctora—. Hacemos venir a todo el mundo, normalmente durante la primera semana, así que estábamos preocupados por ti. ¿Hay alguna razón para que hayas tardado tanto?

—No, no. Estaba ocupada, simplemente.

Mae examinó a la doctora en busca de defectos físicos y por fin le encontró un lunar en el cuello, del que le sobresalía un solo pelito diminuto.

—¡Demasiado ocupada para tu salud! No digas eso. —La doctora estaba de espaldas a Mae, preparando alguna clase de bebida. Por fin se dio la vuelta y sonrió —. En fin, esto no es más que un examen introductorio, un chequeo básico que les hacemos a todos los nuevos miembros de la plantilla del Círculo, ¿de acuerdo? Y has de saber antes de nada que somos una clínica que hace énfasis en la prevención. En aras de mantener a nuestros circulistas física y mentalmente sanos, proporcionamos servicios de bienestar integrales. ¿Te cuadra esto con lo que te han contado?

—Sí. Tengo una amiga que lleva un par de años trabajando aquí y dice que la asistencia médica es increíble.

—Vaya, me alegro de oírlo. ¿Quién es esa amiga tuya?

—Annie Allerton…

—Ah, claro. Lo ponía en tu matrícula. ¿Quién no quiere a Annie? Salúdala de mi parte. Aunque supongo que la puedo saludar yo. La tengo en mi rotación, o sea que la veo cada dos semanas. ¿Te ha dicho que los chequeos son quincenales?

—Pero eso es…

La doctora sonrió.

—Cada dos semanas. Es la clave del bienestar. Si solo vienes cuando tienes un problema, no puedes adelantarte a las cosas. Los chequeos quincenales incluyen consultas dietéticas, y también vigilamos cualquier variación de vuestra salud general. Esto es crucial para la detección precoz, para calibrar cualquier medicación que puedas estar tomando y para ver cualquier problema a unos cuantos kilómetros de distancia, en vez de cuando te haya arrollado. ¿Te parece bien?

Mae se acordó de su padre y de lo tarde que habían descubierto que sus síntomas eran de esclerosis múltiple.

—Pues sí —contestó.

—Y todos los datos que generamos aquí los puedes consultar en la red. Todo lo que hagamos, todo lo que hablemos, y por supuesto tu historial pasado. Al entrar en la empresa firmaste el formulario que nos permitía traer aquí la información de todos tus médicos anteriores, de manera que por fin la tienes toda en un solo lugar, y podemos acceder a ella tanto tú como nosotros, y así podemos tomar decisiones y ver patrones y problemas en potencia, gracias a que tenemos acceso a todo el historial. ¿Quieres verlo? —le preguntó la doctora, y activó una pantalla en la pared.

El historial médico completo de Mae apareció ante ella en forma de listas, imágenes e iconos. La doctora Villalobos se puso a tocar la pantalla de pared, abriendo carpetas, moviendo imágenes y revelando los resultados de todas y cada una de sus visitas al médico, remontándose hasta su primer chequeo antes de entrar en la guardería.

—¿Cómo va esa rodilla? —le preguntó la doctora.

Acababa de encontrar la resonancia magnética que Mae se había hecho unos años atrás. Mae había decidido no operarse el ligamento anterior cruzado; su antigua póliza no le cubría la operación.

—Me funciona —dijo Mae.

—Bueno, si quieres ocuparte de ella, me lo dices. Aquí hacemos esa intervención. Se haría en una tarde y por supuesto sería gratis. Al Círculo le gusta que sus empleados tengan rodillas operativas.

La doctora apartó la vista de la pantalla para sonreír a Mae, una sonrisa ensayada pero convincente.

—No ha sido fácil reunir algunas de las fichas de cuando eras adolescente, pero de ahora en adelante tendremos información casi completa. Cada dos semanas te haremos análisis de sangre, pruebas cognitivas, de reflejos, un breve examen ocular y toda una serie rotatoria de exámenes más exóticos, como resonancias magnéticas y esas cosas.

