El paraíso maldito

Iker Jimenez · Capítulo 5 de 28

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El paraíso maldito

Capítulo 2

 

Un puñado de crónicas para la historia

 

EXISTEN personas que tienen un don. Los que escribieron este puñado de crónicas para la historia tenían el don de transmitir. Y sus visiones, sus reflexiones y sus frases removieron conciencias, movilizaron masas y alertaron al mundo de la situación de un rincón de España conocido como Las Hurdes.

Tan solo unos cuantos «dotados» por esa magia del contar pudieron obrar el

milagro. Este capítulo quiere ser un recordatorio, en los albores del nuevo milenio,

para ellos. Para aquel Legendre que convulsionó la antropología porque fue capaz

de viajar al «legendario y desconocido rincón» y realizar su gran trabajo. Para

Buñuel, quien con su cámara cinematográfica al hombro supo expresar el dolor

amargo de una tierra y sonrojar a los políticos de turno. Fuesen del color que fuesen.

Y entre todos ellos, entre los cientos que allí viajaron y escribieron, este es un

emocionado homenaje a dos maestros: Ignacio de Arcelu e Ignacio Carral.

Vanguardia, primera línea, escuadrón de aquella revista mítica de reporteros

llamada Estampa. Ellos ya no están aquí, pero su obra es inmortal. Y su don aún

sobrecoge. Su mirada de águila, su capacidad para transmitir el sentimiento, su

destreza para convertir las palabras en sentido y sensación.

Sus crónicas, hoy, me ponen el vello de punta. Ese es su don. Esa su magia. Y

juntos consiguieron lo que no lograron miles de sesudos teorizantes. Orgullo de

periodistas, ejemplo de reporteros, Arcelu y Carral lo llevaban en la sangre. La

noticia era su universo. Y su pluma capaz de todo. Porque estaba viva y latía con

fuerza en aquellas Hurdes de película expresionista en las que se perdieron con unos

pocos duros y muchas ilusiones de contar al mundo.

Eran periodistas de raza. Periodistas que con su actitud dignificaban la

profesión, y la convertían en la más bella.

Su trabajo no fue en vano. Aquel puñado de crónicas hicieron que el mundo

volviese la cabeza como un resorte alarmado hacia el Paraíso Maldito. Y otros

después escribieron, discutieron, dispusieron, criticaron… Pero Arcelu y Carral,

como otros inolvidables que integraban aquellas redacciones míticas de los años

veinte y treinta, ya estaban lejos, en nuevos «fregaos» y con la cabeza bien alta.

Habían sido ellos. Ese era su poder. Miles de personas volcadas con Las Hurdes.

¡Objetivo cumplido!, les digo hoy como colega y alumno mirando hacia las

alturas.

¡Ahí van sus letras, apenas un esbozo, y su recuerdo inmortal!

Reporteros inolvidables, agitadores de conciencias. -

Ignacio de Arcelu y el pregón de la noche. - Carral,

vagabundo en Las Hurdes. - Las reflexiones de un

ilustre: Maurice Legendre. - Buñuel y Tierra sin pan, las

escenas que conmovieron al mundo.

 

C OMO ya habrán adivinado, mucho antes de que este reportero pusiera sus pies sobre el Paraíso Maldito, infinidad de viajeros, cronistas y periodistas a los que doy el calificativo de maestros, se personaron con sus dudas e inquietudes, bajando por el puerto de los Lobos a través de la peña de Francia, frente a las

sombrías Hurdes. La mayoría de ellos describieron el entorno y sus sensaciones

dejando una profunda huella en la sociedad española, alertando a las gentes de las

industrializadas capitales que recibían las crónicas en los periódicos y revistas

punteras de la época. Se hablaba del descubrimiento de estas tierras como si en el

interior de la ancha Castilla hubiese surgido repentinamente una América inexplorada

y fascinante. Podríamos incluir en este apartado-homenaje a decenas de grandes

escritores del siglo XX; pero, de todos ellos, he hecho una criba intentando mostrar

unos breves retazos que transmitían como nadie aquel lento y apasionante

descubrimiento de la sociedad de un «mundo desconocido en la provincia de

Extremadura».

Los reportajes de Arcelu o Carral, a la cabeza de la mítica revista llamada

Estampa, hicieron más por Las Hurdes, a pesar de describirlas con toda su crudeza y

realismo, que todas las reuniones de mandatarios, secretarios y gobernantes que se

reunían con un halo salvador, previo opíparo banquete, para paliar a Las Hurdes de su

dantesca situación. A la sobremesa, a aquellos «intelectuales» de postín se les

adormilaba el sentido común y los proyectos quedaban en nada. Las afiladas plumas

de aquellos periodistas-aventureros removieron conciencias y mostraron un problema

desnudo que gritaba su miseria a los cuatro vientos. Relatos reales como El pregón de

la muerte, de Ignacio de Arcelu, los tengo enmarcados en mi despacho. No se puede

describir más. Aquello eran Las Hurdes. Aquello era el Paraíso Maldito.

