El paraíso maldito
Capítulo 4
Centinelas de la noche
Todos escuchamos un ruido, como «bu, bu, bu…», que venía del cielo. Encima del pueblo apareció una luz
redonda y blanca que iba bajando poco a poco. La gente cogió tanto miedo que se encerraron en las casas y a
nadie se le ocurrió salir.
AMADOR DOMÍNGUEZ DOMÍNGUEZ, alquería de El Gasco
NO he conocido otro lugar en el mundo donde existan tantos testigos por metro cuadrado. Es difícil encontrar un hurdano que no se las haya visto con las «luminarias del cielo», o con los «lampariles fatales», o con los «cacharrus», o con los «banastros que vuelan», o con las «colmenas de luces».
Da igual el nombre con el que se las bautice. Algo pasa en estos quinientos
kilómetros cuadrados de montes y valles profundos. Solo hace falta acercarse y
comprobarlo por uno mismo. No es normal —creo— que, desde el último siglo,
campesinos, curas, alcaldes, maestros o incluso niños las hayan visto. De diversos
colores y formas. Con distintos comportamientos y desde diferentes distancias. Unas
a ras de suelo, otras emergiendo de las profundas aguas del pantano de Gabriel y
Galán, y algunas de los estrechos regatos de la comarca de Ribera Oveja.
Acercándose a personas tan normales como usted, obligándolas a huir en coches
por las carreteras asfaltadas. Antes se escapaba presa del mismo temor, pero a lomos
de la caballería y por los caminos sinuosos de la sierra.
Ha cambiado el mundo, pero no ellas, las extrañas luces de la noche. En Las
Hurdes, donde la información y los medios de comunicación también llegan, se
discute y habla. Unos opinan, la mayoría callan. Quien más, quien menos, tiene una
historia que no quiere contar.
Durante ocho años he procurado arrancar estos testimonios para saber algo
más. De momento, sobre su naturaleza, creo que ni yo ni nadie puede pontificar. Pero
el asunto está ahí fuera, candente y continuo. Las luces siguen viéndose, las últimas
poco antes de escribirse estas líneas.
Y las gentes, que quizás antes sospechaban del maligno y ahora de los tan traídos
y llevados ovnis, se continúan cuestionando el mismo interrogante: ¿Quiénes o qué
son? ¿De dónde y qué es lo que pretenden?
Son preguntas que también deben interesar al lector. No es tema baladí. Que se
sepa, estas luces ya han dejado dos muertes en el camino. Datos concisos y
contrastados. Eso son palabras mayúsculas.
28 de enero de 1999. - La luz de miedo. - ¿Qué aviones
volaban entre 1915 y 1930? - «Aquello nos quería alejar
a toda costa». - Una pelota maldita. - Tras el misterioso
lucero de Ribera Oveja. - Vampiros en la noche
amazónica. - El día del «bu, bu, bu….». - Cientos de testigos. - La senda de los petroglifos. 28 de enero de
1999 (y II)
28 de enero de 1999. Madrugada
R ECUERDO que reduje a segunda con cuidado. Con un golpe breve y decidido de acelerador pude encaramarme sobre el montículo y quedar frente al cielo abierto. Un latigazo me recorrió el espinazo hasta la última vértebra y un sudor frío comenzó a apoderarse de mis manos. Estábamos en la noche más negra de las
negras Hurdes. A las dos de la madrugada por aquel camino serpenteante no pasaba
un alma. Sin embargo, hacía escasos veinte segundos que Lorenzo Fernández,
copiloto en aquel nuevo regreso, había girado bruscamente, abriendo la ventanilla en
un movimiento mecánico y estirándose hacia el exterior para intentar conseguir un
campo visual mayor con la mitad del cuerpo fuera del todoterreno.
—¡Allí están!
Era su voz que se alejaba con el aire y que escuché aferrado al volante, sin
distinguir nada más que oscuridad frente al parabrisas. Con un movimiento reflejo de
reportero habituado a toparse de frente con la noticia, extendió el brazo intentando
buscar la cámara de vídeo que dormitaba a la derecha de la caja de cambios. El
vehículo se detuvo. Lorenzo volvió a sumergir el cráneo en el habitáculo y con los
ojos muy abiertos, con una mueca híbrida entre la emoción y el miedo, se quedó
mirándome por unos segundos.
—Acabo de ver las luces…, acabo de ver las luces, Iker. Han pasado por allí y
para mí que han desaparecido justo detrás del monte.
