El Gran Mar
Capítulo 3. El triunfo de los tirrenos, 800 a. C. — 400 a. C.
Capítulo 3
EL TRIUNFO DE LOS TIRRENOS, 800 a. C. — 400 a. C.
I
La importancia de los etruscos no radica solo en las tumbas pintadas cuyos dinámicos diseños cautivaron a D. H. Lawrence, ni en el misterio del origen de su característico idioma, ni tampoco en la profunda huella que dejaron en la Roma primitiva. La suya fue la primera civilización que apareció en el Mediterráneo occidental bajo el ímpetu de las culturas del Mediterráneo oriental. En ocasiones, se menosprecia a la cultura etrusca describiéndola como una cultura poco original, y uno de los más distinguidos
expertos en arte griego ha calificado a los etruscos de «bárbaros ignorantes»[1]; cualquier obra etrusca que se ajuste a los estándares griegos se cataloga como trabajo de artistas griegos, y el resto se desecha como la demostración de su incompetencia artística. La mayoría, no obstante, harían causa común con Lawrence y alabarían la vitalidad y la expresividad de su arte, incluso cuando rompe con las ideas clásicas del buen gusto y de la perfección. Lo que importa aquí, sin embargo, es, precisamente, la profundidad de la huella griega y oriental en Etruria, la expansión hacia poniente de las diversas culturas del Mediterráneo oriental y el establecimiento de estrechos lazos comerciales entre Italia central, visitada en muy raras ocasiones por los micénicos, y el Egeo y Levante. Todo ello formaba parte de un movimiento más amplio que también abarcaba, en modos diferentes, Cerdeña y la España mediterránea.
Los etruscos construyeron las primeras ciudades en Italia, excepto las primeras y más antiguas colonias griegas, se convirtieron en una potencia marítima y forjaron vínculos comerciales entre Italia central y el Levante, un ascenso que dio lugar a una transformación duradera de la geografía cultural del Mediterráneo. A lo largo de las costas del Mediterráneo occidental se desarrollaron sociedades urbanas muy complejas en las que la demanda de productos del Egeo y de Fenicia era constante y donde nacieron nuevos estilos artísticos que fusionaron las tradiciones indígenas con las procedentes del este. Las nuevas rutas comerciales que unían Etruria con el este facilitaron la llegada, no solo de los mercaderes griegos y fenicios, sino también de sus dioses y diosas, y serían las divinidades griegas (acompañadas de una completa panoplia de mitos sobre el Olimpo, y de leyendas de Troya y de héroes) las que conquistarían de forma decisiva la mente de los pueblos del centro de Italia. Las elegantes vasijas de Corinto, y más tarde las de Atenas, se vendían en grandes mercados creados para este fin; es más, las mejores cerámicas griegas se han encontrado sobre todo en el interior de las tumbas etruscas, y no en Grecia. También Cartago debió buena parte de su prosperidad inicial a la existencia de mercados cercanos en el centro de Italia, y la ciudad logró acceso privilegiado a las ciudades de Etruria, un vínculo que fue ratificado por una serie de tratados (en los que se incluye uno con Roma en el año 590 a. C.). Mientras que en el norte de África y en Sicilia, los cartagineses comerciaban con pueblos cuya cultura consideraban relativamente atrasada, en Etruria encontraron socios comerciales bien predispuestos que, además, resultaron ser aliados poderosos en las luchas por el control del Mediterráneo central que enfrentaban a Cartago y los griegos de Sicilia.
Los etruscos han atraído la atención a causa de los dos supuestos «enigmas» que les rodean: su origen étnico y su idioma, que no guarda ninguna relación con el resto de los idiomas del mundo antiguo. Los historiadores antiguos inventaron sus propias fabulaciones con respecto a las migraciones de los etruscos desde el Mediterráneo oriental; la versión de Herodoto, que gozó de gran aceptación, ofrece una valiosa crónica de cómo veía un griego jonio del siglo V las relaciones entre los pueblos y los
lugares en el Mediterráneo[2]. Herodoto explicaba que la migración tuvo lugar durante el reinado de Atis, rey de Lidia, en otras palabras, en el pasado más remoto. Herodoto relata que los lidios inventaron los juegos de tablero, aunque no el juego de damas, porque estaban sufriendo una grave hambruna, y que al principio, su solución consistió en comer un día y pasar el segundo jugando con la esperanza de olvidar el hambre: «perseveraron de este modo durante dieciocho años». Sin embargo, las condiciones empeoraron, por lo que el rey dividió la hambrienta población en dos partes y luego organizó un sorteo. La mitad de la población se quedaría en Lidia, y la otra mitad saldría a buscar un nuevo hogar bajo el liderazgo de Tirseno, el hijo de Atis. Los emigrantes se dirigieron primero a Esmirna, donde construyeron unos barcos con los que navegaron a lo largo de muchas tierras hasta que llegaron al territorio de los umbros, y allí edificaron ciudades y asumieron el nombre de tyrsenoi,
en honor de su líder Tirseno[3]. Tyrsenos (o, en el dialecto ático de Atenas, thyrrenos) era el término habitual con el que los griegos designaban a los etruscos. Estamos, por lo tanto, ante otra de esas leyendas de viajes a tierras remotas que tanto les gustaban a los escritores griegos. Entre aquellos que creyeron la historia de que los etruscos habían emigrado desde el este se hallaban Virgilio, Horacio, Ovidio y Cátulo, los más grandes de los poetas romanos, y también los prosistas más influyentes, Cicerón, Tácito y Séneca. Al parecer, los etruscos y los lidios tenían la firme convicción de que esta historia era cierta. En el año 26 d. C., el emperador Tiberio decidió erigir un gran templo en Asia Menor; la ciudad de Sardes, con la esperanza de convencer a los romanos de que esta ciudad era el lugar más indicado para este templo, le recordó al Senado que los etruscos eran colonizadores de Sardes, enviados hacía siglos, lo que demostraba los estrechos vínculos que los habitantes de Sardes habían mantenido
siempre con Italia[4].
