El desastre de Annual
Prólogo
Conquistar el corazón de los vencidos
La cuestión de la memoria es también una cuestión conceptual. El árbol que
la sustenta está enraizado en el humus del pasado pero, como sus ramas, se
nutre de la lluvia del futuro; su tronco se alza hacia un horizonte cuajado de
nuevas promesas, de lo contrario no sería futuro. Las orillas norte y sur del
Mediterráneo son los labios de una voz común, de palabras y hechos tejidos
entre las dos riberas con sus encuentros y desencuentros. Por ello, más allá del
rosario secular de hostilidades entre las gentes de ambos litorales, en el caso
de Melilla y el Rif oriental, la espuma histórica que prevalece no es la de sus
batientes, sino la de sus arenales compartidos, es decir la imbricación entre la
población española y su región natural, en especial con las cinco cabilas de
Guelaia, la tierra de las vetustas casbas jerifianas y los nautas cárabos,
impregnada durante más de cinco siglos del devenir español como ningún
otro territorio marroquí.
Como bien recoge Gerardo Muñoz, en julio de 1922 M’hammed ben Abd-
el-Krim confesó en Axdir al periodista Luis de Oteyza: «El Rif no odia al
pueblo español, y no le hubiese odiado nunca si no fuera por la invasión
militar». Esta declaración se realiza un año después de haberse producido la
debacle de las fuerzas militares españolas dependientes de la Comandancia
General de Melilla, entonces bajo el mando del general Manuel Fernández
Silvestre. Escribo esto y rememoro una espléndida fotografía del militar,
henchido de orgullo a sus 48 años, montado a caballo al frente de sus tropas,
realizada en 1920 en la plaza de España de Melilla.
Julio de 1921 fue la hoja del calendario más amarga del ejército
expedicionario español en campaña y la que avivó el sentimiento nacional en
el Rif. Gerardo Muñoz subraya este hecho y reseña que la «yihad contra el
invasor cristiano alcanzó su culminación en 1921, cuando el movimiento de resistencia fue encabezado por un antiguo moro amigo de España: Mohamed
ben Abd-el-Krim».
La última de las campañas militares de España en Marruecos estuvo
precedida de un rimero de conflictos localizados en su mayoría, a excepción
de la «guerra romántica» de 1859-1860, en torno a la plaza de armas de
Melilla. Tres decenios después de la guerra de Tetuán, estalla en Melilla la
primera de las campañas, conocida como la guerra de Margallo, de
1893-1894; de hecho, es la escaramuza de una contienda que baliza los
límites espaciales de la nueva Melilla, en la que fulge la estrella del futuro
general Picasso. A esta seguirán otras tres. La primera de ellas, en 1909, se
desarrolló con el doble objetivo de establecer las bases territoriales de la
explotación económica de las minas del Rif en la cabila de Beni Buifrur, y
afianzar la posición de Melilla como eje de penetración comercial y militar en
Marruecos. Apenas dos años más tarde, en 1911, cuando aún no se ha
constituido el Protectorado, un nuevo conflicto territorial lleva a aflorar la
figura del primer líder de la resistencia rifeña, el cherif Mohamed Ameziane,
conocido entre los españoles como Mizián el Malo, en contraposición a
Mohamed ben Mizian el Bueno, el futuro teniente general del Ejército
español y, a posteriori, mariscal de las novísimas fuerzas armadas marroquíes
y primer embajador del Marruecos independiente en la España franquista.
Finalmente, en 1921 dio inicio la postrera intervención militar española en el
Rif, la más extensa, cruel, sangrienta y salvaje de todas, excepción hecha de la
guerra civil española que, para algunos historiadores, entre los que me
encuentro, fue una trágica secuela del llamado «desastre de Annual». Este en
realidad comenzó, como reseña Gerardo Muñoz, el 21 de julio de 1921,
cuando los rifeños se apoderaron de la posición de Igueriben y terminó con la
rendición y matanza en Monte Arruit. Aunque el cómputo de cifras es
inexacto, según cita el autor, el Informe Picasso explicita que el saldo de
muertos en el Ejército español fue de 13 363 (10 973 españoles y 2390
marroquíes), mientras que las bajas rifeñas se calculaban en unas 1000. El
documento oficial Relación numérica de las bajas sufridas por fuerzas de
esta comandancia general desde el 17 de julio al 10 de agosto de 1921, de 15
de diciembre de 1922, sitúa las bajas en el Ejército español en 12 214. Si de
esta cantidad se restan los heridos, desaparecidos, desertores y prisioneros, así
como los rifeños que cayeron sirviendo a España, se calcula que fueron unos
8000 los muertos peninsulares.
