El Gran Mar

David Abulafia · Capítulo 41 de 48

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El Gran Mar

Capítulo 7. El último Mediterráneo, 1950 — 2010

Capítulo 7

 

EL ÚLTIMO MEDITERRÁNEO, 1950 — 2010

 

I

 

El final del siglo XX fue uno de los grandes períodos de las migraciones mediterráneas. Los movimientos migratorios desde el norte de África y con salida y destino a Israel ya han sido analizados en el capítulo anterior. La historia de la emigración siciliana y del sur de Italia se remonta hasta finales del siglo XIX, y su destino era sobre todo América del Norte y del Sur. En las décadas de 1950 y de 1960, la emigración se redirigió hacia las ciudades del norte de Italia. La agricultura del sur del país, que ya sufría por la falta de atención y de inversiones, se fue deteriorando todavía más a medida que los pueblos iban siendo abandonados. En otros puntos del Mediterráneo, los vínculos coloniales eran importantes; por ejemplo, el dominio británico sobre Chipre hizo llegar al norte de Londres importantes comunidades griegas y turcas. Acompañando a estos emigrantes, llegó también su gastronomía: la pizza se popularizó en Londres en la década de 1970, y los restaurantes griegos en el Reino Unido tenían un fuerte sabor chipriota. Como era de prever, la cocina del sur de Italia se impuso entre los emigrantes italianos: la sublime creación de los cocineros genoveses, trenette al pesto, apenas era conocida fuera de Italia, de hecho, ni siquiera en Liguria, antes de la década de 1970, aunque ya en la década de 1950, cuando se publicó por primera vez el libro de Elizabeth David, Book of Mediterranean Food, ya se había empezado a intuir la fascinación de los europeos

del norte por la gastronomía mediterránea[1]. El libro se inspiraba en unos viajes de la autora por el Mediterráneo durante la segunda guerra mundial que solían poner los pelos de punta y en los que anduvo siempre apenas un paso por delante del enemigo. Al principio, el libro evocaba imágenes de aspiraciones más que de realidades: el Reino Unido seguía sometido al racionamiento de la posguerra, e incluso el aceite de oliva era difícil de encontrar. A medida que aumentaba la prosperidad en el norte de Europa, se iba ampliando el mercado de las desconocidas frutas y verduras del Mediterráneo hasta que al final, en el año 1965, la señora David pudo abrir su propia tienda de alimentación con una cierta seguridad. En el año 1970 ya no era demasiado difícil encontrar berenjenas y aguacates en los mercados del Reino Unido, Alemania y Holanda; y al llegar el año 2000, ya había arraigado con fuerza la idea de que la dieta mediterránea, rica en pescado, aceite de oliva y verduras y legumbres es mucho más sana que las dietas tradicionales del norte de Europa, en general basadas en el cerdo y en el tocino. El interés por las cocinas tradicionales del Mediterráneo se extendió por toda Europa y América del Norte, no solo la gastronomía italiana, sino

la romana, y no solo la romana, sino la de los judíos de Roma, y así sucesivamente[2]. Bajo la influencia de la sofisticada viticultura californiana, también creció el interés por los vinos mediterráneos producidos en lugares tan al sur como Apulia o Alicante, y no dejaba de hablarse de nuevas y prometedoras regiones a lo largo de la costa croata o en Turquía, por no hablar de los antiguos y nuevos viñedos en el valle de Bekaa y en los altos del Golán. Los insípidos menús del norte de Europa (exceptuando Francia y Bélgica) quedaron relegados a un remoto recuerdo. Estos cambios en la dieta tienen un significado que dista mucho de ser anecdótico: con la globalización de la cocina mediterránea, se han desintegrado las antiguas identidades étnicas.

