El Gran Mar

David Abulafia · Capítulo 13 de 48

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El Gran Mar

Capítulo 6. El faro del Mediterráneo, 350 a. C. — 100 d. C.

Capítulo 6

 

EL FARO DEL MEDITERRÁNEO, 350 a. C. — 100 d. C.

 

I

 

En el año 333 a. C., Alejandro III, rey de Macedonia, cuyas afirmaciones haciendo hincapié en su condición de griego fueron recibidas con un cierto escepticismo en Atenas, desató su venganza sobre los reyes persas que durante los últimos siglos tanto habían amenazado a Grecia, y derrotó a un inmenso ejército persa en la batalla de Issos, a las mismas puertas de Cilicia. Alejandro, sin embargo, no se lanzó en persecución del rey Darío III en territorio persa. Había comprendido muy bien la necesidad de neutralizar el poder de los persas en las costas del Mediterráneo, y marchó en dirección sur, a través de Siria y de Palestina, donde conquistó sin piedad alguna las ciudades fenicias que en el pasado habían proveído de flotas a los persas; Tiro, ante la gran furia de Alejandro, resistió siete meses, incluso después de la construcción del gran dique que uniría para siempre la ciudad-isla a la tierra firme. Una vez conquistada Tiro, Alejandro ordenó sacrificar, esclavizar o crucificar a la

mayor parte de sus habitantes[1]. Pasó de largo por Jerusalén y prefirió seguir la ruta que cruzaba Gaza puesto que, en aquel momento, su objetivo real era Egipto, gobernado por un sátrapa persa desde hacía casi 200 años, desde los días de Cambises. Alejandro se adueñó de este territorio, una conquista que transformó no solo Egipto, sino todo el Mediterráneo oriental. La victoria de Alejandro pondría Egipto patas arriba, y el país empezó a mirar al Mediterráneo en lugar de al valle del

Nilo[2]. En el año 331 a. C., Alejandro decidió fundar una ciudad en el límite más septentrional de Egipto, sobre un saliente de piedra caliza separado de las tierras aluviales del interior por un lago de agua dulce, una ciudad junto a Egipto, más que en Egipto, como declara la designación que le dieron los documentos latinos posteriores, Alexandria ad Aegyptum, «Alejandría en el camino de [o “junto a”] Egipto». Esta sensación de que Alejandría era una ciudad más mediterránea que egipcia perduraría más de dos milenios, hasta la expulsión en el siglo XX de las comunidades extranjeras. Durante la mayor parte de este período, Alejandría fue la ciudad más grande del Mediterráneo.

Entre las motivaciones de Alejandro se encontraba sin duda su propia

glorificación[3]. Hacía poco que había sido coronado faraón en Menfis, la antigua capital del Bajo Egipto; tras visitar la futura ubicación de Alejandría, se entrevistó con el dios Zeus Amón y, partir de aquel momento, se consideró hijo de ese dios, y no del extraordinario Filipo II de Macedonia cuyas conquistas en Grecia habían sentado las bases del imperio de Alejandro. Alejandro sentía obsesión por la obra de Homero, quien (según Plutarco) se le apareció en sueños y le recordó un pasaje de la Odisea que describía una isla frente a la costa de Egipto llamada Faros que tenía un excelente puerto natural. Alejandro comprendió la importancia que podría adquirir Alejandría como centro de comercio; su biógrafo, Flavio Arriano, insistió en que el emperador se involucró mucho en la planificación de la ciudad: por desgracia, no había bastante tiza a mano para marcar en el suelo los límites de las murallas de la ciudad, así que uno de los arquitectos de Alejandro propuso utilizar harina de cebada en lugar de tiza, aunque tuviera que ser tomada de la despensa que los soldados macedonios habían traído consigo. Al final, serían las bandadas de pájaros atraídos

por la harina de cebada las que marcarían los límites de la ciudad[4]. Igual que en otras nuevas ciudades del Mediterráneo, el trazado de las calles seguía un plan hipodámico del que todavía sobrevive una extensión bastante significativa, aun cuando las grandes avenidas de la primera Alejandría se hayan estrechado mucho, y muy poco haya sobrevivido de la antigua ciudad sobre el nivel del agua: nada en absoluto queda de la ciudad tal como era a finales del siglo IV a. C. Lo que era excepcional era su gran tamaño, cinco kilómetros de este a oeste, y más o menos la mitad de esta distancia separaba el sur del norte de la ciudad: una ciudad larga y

estrecha, cuya forma recordaba, según se dijo, la de una capa griega, un [5] chlamys.

Los puertos tenían un papel destacado en los planos, separados el uno del otro por un largo espigón que unía la nueva ciudad a la isla de Faros, aquella de la que había hablado Homero.

Alejandro abandonó Egipto al poco tiempo, realizó una marcha triunfal a través de Persia en dirección a la India, y murió en Babilonia ocho años después de la

fundación de Alejandría, a la temprana edad de treinta y dos años[6], y con él, su sueño de un imperio heleno-persa que uniera las grandes culturas de dos grandes naciones. Tres generales rivales se dividieron su imperio en tres partes: Macedonia y Grecia, Siria y el este, y Egipto. La dinastía de los generales que se hizo cargo de Egipto fue la que hizo realidad el sueño de Alejandro de fundar una gran ciudad en los límites de Egipto. Ptolomeo I Sóter («el Salvador») asumió el poder como faraón por derecho propio, fusionando los conceptos helénico y egipcio de monarquía y gobierno; las estatuas de los ptolomeos los representaban en el estilo más tradicional de los faraones (con algunas concesiones ocasionales a los peinados griegos), y los ptolomeos construyeron templos consagrados a los dioses egipcios en el estilo

