El Gran Mar
Capítulo 4. Pueblos del mar y pueblos de la tierra, 1250 a. C. — 1100 a. C.
Capítulo 4
PUEBLOS DEL MAR Y PUEBLOS DE LA TIERRA, 1250
a. C. — 1100 a. C.
I
La caída de Troya y los pueblos del mar han sido el tema central de una gran cantidad de escritos y publicaciones. Ambos formaron parte de la misma serie de procesos que afectaron a todo el Mediterráneo oriental y posiblemente también al Mediterráneo occidental. A finales del siglo XVII a. C., la construcción de la más magnífica de las ciudades que se alzó sobre la colina de Hisarlik, la nueva Troya VI, que aguantó, con muchas reconstrucciones de menor envergadura, hasta el siglo XIII a. C., había transformado Troya. Las murallas de la ciudadela tenían nueve metros o más de ancho, grandes puertas y una inmensa torre vigía de la que tal vez hubiera sobrevivido un recuerdo que inspiraría a Homero, y en el interior del recinto se construyeron grandes casas de dos pisos con patios interiores. La ciudadela albergaba una élite que vivía con un cierto estilo, aunque sin la suntuosa parafernalia de sus
contemporáneos en Micenas, Pilos y Cnosos[1]. La investigación arqueológica de la llanura bajo la ciudad, que en aquella época daba a la playa, apunta a la existencia de una ciudad baja de unos 200 kilómetros cuadrados, un tamaño alrededor de diez veces superior al de la ciudadela, el tamaño aproximado de Avaris, la capital de los
hicsos[2]. Una de las fuentes de riqueza de Troya eran los caballos, cuyos huesos empiezan a aparecer en Troya VI; los troyanos de Homero era famosos «domadores de caballos», hippodamoi, e incluso en el supuesto de que Homero hubiera elegido esta palabra solo para ajustarse a la métrica de sus versos, lo cierto es que coincide con bastante precisión con los hallazgos arqueológicos. En una época en la que los grandes imperios invertían en carros de guerra, que enviaron a la perdición a centenares en la batalla de Kadesh (o, según la Biblia, al fondo del mar Rojo), seguramente los domadores de caballos estarían muy buscados.
Las opiniones acerca de la identidad de los troyanos estuvieron muy divididas ya desde muy pronto. Los romanos, que reivindicaban su ascendencia troyana, tenían la certeza de ser algo más una simple ramificación del pueblo griego, mientras que Homero, por su parte, les hizo hablar griego. Las mayores posibilidades de encontrar una respuesta a esta cuestión las tenemos en su cerámica. La cerámica de Troya no es solo troyana, sino que pertenece a una cultura más amplia que se extendía por Anatolia. Los troyanos adquirieron algo de cerámica heládica procedente del territorio griego, aunque apenas el 1 por 100 de los hallazgos en Troya VI y VIIa son de cerámica micénica (contando las imitaciones locales). Todas las pruebas apuntan a que los troyanos pertenecían a uno de los pueblos que habían aparecido en los límites exteriores del mundo hitita y que hablaban un idioma muy cercano al hitita, el luvio, la lengua de los pueblos que habitaban a lo largo del flanco occidental de Anatolia y, como se ha visto antes, posiblemente el idioma de las tablillas en Lineal A de
Creta[3]. Lo archivos hititas no dejan ninguna duda de que los troyanos mantuvieron correspondencia con el rey hitita, pero no ha sobrevivido nada de la correspondencia troyana, solo se ha encontrado un minúsculo texto escrito, un sello en jeroglíficos luvios hallado en el nivel de Troya VIIb (finales del siglo XII, aunque el sello propiamente dicho tal vez sea más antiguo); su redactado indica que perteneció a un
escriba y a su esposa[4]. Troya era un puesto avanzado del mundo hitita y no del micénico. A escala global, no tenía gran importancia, ahora bien, a escala regional ocupaba una posición estratégica en las rutas comerciales del norte del Egeo, y por
esta razón se convirtió en un trofeo deseado[5].
En el siglo XIII aumentó el afán de los monarcas hititas por mantener algún grado de influencia en las costas mediterráneas de Anatolia. Su intención era la de rodear a los egipcios, con quienes competían por el control del norte de Siria, pero también recelaban de otros rivales, los reyes de Ahhiyawa, es decir, los grandes reyes de Micenas. Troya, por su parte, estaba un poco apartada, pero su ayuda militar podía resultar útil, y ya hemos visto que en Kadesh se recabó la ayuda de los vasallos de Asia occidental. Los puntos conflictivos entre los Ahhiwaya y los hititas eran, entre otros, Milawanda o Mileto, antes, un centro de comercio minoico, y en aquel momento, al menos de forma esporádica, una aliada de Micenas en la cosa de Asia Menor. Los hititas, furiosos por esta alianza, se lanzaron contra la ciudad en 1320 a.
C. y la destruyeron[6]. La costa de Asia Menor era, por lo tanto, una región conflictiva de alianzas cambiantes donde a los guerreros micénicos les gustaba entrometerse.