En cierto sentido, por lo tanto, el Mediterráneo se ha convertido en el patrimonio cultural de todos, pero los movimientos de población que tuvieron su origen mucho más allá de sus costas también han tenido un impacto social y político significativo. Nuevos pobladores no mediterráneos se instalaron permanente o temporalmente en las ciudades del Mediterráneo, o bien fueron utilizados como mano de obra agrícola barata. Lo único que querían muchos de los inmigrantes africanos o asiáticos que llegaron al Mediterráneo en los años inmediatamente anteriores y posteriores a 2000 era pisar suelo europeo antes de poner rumbo al norte, hacia Francia, Alemania o el Reino Unido, aunque también las grandes ciudades italianas han ejercido una gran atracción. Sin embargo, son los estados miembro mediterráneos de la UE los que tienen que enfrentarse de entrada a este flujo entrante de inmigración en cantidades que no dejan de aumentar. Ceuta, y también las pequeñas islas entre Sicilia y el norte de África, Lampedusa, Pantelleria, y Malta, se han convertido en los puntos de entrada favoritos. El Alto Comisionado de Naciones Unidas para los Refugiados (ACNUR) le recriminó a Italia en mayo de 2009 haber enviado barcos cargados de refugiados de regreso a Libia. En el año 2008, 36 900 refugiados en busca de asilo llegaron a Italia, el 75 por 100 más que en 2007; el momento de máxima afluencia en el período de nueve años entre 2002 y 2010 fue en 2008, cuando 2775 emigrantes llegaron a Malta, una cifra que equivale a un emigrante por cada 148 malteses. De hecho, en el año 2010, la cifra de inmigrantes cayó en picado porque Malta se benefició de un acuerdo de asilo firmado entre Libia e Italia, el destino final de muchos de los emigrantes, y tal vez también porque Europa, ahora sumida en una

crisis económica, ya no parecía un destino tan atractivo[3]. Esta cuestión no afecta solo a los estados occidentales: las islas del Dodecaneso se han convertido en uno de los puntos de entrada favoritos de los inmigrantes llegados desde Asia a través de Turquía.

Una característica de estas nuevas migraciones que llama mucho la atención es la predominancia de musulmanes, que ha llevado a disputas sobre la construcción de mezquitas; las antiguas susceptibilidades, o, de hecho, prejuicios, siguen poderosamente vigentes en Andalucía y en Sicilia, algo a lo que no ayudan las esporádicas llamadas de los extremistas a la recuperación de todos los territorios que en el pasado fueron musulmanes para resucitar el califato. Frente a esto, sigue vigente la antigua realidad de las migraciones: con la mejora del nivel de vida, las tareas domésticas y poco especializadas han recaído sobres los inmigrantes, que pueden encontrar trabajo como camareras de hotel, camareros de mesa, personal de limpieza o peones de albañil en la construcción de estos mismo hoteles. Porque un ámbito en el que la economía mediterránea ha experimentado un auge sin precedentes durante el período de la posguerra ha sido el del turismo, que ha creado muchas oportunidades de empleo.

 

II

 

En la segunda mitad del siglo XX, el Mediterráneo, al dejar de ser el centro fundamental del comercio o del poder naval, encontró una nueva vocación: el turismo

de masas[4]. El turismo de masas arrancó, al principio, en el Mediterráneo, y ahora

atrae a 230 millones de visitantes cada año[5]. La migración temporal de millones de europeos del norte, americanos del norte y japoneses en busca de sol o de cultura, o de ambas cosas, ha tenido lugar junto a la migración más permanente de alemanes, británicos y escandinavos jubilados que esperan poder pasar sus últimos años en los apartamentos y chalés de la costa española, o de Mallorca, Malta o Chipre, y que han formado comunidades distintivas con sus propios clubs, bares y cervecerías, e

incluso, en Mallorca, su propio partido político para los alemanes[6]. La construcción ilegal y, en el caso del norte de Chipre, los títulos de propiedad en disputa, no han hecho siempre de la jubilación en el Mediterráneo una experiencia feliz, en especial cuando las casas han sido sumariamente derribadas por las enfurecidas autoridades españolas. Esta migración hacia el sur ha acarreado graves consecuencias medioambientales, debido a las grandes exigencias impuestas sobre unos recursos de agua y energía limitados (en especial, en Chipre), y al hecho de que las magníficas y amplias vistas de costas y montañas han sido sustituidas por monótonos bloques mal planificados de blancas casas de hormigón (en especial en España).

