El Gran Mar
Capítulo 2. Lo griego y lo no griego, 1830 — 1920
Capítulo 2
LO GRIEGO Y LO NO GRIEGO, 1830 — 1920
I
Una característica importante del quinto Mediterráneo fue el descubrimiento del primero, y el redescubrimiento del segundo. El mundo griego llegaría a abarcar héroes de la Edad de Bronce que conducían los carros descritos por Homero, y se descubrió que el mundo romano tenía raíces profundas entre los casi desconocidos etruscos. Por consiguiente, durante el siglo XIX y principios del XX se abrieron perspectivas completamente nuevas sobre la historia del Mediterráneo. Una primera pista la dio el creciente interés por el antiguo Egipto, tratado en el capítulo anterior, un interés estrechamente vinculado también a los estudios bíblicos tradicionales. En
el siglo XVIII [NT7] , el grand tour les hizo conocer a los viajeros adinerados del norte de Europa las ruinas clásicas de Roma y de Sicilia, y los británicos vieron en este viaje una alternativa atractiva a pasar un tiempo estudiando en Oxford o en Cambridge, donde era más probable que quienes prestaban alguna atención a sus estudios estuvieran más inmersos en los textos antiguos que en los objetos
antiguos[1]. Por otra parte, la comprensión estética de las obras de arte antiguas cobró nueva fuerza a finales del siglo XVIII, cuando Winckelmann, el historiador del arte alemán, empezó a enseñar el amor por las formas del arte griego, argumentando que los griegos (a diferencia de los romanos) se habían dedicado a la representación de la belleza. Su Historia del arte en la Antigüedad se publicó en alemán en 1764 y en francés muy poco después, y ejerció una enorme influencia.
En las décadas siguientes, los descubrimientos en Pompeya y Herculano, en los que estuvo muy involucrado el cornudo anfitrión de Nelson, sir William Hamilton, y, más tarde, los descubrimientos en Etruria, intensificaron más aún el interés de los europeos del norte por el arte antiguo, que les proporcionó a los diseñadores de interiores una gran variedad de motivos, y a los coleccionistas, inmensas cantidades de objetos procedentes de los saqueos de los yacimientos arqueológicos; las «vasijas etruscas», en realidad casi todas griegas, iban saliendo de Italia según se iban abriendo las tumbas etruscas. En Grecia, era necesario comprar el consentimiento de los funcionarios otomanos antes de excavar y exportar los hallazgos; al caso más famoso, el de los mármoles del Partenón a comienzos del siglo XIX, le siguieron otras adquisiciones destinadas a los museos del norte de Europa: el altar de Pérgamo fue enviado a Berlín, los paramentos del Tesoro de Atreo en Micenas, al Museo Británico, y así sucesivamente. La supervivencia de tantas esculturas de hombres y mujeres desnudos despertó pasiones estéticas y, como era de esperar, eróticas. Uno podía realizar visitas por poderes a los lugares antiguos del Mediterráneo paseando por los grandes museos de Inglaterra, Francia y Alemania, donde las colecciones estaban impregnadas por los principios de Winckelmann: para comprender el arte
clásico, era fundamental saber valorar su belleza[2]. Las imaginativas reconstrucciones del pasado clásico pintadas por artistas como Lawrence Alma-Tadema y J. W. Waterhouse, en Inglaterra, importaron también el mundo mediterráneo al norte de Europa. El realismo casi fotográfico que Alma-Tadema aplicaba a los detalles investigados con gran minuciosidad le hicieron muy popular, y
sin duda también las jóvenes desnudas que incluyó en algunos de sus lienzos[3].