Un condottiere de origen desconocido llamado Piyamaradu se convirtió en una fuente de problemas. Alrededor del año 1250, un monarca hitita envió una carta al rey de Ahhiyawa en la que expresaba sus quejas con respecto a Piyamaradu. El rey hitita consideraba al rey de Ahhiyawa un amigo, tras haber resuelto una desavenencia anterior sobre quién debía ejercer el mando sobre un lugar llamado Wilusa, un nombre que recuerda al nombre alternativo que los griegos le daban a Troya, Ilios, o
Wilios, su nombre original[7]. La costa de Asia Menor estaba dividida entre una abrumadora multitud de reyezuelos que algunas veces eran leales a los hititas, pero que de vez en cuando buscaban la protección de rey de Ahhiyawa: uno de ellos era Alaksandu, rey de Wilusa, cuyo nombre guarda un sospechoso parecido con el de Alejandro (Alexandros), el otro nombre que recibe el seductor de Helena, Paris. Otro condottiere, que poseía cien carros y muchos soldados de infantería, era el «hombre de Ahhiyawa», Attarsiya, un nombre que guarda un asombroso parecido con el de Atreo, el padre de Agamenón y Menelao; parece ser que Attarsiyah dirigió su pequeño ejército contra Chipre, cuya propiedad era una cuestión que había
despertado el interés de los egipcios y de los hititas[8]. Y aunque ninguno de estos nombres constituye una prueba de la veracidad de Homero, lo cierto es que en algún lugar había toda una reserva de nombres anatolios a la que recurrieron Homero o los narradores de leyendas que le precedieron. Tras haberse enfrentado en el pasado a los hititas, el rey Alaksandu de Wilusa firmó un tratado con ellos; Wilusa era una de las cuatro demarcaciones de Assuwa, cuyos gobernantes solían adoptar diferentes políticas con respecto a los hititas y, por extensión, también con respecto a los micénicos, pero cuyos ejércitos habían combatido en Kadesh. Otra entidad de la región de Assuwa llevaba el nombre de Taruisa, un nombre reminiscente del de
Troya[9]. Todo en la descripción de Assuwa indica que estaba situada en la región más occidental de Anatolia, y está claro que tanto Wilusa como Taruisa se encontraban cerca del lugar en el que se alzaba Ilios/Troya. Un poema de la capital hitita, escrito en luvio en el siglo XVI a. C., hace referencia a «la escarpada Wilusa», el mismo epíteto que utilizó Homero para describir Ilios. Es posible que Wilusa y Taruisa fueran una sola ciudad, o dos ciudades vecinas que, en algún momento determinado, compartieron gobernante, de un modo parecido a cómo el Agamenón de Homero era rey de Argos y también de Micenas; pero Hisarlik era indudablemente la Ilios de Homero y la Troya de Virgilio.
No existe ninguna razón que induzca a dudar que los micénicos y los anatolios se enfrentaron en guerras por la posesión de territorios y ciudades de Asia Menor occidental. La guerra de Troya fue un recuerdo posterior de estos conflictos, que los autores fusionaron en una única campaña dirigida contra una de las diversas ciudades en el punto de mira de los griegos. Aunque algunos historiadores han subrayado lo poco verosímil que resulta un asedio de diez años de duración, la realidad era que esta no fue una guerra de una temporada, ni de diez, sino de muchas docenas de temporadas, que se combatió de forma intermitente y en la que se intercalaron períodos de paz de los que ha quedado constancia en la correspondencia diplomática de los hititas. En general, no se trató de una guerra entre los grandes reyes de Micenas y los reyes de los hititas, sino que la mayor parte de los combates los llevaron a cabo ambiciosos capitanes mercenarios que cambiaban de bando a fin de asegurarse un mayor provecho, y no tenemos ninguna razón para suponer que eran leales a su propio grupo étnico. Se trataba de un conflicto endémico y de bajo nivel, pero que en algunas ocasiones llegó a desembocar en enfrentamientos importantes, por ejemplo, cuando los hititas se sintieron obligados a afirmar su dominio sobre Mileto. La prosperidad de Ilios/Troya no se vio debilitada por estos conflictos; de hecho, Troya VI siempre corrió el peligro de atraer la atención de codiciosos conquistadores debido a su situación a caballo sobre las rutas comerciales que unían el Mediterráneo y Anatolia, y a través de las cuales se transportaban metales, tejidos y, más importante aún, caballos.
Troya VI fue destruida por un agente totalmente ajeno a la codicia humana. Troya estaba construida en una zona muy propensa a sufrir violentos terremotos. Alrededor del año 1250 a. C., las murallas del sur se desmoronaron y cayeron hacia el exterior, y parte de la muralla oriental se vino abajo cuando un potente terremoto hizo añicos la ciudad. Los cascotes de la muralla derrumbada alcanzaron en algunos lugares una
altura de un metro y medio[10]. No obstante, el principal circuito se conservó
intacto[11]. Fuera lo que fuera lo que le ocurriera a la ciudad baja, de la que se conoce tan poco, está claro que después de estos acontecimientos la antigua élite ya no vivía en magníficas casas en la ciudad alta. Las nuevas viviendas se construyeron sobre las ruinas de Troya VI, y más juntas entre ellas para así poder albergar una mayor población, al menos en el interior de la ciudadela; en el interior de estas casas, los troyanos colocaron recipientes de almacenaje (pithoi) bajo el suelo, algo que nunca antes habían hecho, lo que significa que tomaron conciencia de la necesidad de almacenar reservas en lo que, a tenor de las apariencias, podrían haber sido tiempos adversos. La caída de las importaciones de cerámica micénica demuestra que los lazos comerciales se habían debilitado. Troya había pasado su punto de máximo auge, pero no era la única ciudad en decadencia. Micenas tenía dificultades: la ciudad baja fue víctima de un ataque alrededor de 1250, motivo por el cual la ciudadela tuvo que ser reforzada y se construyó una muralla que cruzaba el istmo de Corinto con la esperanza de poder mantener alejados a los atacantes, aunque no está claro si estos atacantes eran los reyes de otras ciudades del mundo micénico o si se trataba de
invasores extranjeros[12]. A finales del siglo XIII , se habían construido torres vigía a lo largo de las costas a fin de alertar a los residentes del palacio de la llegada de invasores, lo que no impidió que alrededor del año 1200, la mayoría de los centros micénicos, entre ellos Tirinto y Pilos, hubieran sido arrasados. En Pilos, cuando el desastre amenazó la ciudad, sus habitantes ofrecieron sacrificios a los dioses; las tablillas en Lineal B que enumeran los animales destinados al sacrificio incluyen un hombre y una mujer, probablemente también destinados a ser inmolados (una práctica recordada en la leyenda griega de Agamenón e Ifigenia). Los daños alcanzaron a la costa del Levante: el rey de Ugarit envió sus tropas a ponerse al servicio de los hititas, y mientras los soldados estaban fuera, unas flotas extranjeras se concentraron frente a la costa de Siria; el rey le escribió a su aliado el rey de Chipre una desesperada carta en una tablilla de arcilla para advertirle del peligro, pero la carta nunca pudo ser enviada (fue encontrada más de tres mil años después todavía a la espera de ser cocida en el horno) y en pocos días, o tal vez horas, el gran centro de
comercio de Ugarit fue destruido y arrasado, y nunca renació[13]. La ciudad de Alalakh, situada algo más al interior, cerca de la frontera actual entre Turquía y Siria, fue destruida en 1194, y nunca se recuperó, pero su puerto, en al-Mina, sí fue reconstruido, y se han encontrado allí artefactos micénicos anteriores y posteriores a
la destrucción de la ciudad madre[14]. Zarandeado entre las facciones favorables a los hititas y las facciones que apoyaban a los egipcios, el reino de Alalakh, en el aspecto político, siempre estuvo en la cuerda floja. La capital hitita, situada en la región más interior de Anatolia, en Boğazköy, fue destruida en la misma época, aunque es posible que esta destrucción fuera la consecuencia de crisis internas. Con todo, que el centro del país se derrumbara significaba que los hititas eran incapaces de defender sus posesiones mediterráneas. Y, pese a las advertencias desde Ugarit, Chipre sufrió un terrible castigo y sus ciudades fueron destruidas. Todos estos acontecimientos fueron seguidos por la llegada de refugiados o invasores griegos que llevaron con ellos su arcaica escritura lineal y una forma primitiva de griego. En Creta, parte de la población se trasladó hacia el interior hasta lugares inaccesibles en los puntos más altos de la isla, en Karfi y Vrokastro.