El motor se apagó y el sonido del freno de mano al activarse dio paso al silencio
sepulcral. En la lejanía, sobre una escarpada ladera, las lámparas mortecinas, como de
menor intensidad a las que existen en otros puntos del país, envolvían en un halo
fantasmal la aldea de Arrolobos, el último enclave habitado antes de las sierras que
separan Cáceres y Salamanca.
La situación, si se mira desde la perspectiva de lo ya transcurrido, era
emocionante. En esos mismos días una oleada de avistamientos de objetos volantes
de procedencia desconocida mantenía en vilo a los pueblos del norte. Ese era el
motivo que nos había llevado hasta aquel rincón una vez más.
Tras hablar con decenas de testigos y palpar su temor ante los extraños aparatos que, día sí y noche también, habían sobrevolado la comarca, no pudimos resistirnos a
echarnos a las carreteras para probar suerte. Se daba la circunstancia de que, no muy
lejos de donde nos encontrábamos, un siniestro humanoide de tres metros y sin
brazos, envuelto en un manto de luminosidad tenue, había dado un susto de muerte a
José Luis García, un constructor de la comarca. El caldo de cultivo era el idóneo para
que quien demonios anduviese detrás de esa «escenografía» apareciese de una vez.
Tras echarme a la derecha, casi aplastando el cuerpo de Lorenzo, que de nuevo
emergía al exterior cintura para arriba, pude verlo con mis propios ojos. Una luz
ovalada y silenciosa, de tamaño considerable y a no mucha altura, había pasado a
unos seiscientos metros de nuestro solitario vehículo. Y el sudor de mis manos se
convirtió en una electrizante sensación confusa, mezcla de incontenible alegría y
profundo temor. Un temor sordo que se había filtrado en mi interior y que me hacía
mirar con respeto la vegetación que se arremolinaba frente al morro del coche. Las
sombras, los pinos inmensos y aquella soledad hacían que se dibujase una y otra vez
en mi mente el ser de tres metros y sin brazos que había deambulado por allí hacía tan
solo unas horas. ¿Y si se apareciese frente al coche?
Creo que sentía miedo, igual que Lorenzo. Por eso quizá no nos dijimos nada
durante varios minutos. Arranqué el motor y con los ojos clavados en ese trozo de
cielo azabache y frío enfilé el estrecho cortafuegos que ascendía hacia la posición que
había tomado la misteriosa luz. Atrás quedaba el último pueblo de Las Hurdes. Lo
habíamos atravesado pasando lentamente, observando las ventanas cerradas y una
farola que parpadeaba su haz amarillo hasta quedar definitivamente fundida. Un
autobús viejo y grande, sin recuerdo de viajeros, permanecía arrimado a la vera del
camino, como si se hubiese detenido en aquella parada hacía cuarenta años. No había
un vecino, todos parecían dormir.
En un momento cruzó mis pensamientos lo conveniente de avisar a más personas
para observar aquel fenómeno que parecía esconderse tras las montañas. Allí, a unos
metros tan solo, estaban los ovnis…, el enigma vivo que tantos años había estado
persiguiendo…
Es difícil calcular cuándo comenzaron a verse sobre los cielos hurdanos los
fenómenos luminosos, aquí conocidos como «banastros voladores». Un modo gráfico
de calificar a aquellos cestos de luz que brincando con movimientos secos y precisos
habían bañado en más de una ocasión caminos y aldeas apagadas. De formas
generalmente ovaladas, estos «espantos» han sido y siguen siendo considerados obras
del maligno. Casi siempre en perpetuo silencio, han asustado al campesino rezagado
en pleno monte o incluso se han mostrado encima de los tejados grises de algunas
alquerías. En Cambroncino existe constancia viva de los más antiguos encontronazos
con la llamada «cabeza de la luz». De este modo, los vecinos de una extensa zona
rodeada de lagunas y que hoy ocupan las aguas del inmenso pantano de Gabriel y Galán definían al mismo fenómeno que les tenía amedrentados desde la primera
década del siglo XX. El pueblo, y más concretamente las pequeñas casuchas que en su
día apiñaron el barrio del Teso, es un lugar algo bucólico, con abundante y fresca
vegetación que va ganando terreno a las construcciones que se caen por el peso del
tiempo. Pasear pausadamente por Cambroncino —o Cambroncinos, como también se
le nombra en algunos antiguos tratados— es un pequeño e impagable placer. Es muy
probable que el caminante se tropiece con los grupos de mujerucas enlutadas que aquí
y allá, arremolinadas junto a la acequia o sentadas sobre diminutos taburetes de
madera, ven pasar los días con la memoria puesta en un pasado rico en prodigios y
hazañas.
