El Gran Mar

David Abulafia · Capítulo 17 de 48

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El Gran Mar

Capítulo 10. Des-integración, 400 — 600

Capítulo 10

 

DES-INTEGRACIÓN, 400 — 600

 

I

 

Desde que Edward Gibbon escribiera su Decadencia y caída del Imperio Romano, los historiadores han dedicado mucha energía a intentar responder a la pregunta de por qué y cuándo cayó este gran imperio, y de si en realidad lo hizo, y se han propuesto al menos 210 explicaciones, algunas de ellas francamente ridículas, («semitización»,

homosexualidad, decadencia de la masculinidad[1]). El argumento que sostiene que fueron las invasiones bárbaras las que destruyeron Roma, tanto la ciudad como su

imperio, perdió favor y lo ha recuperado[2]. Algunos historiadores han insistido en que todo el concepto de «caída de Imperio Romano» es erróneo, y han hecho

hincapié en la continuidad del legado romano[3]. Aun así, desde una perspectiva mediterránea, ha quedado más que demostrado que al llegar el año 800, la unidad del Gran Mar ya se había hecho pedazos, lo que nos deja varios siglos en los que situar el proceso de desintegración, y varios sospechosos: los bárbaros germanos en el siglo V y posteriores, los conquistadores árabes en el siglo VII, y Carlomagno y sus ejércitos conquistadores en el siglo VIII, por no mencionar los conflictos internos consecuencia de las luchas por el poder de los generales romanos que buscaban o bien el control regional de algunos territorios o bien la corona imperial. Es evidente que no existe una única «causa» de la decadencia de Roma, sino que fue, precisamente, este cúmulo de problemas lo que llevó a su fin al antiguo orden y provocó la ruptura del «segundo Mediterráneo».

Durante el largo período transcurrido entre los años 400 y 800, el Mediterráneo se dividió política y económicamente: los emperadores romanos se dieron cuenta de que la tarea de gobernar los territorios mediterráneos y las grandes extensiones de Europa al oeste del Rin y al sur del Danubio sobrepasaba la capacidad de un solo hombre. Diocleciano, que gobernó a partir del año 284, instaló su capital en el este, en Nicomedia, y confió el gobierno del imperio a un equipo de emperadores adjuntos, primero otro «Augusto» en el oeste, y más tarde, entre 293 y 305, otros dos emperadores adjuntos más, o césares, un sistema conocido con el nombre de

Tetrarquía[4]. La decisión de Diocleciano de instalar su residencia en Nicomedia constituyó, en sí misma, el preludio a la decisión de Constantino de fundar una Nueva Roma en el año 330; tras estudiar la posibilidad de erigir esta ciudad en el lugar donde se había alzado Troya, según los romanos, la ciudad de la que procedía Roma, Constantino decidió hacerlo en el emporio de Bizancio, dotada de un magnífico puerto y en una excelente situación estratégica en la ruta comercial que unía el mar Negro al Mediterráneo. El otro inesperado cambio que tuvo lugar fue, por supuesto, que Constantino aceptara oficialmente el cristianismo, tras siglos de permanencia en la clandestinidad.

Los emperadores occidentales mantuvieron su capital en Italia hasta el año 476, cuando el último emperador, que llevaba el muy oportuno nombre de Rómulo Augústulo, «el pequeño emperador», fue derrocado por el caudillo germano Odoacro. El centro de poder, no obstante, ya se había desplazado hacia Oriente, un hecho que, en sí mismo, ya significaba el reconocimiento de las realidades económicas del Mediterráneo: era en Oriente donde seguía prosperando el mundo comercial de las eras ptolemaica y helenística, y puertos muy activos como el de Alejandría, Gaza o Éfeso estaban unidos por vínculos comerciales y por su cultura griega común. Aunque establecer un contraste entre un Oriente predominantemente urbano y un Occidente predominantemente rural sería simplificar demasiado, puesto que los territorios orientales seguían poblados sobre todo por granjeros y pastores, lo cierto era que la concentración de ciudades en las costas del Mediterráneo oriental y la diversidad de cultivos en las regiones orientales habían creado una economía más compleja. En los museos todavía pueden admirarse los lujosos tejidos egipcios de finales de la época romana, y el volumen de artículos de lujo en circulación al este de Sicilia se había incrementado. El patrón de distribución de los productos más básicos también se modificó. Una de las consecuencias de la fundación de Constantinopla fue