Periodistas de raza se subieron a los riscos de pizarra y radiografiaron un mundo

duro y apasionante, abriendo camino para que otros —provistos del celuloide como

Buñuel o bosquejando un estudio de geografía humana que pasaría a los anales de la

historia, como Legendre— demostrasen al mundo que en las entrañas de la tan bien

conocida España había un lugar diferente, al margen del Estado y de las leyes

establecidas. Su labor queda aquí reconocida para el conocimiento de las actuales y

futuras generaciones, acostumbrada a unos medios de comunicación que por

desgracia ya no cuenta en sus filas con personajes como aquellos apasionados

exploradores de la realidad.

* * *

 

En 1932, la revista Estampa enviaba al más brillante de sus redactores, José

Ignacio de Arcelu, a recorrer a caballo y durante una semana el lugar misterioso y

tenebroso del que tanto se rumoreaba en los cuatro puntos cardinales del reino. Y el

bravo reportero no defraudó a nadie. De su puño y letra surgieron en aquellos siete

días inolvidables las crónicas más estremecedoras y desnudas de aquellas Hurdes

míticas y, por fortuna, convertidas ya en recuerdo. Con una serie antológica titulada

En el umbral de la tierra misteriosa, Arcelu dio un latigazo en la conciencia de los

españoles. A cuatrocientos kilómetros de Madrid existía un áspero reino de pizarras

del que muy poco se sabía, y donde todo era distinto y enigmático. Aquel artículo, el

primero de una serie de siete, decía exactamente así:

 

EN EL UMBRAL DE LA TIERRA MISTERIOSA

 

Revista Estampa, 1932

 

Avanzamos hacia el interior de Las Hurdes con la impresión de irnos

hundiendo en un subterráneo. Un denso silencio va, poco a poco, envolviéndonos, oprimiéndonos… Caminamos por una vereda que en otra parte sería risueña, a la orilla de un rápido riachuelo serrano, entre árboles, y, sin embargo, resulta el paisaje melancólico, siniestro, casi… Es silencio. El terrible silencio de esta tierra muerta. No hay trinos de pájaros; no se escuchan esos lentos cantares con que los gañanes acompañan la labor en otros campos; no suenan a lo lejos ni esquilas de ganado, no hay gritos de pastores, ni ladridos de perros. Ni siquiera un poco de viento bulle entre el ramaje. Todo inmóvil, todo callado a nuestro alrededor.

La segunda alquería que encontramos, Ladrillar, a pesar de que, según

creo, es capital de municipio, tiene un aspecto quizá más miserable que El Cabezo: las gentes parecen también más tristes y más pobres.

En el atrio de la iglesia del pueblo sorprendemos una escena que nos

deja pasmados: a los chiquillos de la escuela —dos docenas de niños y niñas— haciendo gimnasia sueca, dirigidos por el maestro.

Los pequeños parecen divertidísimos con entrenamiento y maniobran

ágiles y risueños a las voces de mando del profesor.

Todos los vecinos de la aldea están congregados en la plazuela

contemplando el espectáculo.

Tras Ladrillar continúa la vereda por los campos pedregosos,

desolados. Seguimos hundiéndonos, hundiéndonos, en este siniestro pozo de Las Hurdes.

—Aquí, en estos campos —dice Benítez, ahogándose en el angustioso

silencio—, ¿no hay nadie?

El jurdano que va con nosotros se encoge de hombros, amargo y

estoico:

—Hay lobos.

 

Los enfermos de Riomalo

Ya estamos en Riomalo de Arriba. Riomalo hace honor al nombre. Las

casuchas aun para cobijo de cerdos son malas. Son, sobre poco más o menos, montones de pedruscos con un hoyo, en el que se meten revueltos las criaturas humanas y los animales: el cochino, las gallinas y el burro. Las calles… ¿Se puede llamar calles a estas sendas pedregrosas, llenas de inmundicias, que hay entre los tugurios?

En una de ellas encontramos congregadas a todas las mujeres y

chiquillos de la alquería alrededor de dos hombres. Uno de ellos, con gran sombrero de alas anchas y botas de montar, está reconociendo uno por uno a los jurdanos y haciéndoles preguntas; y el otro, un muchacho joven, va apuntando en unas cuartillas las respuestas.

 

«Aullando como un lobo —decía Arcelu— se nos aproxima en un camino el Bobo del Cabezo…». Así

comenzaba el viaje a Las Hurdes.

 

Son el médico y el practicante que giran su visita y, al mismo

tiempo, forman el censo sanitario.

La faena no es fácil.

Aquella pobre gente apenas si sabe cómo se llama.