Historias como la de Nicolás Sánchez, que falleció tras una dolorosa agonía
después de ser alcanzado por un foco de luz con forma de pera que se lanzó a las
patas de su caballería, cuando aún no despuntaba el año 1918, han quedado impresas
en el recuerdo de todos y cada uno de los vecinos [1].
Tras varios viajes y aventuras logré localizar el punto exacto donde el buen
hombre fue alcanzado por la fantasmal energía, un regato donde el río reposa entre
altas montañas que lo guarecen de las miradas exteriores. Es un paraje absolutamente
oculto y aislado. Para llegar hasta él hace falta una buena brújula y un coche capaz de
adentrarse por las sendas del monte durante varios kilómetros sin miedo a las averías.
Tras varias vueltas y revueltas en medio de la absoluta nada, descendiendo con la
reductora por un valle umbrío que parecía intacto y secreto desde hacía siglos,
vislumbré el lugar de donde siempre surgía la luz. En cuclillas, sobre una de las
piedras redondas que las aguas erosionaban poco a poco y con la tarde
desplomándose sobre la vegetación, intenté recordar la escena.
Allí me acordé del bravo e infortunado Colás, la primera víctima mortal de la
luminaria de Ribera Oveja, mientras el sol se alejaba, subiendo por el mismo camino
sobre el que galopó el jinete herido ante el extraño fulgor [2].
María Iglesias, una de las primeras testigos de la «Luz de Ribera Oveja» en el ya lejano 1915.
Y sumido en esos pensamientos, en aquel epicentro del misterio, eché mano de
las anotaciones para comprobar que existían apariciones de este fenómeno que aún se
remontaban más en el tiempo.
Probablemente la primera «puesta en escena» de esta masa lumínica de gran
intensidad, movimientos aparentemente inteligentes y de unos dos metros de
diámetro, tuvo lugar un par de años antes, en 1915, cuando todos los habitantes del
pueblo se dirigían a la iglesia de Las Lástimas dispuestos a oír misa.
Y con el objetivo de encontrar a alguien que hubiese vivido aquellas andanzas,
me encaminé de nuevo hacia el pueblo alejándome del lugar donde Nicolás Sánchez
retó a la muerte. María Iglesias Iglesias, la «Abuela María», recordaba a la perfección
aquella tarde de primavera tan lejana. Fue la primera vez que se habló en la comarca
de aquel prodigio, y no era cuestión de perder el recuerdo y los detalles. Su chorro de
voz, intacta después de noventa años bregando de sol a sol, irrumpió aquella tarde
oscura junto a las arboledas verdes que refrescan los muros de Cambroncino. No muy
lejos, frente a nosotros y tapadas en parte por las ramas de un cerezo, aparecía la
iglesia, la misma que fue testigo de aquello:
Iker Jiménez en el punto exacto en el que Nicolás Sánchez Martín fue alcanzado por la «luminaria» en
octubre de 1917. De este apartado riachuelo surgía siempre la esfera de luz que durante décadas trajo
preocupación y miedo a los hurdanos.
—Le digo, hijo, que eso fue de no olvidar. Imagínese el cielo como lleno de
fuegos. Vino la luminaria poquito a poco, y nos arrejuntamos todos. Algunos
hincaron la rodilla al suelo y comenzaron el responso. Otros rezaban pensando en
algo del diablo o de la madre que lo parió. Era como un «bombillo», más gruesito de
abajo, que comenzó a «balanciarse» lanzando claridad a uno y otro lado. Allí no se
salvaba nadie…
—¿Y no hacía ruido aquel foco de luz? —le pregunté a mi afable contertulia.
—Pues no he de engañarle si le digo que se oía un zumbidito muuuy suave, como
un enjambre de las colmenas. Allí, en poco más de un minuto, no quedó nadie. Todos
nos metimos en las casas. Yo, que era mocita entonces, corrí hasta estos huertinos en
los que estamos ahora mismo. Y me tiré al suelo sin perder ojo a aquel «espantajo».
—¿El «espantajo» se fue de allí o bajó a tierra?
—Deja, deja… Mejor que se fuera por donde vino el condenado de Satanás. Se
«balanció» unas veces más y luego salió de allí zumbando dejando un «ristro» de luz
en todo el cielo. No había alas, ni ventanitas ni nada que se ve en los aviones de hoy.
Aquello era todo luz. Y luego los pescadores también se la encontraron metiéndose
en las aguas. Mucha gente la hemos visto metiéndose y otros saliendo de noche de lo
hondo de las aguas. Eso te estoy hablando desde el mil novecientos quince.