El historiador de la Antigüedad Dionisio, originario de Halicarnaso igual que Herodoto, y coetáneo del emperador Augusto, estaba decidido a demostrar que los etruscos no eran inmigrantes orientales, sino que eran oriundos de Italia, «autóctonos», nacidos sobre el suelo de la tierra en la que vivían, una demostración que formaba parte de una complicada argumentación que debía confirmar el estrecho
parentesco de griegos y romanos[5]. El punto de vista de Dionisio se puso de moda entre los historiadores revisionistas del siglo XX, conscientes de que la crónica de Herodoto, que seguía gozando de una amplia aceptación, solo era satisfactoria en apariencia. Por una parte, Herodoto explicaba el extraordinario grado de influencia oriental sobre el arte y la cultura primitivos de los etruscos, una influencia que, por otra parte, alcanzó su punto de mayor intensidad alrededor de la época en la que los fenicios y los griegos empezaron a internarse en el mar Tirreno, durante los siglos VIII y VII a. C., una época muy posterior a la hipótesis postulada por Herodoto con relación a la fecha de llegada de los orientales a Etruria. Tampoco el idioma lidio (de origen luvio) y el de los etruscos estaban relacionados, como ya había observado
antes Dionisio[6]. Quitándose el sombrero brevemente ante Dionisio, el arqueólogo moderno italiano Massimo Pallotino insistió en que la auténtica cuestión no era la de la «raza» sino la de cómo la civilización etrusca surgió como un conglomerado de muchos elementos culturales: pueblos indígenas de muchos orígenes y hablantes de
muchos idiomas, junto a mercaderes extranjeros de Fenicia y Grecia[7]. Como mucho, es posible que unos pocos condottieri nómadas de Asia Menor se hubieran erigido en monarcas y reinaran sobre unas comunidades en el centro de Italia, lo que explicaría la repentina pasión de la élite de Tarquinia y de Cisra por las grandes tumbas de estilo oriental, una pasión que nació en el año 650 a. C. aproximadamente; al mismo tiempo, el nombre de Tarquinio (Tarchna) recuerda mucho al nombre de un dios anatolio de las tormentas, Tarhun, quien, en siglos anteriores, había dado su nombre a personas y a algunos lugares de Arzawa, cerca de Troya. En lo que se refiere al idioma etrusco, sin duda se trata de una lengua mediterránea muy antigua que perduró en Italia, pero que en otros lugares se vio desplazada por la de los invasores del norte y del este que hablaban lenguas indoeuropeas como, por ejemplo, el latín. Se han llevado a cabo intentos de resolver este problema investigando los grupos
sanguíneos y el ADN[8]. En este sentido, se ha afirmado que la población toscana actual de Murlo, en el pasado un importante centro etrusco, tiene un número significativo de genes en común con las poblaciones levantinas, y que el ganado en el centro de Toscana es más «oriental» de lo que debería esperarse, lo que ha llevado a los científicos a postular la idea de que no solo llegaron emigrantes humanos, sino
también sus animales[9]. No obstante, desde la época de los etruscos, han sido muchas las oportunidades para que los orientales, que fueran legionarios o romanos esclavos medievales, se instalaran en las ciudades toscanas. Todo ello alienta al historiador a concentrarse en el problema real: no de dónde llegaron los etruscos, sino cómo nació su cultura distintiva en Italia.
Decir que la civilización etrusca apareció sin que se diera una emigración masiva no significa afirmar que los vínculos entre Etruria y el Mediterráneo oriental eran poco significativos. Por el contrario, esta explicación sobre el ascenso de Etruria no pone un gran énfasis en la migración de pueblos enteros, sino que lo pone en la de objetos, criterios de buen gusto y cultos religiosos de este a oeste. Es posible que los pueblos no migraran, pero la arqueología y las fuentes históricas proporcionan pruebas sólidas que demuestran que las personas individuales sí lo hicieron, por ejemplo Demaratos de Corinto, el supuesto padre del rey Tarquinio I de Roma (m. 579 a. C.), o el alfarero griego del siglo VII Aristonotos, que ofició en la Cisra
etrusca[10]. Los griegos y los fenicios no solo llevaron consigo cerámica y objetos de lujo, sino también nuevos modelos de comportamiento social. Así, los banquetes y festines funerarios (entre ellos la costumbre de reclinarse en canapés durante los banquetes) podrían haber sido copiados de modelos sirios. El comportamiento sexual combinaba costumbres griegas e indígenas etruscas: la palabra katmite era una típica compresión en lengua etrusca del nombre griego Ganimedes, y pasó al latín como catamitus, «catamita», acompañada de duras recriminaciones dirigidas a los etruscos, a quienes se acusaba de gozar con la pederastia, aunque a los observadores también les desconcertaba el destacado papel dado a las mujeres en lo que en otras regiones
eran banquetes exclusivamente masculinos[11].
II
Ya desde fechas muy tempranas, se acusó a estos etruscos de ser unos piratas. Uno de los himnos homéricos deja clara esta conexión. Explica que el dios Dionisos, que había adoptado la apariencia de un atractivo joven con el largo cabello ondeando al viento y vestido de una elegante capa púrpura, estaba junto al mar, en pie sobre un cabo, pero
De pronto, unos hombres surgieron raudamente de una nave bien provista de bancos, sobre la mar vinosa: unos piratas tirrenos. ¡Mal destino los guiaba! Al verlo, intercambiaron señales con la cabeza. Al punto saltaron a tierra y, tras apoderarse en seguida de él, lo instalaron en su nave, regocijados en su
corazón[12].
