El Gran Mar

David Abulafia · Capítulo 8 de 48

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El Gran Mar

Segunda parte: El segundo Mediterráneo (1000 a. C. — 600 d. C.)

Segunda parte

 

EL SEGUNDO MEDITERRÁNEO

 

(1000 a. C. — 600 d. C.)

Capítulo 1

 

COMERCIANTES DE PÚRPURA, 1000 a. C. — 700 a. C.

 

I

 

La recuperación de los desastres del siglo XII fue lenta. No sabemos con seguridad lo profunda que fue la recesión en los territorios egeos pero, en cualquier caso, se perdió mucho: el arte de la escritura desapareció, excepto entre los refugiados griegos en Chipre; los característicos estilos de cerámica minoico y micénico de diseños curvilíneos desaparecieron, excepto, una vez más, en Chipre; el comercio se debilitó, y los palacios se deterioraron. La Edad Oscura no fue simplemente un fenómeno egeo. Los indicadores de desorden se pueden encontrar en puntos tan occidentales como las islas Lipari: en Sicilia el orden antiguo llegó a su fin en el siglo XIII en medio de una oleada de destrucción, y si los habitantes de Lipari pudieron conservar un cierto grado de prosperidad, fue solo gracias a la construcción de sólidas

defensas[1]. El poder de los faraones se debilitó, y lo que salvó a los territorios del Nilo de una destrucción mayor fue la disminución de los ataques procedentes del extranjero y no su propia fortaleza interna, puesto que los agresores se instalaron en nuevos territorios.

Al llegar el siglo VIII, aparecieron nuevas redes de intercambio comercial que llevaron la cultura de oriente a tierras tan occidentales como Etruria o el sur de España. Lo más asombroso de estas nuevas redes es que su aparición no respondía a algún ambicioso proceso de expansión imperial (como estaba ocurriendo en Asia occidental bajo el formidable liderazgo de los asirios), sino que las crearon las comunidades de mercaderes: griegos que se dirigían hacia Sicilia e Italia, siguiendo, consciente o inconscientemente, la ruta de sus predecesores micénicos; piratas y comerciantes etruscos surgidos de una tierra donde las ciudades apenas empezaban a aparecer por primera vez; y, los más precoces, los mercaderes cananeos del Líbano, que los griegos conocían con el nombre de phoinikes, «fenicios», y cuya devoción

por los negocios y por los beneficios tanto molestaba a Homero[2]. Así empieza la larga historia de desprecio por las personas dedicadas al «comercio». Los fenicios tomaron su nombre del tinte púrpura que se extraía del molusco murex, el producto más preciado de las costas cananeas. Los griegos atribuyeron a los fenicios la creación del alfabeto que se convertiría en la base de su nuevo sistema de escritura; y de Fenicia salieron modelos artísticos que transformaron el arte de la Grecia arcaica y de Italia en una época de gran agitación creativa.

 

Aunque las ciudades de la costa libanesa compartían una misma cultura y comerciaban unas junto a las otras, cualquier sentido de la unidad que tuvieran era

muy restringido: «el comercio marítimo, no el territorio, definía su esfera»[3]. Pese a esta falta de unidad, los arqueólogos tienen la costumbre de llamar cananeos a los habitantes del litoral levantino hasta más o menos el año 1000, y a partir de ese

momento, les llaman fenicios[4], una práctica que enmascara un problema difícil pero importante: cuándo y cómo las ciudades fenicias se convirtieron en grandes centros del comercio mediterráneo y, más particularmente, si supieron aprovechar la prosperidad de los anteriores centros de comercio de la costa levantina, tales como

Biblos y Ugarit[5]. Ya hemos visto antes que Ugarit había sido destruida alrededor del año 1190 a. C., y que pueblos como los tyeker de Dor habían colonizado la costa. Es indudable que las alteraciones ocurrieron: cuando Creta y el Egeo desaparecieron del mapa comercial, se perdieron los antiguos mercados en el oeste, y los piratas hostigaban a los comerciantes, pero las características importantes del antiguo mundo

cananeo sobrevivieron, en ocasiones, con una extraordinaria fortaleza[6]. El idioma de los cananeos se convirtió en el idioma habitual de los pueblos que habitaban los territorios levantinos: los filisteos egeos, los granjeros hebreos, y los residentes urbanos de Tiro y de Sidón. La religión de los cananeos también fue adoptada, con variantes, por todos los pueblos de la región salvo por uno, y ni siquiera los que prefirieron no adoptarla, los hebreos, eran tan excepcionales, si tenemos en cuenta que sus profetas les recriminaban seguir las prácticas cananeas. Los israelitas conocían también la práctica fenicia de inmolar en ocasiones a su primogénito recién nacido en sacrificios rituales que despertaron la cólera y el horror de los profetas bíblicos, y más tarde de los escritores romanos: «No entregarás a ninguno de tus

descendientes para inmolarlo a Moloc»[7].

En este rincón del Mediterráneo se dio, por lo tanto, un grado de continuidad mayor que en Grecia o en Sicilia, y aunque en el siglo XI la prosperidad se redujo, no llegó a desaparecer del todo. Ahora bien, afirmar que los fenicios fueron una presencia comercial significativa en el siglo X a. C. no equivale de ningún modo a decir que ya dominaban el comercio marítimo. Les quedaban caminos por explorar y, desde el punto de vista comercial, parecía más sensato venderles sus tintes púrpuras a los ricos y, desde el punto de vista militar, irresistibles asirios en el norte de Irak que

intentar colocárselo a los empobrecidos pueblos del otro lado del mar[8]. Ahora bien, esta no era, no obstante, la imagen que los griegos tenían de los primeros fenicios. Aunque los autores clásicos estaban convencidos de que Tiro había sido fundada unos pocos años antes de la caída de Troya, en 1191 a. C., lo cierto es que Tiro es una ciudad mucho más antigua, y su rey, Abi-milki, fue un personaje destacado del siglo XIV, a juzgar por la correspondencia de los faraones egipcios. Los romanos insistieron en que menos de un siglo después de la supuesta fundación de Tiro los fenicios ya estaban creando asentamientos muy al oeste: Cádiz en 1104 a. C., y Útica y Lixus en el norte de África más o menos en la misma época, lo que parecía demostrar que los primeros fenicios plantaron cara al principio de la Edad Oscura y crearon toda una red de rutas comerciales que las referencias bíblicas sitúan en un territorio en el lejano oeste, Tarsis, cuyo nombre suena muy parecido al del Tartesos que conocían los autores clásicos. Varios escritores romanos mencionaron la muy temprana fundación de Cádiz, pero de hecho, lo que estaban haciendo era repetir las opiniones del historiador Veleyo Patérculo, contemporáneo del emperador Augusto y que vivió 1100 años después del supuesto acontecimiento. La arqueología no corrobora estas fechas tan tempranas. Incluso en lo que respecta a Fenicia, los datos arqueológicos de los siglos XI y X son muy escasos, en parte debido a la dificultad para excavar bajo las modernas y densamente pobladas ciudades del Líbano moderno, pero también en parte a causa de los graves daños que los ataques de los pueblos del mar ocasionaron a las ciudades levantinas.