—Y desde entonces no se ha dejado de ver por estos lares…
—Exactamente, hijo.
—¿Y ustedes ya hablarían por la zona de esa luz intentando darle alguna
explicación?
—Pues sí. Hablábamos mucho de ella. Se comentó mucho por aquellos años. Por
qué se aparecía cuando menos se la esperaba. Le pusimos hasta un nombre a la muy maldita.
—¿Y cómo la llamaron?
—Luz de miedo.
Un foco de pequeño tamaño y redondeado surgió de las aguas y se dirigió como un rayo hacia el caballo de
Colás. Así ilustró el encuentro Fernando Jiménez del Oso.
Desde aquella primavera de 1915 las visitas se incrementaron, organizándose
incluso en 1923 alguna que otra batida para dar con el intruso. Pero poco pudieron
rendir las escopetas ante lo sobrenatural de aquella portentosa luminaria capaz de
girar en ángulo recto, posarse en el suelo y luego partir a velocidad endiablada con
dirección al estrellado firmamento. Convertida en problema de orden público, la «luz
de Ribera Oveja» soliviantó a propios y extraños durante mucho tiempo, siendo
protagonista de más de un rezo y responso en plena noche.
En el silencio de Cambroncino, y tras subir los peldaños de la iglesia, abrí con
cautela el oxidado cerrojo que protegía el sueño de los muertos. Me acompañaba en
esta ocasión la periodista Carmen Porter, quien con una mueca de extrañeza inicial se
ofreció para descerrajar con suavidad aquel candado. La delicadeza femenina resultó
mano de santo. Yo solo, como siempre, hubiese acabado saltando la tapia, y no me
parecía menester para con aquel lugar sagrado. Dentro del pequeño camposanto
antiguo, pegado a los mismos muros de la iglesia y devorado por una vegetación fina
y larga que hacía hundirse las botas casi hasta la rodilla, encontramos la última
morada de varios testigos de este fenómeno único. Allí, en el reducido silencio del
cementerio, vimos muy juntos y en perfecta comunión a algunos contemporáneos de
Colás. Ellos fueron los que vivieron el enigma en toda su intensidad, en toda su furia,
y quienes a buen seguro guardaban mil y un secretos sobre lances que ya era
imposible recuperar del baúl del tiempo. Y maldije el no haber llegado antes, el no
haber conocido a aquellos testigos ya difuntos para que me hubiesen contado sus tropiezos con la «luminaria». Porque toda una vida en su compañía, pensaba bajo
aquel cielo casi violaceo, debía dar para no pocos sustos.
Y allí los dejamos, con la noche ya creciendo, en ese Cambroncino donde apenas
se escuchaba el silbar del viento y la tranquilidad era mayúscula y solitaria, cada día
y cada año.
Más de una vez he tenido la tentación de pensar en algo más humano como
epicentro y causa de estos fenómenos. Quizás algún prototipo «descarriado» —he
barruntado más de una vez, mientras rodaba hacia estas tierras con el cielo plomizo
como telón de fondo— hubiese actuado en aquella primitiva era de la aviación a sus
anchas causando el pavor entre vecindades de lugares aislados y poco proclives a
informar a las autoridades de la época. Puestos a pensar mal, la zona, a principios de
siglo, sería un campo de pruebas ideal para cualesquiera de estos «aviones al margen
de la ley».
Desde las oscuras y profundas aguas del Gabriel y Galán se han observado, en los últimos treinta años,
infinidad de luces que suben hacia el cielo llenando de pavor a centenares de testigos.
En los últimos cien años la presencia de objetos físicos aparentemente no
humanos y de «bolas de fuego» que se vieron incesantemente en Las Hurdes
causaron una expectación sin límites. Y sembraron una duda que aún hoy prosigue
sin que nadie la despeje. Todo un enigma histórico al que pocos se han acercado y del
que podemos escuchar, en algunas resguardadas alquerías cuando se acerca el día de
difuntos, cantares que se arrancan desde lo hondo del pecho y que hacen alusión a ese
misterio que peregrina en el cielo. En Martilandrán pude grabar, junto a la hoguera,
una que decía:
Ese lucerito madre,
que va detrás de la Luna,
es el que me acompaña,
la noche que voy de tuna.
En otros lugares como Nuñomoral, donde aparecían estas luces, se recordaba otro
romancero que hablaba de un niño aparecido una de esas noches y que llamaba a una
puerta en plena madrugada…
Madre en la puerta hay un niño, más bonito que el sol bello,
yo digo que tiene frío, pues el pobre viene en cueros.