Sin embargo, sus ataduras le cayeron al suelo y el timonel se dio cuenta entonces de que el joven era un dios, y no un hombre, y dijo: «no le pongáis las manos encima, no sea que, irritado por algo, suscite vientos terribles y enorme tempestad», pero el capitán respondió, «espero que llegará a Egipto o a Chipre o junto a los hiperbóreos o más allá. Y al final nos descubrirá alguna vez a sus amigos y todos sus bienes». Dionisos respondió cubriendo el barco con guirnaldas de vid, y el vino manó por el centro del barco; después hizo aparecer un oso, y los aterrorizados marineros saltaron por la borda y fueron transformados en delfines, mientras el dios mostraba su clemencia hacia el timonel perdonándole la vida, y se descubría como el «Dionisos, el de poderoso bramido». El episodio de Dionisos y los piratas fue uno de los temas favoritos de los pintores de cerámicas, entre ellos Exekias, el pintor ateniense de mayor talento. Una copa pintada por él muestra la imagen de un ocioso Dionisos reclinado en un barco cuyo mástil se ha convertido en el soporte de una enorme vid que se eleva muy por encima de la gran vela del barco, mientras siete delfines saltan alrededor de la nave; las figuras de la imagen están pintadas en negro sobre un fondo
rojo, la pieza está datada alrededor del año 530 a. C.,[13] y lleva la firma de Exequias; más extraordinario aún, fue encontrada en el interior de la necrópolis de Vulci, una de las grandes ciudades etruscas cuyos habitantes tenían un apetito casi insaciable por la cerámica griega más delicada. Que esta historia diera una imagen tan negativa de su pueblo no les impidió a los etruscos disfrutar de la copa de Exequias.
En el himno, Dionisos parece estar en pie en algún saliente en algún lugar del Mediterráneo oriental porque los piratas imaginan que tal vez está intentado llegar al Levante o a la «tierra hiperbórea» más allá del mar Negro. Los hallazgos arqueológicos y la insistencia de los propios historiadores antiguos en la existencia de asentamientos habitados por los tirsenios en las islas y costas del Egeo confirman la
presencia de estos pueblos en aguas griegas[14]. Herodoto y Tucídides hicieron referencia a pobladores tirsenios y pelagios en las costas del norte del Egeo, en las cercanías del monte Atos, y en Lemnos, al alcance de la vista de Athos, de donde
fueron expulsados en el año 511 tras una invasión de los atenienses[15]. Todo lo anterior da lugar a una extraordinaria revisión de la historia más antigua del comercio y de la navegación mediterráneos en la que griegos y fenicios tienen competidores anteriores de algún modo vinculados con los etruscos. (Según un erudito francés excesivamente ingenioso, la historia de Dionisos y los delfines es realmente el relato
de cómo los etruscos intentaron dominar el comercio del vino en el Mediterráneo)[16]. Todos los etruscos eran (en griego) tyrsenoi, pero eso no significa por fuerza que todos los tyrsenoi fueran etruscos. Está claro que el término se utilizaba en un sentido
genérico para designar a los piratas bárbaros[17].
Sería fácil rechazar estos comentarios y considerar que se trata de otro ejemplo más de las fantasías de los historiadores griegos sobre misteriosos pueblos anteriores a los griegos, pero lo cierto es que los mitos pueden vincularse a la realidad. Una lápida funeraria descubierta en Kaminia, en la isla de Lemnos, y que se cree que data de alrededores del año 515 a. C., muestra una rudimentaria imagen que describe a un guerrero armado de lanza y escudo; la lápida lleva, además, una extensa inscripción escrita en el alfabeto griego pero en un idioma que no es griego. Se han descubierto otros fragmentos de inscripciones en el mismo idioma y, por lo tanto, parece evidente que la tumba constituye un documento que deja constancia del idioma que se hablaba en Lemnos cuando la isla todavía estaba habitada por los «tirsenios» de Tucídides. Este idioma es similar, aunque no idéntico, al de las inscripciones etruscas de lugares
muy alejados en Italia central[18]. La lápida de Kaminia fue erigida en memoria de Holaie el foceo (phokiasale), que ocupó un alto cargo y murió a la edad de cuarenta años (algunos sostienen que fue a los sesenta). Al parecer, Holaie sirvió como
mercenario en Focea, en la costa jónica, y en otras tierras alrededor del Egeo[19]. Sin embargo, los tirsenios del Egeo eran diferentes de los etruscos en todos los aspectos salvo en el del idioma y el de su pasión por la piratería. Lemnos no imitó el arte y la artesanía de Etruria, pero de no ser por los comentarios de los historiadores clásicos y por las inscripciones, no tendríamos ninguna indicación de que los habitantes de esta isla guardaban alguna relación con los etruscos. No han quedado ni fragmentos de cerámica etrusca ni ningún otro indicador de la existencia de un vínculo directo entre
estos territorios que hablaban lenguas similares[20] VII . Un templo del siglo a las afueras de Mirina (ahora incorporado en un complejo hotelero vacacional, algo que no deja de ser un tanto extraño) consiste en laberínticos corredores y habitaciones, y no recuerda a nada que sea evidente en Grecia o en Italia. Por lo tanto, los tirsenios del Egeo eran gente que hablaba una lengua similar a la de los etruscos y que, probablemente, tenía en común con ellos su amor por la piratería, pero que mantuvo su cultura de forma muy conservadora, mientras que, como veremos más adelante, los tirsenios de Italia transformaron Etruria en la sede de una civilización pionera.
Aunque es posible que los griegos intentaran encasillar cada grupo étnico con el que se toparon y trazar líneas divisorias claras entre ellos, la realidad era que Lemnos, Athos y otros lugares eran puntos de encuentro de nuevas y viejas culturas. A veces, en estos lugares las antiguas costumbres y las lenguas tardaban en desaparecer. Las costas y las islas del Mediterráneo no fomentaron la uniformidad. En sus islas y costas se formaron bolsas de pueblos diferentes que vivían dispersos, entonces y durante los milenios posteriores, y la rígida compartimentación de los pueblos del Mediterráneo que hicieron los escritores griegos distorsionó la realidad de lo que allí había.