—Yo —responde una mujerzuca a la pregunta del médico—, yo soy María,

la del Tío Anselmo…

—Pero ¿qué apellido tiene?

—¿Qué?

—Que cuál es su apellido.

—Mi… mi…

El apellido casi siempre se puede averiguar; pero la edad no la sabe

nadie.

—Yo —dice una moza—, cuando vino el Señol Rey, ya era zagala.

—Yo —indica otra— creo que nací el año que hubo tantas castañas…

 

Las imágenes de los reportajes de Arcelu conmovieron al mundo.

 

El año que vino el Señor Obispo… El año que se perdieron los olivos…

Cuando se fue a la guerra del moro el mi hermano… Cuando hubo aquellas tronás grandes… Así organizan su cronología estos jurdanos. Y, claro, que traducirla a la cronología cristiana resulta, a veces, imposible.

El médico y el practicante, que parecen tener gran popularidad entre

aquella pobre gente, van, pacientemente, procurando reunir datos, concretar… Repiten las preguntas dos veces, cinco veces, veinte veces, dándoles distinta forma, usando los modismos del país, para hacerse entender.

De cuando en cuando se les ve entablar discusiones con alguna

mujeruca de las que les rodean.

—¿Qué llevas ahí? —le pregunta el doctor a una muchacha que va con un

carrillo vendado.

—Un riparo, porque me duelen las muelas.

Un riparo —un reparo— es un emplasto de miga de pan, que se coloca

sobre la parte dolorida con la pretensión de que se les vaya el dolor.

El médico, claro está, trata de convencerla de que no va a

conseguirlo.

Se le acerca otra mujer con un chiquillo en brazos.

—Este niño —dice el doctor, después de examinarlo— está herniado. Va a haber que…

Pero la mujer no le deja acabar.

—Ahora por San Juan se lo quitaremos. Ya me han dicho que en

pasándolo la mañana de San Juan por debajo de un guindo, se le irá el mal.

Luego llega otra mujer con otro chiquillo, quejándose de que ya no le

puede lactar.

—Pero este niño —dice el médico, mirándolo— tiene más de tres años.

¿Por qué le da usted de mamar?

La mujer lloriquea, sin responder.

—¿Qué le pasa?

—Es que… que… ayer estuve bebiendo una cuartilla de vino con la

Nemesia la Roja, que tamién cría, y… y yo me discuidé y ella acabó de beber antes que yo… y… y…

—¿Y qué?

—Pues que, como ya sabe usté señol médico lo que pasa, que si dos

mujeres que están criando se ponen a bebel vino, la que acabe dimpués se queda sin leche, y la su leche pasa a la que ha acabao de bebel primero. ¡Pues yo no me voy a quedal sin leche!

El espectáculo es terrible. ¡Las mujerucas, descalzas y haraposas,

con las reatas de tristes chiquillos agarrados a sus sayas, manoteando como alucinadas arpías y gritando esas historias monstruosas…!

—Vamos… Vámonos de aquí….

 

El pregón de la muerte

Otra vez en los campos… Volvemos a recorrer el camino que hemos

traído. Volvemos a pasar por Ladrillar, por El Cabezo. Y luego seguimos la ribera del río, aguas abajo, hacia Las Mestas.

Oscurece. La noche, la negra noche cae lentamente sobre los barrancos

y nosotros andamos deprisa, huyendo de estas tinieblas, de este silencio angustioso, ansiosos de cobijarnos, de escuchar voces humanas.

Hala, hala… Vamos casi corriendo, olvidados de la fatiga de la

jornada, tan larga, en el deseo de escapar de estas tétricas barranqueras.

Por fin, en medio de la oscuridad distinguimos unas casas, unas

luces… ¡Las Mestas ya!…

En la imagen, Valentín Domínguez Veloz, el Sultán, posa orgulloso con dos de sus tres esposas y con su hijo Patricio, de catorce meses. Tras una semana deambulando por el Paraíso Maldito, en todo el país se hablaba de

Las Hurdes.

 

De pronto, de allá abajo, de lo hondo del pueblo, sube un lamento… Un

lamento largo, desgarrador, que se tiende por los campos… Nos quedamos inmóviles, sobrecogidos.

—Es el pregón —dice el guía jurdano—. El pregón del Cristo.

Suena una temblorosa campanilla perdida en las tinieblas, y enseguida

el largo lamento se levanta en la noche otra vez:

 

¡No hay cosa que más despierteeee…

que pensar siempre en la muerteeee!

 

La voz se pierde en un confuso murmullo de rezos que llena la aldea;

pero luego surge de nuevo; sube como un gemido ultrahumano de lo hondo del negro barranco, aguda, desgarradora, terrible:

 

¡No hay cosa que más despierteeee…

que pensar siempre en la muerteeee!