egipcio arcaico[7]. Los ptolomeos adoptaron la antigua costumbre de los faraones egipcios de casarse con sus hermanas, una práctica que disgustaba a los griegos. Alejandría, no obstante, se convirtió también en el centro más dinámico de una cultura griega revitalizada que se extendió por todo el Mediterráneo. Lo distintivo de la cultura «helenística» es que no era exclusiva de los griegos; los estilos artísticos helenísticos llegaron hasta Cartago y Etruria, y las ideas helenísticas cautivaron a judíos, sirios y egipcios. La cultura helenística ha sido tratada con frecuencia como la degradación y popularización de la cultura clásica de la antigua Atenas caracterizada por un florido estilo artístico y arquitectónico, algo así como el barroco de la antigua Grecia. Con todo, sería en el mundo helenístico, y en Alejandría en particular (más que en la propia Hellas), donde surgirían algunos de los nombres más famosos de la ciencia y de la cultura griegas: el matemático Euclides, el inventor Arquímedes, y el comediógrafo Menandro, a los que seguirían en el primer período romano el filósofo alejandrino judío Filón y el médico Galeno. Alejandría tuvo una importancia fundamental en la difusión de esta nueva versión más abierta de la cultura griega a lo largo y ancho del Mediterráneo, y se convirtió en el faro de la cultura mediterránea.

Particularmente destacada fue la mezcla de innovación y de tradición en la política religiosa de los ptolomeos. Los primeros ptolomeos fueron hombres de una ambición, energía y curiosidad extraordinarias, receptivos a otras culturas y que demostraron una amplia visión de futuro en su modo de gestionar la economía egipcia. Fueron ellos, más que Alejandro Magno, quienes convirtieron a Alejandría en la dinámica y brillante ciudad en la que se transformó. Ptolomeo I Sóter (m. 283/282) y Ptolomeo II Filadelfos (m. 246) atrajeron a Alejandría a una heterogénea población compuesta por griegos, sirios, egipcios y judíos. Muchos de los judíos llegaron como soldados leales muy seducidos por Alejandro Magno; «Alejandro» sería siempre uno de los nombres favoritos entre los judíos. Los judíos, por supuesto, practicaban su propio y distintivo culto en el que los ptolomeos nunca desearon interferir, y una extensa zona al este de Alejandría, conocida como el Delta, se convirtió en el centro de la actividad judía, y así nació el primer gran asentamiento judío de las costas mediterráneas. Los antiguos israelitas habían sido fundamentalmente un pueblo de tierra adentro, limitados por los filisteos y por otros pueblos que vivían junto a las costas, y esta es la razón por la que, hasta ese momento, no tuvieron un papel destacado en la historia del Mediterráneo. Sin embargo, tras la fundación de Alejandría, las creencias y la cultura judías empezaron a difundirse poco a poco por el Mediterráneo. Filón hizo hincapié en el papel legislador de Moisés, e insistió en el valor ético de los mandamientos divinos que Dios le había entregado. La combinación de un poderoso mensaje ético y de un sistema de leyes estructurado, sumado al atractivo intelectual del monoteísmo, atrajo, a lo largo de los siglos siguientes, a un número creciente de conversos y de simpatizantes. La historia judía posterior caracterizaría esta época como un período de enfrentamientos, a menudo violentos, entre el helenismo y el judaísmo que culminarían en la revuelta macabea contra los monarcas seleúcidas de Siria y de Palestina en el siglo II a. C. Aun así, no deja de ser notable que los monarcas seleúcidas, a diferencia de sus rivales ptolomeos de Egipto que tan bien la habían comprendido, no conservaran la tradición del respeto hacia el judaísmo: los seleúcidas intentaron erradicar las prácticas judías tales como la circuncisión, y profanaron además el templo judío intentando ofrecer sacrificios paganos en él. La celebración del Hanukkah, que conmemora la revuelta de los judíos, llegó a ser considerada la celebración del firme rechazo a las costumbres helenas. La revuelta expresaba, sin duda, sentimientos antihelénicos, pero estos sentimientos, en sí mismos, revelan hasta qué punto estaban helenizados la mayor parte de los judíos: se les criticaba por asistir a los juegos, y por estudiar filosofía griega. El griego, más que el arameo (el dialecto de los judíos de Palestina), estaba tan extendido entre los judíos de Alejandría que, como veremos más adelante, se preparó incluso una versión griega de la Biblia. Es más, en los primeros dos siglos de vida de Alejandría, griegos y judíos vivieron en armonía los unos junto a los otros. Los judíos alabaron a los ptolomeos en las inscripciones de sus numerosas sinagogas, y le dedicaron grandes elogios a la dinastía sin nunca reconocer la «divinidad» de los ptolomeos que

declaraban los templos paganos[8]. Al resto de la población, y en especial a los griegos, Ptolomeo les ofreció un nuevo culto, el del dios Serapis. Serapis, de origen parcialmente egipcio, era una fusión del dios-toro Apis y del dios resucitado Osiris (de ahí, por supuesto, el nombre: [O]sirapis). Sin embargo, Serapis adquirió también muchos de los rasgos de los dioses griegos: elementos de Dionisos, de Zeus y, en paralelo a los atributos de Osiris, incluso de Hades, el dios del inframundo. También se le vinculó a Esculapio, el dios griego de la medicina y de la curación. A Serapis se le solía representar llevando en la cabeza una medida de cereales, lo que simbolizaba su vínculo con la fertilidad de Egipto y con el comercio de cereales en alza. Este ecléctico dios podía así ser representado tanto en el estilo egipcio como en el

