El paraíso maldito
Capítulo 1
Viaje hacia un pasado legendario
Un mundo tenebroso. - El padre Nieremberg y Lope de
Vega. - El «descubrimiento» de las Hurdes. Entre el
infierno y el paraíso. - Los misteriososos ídolos-estela. -
Cronología de un siglo negro.
«¿C UÁNTOS MISTERIOS guardan estas montañas?», me he preguntado mil veces, rodando solitario por las carreteras estrechas que surcan Las Hurdes. Misterios de los saberes ocultos y los fenómenos inexplicables, de la
tradición milenaria y de una naturaleza viva y compleja que sobrevive
milagrosamente, centrada en sí misma y ajena al rodar del mundo. Desterrados del
tren de los adelantos durante varios siglos, los hurdanos han sabido convivir en su
universo de pizarra incrustada en las faldas de las sierras, con sus complejas normas
sociales y conscientes, eso sí, de la realidad de unos sucesos extraños que les han
acompañado desde siempre y que, sin que aún sepamos por qué motivo, se expresan
aquí con toda rotundidad, demostrando que, efectivamente, existen más allá de la
imaginación de unos y las habladurías de otros.
Extraños seres que no parecen de este mundo, etéreos y espigados, se han visto
por estos caminos y pedanías desde el inicio de los tiempos. ¿Y las luces ingrávidas
que surcaban los cielos en épocas sin electricidad ni adelanto alguno? Mal recuerdo
de ellas guardan los habitantes de los silenciosos pueblos del norte de la región.
Carabusino, Casares de Hurdes o Ladrillar las evocan aún, mientras los documentos
oficiales quedan como testigo de su paso, iluminando veredas y surgiendo como soles
en la media noche.
Incluso, se recuerda aún hoy por las estrechas callejas, más de uno sintió en sus
carnes un «calor de otro mundo» que se lo llevó a la tumba. Historias estremecedoras
con nombres y apellidos, al margen de la leyenda e instaladas en la más profunda
realidad. Sea como fuere, los hurdanos, a fuerza de observarlos, han aprendido a
convivir con esa «dimensión insólita» que aquí parece superponerse a la habitual con
tenebrosa insistencia.
Estas gentes fueron bautizadas como «diablos» por los primeros que hasta aquí
llegaron ya avanzado el siglo XVII. Ha pasado mucho tiempo, pero la sensación de
penetrar en un mundo abrupto y cargado de enigmas revolotea con el viento de la
tarde hasta nuestros días. Lógicamente, la concepción sobre los hurdanos ha cambiado en este espacio de tiempo. Afortunadamente y gracias, en parte, a su
esfuerzo para dejar atrás la imagen negra de la desolación y la pobreza que durante
tantos largos años les asoló. Sin embargo, los misterios no se han ido. Como
negándose a ser arrancados de sus montes y desfiladeros, el amplio abanico de
fenomenología inexplicable y asombrosa se niega a abandonar el lugar. Su presencia,
sutil pero a flor de piel, continúa inquietando al viajero que hoy llega hasta allí. Y les
aseguro que esa sensación, como todas las sensaciones auténticas habidas en el
mundo, no es casual, no es de ahora.
Esta es la imagen más antigua que se conserva de Las Hurdes. Es el pueblo de Las Mestas, al que se accedía
desde las tierras de Salamanca. Aquellos hombres y mujeres jamás habían visto una cámara.
Más o menos lo mismo debió sentir, en los albores del 1600, el padre Nieremberg
para dejarse llevar por su imaginación y deformar lo que había visto en estas sierras
cuan-do fue guiado a caballo por algunos hombres del duque de Alba que habían
visto a hombres y mujeres «como de otro tiempo» corriendo de un lado a otro y
asentados en comunas tras las sierras conocidas como «dehesas de Jurde».