que los cereales de Egipto se habían desviado ahora de la antigua Roma a la nueva[5], un cambio que en el año 330 parecía bastante inofensivo. En cualquier caso, África suministraba las dos terceras parte del trigo de Roma. África era una región próspera, y Cartago se había convertido en la mayor ciudad del Mediterráneo después de Roma y Alejandría. Si, como es posible, a finales del siglo III y en el siglo IV la población del imperio estaba sufriendo una disminución a consecuencia de las epidemias, la persistente fortaleza de las provincias del norte de África garantizó que la capital occidental pudiera seguir siendo alimentada. Los senadores y équites romanos y

cartagineses ampliaron sus propiedades africanas[6] y los gremios hereditarios de armadores, los navicularii, fueron puestos bajo protección imperial; sus miembros tenían derecho a reducciones fiscales y se les concedió la condición de équites. Aunque el fisco no intervenía directamente en la gestión de la navegación comercial, la protección imperial de la que gozaban los navicularii garantizó el dinamismo del tráfico de cereales. Los granjeros africanos también le daban un gran valor a las aceitunas y al vino como fuente de ingresos, y las exportaciones de aceite y vino en dirección a Italia y otros lugares hicieron prosperar la región. La «cerámica terra sigillata africana» se convirtió en la cerámica más utilizada no solo en el Mediterráneo sino también en las regiones más interiores de Galia y de lugares tan alejados como Britania. Entre los artículos que llegaban a cambio se encontraban los ladrillos italianos, y no porque los africanos no conocieran el ladrillo, sino porque los ladrillos eran un excelente lastre en los barcos cerealeros que regresaban a África de

vacío tras haber descargado su trigo[7]. Fue una época de auge económico en África, y más especialmente en Cartago. La ciudad estaba bien diseñada, con un trazado de calles que se entrecruzaban, y en ella se alzaban hermosos edificios: los cartagineses sentían un especial orgullo por su anfiteatro, y resultaba difícil sacarles de los juegos, incluso cuando la amenaza de los ataques de los bárbaros se cernía sobre la ciudad. El puerto de la ciudad constituía la gloria de Cartago: durante el reinado de Trajano, el antiguo puerto circular había sido restaurado, y se había construido un elegante puerto exterior hexagonal, una réplica del puerto hexagonal de Portus, cerca de Ostia;

todavía en la actualidad puede distinguirse el contorno de los «puertos púnicos»[8].

África era también una región pacífica. Las fronteras exteriores del imperio llevaban sufriendo los ataques de los bárbaros desde el siglo III; en la remota Britania, los «condes de la costa de Sajonia» organizaron la defensa contra los agresores germánicos que llegaban a través del mar del Norte. Incluso cuando las hordas de godos, suevos y otros pueblos germánicos cruzaron Galia, Italia y España alrededor del año 400, e incluso después del saqueo de Roma en 410, África parecía un lugar

seguro[9]. A un intelectual africano, Agustín, que se convertiría en obispo de Hipona y fallecería en el año 430, el saqueo de Roma le conmocionó tanto que le inspiró a escribir su obra maestra, La ciudad de Dios, en la que se demostraba que hay una «ciudad» celestial que se superpone y es superior a la frágil ciudad terrenal e imperio de Roma. Ahora bien, Hipona y Cartago parecían estar protegidas por el mar, y a los bárbaros se los conocía como soldados, y no como marinos. Los godos, en Italia, quedaron atrapados en un cuello de botella y ni siquiera pudieron cruzar el mar desde Calabria hasta Sicilia, y otros grupos de bárbaros, los vándalos y los alanos, se dirigieron hacia el oeste, hacia las montañas de España. Resultaba difícil imaginar que pudieran plantear una amenaza.