III
Trasladarse de la conservadora Lemnos a Tarquinia, en el sur de Etruria, significa internarse en un mundo diferente, un mundo que estaba experimentando cambios impresionantes, resultado de poderosos impulsos llegados desde el otro lado del Mediterráneo. Esta gran transformación empezó ya en el siglo X, cuando una sofisticada cultura se extendió hacia el interior desde la costa occidental de Italia, porque las zonas más próximas al Mediterráneo fueron las primeras en establecer estrechos contactos con las culturas del Mediterráneo oriental. Al principio, una serie de comunidades de poblados se aseguraron parcelas de tierra en las que instalar sus chozas en la cima de la colina que más tarde sería ocupada por una gran ciudad que
los romanos conocerían con el nombre de [21] Tarquinii. La forma plural de este nombre y la de los nombres de otras ciudades etruscas (Veii, Volsinii, Vulci, Volaterrae) podrían ser tal vez un recuerdo de estos orígenes múltiples. La cultura protourbana que nació en estos poblados se conoce con el nombre de «cultura de Villanova», un nombre tan moderno como suena: Villanova es un barrio periférico de Bolonia, y los arqueólogos que excavaron sus tumbas, que contenían restos de cremaciones, reconocieron por primera vez las características distintivas de esta cultura. La cultura de Villanova apareció junto al mar en el sur de Etruria, y se expandió de forma gradual hacia el norte, en dirección a lo que es en la actualidad Toscana y, a través de los Apeninos, hacia Bolonia. No obstante, sería en las ciudades costeras de Etruria donde se diera por primera vez el gran salto hacia una civilización urbana: ciudades prósperas y bien organizadas dotadas de elegantes templos, con hábiles artesanos y cuyas élites estaban alfabetizadas. La civilización etrusca se expandió hacia el interior desde las ciudades costeras, y los centros posteriores como Perugia solo aparecieron cuando los habitantes del interior se fueron etruscanizando
paulatinamente[22]. En este sentido, es indudable que la «nación» etrusca surgió a resultas de una migración, pero se trataba de una migración en el interior de Italia, desde la costa del Mediterráneo hasta los Apeninos y más allá, y lo que migró fueron los estilos, más que las personas.
Los ejemplos más interesantes de la tecnología de Villanova son los impresionantes cascos crestados de bronce, cuyo método de producción recuerda al de los trabajos en bronce de Europa central en la misma época; los cascos constituyen un testimonio claro del papel de los guerreros en la estratificada sociedad de la
cultura de Villanova[23]. La aristocracia pasó de incinerar a sus muertos a enterrarlos en largas y estrechas tumbas de fosa, y este cambio no se debió a ningún gran desplazamiento de población, sino que fue consecuencia de una variación en las costumbres influenciado por el contacto con ultramar. Con el tiempo, estas tumbas de fosa se convertirían en algo mucho más grandioso, en los túmulos y tumbas pintadas de Tarquinia y Cerveteri. Uno de los primeros príncipes guerreros ha podido ser identificado, aunque no por su nombre, puesto que en la tumba no se grabó ningún epitafio, y no tenemos ninguna prueba de que la cultura de Villanova utilizara la escritura. En 1869 se anunció el descubrimiento de un gran sarcófago en la necrópolis en las afueras de Tarquinia, un enterramiento de finales del siglo VIII que se dio a
conocer con el nombre de la «tumba del guerrero»[24]. Su contenido demuestra que desde el Mediterráneo oriental llegaron artículos que se convirtieron en las preciadas posesiones de un príncipe tarquinio. En la tumba del guerrero se encontraron catorce vasijas de estilo griego, algunas de las cuales habían sido fabricadas en Italia por alfareros inmigrantes de origen griego, aunque su diseño recuerda al de los objetos
producidos en Creta, Rodas y Chipre[25] El descubrimiento en la tumba de un anillo de escarabajo de plata y bronce que lleva grabado en su interior un león de estilo
fenicio corrobora la existencia de vínculos con el Mediterráneo oriental[26].
Estas conexiones con el mundo exterior eran marítimas. Del período de Villanova han sobrevivido algunas maquetas de barcos de cerámica cuya proa toma la forma de una cabeza de pájaro, y se ha conjeturado que fueron colocadas en las tumbas de piratas y mercaderes villanovanos porque era imposible enterrar un barco entero con
el cuerpo o las cenizas del fallecido[27] VII . A principios del siglo , el alfarero Aristonotos, que vivió y trabajó en Cisra, decoró un krater con una vívida escena de una batalla naval, posiblemente entre griegos y etruscos: un grupo a bordo de un
barco de remos de borda baja, y el otro, a bordo de un mercante de mayor tonelaje[28]. Lo que los villanovanos llevaron consigo puede deducirse a partir de los objetos producidos localmente, y también de las importaciones, puesto que pueden apreciarse vestigios del mundo egeo en el diseño de las armas de bronce y, sobre todo, en el estilo de la cerámica: las formas tradicionales de la cultura de Villanova se fusionaron con los estilos griegos para producir vasijas decoradas que recuerdan el estilo geométrico del siglo IX en Grecia. Las joyas empezaron a adornarse con el fino granulado que se convertiría más tarde en el sello de los orfebres etruscos, un método
que aprendieron de los levantinos, a quienes acabarían por superar[29]. Algunas obras de bronce se parecen incluso a las elegantes piezas fundidas de Urartu, en la actual
Armenia[30]. El comercio en metales básicos fue la auténtica base de la prosperidad etrusca, y si los etruscos pudieron pagar por los bienes que importaban en cantidades cada vez mayores desde Grecia y el Levante fue, sobre todo, gracias a las abundantes reservas locales de cobre, hierro y otros metales, puesto que ellos tenían poco que ofrecer en materia de productos acabados (aunque encontraron un mercado para sus cerámicas negras bucchero, que aparecieron en Grecia, en Sicilia y en España). Elba, y la costa próxima a Populonia, la única importante ciudad etrusca realmente situada junto al mar, suministraban grandes cantidades de hierro; algo más hacia el interior,
cerca de Volterra y Vetulonia, había numerosas minas de cobre[31] VII . En el siglo ,
apareció un nuevo y próspero asentamiento junto a la desembocadura del río Arno, en
Pisa, a través del cual circulaba la mayor parte de este tráfico[32]. Los etruscos intercambiaban metales con los habitantes de Cerdeña a través de Pisa, y los alfareros
sardos se asentaron incluso en Vetulonia[33]. Tal vez llegaran como esclavos, puesto que la caza y compraventa de esclavos era otro de los medios de generar riqueza en el mar Tirreno, cuando este mar se abrió al comercio. También la sal era un bien de consumo, y los habitantes de la ciudad etrusca de Veyes y los de su vecina más cercana, Roma, competían por el control de los suministros de sal en la desembocadura del Tíber. El vino era un artículo favorito de los comerciantes
etruscos, y se enviaba a través del Tirreno hacia el sur de Francia[34].