Cuentan que el religioso volvió de su viaje aferrado a la cabalgadura y vivamente
impresionado por lo que habían presenciado sus ojos. El rumor era cierto. Un año
después, en la obra Curiosa Philosophiae, se refería a ese «hallazgo» dentro de las
tierras de Cáceres y Salamanca como un reducto donde había sobrevivido una etnia
diferente, que se comunicaba por gutural idioma jamás oído anteriormente, y que
parecía contener arcaísmos propios del tiempo de los bárbaros. Ajenos a que hubiese
otro mundo, los primitivos hurdanos y siempre según el padre Nieremberg, vivían sin
ley ni moral creyendo ser solos en la tierra, en su particular Paraíso Maldito.
Como se desarrollaron aquellas gentes durante el largo período en el que apenas existen documentos sobre ellos sigue siendo todo un misterio. Abandonados a su
suerte por los administradores de tan vastos terrenos, los hombres y mujeres de las
montañas de Jurde resistieron en su desagradecida comarca encrespada hacia los
cielos y donde escaseaba el vital elemento de la tierra, constantemente abierta y
resquebrajada la dura pizarra que emergía furiosa desde las capas más profundas del
subsuelo impidiendo cultivo alguno.
En 1604, con el descubrimiento de esta «nueva raza» corriendo por los
mentideros de una España que vivía su Siglo de Oro entre artistas, hidalgos venidos a
menos y una picaresca que comenzaba a ser radiografía viva del país, el aplaudido
dramaturgo Lope de Vega recreaba una pequeña obra, Las Batuecas del Duque de
Alba, que vino a echar más leña al fuego. En ella se narraba la tragicómica historia de
dos sirvientes y amantes que en su apasionada huida hacia las montañas tropezaba
con aquellos habitantes del otro lado del valle de Las Batuecas, descubriendo así una
España inhóspita e imposible, donde descendientes de los antiguos godos, vestidos
con lanas de cabra y hablando en lengua incomprensible vivían olvidados por el resto
de la civilización.
La obra de Lope generó un sinfín de críticas e hirientes rumores dirigidos como
puñaladas hacia las autoridades de la época. Que se hubiese hallado una porción de
España tan negra y extraña en pleno siglo XVII no deja indiferente a nadie y en la
corte, según afirman historiadores como Miguel Ramos, se tomó como cierto un
incidente que reproducía, a pequeña escala y en pleno corazón de Castilla, la gesta
del Descubrimiento.
Un grupo de hurdanos, en 1913, observa a uno de los viajeros llegados desde la capital. Es el pueblo de El
Rubiaco.
Pero aquella tumultuosa centuria dio para mucho más. La condesa de Genlis, Du
Crest de Saint Aubin, aseguraba en una de sus obras que en la montañosa e
inexplorada región los campesinos y viajeros extraviados…
… habían visto sobre los peñascos unos torbellinos de humo, llamas y
terribles apariciones de figuras espantosas y espectros, y se habían oído
voces formidables que proferían palabras desconocidas.
En ese mismo sentido, afirmaba:
Todos los años, a la entrada de la primavera, los curas de los alrededores
reunidos en cuerpo y desfilando procesionalmente iban a exorcizar aquellos
temibles peñascos, a fin de preservar al país de los maleficios de los espíritus
infernales. La melodía lúgubre de sus cánticos atraía siempre algunas que
confirmaban todos los cuentos de los pastores.
La creencia de que en los afilados y grisáceos riscos se habían refugiado clanes
ajenos al cristianismo que adoraban al diablo fue aceptada en todas las tierras de
Castilla. Y así comenzó el odio y el rechazo a todo lo proveniente de aquella comarca
solitaria. No había nada de interés en Las Hurdes para los forasteros, y nadie se
adentraba en ella por ningún motivo. En el exterior se hacía el silencio y en el interior
se vivía al margen de Dios y de los otros hombres, ajenos a las todas las instituciones
y al Estado.