La Biblia insiste en la riqueza y el poder de los reyes de Tiro ya desde el siglo X a. C. Según el Libro de los Reyes, las alianzas entre Hiram, rey de Tiro, y Salomón, rey de Israel (que accedió al trono en 960) culminaron en un tratado que garantizaba suministros de cereales y de aceite a los tirios, quienes, a cambio, proporcionaron madera y los artesanos que construyeron el templo en la nueva capital israelita de

Jerusalén[9]. La descripción que hace la Biblia del templo constituye una crónica inigualable de la aparición de un primitivo centro de culto fenicio, y se corresponde con los cimientos que han quedado expuestos en Jasor y en otros lugares: un altar externo, una entrada al recinto sagrado flanqueada por dos pilares, y a continuación una progresión a través de una estancia exterior más grande que conduce a un santo de los santos interior. Las ánforas israelitas encontradas en Tiro, con capacidad de hasta veinticuatro litros, demuestran que el comercio en productos alimenticios procedentes de los territorios colonizados por los primeros hebreos continuó durante

los siglos [10] IX y VIII . Se dice que Salomón, a cambio de la ayuda de los tirios en la

construcción del templo, le entregó al rey de Tiro un grupo de asentamientos en el norte de Israel; la Biblia los llama ciudades, aunque observa que al rey Hiram, al verlas, no le gustaron, así que es evidente que los agentes inmobiliarios de Salomón

hicieron gala de su talento para la exageración[11]. Los israelitas, después de pasar siglos pastoreando ovejas y cultivando cebada en las tierras montañosas al este de los asentamientos filisteos, habían aparecido como una fuerza por derecho propio. Sabían que Tiro carecía de una tierra interior cultivable, y que esta ciudad, que tal vez hubiera llegado a albergar hasta 30 000 habitantes un siglo o dos más tarde, solo podía sobrevivir y crecer si tenía acceso a suministros regulares de cereales. Los bosques, en los que abundaba la madera de gran calidad, se alzaban a gran altura tras la ciudad y tuvieron que ser explotados comercialmente y utilizados como moneda de

cambio para que la ciudad pudiera alimentarse[12]. También las conchas del murex atraían a los hebreos; aunque tenían prohibido comerse el interior del molusco, habían recibido la orden de teñir los bordes de su ropa con el tinte extraído de estos moluscos. De hecho, este tinte variaba de color, que iba del azul brillante al rojo óxido dependiendo del tratamiento que se le diera. Tiro y sus vecinos, por lo tanto, gozaban de dos grandes ventajas: un producto de lujo de gran valor económico en el ámbito textil de Asia occidental, y una materia prima básica sin la cual la construcción de casas y barcos, y la producción de incontables objetos de uso casero y cotidiano, era imposible. En consecuencia, Tiro y sus vecinos no prosperaron solo ejerciendo de intermediarios entre Asia y Europa, sino que tenían algo propio que ofrecer.

Entre los siglos XI y IX, las ciudades fenicias gozaron de una gran ventaja, su independencia de las grandes potencias, y a menudo también entre ellas. La brusca disminución de la influencia egipcia sobre los territorios cananeos les proporcionó a los fenicios una oportunidad excelente de desarrollar sus propios planes, libres de interferencias ajenas. En el siglo IX, la llegada de ejércitos asirios procedentes del este

puso freno a este proceso: el «lobo del aprisco»[NT2] barrió las ciudades costeras del mismo modo que acabó absorbiendo al reino de Israel en las tierras del interior, pero los asirios tuvieron la sabiduría de comprender que Fenicia podía seguir siendo una fuente de riqueza, y extrajeron tributos al incesante comercio de Tiro y de sus vecinos. Hasta aquel momento, Tiro no había sido más que una ciudad más entre una serie de ciudades independientes a lo largo de la costa fenicia, pero fue la que se hizo más conocida entre los extranjeros como los griegos o los hebreos, y fue la ciudad-nodriza del principal asentamiento fenicio en Occidente, Cartago, supuestamente fundada en el año 814 a. C. Los monarcas de Tiro ejercieron en ocasiones el dominio sobre Sidón, y tanto Homero como la Biblia los llaman «rey de los sidonios»

(Homero nunca utiliza el término «fenicios», siempre «sidonios»[13]). Tal vez Tiro parezca excepcional, pero lo cierto es que Tiro era un típico centro de comercio fenicio en muchos y notables aspectos. Igual que otras varias colonias fenicias posteriores, e igual que Arvad más al norte, se alzaba sobre una isla. Gracias a esta situación bien protegida, el asentamiento se ganó el nombre de Tzur, («Tiro» significa «roca» o «fortaleza»); la ciudad no quedaría unida de forma permanente a la costa hasta que Alejandro Magno construyó un puente que la unía a tierra firme. Aunque estas pequeñas islas poseían defensas naturales, las reservas de agua constituían una preocupación constante, y las crónicas clásicas posteriores describen un acueducto que aprovisionaba a Arvad desde el continente, aunque el agua también se transportaba hasta las ciudades por medio de barcas o de vagonetas, o se

almacenaba en cisternas que recogían el agua de lluvia[14]. En la época de Alejandro, la isla de Tiro tenía dos puertos propios y comunicados entre ellos por un canal, uno

frente a Sidón, al norte, y el otro orientado a Egipto[15]. En el siglo VI, el profeta hebreo Ezequiel imaginaba que Tiro era una nave de perfecta hermosura construida con maderas de ciprés del monte Hermón y de cedro del Líbano; la plata, el hierro, el estaño y el plomo llegaban desde Grecia y desde el oeste, mientras que el reino de

Judá enviaba cereales, cera, miel, sebo y bálsamo[16]. El pesimista Ezequiel predijo que la hermosa nave de Tiro se hundiría en el corazón de los mares el día de su naufragio, pese a lo cual trazó un periplo, o mapa de ruta, del Mediterráneo y de Asia occidental en el que situaba a Tiro como el centro de atención en el que se concentraban todos los productos del mundo: las riquezas de Tarsis en el oeste, las de Javan o Jonia en el norte, y las de Tubal y de otros misteriosos territorios e islas.