Y entonces, alrededor de la fecha en la que el autor clásico griego Eratóstenes sitúa la caída de Troya (1184), Troya fue destruida de nuevo, en esta ocasión la ciudad desapareció en un incendio; bajo las ruinas de Troya VIIa se ha encontrado el
esqueleto de un desafortunado troyano que intentaba huir[15]. Por lo tanto, si es cierto que los griegos destruyeron Troya en esta fase, entonces lograron esta victoria cuando también sus propias ciudades ya habían dejado atrás su época de máxima prosperidad, en cuyo caso, la caída de Troya VIIa, más que un enfrentamiento entre la Micenas rica en oro, y los prósperos domadores de caballos de Troya, fue una batalla entre potencias en decadencia. Tampoco puede demostrarse que los destructores fueran los griegos unidos bajo su gran rey, o anax, Agamenón; es igual de probable que quienes destruyeron Troya fueran un turbulento y variopinto grupo de exiliados y de mercenarios, griegos y de orígenes diversos. Podría tratarse del mismo pueblo que había atacado Micenas y Pilos, o bien de refugiados armados procedentes de Micenas y de Pilos. Visto desde esta perspectiva, la «caída de Troya» fue un proceso gradual, que empezó con las guerras entre los hititas y los que ejercían como tales, y los griegos y los que ejercían como tales; la calamidad de la destrucción de Troya VI debilitó la capacidad de resistencia de la ciudad, incluso, al parecer, la de alimentarse (así lo demuestran los pithoi); la conquista de la ciudadela, alrededor del año 1184, deterioró todavía más la ciudad y, a partir de aquel momento, Troya inició una decadencia constante. Todo lo anterior suscita preguntas fundamentales sobre qué estaba ocurriendo en el Mediterráneo oriental en aquel tiempo: si las convulsiones que tuvieron lugar durante la Edad de Bronce Tardío marcaron una brusca y clara ruptura con el pasado, o si bien, la decadencia, que indudablemente ocurrió, fue un proceso más gradual. Los esfuerzos de Creta y de Troya por almacenar alimentos son una evidencia que parece apuntar a frecuentes hambrunas que tal vez incitaran a los pueblos a ponerse en marcha y salir en busca de tierras más productivas. Por otra parte, «decadencia» puede significar muchas cosas: pérdida de unidad política tras la disolución de los grandes imperios, recesión del comercio al disminuir la demanda, o descenso del nivel de vida, no solo entre la élite política sino entre toda la sociedad. Una vez más, la pregunta gira alrededor de invasores de identidad misteriosa y nos lleva a los límites que separan la leyenda de la historia.
II
Esta fue una época en la que los soldados de talento podían hacer carrera en los ejércitos que luchaban por el control de las tierras que bordeaban el Mediterráneo oriental; si nadie requería sus servicios, pudieron convertirse en asaltantes protovikingos y apoderarse de lo que quisieran. En una inscripción encontrada en Tanis, Ramsés II afirmaba haber destruido un pueblo conocido con el nombre de sherden que había arremetido contra Egipto desde el mar, pero cuyos guerreros, al cabo de poco tiempo, y tras integrarse en los ejércitos del faraón, participaron en la gran batalla de Kadesh en 1274. En un papiro del año 1189 a. C., Ramsés II aseguraba con grandilocuencia haber reducido a cenizas a todos los que atacaron su reino, tras lo cual reconocía haber instalado a un gran número de ellos en
fortalezas[16]. Los hallazgos en los yacimientos arqueológicos indican que algunos sherden fueron enviados a la bahía de Acre, donde, en representación del faraón, controlaban el camino real que cruzaba Canaán. Cazadores furtivos reconvertidos en guardabosques. Los guerreros sherden eran hábiles con la espada y con la lanza, y
llevaban unos cascos con cuernos muy característicos[17]. Los curtidos guerreros sherden fueron bien recibidos, pero otros grupos inspiraban recelo: los apiru o habiru eran considerados nómadas del desierto problemáticos a los que en ocasiones podía contratarse como mercenarios; su nombre posiblemente esté emparentado con el término «hebreo», pero esta denominación no estaba reservada solo a una pequeña
nación semítica[18]. Era previsible que la riqueza de Egipto atrajera a pueblos más pobres, nómadas, refugiados y exiliados que llegaban con la idea de intentar adquirir una parte de esa riqueza. Las condiciones económicas en constante deterioro del Bronce Tardío acrecentaban su ansia por conseguirla, y lo sorprendente sería que los cretenses y los anatolios no hubieran salido en busca de tierra, trabajo y nuevas oportunidades.