Pisar la tierra de la antigua Hellas no se consideraba importante. Las leyendas de Troya eran mitos de dioses y héroes inexistentes, pero las presunciones románticas sobre Grecia y los griegos cobraron fuerza cuando los griegos se emanciparon de la dominación otomana. El exponente más famoso de esta visión romántica fue lord Byron, que murió de fiebres en Grecia en 1824 cuando estaba combatiendo en una campaña contra los turcos. Byron había quedado completamente expuesto al pasado clásico una década antes, en el curso de un grand tour en cuyo transcurso recorrió una gran parte del norte del Mediterráneo: Italia, Albania y Grecia. Sin embargo, resultaría difícil sostener que su interés por Grecia había estado motivado por un profundo afecto hacia el pasado clásico de este país, y no por la romántica fe en la libertad que tenía Byron. De hecho, los ingleses podían ser muy poco románticos con respecto a Grecia. Entre 1848 y 1850, lord Palmerston, uno de los que habían dado su apoyo a la independencia griega, descargó su furia contra el gobierno griego después que este se hubiera negado a compensar a un judío gibraltareño, Don Pacífico, por los daños causados a su propiedad por una turba. La Royal Navy bloqueó Atenas hasta que los griegos cedieron, ante la cólera de los franceses y de los rusos, quienes, junto con el Reino Unido, eran los garantes de la independencia griega. Pero Palmerston sabía lo que le convenía, y apeló con grandilocuencia a los clásicos en contra, y no a favor, del comportamiento de los griegos:
Igual que el romano, en los días de antaño, se mantenía libre de la indignidad, cuando podía decir, civis Romanus sum [soy ciudadano romano], de igual modo, un súbdito británico, cualquiera que sea la tierra donde se encuentre, debe confiar en que la vigilante mirada y el poderoso brazo de Inglaterra le protegerán de la injusticia y del mal.
Cabría suponer que algo del espíritu de la antigua Hellas habría persistido en el amor de los griegos por la libertad, pero resultaba difícil ver a los descendientes de Pericles y de Platón en los griegos del siglo XIX. Y si uno quería auténticos romanos, no tenía más que acudir a los británicos.
II
Unos pocos se creyeron al pie de la letra las leyendas de Troya. El descubrimiento de las civilizaciones egeas de la Edad de Bronce empezó, como se ha visto, con las obsesiones de Heinrich Schliemann, derivadas de su interpretación literal de Homero; Schliemann fue el primero en visitar Troya en 1868, y cinco años más tarde, desenterró lo que él afirmó que era el «tesoro de Príamo». En un momento en el que los principios de la estratigrafía y la datación no se habían desarrollado todavía, Schliemann aplicó alegremente el instinto en la identificación de cualquier cosa que encontraba. A su paso por Ítaca, desenterró una veintena de urnas antiguas, y el problema que se le planteó no era si se trataba de las urnas de la familia de Ulises, si
no cuál era el miembro de la familia de Ulises cuyas cenizas estaban en cada urna[4]. En 1876, Schliemann ya excavaba en Micenas, más fácil de identificar que Troya, puesto que la Puerta de los Leones había permanecido en parte visible a lo largo de los milenios. Allí, como era de esperar, encontró las tumbas de Agamenón y familia. Schliemann estaba más interesado en validar a Homero que en las implicaciones políticas de sus descubrimientos, y los teóricos de la raza empezaron muy pronto a capitalizar sus hallazgos, postulando que los fundadores de la primera civilización griega y, por lo tanto, de la superior cultura europea, habían sido arios rubios y de
ojos azules[5]. En los círculos eruditos, sin embargo, se tardó mucho más tiempo, unos ochenta años, en convencer a cualquiera de que los micénicos estaban estrechamente emparentados con los griegos posteriores e incluso de que hablaban una forma primitiva de griego. Y en este punto, la argumentación recurría a las peculiares escrituras que los excavadores empezaron a encontrar en Grecia y Creta: fueron los minúsculos jeroglíficos para los que sus ojos miopes eran tan adecuados los que atrajeron a sir Arthur Evans a Creta, y le llevaron a descubrir y, no menos importante, a reconstruir, lo que él llamó el «palacio de Minos en Cnosos».
La carrera de Evans en Creta se entiende mejor si la situamos en el contexto político y de cambios sociales que se estaban produciendo en la isla a finales del siglo XIX y principios del XX. Al llegar el año 1900, alrededor del 30 por 100 de los cretenses eran musulmanes, sobre todo de habla y ascendencia griega. Los grandes terratenientes y una gran parte de los comerciantes eran musulmanes, y la población musulmana se concentraba en las ciudades, mientras que los cristianos siempre
habían estado dispersos por el campo[6]. Que los griegos consiguieran la independencia despertó las esperanzas de los cretenses cristianos que creyeron que podrían entrar a formar parte del nuevo reino. Su objetivo era la enôsis, la unión; y tras una rebelión griega contra los otomanos en 1821, que se prolongó al menos nueve años, los problemas continuaron en Creta el resto del siglo. Los historiadores griegos destacan las brutales represalias de los turcos, aunque ninguno de los dos bandos tenía las manos limpias; a finales de siglo los musulmanes del este de Creta sufrirían atrocidades. Las potencias europeas reconocieron que Creta no se podía incorporar sin más al reino griego, y así, con el consentimiento de los turcos, Creta le fue entregada a Mohamed Alí, y durante diez años, desde 1830, la isla fue gobernada desde Egipto. Un comité de griegos le ofreció la isla al Reino Unido, que no tenía ningún interés ni en gobernar Creta ni en interponerse en los planes de nadie en el
Mediterráneo oriental[7]. Los otomanos eran muy conscientes de la necesidad de llegar a un compromiso y a partir de 1868 les dieron a los cretenses una mayor autonomía, aunque esta solución no satisfizo a los partidarios de la enôsis, quienes, al llegar el año 1897 estaban reclutando voluntarios para su causa en lugares tan lejanos como Escandinavia, el Reino Unido y Rusia.