La transformación de Tiro en esta gloriosa ciudad fue gradual. Los cortos viajes a Chipre, Egipto y al sur de Anatolia no se detuvieron, ni siquiera durante la oscura época que siguió a la caída de Ugarit; aun así, las dificultades económicas de Egipto en el siglo XI debilitaron a Tiro, que mantenía unos lazos relativamente estrechos con el delta del Nilo, mientras que a Sidón, más orientada hacia el interior de Asia, las

cosas le iban mejor[17]. No es de extrañar que las influencias artísticas que se dejaban sentir sobre Fenicia procedieran de culturas consolidadas desde hacía ya mucho tiempo en Asia occidental y en el Egipto faraónico, y de ahí surgió una ecléctica

amalgama de estilos asirios y egipcios[18]. Algunas piezas de marfil del siglo VIII del palacio del rey Omri en Samaria, la capital del reino de Israel, dejan traslucir una poderosa influencia egipcia que puede observarse, por ejemplo, en la imagen de dos figuras celestiales, una frente a la otra, con las alas frente a frente y mirando hacia delante, que llevan unos tocados de rayas de diseño típicamente egipcio y enseñan su rostro. El marfil llegaba sobre todo del mar Rojo a través de Egipto, y desde Tiro se enviaba hacia el oeste; en la tumba de Praeneste (Palestrina), en el sur de Roma, han aparecido objetos fenicios de plata y marfil que datan del siglo VII. Así pues, los fenicios empezaron a abrir de forma gradual nuevas rutas que se adentraban en el Mediterráneo central y occidental.

Los monarcas poderosos recibían en forma de pago de tributo algunos de los productos fenicios más delicados y valiosos. Las puertas de bronce de Balawat, en el norte de Irak, construidas para Salmanasar III de Asiria en el siglo IX, y ahora en el Museo Británico, muestran a Itobaal, rey de Tiro, estibando una carga de tributo en uno de los barcos anclados en uno de los puertos de Tiro, y una inscripción anuncia en palabras solemnes: «Recibí el tributo llegado a bordo de los barcos del pueblo de Tiro y de Sidón». Aun así, el tributo no pudo haber sido enviado desde Tiro hasta el norte de Irak en barcos de navegación marítima. El panel de bronce explica que los

cananeos del litoral adquirieron su riqueza navegando por el Mediterráneo[19], un dato que corroboran los anales de Asurnasirpal, un rey asirio que murió en 859 a. C. y que declaraba haber adquirido «plata, oro, plomo, cobre, vasijas de bronce, ropa de brillantes colores, lana, ropa de lino, un gran mono, un pequeño mono, madera de arce, madera de boj y marfil, y un nahiru, una criatura marina» procedentes de Tiro, de Sidón, de Arvad y de otras ciudades costeras. Podemos observar aquí una mezcla de lo exótico y de lo cotidiano, artículos de consumo llegados desde el otro lado del Mediterráneo y otros producidos en la propia Fenicia, además de artículos poco

comunes como los monos, que probablemente llegaron a través del mar Rojo[20] El comercio del mar Rojo que penetraba en el Mediterráneo fue recordado en la crónica

bíblica que relata que Salomón envió los barcos de Ofir desde Eilat hasta Hiram[21].

Los fenicios comerciaban sin acuñar dinero, aunque tampoco se limitaban solo al

trueque[22]. Para los grandes pagos utilizaban lingotes de oro y plata; a veces también pagaban o cobraban en vasos y copas de metales preciosos, suponemos que de peso estándar (la Biblia conserva un recuerdo de esta forma de comerciar en la historia en la que José esconde una copa en el saco de cereales de su hermano menor Benjamín;

también la historia de Unamón deja constancia de este tipo de intercambios[23]). El uso de unidades de peso estandarizadas, por ejemplo el siclo, deja patente que, aun careciendo de un sistema monetario, los fenicios eran capaces de hacer funcionar lo que podría denominarse economía de mercado; o, dicho de otro modo, estaban muy familiarizados con la economía dineraria, y el dinero puede tomar muchas formas diferentes además de la moneda. Los cartagineses no empezarían a acuñar moneda hasta mucho más tarde, aunque lo harían con el objetivo de facilitar el comercio con

los griegos de Sicilia y del sur de Italia, un pueblo fanático del uso de la moneda[24]. Los metales, no obstante, constituían los cimientos del comercio fenicio en el Mediterráneo: en el siglo IX, los fenicios fundaron su primera base reconocible muy cerca de su propio territorio, Citio, junto a Larnaka, en Chipre, una isla rica en cobre. Los griegos conocían esta primera colonia fenicia con el nombre de Kition, los hebreos, con el de Kittim, y los fenicios en general le daban el nombre de «ciudad nueva», Qart Hadasht, el mismo nombre que le darían más tarde a Cartago, en el

norte de África, y a Cartagena, en España[25]. Lo más significativo en Citio fue que los fenicios al crear esta colonia intentaron conseguir el control sobre el territorio que la rodeaba; una inscripción de mediados del siglo VIII indica que el gobernador de la «nueva ciudad» era un representante del rey de Tiro, y que veneraba al Baal Libnan, el «señor del Líbano», aunque Citio también tenía un inmenso templo dedicado a la

divinidad femenina Astarté[26]. Los graneros de Chipre ejercían la misma intensa atracción que el cobre. Sin los suministros regulares de alimentos procedentes de las tierras ricas en cereales de Israel y de Chipre, los fenicios no podían hacer frente al crecimiento de su propia ciudad, cuya riqueza en aumento se reflejaba en el incremento de su población y en una mayor presión sobre los recursos. Por desgracia para los tirios, la prosperidad de Chipre atrajo el interés del rey asirio, Sargón II (m. 705 a. C.), que se hizo con el control de la isla, un acontecimiento que marcó la breve pero significativa presencia de los asirios en aguas del Mediterráneo. Sargón ordenó grabar en Citio una inscripción que deja constancia de su mandato, y Sargón siguió recibiendo tributos de la isla durante varios años sin interferir en sus asuntos

internos, porque su objetivo consistía en explotar la riqueza de la isla[27], y era evidente que el atractivo de Chipre como una fuente de cobre no le había pasado desapercibido a este rey guerrero. Con el tiempo, el control de los asirios sobre Chipre se debilitaría, y el rey Luli de Sidón y de Tiro se vería obligado a huir de Tiro y buscar refugio y seguridad en Chipre, un acontecimiento celebrado en un relieve que muestra la imagen de un rey humillado escabulléndose a bordo de un buque

fenicio[28]. Ahora bien, Chipre solo era el punto más importante de una red de contactos que llevó con regularidad a los mercaderes fenicios hasta Rodas y Creta.