La explotación de toda esta riqueza material se intensificó después que los griegos se instalaran en las cercanías, en Isquia. Y sin embargo, la llegada de los griegos a esta región es posterior en varias décadas al primer hallazgo que demuestra la existencia de estrechos contactos entre Italia central y el mundo griego en el siglo VIII a. C. En los yacimientos griegos han aparecido broches y agujas de Villanova, y también una gran cantidad de fragmentos de escudos y cascos realizados
por los maestros artesanos del bronce de Villanova[35]. Tal vez fueran transportados a bordo de las naves «tirsenias» mencionadas por los autores griegos. Cuando se forjaron los vínculos con Jonia y Corinto, los primeros etruscos manufacturaron su propia versión de cerámica protocorintia. Los habitantes más poderosos de Tarquinia y de las regiones vecinas querían poseer los elegantes objetos del Mediterráneo oriental que proclamaban a voz en grito su poder y su estatus social: huevos de avestruz traídos por los mercaderes fenicios, placas de marfil y de oro grabadas con imágenes de esfinges, de panteras, de lotos y de otros temas «orientales», y objetos de fayenza y cristal con motivos egipcios (aunque estos últimos solían ser imitaciones
hechas en Fenicia[36]).
Una de las importaciones llegadas del este transformaría la faz de Italia. El alfabeto les llegó a los etruscos a través de los griegos, aunque no es seguro si su origen fue la propia Grecia o bien los primeros asentamientos griegos en Pitecusa y Cumas. La forma que tomaron las letras etruscas indica que se derivaban de la versión eubea del alfabeto griego. El alfabeto llegó a través de dos rutas comerciales, y llegó pronto. Uno de los hallazgos más extraordinarios en Etruria es una tablilla del siglo VII desenterrada en el año 1915 en Marsiliana d’Abegna. La tablilla tiene grabado en sus bordes un alfabeto completo, en el orden tradicional de las letras, la
forma de las cuales parece muy arcaica[37]. La tablilla fue encontrada junto a un estilete, y en ella quedaban restos de cera, así que era evidente que había sido
obtenida con el objetivo expreso de aprender el arte de la escritura[38]. A partir de este alfabeto modelo, apareció un alfabeto etrusco estándar, escrito generalmente de derecha a izquierda (igual que el fenicio y algunos de los primeros alfabetos griegos), y de él se derivaron los alfabetos de muchos de los pueblos vecinos, en especial el de los romanos.
Las inscripciones más antiguas son muy reveladoras acerca de los contactos entre ambos lados del mar. Los mercaderes griegos y etruscos solían dejar constancia de sus transacciones, como atestigua una placa de plomo encontrada en Pech Maho en el suroeste de Francia, y que data de mediados del siglo V a. C. Una de sus caras está escrita en etrusco, y hace referencia a Mataliai, o Marsella; más tarde, la placa fue reutilizada para registrar, en griego, la compra de algunos barcos por unos hombres
originarios de Emporion, una base griega en la costa de Cataluña[39]. Tres placas de oro encontradas en Pyrgoi, el puerto de Cisra, en la costa al norte de Roma, revelan la presencia fenicia (más probablemente cartaginesa) en las ciudades marítimas de Etruria. Dos de estas láminas están escritas en etrusco y una de ellas en fenicio, y dejan constancia de una ofrenda de Thefarie Velianas, «rey de Cisra» (Cisras), de alrededores del año 500 a. C., cuando dicho rey consagró un templo a la diosa etrusca Uni, en general asociada a la griega Hera y a la romana Juno, pero identificada aquí a
Astarté, la diosa de los fenicios[40]. También llegaron visitantes griegos: una piedra tallada en la forma de cuarto creciente que representa un ancla de alrededor del año 570 a. C. y encontrada cerca de Tarquinia lleva grabada una inscripción: «pertenezco a Apolo de Egina. Sostratos encargó mi fabricación». El idioma de la inscripción es el dialecto griego de la isla de Egina, cerca de Atenas, y se trata, con toda seguridad, del Sostratos del que habla Herodoto, el principal mercader que comerciaba con
Tartesos[41]. Los etruscos no intentaron levantar barreras contra los mercaderes y colonos extranjeros, o contra sus dioses; de hecho, los acogieron con los brazos
abiertos e intentaron aprender de ellos[42].