En 1898 la isla, desgarrada por la guerra, obtenía por fin la autonomía total bajo el gobierno de un Alto Comisionado, el príncipe Jorge de Grecia, y la protección de Francia, Italia y Gran Bretaña, pero el sultán de Constantinopla seguía siendo el teórico soberano porque, sencillamente, no quería desprenderse de sus territorios, y menos aún si los beneficiarios iban a ser sobre todo los cristianos griegos. El gobierno de la isla, en el que estaban representadas las dos comunidades, puso todo su empeño y energía en estimular la economía, pero muchos musulmanes habían dejado Creta ahora que había llegado la paz, aunque muchos ya habían escapado antes, mientras se libraba la guerra civil. El gobierno entendió también que reconstruir la economía significaba reconstruir la identidad cretense. En 1898 Arthur Evans necesitaba muchos trabajadores que le ayudaran a excavar Cnosos, y entre sus primeras actuaciones, el gobierno cretense tuvo la amabilidad de aprobar una serie de leyes que alentaban los proyectos arqueológicos extranjeros e incluso permitían la
exportación de artefactos[8]. Los cretenses lo consideraron una campaña de relaciones públicas, la oportunidad de dar a conocer la presencia de Creta mediante la exposición de su pasado en los museos de las potencias protectoras.
He aquí una isla en busca de la paz, y, a medida que sus excavadores iban descubriendo Cnosos, los intentos de Evans de interpretar las enigmáticas ruinas que había encontrado hicieron aparecer la imagen de una Creta pacífica. La Creta de Evans era un reino gobernado por alguien que él supuso que se llamaba Minos. Su interpretación reflejaba tanto sus sinceros deseos de un futuro para Creta como lo que él se imaginaba que era el pasado de la isla; veía la Creta minoica como una sociedad matriarcal amable y amante de la naturaleza, donde incluso los cortesanos del rey se feminizaban: firmes seguidores de la moda que, igual que las cortesanas, disfrutaban haciendo piruetas en la gran «sala de baile» que Evans había identificado. Hizo que sus trabajadores bailaran para él, en un intento de recuperar la magia de la Creta
minoica[9], y a partir de pequeños fragmentos de frescos minoicos se reconstruyeron con audacia grandes pinturas que mostraban imágenes de príncipes amantes de la paz y cortesanas charlatanas. El palacio de Cnosos reconstruido, que tanto le debía a la fértil imaginación de Evans, era por lo tanto un templo de paz modernista.