A finales del siglo IX el comercio fenicio a través del Mediterráneo ya había despegado. Queda espacio para debatir si este despegue precedió el de los mercaderes griegos y al de otros grupos misteriosos tales como los «tirsenios» a cuya presencia en los mares Egeo y Tirreno se hace referencia en esta época. Fueran quienes fueran los primeros en llegar a Italia, es a los fenicios a quien hay que reconocerles el mérito de haber creado las dilatadas rutas marítimas que se extendían por todo el mar a lo largo de las costas del norte de África.

 

II

 

El mejor modo de seguirle la pista al imperio comercial de los primeros fenicios consiste en realizar un viaje por el Mediterráneo de algún momento de alrededor del

año 800 a. C.[29] En este viaje cruzaremos también el estrecho de Gibraltar, hasta llegar a Cádiz y más allá, puesto que uno de los rasgos distintivos del comercio fenicio en el Mediterráneo era que estos mercaderes del extremo más oriental del Mediterráneo también supieron explotar el punto de salida en el extremo occidental por el que se accede al océano Atlántico. Si consideramos los vientos y las corrientes dominantes del Mediterráneo, y sabiendo con certeza que viajaban durante una temporada relativamente corta, de finales de la primavera hasta el principio del otoño, lo más probable es que siguieran una ruta por el norte, pasando junto a Chipre, Rodas y Creta, antes de salir a mar abierto y cruzar el Jónico navegando por sur de Sicilia, el sur de Cerdeña, de Ibiza y hasta el sur de España. La travesía del Jónico les hacía perder de vista la tierra, igual que ocurría en el trayecto entre Cerdeña y Baleares; la tendencia de los micénicos había sido la de navegar pegados a las costas del Jónico hasta pasar Ítaca, y rodear el extremo de la bota de Italia, dejando tras ellos un rastro de cerámica que dejaba constancia de su paso, pero en el sur de Italia no se ha encontrado cerámica levantina, un silencioso testimonio de la confianza que tenían en sí mismos los navegantes fenicios. Los barcos fenicios que se dirigían a poniente solían quedar a menudo inmovilizados en las aguas cercanas a Málaga, puesto que las condiciones meteorológicas en el estrecho de Gibraltar pueden ser muy traicioneras: desde el Atlántico entra una fuerte corriente, y la niebla se alterna con los vientos contrarios, una circunstancia que podía significar una larga espera antes de intentar cruzar el estrecho en dirección a Cádiz y a otros puestos comerciales avanzados. Por suerte, es más fácil entrar en el Mediterráneo desde el Atlántico que salir de él, ya que al entrar, pueden aprovecharse los mismos vientos y corrientes que impiden salir. En el viaje de regreso a Tiro, los fenicios navegaban costeando el gran largo flanco norteafricano, donde los bajos fondos y los traicioneros bancos de arena les obligaban a extremar la prudencia; tampoco había demasiado qué comprar en una gran parte de las tierras junto a las que discurría este trayecto, mucho menos, desde luego, de lo

que podía encontrarse en islas ricas en metales como Chipre, Sicilia o Cerdeña[30]. Por otra parte, los grandes puertos de Cartago ofrecían refugio y contribuían a garantizar la seguridad en las aguas muy alejadas de la tierra natal de los marinos en las que proliferaban los piratas griegos y etruscos.

Los bajorrelieves que adornan los palacios asirios de Nínive y de otros lugares nos permiten reconstruir los barcos. Los arqueólogos marinos han empezado a dejar al descubierto los restos de los barcos fenicios, y han encontrado ejemplos muy posteriores, del siglo III a. C., de barcos cartagineses de Sicilia occidental; bastante más fragmentados están dos pecios de principios de la época fenicia, descubiertos a 33 millas náuticas al oeste del antiguo puerto filisteo de Ascalón y que contenían

cerámica de finales del siglo VIII[31]. La impresión general que se desprende es que los fenicios y los cartagineses preferían barcos más pesados que los construidos por los griegos. Y también, de que existe una cierta continuidad desde los días en que los barcos de Biblos y de Ugarit surcaban el Mediterráneo oriental, pese a lo cual, a los fenicios se les han atribuido asimismo varias innovaciones importantes. Una de ellas, los afilados espolones con aspecto de pico de pájaro, un arma aterradora en la guerra naval del período clásico que fue copiada por los griegos, por los etruscos, y por los romanos. Otra, la quilla, con la que los hábiles fenicios lastraron sus barcos e hicieron posible el transporte por alta mar de grandes cargamentos en condiciones razonablemente estables. Se supone que el arte de calafatear con brea los cascos de los barcos es otro invento fenicio de importancia evidente, puesto que daba estanqueidad a los barcos durante las travesías largas.

Todo lo anterior parece indicar un incremento real de la capacidad de carga en el comercio del Mediterráneo en esta época. Los barcos, en sí mismos, no eran más grandes que los de la antigua Biblos: alrededor del año 1200 a. C., algunos barcos de Ugarit podían transportar hasta 45 toneladas de carga, y la capacidad máxima de los

barcos fenicios era apenas algo superior[32]. Lo que había mejorado era la estabilidad de las naves, y fue esta mejora la que hizo realidad los viajes hasta los puertos atlánticos de Cádiz y Mogador, y que tal vez permitió incluso navegar alrededor de África, una hazaña que Herodoto sitúa en el siglo VI a. C. La eslora de los barcos redondeados utilizados para el transporte a media y larga distancia era tres o cuatro veces mayor que su manga, podía llegar a ser de hasta 30 metros, aunque la eslora de

los pecios de Ascalón es la mitad de esto[33]. Las imágenes que decoran las puertas de Balawat describen estos barcos, que tienen la proa alta, adornada con la efigie de una cabeza de caballo (tal vez en homenaje a un dios del mar similar a Poseidón, que

también era amante de los caballos[34]); algunos barcos tenían unos ojos pintados en la proa, mientras que en la popa, tras el alcázar, el tablazón de la cubierta adoptaba una forma que recordaba la cola de un pez. Una vela cuadra se izaba en el mástil, que, según los profetas bíblicos, solía estar construido con madera de cedro del Líbano, y algunos barcos usaban además propulsión a remos. El timón consistía en un ancho remo sujeto a la borda de babor. La impresión que se desprende de estas imágenes es que se trataba de barcos sólidos con una excelente capacidad de carga, bien equipados para el transporte de grano y cereales, vino y aceite, y no solo de barcos rápidos sin quilla que transportaban pequeñas cantidades de productos exóticos de lujo. Esta impresión queda confirmada por dos antiguos pecios que, entre ambos, transportaban casi 800 ánforas de vino, una carga (si las ánforas estaban llenas) que pesaba 22 toneladas. Los fenicios utilizaban también barcos más pequeños, no demasiado diferentes, que prestaban servicio en las rutas comerciales más cortas entre los puertos dispersos por toda la red comercial fenicia; en aguas del sur de España se han encontrado ejemplos de estos pequeños barcos, cuya eslora es aproximadamente la mitad de la de los barcos de Ascalón, y que transportaban una carga de lingotes de plomo, artículos de mimbre y cerámica del sur de la península