Entre finales del siglo XIII y mediados del siglo XII a. C., la época en la que Troya VI y Troya VIIa fueron destruidas, el Bajo Egipto sufrió el acoso de enemigos procedentes de todas direcciones. La primera amenaza llegó desde los territorios de los pueblos occidentales. A finales del siglo XIII, los libu, o libios, conducidos por su rey Meriri, se trasladaron en masa hacia el este, llevando consigo familias enteras, rebaños, y su oro, plata y muebles: «pasaban el día deambulando por la tierra y peleándose cada día por llenar el estómago; han venido a Egipto buscando comida que llevarse a la boca», proclamaba el faraón Meremptah en una larga inscripción conservada en el templo de Karnak. Viajaban con sus aliados norteafricanos, los meshwesh y acompañados de mercenarios extranjeros. Habían llegado a la frontera del país más rico del mundo con el propósito de quedarse, y si los egipcios no les recibían bien, tenían la intención de forzar su entrada en el reino egipcio, y eso era más de lo que Meremptah podía tolerar. En abril de 1220 sus tropas se enfrentaron en una larga y dura batalla contra los libios y sus aliados en la región occidental del delta; al final el rey Meriri sufrió una aplastante derrota y huyó de regreso a su tierra natal, «dejando en el suelo su arco, su aljaba y sus sandalias tras él». Meremptah
afirmó haber matado a más de seis mil libios y, al menos, a tres mil de sus aliados[19]. Esta batalla, sin embargo, no fue más que el principio de un ciclo de invasiones que no eran tanto ataques como intentos de migración; unas pocas décadas más tarde llegarían otros grupos con sus carretas tiradas por bueyes, esta vez desde el este. Los pueblos del mar que tanto han atraído la atención de los historiadores de este período fueron solo un elemento más entre unos movimientos de población mucho más amplios en los que los migrantes a largo plazo superaron en número a los mercenarios oportunistas, y en los cuales los pueblos de la tierra superaron en número a los pueblos del mar.
Los libios sabían dónde acudir para pedir ayuda, y el rey Meriri se aseguró los servicios de varios contingentes extranjeros de «los países del mar», por citar una inscripción. Uno de los grupos que llegaron fueron los lukka, anatolios que le darían su nombre a Licia (aunque esto no demuestra que ya se hubieran asentado en esta región en particular), piratas y soldados que llevaban siendo una molestia desde, al menos, el siglo XIV; también llegaron algunos sherden y otros pueblos más: los egipcios aseguraban que 2201 ekwesh, 722 tursha y 200 shekelesh murieron en la
batalla contra Meriri[20]. Meremptah, convencido ahora de haber resuelto los problemas de la región, dejó orgullosa constancia de su violenta pacificación, no solo del territorio que se extendía por el oeste hasta Libia, sino también de las tierras y los pueblos en el este, declarando que «Israel está derribado y yermo, no tiene semilla» (la primera referencia a Israel en un documento egipcio, y, parecía claro que así lo esperaba, también la última); su intransigente paz abarcaba asimismo el territorio de Canaán del que «había erradicado todos los males», y Ascalón y de Guézer, donde había impuesto su control. Al final, decía:
Los hombres pueden ir de un sitio a otro por los caminos sin sentir miedo. Las fortalezas permanecen abiertas y los pozos son accesibles a todos los viajeros. Las murallas y las almenas duermen pacíficamente bajo el sol hasta que sus guardias se despiertan. La policía duerme a pierna suelta. Los
guardias de la frontera del desierto están en las praderas de las que tanto disfrutan [21].
Está claro que tenía a su servicio a un hábil propagandista. Sin embargo, no tenemos ninguna razón para creer su vanidoso anuncio de que había instaurado una paz generalizada, ni tampoco sus jactanciosas observaciones con relación a Israel. Fuera la que fuera la paz que había conseguido, apenas duró un breve tiempo. Menos de treinta años más tarde, en 1182 a. C., el faraón Ramsés III se enfrentó a una nueva invasión desde el oeste, aunque en esta ocasión, los libios fueron incapaces de conseguir la ayuda de sus aliados del norte al otro lado del mar. Aun así, el ejército invasor era todavía más formidable que el de los días de Meremptah: si los egipcios mataron a 12 535 enemigos, tal como afirmaban, el ejército libio debía sin duda de
superar los 30 000 hombres, sin contar los dependientes[22]. Los relieves egipcios muestran imágenes de una campaña en la cual algunos invasores han pasado ya a formar parte del ejército egipcio: sherden con sus cascos con cuernos, soldados con tocados de plumas que recuerdan los diseños de los pequeños objetos de Chipre en el siglo XII, y soldados vestidos con la falda corta similar a la que llevan los shekelesh
en otros relieves[23].
Si hemos de creer a Ramsés, esta fue una gran victoria, pero la paz seguía siendo esquiva, y los pueblos del norte se movilizaron alrededor de 1179 a. C. (y los libios atacaron de nuevo en 1176, perdiendo más de 2175 guerreros meshwesh). Una larga inscripción encontrada en el templo de Medinet Habu explica la versión egipcia de los acontecimientos, y es extraordinaria la imagen que ofrece, convulsiones que tienen lugar no solo en las costas mediterráneas de Egipto, sino a lo largo y ancho de una región mucho más extensa:
Los países extranjeros se conjuraron en sus islas. Fueron desalojados y dispersados en batalla todos los países a la vez, y ningún país podía resistir ante sus armas, empezando por Hatti, Kode, Karkemish, Arzawa y Alasiya [Chipre].
Convirtieron la tierra en un desierto tal que parecía «como si jamás hubiera
existido», y después, desde Siria y Canaán, avanzaron sobre Egipto[24]. Los egipcios estaban en lo cierto al insistir en que esta plaga no les afectaba solo a ellos, sino también a sus antiguos enemigos los hititas, cuyo imperio terrestre se desintegró en este momento de la historia. Los pueblos que invadieron Egipto fueron los peleshet, los tyeker, los shekelesh, los denien, y los weshesh, todos unidos; «pusieron las manos en los países del circuito entero de la tierra». La imagen tiene el propósito de recordar una plaga de langostas. Los invasores llegaron por tierra y por mar, y los egipcios tuvieron por lo tanto que combatirlos en las costas mediterráneas de Egipto y también en la frontera oriental. La larga batalla enfrentó a los egipcios y a sus auxiliares sherden a los aurigas que montaban sus carros de guerra al estilo hitita (tres guerreros por vehículo); de este modo, los invasores fueron capaces de movilizar considerables recursos, entre ellos una gran cantidad de costosos caballos. Igual que los libios, estos nuevos invasores llegaron acompañados por mujeres y niños que viajaban en grandes carretas tiradas por bueyes.
