El paraíso maldito

Iker Jimenez · Capítulo 6 de 28

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El paraíso maldito

Capítulo 3

 

El retorno de las ánimas

 

Y se apareció un caballo de muy buen ver, con dos personas, hombre y mujer, que iban cubiertos con un faldón

que les cubría las piernas y casi llegaba hasta los pies. Cuando varios mozos preguntaron: «¡Quién va!», se

escuchó una voz terrible, como muy fuerte pero de ancianos a la vez, que gritaba: «¡Gente de muerte!»

CONSOLACIÓN MARTÍN, Vegas de Coria

 

COMO en cada rincón del planeta, los hombres se han preguntado desde los albores del tiempo acerca del sentido de su viaje vital. Hacia dónde, cómo y por qué han sido las cuestiones recurrentes que han sobrevolado la mente del hurdano desde que tuvo conciencia de su situación pasajera.

Al otro lado aguardan las sombras, desconocidas y lejanas, del reino de los

muertos. Y en el intervalo, quién sabe si la posibilidad de quedar atrapado a mitad

de viaje entre el más allá y el aquí. Así, los espectros, los aparecidos, los difuntos

redivivos y las tenebrosas almas descarnadas cobran sentido dentro de esta cultura

ancestral.

Ellos son el aviso y la señal de que existe otro mundo. Pero un mundo triste y

gris. Los que no purgaron sus culpas, los que no tuvieron méritos suficientes para

integrarse en otros estados más allá del estado fantasmagórico, acabaron atrapados

en una rutina que les obligaba cada noche a deambular cerca de las alquerías,

aguardando para mostrar al pobre mortal la crudeza de la interfase en la que solo

cohabitan aquellos a quienes les está vetado el paso al reino de los cielos.

Y así surgen en los solitarios caminos desde hace siglos, mostrando la cárcel

espectral y dando su mensaje aterrador en forma de niños que se perdieron en algún

lugar del espacio-tiempo, cortejos de gente de muerte o cabezas terroríficas que

regresan a la vida para reclamar venganza.

Un abanico pavoroso de criaturas que recrean y reflejan una preocupación

universal. El más allá está cerca. Y ellos son sus emisarios.

 

El niño blanco. - Guaridas fantasmales. - Ánimas

malignas y responsos protectores. - La sonrisa de San Antonio Bendito. - Una reencarnación involutiva. - El

cortejo de gente de muerte. Por el humo se sabe dónde

está el hueso. La cabeza del más allá.

 

L camino que asciende desde la comarcal cc-513 hasta el caserío de Aceitunilla es

una pista asfaltada, estrecha, que se retuerce en varias curvas mientras asciende por la Emontaña desnuda. La más pronunciada de ellas pasa junto a un viejo puente derruido y bordea el campo santo vecinal. Precisamente en ese pequeño trecho han ocurrido algunos de los sucesos más estremecedores que se recuerdan por estos pagos. Las luces del pueblo aún quedan lejos, suspendidas sobre un monte y

apiñadas desafiando a la gravedad en una subida constante que termina muriendo en

pleno centro de Las Hurdes, rodeada de todas las sierras y correderas que lo

convierten en un lugar donde, en el silencio de la madrugada, puede escucharse nítido

el clamor de la piedra desnuda.

Existen varios cipreses junto al margen derecho de la carretera, como despistados

ante los alargados pinos que, al fondo, dominan el silencioso paraje cimbreándose

muy lentamente ante el soplo del viento frío. El crujido de los guijarros bajo mis

botas rompió por un momento aquella calma. De fondo, la silueta angulosa y

entrecortada de las montañas que sumían esta zona en un profundo valle. La

naturaleza parecía dormir. El silencio sonoro que retumba en las sienes es la única

compañía en este punto de la región. Y con él me dispuse a sentarme junto a una

piedra redonda que parecía haber sido colocada allí hacía años por algún viajero con

las mismas inquietudes. Respiré hondo y recordé con nitidez las palabras del joven

que exactamente en este mismo reco-do del camino, y en compañía de varios testigos

se había encontrado con una espantosa aparición cuyo recuerdo, a aquellas horas, he

de reconocer que sobrecogía. Pero mi interés por ver los rincones donde las supuestas

ánimas se habían aparecido en el último siglo pudo con el inicial recelo. Como suele

ser habitual, ya en pleno lugar de los hechos, sin otra compañía que la de la propia

soledad, los miedos se mitigaban inexplicablemente, y podía más un profundo sentido

de curiosidad o de encontrar algún tipo de explicación a los fenómenos que me

habían narrado.