 

IGNACIO DE ARCELU

 

Dos años después de las sobrecogedoras pinturas literarias que Arcelu realizó en

el país hurdano, otro de aquellos hombres de Estampa se lanzaba a la aventura, a

pecho descubierto y sin red, haciéndose pasar por vagabundo y adentrándose en la

legendaria región subsistiendo en verdad como si fuese un mendigo. Su misión era el

conocer la dura vida del hurdano desde dentro. Una vida de carboneros, segadores y

demás oficiantes que, desarrapados, atravesaban los montes hacia Castilla con el fin

de regresar a casa con algo de pan en la faltriquera. El único periodista que se «infiltró» en aquellas capas sociales fue Ignacio Carral, santo y seña del oficio hasta

su prematura y llorada muerte, quien durante diez días vagó por la España profunda

con un gorro cochambroso y un traje compuesto de retales. El inicio de su itinerario

era, por fuerza, la misteriosa comarca de Las Hurdes-Batuecas. Un lugar en el que las

medidas sociales aprobadas por la última visita de Alfonso XIII apenas habían

tomado cuerpo. Sus crónicas fueron la voz desgarrada que alertaba de un mundo

cruel donde la mendicidad era una moneda de uso común que acabó convirtiéndose

en un desagradable estigma.

 

DE LAS HURDES A LAS BATUECAS

 

Revista Estampa, 1934

 

Hernán Pérez, Torrecilla de los Ángeles, Pinofranqueado,

Caminomorisco, Nuñomoral, Las Mestas…

Ustedes seguramente no han oído hablar de estos pueblos. Y si han

oído hablar ha sido para imaginárselos algo así como unas tribus salvajes, que esperan un viajero para devorarle. ¡Son pueblos de Las Hurdes!

 

Ignacio Carral recorrió Las Hurdes, en 1934, viviendo como un vagabundo.

 

El solo nombre de esta comarca causa espanto en España y más allá de

sus fronteras. Y, en efecto, es espantoso: aldehuelas construidas con casuchas miserables y hombres de mirada triste, tumbados a sus puertas, que se mueren de hambre mansamente.

Se mueren de hambre estos hurdanos, pero no se comen a nadie para

saciar su apetito. Ni siquiera miran a nadie con rencor. Cuando uno se acerca a estos hombres a decirles:

—No he comido en todo el día.

Miran, estupefactos, abriendo los brazos, en un gesto que parece

decir:

—¡Y yo no he comido en toda mi vida!

No se les podría preguntar tampoco por qué no trabajan. Señalarían

inmediatamente las dos paredes de los largos valles del río Hurdano y del río de los Ángeles, cubiertas de pizarras, que apenas dejan de asomar un trozo de terreno con matorral insignificante o una pequeña terraza donde pueda crecer un solo árbol o acaso dos, y dirían:

—¿Qué quiere usted que hagamos ahí?

 

En busca de trabajo

—¡Trabajo, trabajo! —me dicen estos dos hombrecillos que me he

encontrado en el camino.

No se encuentra trabajo ni por un Dios.

Me cuentan que vienen de Coria —Coria está a unos sesenta kilómetros

de aquí— de buscar trabajo, sin resultado, y van ahora a la peña de Francia —que está a otra distancia parecida, en sentido opuesto— con la esperanza, no muy fuerte, de encontrarlo allí.

Son dos hombrecillos escuálidos, con una barba rala, como si se la

rapasen en vez de afeitársela, envueltos en andrajos, mitad de tela, mitad de neumático viejo. De esto último es también su calzado, pero ellos prefieren llevar las albarcas al brazo la mayor parte del tiempo y pisar la tierra con el pie desnudo, para que no se le desgaste la suela.

Marchan ahora conmigo, por la carretera solitaria. Son hombres

silenciosos, que guardan profundo respeto a mi americana rota, a mis botas y a mi sombrero, que, en comparación con el cachucho que ellos llevan en la cabeza, parece recién salido de la tienda.

Alguna vez les he visto sacar del morral sendos mendrugos de pan duro

que chupetean durante un rato, como si fuera un caramelo, y vuelven a guardar cuidadosamente en los sacos recosidos que les sirven de alforja. Hace veinticuatro horas que no como, pero preferiría dejar pasar veinticuatro veces otras tantas, antes de participar en aquel menú que, por otra parte, ellos no se molestan en ofrecerme.

Al cabo de unos kilómetros de caminar juntos, se detienen junto a un

sendero que sube en zigzag por entre la pizarra de la montaña, y me dicen adiós de un modo humilde y ceremonioso. Les veo alejarse, sendero arriba, trepando como cabras, hasta que rebasan la cima y desaparecen.

 

Los carboneros

Pasadas Las Mestas se ve asomar de en cuando un grupo de arbolillos

que regalan la mirada. Siquiera aquí, en un momento de apuro, se podrá comer yerba. Pero allí, ni siquiera eso. ¡Solo pizarra!