Los que llegaron por el mar vieron su camino obstaculizado por empalizadas y
piras ardientes: «fueron arrastrados a tierra, cercados y arrojados sobre la playa»[25]. Sin embargo, en otro lugar de la crónica egipcia, se ve a los invasores entrando en las desembocaduras de los diferentes brazos y canales del río que forman el delta; por otra parte, algunos barcos de guerra al servicio de los egipcios intentaron hacer retroceder a los atacantes hasta la costa donde pudieran arrinconarlos y ponerlos al alcance de los arqueros egipcios. En los relieves, los barcos egipcios parecen ser barcos fluviales adaptados, mientras que los barcos de los invasores son similares a los de los comerciantes sirios; todos los barcos van equipados con velas, aunque seguramente utilizaban una combinación de vela y de propulsión a remo. Los barcos de los pueblos del mar estaban decorados en la proa y en la popa con cabezas de pájaros, una característica que puede observarse en una vasija micénica del siglo XII de la isla de Esciro. A los peleshet, y a veces a los denien, a los tyeker y a los shekelesh les fue atribuido un rasgo distintivo: además de vestir falda corta, los peleshet se protegían la cabeza con cascos adornados con algo que parecen plumas, un tocado similar a una alta corona. La fortaleza de los invasores, pese a su derrota en Egipto, no radicaba en sus armadas sino en sus ejércitos formados en su mayor parte por soldados de infantería que luchaban con jabalinas y espadas, armas que demostraron ser más eficaces en el campo de batalla que los costosos y a menudo frágiles carros de los hititas y de los egipcios. Los escudos redondos de los sherden eran muy adecuados en los combates cuerpo a cuerpo. Los invasores no utilizaban todavía armas de hierro, aunque los hititas ya habían empezado a producir objetos de hierro a pequeña escala. Lo que tenían era disciplina, determinación y la ventaja de un armamento más eficaz. Una imagen de estos guerreros se ha conservado en una vasija micénica posterior, conocida como la «vasija de del guerrero», en la que puede verse a un pelotón de soldados armados con jabalinas y escudos redondos, vestidos con falda corta y greba, y la cabeza protegida por el casco con cuernos típico de los
sherden y de sus aliados[26]. El faraón había tomado una sabia decisión al utilizar a los sherden, porque le permitieron resistir a los invasores con armamento y tácticas de combate similares.
Si fuera posible identificar a los pueblos mencionados en las inscripciones y en los papiros egipcios, podríamos tener una idea mucho más clara de la agitación reinante en el Mediterráneo. Los escépticos modernos huyen de cualquier intento de identificar a los pueblos a los que hacen referencia los documentos, argumentando que (un caso similar al de los ahhiyawa en los documentos hititas) unas pocas consonantes no constituyen prueba suficiente, y que, en cualquier caso, los nombres
migran con mayor facilidad aún que los pueblos[27]. Sin embargo, la gran cantidad de similitudes entre los nombres en los archivos egipcios y los que se conocen a través de Homero, la Biblia y otras fuentes posteriores es demasiado grande como para que sean coincidencias fortuitas: una o dos similitudes es una coincidencia, pero más de media docena constituyen una prueba. Los denyen recuerdan a los danawoi (danaoi, dananeos), un nombre con el que Homero designa en algunas ocasiones a los griegos acampados en Troya; también recuerdan a los danitas, un pueblo marítimo que, según el libro de Josué y el de los Jueces, habitaba cerca de Jaffa y que, evidentemente, se
incorporó a la alianza de Israel después que lo hicieran las otras once tribus[28]. Estos pueblos se dispersaron; en el siglo IX había un «rey de los dannuniyyim» en Karatepe,
al sur de Turquía[29]. Ya hemos visto antes aparecer la palabra d-r-d-n-y, dardanios, en las inscripciones egipcias. El nombre de los tyeker suena parecido al de los teucros, los vecinos anatolios de los dardanios, algunos de los cuales se instalaron en la costa de lo que es actualmente el norte de Israel, y donde Unamón los conoció. Algunos investigadores se han aferrado a similitudes fonéticas aproximadas para situar a los shekelesh en Sicilia, a los ekwesh en Ahhiyawa, convirtiendo así a los aliados de Meriri en micénicos, y a los tursha (t-r-s-w) en Toscana, identificándolos por tanto con los tyrsenoi, o etruscos, de cinco siglos más tarde. Estas etiquetas designaban pueblos, tribus, o lugares de origen, pero para cuando fueron representados en forma de jeroglífico, sus nombres habían perdido sus sonidos
vocálicos y ahora resultan muy difíciles de reconstruir[30]. La impresión general que se desprende es que, al llegar el año 1200, el Mediterráneo oriental estaba plagado de piratas y mercenarios unidos en unas alianzas flexibles e inestables, y capaces, de vez en cuando, de reunir unas armadas lo bastante poderosas para saquear centros como Pilos o Ugarit; es posible incluso, de hecho, que hubieran podido llevar a cabo una campaña contra Troya que resultara en la caída de Troya VIIa. Es posible también que atacaran alguna vez su propia tierra natal, de la que (a juzgar por las leyendas griegas posteriores) muchos héroes fueron desterrados. Y los esporádicos saqueos de su propia tierra natal podrían haber provocado un éxodo de combatientes que intentaron recuperar su fortuna asaltando Chipre, Ugarit o incluso el delta del Nilo, y entre estos pueblos podemos identificar al de Taruisa, la zona vecina a Wilusa, o unida a ella. Este hecho, y no los muy posteriores etruscos, constituye la mejor explicación del nombre de los tursha; en otras palabras, los troyanos fueron pueblos del mar y víctimas de los pueblos del mar al mismo tiempo.
III
Egipto resistió a la conquista, pero, según se desprende de la historia de Unamón, los faraones perdieron el control de delta del Nilo que, en el siglo XI, gobernado por monarcas autónomos que se limitaban a fingir lealtad a sus señores protectores en el Alto Egipto, llevaba una existencia independiente. Más al norte, los acontecimientos de alrededor de 1200 no desembocaron en un colapso total e inmediato de la vida cultural micénica, aunque, si las leyendas griegas tienen algún fundamento, causaron un enorme daño político. De hecho, algunos lugares escaparon a la destrucción, el más importante de ellos, Atenas; en la época micénica, Atenas no era una ciudad de primer orden, pero la acrópolis todavía estaba habitada, y bajo ella, en el cementerio de Kerameikos, se seguían realizando enterramientos. Atenas podría haber escapado a la destrucción gracias a sus defensas naturales, las escarpadas laderas de la ciudadela coronadas por murallas «ciclópeas», y a sus reservas de agua, que le
permitían a la ciudad soportar un largo asedio[31]. Incluso Micenas siguió habitada algún tiempo más después de la destrucción de sus mayores edificios. En el norte de Grecia, en Tesalia, y en varias islas egeas, las condiciones de vida se mantenían pacíficas; Rodas era el eje central de una ruta comercial por la que se transportaba la cerámica de finales del «Heládico IIIC», una alfarería de buena calidad producida en el Dodecaneso y que se exportaba a Grecia, al sur de Italia y a Siria, y en la que los diseños tradicionales, por ejemplo los motivos de pulpo, seguían gozando de un gran favor. Emborio, en Quíos, se convirtió en un próspero centro de comercio micénico. La experiencia de Troya fue muy similar: tras la destrucción de Troya VIIa, apareció una nueva ciudad, aunque menos opulenta que la anterior.