Para comprender cómo despegó la industria turística en el Mediterráneo, es necesario retroceder hasta acontecimientos que tuvieron lugar mucho antes de la segunda guerra mundial. En su época, el grand tour, que solía llevar a los viajeros europeos y alemanes hasta la bahía de Nápoles y hasta otros puntos —y vistas— del Mediterráneo, satisfizo las necesidades de una pequeña élite. Cuando los ferrocarriles empezaron a cruzar Francia, y después de que la reina Victoria pusiera de moda las ciudades turísticas de Menton y Hyères como lugares donde pasar el invierno a finales del siglo XIX, el Mediterráneo se hizo más accesible. En los paseos marítimos de Niza y de Cannes se construyeron monumentales hoteles, y una pequeña región de la costa mediterránea, la Costa Azul, se convirtió en el paraíso favorito de los ricos en verano, y también en invierno; el ascenso de Monte Carlo, sin embargo, sería algo más lento, y siguió a la creación de la Societé des Bains de Mer por el príncipe de Mónaco, a quien le preocupaba más el juego que los baños, que los británicos

fomentaban por sus saludables propiedades[7]. En Montecatini, en el interior de Italia, y en Abano y en Rimini, en la costa, empezaron a aparecer balnearios al servicio, sobre todo, de una clientela italiana; los grandes grupos de turistas británicos, documentados en las novelas de E. M. Forster, llegaban a Florencia y se instalaban durante meses en las pensioni de la ciudad, pero el mar todavía no se había

convertido en una atracción significativa para ellos[8]. Lo que cambió de forma espectacular a finales del siglo XX fue el número y los objetivos de los visitantes, y la facilidad con la que podían llegar hasta el último rincón del Mediterráneo. Los turistas sustituirían a los viajeros.

 

Tres agentes lideraron la expansión del turismo. En el interior del Mediterráneo, algunos gobiernos, nacionales, regionales y municipales, vieron en el turismo el modo de atraer divisas extranjeras y de fomentar la industria local. En Israel, por ejemplo, se prepararon tres planes maestros con la esperanza de fomentar el turismo, en 1976, en 1987, y en 1996; este país tenía la ventaja de contar con cuatro circunscripciones turísticas: visitantes judíos, peregrinos cristianos, turistas internos y extranjeros de vacaciones atraídos por las playas y los monumentos. Al llegar el año 2000, el litoral de Tel Aviv, desde el límite de Jaffa y hacia el norte, estaba bordeado de inmensos nuevos hoteles que ofrecían un servicio de cuatro o cinco estrellas pero

muy poco en materia de belleza arquitectónica[9]. Fuera del Mediterráneo, unas gigantescas agencias de viajes, como por ejemplo Thompson o Hapag Lloyd, vendían agresivamente el Mediterráneo, y enviaban a sus representantes a las costas de España, Italia, Grecia y Túnez, en busca de hoteles que resultaran atractivos a los visitantes del Reino Unido, Alemania y otros países. Por último, pero no menos importante, en las décadas de 1950 y 1960, los clientes veían en dos semanas en las costas del Mediterráneo la liberación de las grises ciudades del norte de Europa; muchos de ellos no querían nada más que una hamaca en la playa o junto a la piscina del hotel, y algunos ni siquiera estaban seguros de querer comer la comida que los locales les ponían delante. En la zona griega de Chipre, los británicos de vacaciones

pueden encontrar sin problemas chocolatinas Cadbury y pan inglés[10], y los holandeses son famosos por llevar consigo bolsas de patatas holandesas cuando se van de vacaciones. Los franceses, que tienen su propia costa mediterránea, han sido mucho más creativos que sus vecinos del norte de Europa. El Club Mediterranée, que empezó en la década de 1950 con unas chozas de playa en Mallorca que tenían la intención de evocar imágenes de islas desiertas, fue la empresa pionera de las vacaciones del todo incluido. Entre sus destinos mediterráneos se encuentran muchos lugares poco visitados por el turismo de masas, como por ejemplo la costa mediterránea de Marruecos, y sus métodos innovadores incluyen el énfasis en la venta directa a sus clientes; el Club Med vivió su máximo auge en los años anteriores a 1990; después, la situación económica y los problemas de gestión debilitaron a la

organización[11].