Mae no entendía nada.

—Pero ¿cómo os podéis permitir todo esto? O sea, solo el precio de una resonancia magnética…

—Bueno, la prevención es barata. Sobre todo en comparación con encontrarse un tumor en fase cuatro cuando lo podríamos haber encontrado en la fase uno. Y el diferencial de coste es enorme. Como los circulistas suelen ser gente joven y sana, nuestros costes sanitarios son una fracción de los que tiene una empresa de tamaño parecido. Una que no tenga la misma previsión.

A Mae le dio la sensación, a la que ya se estaba acostumbrando, de que la gente del Círculo era la única capaz de pensar, o simplemente capaz de poner en práctica, unas reformas cuyas necesidad y urgencia parecían incuestionables.

—¿Y cuándo te hiciste tu última revisión?

—¿En la universidad, tal vez?

—Uau, vale. Empecemos con tus constantes vitales, lo básico. ¿Alguna vez has visto uno de estos?

La doctora le enseñó un brazalete plateado de unos ocho centímetros de ancho. Mae había visto que Jared y Dan llevaban monitores de salud, pero los de ellos eran de goma y no les quedaban tan apretados. Aquel era más fino y ligero.

—Creo que sí. ¿Te mide el ritmo cardíaco?

—Exacto. La mayoría de los circulistas de toda la vida tienen alguna versión de él, pero muchos se han estado quejando de que les queda demasiado suelto, como si fuera una pulsera. De manera que lo he modificado para que no se mueva. ¿Te lo quieres probar?

Mae se lo probó. La doctora se lo puso en la muñeca izquierda y se lo cerró con un clic. Era cómodo.

—Está caliente —dijo Mae.

—Te pasarás unos días notándolo caliente, luego el brazalete y tú os acostumbraréis el uno al otro. Pero te tiene que tocar la piel, claro, para medir lo que queremos medir, que es todo. Querías el programa entero, ¿verdad?

—Creo que sí.

—En tu matrícula decías que querías toda la gama recomendada de mediciones. ¿Sigues queriéndola?

—Sí.

—Vale. ¿Te puedes beber esto? —La doctora le dio a Mae el líquido verde y espeso que había estado preparando—. Es un batido.

Mae se lo bebió. Estaba frío y viscoso.

—Muy bien, acabas de ingerir el sensor que se conectará con el monitor que llevas en la muñeca. Estaba en ese vaso. —La doctora le dio un puñetazo juguetón a Mae en el hombro—. Me encanta hacer esto.

—¿Ya me lo he tragado? —dijo Mae.

—Es la mejor manera. Si te lo pongo en la mano, te dedicarás a darle vueltas y más vueltas. Pero el sensor es tan pequeño, y por supuesto es orgánico, que si te lo bebes no te das cuenta y se acabó la cosa.

—¿O sea que ya tengo el sensor dentro?

—Pues sí. Y ahora —dijo la doctora, dando unos golpecitos en el monitor de la muñeca de Mae— ya está activo. Recogerá datos de tu ritmo cardíaco, presión sanguínea, colesterol, flujo de calor, consumo de calorías, duración del sueño, calidad del sueño, eficiencia digestiva y demás. Una cosa que os va muy bien a los circulistas, sobre todo a los que tenéis cargos que pueden ser estresantes, es que mide la respuesta galvánica de la piel, que nos permite saber cuándo estáis acelerados o ansiosos. Cuando vemos índices no normativos de estrés en un circulista o en un departamento, podemos hacer ajustes en la carga de trabajo, por ejemplo. También te mide el nivel de pH del sudor, para que sepas cuándo tienes que hidratarte con agua alcalina. Detecta tu postura, para que sepas cuándo tienes que cambiarla. Te evalúa el oxígeno de la sangre y los tejidos, el nivel de glóbulos rojos y hasta tiene un podómetro. Como sabes, los médicos recomiendan dar unos diez mil pasos al día, y esto te enseña cuántos te faltan. A ver, camina un poco por la sala.