griego[9]. Los ptolomeos construyeron en Menfis un gran templo consagrado a Serapis, el Sarapeion o Serapeum (Serapeo), el supuesto lugar de nacimiento del dios, y decoraron el edificio con lo que podría describirse como esculturas «puramente griegas», mientras que el Serapeo de Alejandría estaba rodeado de esfinges de estilo totalmente egipcio de las que todavía sobreviven algunas. Serapis gozó de una gran popularidad en Alejandría: «en aquella época, la operación de crear una nueva divinidad no debió de parecer extraña, por insólito que pueda parecernos a nosotros

ahora»[10] puesto que los griegos no consideraban que sus dioses fueran exclusivamente helénicos y podían aceptar que se manifestaran de formas diferentes ante diferentes pueblos. La invención de Serapis formaba parte, por lo tanto, de un proceso mediante el cual los dioses egipcios se adaptaron a los observadores griegos. La pregunta de los griegos no era «¿en qué se diferencian vuestros dioses de los nuestros?», sino la de «¿en qué se parecen vuestros dioses a los nuestros?». La naturaleza ecléctica de Serapis reflejaba también la sensación de que entre los doce dioses del Olimpo no existían fronteras rígidas, y de que su personificación (por ejemplo, en la obra de Homero) era una manera de ordenar la gran maraña de atributos divinos, una actitud expresada en ocasiones convirtiendo a Serapis en el más importante de una trinidad de dioses griegos o egipcios. Todo ello culminaría en intentos muy posteriores de representar a Serapis como el único y verdadero dios del

universo, en rivalidad directa con los cristianos de Alejandría[11].

 

II

 

La segunda innovación importante del reinado de Ptolomeo II fue la construcción del gran faro en la isla de Faros; la palabra «pharos» sobrevivió en las lenguas griega, latina y romance con el sencillo significado de faro. El faro fue clasificado de inmediato como una de las grandes maravillas del mundo, junto al Coloso de Rodas, del que hablaremos más adelante: ambos monumentos proclamaban la gloria de las ciudades en las que se alzaban, pero también subrayaban el hecho de que esa gloria se fundamentaba, en una medida muy significativa, en el comercio. El faro formaba parte de los planos originales de Alejandría; la construcción de la estructura empezó en el año 297 a. C., y las obras se prolongaron hasta 283. El faro se proyectó y se construyó, en parte, por necesidad: cerca de la costa había unos bancos de arena invisibles durante la noche y difíciles de ver durante el día. Si la ciudad deseaba aprovechar todo su potencial como el centro de comercio de todo el Mediterráneo, era esencial garantizar el acceso seguro al puerto de Alejandría. La inmensa estructura encargada por los ptolomeos se alzaba 135 metros por encima del nivel del mar; el edificio fue construido en tres niveles, el más bajo, de base cuadrada, se estrechaba hacia arriba hasta una plataforma sobre la que se alzaba una torre octogonal coronada por una columnata circular que tenía una inmensa estatua de Zeus en la cima. Unos grandes espejos reflejaban la luz hasta una distancia de muchos kilómetros en dirección al mar, unas cuarenta millas náuticas es una conjetura razonable. Cómo se iluminaba el faro sigue siendo un misterio, puesto que, aunque parte de la estructura fuera reutilizada en la fortaleza mameluca, de un tamaño mucho menor pero igual de impresionante, que se construiría en este mismo lugar a finales del siglo XV, e incluso después que las excavaciones submarinas hayan sacado a la luz fragmentos de gran tamaño, el aspecto exacto y el funcionamiento del faro siguen siendo esquivos.

Si el faro y, por supuesto, la ciudad de Alejandría pudieron construirse, fue solo porque los ptolomeos se hicieron con el control de inmensos recursos. Sus logros no radican únicamente en que supieron capitalizar estos recursos, sino también en que supieron ampliarlos a medida que en Alejandría se iba desarrollando el comercio. De hecho, algunos observadores hicieron hincapié en que la fortuna de Alejandría emanaba del territorio del interior de Egipto y, al menos en igual medida, del Mediterráneo: el geógrafo Estrabón opinaba que «las importaciones que llegan a la ciudad a través de los canales superan de largo las que llegan por mar», aunque Estrabón escribía esto varios siglos después de la edad de oro de Ptolomeo I y II, a

principios del siglo I [12] d. C. La ciudad miraba en dos direcciones y unía Egipto al Mediterráneo como nunca antes había hecho; por otra parte, los vínculos con tierras más allá del Mediterráneo, a través del mar Rojo hasta la India, garantizaron el papel de Alejandría como el principal centro de distribución entre el océano Índico y el Mediterráneo, un papel que conservaría durante dos milenios, salvo algunas interrupciones esporádicas. Los perspicaces ptolomeos poseían la agudeza necesaria y supieron cómo sostener la fortaleza de la economía alejandrina, y egipcia. Sabían que el dominio sobre las rutas marítimas no dependía solo de Alejandría y, por ello, pusieron un gran empeño en hacerse con el control de las ciudades fenicias, lo que les costó un enfrentamiento con sus rivales seleúcidas. Si querían mantener una flota eficaz, necesitaban extender su control político lejos de Egipto, hacia tierras ricas en madera, por ejemplo Chipre, Líbano y el sur de Anatolia, puesto que sin una flota así,