ibérica[35] fueron los vapores volanderos del primer y más antiguo Mediterráneo. Las redes comerciales estaban dedicadas por igual a los productos básicos tales como alimentos y a los productos de gran valor como los objetos de marfil y los cuencos de

plata encontrados en las tumbas principescas del sur de España y de Etruria[36]. Los fenicios desarrollaron asimismo un tipo diferente de nave con fines bélicos caracterizada por llevar un afilado espolón de bronce con el que los capitanes intentaban embestir los barcos de sus enemigos. La eslora de estos barcos era seis o siete veces mayor que su manga, y tenían un trinquete, un segundo mástil a proa. Los barcos de guerra diferían además de los cargueros redondeados en el uso que hacían

de la propulsión a remo para maniobrar, en especial en el campo de batalla[37].

El objeto fenicio más antiguo encontrado en Occidente es una tablilla procedente del sur de Cerdeña, la «estela de Nora» de finales del siglo IX, que tiene una inscripción en la que se hace referencia a la construcción de un templo dedicado al dios Pumay, nombre contenido en el de Pumayyaton (en griego, Pigmalión), y un nombre muy corriente entre los fenicios. La inscripción había sido hecha be-shardan, «en Cerdeña», de lo que se deduce que esta isla ya tenía un nombre. El sur de Cerdeña ofrecía una gran variedad de metales preciosos, entre ellos hierro y plata, por lo que era previsible que los fenicios aparecieran allí. Es posible que los autores de la inscripción fueran pioneros, pero el hecho de que construyeran un templo sugiere que tenían la intención de quedarse en la zona; construir un templo solía ser una de las primeras acciones de los colonizadores fenicios. Y fue en esta zona del Mediterráneo, al sur de Nora, donde los fenicios empezaron a fundar prósperos asentamientos de importancia duradera.

 

III

 

Cartago fue el más destacado de estos asentamientos. Virgilio, con toda la tranquilidad del mundo, antedató su fundación a la época de la guerra de Troya, cuando Eneas visitó a su reina, Dido (también conocida como Elisa); ahora bien, la Eneida de Virgilio era una meditación sobre el pasado y el futuro de Roma, por lo que a nadie debe sorprender que en su obra le encontrara un papel al enemigo más poderoso al que se había enfrentado nunca la Roma republicana. Otros escritores clásicos, entre ellos el historiador judío Josefo, ofrecieron asimismo sus crónicas alternativas que explicaban el nacimiento de Cartago, en las que también aparecía Dido-Elisa, huyendo de su tiránico hermano Pygmalión que había asesinado a su marido, el sumo sacerdote de Hércules (los griegos habían asimilado Hércules al dios cananeo Melqart, Melk-Qart, «el rey de la ciudad»). El primer puerto de escala de Dido-Elisa fue Citio, en Chipre, otra Qart-Hadasht o «ciudad nueva», y después, decidió poner rumbo al oeste, tras reunir ochenta jóvenes mujeres que debían ejercer la labor de prostitutas sagradas y garantizar así la continuidad del culto fenicio en la

tierra en la que se instalaran los refugiados[38]. Elisa y su séquito se dirigieron directamente al norte de África y tocaron tierra en el lugar en el que se alzaría más tarde Cartago; no eran los primeros fenicios en llegar a la región, y los hombres de la cercana Utica se pusieron a su disposición para darles un buen recibimiento. También fueron bien acogidos por los libios que habitaban la zona, y fueron ellos los primeros que le dieron a Elisa el nombre de Dido, que significa «la viajera». El monarca libio no impidió que los fenicios se asentaran pero, cuando quisieron comprar tierra, se mostró bastante menos generoso. Le dijo a Dido-Elisa que podía comprar tanta tierra como pudiera abarcar la piel de un buey. La astuta reina se enfrentó a esta limitación haciendo cortar una piel de buey en tiras muy finas que hizo colocar una tras otra hasta marcar el perímetro de la colina de Byrsa, la acrópolis de Cartago. Por muy atractiva que resulte la leyenda de la fundación de Cartago, no fue más que un intento de los escritores griegos de explicar el origen del nombre de la colina en el centro de Cartago: byrsa significa «piel de animal» en griego. Lo que en realidad oyeron los griegos era la palabra cananea brt, que significa «ciudadela». Incluso después de este engaño, el rey libio, profundamente atraído por Dido, insistió en casarse con ella, pero Dido, que sentía una gran lealtad hacia el recuerdo de su marido, se inmoló en una pira para evitar ese matrimonio, y a partir de ese momento, los colonizadores

empezaron a venerarla como una diosa[39]. Por muy tendenciosa que pueda parecer esta crónica, lo cierto es que tiene dos características importantes. Una de ellas es la persistencia de la historia de la reina que se inmola a sí misma y que Virgilio introdujo en la corriente dominante de la literatura europea subsiguiente. La otra característica es la aparente precisión de algunos pequeños detalles: la datación, unos treinta y ocho años antes de la primera Olimpíada (776 + 38 = 814), coincide con los hallazgos arqueológicas que demuestran que fue precisamente en este período cuando los fenicios colonizaron la región. La élite cartaginesa siguió llamándose a sí misma los «hijos de Tiro», bene Tzur, o sencillamente «tirios», y escritores clásicos posteriores informaron de ofrendas regulares de los cartagineses al templo de Melqart en Tiro. Es posible también que el sacrificio de Dido constituya un intento posterior de describir algo que era bastante habitual en el mundo fenicio y que se practicaba con especial fervor en Cartago: un sacrificio humano en el momento de la fundación de una ciudad al objeto de asegurarse la buena disposición del dios Melqart.

Resulta decepcionante que no tengamos ningún objeto de Cartago que pueda datarse con seguridad en la primera mitad del siglo VIII; los documentos arqueológicos más antiguos son de alrededor del año 730 a. C., y hay fragmentos de cerámica posteriores a 750 a. C., aproximadamente. No deja de ser extraordinariamente sorprendente que los objetos más antiguos que han sobrevivido sean griegos y no fenicios, artefactos geométricos de Eubea en el Egeo, aunque, más adelante veremos que los eubeos habían fundado poco tiempo atrás su propia colonia en la bahía de Nápoles, por lo tanto, es posible que una parte de estos hallazgos

procediera de allí[40]. La Cartago primitiva no estaba pues cerrada al comercio en desarrollo del mundo griego, ni tampoco al asentamiento de nuevos colonos. El desprecio de Homero por los comerciantes «sidonios» era el resultado del contacto entre las esferas comerciales fenicias y griegas. Es destacable que la cerámica griega fuera depositada como una ofrenda fundacional bajo el santuario conocido con el nombre de tophet, donde tenían lugar los sacrificios de niños, de los que trataremos más adelante.