A lo lejos, diviso una columna de humo al borde del camino, y poco

después una choza de ramaje, ante la que hay sentados varios hombres y mujeres. Me acerco, y algo tiembla en mí al contemplarles: ¡Están comiendo! De una gran cazuela, donde todos meten la cuchara, brota una sopa roja, humeante, salpicada de grandes pedazos de pan.

—¡Buenas tardes! —les digo.

—¡Buenas! —contestan, y siguen comiendo.

Me decido a aproximarme. El que parece más viejo de los hombres

levanta la cabeza y me mira francamente.

—¿Me podría dar algo de comer? —le digo—. Vengo hace muchas horas por

estos pueblos, y no me ha sido posible encontrar nada.

Una de las mujeres, la que aparenta ser más vieja también, pregunta,

mirándome:

—¿Pagándolo?

Yo bajo la vista y respondo tristemente:

—No.

Se quedan en silencio. Se vuelve a mirar unos a otros. Un mocete que

acaba de embuchar su gran cucharada de sopa y muerde un zoquete de pan que tiene en la mano, ríe, a punto de atragantarse:

—¡Juy! —hace con un tono, que no se sabe si es un gruñido o una

muestra de regocijo—. ¡Quié comer sin pagailo!

—No llevo dinero —digo, dirigiéndome al que ríe, que se queda

cortado, y baja la cabeza.

Otro del grupo se levanta decidido, toma un plato de metal morroñoso

que hay en el suelo, y dice:

—¡Un plato de sopa no se niega a nadie, leñe!

Y metiendo la cuchara en la cazuela, empieza a llenar el plato.

Cuando ven que he terminado, me dan también un pedazo de pan.

Deduzco, por su charla, que son campesinos que se dedican al

carboneo. Yo siento una gran soñolencia.

El sol, que me da de plano, me molesta. Miro alrededor y veo un carro

sin caballería.

—¿Se puede uno echar a dormir un rato ahí? —pregunto.

Se encogen de hombros. Yo me dirijo hacia el carro y me tumbo debajo.

Cuando despierto debe ser ya muy tarde. Desde este valle hondo, el sol no se ve ya.

Una voz bronca me dice:

—¿Se ha dormido bien?

—¡Vaya! —le contesto.

Y añado:

—¿Cuál es el primer pueblo por aquí?

—La Alberca —me responde.

—Unas dos leguas.

Le digo adiós y emprendo el camino.

 

La casa improvisada

Observo que el paisaje cambia cada vez con más fuerza. De pronto, el

valle estrecho se transforma en una hondonada anchurosa, con laderas llenas de boscaje.

Pero se hace de noche, y, lo que es más grave, el cielo se ha

cubierto de densos nubarrones.

Contemplo la carretera, que sube en numerosos y violentos zigzags,

hasta salvar una alta montaña que cierra la hondonada donde me encuentro. Sin duda, La Alberca, ya no está lejos: este es el valle de Las Batuecas.

IGNACIO CARRAL

 

Maurice Legendre fue el antropólogo que dio fama mundial al problema que se vivía en la región hurdana. Su estudio de geografía humana, para el que pasó más de

un año conviviendo con las gentes de las alquerías de Carabusino, Cambroncino y

Las Mestas, se convirtió en una de las referencias de las ciencias humanas

centroeuropeas de principios de siglo. La extensa obra de Legendre, donde se exponía

con profusión de datos obtenidos in situ la particularidad cultural de estas sierras, fue

comentada en amplios círculos científicos y, al fin y al cabo, la que creó un

sentimiento de identificación con los problemas sanitarios y culturales de la comarca

que posteriormente se tradujeron también en intentos de ayuda económica por parte

de las autoridades. Se podría decir que Legendre dio a conocer al mundo académico y

científico europeo el «tenebroso orbe de una comarca perdida en los confines de

Castilla». Dejando a un lado los fríos datos y análisis, treinta y cinco años después de

su primera experiencia viajera al Paraíso Maldito, hacía recuento de viviencias y

sensaciones y las exponía en un antiguo semanario donostiarra. Era la primera vez

que el gran científico, que durante años fue presidente de la Casa de Velázquez de

Madrid, desnudaba sus añejos recuerdos en aquella tierra que para siempre le atrapó

con la sutil red de su enigma.

 

Una foto de Maurice Legendre con varios tipos de la alquería de Carabusino.