Al principio, la invasión desde el norte fue moderada. Rimini ya tenía un aeropuerto en 1938, si bien en esta época, Rimini atraía clientes ricos, los viajes aéreos seguían siendo muy caros y la guerra no tardó en interrumpir el goteo de

turistas extranjeros. Después de la guerra, Rimini adoptó un enfoque populista[12]. Los viajes por aire, tren y carretera se abarataron y simplificaron y en Rimini y en otros lugares los negocios prosperaron. En la década de 1950, los trenes llenos de alemanes y de británicos empezaron a invadir Rimini, y las ciudades satélite crecieron tanto que Riccione y Milano Marittima empezaron a competir con la propia Rimini. La imagen de marca de estas tres poblaciones costeras ha sido durante mucho tiempo las apretadas filas de hamacas y sombrillas que marcan los dominios de cada hotel de hormigón. La evolución fue similar en Pisa, donde Viareggio se convirtió en el centro más importante del tráfico turístico toscano, satisfaciendo a una clientela al parecer menos interesada por las maravillas artísticas de Florencia y de otras ciudades toscanas que por unas vacaciones de sol y playa (en las que se incluía de vez en cuando alguna excursión a Pisa para que los turistas se quedaran boquiabiertos ante su torre inclinada). El turismo de masas, con nuevos hoteles y otras infraestructuras, se convirtió en la vía más importante de la recuperación económica de Italia, Grecia y España.

Sin embargo, la auténtica transformación tuvo lugar con la llegada del

aeroplano[13] aunque los viajes aéreos baratos, seguros y rápidos tardarían todavía algún tiempo en llegar. En este aspecto, el Reino Unido fue un país pionero, debido a la pura inconveniencia de no tener una conexión directa por ferrocarril con el Mediterráneo. Gran Bretaña era un importante centro de la industria aeronáutica que supo capitalizar la nueva tecnología aeronáutica desarrollada durante la guerra para construir los nuevos y eficientes aviones de línea de finales de la década de 1950 y de principios de 1960, por ejemplo los Vickers Viscount o los Britannia. Así echaron a volar los británicos, y más tarde los alemanes y los escandinavos. En la década de 1950, Thomson Holidays inauguraba los vuelos regulares a Mallorca, que se convertiría en el primer destino del turismo intensivo de masas aéreo. De otro modo, el viaje a Mallorca desde las Islas Británicas era de una tediosa lentitud: por tren, barco, tren, otro tren (por el diferente ancho de vía española) y por último, el barco de

nuevo[14]. A finales de la década de 1960, tras la introducción de los aviones a reacción, más rápidos y estables en vuelo, como por ejemplo el BAC 1-11, el tráfico aéreo se expandió rápidamente, y el aeropuerto de Palma sigue siendo, al menos en verano, uno de los de mayor tráfico de Europa. Entre 1960 y 1973, la cifra anual de visitantes a Mallorca ascendió vertiginosamente de los 600 000 a los 3,6 millones de

pasajeros[15] XXI . Al principios del siglo , el turismo representaba el 84 por 100 de la economía mallorquina, y se crearon ciudades enteras de hormigón, como por ejemplo Palma Nova, para acoger la industria del turismo. Sin embargo, las raíces de este éxito se remontan a la época de Franco. Mallorca y España (a excepción de las islas Canarias) representaban el 25 por 100 del turismo británico extranjero en 1967, y el 36 por 100 en 1972, mientras que las vacaciones en Italia cayeron del 16 al 11 por

100[16]. Ningún país podía competir con España, que era exactamente lo que quería el régimen de Franco: en 1959, un nuevo «plan de estabilización» de la economía española planificaba, no tanto la estabilización como la expansión del turismo en la

España mediterránea, las Baleares y Canarias[17]. Las grandes extensiones de hormigón por toda la costa española aportaron un cierto grado de prosperidad, pero también mostraron una escasa consideración por la belleza natural de la Costa Brava y del resto del litoral mediterráneo español. Por el momento, el extraordinario patrimonio cultural de España, las ciudades como Toledo, Segovia, Córdoba y Granada, quedó relegado a un segundo lugar después del litoral, que se benefició de nuevas carreteras de acceso, iluminación urbana adecuada y otras mejoras fundamentales, aun cuando los ferrocarriles siguieran siendo penosamente lentos.