Pues dile que pase y se calentará
que en este mundo ya no hay caridad.
El niño, que según la descripción del cantar, era muy blanco y se había aparecido
repentinamente, antes de volver a desaparecer en la noche, exclamaba…
Mi madre es del cielo y mi padre también,
yo bajé a este mundo para padecer.
Y mientras unos venerables «veteranos» del pueblo hablan de un niño que surgió
de una luz, otros hablan de un cantar muy antiguo que se refería a Nuestro Señor
Jesucristo. Allí, junto a la carretera de Nuñomoral, no hubo consenso, y casi la
discusión acaba en trifulca. Yo, por si acaso, tomé buena nota de la letra,
considerándola, dentro de este entorno siempre proclive a lo inexplicable, como
interesante y sugestiva.
Los casos que he ido recogiendo durante los últimos ocho años no dan lugar a la
duda. Son claros y rotundos. Entre 1915 y 1930 campó como Pedro por su casa un
tipo de artefacto de pequeño tamaño y aspecto ígneo que asustaba, o algo peor, a
quien pillase desprevenido. En El Asegur, por poner un ejemplo, también se vio,
cuando los tiempos dictaban el final de 1930, una formación de varios de estos
lampariles. Y, como siempre, las dudas sin respuesta se clavaban como espinas en el
alma de este viajero. ¿Qué artefactos aéreos o prototipos secretos podrían estar
sobrevolando Las Hurdes en aquellos albores del siglo XX? ¿Qué armas secretas
probadas impunemente en territorio español podrían hacer alarde de giros perfectos,
ascensiones en vertical a velocidades increíbles o, simplemente, capacidad anfibia
para sumergirse en las frías aguas que rodean la comarca? La existencia,
absolutamente asumida en esta zona, de la «luz de Ribera Oveja» y la cantidad
impresionante de testigos aún vivos que la vieron a poco más de veinte metros en
montes, caminos y pantanales planteaban un serio problema a la historia reciente de
nuestra aeronáutica.
Es poco menos que imposible pensar en un artefacto o ingenio militar
sobrevolando la zona en esa época, basta con dar un somero vistazo al estado técnico en el que se encontraba nuestro país en aquellas décadas.
España, si nos sumergimos en los libros de historia de la aviación lo
comprobaremos, no comenzó la conquista del aire con mucho retraso respecto a otros
países. A pesar de ello su nivel estaba —y aún hoy lo está— a años luz de poder crear
un ingenio como el avistado por cientos de personas en Las Hurdes. A pesar de todo,
la voluntad y el empeño de nuestros primeros pilotos es digno de recordarse.
En 1909 Antonio Fernández ya intentó volar hasta la frontera francesa,
pereciendo en la travesía. Tras este desgraciado incidente cuatro pilotos reciben los
primeros títulos oficiales en 1910. Y al año siguiente se inaugura el aeródromo de
Cuatro Vientos (Madrid), adquiriéndose los primeros aviones extranjeros. De esa
época ya existen diversos testimonios de las luminarias, produciendo un ruido
parecido a un intenso zumbido.
En 1913 empieza a funcionar la Escuela Civil de Getafe, en Madrid, y se
comienzan a incorporar en estos aparatos diversos tipos de bombas, ametralladoras e
incluso máquinas fotográficas. En 1914 la factoría Hispano-Suiza fabrica ya motores
de avión, y un año más tarde, con los paseos del «extraño aparato» de Las Hurdes en
plena vigencia, surgen los primeros hidroaviones en el nuevo aeródromo de Los
Alcázares. Ninguno de estos ingenios tenía, ni por asomo, las reducidas medidas del
lamparil de Ribera Oveja y mucho menos su sorprendente agilidad. Como
mostrencos del aire, aquellos primeros artefactos pilotados sobre cielo español tenían
su forma biplana inconfundible y dos gruesas ruedas que los hacían perfectamente
identificables hasta para el más profano. Sus hélices segando el aire y el ruido
atronador que producían eran las antípodas de aquella «luz de miedo» que aceleraba
«más rápido que los pensamientos» rodeándose, todo lo más, con un leve zumbido.