Curiosamente, la atención por este territorio extraviado de todos los mapas cobra
auge en nuestra vecina Francia. Allí alguien sí tenía un especial y secreto interés en
ese enclave situado en el paralelo 40/6: el rey Luis XIV, obsesionado con descubrir el
lugar exacto donde se hallaba el Edén bíblico. En su afanosa búsqueda del verdadero
Jardín de las Delicias ordenó a la Academia Francesa realizar arduos estudios para
encontrar la situación precisa de este lugar de ensueño. Corría el año de 1689 y el
obispo de Abraches, Daniel Huet, presidió la comisión investigadora y redacto el
informe final. A pesar de lo desalentadoras de sus conclusiones, ya que no se supo
con certeza en qué punto del globo se encontraba el anhelado objetivo, se barajaron
hasta el último momento un racimo de enclaves entre los que se encontraban, según
rezaba el manuscrito, «Egipto, Damasco, algún rincón de la Mesopotamia… y un
resguardado valle de Castilla de nombre Batuecas».
Algunos médicos, como el doctor Bide, aseguraban que «existe una etnia diferente en esta sierras de Las
Hurdes». El debate antropológico se prolongaría durante varias décadas.
Aquellos eruditos estipularon ocho condiciones básicas que, de ser cumplidos con
exactitud, otorgarían el sin igual título de Paraíso Terrenal. Se exigía, en esta histórica
comisión, un reducto frondoso y de reducidas dimensiones, con aguas frescas y
saludables, clima templado y variadas especies animales que compartirían el
privilegio de su asentamiento con unos pocos hombres que allí pulularían sin saber en realidad que estaban pisando el lugar sagrado.
Hilando muy fino, el obispo Huet creyó ver en el valle de Batuecas-Hurdes, cuya
etimología nos remite a los términos Bato y Jurde o Iurde[1], un edén violentado de
nuevo, después de mil seiscientos años, por los hombres del duque de Alba. Y lo
cierto es que otros intelectuales ayudaban a fortificar esta creencia con sus
impresiones tras viajar hasta la «Tierra sin tierra». Tomás González de Manuel
afirmaba sin tapujos que aquello era un remedo del Paraíso Terrenal, envuelto en
tantos matices vegetales que el fabuloso verdor de sus campos y frutos hacía
olvidarse del pan, alimento que, dada la ausencia de trigo, aquí se desconocía por
completo. Asimismo, Antonio Ponz, en su monumental Viaje de España, escribía de
«fuentes y ríos apacibles, de aguas saludables y frescas con abundante pesca y riveras
con arenas auríferas preñadas de piedras preciosas».
A favor y en contra, media Europa se sumergía en una discusión que colocaba a
este rincón de España entre el cielo. Tan solo unos pocos conjeturaban con la
posibilidad de que en el misterioso valle se fusionaran ambas realidades en un
«Paraíso Maldito», fascinante y aterrador a partes iguales.
Esferas que parecen surcar los cielos grabados en las rocas de Vegas de Coria. Una de las primeras
representaciones de la humanidad que se asentó en Las Hurdes.
En aquella época la estadística ya estremecía: Las Hurdes era el reducto de
Europa con mayor índice de mortandad infantil y un foco infecto de enfermedades,
como el paludismo, que arrasaban con la población de modo alarmante e inevitable.
Tímidamente comenzaran los envíos de medicinas y comida al amanecer del siglo
XIX. Incluso, en varios debates que llegan hasta las más altas esferas políticas de la
época, se plantea la posibilidad de recoger a aquellas ocho mil almas y trasladarlas a
otros lugares a priori más habitables. Pero la proposición oficial ofende a los
hurdanos, personas de sabia entereza y creencias muy particulares, que se resisten con fiereza a abandonar su mundo. No quieren el destierro de su pequeño universo,
ese que solo ellos conocen y al que están apegados en cuerpo y, sobre todo, en alma.