La leyenda de «el niño blanco» recorría desde hacía décadas esta zona, como

ejemplo de sobrenatural aparición del ánima de un mozalbete que fue inmolado en un

brutal crimen donde actuaron varios sacamantecas.

Estos últimos jamás aparecieron, o al menos así lo recuerdan las más veteranas

memorias de la región. Sin embargo, el chiquillo, ya envuelto en el halo

fantasmagórico de su nueva condición, sí se había mostrado a propios y extraños con

inusitada continuidad. Entre todos los casos había uno que especialmente me

impresionó al escucharlo. En esta misma curva, un total de once personas, jóvenes y

con sóli-da formación cultural, lo habían visto más cerca que nadie, corroborando y

percibiendo detalles estremecedores. Todo ocurrió el 14 de julio de 1987, y escuché

las palabras de Juan José Azabal, prometedor empresario que vivía a muchos

kilómetros de Las Hurdes, retumbando en el lejano recuerdo de la entrevista que

mantuve con él hacía ya unos años. Sentado en aquella curva volví a «visualizar» su

rostro crispado por el miedo. Un gesto genuino que expresaba sin palabras el recelo ante lo que surgió de la misma negrura que tenía ahora a mi espalda:

—Regresábamos de Nuñomoral aquella noche cálida de verano. Marchábamos

tranquilamente diez amigos, charlando de mil y una cosas y sin prestar mucha

atención al entorno.

»Mira, se me ponen los pelos de punta solo de recordarlo. Esto es tan cierto como

que me encuentro delante de ti, te lo juro. Me acuerdo perfectamente cómo

escuchamos primero algo parecido a un aullido, a un grito entrecortado que se inició

como un silbido. Estábamos ascendiendo por la cuesta y pasando la curva que pasa

próxima al viejo puente y deja atrás el cementerio.

»Tras caminar diez o doce pasos, justo antes de entrar en la curva, volvemos a

escucharlo, esta vez más nítido, más agudo, más cerca.

—¿Os asustasteis?

—Te mentiría si te afirmara que no. En ese momento se nos fue toda la

conversación y nos quedamos mudos, en silencio. El chillido, que eso era lo que en

realidad parecía, surgió de un espacio oscuro entre arbustos. Yo pensé en una rata o

algo parecido, pero enseguida pegué un brinco avisando con un grito a los

compañeros. Allí había alguien escondido, alguien de muy pequeño tamaño…

—Prosigue, Juan José…

—Es como si lo estuviera viendo ahora mismo. Allí, a un lado del camino,

aparecía una cosa blanquecina, como una tela. Más bien, y buscando un símil, como

la cola de los trajes de las novias. ¿Viste la cola del traje que llevaba la infanta Elena

el día de su boda?, pues algo de ese estilo, pero en diminuto. Me quedé paralizado por

el miedo. Agarré a mi compadre del brazo y caminamos unos metros. Entonces lo

vimos claramente, allí aparecía un ser pequeño, como vestido con una sotana

blanca…

—¿Y lo visteis todos?

—Como te estoy viendo yo a ti ahora mismo. Era un cuerpo muy pequeño y

rechoncho, tendría menos de un metro, seguro. Como si a un recién nacido lo pones

de pie, más o menos. La sábana iba muy larga y muy blanca, y se veían algo como

dos piececillos diminutos, también enfundados en una tela blanca muy radiante.

—¿Cómo era el rostro?

—No lo pudimos ver, y eso que lo tuvimos a menos de tres o cuatro metros.

Estaba completamente cubierto por la túnica, que por la parte de atrás hacía esa cola

de la que antes te hablé y que fue lo primero que vimos al ir en dirección subida.

Así dibujó Juan José Azabal al extraño «ser» que gemía a la vera del camino. Apareció el 14 de julio de 1987

ante más de una decena de personas. Nadie ha podido olvidarlo.

 

»Los brazos eran como dos hilos muy finos en comparación con el resto del

cuerpo. Creo que los movió lentamente hacia abajo, pero en ese sentido no lo tengo

muy claro. Podía ser una sombra de una rama sobre el cuerpo central. La verdad es

que teníamos tanto miedo que no reparamos en todos los detalles, pero la forma de la

cabeza, muy grande y desproporcionada, nos llamó mucho la atención. Nos

agarramos todos temblando, temblando de puro pánico, y fuimos, todo a lo largo de

la carretera, acelerando el paso sin poder mirar atrás. No tuvimos valor para

acercarnos más. Aquello parecía algo fuera de lo común. En cuanto nos alejamos un

metro el «niño» lanzó otro de esos alaridos que ya por completo nos desconcertó y

nos llenó de inquietud. Salimos prácticamente corriendo y yo no paré hasta el número

veintisiete de la calle central de la alquería, donde vivían mis padres. Esa noche, te

juro por lo más sagrado, que no pude conciliar el sueño. Me la pasé en vela mirando a

veces por la ventana, hacía un corral próximo que daba precisamente a la carretera,

para ver si aparecía aquel ser.