Los viajes se democratizaron, además de globalizarse. La idea de viajar desde el Reino Unido hasta España empezó a atraer un amplio público de todos los entornos y orígenes, y a ello contribuyó la creación de los paquetes vacacionales. El turista dejó de ser un aventurero que recorría su propio camino por los pueblos y las zonas rurales de los territorios mediterráneos, puesto que ahora era posible elegir de un catálogo vuelos, hoteles, comidas, incluso excursiones diarias, desde la cómoda seguridad del salón de su propia casa en Alemania o Inglaterra, sabiendo que los agentes de viajes que hablaban el idioma de uno estarían allí para resolver cualquier dificultad con los

nativos. Lo que la gente quería eran «vacaciones de cadena de montaje»[18]. Y por si acaso la idea de viajar al extranjero parecía demasiado amenazante, se buscaba la seguridad en los grandes grupos, y podía contarse, además, con la buena voluntad de los nativos, que se adaptaban a las excéntricas necesidades de los visitantes extranjeros: fish and chips para los ingleses y Bratwurst para los alemanes.

Los que decidían tomarse unas vacaciones mediterráneas, a su regreso de España o de Italia solían estar ansiosos de alardear de ello haciendo ostentación del pertinente intenso bronceado. En el año 1947, los folletos publicitarios franceses de la Costa

Azul hacían hincapié en los placeres de la playa[19]. Una piel bronceada se convirtió en un símbolo de prosperidad y de salud, puesto que se conocían más los beneficios de la vitamina D que los daños que provocaban los rayos UVA y UVB, y la palidez se asociaba ahora a los tísicos y a los oficinistas. La gran árbitro del buen gusto, Coco Chanel, tras realizar un crucero por el Mediterráneo en la década de 1920, decidió convertir su bronceado en un accesorio de moda imponiendo así un patrón a las mujeres de varias generaciones. No obstante, este interés por la piel bronceada estaba

asociado también a un cambio en los patrones morales[20]. Incluso antes de la segunda guerra mundial, en la playa podían exhibirse partes del cuerpo humano que permanecían cuidadosamente ocultas en cualquier otro lugar público. La exhibición del cuerpo femenino (y masculino) se fue extendiendo poco a poco. En los desfiles de moda de París del año 1946 se presentó una prenda que fue bautizada con el nombre de un atolón del Pacífico utilizado para pruebas nucleares, aunque pasarían todavía un par de décadas antes que el bikini fuera adoptado por el público en general; sus propios diseñadores habían esperado algo parecido a una reacción nuclear entre los opositores a la nueva prenda. Con el tiempo, el bikini se hizo más atrevido, y así, el

ombligo, que al principio estaba cubierto, quedaba invariablemente a la vista[21]. La supuesta inmoralidad del bikini condujo a los españoles e italianos a prohibirlo en 1948 (con el apoyo verbal del Vaticano), pero el flujo de turistas extranjeros que invadían el país hacía sencillamente imposible mantener esta prohibición. Parte del atractivo de esta prenda radicaba en el material con el que se fabricaba en la década de 1960, spandex o lycra, una mezcla de materiales sintéticos y naturales que no retiene el agua. Incluso cuando se utilizaba en trajes de baño enteros, la lycra, que se ajusta mucho al cuerpo, revelaba más del cuerpo femenino de lo que a los conservadores les hubiera gustado. La exhibición es una parte muy importante del uso que la gente suele darle a los trajes de baño, y la piscina suele ser un lugar en el

que se mira mucho en silencio y se nada poco[22]. Por lo tanto, el avión y el bikini, dos invenciones tan tecnológicamente alejadas entre sí como cualquiera pueda imaginar, transformaron la relación entre el Mediterráneo y el norte de Europa en la

segunda mitad del siglo XX[23].

Naturalmente, la llegada de turistas en busca de un bronceado desconcertó a los habitantes del Mediterráneo para quienes el sol era algo que uno evitaba en las horas centrales del día, y el comportamiento de los turistas los desconcertó más aún: el contacto físico entre los hombres y las mujeres, en especial cuando apenas llevaban ropa, escandalizaba a los griegos, a los tunecinos y a otros. En la comunista Albania el comportamiento de los turistas era visto como un indicador de la decadencia occidental, y Enver Hoxha se quejó de las bufonadas de los turistas en los países vecinos, «con pantalones o sin ningún pantalón». Fuera lo que fuera lo que quiso decir con esto (se trataba probablemente de un ataque contra el liberalismo yugoslavo) se aseguró de autorizar la entrada de muy pocos extranjeros, exceptuando a los miembros de los partidos marxista-leninista-maoístas. El hedonismo y la permisividad de los europeos del norte, en especial a partir de la década de 1960, afectaron la actitud de aquellos con los que se encontraban, los primeros, los hombres