Mae vio primero el número 10.000 en su muñeca y luego números que descendían a medida que ella daba pasos: 9.999, 9.998, 9.997.

—A todos los novatos les pedimos que se pongan estos modelos de segunda generación, y así en cuestión de meses tendremos a todos los circulistas coordinados. La idea es que si obtenemos una información completa podremos suministrar mejor atención. La información incompleta crea lagunas en nuestro conocimiento, y en términos médicos, las lagunas en nuestro conocimiento generan errores y omisiones.

—Lo sé —dijo Mae—. Ese fue el problema que yo tuve en la universidad. Que eras tú quien suministrabas tus datos sanitarios, de forma que aquello era un caos. Murieron tres chavales de meningitis antes de que se descubriera que había un brote.

La expresión de la doctora Villalobos se ensombreció.

—¿Sabes? Esa clase de cosas ya son completamente innecesarias. En primer lugar, no se puede esperar que los chavales de la universidad suministren sus datos. Tienes que hacérselo tú, para que ellos se puedan concentrar en sus estudios. Solo las enfermedades de transmisión sexual, la hepatitis C… imagina que dispones de todos los datos. Entonces sí que puedes emprender acciones apropiadas. En vez de simples conjeturas. ¿Has oído hablar de aquel experimento que hicieron en Islandia?

—Creo que sí —dijo Mae, aunque solo lo creía a medias.

—Bueno, pues como Islandia tiene una población increíblemente homogénea, las raíces de la mayoría de sus habitantes se remontan a muchos siglos en la isla. Todo el mundo puede rastrear con facilidad a sus ancestros de hace un millar de años. De manera que se pusieron a hacer el mapa del genoma de los islandeses, de todos y cada uno de ellos, y así pudieron seguir la pista de toda clase de enfermedades hasta sus mismos orígenes. De esa comunidad de gente han extraído datos valiosísimos. No hay nada como un grupo estable y relativamente homogéneo, expuesto a los mismos factores, y que además puedes estudiar a lo largo del tiempo. Ese grupo estable, y esa información completa, fueron factores cruciales para maximizar los resultados del estudio. De manera que aquí tenemos la esperanza de hacer lo mismo. Si podemos conseguir el historial de todos los que van llegando, y al final el de todos los más de diez mil circulistas, podremos ver los problemas mucho antes de que se vuelvan graves y al mismo tiempo podremos recopilar datos sobre el conjunto de la población. La mayoría de los novatos tenéis la misma edad más o menos y en general estáis bien de salud, hasta los ingenieros. —Sonrió al decir lo que estaba claro que era una broma que hacía con frecuencia—. De manera que cuando se producen desviaciones, queremos estar enterados y ver si existen tendencias de las que podamos aprender. ¿Me explico?

Mae estaba distraída con el brazalete.

—¿Mae?

—Sí. Me parece fantástico.

El brazalete era precioso, una auténtica marquesina de luces, gráficas y números parpadeantes. El pulso de Mae estaba representado por medio de una rosa delicadamente dibujada que se abría y se cerraba. Había un electrocardiograma que se proyectaba hacia la derecha como una centella azul y volvía al principio. La temperatura corporal se veía bien grande, en color verde, 37,1, recordándole también el promedio de la jornada, 36,1, que ella necesitaba mejorar.

—¿Y esto para qué es? —preguntó.

Había una serie de botones e indicadores, organizados en fila debajo de los datos.

—Pues es que puedes hacer que el brazalete te mida cien cosas más. Si corres, te mide cuánto has corrido. Te calcula la relación entre el ritmo cardíaco en estado de reposo y de actividad. Te mide el índice de masa corporal, la ingesta de calorías… ¿Ves?, te está saliendo.