Ya en ese tiempo tan lejano causa estupor entre los cronistas, miembros de la Iglesia
con afán evangelizador y los primeros médicos la capacidad del hurdano para intentar
responder las preguntas que le plantea la madre naturaleza, para saber utilizar sus
distintas savias en forma de mil ungüentos y remedios, y también para temerla,
aceptando la existencia de seres y luminarias extrañas que surgen de la noche y con
las que jamás hay que cruzarse, como si fuesen partes vivas del propio entorno.
Extraños objetos aparecidos en petroglifos en diversos abrigos pizarrosos de la comarca. Los arqueólogos se
encuentran confundidos. Los astroarqueólogos, por su parte, no dudarían en ver en estas imágenes diversos
ingenios voladores que por aquí fueron vistos hace cinco mil años.
Pero esta filosofía de vida y los conocimientos mágicos, transmitidos por los
viejos brujos zahoriles de cada asentamiento o alquería, no surge espontáneamente.
El particular y profundo sentimiento de «conexión con lo trascendente» viene de muy
antiguo, quizá desde el inicio de los tiempos, cuando en las primeras trazas de
humanidad dejada en esos riscos hace cuatro y cinco milenios ya se denotaba un
extraño fervor por lo desconocido, por lo sobrenatural y lo cósmico.
En el suelo de una letrina del pueblo de Cambroncino se encontró una pieza arqueológica de extraordinario
valor. Esta es la única imagen de su emplazamiento original.
En algunos museos españoles, tan añejos casi como las piezas que almacenan sus
entrañas y en no pocas casas particulares, se guardan, entre polvo y telarañas, algunas
de estas muestras sorprendentes del prehistórico y «mágico» arte hurdano. Sobre
lascas de pizarra, los habitantes de aquellas sierras abruptas dejaron dibujados
grotescos seres, dioses desconocidos y jamás catalogados, provenientes al parecer de
los cielos y de los que salían rayos y haces de luz hacia las alturas. Como forma de
explicar una compleja cosmogonía[2], los hombres venidos desde las alturas,
grabados en largas noches junto a las cavernas, representaban un modo comprensible
para establecer cómo se hizo el mundo y por qué se creó la asombrosa naturaleza que
en ocasiones, con sus súbitas demostraciones de fuerza, llenaba de misterio la oscura
noche de la Edad de Piedra.
Detalle del llamado «ídolo de Cambroncino», un dios extraño que se grabó en la piedra hace unos cuatro mil
años. Hoy se encuentra en paradero desconocido.
Recuerdo perfectamente cómo en la alquería de Cambroncino apareció uno de los
más extraños y misteriosos «dioses de piedra». En una vieja letrina, cumpliendo labor
de entarimado de urinario, una de las piezas maestras de estos hurdanos de la Edad
del Bronce languidecía sin llamar la atención de nadie. Fueron muchos los años
transcurridos hasta que una visita le hizo caer al dueño en la pequeña joya
prehistórica que se guardaba en recinto tan original. Con expresión triste y una gran
diadema que parece emular a los rayos del sol, el «ídolo de Cambroncino»
inclasificable por los catálogos ortodoxos, fue extraído de su lugar de origen para
pulular sin rumbo concreto por museos y dependencias oficiales de la provincia. Hoy,
como muchos de sus «hermanastros», se encuentra en paradero desconocido,
agregando así un halo de misterio al final de su corta vida pública. Nadie tiene la
remota idea de qué pasó con él, con este estandarte del arte y el sentimiento religioso
de los más primitivos pobladores de la comarca que, a buen seguro, dibujaron
atemorizados sobre una lasca de piedra en honor a su «señor» para que los guiase y
diese fuerzas en hábitat tan agreste y duro.
La aparición súbita de los ídolos-estela en los lugares más insólitos e inesperados
ha motivado en los últimos tiempos la llegada de arqueólogos de todo el país.