»Por fortuna fue la única vez que lo vi, y espero de todo corazón sea la última.

Luego en el pueblo, al contar la historia a mis propios familiares, supe de otras gentes

que se habían topado con la misma criatura en esa zona. Me hablaron del ánima del

niño y de cosas por el estilo. Cosas a las que jamás había prestado importancia

pensando en que eran cosas de los viejos y sus creencias, pero que después de

aquello…

—¿Después de aquello?

—Pues que no me queda más remedio que aceptarlo, porque lo he visto con estos

dos ojos. ¡Qué diferente se puede ver la vida después de pasar por una cosa de estas!

Recuerdo que Juan José me dibujó con mano firme al «niño» que una noche

estival de 1987 fue sorprendido por el grupo de familiares y amigos. Con otros de

esos testigos pude coincidir en diversas ocasiones y la similitud en sus relatos

resultaba poco menos que desconcertante. No me cabía la menor duda que habían

estado ante el mismo ser, pero ¿cuál era su naturaleza? La propia cultura hurdana

habla, desde tiempos difíciles de precisar, de aquellos que, de un modo u otro, quedan

atrapados entre dos mundos y se ven obligados a vagar eternamente, traspasando, tras

acceder a puertas que limitan nuestra realidad con la suya, a curvas como en la que

me encontraba sentado ante el imponente manto negro del firmamento. Una creencia

que lejos de ser hurdana se reparte por igual en diversas culturas de los cinco

continentes. Pero la memoria anciana de estos pueblos, en un constante intento de

explicarse los fenómenos de la naturaleza que les rodea, también argumentaban otro

tipo de soluciones más acordes con su interpretación de la vida y la muerte. Para

algunos, estas ánimas eran emisarias de muerte y destrucción, y no dudaban incluso

en adoptar el aspecto de desvalidos infantes para atraer la atención de los incautos

que a altas horas de la madrugada fuesen solitarios transeúntes. Contra ellas solo

existe el responso de San Antonio, protector ante los diversos espantos que pueblan la

noche hurdana. En ocasiones, incluso, la imagen fantasmal que se aparece es la de un

niño ensotanado al que le confieren el rol de guía ante el peligro que corren los que,

por su oficio o placer, gusten de atravesar las áridas sierras en plena noche.

Estos «entes benéficos» relacionados con un tipo de religiosidad ancestral y muy

sui géneris se han aparecido, por increíble que parezca, a personas al margen de este

tipo de creencias.

Al final del camino, y con el aire silbando entre las finas rejas oxidadas de la

cancela, aparece el desvencijado cementerio. Me quedé mirando a su interior por

unos segundos. Las lápidas, algunas muy antiguas, estaban trazando ya una diagonal

sobre la tierra tras tantos años enhiestas y tantas noches de frío y tempestad. El tópico

del cementerio como un rincón lóbrego y donde la soledad adquiere un tinte

dramáticamente especial se revelaba aquí con toda su fuerza. Y más aún al pensar que

este pequeño campo santo rural se llevaba la palma en cuanto a los avistamientos de

las llamadas ánimas, ya sean malignas o protectoras.

Eché una mirada a la carretera que ascendía en pendiente y traté de imaginar a

Pedro Martín Álvarez, de cuarenta y siete años y con más de media vida trabajando

en Suiza rodando con su motocicleta, allá por el lejano 1966. Tras mucho esfuerzo y

sudor, este hombre ha logrado regresar a sus Hurdes, como aquí siempre lo hace el

emigrante que ha amasado un mínimo de fortuna lejos de su «tierra sin tierra».

Pocos años antes de marchar al lejano país vivió una experiencia que le marcó de

por vida, y que un día se decidió a contarme al ver mi interés por todo este tipo de

cultura paralela que se perdía a marchas forzadas y que entre estos valles aún latía en el corazón de miles de personas.

A pesar de que tras las idas y venidas al Paraíso Maldito ya uno empieza a

acostumbrarse a las cosas más sorprendentes, el caso de Pedro, noble de carácter y

gran profesional, me dejó perplejo. Como buen hurdano hizo gala de un recelo inicial

pero luego acabó abriéndose con toda franqueza. Y se lo agradecí de veras, pues su

relato era una pieza más, difícil de desmontar, y que afianzaba un mosaico de cosas

increíbles que siguen ocurriendo en un lejano rincón de nuestra desconocida

geografía.