Los vándalos eran pueblos germánicos y durante un tiempo poblaron las regiones que ahora forman parte del sur de Polonia; eran seguidores del cristianismo arriano, igual que la mayor parte de los pueblos bárbaros, y acataban un credo que sostenía que el Hijo no tenía la misma naturaleza que el Padre y que tampoco era igual de eterno, sino que procedía del Padre. El término «vandalismo», aunque se haya convertido en un sinónimo de destrucción, no sería acuñado hasta el año 1794, por un

obispo francés consternado por la destrucción desatada por los revolucionarios[10]. No cabe ninguna duda de que a los vándalos les apasionaba acumular riquezas, y que los reyes vándalos se mostraban muy reacios a liberar el oro y la plata que tenían atesorados e incorporarlos a la economía, un proceso que los historiadores de la economía denominan thésaurisation (tesorización). Los alanos, en cambio, eran originarios del Cáucaso y habían emigrado al sureste de Europa, hablaban una lengua iraní, y tenían costumbres muy diferentes a las de los vándalos, por ejemplo, no utilizaban esclavos. Estos insólitos aliados entraron en España y se la repartieron, pero en el año 416, el caudillo godo Walia, al amparo de una alianza reciente y de breve duración entre godos y romanos, invadió España, se lanzó contra ellos y los masacró. A los bárbaros, en general, se les daba mejor pelear entre ellos que luchar contra los romanos. Al parecer, los vándalos fueron aniquilados y se dijo que desaparecieron casi por completo de Bética, aproximadamente la moderna Andalucía. Tras una derrota tan aplastante, los supervivientes necesitaban buscar otras tierras. Su objetivo era conquistar y asentarse, no el de saquear y desaparecer, y para ello, eligieron, África, una elección que parecía lógica, puesto que la tenían cerca. En el verano de 429, conducidos por su tullido pero implacable rey Genserico, los vándalos se pusieron en marcha hacia el estrecho de Gibraltar.

 

La región alrededor de Tánger, Mauretania Tingitana, estaba gobernada desde España y era la única base romana en una zona controlada por los reyes mauretanos cuya relación con Roma había sido, en general, cortés y cautelosa. Roma le daba a esta región menos valor que a otras zonas del norte de África, por lo que se

contentaba con mantener alianzas poco rígidas[11]. A Genserico, por su parte, le interesaba más hacerse con el control de regiones más ricas de África. Cartago se encontraba en una tierra prometida en la que abundaban el trigo y los olivos, y que

transmitía una mayor sensación de opulencia que el sur de España[12]. El rey vándalo necesitaba hacer cruzar el estrecho a 180 000 soldados, mujeres y niños (una cifra que sugiere que la historia de la aniquilación casi total de los vándalos en Bética

había sido una exageración[13]), pero no tenía barcos, y muchas de las embarcaciones que surcaban estas aguas podían transportar unas setenta personas como mucho. Si logró reunir algunos centenares de embarcaciones, no demasiado grandes, podría haber hecho cruzar el estrecho a todos ellos en alrededor de un mes, lo que suscita la pregunta de dónde encontró todos esos barcos. Tomó una ruta que le llevó a través del estrecho de Gibraltar por el lado atlántico, saliendo de Tarifa, el punto más al sur de España, para llegar a las playas que hay entre Tánger y Ceuta. Esta breve travesía, repetida una y otra vez en unas aguas con frecuencia inhóspitas, incluso en verano, llevó a los vándalos y a los alanos hasta Mauretania Tingitana; allí no se entretuvieron demasiado, y emprendieron en seguida el viaje por tierra hacia el este,

hasta Hipona, adonde llegaron tres meses más tarde, en mayo o junio del año 430[14]. Los vándalos no tenían experiencia en asedios e Hipona resistió catorce meses bien protegida por sus murallas romanas, un excelente ejemplo de previsión, puesto que durante los largos años de pax romana, el mantenimiento de las defensas hubiera podido quedar desatendido. Entre los que observaban lo que ocurría en el exterior de la ciudad estaba su obispo, Agustín, que falleció durante el asedio, no sin antes hacer la reflexión de que la destrucción que los herejes bárbaros habían llevado a Roma amenazaba ahora a su propia provincia.