IV
A mediados del siglo VII, la poderosa influencia de los estilos artísticos «orientalizantes» se impuso a la antigua cultura de Villanova y transformó la cultura, la política e incluso el paisaje de los etruscos. Grecia había sufrido un proceso de transformación similar cuando los mercaderes fenicios y jonios estrecharon los vínculos entre Grecia y el Levante. Es más, estos jonios formaron parte de la oleada de influencias procedentes del este que cruzaron el mar hasta Etruria, y resulta difícil separar las influencias griegas de las otras influencias orientales: esculturas de criaturas aladas protegen las tumbas de los muertos, construidas en estilos cada vez más suntuosos y que habían dejado de ser sencillas tumbas para convertirse en grandes cámaras funerarias, a menudo, imitaciones de las casas de los vivos. Las tumbas monumentales más antiguas en Tarquinia se alzaban sobre el suelo, amplias construcciones circulares con el tejado en punta; las lápidas de toba sobre la entrada reproducían imágenes de dioses y de espíritus del más allá, pero también proclamaban la riqueza de la nueva élite aristocrática que podía permitirse construir este tipo de impresionantes palacios para los muertos. Con toda probabilidad, la fuente de inspiración fueron las tumbas similares en el Mediterráneo oriental, en las regiones de Lidia, Licia y Chipre. Las tumbas pintadas de las familias aristocráticas se convirtieron en una especialidad tarquinia a partir de mediados del siglo VI, aunque se conocen ejemplos anteriores en las ciudades vecinas: el anuncio, en agosto de 2010, del descubrimiento de una antecámara pintada en lo que tal vez podría ser parte de la tumba de un rey que data de mediados del siglo VII a. C., provocó un gran revuelo; el ejemplo más parecido y comparable es el de las tumbas contemporáneas
griegas en Salamina, al este de Chipre[43]. Las primeras tumbas dejan traslucir una influencia tan poderosa del arte de la Jonia griega que es legítimo preguntarse si los artistas no serían tal vez griegos jonios; evidentemente, no existía ninguna línea de división clara entre los artesanos nativos y los extranjeros. Las pinturas del siglo VI de algunas tumbas en Cisra, ahora conservadas en el museo del Louvre y en el Museo Británico, con su trazo firme, su distribución formal y la cuidadosa organización del espacio, no son solo de estilo jónico sino que también, con toda seguridad, describen escenas de la mitología griega: el juicio de Paris y el sacrificio de Ifigenia. Las tumbas pintadas de Tarquinia solían estar decoradas con escenas de festines familiares, pero también con las leyendas de la mitología griega: en la Tumba de los Toros puede verse a Aquiles, y las misteriosas procesiones de la Tumba del Barón están pintadas en un estilo indudablemente griego. Un friso pintado muestra la imagen de unos jóvenes que conducen unos caballos y la de una reunión entre un hombre barbudo, acompañado de un joven, y una amante o una diosa. En todas las figuras, coloreadas en sencillos rojo, verde o negro sobre una capa de gris, se percibe una profunda influencia jonia, en la vestimenta, compuesta por el tutulus jónico y un sombrero puntiagudo, y en las extremidades redondeadas y carnosas. A D. H. Lawrence, que visitó estas tumbas en la década de 1920, le cautivaron (igual que a la mayoría de los visitantes) las vívidas e insólitas escenas reproducidas en la Tumba de la Caza y de la Pesca, donde pueden verse pájaros volando, un hombre desnudo que se zambulle en el mar y un pescador recogiendo su sedal; esta, al menos, parecía ser la voz expresiva de los etruscos, y no la del arte griego. Ahora bien, el descubrimiento de una tumba pintada en la colonia griega de Poseidonia (Paestum) en el sur de Italia, en la que puede verse una escena de un hombre que se zambulle en el mar, parece indicar que estas escenas formaban parte del repertorio general de los pintores griegos.
Lo mismo puede decirse de las otras ramas de las artes y, más importante aún, del pensamiento que dejan traslucir. Los alfareros etruscos empezaron a imitar la cerámica de figuras negras de Corinto y de Atenas con éxito variable. Más tarde, las figuras negras pintadas sobre superficie roja de la cerámica dejaron paso a una técnica más delicada aún de figuras rojas, donde la pieza se pintaba en negro, dejando sin pintar las figuras sobre el fondo rojo de la cerámica; por otra parte, los etruscos compraron cantidades prodigiosas de los nuevos utensilios producidos en Atenas, de
los que hicieron además sus propias imitaciones[44] aunque también adoptaron una perspectiva muy conservadora. Preferían los estilos arcaicos o arcaizantes incluso en un momento en el que en Atenas el estilo clásico investía las esculturas y las pinturas
de una mayor sensación de vida y de «armonía»[45]. La cerámica que los etruscos les compraban a los griegos no era siempre de la mejor calidad. Casi toda la cerámica descubierta hasta el momento en Espina, un asentamiento etrusco en la desembocadura del Po, es griega, para ser más exactos, griega ática, y en ocasiones de muy baja calidad, como ilustra el nombre que se le ha dado a ese pintor ático, «el
peor pintor»[46]. Más importante aún, los temas de las ilustraciones en estas vasijas eran, en general, episodios de la mitología griega. Los pueblos de Italia estaban empezando a apropiarse de los mitos y de las ideas religiosas del mundo griego; los antiguos cultos a bosques y fuentes de agua seguían gozando de gran vitalidad, pero los amorfos dioses de los pueblos italianos adquirieron la forma y, por supuesto, el humor variable de los dioses del Olimpo. Alrededor del año 500 a. C., un célebre escultor etrusco llamado Vulca decoró la viga que sostenía el tejado de un gran templo en Veyes con figuras de terracota, a tamaño real y pintadas, que representaban a Apolo, Hermes y otros dioses. Los artistas no se limitaron a importar tal cual el estilo fluido de las esculturas de los griegos. La espectacular decoración de la viga del techo era una práctica habitual etrusca y no griega. Sin embargo, lo que Vulca representó fueron las leyendas griegas, y no las etruscas. Estas obras fueron el producto de un sincretismo ítalo-greco-oriental, lo que, en cierto modo, es lo que llamamos arte etrusco. Este sincretismo se expresaba asimismo en el arte de la adivinación: en este aspecto, también las prácticas del Próximo Oriente se fusionaron con las prácticas indígenas italianas. Nadie sabía leer mejor las manchas en el hígado de un animal sacrificado que un adivino etrusco, un haruspex, y los adivinos etruscos todavía seguían siendo consultados cuando los godos atacaron Roma en el año 410 d. C.