Mirando a la oscura y lisa carretera que se perdía en una falsa llanada junto al

cementerio, intenté «visualizar» aquella noche, cuando la Ducati de Pedro Martín

Álvarez rugió hasta frenar en seco frente a la cancela.

 

—Eché pie a tierra —me confesó el día que decidió abrirse a la curiosidad de este

periodista— y me quedé muy extrañado al ver una «sombra» en la puerta del

cementerio. Viniendo desde la carretera ya me había dado cuenta de cómo «una

chispa» o resplandor había surgido por esta misma zona. Yo venía de Nuñomoral, de

dejar a la novia, y se me hacía bastante tarde. Así que no lo pensé más y pensando en

algún reflejo de algo le di otra vez al arranque. Pero cuál es mi sorpresa cuando de

nuevo miro para la cancela, ya para marcharme, y se me planta allí la figura de un

niño. ¡De un niño pequeño!

—¿Un niño normal? —le pregunté la tarde en que compartimos café y larga

charla junto al humo denso de la chimenea.

—Totalmente normal. Al menos eso me pareció a mí a primera vista. Lo que sí

me dejó allí «pegado» es la ropa que llevaba. Era toda muy blanca, blanquísima.

Tanto, que casi tuve que ponerme la mano para no quedar un poco cegado. La cara

era de niño de unos cinco o seis años, y me sonreía.

—Sentiste miedo, imagino…

—Pues lo que sentí en ese momento se me ha quedado bastante marcado. No fue

miedo, ni ganas de huir, fue algo muy difícil de describir. Es como si aquella cara de

niño, aquel pelo y aquellos ojos me quisieran decir algo. Era una sensación entre la

curiosidad y cierta angustia. Yo sabía que eso no era normal.

—¿Y qué hizo el niño?

—Se quedó allí y, sin dejar de mirarme, fue girando la tapia de piedra hasta

desaparecer. Justo cuando dejé de verlo fue cuando un escalofrío de pánico me

recorrió de arriba abajo. Es como si allí, subido encima de la moto, empezara a

preguntarme mil y una cosas. ¿Qué demonios pintaba allí aquel niño como con una

sotana blanca? ¿Cómo yo no lo conocía si allí absolutamente todos sabemos unos de

otros? ¿Por qué no me había hablado? La verdad es que salí de allí pitando,

arrancando la Ducati a la primera y sin querer dar la vuelta a mi cabeza bajo ningún

concepto. En esos momentos sí sentía miedo. Un miedo imposible de describir.

Al llegar a mi casa —prosigue— iba absolutamente enloquecido, me metí en la

cocina e intenté beber agua para calmar un poco los nervios. Allí estaba apoyado

cuando entró mi abuela, una persona muy anciana y muy sabia de todas esos saberes

antiguos de Las Hurdes. No te puedes imaginar lo que me dijo.

—Sorpréndeme… —le dije con una media sonrisa.

—Pues te juro que mi abuela sonrió al verme así de pálido y alterado. Yo le iba a

empezar a contar lo que había sucedido, y justo cuando empezaba, sin darme tiempo

a contarle lo del niño, me dijo con estas palabras: «No te preocupes; sin tú saberlo, te

eché el responso de San Antonio Bendito, que se aparece por estos caminos como la

figura de un niño blanco. Es tu protector contra los espantos y siempre te

acompañará, así que no debes temer por nada». Yo me quedé de piedra y derechito

me fui a la cama. Luego supe de varias personas de toda confianza que se las han

visto con estas llamadas ánimas, pero jamás quise decir nada. Aquellas palabras de la

buena mujer me dejaron tan confuso, ¿cómo podía saber ella lo que me había

ocurrido? Querido amigo, de verdad que aún hoy, en noches que me quedo despierto

mirando desde Aceitunilla para aquellos parajes, me lo sigo preguntando.

 

Pedro Martín Álvarez en el lugar exacto donde vio a un extraño «niño con sotana». Al fondo, el escarpado

pueblo de Aceitunilla.