MIS RECUERDOS DE LAS HURDES

 

Revista LAR, 1944

 

En el mes de agosto de 1909, el padre Matías, dominico, tuvo la

bondad grandísima de llevarme a la peña de Francia. Aún más que la célebre colina que se alza sobre Barcelona, la peña de Francia merece el nombre de Tibidabo, ya que desde ella se desparrama la vista, más que desde la otra, sobre «todos los reinos de la Tierra». Al este, la visión es relativamente limitada, pero la sierra de Béjar, contrafuerte de Gredos, con su enorme cresta, evoca en la imaginación los misterios de la alta montaña; al norte y al noroeste, más allá del verde sombrío que cubre las primeras pendientes de la sierra de Francia… Pero es hacia el sur donde está el gran misterio. Allí, me dicen, se encuentra el país de Las Jurdes, tierra miserable donde nadie penetra…

 

Para su estudio antropológico y etnográfico, Maurice Legendre, difundió las primeras imágenes de las gentes

de Las Hurdes. El cretinismo y la situación de abandono alarmaron a las universidades europeas.

 

Inmediatamente experimenté un deseo punzante de desvelar aquel

secreto. A mis ojos se desplegaba una sucesión de cimas de color violáceo, más altas unas que otras, resaltando sobre el fondo del cielo; no era su color el violeta dulce de las lejanías, donde el azul celeste se enlaza con el verde intenso de las vegetaciones arborescentes; era un violeta cercano y duro, reflejo del cielo intenso sobre el matorral prendido a la pizarra sombría.

Para siempre me quedó grabada aquella visión trágica, aquel caos

donde, al cabo de miles de años de presencia humana sobre la tierra, era imposible discernir la más mínima huella de humanidad; aquel abismo en cuyo fondo se me decía que existían, absolutamente ajenos a nuestro mundo, seres con figura humana. El aguijón de la curiosidad me picó en lo vivo. ¡Hallar, a dos pasos de la civilización más encumbrada, a dos jornadas de camino de Salamanca, un país salvaje aún por descubrir! ¿No era esto una perspectiva maravillosa para el viajero amigo de la aventura e indiferente a las comodidades?

El sendero, hoy carretera, que une el paraíso terrestre de Las

Batuecas con el terrestre infierno de Las Jurdes, corre paralelo al arroyo de Las Batuecas. Al principio, la pendiente desciende con suavidad; viene luego un desfiladero pintoresco, donde la corriente de agua se abre camino entre dos murallas de piedra arenisca semejantes a dos avalanchas, que hubieran sido inmovilizadas por un ejército de encinas que crecen sobre las mismas rocas. Al cabo de un kilómetro, poco más o menos, el sendero, que ya antes cruzó el río, obligado por los accidentes del terreno, tiene que volver a cambiar de orilla.

De pronto, una línea oblicua que con simplicidad geométrica aparece

trazada sobre la montaña de la margen derecha, marca la separación entre dos países diferentes: cesan bruscamente las rocas superpuestas y los grandes árboles, y la forma de «sierra» accidentada y abrupta, donde las sombras y las luces se contraponen formando contrastres violentos, deja paso a la forma «lona», cuyo relieve es suave a nuestros ojos (no, por cierto, a nuestras piernas) y donde el sol acaricia una vegetación enana: brezales, jarales, algún lentisco y, en las hondonadas, un madroño que otro. Vista desde lejos, diríase una alfombra de terciopelo; pero en las espesuras de esta vegetación tienen sus guaridas lobos y jabalíes, y el hombre se pierde a veces allí como una hormiga. El suelo, que ya no es de arenisca sino de esquisto, se nos aparece, en los lugares donde las tormentas han dejado alguna calva, de color marrón con manchas amarillentas.

Pero más que la geografía física, es la geografía humana lo que

caracteriza a las Jurdes. Los muchos países de parecida topografía que existen, en el resto del mundo, son inhabitables y están deshabitados: carecen de geografía humana. Las Jurdes, no menos inhabitables, están sin embargo habitadas. Más adelante explicaremos esta paradoja: de momento, nos limitaremos a consignar el hecho.

Nos habíamos adentrado dos o tres kilómetros en aquella tierra

ingrata, cuando pudimos contemplar desde la altura, embelleciendo una encrucijada de pequeños valles, un grupo de hermosos cipreses en torno a una pequeña iglesia: nos hallábamos frente a Las Mestas, primer pueblo de Las Jurdes para el viajero procedente del norte. El más pintoresco también, con sus magníficos cipreses, comparables a los de las Batuecas, sus casas escalonadas sobre una sucesión de colinas, su luz intensa y, en su vega, grandes olivos de color verde plateado. Yo, sabiendo de antemano que penetraba en la tierra de la mayor miseria, no podía engañarme; pero el turista que llegase allá hoy en día por carretera, en buen automóvil, ignorante de todo lo relativo al país, podría hacerse la ilusión de que se encontraba frente a un panorama idílico.

Yo había llegado a Las Jurdes movido de la curiosidad: deseaba

conocer el lugar más extraño de esta España siempre intrigante. Mi curiosidad quedó satisfecha, pero pasó enseguida a segundo plano, y aquella primera noche, cuando, lejos ya de Las Mestas, nos acostamos en el campo raso, en medio de la serenidad de la campiña primitiva y lejos del trágico esfuerzo humano, yo estaba ya conquistado a la causa — aparentemente desesperada— de Las Jurdes.