Algunas, como la doctora Carmen Sevillano San José, abogan por el pasado hostil y
guerrero de aquellos pobladores del Paraíso Maldito. Los petroglifos[3] hallados en
pueblos como Las Erias, La Huerta, La Huetre o El Gasco, donde aparecían grabadas
en las faldas de las rocosidades pizarrosas largos puñales y otros armados inventarios,
daban visos a la posibilidad de que, efectivamente, toda la comarca estuviese habitada por clanes diversos que se invadirían unos a otros constantemente en una
batalla sin fin, centrados en sus pequeñas sociedades y rezando a sus misteriosas
deidades, de las que solo nos queda el recuerdo remoto marcado en las piedras. Sobre
ellas, el afable y prestigioso arqueólogo Antonio González Cordero me afirmaba sin
tapujos:
Son piezas muy raras. No hemos encontrado ese tipo de ídolos más que en
una zona muy concreta de Francia, en el Languedoc. Y aún no sabemos qué
relación podía existir entre ambos enclaves. Existe una zona muy amplia en el
tiempo, brumosa y oscura, que hace que estas representaciones sean unas
completas desconocidas a la luz de la arqueología actual.
«¿Por qué solo en esta tierra? ¿Por qué diferentes al resto?», me pregunté aquella
noche de vigilia y café en el apretado estudio de uno de esos arqueólogos «de campo»
que han hecho de la búsqueda y la catalogación laboriosa y sistemática su filosofía de
vida. Pero ni él ni yo teníamos respuesta. Esos dibujos expresivos y extraños,
cincelados golpe a golpe a la vera de ríos silenciosos que también «por arte de
magia» son los únicos de toda la vertiente atlántica que corren en dirección opuesta,
debieron representar algo verdaderamente importante para sus creadores. Entidades
supranaturales, protectoras o amenazantes, que vigilaban en la noche de los tiempos y
que reflejaban elementos futuristas, como hebillas, correajes y cinturones, para
agregar aún más misterio al asunto. ¿Qué significan estos carros y artefactos volantes
que planean junto a los ídolos-estela? He preguntado más de una vez en los senderos
rocosos de Vegas de Coria o La Horcajada sin obtener tampoco respuesta alguna…
Los ídolos-estela son un auténtico misterio. ¿Por qué solamente surgieron en esta franja agreste del territorio
extremeño? Imágenes de figuras encontradas en los confines de la comarca, en dirección a Ciudad Rodrigo.
Hoy, tras una serie de intervenciones «oficiales», muchas de estas piezas vuelven
a dormir el sueño del olvido. Su mensaje enigmático, compuesto por grandes cabezas
a modo de escafandras y haces de luz que emergen de unos cuerpos antropomorfos, a
buen seguro harían las delicias de los aficionados a la astroarqueología[4]. Para
investigadores como Erich von Däniken, Robert Charroux o Peter Kolosimo no
cabría ninguna duda: los ídolos-estela vendrían a ser el documento en piedra de un
contacto sucedido aquí hace miles de años entre los habitantes de las montañas y
algún tipo de civilización desconocida y probablemente ajeno a la tierra —se
almacenan hoy en distintos museos arqueológicos provinciales—. Algo quizá muy
arriesgado para ser admitido de buenas a primeras, pero que sigue vigente como
hipótesis mientras la arqueología oficial no explique el motivo y significado de los
«dioses hurdanos de piedra».
De momento nadie parece saber nada acerca de ellos. Su muerte lánguida, en
cajas apiladas de cartón y lejos de las miradas del público, es triste e injusta. Los
ídolos-estela de Las Hurdes, complejos y desconocidos, parecen molestar a algunos
«arqueólogos» que no pretenden abandonar, bajo ningún concepto, lo establecido por
los más rancios libros de arqueología. Por fortuna, hoy el interés de algunos
verdaderos estudiosos con afán científico intenta arrojar luz sobre las sombras de
miles de años de oscuridad. Una oscuridad que se extiende desde esta época de la
Edad del Bronce hasta bien entrado el siglo XVII y que solo logra reclamar la atención
popular en los últimos ciento cincuenta años, cuando las imágenes de una tierra pobre y enferma llegan a los principales medios de comunicación. Se descubren así Las
Hurdes negras, el llamado «baldón de España» y su carga morbosa de enfermedades
y desahucio. Su misterio interior, sin embargo, todavía queda inexplorado.