 

Dejé a mi espalda el sombrío camposanto de Aceitunilla y me dispuse a desandar el camino a la busca de la arteria principal con la que seguir la ronda nocturna hasta

Nuñomoral. La calma era absoluta y ni un alma aparecía por las cercanías. A la

derecha, seseando suavemente mientras se aleja monte arriba, aparece el arroyo de la

Morocona. A lo lejos, tras los racimos de luces lejanos del poblado de Cerezal, se

adivinan varias paredes de pizarra abiertas en la roca viva que aportan al paraje un

aspecto lunar. Junto al pequeño riachuelo se alza un lugar que los antiguos nombran

como Togonal de las Chozas. Aquí, según cuenta la hereditaria tradición oral sobre

las ánimas, se apareció por vez primera el niño blanco, embozado en una túnica

resplandeciente y gimiendo en la noche. Una partida de hurdanos que regresaba de

las dehesas charras no cabían en su asombro al contemplarlo. Esto ocurriría allá por

el 1870. Los más de diez campesinos huyeron al ver una criatura que agitaba unos

brazos rollizos y cortos, mientras intentaba deshacerse de su apretado atuendo. Sus

llantos, agudos y lastimeros, provocaron tal miedo que aquellos hombres bien

fornidos corrieron campo a través hasta no parar cada uno en su alquería. Desde

entonces se tiene la creencia de que en alguna de las cuevas estrechas y sinuosas que

cuelgan por la ladera tiene su guarida el ánima de ese bebé monstruoso. De ellas

saldría, arrastrándose como un reptil, para llamar la atención de algún transeúnte

despistado. Y en las mismas se ocultaría al ceder el manto nocturno su cetro a los

rayos del sol. Nadie sabe a ciencia cierta cuáles son sus intenciones, pues ningún

hurdano ha sido capaz de llevárselo en brazos. Su inquietante aspecto, dicen, provoca

que desde hace más de un siglo more cerca de su escondrijo terrenal, sin conseguir su

objetivo [1].

La carretera comienza a descender y me hace apresurar el paso. Muy al fondo,

seguramente proveniente de algún corral en las inmediaciones de Cerezal, un ladrido

lastimero rasga el viento cada veinte o treinta segundos. Precisamente estos recintos,

por extraño que pueda parecernos, son lugar predilecto para las apariciones

consideradas «fantasmales». Las viejas crónicas sobre estos fenómenos de carácter

supuestamente paranormal así lo han constatado a lo largo de la historia, y Las

Hurdes, como región eminentemente rural y ganadera, no iba a ser una excepción a

este respecto. En estos cubículos de reducidas dimensiones y que en la vivienda

tradicional de pizarras solían ocupar la primera planta de la casa o un espacio anexo a

esta, han ocurrido sucesos insólitos que son hoy recordados con inquietud. Sucesos

que nos hablan del retorno de las ánimas. En algunos, además, se destilaba con

palabras sencillas y arquetipos próximos a la vida cotidiana toda una filosofía

«kármica» sobre las posibles reencarnaciones y los pagos que determinada alma

debía hacer al llegar su momento. De un supuesto juicio final regido por una

autoridad suprema infalible podían surgir cosas tan sorprendentes como animales que

en sus entrañas ocultasen la conciencia y los sentimientos de un ser humano. Avelina

Encinas Japón y Tío Juan fueron testigos excepcionales de uno de estos episodios de lo que podríamos calificar «reencarnación involutiva», un episodio de tintes

legendarios que, una vez más, contaba con personas de carne y hueso como aval.

Afirmaba sin titubear el matrimonio cómo en 1965 la humilde casa en la que vivían

se iluminó repentinamente con una claridad jamás vista. Como si hubiese amanecido

en plena madrugada, el resplandor fue mitigándose hasta quedar concentrado en el

piso bajo, en un viejo corral que hacía varios años estaba en desuso. Al penetrar en su

interior, provistos de un candil de aceite, observaron una rolliza gallina blanca que

corría de un lado a otro de la pared frontal. El impacto fue tal que Avelina y Juan se

quedaron estáticos a la entrada, viendo como aquel ave se les quedaba mirando

fijamente, parada en medio de la estancia. De ella surgió una voz ronca y

desagradable que se identificó lastimeramente como Tía Cristina, una mujer acusada

en tiempos de bruja y que gustaba de utilizar los saberes ocultos de la naturaleza a su

antojo. La gallina de pelaje albino prosiguió su plática, al tiempo que la voz se iba

tornando casi en llanto.

—Debo tres perras a San Antonio, protector contra los espantos, y no puedo

entrar en la buena ventura.

Dichas estas palabras, un fogonazo impresionante envolvió al ave y esta «salió

disparada hacia arriba», desapareciendo al instante y quedando un halo luminoso por

el corral.