no podían seguir controlando estas tierras[13]. Se inició entonces una carrera naval, y no solo creció el tamaño de las flotas egipcia y siria, sino también las dimensiones de sus barcos. En el siglo IV, ambos bandos llegaron a movilizar en algunas ocasiones hasta 300 barcos, y los astilleros fenicios transformaron los cedros del Líbano en una gran flota al servicio de los reyes seleúcidas; durante el reinado de Ptolomeo II, su flota de 336 buques de guerra la componían 224 cuatrirremes, trirremes y otros barcos más pequeños, pero también muchos barcos de monstruoso tamaño: 17 quinquerremes y otros barcos aún más grandes identificados por el supuesto número de remeros en cada banco: 5 «seises», 37 «sietes», 30 «nueves», 14 «onces» y así hasta llegar a dos grandes «treintas». Más tarde, Ptolomeo IV Filópator (m. 204)

construiría un «cuarenta», posiblemente, un gigantesco catamarán[14]. Si estas cifras reflejan el número real de remeros, o si eran simplemente el modo de indicar «más grande aún que el mayor de los barcos» es un punto discutible. Aunque el «cuarenta» de Ptolomeo IV nunca llegó a entrar en combate, y tal vez no fuera ni siquiera capaz de hacerlo, lo cierto es que constituía una gran exhibición de la riqueza y de la magnificencia de los faraones griegos de Egipto. Su eslora superaba los 130 metros, su manga, los 16, y se decía que estaba tripulado por cuatro mil remeros, más de tres mil soldados y tripulación auxiliar. Tan solo aprovisionar de alimentos y de agua a un barco así habría necesitado una pequeña flota de embarcaciones de

aprovisionamiento[15]. Con todo, los barcos de tamaño gigantesco no se construían solo para exhibición: un ariete naval del siglo II a. C. descubierto bajo el agua cerca

de Atlit, en Israel, mide dos metros y cuarto de largo y pesa 465 kilos[16].

Además de madera para su flota, los ptolomeos necesitaban encontrar fuentes de suministro de oro, plata, estaño y hierro, este último, cosa extraña, muy dejado de lado en Egipto durante los muchos siglos en los que los hititas, filisteos, griegos y cartagineses construían con gran entusiasmo armas y utensilios de hierro. Tal vez se debiera a que las crecidas anuales del Nilo dejaban el suelo de Egipto tan blando y manejable que los agricultores no necesitaban los pesados arados de hierro. Por otra parte, la industria del metal en Alejandría era muy próspera, y las exportaciones de oro, plata y placas de bronce se convirtieron en uno de los puntos fuertes de Alejandría, junto a la exportación de textiles, cerámica y, una especialidad particular,

vidrio[17]. El papiro era otra especialidad egipcia muy solicitada en las tierras vecinas desde la era de Unamón, en el siglo XI a. C.; ahora, el papiro egipcio se había extendido aún más por todo el Mediterráneo. Uno de los mercados más entusiastas de este tipo de productos era Cartago, que utilizaba las medidas estándar de peso ptolemaicas para sus monedas; Cartago tenía valor para los ptolomeos debido a que la

plata española y sarda se canalizaba a través de esta ciudad[18]. Alejandría mantenía también una estrecha relación con Rodas, que en el siglo III a. C. era un eje comercial igual de importante que Alejandría. Esta, por lo tanto, se consolidó como uno de los centros de negocios más importantes de todo el Mediterráneo, y su fortaleza residía no solo en los extraordinarios logros de los primeros ptolomeos, sino también en el modo en el que la ciudad se integró en seguida en la red helenística de comercio.

Uno de los administradores del rey Ptolomeo II llamado Apolonio aparece en una serie de papiros descubiertos en el desierto egipcio. Uno de ellos es el manifiesto de un carguero de mediados del siglo III a. C. que deja constancia de un cargamento enviado desde Siria a la casa de Apolonio en Alejandría y que constituye una extraordinaria prueba de la diversidad de productos con los que se comerciaba: frutos secos del mar Negro, desde siempre, uno de los productos favoritos de las rutas comerciales del Mediterráneo; queso de Quíos, aceite de oliva, higos, miel, esponjas y lana. El barco también transportaba carne de jabalí, de venado y de cabra, pero el vino era lo que ocupaba más espacio en la bodega: 138 ánforas y 6 medias ánforas de

vino de mesa, y 5 ánforas más 15 medias ánforas de vino dulce [19]. Todo el comercio estaba precisa y minuciosamente fiscalizado. Los ptolomeos heredaron de los faraones un rígido sistema de control del comercio que no tenían ninguna intención de relajar. Los barcos llegaban a los puertos designados y eran sometidos a una rigurosa inspección. Era un antiguo sistema de impuestos al comercio que continuó bajo los romanos, los bizantinos y los árabes: impuestos ad valorem, equivalentes a un porcentaje del valor estimado de la carga que a veces podían llegar a ser de hasta el 50 por 100 (sobre el vino y el aceite), y en otras, apenas una tercera o cuarta parte; los impuesto no se recaudaban solo en los puertos, sino también en las estaciones aduaneras del interior del país instaladas junto al Nilo, a lo largo del recorrido de las