Cartago se convertiría en poco tiempo en la reina de las colonias fenicias. Los historiadores suelen atribuir el ascenso de la ciudad a su excelente situación para los comerciantes que viajaban hacia y desde el sur de España. No obstante, resulta difícil encontrar objetos de origen español en los niveles más inferiores de la antigua Cartago. Otras explicaciones hacen hincapié en su origen como ciudad en la que buscaron refugio los exiliados tirios, los emigrantes procedentes de Citio, en Chipre, y los excedentes de población de las cada vez más prósperas ciudades levantinas, y que también absorbió a muchos bereberes locales. Ahora bien, la auténtica clave del éxito de Cartago no hay que buscarla ni en España ni en Fenicia, sino a las propias puertas de la ciudad: la riqueza agrícola de la región impresionó a los autores clásicos, que describieron las villas y las fincas que rodeaban la ciudad, y el Senado de Roma encargó incluso la traducción al latín y al griego de un tratado de agricultura

del siglo [41] V o IV escrito por el autor cartaginés Magón. A diferencia de lo que ocurría en Tiro, la fortuna de la aristocracia de Cartago procedía de los cereales, del aceite de oliva y de los viñedos, y no del tinte púrpura, de los bosques de cedros o de los paneles de marfil. Todo esto concuerda bien con las pruebas proporcionadas por los barcos redondeados que, como ya hemos visto, eran mucho más adecuados para el transporte de sacos de cereales y de tinajas llenas de vino y aceite que para el abastecimiento de costosos objetos de lujo. Cartago, sin duda, ya era grande y próspera mucho antes del año 600, algo que hubiera resultado inconcebible sin las excelentes reservas locales de alimentos. Cartago surgió con tanta fortaleza porque se convirtió en el núcleo de su propia red comercial en la que se incluían otros asentamientos fenicios en la región; Utica, en la costa de África, no estaba demasiado lejos, y era más antigua, pero nunca logró competir con Cartago. Motia, en Sicilia, por su parte, en determinados aspectos se parecía más a Tiro o Arvad que a Cartago,

y ha sido descrita como «un modelo de asentamiento [fenicio] derivado»[42]. Motia fue fundada en el siglo VIII en una pequeña isla a una corta distancia del extremo más occidental de Sicilia, cerca de la moderna Marsala; la isla está bien protegida y se encuentra situada entre «Isola Grande», de un tamaño razonable, y la costa de

Sicilia[43]. Otra característica que recuerda a Tiro era la existencia de fábricas de tinte púrpura que la convertían en algo más que un emporio comercial: era un centro industrial donde, entre otras cosas, se producían objetos de hierro. Vivió su período de máximo auge en el siglo VII a. C., una época en la que los sacrificios de niños se hicieron cada vez más habituales, aunque la razón para ello dista mucho de estar clara. Los motios tenían en común con los tirios que no tenían bajo su control grandes extensiones de tierra interior, una circunstancia, por otra parte, que les estimularía a establecer relaciones amistosas con los indígenas élimos de Sicilia occidental, cuyo centro más importante y cercano era el gran santuario de Erice, que se alzaba sobre una cima que dominaba la costa occidental siciliana. De los élimos obtenían los cereales, el aceite y el vino que necesitaban, productos que abundaban en el oeste de Sicilia. Los motios también tenían acceso a las grandes y extensas salinas de Trapani, en la costa, al pie del monte Erice; y donde había sal, había también la oportunidad de conservar pescado, como por ejemplo el abundante atún que aparece cada temporada cerca de las costas de Sicilia. El pescado era una especialidad de los cartagineses, a quienes se les atribuye la invención de la maloliente salsa de pescado, garum, que tanto les gustaba a los romanos. Ahora bien, los fenicios no deseaban conquistar a sus vecinos. Sus asentamientos eran centros de comercio y de industria, y no intentaron establecer su dominio político sobre el oeste de Sicilia.

Las ambiciones territoriales fenicias, sin embargo, sí se extendieron más allá de Sicilia. A partir del año 750 empezaron a aparecer en el sur de Cerdeña grupos de colonias cuyo objetivo era no solo el de proporcionar puertos seguros, sino también controlar las zonas rurales, posiblemente para garantizarse los suministros de productos básicos. La mayor parte de estos asentamientos eran bases clásicas fenicias, construidas sobre istmos que sobresalían hacia el mar, como Tarras y Nora; en Sulcis, exactamente igual que en Cartago, los niveles excavados más inferiores

contenían cerámica griega de Eubea[44]. Los fenicios se dirigieron hacia el interior y ocuparon algunos de los antiguos fuertes, o nuraghi, mientras mantenían, según todas las apariencias, relaciones pacíficas con los indígenas sardos, encantados de tener la oportunidad de venderles sus cereales y metales a los ricos mercaderes de Sulcis. El dominio de los fenicios y cartagineses sobre Sicilia se consolidó alrededor de 1540, cuando los cartagineses y los etruscos expulsaron a los griegos de Focea en una gran batalla naval frente a la costa de Alalia, en Córcega, una victoria que garantizó que Córcega y Cerdeña permanecieran ajenas a la esfera del mundo griego; habida cuenta del valor de Cerdeña como fuente de todo tipo de metales y de productos agrícolas, también reforzó significativamente el poder de los fenicios en el Mediterráneo occidental. Aunque los griegos de Focea fundaron una base en Marsella, el lejano oeste del Mediterráneo quedó cerrado a la penetración intensiva de los griegos mientras Cartago fuera una gran potencia; quedaba así en manos de los fenicios explotar el potencial de sur de España y de Marruecos. La existencia de estos asentamientos nos dice dónde fueron a vivir los fenicios, pero no hasta dónde llegaron realmente en sus viajes. Las pruebas que atestiguan del impacto de los tirios provienen de las tumbas en Italia durante el siglo VI, pero queda por aclarar si los mercaderes fenicios y cartagineses eran agentes libres, o bien si estaban al servicio del Estado. En ocasiones, los monarcas les encargaban alguna misión a los mercaderes, que recibían una comisión por los servicios prestados, por ejemplo cuando operaban al servicio del monarca asirio. En Occidente, podían trabajar en libertad y eran sus propios amos. Al principio, fueron los proveedores de las cortes principescas de Etruria y de la propia Cartago, pero al llegar el año 500 habían construido unas redes comerciales que dependían de sus propias inversiones y que les proporcionaban beneficios directos; trabajar para otros ya no tenía ningún interés.