Mae estaba ocupada experimentando. Era uno de los objetos más elegantes que había visto en su vida. Había docenas de niveles de información, y cada dato le permitía solicitar otros y adentrarse más. Si tocaba los dígitos de su temperatura actual, podía ver la temperatura media de las veinticuatro horas anteriores, la máxima, la mínima y la mediana.

—Y por supuesto —dijo la doctora Villalobos—, todos los datos se almacenan en la nube y en tu tablet, donde tú los quieras. Se puede acceder a ellos en todo momento y se actualizan constantemente. De manera que si te caes o te das un golpe en la cabeza y vas en una ambulancia, los enfermeros pueden acceder a tu historial completo en cuestión de segundos.

—¿Y esto es gratis?

—Claro que es gratis. Forma parte de tu cobertura médica.

—Es precioso —dijo Mae.

—Sí, a todo el mundo le encanta. Bueno, voy a hacerte el resto de las preguntas estándar. ¿Cuándo tuviste la última regla?

Mae intentó acordarse.

—Hace unos diez días.

—¿Eres sexualmente activa?

—Ahora mismo no.

—Pero ¿en general?

—En general sí.

—¿Tomas anticonceptivos?

—Sí.

—Vale. Puedes trasladar tu receta aquí. Habla con Tanya cuando salgas y ella te dará condones para las cosas que la píldora no puede prevenir. ¿Tomas alguna otra medicación?

—No.

—¿Antidepresivos?

—No.

—¿Dirías que en general eres feliz?

—Sí.

—¿Alguna alergia?

—Sí.

—Ah, sí. Las tengo aquí. A los caballos, qué lástima. ¿Algún caso de enfermedad en la familia?

—¿Cómo? ¿A mi edad?

—A tu edad. ¿Tus padres? ¿Están bien?

La manera en que la doctora se lo estaba preguntando, el hecho de que estuviera claro que esperaba una respuesta afirmativa, con el lápiz óptico suspendido sobre la tablet, dejó a Mae sin respiración y le impidió contestar.

—Oh, cariño —dijo la mujer, rodeando los hombros de Mae con el brazo y acercándosela. Olía un poco a flores—. Tranquila —dijo, y Mae se echó a llorar, con los hombros palpitando y la nariz y los ojos inundados.

Sabía que le estaba mojando la bata de algodón a la doctora, pero aquello le proporcionaba consuelo y hasta le daba una sensación de perdón, y Mae se encontró a sí misma contándole a la doctora Villalobos los síntomas de su padre, su fatiga y el accidente que había tenido el fin de semana.

—Oh, Mae —dijo la doctora, acariciándole el pelo—. Mae. Mae.

Mae no podía parar. Le contó a la doctora Villalobos la desoladora situación de su padre con la aseguradora, el hecho de que su madre ya esperaba dedicar el resto de su vida a cuidar de él, a luchar por cada tratamiento y a pasarse varias horas al día al teléfono con aquella gente.

—Mae —le dijo la doctora, por fin—. ¿Has preguntado en Recursos Humanos si puedes añadir a tus padres a la cobertura de la empresa?

Mae levantó la vista.

—¿Qué?

—Hay unos cuantos circulistas que tienen a miembros de su familia con situaciones parecidas en el plan médico. Me imagino que en tu caso es posible.

Mae no había oído hablar para nada de aquello.

—Pregúntalo en Recursos Humanos —dijo la doctora—. O mira, mejor se lo preguntas a Annie.

 

—¿Por qué no me lo has contado antes? —le dijo Annie aquella noche. Estaban las dos en el despacho de Annie, una sala grande y blanca con ventanales del suelo al techo y un par de sofás bajos—. No tenía ni idea de que tus padres estuvieran viviendo esa pesadilla con el seguro médico.

Mae estaba mirando las fotos enmarcadas de la pared, que mostraban árboles o arbustos podados en formas pornográficas.