La creencia por parte de la cúpula eclesiástica y la nobleza de la existencia de un
reducto de gentes casi salvajes, provistas de misteriosos poderes y entregadas a la
devoción de dioses desconocidos motivó durante siglos un aislamiento duro e
inexpugnable. Los hurdanos apenas salían de su comarca si no era para efectuar los
más penosos trabajos de siega en la llanura castellana o incluso —y de estos aún hay
muchos testimonios vivos—, para salir a arrancar las limosnas de pueblos limítrofes.
Las castas de «pidiores», activas hasta hace bien poco y organizadas en clanes
familiares, eran a veces el contacto de Las Hurdes con el mundo exterior. Un mundo
que seguía el ritmo impuesto por el tren del progreso y que cada vez se alejaba más y
más de las grises lascas de pizarra. Hasta bien entrado el pasado siglo no estalló el
interés antropológico y médico por una zona que permanece atrapada en su leyenda.
Los primeros viajeros con estos fines se adentran en el Paraíso Maldito a
mediados del siglo XIX, pero no es hasta la centuria siguiente cuando comienzan a
precipitarse los hechos que al final harán abandonar a Las Hurdes su pasado lastimero
y sobrecogedor. En apenas cien años se concentran un sinfín de acontecimientos que
ya son historia y que podríamos resumir en el teletipo de un siglo agitado e
inolvidable que colocó este pedazo de tierra casi desconocida en las portadas de los
noticiarios mundiales:
1845: Pascual Madoz, en su Diccionario Geográfico-Estadístico-Histórico de
España, habla de Las Hurdes del siguiente modo:
El aspecto exterior de las alquerías es tan mezquino que se confunde con el color
y la escabrosidad del terreno, y se necesita alguna atención para conocer que allí hay
un pueblo y seres humanos. Es un lugar habitado por una raza indolente. Su
ocupación se reduce a pedir limosna. Los niños son espectros vivos que luego
perecen de hambre y frío y las mujeres son de aspecto asqueroso y repugnante, con
palidez y miseria asomando a sus rostros.
1850: Historiadores ingleses, como Thomas Borrow, se adentran en Las Hurdes
para verificar la existencia de una tierra «infernal y misteriosa» perdida en las
entrañas de un país civilizado. A su vuelta publica en Europa, con impacto
generalizado, su obra La Biblia en España, donde habla de monstruos desconocidos
por la ciencia y de lagunas tan profundas donde muchos viajeros han perecido sin
dejar rastro. La descripción de ese «mundo encantado» atrae a diversos cronistas del
Viejo Continente hacia esta tierra extremeña. La «fiebre» por Las Hurdes se expande
sin remedio.
1880-1891: Otra generación de literatos y viajeros españoles toma el relevo de los
ingleses. El extremeño Vicente Barrantes, en Las Hurdes y sus leyendas, describe
espantado de su encuentro con los hurdanos, personajes, según él, harapientos y
andrajosos que cortan el paso con agilidad propia de las cabras, con la mirada perdida
y sumisos ante la llegada del forastero. A conclusiones más crudas llega Carlos Soler
Arqués, quien en Madrid, en una conferencia ante la «flor y nata» capitalina, habla de
un «foco casi paleolítico» comparable tan solo a algunos puntos de Oceanía o el
África profunda.
1892: La obra del doctor Bide Las Batuecas y Las Hurdes crea una consternación
en el foro de la prestigiosa Sociedad Geográfica de Madrid. El galeno describe un
mundo desamparado y hostil, regido por leyes al margen del Estado, donde el
abandono es la tónica general. Hace culpable de todos los males a una
Administración que apenas se da por enterada del asunto.