mercancías en dirección a Alejandría[20]. Aunque esto obligaba a subir los precios de los productos cuando llegaban a su destino, los muelles de Alejandría, la demanda de cereales y de otros productos egipcios era, en general, tan fuerte que las mercancías seguían encontrando compradores en el Mediterráneo oriental. Además, los alejandrinos le sacaron un jugoso beneficio a su papel de intermediarios en el comercio que unía el océano Índico y el Mediterráneo. Aunque en el pasado, en Naukratis y en otros lugares, los mercaderes griegos hubieran podido también sacarle beneficio a este comercio, la red de contactos se había ahora ampliado de forma notable. El oro, el olíbano (francoincienso) y la mirra eran tres de los artículos más preciados que se transportaban por el mar Rojo. En los años 270 y 269, Ptolomeo II Filadelfos reabrió un canal que unía el delta del Nilo a los lagos al oeste del Sinaí (los mismos que ahora cruza el canal de Suez), y creó una ruta marítima al mar Rojo. Los productos indios se popularizaron en Alejandría, y los ptolomeos aprovecharon el

acceso a los elefantes africanos e indios para mejorar su ejército[21]. En un papiro egipcio puede leerse una lista del contenido de la carga de un barco llamado Hermapollo que había llegado de India cargado con 60 cajas de nardos, 5 toneladas

de especies diversas, y 235 toneladas de marfil y ébano[22]. El gran comercio de especies del Mediterráneo había quedado inaugurado, y Alejandría conservaría su liderazgo incluso después que los portugueses abrieran la ruta del Cabo [de Buena Esperanza] hacia las Indias a finales del siglo XV.

El producto que llegaría a dominar el comercio de Alejandría sería, no obstante, los cereales, en parte, debido a que así, la ciudad podía ser alimentada. Detrás de Alejandría se habían construido unos canales que unían el lago Mareotis al delta del Nilo y, por lo tanto, el acceso a los cereales no era ningún problema. Ahora bien, los ptolomeos eran conscientes de que siempre quedaba espacio para los cereales en el mercado internacional; Atenas acudía al Bósforo para aprovisionarse, pero Rodas deseaba comprar trigo egipcio, para la isla y también para sus muchos socios

comerciales[23]. Los ptolomeos se encontraron en una posición excepcionalmente sólida porque habían heredado un régimen en el cual la mayor parte de las tierras de Egipto eran propiedad del faraón. Pudieron, por lo tanto, cargarles a los campesinos unas rentas elevadas y exigir hasta la mitad de la producción, unas exigencias nada disparatadas, habida cuenta de la fertilidad del suelo después de las crecidas del Nilo. En el mercado de exportación surgieron nuevas oportunidades: las tribus celtas y escitas lanzaron una serie de invasiones sobre la región del mar Negro que amenazaron las fuentes y las rutas de suministros de las que dependían Atenas y otras ciudades griegas para aprovisionarse de alimentos. Los ptolomeos, viendo entonces la posibilidad de enriquecerse con el comercio de los cereales, se esforzaron por mejorar la calidad y la cantidad de la producción de estos. También ampliaron las zonas de cultivo y alentaron el uso de herramientas de hierro a fin de mejorar la eficacia y aumentar la producción: «el uso tan intensivo del hierro en la agricultura egipcia

equivalió casi a una revolución»[24]. Se mejoraron los sistemas de irrigación, y entre los mecanismos utilizados para regar la tierra apareció el tornillo de Arquímedes, el sistema de riego que todavía siguen prefiriendo los fellahin egipcios, y que se conocía

en aquellos días con el nombre de [25] kochlias , o «caracol». Los persas habían introducido un nuevo tipo de trigo, superior a las variedades tradicionales egipcias, y cuyas ventajas ya habían sido comprendidas en vida de Alejandro. El cultivo de la vid estaba muy extendido en las costas frente a Alejandría y, al parecer, se producían algunos vinos de calidad; más importante aún fue tal vez el desarrollo de la industria del aceite, puesto que antes de los ptolomeos, los olivos no abundaban en Egipto. Con todas estas acciones, proyectos y políticas, los ptolomeos sentaron las bases de una nueva prosperidad que se prolongaría hasta el período bizantino.

 

III

 

Los ptolomeos no tuvieron ninguna dificultad en gastar el dinero que ingresaban. Deseaban glorificar la dinastía y para ello, se apoderaron del cadáver de Alejandro Magno durante su traslado por territorio sirio y lo enterraron rodeado de magnificencia en algún lugar del centro de Alejandría (la caza de la tumba de Alejandro ha sido desde hace mucho tiempo el pasatiempo favorito de los habitantes de Alejandría). Esta, pese a ello, era una ciudad viva, y era de esperar que sus mayores edificios fueran los que estaban adheridos al lado norte del inmenso complejo palacial. Allí, los ptolomeos crearon un par de instituciones vinculadas, el Mouseion, o «museo», y la Biblioteca de Alejandría, donde se utilizó el papiro de Egipto para reunir la mayor colección de literatura jamás vista; con estos dos edificios, los ptolomeos reafirmaban su profundo compromiso con el conocimiento y la erudición y, al mismo tiempo, su determinación a que cualquier cosa que ellos hicieran fuera la mejor y la más grande. La idea de un Mouseion, un santuario de las musas, no era nueva (se inspiraron en varios famosos modelos atenienses, y Ptolomeo I confió en los consejos de un sabio ateniense, Demetrio de Falerón), pero la envergadura de este proyecto, su longevidad y la influencia que ejerció fueron excepcionales. No se trataba simplemente de un centro de culto donde la música, las artes y la filosofía se cultivaban con elegancia. Se trataba de un Instituto de Estudios

Avanzados, de una especie de All Souls College[NT3], donde los investigadores, liberados la mayor parte del tiempo de obligaciones lectivas, podían dedicar todo su tiempo al estudio de la literatura, la ciencia y la filosofía. Según Estrabón, tenía incluso un salón donde se reunían los miembros, que además cenaban juntos; la institución estaba subvencionada, y un sacerdote nombrado por el rey presidía la

comunidad[26].

