El paraíso maldito

Iker Jimenez · Capítulo 2 de 28

Páginas del PDF

El paraíso maldito

Introducción

 

Existe en este reino un áspero valle infestado de demonios, un lugar que los pastores creen habitado por salvajes,

gente ni vista ni oída de lengua, de usos distintos a los nuestros, que andan desnudos y piensan ser solos en la

Tierra. Algún testigo declaró haberles oído voces góticas y otras imposibles de entender.

Padre carmelita P. NIEREMBERG, Curiosa Philosophiae, 1600

Y allí estaban aquellos seres aguardándonos. Mitad hombres y mitad bestias.

LOPE DE VEGA, Las Batuecas del Duque de Alba, 1638

 

La fertilidad del suelo de este valle es tan abundante que algunos dicen es el remedo del Paraíso Terrenal, y lo

parece por la fragancia de tanta flor de albahaca, cinamomos, arrayanes, cedros, cipreses, naranjos…

TOMÁS GONZÁLEZ DE MANUEL, Verdadera relación y manifiesto del descubrimiento de Las Batuecas, 1693

No hay tierra tan fascinante como esta. Tiene sus secretos y sus misterios. Muchos son los que se perdieron en

ella y no ha vuelto a saberse nada de su paradero. Existen profundas lagunas habitadas por monstruos y hay un

valle tan estrecho en el que solo se le ve la cara al sol en pleno mediodía, dominando la penumbra total el resto

de la jornada.

BORROW, La Biblia en España, 1850

 

Es una preocupación creer que solo en la Oceanía, en el centro de África o en las sabanas de América es donde

se hallan aún las hordas incultas y donde la civilización tiene aún que ganar palmos de terreno. Hay, en el

partido judicial de La Granadilla, en la provincia de Cáceres, una comarca que lleva el nombre genérico de Las

Hurdes, y habitada por verdaderas tribus primitivas…

CARLOS SOLER ARQUÉS, 1882

Este país casi desconectado del resto de la nación forma un verdadero paréntesis no solo en la materialidad de su posición, respecto a los pueblos que le rodean, sino también en las ideas, en las costumbres, en la religión y hasta

en el progreso de la especie humana.

PASCUAL MADOZ, Diccionario Geográfico Estadístico-Histórico de España, 1847

 

Aquello es el verdadero Paraíso Terrenal. Valles interminables, lagos…, una tierra solitaria y de incalculable

riqueza.

Doctor A. MAUNDE, Bilbao, 1883

 

Se comprende que seres caídos en tal abyección y envilecimiento como estos de las llamadas Hurdes no reparen

en cometer delitos por horrendos que parezcan. Esta comarca es para Castilla el borrón que para Europa es

Turquía. Se les tiene abandonados, viviendo en cuevas inmundas, sin conocer el calzado y harapientos, cual

momias, se les ve subidos en las peñas.

Doctor BIDE, Las Batuecas y Las Jurdes, 1892

 

Yo había llegado allí movido de la curiosidad; deseaba conocer el lugar más extraño de la siempre intrigante España. Recuerdo como aquella primera noche, lejos ya de Las Mestas y a campo raso, yo estaba ya conquistado

a la causa de Las Jurdes.

MAURICE LEGENDRE, 1908

A las once llegamos al pueblo de Martilandrán. Miseria, anemia, bocio, cretinismo. Espectáculo horrendo,

dantesco…

Doctor GREGORIO MARAÑÓN, 1922

 

¡Qué tarde aquella en que después de habernos bañado en el clarísimo río, entre peñascos, nos rodearon los

fragosanos al husmo de las escurrajadas de nuestra merienda, pero también para preguntarnos por el mundo!

MIGUEL DE UNAMUNO, Andanzas y visiones españolas, 1922

 

Aquellas montañas desheredadas me cautivaron enseguida. Me fascinaba el desamparo de sus gentes, pero

también su inteligencia y su apego a su remoto país.

LUIS BUÑUEL, 1932

Nadie sabe con fijeza la edad que tiene y casi nadie sus familias. Cuando vienen a registrarse suelen decir que se

les ponga el nombre del santo que más les guste.

Doctor GREGORIO MARAÑÓN

 

EXPLORADORES Y CRONISTAS, médicos y escritores, curas y reyes viajaron a un lugar que se pierde en el paralelo 40/6 de nuestro globo terráqueo y que viene a corresponderse con un rincón enclavado en lo que hoy son las tierras de Cáceres y Salamanca. Sus impresiones aferradas al corazón, rotundas y sin máscara,

pintaron una imagen negra y a contraluz de un mundo perdido en los confines del

reino de España. Un universo centrado en sí mismo que, ajeno al transcurrir de los

días al otro lado de sus montañas, ha ido rodando con un ritmo diferente, guardando

celoso mil y un secretos que en nuestro tecnificado vivir ya no comprendemos, pues

se nos pierden en los más profundos abismos. Posiblemente sean el último reducto, el

último lugar donde el ser humano permanece aún conectado con la naturaleza por

unos lazos primitivos y complejos que dentro de un corto período de tiempo se

perderán en el olvido. Allí, entre pizarras, en la tierra sin tierra, en el mundo de «los

sin pan» escuché las historias de las luces que matan, de la arqueología única e

irrepetible, de las leyendas con nombres y apellidos, de los animales desconocidos

que aún quedaban por catalogar a una ciencia sorprendida siempre que ponía aquí los

pies. Quizá la labor de este libro, escrito tras veintidós viajes a Las Hurdes y tras

muchos días comiendo el mismo pan que esos últimos «hombres del Paraíso»,

pisando los mismo caminos y calentándonos en su misma lumbre, sea la de recuperar

esa conexión que se pierde. No hay más pretensiones. Viajé a Las Hurdes fascinado

como un joven Colón al descubrimiento de sus particulares Américas, espoleado y

emocionado con el alma bullendo por frases como las que encabezan este prólogo, y

allí descubrí un paraíso al que la maldición impuesta por el entorno y la sociedad le

acabó haciendo más libre, más auténtico, más real.

En pleno siglo XXI este es el testimonio de un rincón al que, desde mi primera y

accidentada visita, ya me siento unido para siempre. El legado de un mundo ancestral

en el que he aprendido que todo es posible.

El viaje comienza.