El hecho de que una zona del norte de Grecia no hubiera sido afectada por la destrucción sugiere que aquellos que atacaron los grandes centros procedían del sur, del otro lado del mar; ahora bien, el hecho de que la destrucción no afectara a todas las islas sugiere asimismo una invasión desde el norte. Los autores griegos ya observaron la extraordinaria supervivencia de Atenas, a pesar de la invasión de los griegos dorios desde el norte a la que tuvo que enfrentarse la ciudad. Se suponía que los dorios eran los antepasados de los espartanos, los rivales de los atenienses, motivo por el cual, los autores atenienses pusieron un mayor énfasis en esta tradición histórica de lo que permiten las pruebas de la arqueología. El principal experto en el final de la era micénica comentaba: «no obstante, en este caso, deberíamos encontrar
pruebas no solo de una invasión, sino también de los invasores»[32], y él solo pudo encontrar dos innovaciones: la espada que podía punzar, cortar y rasgar, y un tipo de imperdible o broche con la parte frontal curvada conocido con el nombre de fíbula de arco de violín. El argumento que sostiene que al Mediterráneo oriental estaban llegando nuevas espadas podría explicar la victoria de los ejércitos conquistadores que se lanzaron contra Troya, contra Micenas o contra las ciudades de la costa de Siria, ahora bien, no demuestra que ocurriera una inmensa invasión; además, los micénicos tuvieron acceso a las mismas espadas. En cuanto a los broches, a lo largo y ancho del Mediterráneo central y oriental en este período tuvieron lugar cambios muy similares que reflejan cambios en los gustos y, tal vez, una mayor pericia en la producción de joyas en lugares tan occidentales como Sicilia. Y sin embargo, la lingüística proporciona pruebas que parecen bastante claras: los dialectos griegos dóricos penetraron el Peloponeso. Mientras tanto, los refugiados de la Grecia micénica se instalaron en Chipre, la primera inyección importante de población griega en la isla, y llevaron consigo su dialecto (que, por lo demás, solo sobrevivió en la remota Arcadia). Por una vez, los hallazgos arqueológicos corroboran las pruebas filológicas, puesto que estos emigrantes llevaron consigo los estilos de cerámica de la región que rodeaba Micenas, estilos que se perpetuaron mucho tiempo, y también su
estilo de construcción de cámaras funerarias [33] à la grecque.
Con todo, la antigua cultura estaba sufriendo una transformación. No resulta fácil interpretar los hallazgos, y podemos ponernos a debatir si el paso de las cámaras funerarias familiares a las tumbas sencillas o dobles revestidas de losas («cistas») indicaba un cambio de población o un cambio en las modas, o bien si en realidad dicho cambio reflejaba la falta de los recursos necesarios para organizar y reunir la mano de obra para construir un mausoleo familiar. Las señales que indican que se estaban perdiendo las antiguas habilidades también pueden verse en la cerámica, que los arqueólogos han clasificado peyorativamente como «sub-micénica». La civilización micénica de la región del Egeo acabaría asimismo viéndose afectada, y antes del año 1000, los emporios comerciales de Mileto y Emborio ya habían quedado arruinados; la cantidad de mercancías que se movían por todo el Mediterráneo estaba cayendo en picado, y el movimiento que pudiera haber sufría el acoso constante de los piratas, conocidos en la literatura griega posterior con el nombre de «tirsenios». Aunque en este momento crucial la atención se centra inevitablemente en el Mediterráneo oriental, también existen pruebas de una ruptura en el Mediterráneo central. En Sicilia, a mediados del siglo XIII a. C., «empezó un tiempo de guerra y de temor», pero la amenaza llegó del territorio continental
italiano, y no de los distantes pueblos del mar[34]. A juzgar por los hallazgos de cerámica del Heládico Tardío en Sicilia, el contacto con Grecia había empezado a decaer alrededor de 1200 a. C. y es posible que se perdiera por completo al llegar el
año 1950 a. C.[35]
Cuando llegaron, las migraciones terrestres que penetraron el sur de Grecia no estuvieron igual de coordinadas que los ataques contra Egipto. Es posible que ni siquiera fueran invasiones, en el sentido de conquistas armadas hostiles, sino más bien un goteo lento y constante de griegos del norte procedentes de lo que ahora son Epeiros y Albania y sus alrededores. Estas migraciones confirmaron y consolidaron la tendencia hacia una existencia más sencilla y básica, una forma de vida que redujo en un grado muy considerable el papel de los territorios griegos en el comercio, o lo que quedaba de él, del mundo Mediterráneo. Los contactos continuaron: al llegar el siglo XI, Atenas, el mayor centro de producción de cerámica del estilo «protogeométrico» lineal, enviaba sus productos al otro lado del Egeo y se ha encontrado esta cerámica, de estilo y técnica bastante sofisticados, en Mileto (en aquel momento ocupada de nuevo) y en la antigua Esmirna (un nuevo asentamiento). Su presencia en estos lugares indica que los griegos estaban empezando a crear de nuevo la red comercial marítima que unía Asia Menor y el territorio continental griego, y de la que surgiría la vibrante y dinámica civilización griega jónica en el siglo VIII.