Tras la conquista de Hipona, Genserico instauró un nuevo orden arriano en el que casi 500 obispos católicos fueron expulsados de sus a menudo minúsculas diócesis por mantenerse fieles a las enseñanzas del Concilio de Nicea, expulsiones que marcaron el abandono de los arrianos de la práctica de tolerancia hacia los

católicos[15]. Al final, los vándalos lograrían también conquistar Cartago, pero Genserico hizo gala de una gran paciencia, y la ciudad no cayó hasta el año 439, aunque para entonces los vándalos ya se habían apoderado de la región que rodeaba la ciudad; Cartago se convirtió en la nueva capital del reino de los vándalos. Los vándalos de África, no obstante, no eran destructores y le debían mucho al antiguo orden. Genserico cayó en la cuenta de que no tenía que ser solo el rey de su pueblo, como indicaba su título oficial: rex Vandalorum et Alanorum, «rey de los vándalos y

de los alanos»[16]. En el año 442, los vándalos firmaron un tratado con los romanos

en virtud del cual su rey ejercería total soberanía sobre el territorio[17]. No tenemos ninguna prueba que demuestre que el gobierno de los vándalos llevara a la decadencia económica, aun cuando una gran parte del oro acumulado por Genserico permaneciera en su tesorería. Los programas de construcción siguieron adelante, los mercaderes orientales llegaron a Cartago llevando consigo las monedas bizantinas, los comerciantes del norte de África viajaron al este, y el elegante puerto comercial

de Cartago fue renovado[18]. El número de ánforas procedentes del Mediterráneo oriental importadas a Cartago durante el período vándalo aumentó significativamente. Los cartagineses comían en la mejor vajilla de cerámica de terra sigillata fabricada en la región. El hecho de que los cereales y el trigo norteafricano ya no fueran requisados para ser exportados a Roma, sino que los comerciantes locales eran

quienes gestionaban ahora su exportación, estimuló la actividad económica[19]. A los vándalos les gustaban las sedas orientales, las casas de baño, los banquetes y los teatros, y también apostar. Se dedicaron al mecenazgo de la poesía latina, y se romanizaron tanto como los godos, quienes, tras instalarse en Italia, empezaron a

embellecer Rávena, su capital[20]. Igual que los godos, los vándalos conservaron sus nombres germánicos (Guntamundo, Trasamundo, etc.) a través de las generaciones, aunque el latín, y en menor grado, el púnico, funcionaban como la lingua franca de África. La conquista no interrumpió la vida rural, como demuestran unas extraordinarias actas notariales privadas de un terrateniente del reino vándalo, unas

tablillas de madera conocidas con el nombre de «tablillas Albertini»[21]. El antiguo sistema no se limitó a sobrevivir, sino que conservó toda su energía tradicional. Las poblaciones romana, púnica y mora del noroeste de África suministraron los barcos

necesarios para sostener el estado vándalo[22], y estas embarcaciones se utilizaban para el comercio o el transporte de tropas según lo exigieran las circunstancias. En el año 533, el rey Gelimer poseía 120 barcos que envió a Cerdeña con la esperanza de poder derrotar el gobernador rebelde de la isla. Los vándalos no necesitaban barcos de guerra tradicionales: cuando cruzaban el mar a la conquista de otras tierras, lo

único que necesitaban era poder trasladarse ellos, sus caballos y sus armas[23].

Los dominios del reino vándalo no se limitaban a las provincias africanas del Imperio Romano. Incluso antes de la invasión de África, los vándalos habían

realizado incursiones contra las islas Baleares, que se anexionaron en el año 455[24]. Tras la muerte del victorioso general Aecio en el año 454, y el asesinato al año siguiente del mucho menos competente emperador romano occidental Valentiniano

III[25], los vándalos vieron nuevas oportunidades de expansión. Su expedición más audaz llevó al ejército vándalo hasta Roma en junio del año 455. El objetivo no era la guerra santa arriana contra los católicos, sino el saqueo: los soldados vándalos habían recibido instrucciones de no destruir ni matar, sino de encontrar riquezas, en especial el tesoro imperial. Salieron de Roma con un inmenso botín que incluía una gran cantidad de esclavos (a quienes trataron con muy poca consideración, separando a las esposas de sus maridos, y a los hijos de sus padres). Según algunas de las crónicas, este tesoro contenía el gran candelabro y algunos recipientes de oro que Tito se había llevado del templo de Jerusalén, y que fueron conservados en Cartago como trofeos