El atractivo del lejano oeste fue en aumento. Los escritores griegos, uno de ellos, por ejemplo, Estrabón (que escribía a principios del siglo I d. C.), insistían en la importancia del sur de España como fuente de plata. Los fenicios tenían varias bases en el sur de España cerca de Gibraltar, en los accesos al estrecho, en Montilla, Málaga, Almuñécar y otros puntos ahora sepultados bajo el hormigón de la Costa del Sol. Algunos de estos asentamientos se encontraban a unas pocas horas, incluso pocos minutos, a pie los unos de los otros, y la mayor parte de ellos estaban ligados a la economía y sociedad locales, aunque el hallazgo cerca de Málaga de cerámica etrusca del siglo VI elegantemente bruñida apunta a la existencia de vínculos más

amplios[45]. En Ibiza existía un asentamiento fenicio primitivo desde el que podía verse la lejana península ibérica y donde se desarrollaba el habitual comercio de metales a cambio de aceite y vino, si bien otro de los puntos fuertes de Ibiza a lo largo de su historia han sido sus luminosas salinas. En la península ibérica, resulta instructivo el caso de la pequeña población de Toscanos, fundada alrededor del año 730 a. C. Toscanos era una comunidad que, entre mediados y finales del siglo VII a. C., llegó a albergar hasta unas 1500 personas, cuyos artesanos producían objetos de cobre y de hierro y que, por alguna razón, en el año ya 550 había sido abandonada. La impresión que se desprende de Toscanos es que se trataba de un modesto centro de comercio fenicio adaptado a las necesidades de la población ibérica local, y que, en el marco más amplio de las redes comerciales fenicias, no tenía una especial importancia, aunque Toscanos tiene bastante relevancia si uno quiere comprender cómo los íberos se transformaron mediante el contacto con los pueblos procedentes del este.

De hecho, la principal base fenicia en esta región se encontraba más allá del estrecho de Gibraltar, en Gadir, o Cádiz; la Cádiz primitiva también forma parte de la historia del Mediterráneo puesto que los beneficios que generaba alimentaban las redes mediterráneas de los fenicios. Igual que tantos otros asentamientos fenicios, Gadir fue fundada en una isla frente a la costa, aunque la fecha tradicional de 1104 a. C. se adelante en más de 300 años a la fecha real de su fundación. En Cádiz, los fenicios construyeron un templo de Melqart, y Cicerón dejaría constancia más tarde de que en dicho templo se habían celebrado sacrificios humanos, posiblemente un sacrificio de primavera en honor de la resurrección anual de Melqart documentado en los mitos cananeos. Se trataba de un próspero templo que no solo funcionaba como centro de culto, sino que también se utilizaba como almacén de objetos preciosos, algo que se consideraba normal en el antiguo mundo comercial mediterráneo. Y había muchas cosas que almacenar en el santuario de Melqart, puesto que Gadir era la primera puerta de entrada al rico territorio que desde los días de Herodoto se conocía con el nombre de Tartesos. Tartesos ha sido objeto de debate entre los investigadores casi desde la Antigüedad. Algunos han creído que se trataba de una ciudad, incluso de un río; en la actualidad, se entiende que el nombre hace referencia a un reino o a una región del sur de España habitada por población indígena íbera. Su gran atractivo, o más bien el de las tierras y llanuras de la cuenca del río Guadalquivir, radicaba en sus depósitos de plata: «obtención y producción de plata […] equivale a

hablar […] de Tartesos»[46]. Si hemos de creer a Herodoto, los vientos desviaron de su rumbo al comerciante griego Coleo de Samos, quien llegó al sur de España a mediados del siglo VII y de donde regresó con sesenta talentos de plata (tal vez unos 2000 kilos) de Tartesos. El dudoso nombre atribuido al monarca local que conoció Coleo era el de Argantonio, las primeras letras del cual significan «plata».

Fueron los fenicios y no los íberos los que transportaron la plata hacia el este, hasta Grecia y Asia, según testimonios posteriores de Diodoro de Sicilia (siglo I a. C.). A cambio, los fenicios llevaban aceite de oliva y ejemplos de su propia artesanía tales como joyas, objetos de marfil, pequeños frascos de perfume y tejidos; ya incluso desde el siglo VIII, les enseñaron a los tartesios a extraer, refinar y procesar los metales, aplicando sofisticados métodos. La relación entre fenicios e íberos no era una relación de explotación «colonial» o de «comercio injusto», como ha afirmado,

siguiendo una tendencia que está de moda, una investigadora española[47]. Fueron los tartesios los que emprendieron con entusiasmo la tarea de extraer y fundir no solo plata, sino también cobre y oro, en los centros mineros en el sur de España y de Portugal, y, según reconocen incluso los adictos a la interpretación «colonialista», los íberos locales controlaban «todos los aspectos de la producción» y mantenían «un firme control sobre sus propios recursos», desde la extracción hasta la fundición; las élites íberas se beneficiaron de este comercio en el mismo grado que los fenicios. Los artistas locales empezaron a adoptar los estilos fenicios, y la fortuna que adquirieron los príncipes íberos les permitió mantener un lujoso estilo de vida. En el sur de la península ibérica, el contacto con el este transformó una sociedad tradicional del oeste, igual que estaba ocurriendo a una escala aún mayor en Etruria. Los fenicios no solo tenían los brazos muy largos, sus actividades tenían también el poder de elevar la vida política y económica de una tierra remota hasta hacerla alcanzar cotas desconocidas. Estaban empezando a transformar todo el Mediterráneo.

Tartesos ha sido a menudo equiparado a las tierras ricas en metal de Tarsis que menciona una y otra vez la Biblia hebrea. Jonás, huyendo de Dios, salió de Jaffa en dirección a Tarsis, y el autor de esta crónica bíblica entendió con toda claridad que esta ciudad se encontraba en algún lugar muy remoto, en el punto más lejano al que uno podía llegar tras cruzar el mar. Isaías, por su parte, en su aterradora profecía relacionada con Tiro, explica que unos barcos procedentes de Tarsis, tras hacer escala en Kittim (Citio, en Chipre) se enteran de la destrucción de su ciudad natal: «¡Giman,

naves de Tarsis, porque su puerto ha sido devastado!»[48].