La segunda gran institución de conocimiento, la Biblioteca, también constituye un misterio. No era una biblioteca pública, aunque los eruditos serios tenían acceso a ella, y también tenía salas donde los investigadores podían debatir y trabajar codo a codo. Sus orígenes se remontan a la decisión de Ptolomeo I de «equipar la biblioteca con los escritos de todas las naciones siempre y cuando se merezcan atención

seria»[27]. Si bien se ha llegado a afirmar que al Mouseion le interesaba el conocimiento griego, lo que está claro es que los intereses de la Biblioteca, en cualquier caso, se extendían más allá del mundo griego, pese a que es posible que la mayor parte de los textos no griegos fueran traducidos antes de ser depositados: crónicas de los faraones egipcios, la Biblia hebrea, leyendas y narraciones indias. Bajo la dirección de Demetrio de Falerón (c. 350 — c. 280) y de sus competentes sucesores, la Biblioteca se instaló en algún lugar en el interior del gran complejo del palacio de los ptolomeos; al cabo de poco tiempo se creó una «biblioteca hija» en el Serapeo que, al parecer, era más accesible, con una colección que tal vez fuera la décima parte de la colección de la biblioteca principal, 42 800 rollos de papiros frente a los 400 000 libros «mezclados» y los 90 000 libros «no mezclados» del depósito

central[28]. Algunos de los rollos contenían varios textos, pero las obras más largas (el poeta alejandrino Calímaco es famoso por haber dicho de ellas, «mega biblion, mega kakon: libro grande, libro malvado») estaban divididas en varios rollos. Los hallazgos indican, no obstante, que la calidad no estaba reñida con la cantidad. Los ptolomeos estaban decididos a hacerse con los mejores textos posibles de los grandes autores, y convencieron a los atenienses de que les enviaran los originales de las obras de Esquilo, Sófocles y Eurípides para poderlas copiar; después, se las quedaron, aun cuando significara perder una gran cantidad de plata depositada en concepto de

fianza[29]. Los eruditos del Mouseion, por su parte, concentraban la mayor parte de sus energías en la clasificación y la edición de las obras de los grandes poetas de la Grecia arcaica y clásica, tales como Safo y Píndaro, dejando de lado a los menos conocidos, pero muy competentes, escritores clásicos, y también a sus propios coetáneos con talento, como por ejemplo Calímaco, cuyas obras han tenido que ser a menudo recuperadas a partir de pequeños fragmentos de papiro descubiertos bajo la

arena del desierto de Egipto[30]. En consecuencia, el Mouseion y la Biblioteca tuvieron una importancia fundamental en la creación de un canon de grandes escritores clásicos, y en la santificación de la Grecia arcaica y clásica como la edad de oro de la producción literaria, a expensas de la propia Alejandría helenística.

Sería un error menospreciar la producción literaria de la Alejandría ptolemaica. Calímaco de Cirene, y Apolonio de Rodas formaban parte del personal de la Biblioteca de Alejandría, y Calímaco ideó un sistema de catalogación de fondos. También compusieron una obra de importancia duradera: Calímaco se hizo famoso por sus epigramas, mientras que la gran contribución de Apolonio fue un poema épico según el modelo de Homero, la Argonautika, que narraba las aventuras de Jasón en busca del vellocino de oro y sus amores con Medea. Su estilo, no obstante, no imitaba al de Homero: Apolonio tenía la insólita habilidad de presentar los acontecimientos como si él fuera un observador, dirigiéndose directamente al público, y su estilo, bastante adornado, tiene su encanto. La descripción que hace de las aguas del Mediterráneo por las que supuestamente navegó Jasón, y del sistema fluvial europeo más allá, deja traslucir la influencia de los geógrafos y etnógrafos contemporáneos suyos, aun cuando Apolonio nunca pudiera escapar a la influencia de la geografía homérica, lo que le valió las burlas de los críticos romanos que le

reprocharon sus errores[31].

La Biblioteca de Alejandría era única, por su tamaño y por su exhaustividad, pero tuvo sus rivales. Los reyes de Pérgamo, en la costa de Asia Menor, también crearon y reunieron una gran biblioteca, y se dice que Ptolomeo II, que no deseaba verla crecer, aplicó un embargo a la exportación de papiro a Pérgamo. Los bibliotecarios de Pérgamo, sin embargo, encontraron una solución: utilizaron láminas de piel de animal

adobada y estirada ( [32] pergamenon ) como soporte de escritura. Por otra parte, la colección de Alejandría experimentó un rápido crecimiento, y después, fue disminuyendo poco a poco. El desgaste por el uso, el robo de los textos (estaba prohibido prestarlos) y períodos de relativo abandono del mantenimiento significaron que, incluso cuando Julio César incendió algunos almacenes que contenían libros en los muelles de Alejandría, posiblemente algún tipo de depósito externo de la biblioteca, la Biblioteca de Alejandría ya había pasado su momento de máximo

esplendor[33]. Aunque tradicionalmente se asocia su destrucción a la invasión árabe del año 642 d. C., en general, se acepta que para entonces ya quedaba muy poco que destruir y, por desgracia, no ha sobrevivido ningún material original de esta gran

biblioteca[34].