hasta que los bizantinos recuperaron la ciudad en el año 534[26]. En 455 o 456, Genserico también conquistó Córcega y utilizó la isla como fuente de suministro de madera para sus barcos, obligando a los obispos católicos desterrados en la isla a trabajar como leñadores. En la misma época, los vándalos se lanzaron a la conquista de Cerdeña, aunque la perdieron alrededor del 468 y no pudieron recuperarla de nuevo hasta el año 482 aproximadamente. En esta isla instalaron a los moros expulsados de su territorio africano, conocidos con el nombre de barbarikinoi, y que le dieron su nombre a las escarpadas montañas de Barbagia, al noreste de Sicilia. Tampoco se echaron atrás ante la conquista de Sicilia, y llevaron a cabo implacables batidas en el estrecho de Sicilia ya desde el año 440, y una vez más en 461 o 462, año a partir del cual lanzaron asaltos anuales contra la isla. Lograron arrebatarles el control de Sicilia a los romanos durante un tiempo, pero poco antes de la muerte de Genserico (en 477, tras medio siglo de guerrear), llegaron a un acuerdo con el general germánico Odoacro, que había derrocado al último emperador occidental unos pocos meses antes, y que ahora gobernaba con el título de rey de Italia. Odoacro pagó tributo por Sicilia pero a los vándalos solo les dejó controlar el extremo más occidental, alrededor de Masala. Con todo, durante un tiempo parecía que los vándalos iban a controlar los tres graneros del Mediterráneo occidental: África,

Sicilia y Cerdeña[27]. Después, tras decidir que ya habían obtenido de Sicilia y de Italia todo lo que podían esperar extraer de ambos lugares, en los últimos años del reinado de Genserico, se lanzaron contra las costas de Grecia y de Dalmacia y destruyeron Zante, en las islas Jónicas.

Los vándalos habían creado un imperio marítimo de un carácter muy distintivo. No hay nada que demuestre que alentaran la piratería en alta mar, ni tampoco que sus reyes mostraran un interés personal en el comercio. Los vándalos sabían que habían puesto la punta de la daga sobre la yugular de Roma cuando se hicieron con el control de los graneros del imperio, y es posible que las hambrunas registradas en Italia alrededor del año 450 fueran agravadas, o incluso causadas, por la intromisión de los vándalos en el tráfico y el comercio de cereales y trigo. Los vándalos no se enfrentaron demasiado a menudo a las flotas del Imperio Romano, puesto que este tipo de guerra naval era algo infrecuente en aquella época (aunque, en la década de 460, Genserico logró destruir dos flotas bizantinas). Si bien el momento cumbre del imperio vándalo fue el reinado de su fundador, Genserico, los vándalos se mantuvieron como una potencia significativa durante los sesenta años que siguieron a la muerte de Genserico, en el año 477. Al llegar el año 500, los ostrogodos arrianos («godos del este») gobernaban Italia, los vándalos arrianos gobernaban África y los visigodos arrianos («godos del oeste») gobernaban España y el sur de Galia. La geografía política, étnica y religiosa del Mediterráneo había experimentado un cambio decisivo en el siglo y medio transcurrido desde la fundación de la Nueva Roma. El proceso de desintegración estaba en marcha.

 

II

 

Esta desintegración debe interpretarse de varias maneras. El Mediterráneo occidental y el oriental se fueron separando de forma gradual, y ambos sufrieron una serie de crisis que afectaron gravemente a las regiones orientales, pero de las que las regiones occidentales se recuperaron con mayor rapidez y de forma más decisiva. Las invasiones tuvieron también espectaculares repercusiones en el primer estado bizantino, pero en Occidente, desembocaron en la desaparición de la autoridad imperial, mientras que en el este, la autoridad imperial sobrevivió a las grandes incursiones de godos, eslavos, persas y árabes que llevaron a los invasores incluso hasta los pies de las inexpugnables murallas de Constantinopla en el siglo VII, cuando las tribus eslavas controlaban la mayor parte de Grecia. Ahora bien, la amenaza que se cernía sobre la economía de todo el Mediterráneo procedía de la embestida de un agresor completamente diferente. En la década de 540 llegó al Mediterráneo la peste, posiblemente la bubónica y neumónica, de patología muy similar a la peste negra del

siglo XIV[28]. Igual que la peste negra, la peste de la época de Justiniano se cobró la vida de una inmensa cantidad de personas, tal vez el 30 por 100 de la población de Bizancio, y más en especial de los residentes de las ciudades. Los inviernos fríos y secos del Mediterráneo oriental habían traído la sequía y la hambruna, y es posible que cambios climáticos similares mucho más al este liberaran la peste de los territorios de Asia oriental, donde era residualmente endémica, y permitieran que la