III
Chipre, cuya historia en muchos aspectos reproducía la de Creta, era otra isla donde los turcos se veían sometidos a un presión creciente, aunque la proporción musulmana de la población fuera algo menor, y sobre la que los acontecimientos en la Grecia continental tuvieron un gran impacto: a partir de 1821, los chipriotas griegos empezaron a impacientarse, y el gobernador turco les prohibió a los no musulmanes llevar armas. En la década de 1830, hasta 25 000 chipriotas fueron a Grecia con el objetivo de obtener la nacionalidad griega antes de regresar a la isla como súbditos del rey griego, lo que les ponía bajo la protección de los cónsules de las naciones garantes de la independencia griega, Reino Unido, Rusia y Francia, ante
la irritación de las autoridades otomanas[10]. Aun así, no debe exagerarse el sentimiento de «ser griego» de la mayoría ortodoxa de Chipre: las ideas de la unificación con la madre patria griega se generaban más en Grecia que en Chipre, donde durante largos períodos de tiempo las relaciones entre sus diversas comunidades habían sido muy pacíficas. El consulado británico en Chipre cooperaba con las autoridades turcas para garantizar que los partidarios griegos de la enôsis estaban bajo control: en 1854, el vicecónsul británico informó al gobernador de la publicación de un traidor panfleto atribuido al director de un colegio griego en Nicosia. Las cordiales relaciones entre el vicecónsul y el gobernador también se pusieron de manifiesto cuando el gobernador invitó al vicecónsul a la fiesta que daba con ocasión de la circuncisión de su hijo en 1864: «Me complace invitarle a todas las celebraciones, que empezarán el lunes y se prolongarán hasta el jueves, y también a
cenar estos cuatro días»[11]. Dada su posición entre Anatolia, Siria y Egipto, el valor de Chipre era sobre todo estratégico. Producía una gran cantidad de algunos productos agrícolas básicos como cebada, que exportaba a Siria, y algarroba, que exportaba a Alejandría, pero el nivel de vida no era alto y, por citar a un visitante de finales del siglo XVIII, «las importaciones apenas eran significativas, porque Chipre importaba solo lo justo para cubrir las necesidades de sus escasos habitantes»:
algunos tejidos, estaño, hierro, pimienta y tintes[12]. A finales del siglo XIX, los tintes se utilizaban en la industria local: los chipriotas compraban el percal blanco inglés en Beirut y lo teñían en los talleres locales, y desarrollaron una industria sedera bastante activa. Chipre formaba parte de una red local en el Mediterráneo oriental, y sus
conexiones internacionales eran un tanto limitadas[13], sin embargo, el aumento del interés por las antigüedades dio lugar a la aparición de una nueva actividad comercial, y en su mayor parte ilegal, dedicada a la exportación de artefactos. Entre 1865 y 1875, el cónsul norteamericano, el general Louis Palma di Cesnola, era uno de los más asiduos coleccionistas de lo que él llamaba «mis tesoros»; la mayor parte del botín que obtuvo del saqueo del magnífico yacimiento de Kourion llegó al Museo
Metropolitano de Nueva York[14].
La debilidad del poder otomano en el Mediterráneo oriental quedó más patente aún cuando los británicos se impusieron al sultán y le obligaron a ceder la administración de la isla al Reino Unido en 1878. El sultán Abdülhamid II entendió que necesitaba el apoyo británico si quería mantener a raya a los rusos, porque los rusos aún confiaban en establecer una presencia permanente en el Mediterráneo, algo que solo se podían conseguir si lograban conservar el libre acceso a través del Bósforo y los Dardanelos. El apoyo británico a los otomanos ya se estaba debilitando cuando llegaron a Gran Bretaña las noticias de las masacres de armenios y de otros opositores a la autoridad turca; la simpatía británica por los griegos que vivían más
allá de las fronteras del reino independiente también seguía siendo muy fuerte[15]. Así que Chipre se veía como un pago a cuenta para mantener las buenas relaciones. En el más típico estilo otomano, la Puerta Sublime conservó la soberanía simbólica sobre la isla, y se suponía que los británicos debían enviar cualquier beneficio de su administración a Constantinopla (el Reino Unido no se anexionaría la isla hasta que los británicos y Turquía se enfrentaran en bandos opuestos durante la primera guerra mundial, y Chipre no se convirtió en una colonia de la corona hasta 1925). El interés británico por Chipre era exclusivamente estratégico, y posterior a la adquisición de un gran paquete de acciones en el canal de Suez, y el valor de la isla se vio aumentado cuando el Reino Unido afirmó su hegemonía sobre Egipto en 1882. La posesión de Chipre les garantizaba a los británicos el control de las bases situadas a lo largo de todo el recorrido entre Gibraltar y Levante, pasando por Malta, pero Gran Bretaña había adquirido una olla a presión donde el antagonismo entre chipriotas de dos religiones no disminuyó, sino que se exacerbó al tener que vivir bajo el dominio de un tercero en discordia: los isleños griegos insistieron cada vez más en que el destino de la isla estaba en Grecia, mientras que los isleños turcos temían que aquello que les estaba pasando a los turcos de Creta empezaría a pasar también en Chipre. A principios del siglo XX, los chipriotas turcos seguían con gran interés el movimiento reformista de los Jóvenes Turcos en el imperio otomano, y empezó a crecer un sentido de identidad nacional, acentuado más aún por la competencia del
nacionalismo griego[16]. El desgaste del imperio otomano estaba acompañado, por lo tanto, por expresiones cada vez más enérgicas de la identidad nacional que amenazaban con dividir y desgarrar unas sociedades en las que, en el pasado, grupos étnicos y religiosos diferentes habían vivido con un cierto grado de armonía.