jóvenes fascinados por lo que estaban viendo[24]. El choque de culturas se hizo más patente todavía en la década de 1980 cuando empezó a hacerse habitual que las mujeres enseñaran los senos en la playa. En Francia, que tenía una gran industria cosmética, se rendía culto a la belleza física, y era inevitable por lo tanto que Saint Tropez fuera pionera en esta nueva costumbre, seguida por los centros turísticos de Italia y España. La liberalización de unos les planteaba un dilema a otros, y las reacciones fueron variadas. A una monja a quien se le había encomendado la tarea de no dejar entrar en la basílica de San Marcos de Venecia a personas que no estuvieran correctamente vestidas, su trabajo le pareció tan estresante que sufrió una crisis nerviosa. En España, Ibiza se ha convertido en un famoso centro de turismo homosexual, un indicador de hasta qué punto el país ha cambiado desde los tiempos de Franco. Un país que saltó sobre la oportunidad de beneficiarse del turismo fue Yugoslavia, un país resuelto a labrarse la fama de ofrecer vacaciones de hotel baratas y bien organizadas, las que preferían en especial los alemanes, y una de cuyas especialidades eran los centros naturistas, que el régimen de Tito había sabido fomentar con inteligencia, a sabiendas de que atraerían a los fervientes seguidores del movimiento Frei-Korps-Kultur alemanes y escandinavos que buscaban un bronceado integral.

Los vuelos baratos y el alcohol barato también pueden llevar el turismo a la ruina: Mallia en Creta, y Ayia Napa en la zona griega de Chipre se han labrado una espantosa reputación, y los jóvenes turistas británicos han sido quienes más han hecho para perjudicar la fama de estos lugares. A estos jóvenes no les interesa la cultura local, lo que quieren es «la oportunidad de divertirse más, y en el menor espacio de tiempo posible, de lo que podemos divertirnos en casa». «Diversión» consiste fundamentalmente en sexo y alcohol, y en el año 2003, la prensa británica afirmaba que ambas actividades han sido activamente fomentadas por los agentes de

viajes del [25] tour operador Club 18-30. Los intentos de Mallorca de atraer a un turismo de mayor calidad no constituyen ninguna sorpresa, porque, aunque esto signifique una caída del número de turistas, los visitantes más ricos gastarán más por cabeza. Algunas zonas, como Apulia y partes de Cerdeña, se han vendido conscientemente con la etiqueta de destinos de «calidad», y los comercios instalados en los hoteles han empezado a hacerles la competencia a los gigantescos complejos comerciales. El turismo ha llevado prosperidad a zonas que antes eran pobres e improductivas, y sin embargo, el precio que se ha pagado en el aspecto medioambiental ha sido muy alto. La presión sobre los recursos acuíferos, la contribución a las emisiones de dióxido de carbono de las unidades de aire acondicionado, por no hablar de los aviones, y de la polución marina en las cercanías de los complejos hoteleros, han contribuido todas al deterioro del entorno del Mediterráneo. La mercantilización de las festividades y celebraciones locales ha afectado también negativamente a las tradiciones locales: el carnaval de Venecia, moribundo durante tanto tiempo, fue reinventado y vendido como el momento culminante del calendario veneciano, y no es ninguna coincidencia que caiga en temporada baja, cuando la ciudad solía estar vacía de turistas. El impacto de los medios sobre la demanda puede detectarse en Cefalonia, promocionada después del gran éxito de ventas de la novela de Louis de Bernières, La mandolina del capitán Corelli, o en las islas griegas, después del abrumador éxito de la película Mamma

Mia [26] en el año 2008.