enfermedad se extendiera hacia el oeste[29]. Por añadidura, una fase de enfriamiento, a finales del Imperio Romano, podría haber resultado en el deterioro del suelo, al mismo tiempo que el abandono de las terrazas construidas para el cultivo de viñas y olivos pudo haber desembocado en corrimientos de tierras y erosión. Sin embargo, estamos ante el problema del huevo y la gallina: el abandono de las viñas y de los olivares presupone una disminución de la demanda, y algo tenía que haber motivado dicho descenso. Otro punto de vista sostiene que la sobreexplotación del suelo por una población que se había multiplicado a gran velocidad en las costas del Mediterráneo, que exigía más y más trigo y cereales, desnudó el suelo de árboles y de otros arbustos protectores, a raíz de lo cual, la capa superficial del suelo fue arrastrada hasta las desembocaduras de los ríos, que quedaron obstruidas por los sedimentos. Por lo tanto, una serie de accidentes ecológicos (puesto que los habitantes de aquellos años no podían darse cuenta de los efectos de sus acciones) deterioraron el suelo cultivable que les alimentaba, provocando hambrunas y sequías. Sería de esperar entonces que el descenso demográfico por todo el Mediterráneo se hubiera iniciado antes de la llegada de la peste, que se abatió con más violencia aún sobre una población ya debilitada debido a la falta de defensas frente a las enfermedades consecuencia de la escasez alimentaria y de las epidemias locales de

enfermedades menos virulentas[30]. Todo lo anterior puede parecer bastante teórico, pero tenemos las pruebas suficientes, del norte de África, de Éfeso en Asia Menor, de Olimpia en Grecia, de Nora en Cerdeña y de Luni en el noroeste de Italia, que

demuestran que la sedimentación y la obstrucción de los ríos ocurrió[31].

Durante su reinado, el emperador bizantino Justiniano I (527 — 565) realizó enérgicos esfuerzos, pese a la expansión de la epidemia, para reinstaurar la hegemonía romana sobre todo el Mediterráneo. Antes del ataque de la peste, Justiniano ya había recuperado el control de Cartago (534), ciudad en la que invirtió una gran cantidad de dinero, edificando un nuevo pórtico en su famoso puerto circular, y construyendo también nuevas murallas rodeadas de nuevos fosos, puesto que los acontecimientos ocurridos un siglo atrás habían demostrado que incluso una ciudad del norte de África podía ser vulnerable a un ataque por tierra. Al desmoronamiento del reino vándalo le siguió la guerra gótica en Italia; los ejércitos bizantinos, acaudillados por Belisario, el brillante general de Justiniano, barrieron Sicilia y, apenas dos años después de la caída de Cartago, conquistaron Nápoles utilizando una treta ya clásica, entrar en la ciudad a través de un túnel. Justiniano consideraba la recuperación de Italia una cuestión de especial prestigio; Rávena, que había sido la capital de los reyes ostrogodos, se convirtió una vez más en la sede de los funcionarios del imperio, los exarcas, y su puerto, Classis, recuperó su función de puerto de amarre de la armada bizantina. El puerto de Nápoles fue fortificado, puesto que después de que Belisario hubiera recuperado la ciudad para el emperador, los

enemigos godos de Justiniano seguían descontrolados[32]. El largo brazo de Bizancio se extendía incluso hasta la costa cercana a Génova, las primeras señales de actividad económica en una región que se convertiría en uno de los grandes centros de

comercio del Mediterráneo medieval[33]. Justiniano, a quien no le arredraba tener que luchar en varios frentes, también envió ejércitos al sur de España, donde se enfrentó a la oposición de los visigodos y se hizo con el control de la región alrededor de Cartagena. Con Cerdeña y las Baleares también bajo soberanía bizantina, se creó una cadena de comunicaciones que, desde el corazón del territorio bizantino, se extendía en dirección a Ceuta y hasta el estrecho de Gibraltar.