 

MAURICE LEGENDRE

No exageraríamos al afirmar que la poco más de media hora de metraje que Luis

Buñuel dio por buena para su película Las Hurdes: Tierra sin pan, otorgó a la

misteriosa comarca más fama y nombre que todos los artículos periodísticos hasta el

momento realizados. Su impacto mundial aún resuena en los ambientes

cinematográficos, que la consideran el máximo exponente de un estilo que, tras el

pase de este metraje, se bautizó por los entendidos como «realismo surrealista».

Prohibida por su crudeza en el gobierno de la II República, Buñuel la realizó durante

dos largos meses estivales en el corazón profundo de los valles, en compañía del

fotógrafo galo Eli Lotar y del escritor Pierre Unik, y gracias a un billete de lotería

premiado con treinta mil pesetas que le había caído en suerte al artista de ideología

anarquista Ramón Acín. Montada en una mesa de madera y a base de pegamento y

tijeras, el genial Buñuel consigue crear un mediometraje estremecedor donde afloran

las imágenes más negras que la mente humana haya podido imaginar. Antes de su

fulminante prohibición se estrena, en diciembre de 1932, en el Palacio de la Prensa de

Madrid. El revuelo es considerable, y las reacciones opuestas. Unos lo consideran

arte en estado puro, otros algo demasiado hiriente para ser la imagen de una España

que emergía de una dictadura en busca del progreso y la libertad.

Venerada en Francia, se envió a la filmoteca de Toulouse y desde allí fue expuesta

durante la contienda civil española como propaganda antifascista. Sus escenas dieron

la vuelta al planeta y motivaron la emergente puesta en marcha de nuevos planes de

desarrollo para la región. Las hordas de cretinos y palúdicos no eran nuevas en el

mundo del celuloide. Mucho antes, en 1922, se filmó el cortometraje Hurdes: Un país

de leyenda, impulsado por los ecos de aquella primera visita regia a la comarca. Su

eco en la sociedad fue más bien escaso, todo lo contrario que la de Luis Buñuel, que

recibió un sinfín de premios internacionales. Los artículos de Estampa y la tesis de

Legendre motivaron al genial director aragonés a viajar, según sus palabras, «hasta

aquellos valles misteriosos de los que tanto había leído y escuchado». Sus fotogramas

son ya parte de la historia. De una historia que empezaba con un antiguo mapa de

escuela que señalaba la región hurdana sobre le mapa de la península y que acababa

con la tétrica mirada de una mujer enlutada que hacía sonar su campanilla, iluminada

por un candil mientras el pueblo vacío dormitaba en las sombras de la noche. En la

versión sonorizada realizada en 1936, se escuchaba el mismo pregón de la muerte que

ya atenazó el alma del cronista Ignacio de Arcelu…

 

¡No hay cosa que más despierteeee,

que pensar siempre en la muerteeeee!

 

LAS HURDES, TIERRA SIN PAN [1]

Una producción de Ramón Acín, dirigida por Luis Buñuel, 1932

 

LA ALBERCA

Escena 1

 

En algunos lugares de Europa como Hungría, Checoslovaquia, Francia,

España, existen focos de civilización casi paleolítica. Escojamos en el mapa de Europa uno de esos lugares: Las Hurdes, en España, a noventa kilómetros de Salamanca, con su antigua universidad, madre de las Ciencias y de las Letras.

Las Hurdes eran desconocidas incluso para los españoles hasta 1922 en

que se trazó su primera carretera. Aisladas del mundo por montañas de difícil acceso, los geógrafos y viajeros reconocen que el terreno es impropio para la agricultura y el comercio. Los medios de comunicación consisten en senderos apenas practicables a través de tupidos matorrales de brezo y jara.

 

ACEITUNILLA

Escena 57

 

Detrás de esas cimas que todavía pertenecen a Las Batuecas comienza

la «Tierra sin Pan». La atravesamos y henos aquí en pleno territorio de Las Hurdes.

Escenas 59, 60 y 61

 

Vagando por las callejas sorprendemos la vida cotidiana de sus

habitantes.

 

Escena 62

 

Las calles que trepan por el flanco de la montaña forman el cauce de

pequeños arroyos.

 

Escena 63

 

Durante el verano es la única agua de que dispone el pueblo.

 

Escena 64

 

Su lecho de lodo y los detritus animales que arrastra la convierten

en un líquido malsano.

 

Escenas 65 y 66

 

Vean algunas escenas que tomamos al azar.

 

Escenas 67 y 68

El arroyo sirve para todos los usos.

 

Escenas 69 y 70

 

Tres niñas mojan un mendrugo de pan en el agua del arroyo. El pan

hasta hace poco era casi desconocido en Las Hurdes. El que comen esas niñas les ha sido dado en la escuela. Generalmente el maestro obliga a los niños a que se coman el pan en su presencia para evitar que se lo quiten sus padres al llegar a casa.