En España, apenas se ha tenido en cuenta la historiografía marroquí, que
no habla del desastre de Annual, sino de la batalla de Annual. A mí esto me parece más ecuánime, porque, aun reconociendo el enorme grado de
subjetividad que aporta el historiador a sus trabajos, la sujeción a los hechos
documentados es esencial. Quizás por ello, las mejores fuentes para apreciar
el calado de lo que aconteció en el Rif, incluida Melilla, entre 1921 y 1927,
no sean historiográficas, sino narrativas e incluso gráficas. En el primer
aspecto, resultan cruciales las obras Imán, de Ramón J. Sender (1930); El
Blocao, de José Díaz Fernández (1930); y La forja de un rebelde, de Arturo
Barea (1945), tan distintas como destacadas entre una miríada de páginas
literarias y testimoniales producidas desde los años veinte hasta la actualidad.
En el aspecto de las fuentes gráficas, como recoge Gerardo Muñoz, la
fotografía es ya un documento impagable, donde destacan las aportaciones del
joven fotógrafo Alfonso que acompaña a Luis de Oteyza en su viaje al Rif de
Abd-el-Krim, o las de Bartolomé Ros, entre otros. Y digo bien, es el Rif de
Abd-el-Krim, porque han existido y existen muchos Rif, como recordaba
Germain Ayache: el Rif de los historiadores, el Rif de los viajeros, el Rif de
los sociólogos…, pero el único que perdura es el Rif de los rifeños. Este es el
Rif de Mohamed ben Abd-el-Krim el Jattabi, impulsor y único presidente de
la República rifeña, tan decisiva y efímera como lo fue la Segunda República
española.
Siempre me he preguntado acerca de las motivaciones profundas de la
enorme nostalgia que han generado durante un siglo los hechos de la campaña
de 1921-1927. Acerca de esto, he leído y reflexionado sobre las múltiples
cuestiones que han configurado los brazos de un poliedro tan irregular como
impreciso. Entre otras: la indigerible derrota de un ejército europeo ante lo
que Cándido Lobera —fundador-director de El Telegrama del Rif— llamó las
huestes del hijo de un sastrecillo de chilabas. El descuadre de los negocios de
la oligarquía financiera española en lo que presumía El Dorado marroquí. La
trágica contradicción de aunar en el ejército sublevado en julio de 1936 a
miles de rifeños que pocos años antes habían luchado contra sus ahora
compañeros de razia. La amalgama, en teoría imposible, de la Reconquista, la
Cruzada, de la mano del «infiel», contra los sin Dios: judíos comunistas y
masones. El chirriante cruce de aviesas miradas hacia el «otro», el traidor e
incivilizado desdibujado por la gramática degenerativa del colonialismo
rampante. La respuesta definitiva a la presunción de Joaquín Costa acerca del
fracaso de España como estado guerrero después de la debacle antillana. El
guerrero forjado durante siglos en la lucha contra el moro, que como ofrenda
ritual le ofrece al enemigo de toda la vida el antifaz de un patriotismo compartido con el que penetrar, a golpe de gumía, a través de una nueva
puerta de entrada en el edén de los mártires.
La descripción de los eslabones de fijación de la maroma de posiciones y
campamentos improvisados, mal planteados, y peor estructurados, que
constituían el itinerario hacia el «objetivo Alhucemas» del general Silvestre,
se recorre pormenorizadamente en las páginas de este libro. El autor las
describe sobre el terreno, allí donde radican algunas de las claves de lo que se
convirtió en una tragedia de dimensiones ciclópeas en la desarbolada España
de los años veinte del siglo pasado. De nada sirvieron voces de advertencia
tan autorizadas como la del informe reservado que el coronel Gabriel de
Morales presentó a Fernández Silvestre «sobre la situación polémica de
Melilla con el proyectado avance sobre Alhucemas».
Me resultan innovadoras las ventanas que, cimbreando en el hilo narrativo
del texto, abre Gerardo Muñoz con la vitola de los «protagonistas» de esta
historia de desvelos patrióticos. Pequeños apuntes biográficos e iconográficos
que retratan a figuras tan necesitadas de ser historiadas como José Riquelme,
Juan Salafranca Barrio, Joaquín Cebollino Von Lideman, Julio Benítez
Benítez, Luis Casado, Manuel Fernández Silvestre —del que Gerardo Muñoz
indaga las distintas y contradictorias versiones de su quimérica muerte en
Annual—, Gabriel de Morales —el único militar, también historiador, cuyo
cadáver fue devuelto por su amigo Abd-el-Krim—, Félix y Francisco Arenas
Gaspar, Fernando Primo de Rivera, Felipe Navarro, Eduardo Pérez Ortiz, los
prisioneros de Abd-el-Krim, Francisco Basallo Becerra y Carmen Úbeda
Gómez, incluidos también el recientemente laureado Regimiento Alcántara,
familias de colonos, como la de García Campoy, las cantineras Juana
Martínez López y María Gómez Gil, etc.