IV
En los territorios otomanos donde los grupos religiosos y étnicos estaban dispersos y mezclados estaban apareciendo identidades nacionales, y lo previsible era que la mayor mezcla de personas y creencias se encontrase en las ciudades portuarias mediterráneas como Salónica, Alejandría y Esmirna. Salónica, en especial, se convirtió en el campo de batalla entre turcos, eslavos y griegos, aun cuando, en 1912, el grupo más grande fuera el de los judíos, y había tantos estibadores judíos que los
muelles cerraban los sábados[17]. Como señala Mark Mazower, en la ciudad se empleaban cuatro tipos de escritura principales, y cuatro calendarios, así que la
pregunta «¿A qué hora es hoy mediodía?» tenía un cierto sentido[18]. En grandes zonas de la ciudad el idioma que más se hablaba era el judeo-español, llevado por los exiliados sefardíes después de 1492. Los nombres de las sinagogas todavía recordaban los lugares de origen de los judíos de Salónica: había una sinagoga de los catalanes, de «Saragossa» (en realidad Siracusa en Sicilia), y una apodada «macarrón», porque la frecuentaban los judíos de ascendencia pullesa, de quienes se
creía que sentían el mismo amor que los italianos por los macarrones[19].
Sería un error observar Salónica con romanticismo. En 1911, un periódico ladino, La Solidad Ovradera, expresaba la opinión de que:
Salónica no es una ciudad. Es una yuxtaposición de pequeñas aldeas. Judíos, turcos, dönmeh, griegos, búlgaros, occidentales, gitanos, todos estos grupos que hoy llamamos «naciones», se mantienen a una
prudente distancia unos de otros, como si temieran el contagio [20].
Hay que reconocer que un periódico llamado «solidaridad obrera» tal vez no ofreciera la visión más objetiva de las relaciones entre grupos étnicos, al desear, en cambio, trascender el sentimiento nacional y crear una única comunidad proletaria. La crónica de León Sciaky que relata su infancia en la Salónica de finales del siglo XIX desprende una cierta sensación de que sí existía una interacción diaria fácil entre los judíos, los turcos y otros: el relato de Sciaky muestra a una próspera familia judía que mantiene unas relaciones afectuosas con los campesinos búlgaros que le suministraban al padre de Sciaky el trigo con el que comerciaba, mientras que en las calles de la ciudad el joven Sciaky recibe muchas muestras de amabilidad de sus vecinos musulmanes y cristianos, que solían estar dispuestos a ayudar a los miembros
de otras comunidades cuando estallaron los disturbios[21].
El judaísmo sefardí siempre ha estado más receptivo a las culturas a su alrededor que las otras formas del judaísmo más estricto practicado en la Europa oriental de los askenazíes, y, a medida que las influencias de Europa occidental se hacían sentir con una fuerza cada vez mayor en el mundo otomano, los modales y el habla de las élites judías se fueron occidentalizando. Había una ambivalencia con relación a la identidad sefardí, que, según el ideal, combinaba la sofisticación occidental con un toque de exotismo oriental, una visión en la que coincidía Disraeli, en el Reino Unido. León Sciaky vestía prendas occidentales incluso de niño, una señal clara del estatus social y económico de su familia y de sus aspiraciones culturales, mientras que la familia judía más rica de Salónica, la Allatini, se rodeaba en su casa del mejor mobiliario de
Oriente y Occidente[22]. A partir de 1873, el francés, que se enseñaba en las nuevas escuelas de la Alliance Israélite Universelle (AIU), empezó a adquirir una gran importancia entre los judíos de Salónica, y a dejar a un lado al ladino, que algunos veían como el idioma de las clases bajas (también en Alejandría el francés se estaba convirtiendo en el idioma de mode, incluso de rigueur, entre la élite judía). Al llegar 1912 la AIU tenía más de 4000 alumnos, más de la mitad de los alumnos de las
escuelas judías de la ciudad[23]. A los salonicenses y a los alejandrinos no les preocupaba el imperialismo cultural francés al que estaban sucumbiendo: no solo los judíos sino todos los ciudadanos prósperos del imperio otomano veían el francés como un sello de distinción.