Según cuentan todavía en Vegas de Coria, el bueno Tío Juan, con el susto en el

cuerpo, se trasladó a pie a Nuñomoral y dio las tres consabidas perras en la iglesia

para unas misas a San Antonio, el protector. A partir de entonces ya no se volvió a ver

jamás a la horrible gallina parlanchina ni los fuegos y haces luminosos que asolaron

la humilde vivienda. La tradición cultural recogió esta historia matriz ocurrida, según

certifican los familiares, a mediados de la década de los sesenta, y la adaptó a unos

temores sobre la vida después de la vida y la posibilidad de, según las obras que cada

cual haya efectuado en el valle de lágrimas, volver a la vida en situación tan

desventajosa como tras la piel de un animal de corral. Toda una filosofía oculta,

equiparable a las tendencias orientalistas y sus tan traídos y llevados «karmas

involutivos», en los que una persona puede reencarnarse en animal o en uno de su

misma especie según haya sido el calibre de sus actos.

En las inimitables Hurdes aún sigue presente el caso de Tía Cristina y la gallina

fantasmal, como indicador de lo que nos puede esperar al traspasar el umbral del otro

mundo si nos hemos dejado cuentas pendientes con las fuerzas que velan por los

vivos.

 

El paisaje que el viajero encuentra en su descenso nocturno hacia Nuñomoral no

es apto para cardíacos. A la izquierda, un profundo barranco desemboca en el valle

que posteriormente asciende oscuro hasta encresparse en unos picos lejanos y

vigilantes. La pizarra, desnuda y fría, construye formas imposibles a cada lado del asfalto, y los mochuelos, escrutando desde su rama al viajero, llenan el silencio con

su entrecortado cántico. Caminando por Las Hurdes uno no se extraña de que en cada

alquería, en cada núcleo habitado, se hayan ido creando diferentes mitologías con las

que explicarse la supuesta interfase o trance que, entre la vida y la muerte, pasan

todas y cada una de las personas. Estas peculiares representaciones, dignas de otros

tiempos más brumosos y lejanos, sin embargo han sobrevivido a la llegada de la

técnica y los avances del último siglo. El monte y la noche imponen sus leyes, y estas

deben ser respetadas a rajatabla por las personas que los moran. Saliendo de cada

pueblo, el campo y su oscuridad, son un mundo que el hurdano sabe todavía

inexplorado. Más allá de los enigmáticos animales que pueden sorprendernos a cada

recodo, más allá de lo puramente físico y real, la creencia popular nos habla del

cortejo de gente de muerte, una espantosa recreación de lo que sería el purgatorio y

que guarda un curioso paralelismo con los relatos de otras zonas que sufrieron el

mismo aislamiento, como Ourense o Zamora, donde se cuentan por decenas las

personas que se toparon con la célebre Santa Compaña o procesión de los muertos,

todo un compendio de manifestaciones socioantropológicas que se mantienen aún

vigentes[2]. Y es que, indefectiblemente, en los lugares abruptos y lóbregos surge un

caldo de cultivo idóneo para que se perpetúen miedos y terrores semejantes. Parte

inventados, seguramente, por el temor a lo desconocido y a lo oscuro que aguarda

siempre en la noche, cuando el camino es estrecho y solitario, y parte también, no me

cabe duda alguna, generados por hechos absolutamente reales.

El cortejo de gente de muerte se aparece al viandante, bien sea cazador, labrador,

colmenero o contrabandista, pasada la media noche y si se ha despistado por

solitarios caminos como este de Aceitunilla a Nuñomoral.

En las zonas limítrofes a Las Hurdes no existe un solo vestigio de relatos sobre

ellos. La tradición, como tantas otras que hacen de este un mundo incomparable y

singular, se frena incomprensiblemente en los lindes de Riomalo, camino ya de la

tierra castellana, y de Aldehuela, cuando la llanura se extiende hacia Cáceres.

Solo en estos quinientos kilómetros cuadrados se conoce y se teme al «cortejo de

gente de muerte», una compleja aparición fantasmal cuya presencia supera, por lo

dantesco y pavoroso, a su propio nombre. Como en todas las creencias hurdanas en

torno al mundo de los difuntos y a los fenómenos de difícil explicación, existe un

hecho que da el pistoletazo de salida y a partir del cual se comenta, se dice e incluso

se añaden pareceres y conclusiones según el gusto de cada cual. En este caso el

incidente nos remonta al lejano invierno de 1935. Hay diferentes versiones que

intercambian insignificantes detalles en la narración, pero casi todas coinciden en lo

básico. A la afable Consolación Martín le pude grabar una declaración sencilla donde

se explica perfectamente la consistencia de este misterio que sobrecoge con solo

nombrarlo.