Todo este apartado bibliográfico y documental cimenta la estructura del
libro de Gerardo. Es decir, su corpus principal sustentado en un texto
compartimentado en fragmentos cortos, integrados en un códice cronológico
muy bien secuenciado; los esbozos biográficos de los protagonistas, la
mayoría de ellos militares, arropados por pinceladas extraídas de sus hojas de
servicios; la cartografía orientativa, siempre tan necesaria; las fotos y croquis;
las fuentes bibliográficas coetáneas —Luis de Oteyza, Dámaso Berenguer
Fusté, Víctor Ruiz Albéniz…—, y posteriores, en las que se documenta,
mención especial para los libros de la historiadora M.ª Rosa de Madariaga; el
Expediente Picasso como hilo conductor de unos acontecimientos
enmarañados por la niebla de la propaganda política; etc.
En todo caso, el libro de Gerardo clarifica algunas cuestiones vitales para
entender la dinámica de los hechos y el contexto en el que estos se
desarrollan. En especial, quiero resaltar los intentos de Abd-el-Krim acerca de
algunos militares españoles radicados en Melilla, como el coronel Morales,
para evitar el enfrentamiento armado y actuar con prudencia. No pudo ser y,
como muestra Gerardo Muñoz en su Desastre de Annual se escribió con
reglones de dolor: desbandada, caída de posiciones en cascada, asedios,
pérdidas, perdidas y más pérdidas, rehenes, rendiciones, huida de colonos,
pánico… Y algunos interrogantes aún sin resolver: ¿por qué no entraron los
rifeños en Melilla el 24 de julio cuando apenas quedaban 200 soldados en su
guarnición y el estallido estaba en su cénit? Gerardo Muñoz se inclina por una
argumentación de peso, en la que no se puede obviar el sentimiento melillense
de Abd-el-Krim que había vivido y trabajado varios años en la ciudad:
Lo único que preocupaba a Abd-el-Krim de lo que sucedía cerca de Melilla (además de
impedir que se cometiera una matanza en la ciudad que pudiera dañar la imagen del Rif en el
mundo) eran los prisioneros: quería que les fueran entregados para tener más fuerza cuando
llegara el momento de negociar con el Gobierno español. Así se lo dijo un año después el
hermano menor del caudillo rifeño al periodista Luis de Oteyza: «(…) no se asaltó Melilla,
aunque estuvo indefensa durante casi tres días (…). Tuvimos que trabajar mucho para
impedirlo. Nosotros no queríamos pasar de la línea del Kert, y establecer allí la frontera; pero
al ver que las cabilas sometidas se excedían en acometividad y en furia, temimos que
asaltasen Melilla. Hubiera sido horrible. La humanidad entera se hubiese horrorizado ante un
saqueo así, con los incendios, las violaciones y los asesinatos consiguientes. Mi hermano lo
comprendió, y envió a este (Ben Siam) con tres cadíes y seiscientos hombres para evitarlo. En
el Gurugú estuvieron una semana protegiendo a Melilla, hasta que estableció Berenguer la
línea defensiva (…). Aspirábamos ya, como aspiramos ahora, a que se nos considere un
pueblo digno y no una tribu de salvajes. Por eso quisimos evitar ese acto, que se consideraría
feroz en todo el mundo».
De esta manera, los considerados «cabileños rebeldes» ofrecieron la imagen
política de «un pueblo digno y no una tribu de salvajes», acorde con sus
aspiraciones nacionales. Abd-el-Krim no quería hacer tabula rasa de Melilla
y su historia; al contrario, exhortaba al dialogo y propiciaba un entendimiento
que las armas no dejaron reflotar en ninguna ocasión. Quizás por ello, no
hubo infierno en Melilla, como sí lo hubo en acuartelamientos y posiciones,
en especial en Monte Arruit. En el caso de Melilla, la llegada de tropas,
iniciada el 24 de julio, revertió una situación que angustiaba a su población.
El arribo del Regimiento de la Corona, procedente de Almería, al mando del
teniente coronel Barrera Baus «fue recibido con gran alivio por los
melillenses que esperaban los refuerzos salvadores en el muelle desde el
espigón». Horas después llegaban dos banderas del tercio al mando del teniente coronel Millán Terreros y dos tabores de regulares, comandados por
el teniente coronel González Tablas. El 1 de septiembre de 1921 la cifra de
refuerzos llegados a Melilla rondaba los 36 000 militares. Con ellos, el alto
comisario Dámaso Berenguer empezó a planear la ansiada reconquista.
Con la reconquista, un término cargado de pólvora, que rememora la
lucha contra el «infiel» en la España de la baja Edad Media, se desgrana otra
fase de indescriptible violencia. Ahora se habla de recuperaciones, avances,
bombardeos, empleo de gases tóxicos, repliegue rifeño, cautiverio y rescate,
censura y suicidios, en un apuntalamiento decisivo del Protectorado en el Rif
que se cierra estelarmente con el desembarco de Alhucemas, el 8 de
septiembre de 1925. Dos años más tarde, en 1927, ya con Abd-el-Krim en el
exilio, el general Sanjurjo firma la orden final de «pacificación» del territorio
en la población de Bab Taza. Entonces, como recogía el diario ABC el 10 de
agosto de 1927, comenzaba otro tiempo en el que había «que conquistar el
corazón de los vencidos».
VICENTE MOGA ROMERO