V
La relación entre los griegos y los etruscos adoptó también una forma política, y en este ámbito, las relaciones fueron mucho menos fáciles que en las esferas de la cultura, la religión y el comercio. Los pueblos de Italia central y los griegos se habían enfrentado en batallas navales desde, al menos, el siglo VIII a. C., y se han encontrado pruebas de ello en suelo griego, en Olimpia y en Delfos, donde en el siglo VIII, los cascos capturados a los enemigos de la cultura de Villanova fueron ofrendados a los
dioses[47]. Los navegantes etruscos solían competir y a veces colaborar con los foceos de la Jonia griega en aguas del sur de Francia, donde los foceos fundaron una colonia
(la futura Marsella[48]). Herodoto informa de una gran batalla entre foceos y etruscos frente a la ciudad corsa de Alalia alrededor del año 540 en la que sesenta naves foceas se enfrentaron a sesenta barcos cartagineses y a otros sesenta ceretanos. Pese a este desequilibrio, los foceos ganaron la batalla, pero su flota quedó tan dañada que se vieron obligados a evacuar Córcega. Herodoto explica que los ceretanos masacraron a sus prisioneros foceos lapidándolos hasta la muerte. Poco tiempo después, los ceretanos observaron que quienes pasaban por el lugar de la masacre quedaban tullidos, algo que no solo les ocurría a los seres humanos, sino también a sus rebaños. Perplejos, los ceretanos enviaron una misión a la sacerdotisa de Apolo en Delfos que les ordenó celebrar juegos regulares en memoria de los foceos, una práctica que continuó hasta la época de Herodoto; imágenes de juegos funerarios
similares aparecen con frecuencia en las paredes de las tumbas pintadas etruscas[49]. Los ceretanos mantuvieron sus vínculos con el santuario de Delfos, donde se han identificado los cimientos de la tesorería de los ceretanos; es más, fueron los primeros «bárbaros» en ser admitidos en lo que era fundamentalmente un centro de culto
helénico[50]. Mientras tanto, los etruscos podían explotar el hierro, la cera y la miel de Córcega con entera libertad. Más importante que sus recursos, no obstante, era el hecho de que el comercio marítimo etrusco, en aquel momento, ya no tenía ningún
rival en el norte del Tirreno[51].
El sur del Tirreno era harina de otro costal. Los griegos de Cumas eran especialmente conscientes de la proximidad del poder etrusco, terrestre además de marítimo, puesto que en las tierras del interior había dos ciudades etruscas (Capua y Nola), y que los etruscos se habían hecho con el control de, al menos, una ciudad
costera, Pompeya[52]. Cumas dependía de la ayuda de los colonos griegos en Sicilia si quería poder triunfar sobre los etruscos. En el año 474, Hierón, el tirano de Siracusa, obtuvo una victoria que transformaría el mapa político y comercial del Mediterráneo occidental, y él era muy consciente de ello: en la época en la que las hordas persas de Jerjes acababan de ser rechazadas por el poder de Hellas, la victoria de Hierón fue su contribución a la derrota de los bárbaros. Además, la victoria de Hierón en Cumas llegaba después de otra victoria en Himera, en Sicilia, donde seis años antes la flota de Siracusa de su predecesor Gelón había logrado una victoria decisiva sobre su otro enemigo en el Mediterráneo occidental, Cartago; se dice que la victoria de Gelón ocurrió el mismo día que otra de las grandes batallas contra los persas, la victoria
griega de Salamina[53]. Poco tiempo después, el poeta griego Píndaro hizo de la derrota de los etruscos en Cumas el tema central de su oda en alabanza de Hierón «de Etna, el vencedor de la guerra de carros»:
¡Otorga, te suplico, Crónida, que en pacífico hogar se contenga el fenicio y de los tirsenos el grito de guerra, ya que ha visto el orgullo gimiendo en sus naves delante de Cumas! Cuáles dolores sufrieron domeñados por el señor de Siracusa, que de las naves de rumbos veloces al mar les arrojó su juventud, a
Hélade librando de esclavitud gravosa[54].
Hierón ofrendó a los dioses en Olimpia un casco cónico etrusco en el que había hecho grabar la siguiente inscripción: «Hierón, hijo de Deinomenes y de los siracusanos y de Zeus: Tirsenio de Cumas»; el casco se conserva en la actualidad en el Museo Británico. No obstante, el intento de Píndaro de vincular a los etruscos con los cartagineses («el grito de guerra de los fenicios») era un anacronismo. Por cualquiera que fuera la razón, las relaciones entre los cartagineses y los etruscos habían empezado a deteriorarse en las dos décadas anteriores a la batalla de Cumas. La arqueología muestra una clara ruptura en las importaciones etruscas a Cartago, no
antes del año 550 y no después del 500[55]. Anaxilao de Regio, un aliado griego de Cartago, construyó un baluarte con el propósito específico de impedir un ataque de los etruscos contra su ciudad, situada sobre el estrecho de Messina. Los barcos etruscos pusieron rumbo al sur para lanzar un infructuoso ataque en solitario contra las islas de Lipari, que desde los tiempos prehistóricos habían funcionado ininterrumpidamente como un centro de intercambio que unía el Mediterráneo
occidental y el oriental[56]. Durante los primeros años del siglo V , por lo tanto, los etruscos quedaron cada vez más aislados en el interior del Mediterráneo occidental.
Aun cuando los barcos etruscos se reincorporen a la acción a finales del siglo V, los siracusanos habían logrado acceder a todo el mar Tirreno. En los años 453 y 452 asaltaron la costa frente a Cisra y se instalaron durante un breve tiempo en Elba, una isla con abundantes reservas de hierro y donde capturaron muchos esclavos; a los
piratas tirsenios les estaban por fin pagando con su misma moneda[57]. El rencor que sentían los etruscos hacia Siracusa no desaparecería hasta la guerra del Peloponeso, de la que hablaremos en el capítulo siguiente, y los atenienses eran muy conscientes
de esta hostilidad cuando lanzaron sus propios ataques contra Siracusa[58]. En el año 413 a. C., los etruscos enviaron tres grandes buques de guerra a Siracusa para reforzar la flota ateniense. Como observaría lacónicamente Tucídides: «de fuera de Sicilia [había] algunos tirrenos [combatiendo], por sus desavenencias con los
siracusanos»[59]. Eran pocos, pero salvaron la situación en, al menos, una ocasión. Varios siglos más tarde, la familia Spurinna, un clan noble de Tarquinia, erigiría, orgullosa, un monumento que llevaba una inscripción latina en honor de sus antepasados, uno de los cuales era un almirante que había participado en la campaña
de Sicilia del año 413 a. C.[60]
VI
Los vínculos entre Grecia y Etruria se establecieron gracias a la mediación de una ciudad en el sur de Italia famosa por el amor por el lujo que sentían sus habitantes. Hasta su destrucción en el año 510 a consecuencia de las envidias locales, Sibaris fue el gran centro de distribución en el que se depositaban los productos llegados de Corinto, Jonia y Atenas antes de ser transportados a través del país hasta Poseidonia
(Paestum) y embarcados en barcos etruscos[61]. Sibaris era especialmente famosa, o notoria, por su amistad con Etruria; según Atenaios de Naukratis (que vivió en el siglo II d. C.), las alianzas comerciales de Sibaris se extendían hasta puntos muy lejanos en dos direcciones, por el norte hasta Etruria, y por el este hasta Mileto, en la costa de Asia Menor:
Los sibaritas vestían mantos de lana de Mileto, y de ahí surgió la amistad entre los [dos] estados. Los sibaritas amaban a los etruscos por encima de todos los otros pueblos de Italia, y entre los de Oriente, tenían una preferencia especial por los jonios, porque estos, igual que ellos mismos, eran muy
aficionados al lujo [62].