Es cierto que la llegada al poder del dictador Primo de Rivera supuso una
pequeña revolución en el hasta entonces limitado mundo de nuestra aviación. El
autogiro C-4, con Alejandro Gómez a los mandos, hizo su primer vuelo de
reconocimiento sobre el aeródromo de Madrid a finales de 1923. Hasta Las Hurdes
jamás llegó, y a pesar de que su forma y tamaño pudieran ser más próximas a las
decenas de testigos que veían a aquella luminaria centinela de la noche, su
comportamiento continuaba desafiando a cualquier aparato creado por nuestra
tecnología en aquella época. ¿Se imaginan un autogiro que desaparece en las aguas
del río o que aterriza sin ningún tipo de soporte, como vieron decenas de vecinos de
la aldea de Aceña en 1923, sobre una ladera para a continuación ir «dando brincos»
hasta fundirse prácticamente con los frondosos pinares? La verdad es que cuesta un
mundo imaginar a los prototipos «secretos» españoles haciendo semejantes
barbaridades sin sentido. Más aún si constatamos en las crónicas de la historia cómo,
de 1926 a 1930, las cuatro promociones de pilotos surgidas en el citado aeródromo de
Cuatro Vientos se quedaron prácticamente sin surcar los aires por las sublevaciones republicanas que allí se produjeron. Fueron años aciagos para la aviación, y en
nuestro vecino Portugal la situación no era mejor. Digo esto porque hubo algún
«estudioso» que rumoreó incluso que los «visitantes» podían venir desde la frontera
oeste. Todo un prodigio de lógica.
Habría que aclarar a alguno de estos «explicalotodos» que la diferencia del
desarrollo tecnológico era abismal, y las escaramuzas lusas en la conquista del aire
eran poco menos que irrisorias. Por decirlo suave.
Así pues, solo cabe volver a preguntarse: ¿qué aviones luminosos surcaban
diariamente el cielo hurdano? Basilio Blanco, uno de los que más cerca tuvo uno de
aquellos «cacharrus», allá por el año 1929, me confesaba, meciéndose en su vieja
silla al sol de una tarde de otoño en Carabusino, cómo nunca nadie le había podido
explicar qué se había «aposado» en el monte asustándole el ganado y emitiendo
destellos blanquecinos. El bueno de Basilio, como tantos otros, no pudo despejar la
incógnita jamás. Se despidió del mundo de los vivos con aquella obsesión pendiente,
con esa deuda de saber algún día qué tuvo a tan solo unos metros monte abajo.
Extraña luz esférica grabada por una familia de Trujillo (Cáceres) en 1996, a unos 120 kilómetros de Las
Hurdes. La forma es idéntica a los relatos de «banastros voladores» que se cuentan en el Paraíso Maldito desde
hace siglos.
En ocasiones, estas luces prodigiosas hacen gala de insólitas facultades que
espantan al más pintado. Si no que se lo pregunten a Manuel Guillermo, cuando los
colores se le subieron del susto y un «recosquilleo», como él mismo me confesaba, le
atrapó el alma al ver aquel «lamparil fatal» que se venía hacia su corpachón
sorteando, uno a uno, los recios pinares que se extienden entre los montes de Horcajo.
Era el año 1950, y aquella esfera, con un pico prominente en su parte superior y
emitiendo flashazos de una luz tan potente que se filtraba por cada resquicio del
monte, comenzó a perseguirle como si una endiablada inteligencia la pilotase. Tío
Lorenzo, afable y casi mítico artesano del vecino pueblo de La Huerta, se lo encontró corriendo como un galgo en la carrera ladera abajo.
Casi no tuvo tiempo de preguntarle, la luminaria venía detrás, con aquel zumbido
como de otro mundo, planeando a unos dos metros del suelo y esquivando todas las
copas de los árboles. Hasta un pequeño valle verde que por estos lares lo bautizaron
como peña de la Covella les persiguió sin descanso. Después, «en un abrir y cerrar de
ojos» se esfumó disolviéndose en el aire y quedando en este un halo azulado. Los dos
hombres, que así lo confirmaron por separado, se quedaron temblorosos intentando
coger aire para mitigar el pánico. Ni los pastos ni los troncos y ramas de los pinos se
habían quemado.
—¿Qué clase de fuego podría ser aquel? —me preguntó Manuel mirando a la
lejanía con sus ojillos pequeños y tristes…
—No tengo la menor idea, abuelo. Pero era un fuego que no quemaba.
—¿Sabes?, tengo la impresión de que algo fallaba en aquella carrera que nos
dimos el Tío Lorenzo y servidor.
—¿Algo fallaba?
—Sí. Aquel lamparil fatal parecía cosa de duendes o embrujamientos. Nos
hubiese cogido… si hubiese querido…
—Entonces, ¿cuál cree que eran sus verdaderas pretensiones?
—Alejarnos de allí a toda costa.