Ya en el cruce de Nuñomoral, donde todos los vecinos dormían, y pisando

carretera firme hacia la alargada Vegas de Coria, recordé las palabras exactas de esta

mujer hurdana:

 

Esto ocurrió, según sabemos todos, allá por el final de 1935. Cerca de

Nuñomoral, y también luego en otros pueblos como La Huetre, se apareció, cerca de

la casa de una señora ya difunta que se llamaba Martina Gracia, un caballo de muy

buen ver y dos personas, hombre y mujer, que iban cubiertos con una especie de toga

o faldón que les cubría todas las piernas y casi llegaba hasta los pies de la propia

cabalgadura. Acababa de anochecer y varios mozos que estaban a la entrada del

pueblo, oyendo los cascos pisando las pizarras, gritaron: «¿Quién va?» Nadie

respondió, y a la tercera o cuarta vez que lo dijeron, de la oscuridad, y viéndose ya al

caballo girando a la entrada de una de las casas, se escuchó una voz terrible, como

muy fuerte pero de ancianos, a la vez que gritaba: «¡Gente de muerte!»

Al escuchar esto, los mozos pensaron mil y una cosas, entre ellas que eran

ladrones, y salieron todos decididos a por ellos cogiendo armas, piedras, palos…, en

fin, de todo lo imaginable. Al encontrarse con el caballo, los hombres se quedaron un

poco parados; los dos jinetes tenían la piel de la cara blanquísima y los ojos también

en blanco, como cuando se dan la vuelta; el pelo, lacio y moreno, y las manos que

sujetaban las riendas, huesudas y finas. Supieron entonces que aquello no eran los

ladrones, y no supieron qué hacer. El caballo dio la vuelta y comenzó a galopar con

los dos jinetes del faldón. Al pasar por un puente muy viejo que le dicen el del Tío

Vidal se esfumaron. Desaparecieron delante de todos aquellos hombres como si fuera

cosa de magia. Los cascos dejaron de sonar y las huellas se paraban en seco. En

otros pueblos, en esos mismos días, también ocurrió lo mismo. Desde entonces, desde

aquel mil novecientos treinta y cinco, la gente sabe que cuando aparecen las dos

figuras montadas de «el cortejo de gente de muerte» es que vienen a por el alma de

alguien que esa noche va a ser difunto.

 

Además de este cortejo, de cuya visión los hurdanos hablan como algo probado y

fidedigno, existen otras manifestaciones de tradición mucho más antigua y que,

diferenciándose de las que se conocen en el resto de España, poseen algunas

características asombrosas y sorprendentes.

Se habla todavía hoy mucho, en las alquerías del sur como Aldehuela, El Castillo

o Sauceda, de la aparición de la procesión de ánimas. Dícese de ella que la componen

al menos una decena de almas en pena y que la que va en primer lugar, formando en

tétrica fila india, porta un hueso humano con una pequeña llama en su parte superior.

El humo que hace esta pieza ósea es tal, que puede ser divisado desde kilómetros a la redonda. Es entonces cuando se ve una peculiar y muy densa columna de humo

negruzco que avanza lentamente, el momento de huir hacia el pueblo más próximo.

Si no se hace a la debida velocidad, la procesión acabará paralizando a su víctima y le

hará ofrenda del susodicho hueso llameante. Se dice, al contrario de otras tradiciones

galaicas que hablan de un inmenso cirio que es pasado al infortunado y con el cual es

obligado a peregrinar cada noche con los difuntos víctima de un amarre sobrenatural,

que el difunto hurdano, que no tiene rostro y posee cuerpo parecido al de un niño,

exclama algo parecido a «Si tomas este humo, humo habrás de ser», y acto seguido el

desdichado que toma el fémur en sus manos es envuelto por una llama espantosa que

lo devora en segundos, reduciendo sus carnes y ropas a tristes cenizas que después

vuelan sin rumbo en medio de la noche.

Por esta misma carretera que pasa por Vegas de Coria, que en los tiempos en lo

que esto ocurrió era un simple camino polvoriento, han ocurrido diversos casos de

estas procesiones del otro mundo. A pesar de que el cansancio, tras la ruta nocturna

de varias horas a pie, me pedía a gritos merecido reposo en la familiar posada de

Ángel, tomé un respiro y eché la mirada al bravío río hurdano que baña con sus aguas

toda la región. A uno de sus regatos se aproximó una noche de los años cincuenta

Gregorio Martín Domínguez, que hacía una carga de vino desde las cumbres de la

sierra de Francia para su negocio en tierra hurdana. El hombre andaba ya cansado y

se dispuso a refrescarse cuando oyó una música extraña que nada pintaba a tan altas

horas de la madrugada. Tomó sus precauciones y se ocultó tras unos arbustos, que

aún se mantienen en pie, para espiar a quien fuese el autor de la extraña fiesta.