Los griegos occidentales ejercían el papel de intermediarios: no eran sus propios productos los que les interesaban a los etruscos, sino los de sus parientes del mundo egeo.
Los atenienses lograron mantener su superioridad sobre sus rivales porque utilizaron nuevos canales de comunicación cuando la guerra o las disputas comerciales les impedían el acceso a los ya existentes. La batalla de Cumas marcó el principio del fin de la talasocracia etrusca en el Mediterráneo occidental. El mar Tirreno ya no era un lago de su propiedad, sino que debían compartirlo con los cartagineses, con los griegos de Magna Grecia y con nuevos rivales tales como los romanos y los volscos, pueblos de las montañas del centro de Italia que demostraron una extraordinaria versatilidad y que consiguieron lanzar sus propios ataques piratas. Los etruscos reaccionaron a la pérdida de oportunidades marítimas apoderándose de algunas ciudades del interior: Perugia (antes un centro del pueblo umbro, relacionado con los latinos), Bolonia (antes habitada por «villanovanos», culturalmente similares a los etruscos más primitivos) y las ciudades de la cuenca del Po, como por ejemplo
Mantua[63]. Estas conquistas les permitieron abrirse nuevas rutas por las que transportar productos del Mediterráneo oriental, a través de la península y desde los puertos en las costas del Adriático. En los siglos VII y VI, en lo que actualmente son las Marcas italianas, el pueblo conocido con el nombre de picenos, que, desde el mar recibió las influencias griegas y, desde tierra, las etruscas, había experimentado un
extraordinario desarrollo cultural[64]. Sin embargo, después del año 500, el Adriático se convertiría en el principal canal de comunicación con los territorios griegos, una ruta que a los marinos les resultaba muy cómoda aun cuando implicara lo que, sin duda, sería un costoso viaje por tierra a través de los Apeninos. Los barcos zarpaban del golfo de Corinto, pasaban junto a las islas Jónicas y hacían escala en las colonias griegas de Apolonia y Epidamnos antes de navegar junto a las tierras de los picenos hasta llegar a Adria y Espina, los puertos recién creados en los humedales costeros y bajos fondos del noreste de Italia, cerca de las ciudades de Ferrara y Rávena. Igual que los duques de Este en Ferrara durante el Renacimiento consagraron una gran energía a la cría de caballos pura sangre, también la cría de caballos atrajo a los
griegos a esta región en los períodos arcaico y clásico de Grecia[65].
Espina era, o bien una ciudad fundada por los etruscos que experimentó una intensa inmigración griega, o bien una ciudad fundada por los griegos que experimentó una intensa inmigración etrusca; su población la componían una mezcla de etruscos, griegos, vénetos del noreste de Italia y de muchos otros pueblos. Es posible que fuera el puerto de la ciudad de Felsina (el nombre etrusco de Bolonia), situada más al interior: una estela de finales del siglo V hallada en Bolonia muestra la imagen de un barco de guerra propiedad de un miembro de la familia Kaikna de Felsina, y resulta difícil ver dónde podían haber fondeado sus barcos si no era en los puertos del Adriático como Espina. Espina y Adria les proporcionaron a griegos y etruscos grandes cantidades de esclavos itálicos y celtas, cantidades que aumentarían inevitablemente debido a los violentos enfrentamientos entre los colonizadores etruscos de la cuenca del Po y los invasores celtas que llegaron desde el otro lado de los Apeninos. Espina se construyó según un trazado hipodámico, el diseño preferido de los etruscos, pero los canales de agua que conducían al mar le confirieron a la ciudad un carácter parecido al de una Venecia etrusco-griega. En la necrópolis de Espina se han abierto más de 40 000 tumbas de las que se han sacado grandes cantidades de vasijas griegas, muchas de ellas de los siglos V y IV; después, se rompieron los lazos con Atenas y los ciudadanos de Espina tuvieron que conformarse
con cerámica de inferior calidad procedente de los hornos etruscos[66]. La tierra agrícola de aluvión del delta del Po era muy productiva, pero el problema con los suelos aluviales es que no se quedan quietos, y, a medida que avanzaba el siglo IV, la ciudad se encontró cada vez más aislada y alejada del mar. Mientras tanto, la región sufría las graves consecuencias de los ataques de los celtas contra Italia, que culminaron en el ataque a Roma en el año 390 a. C., tras el cual, los invasores se
asentaron en masa en la zona[67]. Por lo tanto, el período de máximo esplendor de Espina fue relativamente breve, pero brillante. Su ascenso a una posición dominante formaba parte de un proceso más general en el que todo el Adriático se transformaría en un mercado donde los productos griegos estaban al alcance de casi todo el mundo.
El auge de las ciudades etruscas no fue, por lo tanto, un fenómeno que afectara solo al mar Tirreno, sino que también el Adriático quedó abierto al movimiento de personas y de bienes. Los etruscos, junto a los griegos y a los fenicios, le dieron forma al Mediterráneo, y contribuyeron a crear una red de vínculos que abarcaba todo el mar.