Estas luces, tan escurridizas y tan malintencionadas, daban un susto en aquellos
años de la posguerra a quien menos se lo esperaba. Los que incluso no hicieron caso
de las historias que contaban los más ancianos tuvieron también su proverbial
escarmiento. Lorenzo Martín, un rudo ganadero de la zona de Las Erias, nunca
olvidará la noche en la que discutió en torno al tema de los «lampariles» con la media
docena de testigos que, por un motivo u otro, se habían juntado alrededor de la buena
y hospitalaria lumbre de la taberna de Casares. Lorenzo, hasta aquella jornada, no
veía el asunto tan claro.
A pesar de que la luz eléctrica ya recorre de punta a punta casi toda la comarca de
Las Hurdes y que las modernidades en forma de televisores e informática ya son
moneda de uso común, el miedo ancestral a los «banastros volantes» aún no ha
desaparecido. Es un sentimiento que se palpa, sin necesidad de rascar mucho, cuando
se pone el pie en el imperio de las pizarras. Está aún fresco el recuerdo de «los
espantadus por la lumbri», aquellos que fueron amedrentados o incluso atacados por
las masas luminescentes que, en tiempo de los antiguos, alumbraron una y mil veces
unas Hurdes huérfanas de adelantos y oscura en su atraso secular. A pesar de que el
tiempo ha corrido rápido en estas sierras, y de que nada tienen que envidiar ya los
pueblos hurdanos a los del resto de Extremadura, las «fatales luminarias», como así
gustan de llamarlas, no han dejado de aparecerse. Adoptando su forma característica,
poco más de un metro de diámetro y aspecto ovalado, han continuado amedrentando a los despistados que no tomaban las precauciones necesarias. Un caso
paradigmático, como antes indicaba, es el del rudo ganadero Lorenzo Martín, que una
noche de octubre del año mil novecientos cuarenta y cinco debatía en Casares con
quienes precisamente acababan de vérselas con el extraño centinela mientras
descendían con arroz y legumbres desde las alturas de las tierras salmantinas.
Lorenzo, de carácter escéptico hasta casi llegar a ser hiriente, prácticamente se
carcajeó de aquellos que aseguraron haber tenido que salir campo a través para no ser
«tocados» por una extraña luz en forma de pera que había salido tras ellos con la
velocidad de una estrella fugaz. El recio ganadero hurdano tenía que ver algo para
creer en ello, y mientras esto no sucediera, según sus cánones de pensamiento,
aquellas historias no dejarían de ser habladurías de viejas con demasiado tiempo
libre. Hoy su historia se recuerda en buena parte de Las Hurdes.
Titulares como estos no son extraños en los últimos tiempos.
Regresando hacia Las Erias notó el buen hombre cómo, sobre el techo de la noche
estrellada, refulgía un lucero mayor que cualquier otro. Y me reconoció que entonces
afloraron ciertas dudas ahogándole el pensamiento. ¿Y si aquellos viajantes de
Salamanca tuvieran razón?
No tuvo mucho tiempo para divagar. En apenas cinco segundos, tal y como le
contaron los tratantes de ganado hacía un par de horas en Casares de Hurdes, aquella
«estrella» descendió a velocidad endiablada hasta quedar balanceando sobre el
camino de tierra, realizando un movimiento pendular e iluminando todo el entorno
con una luz que emanaba de sus entrañas.
Sin saber bien por qué, Lorenzo Martín echó a correr en dirección contraria a su
pueblo, que ya se asomaba como refugio seguro a menos de un kilómetro tras una
loma pronunciada. El pánico más absoluto le hizo correr camino abajo desandando el
camino y notando aquella presencia en el cogote.
—Iba rezando, hijo. Aquello sabía que venía a por servidor. Que mis risas habían
sido demasiada ofensa, vamos. Y aquella luz maldita se bajó hasta la misma entrada
de Las Erias para llevarme solo Dios sabe dónde.
Lorenzo cerró los puños y los ojos. E imagino que cientos de imágenes debieron
pasar por su mente en un fugaz recuerdo vivo de aquella noche. Tras darle un sorbo a
un vaso con bicarbonato prosiguió su relato mientras las voces de los chiquillos que
jugaban en la solitaria calle se iban alejando poco a poco. Al fondo, serpenteando colina arriba, el camino donde cincuenta años antes había transcurrido la imborrable
aventura…
Los prototipos españoles estaban muy lejos de poder crear ingenios esféricos. En la prensa, en febrero de
1949, se hablaba del recién creado «avión sin alas finlandés». La «luz de Ribera Oveja» llevaba ya varias
décadas apareciéndose.