Mientras todavía gobernaban Salónica, los turcos sabían que, pese a ser una minoría, jugaban con ventaja. Sciaky explica que, en 1876, estallaron unos disturbios cuando un padre búlgaro apeló a los cónsules extranjeros para evitar el matrimonio de su hija con un turco; los cónsules de Francia y Alemania cometieron el tremendo error de entrar en una mezquita cuando los ánimos estaban encendidos, y fueron
linchados[24]. El malestar entre las diferentes comunidades se intensificó en 1900. A los griegos les enardeció la expansión de la enseñanza: los niños ahora aprendían su propio idioma en escuelas adecuadas, y al mirar hacia el sur podían ver a sus hermanos que vivían en un reino griego independiente. La agitación también se despertó entre los eslavos. En la década de 1890, los eslavos macedonios radicales, que hablaban una variante del búlgaro, se agruparon en la Organización Revolucionaria Interna Macedonia (ORIM) reclamando la autonomía de una gran parte de las provincias otomanas entre Salónica y Skopje, pero entendían que Salónica era la capital lógica, y pretendían darle a estas tierras una identidad búlgara. A los griegos de Salónica les pareció intolerable y tuvieron la gentileza de darles a los
turcos la información que habían recogido de las actividades de la ORIM[25]. La ORIM no tardó mucho en decidir que había llegado el momento de las acciones drásticas. En enero de 1903 sus agentes compraron una pequeña tienda de comestibles en la acera opuesta al Banco Otomano atendida por un búlgaro huraño que parecía poco dispuesto a vender los pocos comestibles que exponía. En cambio, durante la noche, la tienda cobraba vida, mientras un equipo de la ORIM cavaba por debajo de la calle, y colocaba minas bajo las elegantes oficinas del Banco Otomano. Los activistas estuvieron a punto de ser descubiertos porque taponaron una de las alcantarillas que se encontraba en su camino, y el cercano hotel Colombo se quejó de que sus desagües habían dejado de funcionar. El 28 de abril hicieron estallar las
bombas y demolieron el banco y algunos edificios vecinos[26].
La onda expansiva de los cambios en el gobierno turco se sintió en Salónica, cuando los Jóvenes Turcos consolidaron su posición y la reforma política flotaba en el ambiente. Los conflictos políticos en el Mediterráneo estaban privando a Salónica de su sustento: después de que Italia invadiese Tripolitania en 1911 los productos italianos fueron objeto de un boicot, y también el comercio con Trieste, porque los austríacos habían tomado el control de Bosnia. La rica familia Allatini no aguantó más y se marchó a Italia. El poder otomano se estaba viniendo abajo más rápido que nunca, y a nadie le sorprendió demasiado que las tropas griegas entraran en Salónica en 1912, reclamándola para la madre patria. Por desgracia, también llegaron tropas búlgaras, que no estaban dispuestas a irse; incluso después de haber convencido a los búlgaros de que se marchasen, estallaron escaramuzas entre las unidades griegas y búlgaras fuera de las murallas. Así pues, los griegos tenían Salónica, pero la amenaza búlgara era real, y la ciudad se vio privada de los fértiles campos de los que el padre de León Sciaky había obtenido los cereales. En 1913, en la ciudad todavía residían casi 46 000 musulmanes y más de 61 000 judíos, frente a los 40 000 cristianos ortodoxos, pero los activistas griegos tenían toda la intención de hacerles sentir que
no eran bien recibidos[27]. Profanaron cementerios y saquearon comercios. El primer ministro Venizelos, un héroe de la revolución cretense, era un acérrimo partidario de la idea de una Grecia poblada por griegos ortodoxos. Exactamente dónde dejaba esto a los judíos, de los que Venizelos seguía recelando, no estaba demasiado claro. En agosto de 1917, un gran incendio destruyó extensas zonas de la ciudad, y arrasó los barrios judíos y musulmanes. El fuego, y la cada vez mayor emigración de judíos y musulmanes, brindó a las autoridades griegas la oportunidad de seguir adelante con la reconstrucción de Salónica como una ciudad griega poblada por griegos. El objetivo era claro: Salónica volvería a ser la ciudad cristiana de san Demetrio. Salónica renacería como Tesalónica.