Escena 72

 

Estos niños desarrapados reciben la misma enseñanza primaria que los

demás niños del mundo.

 

Escenas 93 y 94

 

He aquí la aldea de Martilandrán, de las más miserables, a orillas del río Jurdano. Eso que parece el caparazón de un animal fabuloso son los tejados del pueblo.

 

Escenas 95 y 98

 

Al entrar en él, nos acoge una tos ronca, que parece brotar de cada

casa. La mayor parte de los habitantes están enfermos.

 

Escenas 99 y 100

 

Los casos de bocio abundan en Las Hurdes como consecuencia de la

falta de cal en las aguas y de la degeneración.

 

Escena 101

 

Observen a esta enferma de bocio que cuenta solo con treinta y dos

años.

Escenas 102 y 103

 

Acompañados del alcalde visitamos el pueblo y nos encontramos con

esta niña. Preguntamos qué mal aqueja y el alcalde nos dice que no lo sabe y que desde hace dos días permanece allí sin moverse. De cuando en cuando la oímos gemir débilmente. Uno de mis amigos llega hasta ella y le pide que abra la boca para examinarla. La garganta y las encías están muy inflamadas.

 

Escenas 104 y 105

 

Pero no somos médicos y nada podemos hacer. Dos días más tarde

supimos que la niña había muerto.

 

Escena 165

 

Una vez llegados al sitio elegido llenan sus sacos con las preciadas

hojas. La víbora es un animal que abunda en estos vericuetos.

 

Escena 166

 

Este campesino fue picado por una de ellas pocos días antes, cuando

recogía hojas.

 

Escenas 167 y 168

 

Todavía puede verse la llaga producida por la mordedura. La mayoría

de las veces la mordedura no es peligrosa pero son ellos mismos al intentar curarse los que se infectan haciéndola mortal en muchas ocasiones.

 

ENFERMEDAD Y MUERTE

Escena 176

En el mes de junio el río Hurdano queda casi completamente seco: su

cauce se ha convertido en charcos de agua estancada. En ellos pululan

las larvas del mosquito, transmisor del paludismo, que constituye la

enfermedad endémica de la región. Todos los hurdanos son palúdicos.

Escenas 177, 178 y 179

 

Nuestro guía toma un poco de agua de un charco que está llena de

larvas de mosquito. Pero no todas son de Anopheles. La larva sube a la superficie del agua para respirar.

 

Escena 186

 

Los enanos y los cretinos abundan en las aldeas. Generalmente sus

familias los destinan al cuidado de las cabras.

 

Escenas 187 y 188

 

Al encontrarnos con ellos o bien huían, o nos atacaban a pedradas.

 

Escena 189

 

El realismo de un Zurbarán o de un Ribera queda por debajo de esa

triste realidad.

 

Escena 190

 

Esta degeneración proviene, entre otras causas, del hambre, de las

enfermedades y del incesto, pues todos los miembros de una familia duermen en la misma habitación.

Escena 191

 

El más pequeño de esos degenerados tiene 28 años.

 

Escena 196

 

Este cretino, casi salvaje, lo pudimos rodar gracias a la

colaboración de uno de nuestros amigos hurdanos, que supo entretener y calmar a su interlocutor.

 

Escenas 197 y 198

 

Un día, vemos un grupo de gente ante la puerta de una casa: un niño

acababa de morir.

 

Escenas 200 y 201

Una muerte es uno de los raros acontecimientos que ocurren en estas

aldeas miserables. Las mujeres acuden en masa a casa del muerto.

 

Escena 202

 

Nos explicaron las dificultades que encierra el entierro, pues en el

pueblo no hay cementerio.

 

Escenas 203 a 206

 

El niño tenía que ser transportado al cementerio de Nuñomoral y nos

decidimos a seguir el despojo. El cuerpo fue depositado en una especie de bacía y conducido a través de los matorrales hacia el cementerio, distante a varias horas del pueblo. Si el muerto es un adulto se ata su cuerpo a una escalera que hace a la vez de parihuelas.

 

Escenas 207 y 208

 

He aquí el paso de un río con el cadáver.

 

Escenas 209 y 210

 

Este cementerio refleja que, a pesar de la gran miseria de los

hurdanos, sus ideas morales y religiosas son las mismas que en cualquier otra parte del mundo.

Escenas 223 y 224

 

Los hurdanos se acuestan vestidos durante el invierno. Los trajes les

duran indefinidamente, pues los van remendando a medida que se destruyen.

 

Escenas 225 a 227

 

Las palabras que le oímos a esa mujer son las siguientes: «Nada puede

alertar más nuestra alma que el pensar siempre en la muerte. Rezad un Avemaría por el alma de X».