Sonaban instrumentos de todas clases, a un mismo tiempo y cada vez con una mayor

cercanía, con lo cual Gregorio optó por acurrucarse y dejar su vino bien escondido

junto al camino. A los pocos segundos aparecieron junto al río varios personajes,

unos seis u ocho, que parecían bailar de un modo frenético. Iban con una ropa blanca

que brillaba y su rostro era pálido como la mismísima parca. En un momento dado

hicieron un círculo y otro individuo, vestido del mismo modo y con la cara alargada y

facinerosa, comenzó a manipular algo parecido a «un cuadrado» del cual parecía

surgir aquel sonido acompañado de diversas luces que reflectaban en los campos y

aguas que rodeaban la escena.

Un movimiento inconsciente de Gregorio le hizo caer hacia delante, parándose en

seco toda la algarabía. En aquel instante, pensando que aquellas gentes fantasmales se

le iban a acercar con fatales intenciones, notó el testigo un alivio al comprobar que

desaparecían como disolviéndose en el aire. En un abrir y cerrar de ojos no quedaba

ni rastro de lo que parecía una fiesta en el otro mundo, y el buen hombre se fue

apesadumbrado y temeroso hasta que ganó el pueblo de Vegas y se sintió algo más

seguro entre cuatro gruesas paredes.

Su caso no era el único. Claudia Expósito, «Tía Claudia», mujer que vivió muchos años en el alto pueblo de El Cabezo, también sabía de «los colmeneros» o

figuras igualmente extrañas que, siempre ataviadas con ropajes de un blanco

inmaculado, iban en procesión con una especie de luminaria en la mano. En ese

mismo pueblo, recóndito por su situación y aislado a marchas forzadas por la brutal

emigración, sigue teniendo gran arraigo la historia de la «difunta», que se aparece

encabezando la procesión de ánimas y que recrimina al marido el trato que le dio en

vida.

Algo parecido se cuenta en Aceitunilla, donde las venganzas desde la otra vida se

efectúan con apariciones que helarían la sangre del más valeroso. Al acordarme de

una de ellas, muestra de la riquísima tradición oral a este respecto existente en Las

Hurdes, agradecía tener una mano ya sobre el picaporte de la posada, en la que ya

todos dormían y de la que gracias al eficiente Ángel Domínguez Giménez dispongo

siempre de las llaves. Ya en la cama, observando las frías estrellas pulsantes a través

de la cristalera, recordé una serie de leyendas que, particularmente, me ponían los

vellos como escarpias.

Con morfeo aferrado al pensamiento, tras un largo y solitario peregrinar por «la

ruta de las apariciones», reviví las palabras de muchas mujerucas que me contaron

cómo a determinado personaje del pueblo, cuyo nombre no estoy autorizado a

revelar, le llegó una venganza del más allá realmente escalofriante. Al deambular por

uno de los caminos que estaban próximos al pueblo de Asegur, comenzó el elegido

por el infortunio a escuchar unas voces que venían de lo alto. Poco a poco fueron

bajando en un nubarrón que daba toda la impresión de seguir al testigo. Este, como es

natural, empezó a correr como alma que llevara Satanás, al tiempo que las carcajadas

de algo o alguien se hacían más y más fuertes. En un momento dado, el hombre sintió

un impacto fortísimo en su hombro. Algo duro como una piedra le había llovido del

cielo, y el topetazo lo dejó medio tirado en la cuneta. Al incorporarse notó aún más

cerca el cínico reír, y en un acto instintivo echó su mirada al camino. Allí, en el suelo,

aparecía una cabeza humana con largo cabello deshilachado, piel arrugada y

dramática sonrisa en sus labios. Era su mujer, difunta ya hacía algunos años y que

había sido un martirio para el marido. Envuelta en un halo de espectral claridad,

aquella faz quedó en el lugar mientras el testigo huía, sujetándose el hombro

desencajado y con el alma en un puño, asfixiado por el espanto.

Y a pesar de que no pueda darlo por el acuerdo que un día hice con el testigo, esta

historia, como casi siempre en el Paraíso Maldito, tiene nombre, apellidos y una

identidad que durante años vivió atormentada por lo sucedido. No fue la única. Y es

que aquí, el supuesto retorno de las ánimas al valle de lágrimas trasciende lo

puramente legendario para erigirse en una realidad que deja secuelas en personas de

carne y hueso. Quizás eso sea lo más estremecedor, ilógico y desafiante.