IV
Un papiro conocido con el nombre de Onomasticón de Amenope descubierto a finales del siglo XIX resulta de gran ayuda para situar a los peleshet en el sur de Palestina, a los tyeker en el centro (confirmado por Unamón) y a los sherden en el norte, lo que coincide con los hallazgos arqueológicos: los pueblos del mar habitaban Acre, y Acre era posiblemente una de las bases construidas por los egipcios y en las
que habían instalado guarniciones de mercenarios[36]. Los vínculos de los pueblos del mar con esta región eran tan estrechos que uno de estos grupos, los peleshet, le dieron su nombre. La palabra «peleshet», igual que la palabra semítica etíope «falasha» utilizada para designar a los judíos etíopes, significa «extranjero» o «nómada»; en hebreo bíblico, los peleshet se convirtieron en pelishtim, y en griego, la tierra que habitaban se convirtió en Palaistina, de la que derivan «filisteo» y «Palestina». El término también puede relacionarse con el vocablo «pelasgos», impreciso a más no poder y utilizado más tarde por los escritores griegos para designar a los diversos pueblos prehelénicos que poblaban el Egeo y de algunos de los cuales se dijo que vivían en Creta, en otras palabras, extranjeros o nómadas, según determina el término semítico. La arqueología nos permite ir mucho más allá en la identificación de los filisteos. La cerámica de los siglos XII y XI a. C. encontrada en los yacimientos filisteos como el de Asdod, en el moderno Israel, es de un estilo similar a la cerámica del Heládico Tardío del mundo micénico; y aunque la cerámica que más se le parece se ha encontrado en Chipre, este hallazgo no demuestra su origen, puesto que Chipre fue objeto de constantes agresiones por parte de los pueblos del mar, y colonizada por
los micénicos[37]. Todo lo anterior parece indicar un proceso migratorio gradual que se inició alrededor del año 1300 a. C. salpicado de espectaculares momentos de destrucción: si a los emigrantes no se les permitía instalarse, podían tomar las armas, como tuvieron ocasión de descubrir los faraones; si eran bien recibidos, o incluso derrotados, por los egipcios, estos les permitían colonizar el territorio, y muchos de los recién llegados sirvieron junto a los sherden en las filas de los ejércitos del faraón.
La región preferida de los filisteos para asentarse fue la región costera al norte de Gaza, cuyos cuatro centros más importantes eran Gaza, Ecrón, Ascalón y Asdod. Los «protofilisteos» llegaron a Asdod llevando consigo las técnicas y el estilo de los ceramistas micénicos (sus vasijas de aspecto micénico no eran importadas, sino que las fabricaban in situ utilizando arcillas locales). Fueron los filisteos (y chipriotas) los que conservaron durante más tiempo los diseños tradicionales del mundo micénico, mientras que en el interior de Grecia dichos estilos ya habían dejado paso a una decoración más sencilla y esquemática. Uno de los motivos preferidos, que aparecen en los objetos encontrados en Guezer y en Tell Aytun, en Israel y en Cisjordania respectivamente, y también en otros yacimientos, consiste en un pájaro de cuello largo que, en algunas ocasiones, tiene la cabeza girada dando la espalda al observador; este motivo se combina con elegancia con líneas sombreadas, finas rayas
rojas y otros dibujos[38]. La cerámica y los extraordinarios ataúdes antropomórficos filisteos de arcilla encontrados en la Franja de Gaza dejan entrever asimismo influencias del arte egipcio. Si bien era previsible que los soldados al servicio de los egipcios adoptaran el estilo de los egipcios, lo cierto es que la influencia micénica era abrumadora y que descubre su identidad artística original.
La cerámica casera de estilo micénico demuestra que quienes cruzaron el mar no eran solo soldados y piratas. Estos desplazamientos fueron migraciones a gran escala en las que, además de los soldados, se trasladaban familias enteras acompañadas de los alfareros. El asentamiento filisteo de Tell Qasile, en lo que ahora es Tel Aviv, se convirtió en un centro de comercio agrícola especializado en vino y aceite. La llegada de los filisteos no dio lugar a la intensificación de los contactos comerciales con el Egeo, sino que más bien tuvo el efecto contrario, puesto que las ciudades comerciales fueron destruidas, lo que puso fin al antiguo estilo de vida de la costa cananea. Si bien el intercambio comercial de productos alimenticios se mantuvo activo, ya que las deficiencias de una región quedaban compensadas por los excedentes de otra, la compraventa de los lujosos productos de la gran época de la civilización micénica se había reducido y los grandes palacios en los que los mercaderes viajeros podían vender sus productos de prestigio ya no existían.
Los filisteos procedían del mundo griego [39]. Estaban emparentados con Agamenón y Ulises, y cuando llegaron hablaban griego, o quizás luvio. En un par de sellos pueden verse unas marcas rayadas que parecen letras de los silabarios en Lineal A o B. La constante insistencia de la Biblia en que los filisteos procedían de Caftor (Creta) constituye un claro reflejo de las creencias locales. Jeremías llamó a los filisteos «resto de la isla de Caftor». El rey David mató al gigante filisteo Goliat, cuyo nombre recuerda al del héroe griego Aliates (originalmente Waliates); la armadura de Goliat, descrita en la Biblia, es muy similar a la de los griegos contemporáneos que
aparecen en la Vasija de los Guerreros de Micenas[40]; y tras pasar algún tiempo viviendo exiliado entre los filisteos, David emplearía más tarde lo que eran, a todas luces, guardias cretenses («quereteos»).
Una vez instalados en Palestina, muchos filisteos perdieron su vocación marítima para dedicarse a la agricultura y a la artesanía, y al cabo de poco tiempo habían adoptado la lengua semítica y los dioses de los cananeos, aunque, al principio, llevaron consigo sus propias divinidades. En Asdod se han encontrado pequeñas figuras pintadas con los brazos alzados muy similares a los ídolos de arcilla hallados
en el mundo micénico, y se cree que representan una diosa egea de la tierra[41]. En Ecrón, en el interior, los filisteos construyeron centros de culto que tenían un hogar al estilo egeo y que fueron modificando su apariencia de forma gradual hasta
convertirse en templos cananeos[42]. En este lugar se han descubierto cuchillos con hojas de hierro que se utilizaban en los rituales del templo; la Biblia relata que los filisteos controlaban las reservas de hierro para que los israelitas no pudieran utilizar ese metal, un uso restringido sobre todo a objetos muy valorados, tales como brazaletes de hierro, la última moda de la época. Los filisteos no eran solo merodeadores destructores y vulgares, filisteos en el sentido moderno del término, sino que crearon una civilización dinámica y urbana en la costa de Palestina que conservó durante largo tiempo la huella de sus orígenes micénicos. Los filisteos son la demostración de cómo un grupo de mercenarios y colonos pudo apoderarse de los territorios de otro pueblo, y de cómo los habitantes originales de la zona, a muy largo plazo, obtuvieron una victoria cultural al atraer a los invasores e integrarlos en la cultura semítica cananea. Los filisteos se alejaron del Mediterráneo para dirigir su atención al interior, y ocuparon asentamientos a los pies de las montañas de Canaán, por ejemplo Ecrón, que se hizo famoso por sus molinos de aceite de oliva; y en aquella región se enemistaron con los hijos de Israel.