—La última vez que vine solo tenías seis o siete, ¿verdad?

—Lo sé. Corrió la voz de que yo era una coleccionista apasionada, de forma que ahora me las regalan todos los días. Y cada vez son más guarras. ¿Ves la que hay arriba del todo?

Annie señaló la foto de un cactus fálico enorme.

En la puerta apareció una cara de color cobrizo, con el cuerpo oculto tras el recodo del pasillo.

—¿Me necesitas?

—Claro que te necesito, Vickie —dijo Annie—. No te vayas.

—Estaba pensando en ir a la inauguración de lo del Sáhara.

—Vickie. No me dejes —dijo Annie en tono inexpresivo—. Te amo y no quiero que nos separemos.

Vickie sonrió, pero parecía estar preguntando cuándo Annie iba a acabar con aquello y dejar que se marchara.

—Vale —dijo Annie—. Yo también debería ir, pero no puedo. Así que ve tú.

La cara de Vickie desapareció.

—¿La conozco? —preguntó Mae.

—Está en mi equipo —dijo Annie—. Ahora mismo somos unos diez, pero Vickie es mi persona de confianza. ¿Te has enterado de la cosa esa del Sáhara?

—Creo que sí.

Mae había leído un anuncio en el InnerCircle, algo así como un plan para contar los granos de arena del Sáhara.

—Lo siento, estábamos hablando de tu padre —dijo Annie—. No entiendo por qué no me lo has contado antes.

Mae le contó la verdad: que no se había imaginado para nada cómo la atención sanitaria de su padre podría encajar en el Círculo. No había una sola empresa en todo el país que cubriera la asistencia de los padres de los empleados.

—Claro, pero ya sabes lo que decimos aquí —dijo Annie—: «Cualquier cosa que mejore la vida de nuestros circulistas…» —pareció esperar a que Mae terminara la frase, pero Mae no tenía ni idea— «… se vuelve posible en el acto». ¡Ya tendrías que saberlo!

—Lo siento.

—¡Estaba en tu orientación cuando entraste en la empresa, Mae! Bueno, me pongo a ello. —Annie estaba tecleando algo en su teléfono—. Seguramente esta misma noche. Ahora me tengo que ir corriendo a una reunión.

—Pero si ya son las seis. —Se miró la muñeca—. No, las seis y media.

—¡Eso es pronto! Yo me quedo hasta las doce. O tal vez toda la noche. Tenemos algunas cosas realmente divertidas entre manos. —Su rostro brillaba, pleno de expectativas—. Unos rollos fiscales pendientes muy suculentos en Rusia. Esos tíos no se andan con bromas.

—¿Vas a dormir en la residencia de empleados?

—Qué va. Lo más seguro es que junte estos dos sofás. Oh, mierda. Me tengo que ir. Te quiero.

Annie le dio un apretón cariñoso a Mae y salió del despacho.

Mae se quedó a solas en el despacho de Annie, aturdida. ¿Acaso era posible que su padre fuera a tener cobertura médica de verdad? ¿Que fuera a acabarse la cruel paradoja vital de sus padres, el hecho de que sus batallas constantes con las aseguradoras agravaban los problemas de salud de su padre e impedían trabajar a su madre, eliminando su capacidad para ganar dinero y pagar la atención médica de él?

El teléfono de Mae zumbó. Era Annie.

—Y no te preocupes. Ya sabes que para estas cosas soy una ninja. Lo conseguiré.

Y colgó.

Mae contempló la ciudad de San Vincenzo a través de la ventana de Annie: la mayor parte había sido construida o renovada en los últimos años. Restaurantes para los circulistas, hoteles para la gente que visitaba el Círculo, tiendas deseosas de atraer a los circulistas y sus visitantes y escuelas para los hijos del Círculo. El Círculo ya había adquirido una cincuentena de edificios de las inmediaciones, transformando almacenes en ruinas en recintos para escalada, escuelas, silos de servidores informáticos, todos ellos estructuralmente innovadores y sin precedentes, sobrepasando con creces los criterios del Consejo Estadounidense de Edificios Ecológicos.