El intento de Justiniano de restaurar un Imperio Romano pan-mediterráneo sometió los recursos de Constantinopla a una gran presión en una época de crisis

económica en la que la guerra y la peste habían dañado gravemente a Italia[34]. Pese al desplome demográfico que siguió a la epidemia de peste, los intentos de mejorar los puertos y de reforzar las defensas de las ciudades portuarias siguieron adelante con optimismo. A fin de reforzar los vínculos entre Constantinopla e Italia, la ciudad de Dirraquio (la antigua Epidamnos) fue rodeada de una impresionante serie de murallas y torres, parte de las cuales todavía permanecen en pie. Dirraquio estaba situada en el extremo occidental de la ruta terrestre que llevaba a Constantinopla, la Vía Egnatia, aunque obras similares en Corinto facilitaron también el acceso marítimo al Egeo, pese a que una gran parte de la población, muy reducida por la

peste, hubiera huido a refugiarse a la isla egea de Egina[35]. Una historia similar puede explicarse de Cartago. Las obras del puerto no garantizaron la vitalidad económica de la ciudad. Después de que los bizantinos recuperaran Cartago, la cantidad de ánforas orientales disminuyó de forma muy significativa. Paradójicamente, en el preciso momento en el que el imperio oriental imponía su control sobre Cartago, los lazos comerciales con el este se debilitaron, y es posible que la causa de este declive del comercio fuera la reanudación de los intentos de

someter el comercio de los cereales y del trigo al control estatal[36].

El siglo VI fue también un siglo en el que el Mediterráneo oriental vivió vicisitudes muy diversas; Éfeso experimentó un espectacular declive, igual que Atenas y Delfos, aunque Alejandría conservó su dinamismo, y su población de unos cien mil habitantes, hasta mediados de siglo. En algunos lugares, no obstante, surgió una nueva vitalidad: en el siglo VII, después de un terremoto, la ciudad de Gortina, en Creta, fue adornada con elegantes nuevos edificios y se convirtió en el centro de una próspera industria alfarera. Una de las ventajas de Creta, y también de Chipre, era que las invasiones eslavas no habían llegado a estas islas. Los tesoros de monedas de oro de principios del siglo VII dan fe de su ininterrumpida prosperidad. Varias islas egeas, como Samos o Quíos, acogieron a los refugiados que huían de los eslavos, y se vieron revitalizadas por la llegada de nuevos habitantes en una época en la que la

población disminuía en otros lugares[37] La «ley marítima rodia» se impuso como el

código marítimo que se aplicaba en Bizancio y más allá[38]. Bizancio no se enfrentó solo a los bárbaros del norte, sino también a la sofisticada amenaza de los antiguos rivales del mundo griego, los emperadores persas, cuyas invasiones tuvieron efectos devastadores sobre las ciudades de la costa mediterránea. Sardis, hasta el año 616, fue una impresionante capital regional, cuyas calles, bordeadas de pórticos, estaban pavimentadas con mármol, y tenía una de las mayores sinagogas el Mediterráneo; los persas destruyeron la ciudad y dejaron una montaña de ruinas calcinadas, y Sardis

nunca fue reconstruida. Pérgamo, famosa por su biblioteca, sufrió la misma suerte[39].

Algunas de las antiguas redes comerciales sobrevivieron a estas calamidades, e incluso adquirieron nueva vitalidad. Cuando se reinstauró en la región el dominio bizantino, Classis exportaba trigo de la cuenca del Po. Por otra parte, se debilitaron los lazos de Nápoles con África, que en el pasado había suministrado grandes cantidades de trigo a esta ciudad, una reducción que puede medirse a partir de la disminución de la cantidad de cerámica africana, antes muy abundante, descubierta

en los niveles del siglo VI [40] de los yacimientos arqueológicos de Nápoles. La

decadencia de la cerámica de terra sigillata africana se contrapone a la llegada a Nápoles de grandes cantidades de cerámica procedente del Mediterráneo oriental, entre la que podemos encontrar ánforas de Samos, una de las islas que florecieron

mientras la Grecia continental se derrumbaba bajo el dominio de los eslavos[41]. De hecho, alrededor del año 600, apareció cerámica de Samos en Roma, Rávena, Siracusa y Cartago; por lo tanto, parece evidente que se mantuvieron los vínculos entre los territorios recién recuperados en Italia y África, y tal vez se vieran incluso reforzados. El sur de Italia y Sicilia mantuvieron sus vínculos con el mundo exterior, y los monarcas lombardos del sur de Italia pudieron acuñar monedas de oro. El Adriático se había convertido en un lago periférico bizantino, y es en este período cuando, en su parte más superior, empiezan a detectarse los primeros movimientos en un grupo de cenagosas radas, las comunidades a partir de las cuales surgiría Venecia. Las condiciones eran más difíciles más al oeste. Luni inició una caída en picado de la que nunca se recuperaría, y alrededor del año 600, sus habitantes solo podían acuñar