Durante mucho tiempo, el Mediterráneo fue el beneficiario casi exclusivo de esta expansión del turismo de masas veraniego, junto con Portugal y las islas Canarias; las vacaciones en países lejanos como Cuba, Florida o la República Dominicana no se convirtieron en competidores significativos en el mercado del turismo de masas hasta la década de 1990. A finales de esta misma década, se observó también una expansión sustancial de las vacaciones cortas, los city breaks, cuando la guerra de precios entre las compañías aéreas desembocó en la creación de aerolíneas de bajo coste, lideradas por empresarios británicos e irlandeses. Ryanair, de propiedad irlandesa, creó centros de conexión en el Reino Unido, Bélgica, Alemania e Italia, y se convirtió en la mayor compañía aérea de Europa. Este tipo de compañías les resultaban atractivas no solo a quienes buscaban precios bajos, sino también a aquellos que tenían su residencia de vacaciones en el sur de Francia, Toscana o España. Junto a los viajes aéreos, las compañías navieras también han impulsado los viajes por mar, en algunas ocasiones no sin un cierto cinismo, argumentando que un crucero perjudica menos al medio ambiente que un vuelo. Dubrovnik está tan invadida por los cruceros que en temporada alta, la policía de tráfico se dedica a controlar el tráfico y el flujo de los grupos organizados por la ciudad vieja.

El turismo en el Mediterráneo, por supuesto, no está reservado a los europeos. Dos «invasiones» de visitantes de regiones más remotas han sido particularmente significativas: los estadounidenses y los japoneses. Ya antes de la segunda guerra mundial, los estadounidenses distaban mucho de ser unos desconocidos en los bares y tabernas del Mediterráneo (D. H. Lawrence visitó las tumbas etruscas acompañado de un amigo estadounidense), pero la inclusión en los circuitos turísticos de los monumentos de Italia, Grecia, el sur de Francia y Egipto refleja una vez más la facilidad de movimientos, después de que las tarifas baratas y las complejas redes de comunicación facilitaran el acceso al Mediterráneo por vía aérea desde el otro lado del Atlántico. Los japoneses han buscado la explicación del éxito económico de Europa occidental en la cultura e historia europeas; además, estos contactos han acelerado la ya rápida occidentalización de Japón. Los visitantes japoneses han aumentado y disminuido según la economía japonesa ha crecido o decrecido. Las convulsiones políticas han restringido también el turismo: los antiguos y prósperos centros de turismo de la costa de Dalmacia se han recuperado poco a poco de la desintegración de Yugoslavia ocurrida en la década de 1990. No obstante, igual que había ocurrido con las rutas comerciales del Mediterráneo medieval, así ocurre con los caminos turísticos y vacacionales del moderno turista: si Croacia o Israel no son seguros, entonces otros lugares logran la ventaja comparativa: Chipre, Malta o Turquía, por ejemplo.

 

III

 

La caída del comunismo y la desintegración de la Unión Soviética relajó algunas tensiones, porque Moscú ya no estaba intentado crear una enérgica facción antiestadounidense con base en Siria, Libia y en otros países aliados, aun cuando, en líneas generales, estos países permanecieran hostiles a Israel; Israel, por su parte, no parecía mostrar demasiado entusiasmo en sus ofertas de paz y parecía bastante reacia a abandonar sus asentamientos en Cisjordania, pese a haber salido de Gaza en 2005 (tras lo cual, el territorio cayó bajo el poder del movimiento islamista Hamas). Los estrechos vínculos militares y económicos que unían a Turquía e Israel se desintegraron en 2010, en teoría, a causa de un ataque de los israelíes contra unos barcos que llevaban ayuda a Gaza durante el estricto bloqueo impuesto por Israel a este territorio; también estaba claro, sin embargo, que Turquía iba en busca de una nueva misión en Oriente Medio que algunos han definido como «otomanismo», debido en parte a los sucesivos rechazos de la UE, algunos de cuyos más poderosos miembros se opusieron al ingreso de Turquía, y ninguno de los cuales podían ofrecer una solución a la cuestión chipriota que satisficiera a los turcos.