El teléfono de Mae volvió a sonar; era Annie otra vez.

—Vale, buenas noticias, y antes de lo que esperaba. He preguntado y no hay problema. Ya tenemos a una docena de padres y madres en el plan y también a algunos hermanos y hermanas. He retorcido unos cuantos brazos y me han dicho que pueden coger también a tu padre.

Mae se quedó mirando su teléfono. Hacía solo cuatro minutos que le había mencionado la situación a Annie.

—Joder. ¿Me lo dices en serio?

—¿Quieres que incluyamos también a tu madre? Claro que sí. Ella está mejor de salud, de manera que será más fácil. Los pondremos a los dos.

—¿Cuándo?

—Supongo que ya mismo.

—No me lo puedo creer.

—Venga ya, reconóceme un poco de mérito —dijo Annie, jadeante. Estaba caminando a toda prisa—. Esto es fácil.

—Entonces ¿qué hago, se lo digo a mis padres?

—¿Qué pasa? ¿Quieres que se lo diga yo?

—No, no. Solo me estoy asegurando de que esto es definitivo.

—Pues sí. En realidad estas cosas no cuestan tantísimo. Tenemos a once mil personas en cobertura. Eso nos permite dictar los términos, ¿no?

—Gracias, Annie.

—Mañana te llamará alguien de Recursos Humanos. Podéis arreglar los detalles vosotros. Tengo que volver a colgarte. Ahora sí que llego tarde de verdad.

Y colgó otra vez.

Mae llamó a sus padres y se lo contó a su madre primero y a su padre después, a continuación hubo exclamaciones de júbilo, lágrimas, seguidas de más elogios a Annie, la salvadora de la familia, y una serie de comentarios bastante embarazosos sobre cómo Mae se había convertido en una adulta de verdad y ahora a sus padres les producía vergüenza y embarazo depender de ella, depender tanto de una hija tan joven, por culpa de aquel sistema tan jodido en el que todos estaban atrapados. Pero gracias, le dijeron, estamos muy orgullosos de ti. Y cuando se quedó por fin a solas al teléfono con su madre, esta le dijo:

—Mae, no solo le has salvado la vida a tu padre sino también a mí, te lo juro por Dios, mi dulce Maebelline.

 

A las siete Mae descubrió que ya no lo aguantaba más. No podía seguir sentada sin hacer nada. Necesitaba levantarse y celebrarlo de alguna manera. Miró qué había aquella noche en el campus. Se había perdido la inauguración de lo del Sáhara y ya lo estaba lamentando. Había un slam de poesía con disfraces, y ella lo puso en primer lugar y hasta confirmó su asistencia. Después, sin embargo, vio la clase de cocina en la que iban a asar y comerse una cabra entera. La puso en segundo lugar. A las nueve había programada la aparición de una activista que quería la ayuda del Círculo para su campaña contra la mutilación genital en Malawi. Si lo intentaba, Mae podía llegar por lo menos a algunos de aquellos eventos, pero justo cuando ya se estaba montando un itinerario, vio algo que le hizo olvidar el resto: el Funky Arse Whole Circus actuaba en el campus, en los jardines contiguos a la Edad de Hierro, a las siete. Ella había oído hablar de ellos, tenían unas reseñas y puntuaciones estelares, y se le ocurrió que aquella noche un circo era lo que estaba más a la altura de su euforia.

Se lo comentó a Annie, pero esta no podía ir. Tenía que quedarse en su reunión por lo menos hasta las once. CircleSearch, sin embargo, le mostró a un puñado de gente a la que ella conocía, entre ellos Renata, Alistair y Jared, que sí que iban a ir — los dos últimos ya estaban allí—, así que terminó y se fue volando.