monedas de plomo[42]. Génova y Bizancio mantenían algunos lazos, pero es posible que fueran más políticos que comerciales. Marsella seguía a la cabeza de los centros de comercio del Mediterráneo occidental, pero ya no era más que una pálida sombra de la gran ciudad griega del pasado. En el siglo VI, se redujo el número de ánforas orientales, al llegar el año 600, apenas superaban la cuarta parte de las que solían llegar alrededor del año 500, y en el siglo VII, desaparecieron. Por otra parte, en el siglo VI, se observa una recuperación de las ánforas africanas, lo que demuestra que el comercio de media distancia en el Mediterráneo occidental seguía funcionando a través de Marsella. Los contactos con el este tampoco se cortaron por completo. El obispo Gregorio de Tours, cronista de los espantosamente brutales reyes merovingios de Galia, mencionaba vino procedente de los puertos sirio-palestinos de Gaza y de

Laodicea[43], una afirmación que ha sido corroborada de forma asombrosa por el pecio de un barco de la época de Gregorio descubierto cerca de Port Cros, en la costa

del sur de Francia. El barco transportaba ánforas de vino del Egeo y de Gaza[44].

De este período se han identificado unos ochenta pecios. Alrededor del año 600, un barco que transportaba brea, cerámica norteafricana, ánforas y jarras de Gaza con inscripciones en escritura griega naufragó frente a la costa del sur de Francia; la construcción del barco era deficiente, a base de madera delgada y juntas mal ensambladas y, por lo tanto, era previsible que se fuera a pique. El barco no era grande, desplazaba menos de 50 toneladas y su capacidad no llegaba a los 8000

modios de trigo, apenas una fracción de la de los barcos cerealeros romanos[45]. Los cargueros de los siglos VI y VII eran más pequeños que sus antecesores romanos. Un pecio hallado frente a las costas de Turquía, en Yassi Ada, que data de alrededor del año 626, fue construido usando clavos más ligeros que los que hubieran utilizado los romanos; desplazaba algo más de 50 toneladas y su construcción era barata y de mala

calidad, «duraba el tiempo suficiente para sacarle un buen beneficio»[46]. Por otra parte, tenía una cocina muy bien equipada, con techo cubierto de tejas, y su contenido, cuencos, platos y tazas, parece indicar que procedía del Egeo y de

Constantinopla[47]. De vez en cuando, también se hundían barcos con cargas más valiosas: el pecio Marzameni de Sicilia data de alrededor del año 540, y transportaba hasta 300 toneladas de mármol verde y blanco. El barco transportaba también el mobiliario y la decoración de toda una iglesia, similar a los que adornaban las iglesias de Rávena y de Libia. Estas piezas habían sido enviadas al otro lado del mar como propaganda de la uniformidad religiosa: un estilo único de diseño de iglesia debía

reflejar una teología única bajo un único emperador, Justiniano el grande[48]. Los pecios del Mediterráneo oriental apuntan a la existencia de contactos más intensos entre las islas y las costas. Un barco naufragado frente a la costa del suroeste de Turquía, en Iskandil Burnu, y que data de finales del siglo VI, transportaba vino de Gaza y lo que ha sido identificado como una cazuela kosher, así que es muy posible que el armador del barco fuera judío (igual que en la historia de Amaranto, el capitán

judío de principios del siglo [49] V ).

El balance final de Bizancio combina las pruebas de una profunda depresión económica con las pruebas que demuestran una vitalidad constante, más marcada en las islas del Mediterráneo oriental, algo que solo podría esperarse después del terremoto demográfico consecuencia de la epidemia de peste. El mapa comercial del Mediterráneo se modificó por completo, los antiguos centros desparecieron mientras otros nuevos adquirían vitalidad. Los nodos de vitalidad económica que habían sobrevivido sembraron el germen del Mediterráneo bizantino e hicieron posible el resurgimiento de los siglos VIII y IX. Más hacia el oeste, la recuperación fue mucho más lenta y difícil.