La prueba más evidente de que los ptolomeos no estaban cerrados a la sabiduría de otros pueblos la encontramos en los antiguos autores, que informaron en repetidas y numerosas ocasiones de que Ptolomeo había encargado una traducción de la Biblia

hebrea[35]. Una historia muy famosa explica que 72 sabios judíos, acompañados por el gran sacerdote de Jerusalén, fueron enviados a Alejandría donde fueron instalados en 72 cubículos diferentes y se les ordenó entonces traducir el Pentateuco, aislados los unos de los otros. De estos cubículos salieron 72 traducciones idénticas, la

«Septuaginta», o «Biblia de los Setenta»[36]. En realidad, la Septuaginta fue apareciendo gradualmente a lo largo de varias décadas, para satisfacer, no solo la curiosidad de los ptolomeos y de sus eruditos, sino también la necesidad de los judíos de Alejandría, cuyo número de grecoparlantes aumentaba sin cesar; ni siquiera está claro que el gran filósofo Filón dominara el hebreo. Resulta interesante que la Septuaginta se basara en un texto hebreo que difería en diversos puntos del texto «masorético» de la Biblia hebrea conservada por los judíos, y que incluyera material apócrifo desechado en la Biblia judía. Una parte de estos materiales, por ejemplo el libro conocido con el nombre de «Sabiduría de Salomón», deja entrever una fuerte influencia de la filosofía helenística, otra prueba más de que los judíos de Alejandría no vivían aislados de la cultura helenística, sino que, por el contrario, la acogieron con entusiasmo. La Septuaginta fue una de las grandes contribuciones de Alejandría a la historia cultural del Mediterráneo, y fue adoptada por los cristianos de Constantinopla como el texto del Antiguo Testamento; es más, el cristianismo bizantino conservó la cultura judía de Alejandría en un grado mucho mayor de lo que hicieron los propios judíos, incluyendo la voluminosa obra de Filón.

Sería fácil producir un catálogo de los notables eruditos griegos que estudiaron en la Alejandría ptolemaica. Algunos de los más influyentes son también los más turbios: Euclides, ¿era un hombre o era un comité de matemáticos? En el siglo III, Eratóstenes, que obtuvo resultados de una extraordinaria precisión en sus cálculos del diámetro de la Tierra, trabajaba como bibliotecario en Alejandría; otro científico innovador fue Aristarco, que dedujo que la Tierra gira alrededor del Sol, aunque nadie le tomó en serio, y su influencia menguó más aún en la época romana, cuando otro alejandrino, Claudio Ptolomeo, publicó su propia e influyente descripción de la Tierra, a la que situaba en el centro del universo. En Alejandría existía una sólida tradición médica; los médicos aprendían a conocer mejor el cuerpo humano no solo practicando autopsias sino diseccionando a prisioneros vivos. Arquímedes tal vez pasara algún tiempo relativamente corto de su vida (287 — 212 a. C.) en Egipto, pero

mantuvo contacto con los matemáticos alejandrinos, entre ellos Eratóstenes[37]. La carrera de Arquímedes sirve para recordar la fascinación de la corte ptolemaica por las máquinas ingeniosas. Una de ellas se ha recuperado del fondo del mar Mediterráneo, frente a la isla de Anticitera, y parece ser una maqueta mecánica del

universo[38]. La ciencia alejandrina sobrepasaba el interés local. La importancia de los descubrimientos e invenciones de muchos de estos personajes perduró, y corroboraron, más si cabe, la gran vitalidad de la cultura helenística, cuya capital era Alejandría.

 

IV

 

Alejandría no puede estudiarse aislada. Su prosperidad comercial dependía de sus relaciones con el Mediterráneo oriental, y con el occidental, que llegaban, en el lejano oeste al menos, hasta ciudades como Cartago. Otro lugar en el Mediterráneo oriental llenó también el vacío que había dejado la decadencia de Atenas como la gran potencia marítima y cultural: Rodas, cuya aristocracia isleña de origen griego logró conservar la independencia, aun cuando los generales macedonios se estuvieran dividiendo entre ellos y a toda prisa el mundo más allá. En el año 301, los rodios resistieron un intento de conquista del rey seleúcida, que llevó 40 000 hombres desde Siria y asedió Rodas durante un año, pero al final, la firme resistencia de los isleños le obligó a retirarse; se trataba del primero de una serie de famosos asedios a Rodas. Para conmemorar esta victoria, los rodios construyeron una gigantesca estatua del dios-sol Helios que dominaba el puerto de Rodas, el famoso Coloso, terminada alrededor del año 280 a. C. Los rodios consiguieron incluso instaurar su propia hegemonía territorial sobre las islas del Egeo oriental y la costa de Asia Menor, territorios que se convirtieron en una importante fuente de suministros y de mano de

obra[39]. Los rodios tenían una gran necesidad de mano de obra porque pusieron a flote grandes armadas y consumieron mucha energía en limpiar las aguas de piratas, cuya aparición fue la consecuencia inevitable de la decadencia del poder marítimo de Atenas. Entre los años 206 y 203 a. C., realizaron grandes esfuerzos por eliminar a

los piratas que tenían su puerto de amarre en Creta[40]. Los rodios se consagraron al principio de que ninguna potencia debía dominar las aguas en las que ellos navegaban, y se marcaron el objetivo de mantener el equilibrio entre potencias rivales. Por lo tanto, aunque conservaran estrechos vínculos comerciales y políticos con el Egipto ptolemaico, estaban dispuestos a darles apoyo a los seleúcidas si la armada egipcia amenazaba con dominar el Mediterráneo oriental. Consiguieron todos sus objetivos sin intentar construir los absurdos y gigantescos barcos que tanto les gustaban a los ptolomeos y a los seleúcidas. Uno de los barcos preferidos de los rodios era el triemiolia, una versión adaptable del trirreme que podía navegar a vela y a remos al mismo tiempo, lo que hacía de estos barcos naves ideales para perseguir piratas; los rodios utilizaron además un tipo primitivo de fuego griego, unos proyectiles incendiarios que lanzaban sobre la cubierta de los barcos enemigos con la

ayuda de una larga pértiga[41].