V
Hacer referencia a Israel suscita la pregunta de si también los israelitas, además de los filisteos, se pusieron en movimiento durante las convulsiones del Bronce Tardío: Dios, a través del profeta Amos, había preguntado, «¿acaso no hice salir a Israel del
país de Egipto, como a los filisteos de Caftor?»[43]. Quienes aceptan la historicidad del Éxodo de los israelitas lo suelen situar en el período aproximado que va desde el año 1400 hasta el 1150; muchos de los detalles de la crónica bíblica de la llegada a Egipto de los hijos de Israel (y de su salida) se ajustan bien a la arqueología: la llegada de los viajeros semitas en busca de alimentos y la esporádica presencia en la corte de visires semitas no demasiado diferentes a José. El gran cántico del mar, el Canto de Moisés, atribuido a Moisés después que los carros egipcios quedaran atascados en el lodo del mar Rojo, es claramente muy antiguo y atestigua un estilo de
guerra con carros en consonancia con la época de los pueblos del mar[44]. También se ha mencionado la presencia de los nómadas apiru, o habiru, en las tierras al este de Egipto, que podrían haber participado en la caída de Ugarit, cuyo rey parece mencionarlos en una de sus últimas y desesperadas cartas. Y hemos encontrado asimismo a las poblaciones sometidas de Egipto, a veces cautivos de guerra, lo que recuerda al largo período de servidumbre que, según explica la Biblia, sufrieron los israelitas en Egipto. Un enfoque más cauteloso a las pruebas extraería analogías con el modo en el que Homero hizo referencia a características antiguas de una sociedad cientos de años anterior a su época: la historia oral, las narraciones y creencias, y el material procedente de los archivos de pueblos vecinos podrían haberles permitido a los primeros israelitas trazar esta crónica tan detallada y conmovedora de su larga estancia en Egipto y de su dramática fuga, huyendo de los carros de guerra del faraón. Igualmente, un poderoso argumento sostiene que los grandes movimientos de población descritos en este capítulo desencadenaron innumerables movimientos más pequeños, uno de los cuales fue la migración de algunas tribus semitas de Egipto que pasó desapercibida (salvo por la breve referencia de Meremptah) en los archivos del Próximo Oriente; los israelitas eran nómadas apiru que regresaron durante un tiempo a su nomadismo, se liberaron de su sometimiento al faraón, y se sometieron, en su lugar, a su propio dios.
Es indudable que cuando los hijos de Israel entraron en Canaán no destruyeron ni Jericó ni Ai, ciudades que ya habían sido desmanteladas muchos cientos de años antes, sino que se instalaron con sus ovejas y cabras (pero sin cerdos) en poblados de las montañas, concertando una alianza mutua al amparo de su propio dios y en la que
también admitieron a otras tribus y pueblos como los danitas[45]. Del mismo modo que los filisteos se convirtieron a todos los efectos en cananeos, venerando a Dagon y a los otros dioses de los pueblos locales, los danitas se convirtieron en hebreos que adoraban al dios de Israel. Durante este período, los israelitas mantuvieron poco contacto con el Mediterráneo, salvo la tribu de Dan, y exceptuando la creciente tensión con los filisteos, que habían llegado desde Caftor y se habían instalado en los límites del mismo pequeño pedazo de tierra. Cuando los filisteos empezaron a cultivar la tierra y se fusionaron con la población local cananea, intentaron hacerse con el control de las tierras más al interior y se enfrentaron a los israelitas. Si las fuentes bíblicas son correctas, el conflicto alcanzó su punto más álgido alrededor del año 1000 a. C. Después de la muerte del hijo del rey Saúl en una feroz batalla contra los filisteos, la responsabilidad de quebrar el poder filisteo recayó sobre David, que había vivido entre los enemigos, y que utilizó el nuevo baluarte de Jerusalén, recién conquistado, como la base desde la cual se supone que el nuevo rey gobernó sobre toda la región. Pese a estas victorias militares cada vez más frecuentes, los asentamientos israelitas del siglo XI han dejado pocos indicadores de lujo, y el comercio con los países mediterráneos era mínimo. Aun así, no debemos perder de vista a los israelitas, puesto que a muy largo plazo ejercerían una inmensa influencia en la historia de los pueblos mediterráneos. La impresión que se desprende de la Biblia es que en el Mediterráneo oriental existían una gran cantidad de tribus y de pueblos muy inquietos, y que nadie permanecía quieto demasiado tiempo en la región donde confluyen Asia y África.
Es posible que no todos los pueblos del mar procedieran del mar, y es posible también que la magnitud de su migración no fuera tan inmensa como los escribas de los archivos egipcios querían hacerles creer a sus lectores. Sin embargo, eso no debería inducirnos a subestimar el impacto de los pueblos del mar y de los pueblos de la tierra, que, evidentemente, eran igual de activos. Las calamidades que ocurrieron en esta época eran síntomas de un mundo que ya estaba viniéndose abajo. El caos político llegó de la mano de la crisis económica, que se dejó sentir, en parte, en forma de atroces hambrunas. Una breve referencia a la peste en la crónica bíblica de la guerra contra los filisteos podría indicar que una de las razones de este desorden radicaba en la propagación de la peste bubónica o de alguna enfermedad similar, y que las raíces de la catástrofe deben buscarse en los mismos lugares que las de la gran plaga de la época de Justiniano o de la peste negra. En este caso, lo previsible habría sido que todo el Mediterráneo oriental hubiera sentido las convulsiones al mismo tiempo. Ahora bien, en un período sobre el cual casi todo son conjeturas, una presunción así tal vez sea excederse en las conjeturas. El final de la Edad de Bronce en el Mediterráneo oriental ha sido descrito como «uno de los hitos históricos más horrorosos», más calamitoso aún que la caída del Imperio Romano, «podría decirse
que el peor desastre de la historia antigua»[46]. El primer Mediterráneo, un Mediterráneo cuyo alcance se había extendido desde Sicilia hasta Canaán, y desde el delta del Nilo hasta Troya, se había desintegrado a gran velocidad, y su reconstrucción, que lo convertiría en un lago comercial que se extendería desde el estrecho de Gibraltar hasta el Líbano, tomaría varios cientos de años.