Ya empezaba a oscurecer, con tintes dorados, cuando dobló la esquina de los Tres Reinos y vio a un hombre de dos plantas de altura que vomitaba fuego. Detrás de él había una mujer con una tiara reluciente que lanzaba al aire una batuta de neón y la cazaba al vuelo. Mae acababa de encontrar el circo.

Había un par de centenares de espectadores desplegados más o menos en círculo en torno a los artistas, que trabajaban al aire libre, con una utilería mínima y un presupuesto que parecía claramente reducido. Los circulistas que rodeaban la actuación emitían un verdadero despliegue de lucecitas, procedentes de los monitores de sus muñecas o bien de sus teléfonos, que tenían fuera e iluminados para grabar el espectáculo. Mientras buscaba a Jared y a Renata, y vigilaba con cautela para no toparse con Alistair, Mae se quedó mirando cómo el circo se arremolinaba delante de ella. El espectáculo parecía no tener un inicio claro —ya se lo había encontrado en marcha al llegar— ni tampoco ninguna estructura discernible. El circo tenía una decena de miembros, todos visibles en todo momento y todos ataviados con ropa raída que ponía de manifiesto su humildad de anticuario. Un hombre bajito hacía descabellados números acrobáticos con una aterradora máscara de elefante puesta. Una mujer prácticamente desnuda, con la cara oculta bajo una cabeza de flamenco, danzaba en círculos con unos movimientos que alternaban el ballet con los tambaleos de un borracho.

A cierta distancia de ella, Mae vio a Alistair, que la saludó con la mano y se puso a escribirle un mensaje de texto. Al cabo de un momento ella miró su teléfono y vio que Alistair estaba organizando otro evento la semana siguiente, este más grande y mejor, para todos los entusiastas de Portugal. «Será descomunal —le escribió—. ¡Películas, música, poesía, narración de cuentos y diversión!» Ella le contestó con un mensaje diciendo que asistiría y que se moría de ganas. Al otro lado del jardín y del flamenco, Mae le vio leer el mensaje y luego levantar la vista hacia ella y saludarla con la mano.

Ella volvió a contemplar el circo. Le dio la impresión de que los artistas no solo estaban impostando aquel aire de pobreza, sino también viviéndolo: todo en ellos parecía viejo y olía a decrepitud. A su alrededor, los circulistas grababan el espectáculo con sus pantallas, ansiosos por recordar la extrañeza de aquella panda de tipos de la farándula con pinta de gente sin techo, documentando la incongruencia que constituían allí en el Círculo, en medio de los senderos y jardines impecablemente diseñados, en medio de la gente que trabajaba allí, que se duchaba con regularidad, intentaba seguir la moda por lo menos hasta un punto razonable y además se lavaba la ropa.

Mae se abrió paso entre el público y se encontró con Josiah y Denise, que se mostraron encantados de verla pero también escandalizados por el circo, cuyo tono y tenor consideraban que iba demasiado lejos. Josiah hasta le había puesto una reseña negativa. Mae los dejó allí, contenta de que la hubieran visto y hubieran registrado su asistencia, y se puso a buscar una bebida. Vio una hilera de casetas a lo lejos, y ya estaba dirigiéndose a una de ellas cuando uno de los artistas, un tipo sin camisa y con bigote de herradura, echó a correr hasta ella, llevando tres espadas. Parecía haber perdido el equilibrio, y un momento antes de que la alcanzara, Mae entendió que aunque el tipo quería dar la impresión de que tenía la situación bajo control y de que todo formaba parte de su actuación, iba a chocar realmente con ella con los brazos llenos de espadas afiladas. Se quedó petrificada, y ya lo tenía a pocos centímetros cuando notó que alguien la cogía por los hombros y la empujaba. Cayó de rodillas y de espaldas al tipo de las espadas.

—¿Estás bien? —le preguntó otro hombre.

Seguir: parte 7 de 11