Pese a la imponente flota de guerra creada por los ptolomeos, el tráfico comercial de Alejandría lo dominaban los barcos de Rodas, que podían llegar a Egipto en solo tres o cuatro días si tenían los vientos de popa, mientras que en invierno, el tráfico de

regreso a Rodas seguía activo, aunque mucho más lento[42] Didodoro escribió: «los rodios derivaban la mayor parte de sus ingresos de los mercaderes que iban a Egipto»; y añadía: «podría incluso afirmarse que su ciudad estaba mantenida por ese

reino»[43]. Eran los rodios los que transportaban la mayor parte de los cereales egipcios que se enviaban hacia el norte, y era Rodas desde donde salían las grandes cantidades de vino que llegaban a Egipto, puesto que los rodios habían plantado grandes viñedos por toda la isla; la prueba física de este comercio sobrevive en los sellos grabados en las asas de más de 100 000 ánforas rodias descubiertas en

Alejandría y alrededores[44]. Estas vasijas de vino también pueden encontrarse en yacimientos por todo el Egeo y hasta el mar Negro, y hacia el oeste, en Cartago y en Sicilia. Las fuentes antiguas calculan el valor anual del comercio rodio alrededor del año 200 a. C. en 500 000 drachmai, basándose en un impuesto del 2 por 100 aplicado

al tráfico entrante y saliente y que producía un millón de [45] drachmai cada año. Una red de banqueros rodios que abarcaba el Mediterráneo central y oriental adelantaba crédito, lubricando así las redes comerciales del Mediterráneo, y el peso estándar de las monedas rodias fue adoptado por otras ciudades e islas del Egeo. Gracias a todo ello, los rodios se ganaron el aprecio, y no la enemistad de sus vecinos, por ello, cuando en el año 227 o en el 226 a. C., Rodas fue arrasada por un terremoto, los ofrecimientos de ayuda llegaron desde Sicilia, Egipto, Asia Menor y Siria.

El otro importante centro de comercio y de finanzas del mundo helenístico era Delos, utilizada al principio por los rodios como cámara de compensación de su

comercio regional[46]. A partir del año 168 a. C., los romanos, que habían cometido la imprudencia de enfrentarse al rey de Macedonia en una guerra de la que nadie salió vencedor, empezaron a entrometerse en las redes comerciales del Egeo, y comenzaron a tratar a los rodios, no como aliados (y valiosos socios comerciales), sino como un estado satélite, dando por sentado que Rodas pondría su flota al servicio de Roma en el conflicto de los romanos con el rey de Macedonia. En represalias por la falta de entusiasmo de los rodios, el Senado romano alentó a un aliado más servil a hacerse cargo de Delos, bajo dos condiciones: la población indígena debía ser expulsada y la isla tenía que funcionar como un puerto franco. Delos fue repoblada por una comunidad de mercaderes, entre ellos muchos italianos del sur, que garantizaron el mantenimiento y la mejora de los vínculos con el occidente; la población de la isla aumentó hasta unas 30 000 personas alrededor del año 100 a. C. Los negocios y el comercio abandonaron Rodas, que inició un rápido declive; se dijo que los ingresos comerciales de Rodas cayeron en picado hasta las 15 000 drachmai. El éxito comercial de Delos impulsó la ya sólida reputación de su santuario. Las excavaciones en Delos han dejado al descubierto grandes áreas comerciales que carecían de fortificaciones: las protegía la santidad de la isla. Habían varios agorai, mercados para los mercaderes italianos equipados no solo con columnatas, pórticos, tiendas y despachos, sino también de santuarios consagrados a los dioses preferidos de los mercaderes, tales como Poseidón, el señor de los mares, o Hermes, el mensajero de los dioses. Los italianos impulsaron el comercio en perfumes y ungüentos, y forjaron vínculos indirectos a través de Siria y de las rutas comerciales nabateas que se adentraban hasta las fuentes del olíbano y de la mirra en Arabia. También mantenían un comercio muy activo de esclavos víctimas de la piratería, que a finales del siglo II se había intensificado a causa del resurgimiento de los piratas cilicios en el este (consecuencia, sin duda, de la decadencia de Rodas, que con tanta eficacia había patrullado y vigilado las aguas frente a las costas de Anatolia). Al llegar la época romana, Delos se consideraba «el mayor emporio de

toda la tierra»[47].

Aunque la fortuna de Delos se construyó, hasta un cierto punto, sobre la desgracia de Rodas, su éxito constituye otra prueba más que corrobora el modo en el que, durante los siglos III y II a. C., las redes comerciales y de negocios del Mediterráneo oriental se integraron cada vez más en un sistema coherente y bien gestionado, primero bajo la hegemonía de Rodas, y después bajo la de Delos. Delos incorporó nuevos socios comerciales, ampliando la red para incluir en ella a los mercaderes de Puteoli en la bahía de Nápoles. El mundo helenístico estaba políticamente fragmentado en tres unidades principales, Grecia, Siria y Egipto, y sin embargo, empezaba a surgir como un único dominio comercial, aunque faltaba un elemento: la gran ciudad de Cartago, que había desaparecido del mapa a mediados del siglo II a. C. Es necesario ahora retroceder en el tiempo y examinar cómo ocurrió esta desaparición, y cómo los rústicos y primitivos romanos llegaron a controlar incluso las aguas griegas antes del año 100 a. C.