La búsqueda de una mayor estabilidad en el Mediterráneo se ha apartado cada vez más de las rivalidades políticas para orientarse hacia cuestiones ecológicas que solo pueden ser abordadas si todas las naciones del Mediterráneo aceptan trascender las diferencias políticas y trabajar unidas. Que la serie de iniciativas lanzadas al principio del siglo XXI produzcan algún resultado dependerá de la voluntad de limitar el crecimiento económico a fin de conservar el entorno del Mediterráneo para las futuras generaciones. Empezando por el «proceso de Barcelona» en 1995, la UE ha intentado dirigir a todos los países del Mediterráneo hacia objetivos políticos, económicos y culturales comunes. A partir de los acuerdos de 1995, se creó en el año 2008 la Union pour la Méditerranée en la que participan la UE al completo y todos y cada uno de los estados en el Mediterráneo. Aunque el primer objetivo, la estabilidad política, parece estar bloqueado por las continuas tensiones, en especial entre Israel y sus vecinos, la inclusión de Israel, de la Autoridad Palestina, de Siria y del Líbano en la Union pour la Méditerranée tiene la intención de proporcionar una estructura en cuyo seno estos países puedan empezar a reconocer provisionalmente sus intereses comunes en lugar de sus diferencias. Entre los objetivos económicos, la idea de una zona económica pan-mediterránea de libre comercio evoca imágenes de los grandes días del comercio romano o de principios de la época musulmana por todo el Mediterráneo. El principal inconveniente de la nueva organización radica en que los estados miembros ajenos a la UE, y en especial Turquía, ven en la Union pour la Méditerranée un débil sustituto de la pertenencia a la propia UE, y algunos de los

políticos como el presidente Sarkozy[NT8] de Francia mostraron un notorio entusiasmo con relación a la Union pour la Méditerranée. Otros esperan el día en el que la UE se convierta en una unión euro-mediterránea en la que puedan ingresar todos los territorios mediterráneos, pero son tantos los problemas a resolver relacionados con las rivalidades políticas y las diferencias económicas en el seno del Mediterráneo, por no hablar del futuro de Europa, que todo lo anterior parece más bien un sueño utópico; a principios del año 2010, el dramático desplome de las finanzas del gobierno en Grecia, un miembro de la eurozona que gastó de forma irresponsable muy por encima de sus medios, supuso una severa advertencia en contra de la integración demasiado precipitada. Y una consecuencia de la crisis griega fue que el gobierno chino pudiera comprar uno de los muelles del puerto de Pireo aquel mismo año, lo que le facilitó a la República Popular el acceso de sus productos industriales al Mediterráneo, un indicador de lo mucho que China ha cambiado desde que soñaba con instalar bases navales en la Albania de Hoxha. Otros objetivos muy respetables son, por ejemplo, un plan de energía solar y la limpieza del mar, en el que la contaminación y la sobreexplotación han causado estragos, como ocurre con la industria de la pesca del atún; tres cuartas partes de los atunes que se pescan en el Mediterráneo se van a Japón. Y, sin embargo, en marzo de 2010, en la reunión de la CITES (siglas en inglés de la Convención sobre el Comercio Internacional de Especies Amenazadas de Fauna y Flora Silvestres) celebrada en Doha, los políticos se negaron a actuar, pese a que se había demostrado que la pesca excesiva, en el Mediterráneo y más allá, pone al atún rojo en grave peligro de extinción.

En el frente cultural, los resultados serán más fáciles de demostrar: en Eslovenia se ha fundado una Universidad Euro-Mediterránea, y se ha propuesto la intensificación de los intercambios culturales entre los países mediterráneos. El objetivo, por supuesto, consiste en hacer caer las barreras, volver a crear, con un molde nuevo, el Mediterráneo «integrado» de tiempos pasados y recuperar algunos elementos de la convivencia perdida entre judíos, cristianos y musulmanes. Y no obstante, lo más destacable de la Union pour la Méditerranée es que la mayor parte de sus miembros, entre los que se encuentran Finlandia, Estonia, Eslovaquia, Holanda e Irlanda, son países ajenos y alejados del Mediterráneo. El centro de gravedad sigue residiendo en el norte, pese al ingreso en la UE, a principios del siglo XXI, de algunos países mediterráneos más (pocos y pequeños), lo que confirma la impresión de que el Mediterráneo ha perdido su lugar en el centro del mundo occidental, un proceso que empezó ya en el año 1492 con la aparición de nuevas y atractivas oportunidades en el Atlántico; y, a principios del siglo XXI, ha quedado claro que el gran motor económico del futuro será China. En la economía mundial del siglo XXI, un Mediterráneo integrado tiene un significado más local que global. La facilidad de contactos por todo el globo, contacto físico por aire, contacto virtual a través de la web, significa que los contactos políticos, comerciales y culturales pueden mantenerse a gran velocidad y a través de grandes distancias. En este sentido, el mundo se ha convertido en un gran Mediterráneo, y el quinto Mediterráneo es el último Mediterráneo en el cual, en cualquier sentido significativo, el mundo ha girado alrededor del Gran Mar.