1903: Se denuncia el caso de los «pilos» o expósitos que, desde orfelinatos como
Plasencia o Ciudad Rodrigo, se entregaban a madres hurdanas para su cuidado por
una módica cantidad de dinero al mes. Algunas expediciones médicas aseguran que
algunas mujeres cuidaban al niño expósito para que el inspector verificase su estado
saludable y lo hiciese el pago, desatendiendo, en algunos casos hasta la muerte, a sus
hijos naturales. El escándalo se discute amargamente en toda Extremadura.
1908: La sociedad Esperanza de Las Hurdes promueve, en un acto histórico, «el
primer congreso de hurdanófilos» destinado a plantear y exponer los principales
problemas de la región y a canalizar las primeras ayudas económicas y educativas. La
revista Las Hurdes nace en el seno de esta sociedad, pero el tiempo y el abandono de
las principales autoridades hará que las buenas intenciones de este grupo de
intelectuales comprometidos caigan en el saco roto del olvido.
1909: El célebre hispanófilo francés, Maurice Legendre, director de la Casa de
Velázquez de Madrid, publica en París su Étude de geographie humaine, un amplio
trabajo sobre Las Hurdes y los hurdanos, sobre sus modos de vida y los misterios que
les rodean. Su impacto es mundial. Todo Occidente conoce la historia de un pueblo
anacrónico que agoniza entre los montes de Extremadura y Castilla. Se le considera
uno de los trabajos «cumbre» de la antropología mundial. Decenas de intelectuales
españoles caminarán hacia Las Hurdes en busca, a veces no exenta de cruel
morbosidad, de la realidad descrita por Legendre.
1911: Avalancha de hombres de ciencia, sobre todo médicos, que llegan con sus
pesadas máquinas fotográficas para retratar, sin respeto ni consideración, lo que consideran «elenco de monstruos» para sus tesis sobre cretinismo, paludismo y otras
enfermedades.
Las dos inmensas peñas que flanquean, entre brumas, la entrada a Las Hurdes desde la sierra de Francia.
Durante años nadie cruzó entre ellas. Casi hasta el siglo XX se pensó unánimemente que detrás se extendía «un
áspero y misterioso reino habitado por los demonios».
1922: Históricos reportajes de la revista Estampa, con Ignacio de Arcelu a la
cabeza, que ponen de nuevo el tema sobre el tapete de la actualidad ante la inminente
visita del rey. Los doctores Gregorio Marañón, Goyanes y Bardají han visitado la
región y se han quedado impactados por el desamparo de aquellas gentes. En sus
cuadernos de campo se habla de bocio, paludismo, cretinismo y hambre. Una
situación de alarma desesperada. Tras exponer estas conclusiones, el monarca
Alfonso XII decide viajar a la región.
Junio 1922: Alfonso XII viaja a Las Hurdes. Las gentes salen a la calle y el rey
comprueba, a caballo y a través de sendas impracticables, la cruda realidad que se
vive a cuatrocientos kilómetros de la villa y corte. En la histórica comitiva viaja
Gregorio Marañón, quien establece las primeras medidas sanitarias. Se reparten duros
de plata y quinina contra el paludismo mortal. Los periódicos de medio mundo
reflejan las imágenes de alquerías incrustadas en los montes, lejos de todo y de todos,
donde las gentes mueren al sol y donde hombres y bestias comparten casas inmundas
y oscuras construidas con lascas de pizarra. El monarca, de una de las chozas de la
alquería de Martilandrán ocupada por un tullido y una joven paralitíca, sale llorando
amargamente. La escena será recordada durante décadas. Se pone en marcha el
Patronato de Las Hurdes y se inauguran varias «factorías» donde se instalan puestos
de la Guardia Civil, botiquines y escuelas.
1922: Miguel de Unamuno, para realizar su obra Visiones y andanzas españolas, viaja a conocer de motu proprio el «problema hurdano» del que tanto se habla.