 

IV

 

Los fenicios, para hacer funcionar este sistema de comercio, como ya hemos visto antes, no utilizaban demasiado la moneda, sino que le daban mucha más importancia a su capacidad de dejar constancia de lo que estaban haciendo. Los mercaderes estaban alfabetizados y utilizaban un escritura lineal sencilla fácil de aprender y rápida de escribir, el antepasado del más moderno de los alfabetos (en el sentido estricto del término: una escritura con aproximadamente una letra para cada

sonido[49]). Hasta entonces, el arte de leer y escribir había sido sobre todo una destreza reservada a los sacerdotes, puesto que solo personas bien instruidas eran capaces de leer las complejas combinaciones de sonidos en los tres sistemas de escritura egipcios; incluso las escrituras silábicas tales como la Lineal B eran difíciles de manejar, y más aún cuando se superponían a una lengua como el griego, que no podía descomponerse fácilmente en sencillas sílabas compuestas de una consonante y una sílaba. En la escritura fenicia, el símbolo de una casa representa una «b» porque la palabra que designa una casa, bet, empieza con una «b». Muchas de las veintidós letras del alfabeto fenicio, aunque no todas, empezando por la primera, alef, el «buey», surgieron a partir del mismo proceso. El secreto del éxito de este alfabeto radica en la total exclusión de vocales, introducidas más tarde por los griegos. Mlk podía por lo tanto representar «gobierna» o «gobernó», dependiendo de qué vocales se utilizaran y que el lector atento asignaba según el contexto. El primer ejemplo conocido de este sistema de escritura es el que sobrevive en el sarcófago del rey Ahiram de Biblos, del siglo X a. C. Lo que importa no es si los fenicios inventaron el alfabeto a partir de la nada (es posible que un sistema de escritura utilizado en el Sinaí proporcionara algunas letras), sino el hecho de que difundieron su alfabeto por todo el Mediterráneo, no solo entre sus asentamientos en el oeste, como demuestra la estela de Nora, sino también entre sus vecinos, los griegos de Jonia, quienes transformaron las letras que consideraban superfluas, por ejemplo las oclusivas guturales, que no existen en el griego, en sonidos vocálicos, y rediseñaron

ligeramente la mayor parte de los signos[50].

Lo que los fenicios poseían en cuanto a literatura constituye un misterio. Los cananeos de Ugarit produjeron una gran cantidad de extraordinarios poemas religiosos no demasiado diferentes a los salmos, y los cartagineses escribieron tratados de agricultura. Existe una tendencia a infravalorar a los fenicios y a considerar su producción poco original; por otra parte, es evidente su dependencia de los modelos artísticos egipcios y asirios en el ámbito artístico, como por ejemplo, en sus tallas de marfil. Esto, por supuesto, era lo que querían los consumidores de todo el Oriente Próximo y el Mediterráneo, objetos que llevaran el sello, no de las ciudades cananeas sedientas de beneficios económicos, sino el de las grandes civilizaciones imperiales del Nilo, del Tigris y del Éufrates, y los fenicios sabían cómo satisfacer esta demanda de sus clientes procedentes de regiones tan occidentales como Tartesos y Toscana. La difusión de la cultura fenicia por todo el Mediterráneo, llegando incluso hasta el sur de España, a través de sus asentamientos y por medio de los intercambios comerciales con los pueblos indígenas, es importante no solo porque hizo llegar estilos orientales hasta el occidente más alejado, sino también porque se trataba de la primera vez que los marinos orientales habían llegado tan lejos a través del mar, mucho más allá de lo que habían hecho los navegantes micénicos, que se habían limitado a costear con cautela desde el oeste de Grecia hasta el sur de Italia y Sicilia.

Aunque los fenicios se casaron con los pueblos indígenas, no perdieron su cultura mediterránea distintiva, la identidad que los distinguía como «tirios» o «cananeos», y nada demostraba con más fuerza el mantenimiento de dicha identidad que la práctica del sacrificio humano, que llevaron consigo desde las tierras de Canaán. Se trataba de una práctica por la que los autores bíblicos y clásicos mostraron una profunda repugnancia: la historia del sacrificio fallido de Isaac es una de las numerosas diatribas en contra del sacrificio infantil. Una práctica que se intensificó, si cabe, en los nuevos asentamientos, en especial en los de Cartago, Sulcis y Motia. En el tophet de Cartago, situado al sur de la ciudad y que puede ser visitado en la actualidad, se sacrificaron niños a Baal durante seiscientos años; en los últimos doscientos años de la ciudad, se llenaron 20 000 urnas con los huesos de los niños (y, en ocasiones, con los de pequeños animales), lo que da una media de unas 100 urnas al año, teniendo presente que una urna podía contener los huesos de varios niños. Los tophets eran lugares de veneración muy especiales. Muchas de las urnas contenían los restos de lo que parecían fetos, bebés nacidos prematuros y producto de abortos espontáneos, y en una sociedad en la que el índice de mortandad infantil debía de ser muy alto, muchos otros restos eran probablemente de niños que fallecieron de muerte natural. Los tophets eran, por lo tanto, cementerios de niños muertos prematuramente, puesto que

una vez alcanzada la edad adulta, el entierro sustituía la cremación[51]. En consecuencia, aunque se llevaban a cabo sacrificios humanos, tal y como insisten las fuentes bíblicas y clásicas, eran menos frecuentes de lo que sugieren a primera vista la gran cantidad de jarras que contienen huesos infantiles calcinados, y su frecuencia aumentaba cuando amenazaba el peligro, eran un modo de apaciguar a los dioses. Dos historiadores griegos informan de que cuando Cartago fue asediada por el tirano de Siracusa en el año 310, los ancianos de la ciudad decidieron que necesitaban apaciguar a Baal, en cuyo desagrado habían incurrido las familias nobles al haber sacrificado esclavos en lugar de a sus primogénitos; los cartagineses le ofrecieron entonces a su airado dios quinientos niños de familia noble. Una estela del siglo IV procedente del tophet de Cartago muestra la imagen de un sacerdote tocado de un gorro plano parecido a un fez y vestido de una túnica transparente llevando a un niño al ara del sacrificio. La práctica, descrita por los textos bíblicos y clásicos, consistía en dejar al niño vivo sobre los brazos extendidos de la estatua de Baal; las víctimas del sacrificio caían entonces, vivas, desde los brazos del dios al interior de un horno

incandescente instalado bajo la estatua y en el que ardía un fuego abrasador[52]. El sacrificio infantil era el modo de afirmar su identidad como servidores de Baal, de Melqart y del panteón fenicio, y también su identidad de tirios cientos de años después que sus antepasados hubieran emigrado desde Líbano hasta el norte de África, Sicilia y Cerdeña. Así pues, aunque pueda parecer que la producción artística de los fenicios, y más en particular la de los cartagineses, carecía de originalidad, lo cierto es que este era un pueblo que tenía un poderoso sentido de su propia identidad.