También lo hace el cineasta Luis Buñuel, impulsado por el trabajo soberbio de
Legendre. Aquello le impresiona de tal modo que empieza a elaborar la idea de hacer
una película al respecto.
1932: En el Palacio de la Prensa de Madrid se da el primer pase de Las Hurdes:
Tierra sin pan, de Luis Buñuel. La crudeza de las escenas, reflejando una pobreza
descarnada a lo largo de treinta y dos minutos de metraje, hacen que inmediatamente
el gobierno de la II República lo prohíba por «dañar el nombre de la nación». En
Francia, sin embargo, es un éxito sin precedentes. Lo mismo ocurre en el resto de
Europa. Se dejan igual los fotogramas y se realizan adaptaciones al francés. Al
mismo tiempo, desde España, se acusa a Buñuel de haber manipulado algunas
imágenes, como las de unas chiquilla mojando pan en una charca, el burro devorado
por las abejas o el entierro de un niño que es transportado a hombros en una artesa de
madera por el río, dada la inexistencia de tierras ni cementerios. La polémica aún
continúa.
1932: Nuevo viaje de Alfonso XII con el fin de comprobar la buena marcha de las
factorías y mejoras en Las Hurdes. La contienda civil frenará todo el progreso. El
abandono regresa al Paraíso Maldito.
1936: Durante la guerra, la película de Buñuel se utiliza fuera de nuestras
fronteras para denunciar a la España franquista. Las Hurdes quedan instaladas
definitivamente en el arquetipo de la «España negra».
1956: Comienzan los llamados «planes Hurdes» que dotarán a la zona de nuevas
infraestructuras, principalmente viarias, que conexionen definitivamente los
principales pueblos con el exterior.
1960-1972: Se producen en este periodo varios viajes de escritores que darán
como resultado obras muy polémicas y que mantienen el asunto hurdano en lo más
alto del candelero social. Enmarcadas en un existencialismo y realismo descriptivo,
títulos como Tierra sin tierra, de Víctor Chamorro, Caminando por Las Hurdes, de
Antonio Ferres y Armando López-Salinas, o Las Hurdes: clamor de piedras, de Juan
Antonio Pérez Mateos, describen situaciones cotidianas remarcando el aspecto negro
de pobreza, aislamiento y mundo centrado en sí mismo como denuncia a una política
que no ha resuelto los grandes problemas de esta comunidad.
1976: Fraga Iribarne establece un plan de desarrollo de toda la región, haciéndose
hincapié en obras hidráulicas y de reforestación de los montes. Se considera a Las
Hurdes, definitivamente, instaladas en el progreso.
Efectivamente, Las Hurdes ya no son lo que eran; las imágenes negras del
paludismo, el cretinismo y el bocio tan solo han quedado perpetuadas en las más
ancianas generaciones. Las comunicaciones son buenas, en general, y los servicios se
equiparan a los de cualquier punto de Extremadura. Solo hay una cosa que no ha
cambiado: la sensación inquietante de sus parajes sombríos, la soledad de sus
caminos y los misteriosos hechos que continúan produciéndose y que siguen
haciendo de este un mundo diferente, «tocado» por un halo especial que se siente
nada más traspasar al otro lado de los picos que se alzan como frontera natural de esta
tierra legendaria. En los días de tormenta plomiza, con las callejuelas vacías y la fina
lluvia asomándose en cada curva, esta sensación aún es más cercana y punzante. Es
algo que no ha cambiado desde el inicio de los tiempos, desde el propio
«descubrimiento de Las Hurdes» ocurrido hace ya tantos siglos. Los que en esta tierra
han nacido bien lo saben, y por lo general callan ante la pregunta del forastero.
Esa «otra realidad» sigue manifestándose con frecuencia, como si el tiempo no
hubiese corrido en las agujas del reloj. Las luces, los seres extraños…, no los han
abandonado. Basta llegar hasta aquí para comprobarlo por uno mismo.