—Y en esto que corro y corro hasta quedar rendido. Me vuelvo confiado ¡y allí
que me aparece otra vez! Pensé que era el fin. Era como una pelota maldita que fuese
dando brincos, cayendo y subiendo hacia el suelo otra vez.
—¿Como un balón que rebota?
—Eso. Pero bastante alto, sin ruidos, iluminándolo todo con su luz amarilla.
—¿Y volvió a la carrera…?
—Y tanto. Como para pensárselo. Hay que estar ahí delante para sentirlo. Aquello
era el miedo. En el segundo tra-mo notaba un sonido, un zumbido o más bien un
pitido muy particular. Estaba muerto de miedo. Notaba que la luminaria me seguía,
porque notaba delante de mí el camino que se «clareaba» y luego cómo, por un
tiempo corto, volvía la oscuridad. Así más de diez minutos…
—Y aquello se le hizo eterno.
—Eterno, eterno. Me metí en un cobertizo que hay a medio camino y me puse a
rezar. Fuera, la luz continuaba «vigilando». Se me ponen los pelos de punta al
recordarlo. Al final, tras por lo menos una hora, aquella luminaria con forma de
huevo, como alargada por la parte de arriba, se fue alejando hacia el río. Y allí creo
que desapareció.
—Desde entonces creyó en quienes habían visto la «luz de Ribera Oveja».
—A pies juntillas. Qué ignorante era yo antes de aquello. Pero me vino bien. Por
listo. Desde entonces jamás volví a faenar de noche.
—¿Por si la luminaria regresara?
—Dicen que la han visto hace poco otra vez. Yo ya pagué mis deudas. No quiero
más tratos con esas cosas. Ya estoy viejo para sustos.
Durante años, la «luz de Ribera Oveja» se apareció en la comarca causando
expectación y miedo entre la vecindad hasta bien entrados los años sesenta. Al llegar
a la etapa de los planes de Desarrollo impulsados por Fraga Iribarne, hasta 1976 la
misteriosa intrusa se fue prodigando cada vez menos. Para muchos los avances
eléctricos e incluso sociales habían desterrado por completo una leyenda popular que
se había arraigado demasiado entre las antiguas generaciones. Para algunos de estos
«Einstein» de segunda regional las confusiones, las visiones de diversos astros e
incluso —atención a la sandez— algunos incendios forestales habían provocado las
visiones de la ya célebre luminaria. Lógicamente algunos se sintieron heridos en el
amor propio. Decirle a un hombre que pasa toda su vida a la intemperie, cazando a
pecho descubierto o caminando horas con el ganado con el único techo del
firmamento que alguna estrella es la que ha provocado tamaño susto hace sentir,
incluso desde la lejanía, un poco de vergüenza ajena. Más de un testigo me lo dijo
claramente en su día. Algunos sabios a los que nadie había llamado les trataron de
convencer de que Venus era el culpable, que si luego Júpiter se llevaba todas las
culpas, ¡y eso cuando no achacaban medio siglo de apariciones continuadas a las
simples y bien conocidas estrellas fugaces! Lo que quería dejar claro una ¿elite? de
pensadores dispuestos a «barrer» la leyenda negra de Las Hurdes es, poco menos, que
el lucero del alba había descendido a nivel del suelo, serpenteado por las arboledas y
luego, tras perseguir el cogote de más de un infortunado, zambullirse en las aguas del
primer regato que les pillase a mano.
Difícil de creer.
Quizás ofendida por aquel bravío intento de eliminar de la historia hurdana
cualquier vestigio poco comprensible, la luz volvió por sus fueros para volver a dejar
constancia de su rotunda realidad. No valieron maquillajes dialécticos ni buenas
palabras esta vez. A raíz del verano de 1982 los sucesos volvieron a la primera plana
de la vida cotidiana de Las Hurdes, callando muchas bocas y dando la razón a los que
valientemente habían comentado sus experiencias. Es curioso que apenas unos meses
antes, a 13.000 kilómetros del Paraíso Maldito y en la inexplorada región brasileña
del Río Marañao, decenas de personas ya habían bautizado a su manera a unos
fenómenos idénticos que habían causado el terror en la región y que incluso habían
copado interés nacional al recoger algunos periodistas insólitos sucesos con ataques
físicos a personas. Las luces «chupa-chupa», que así fueron conocidas en toda aquella región de la Amazonia, eran idénticas, en cuanto forma y comportamiento, a las que
pululaban a sus anchas por Las Hurdes. Su única e importante peculiaridad era un
finísimo haz de luz que surgía de ellas y que llegaba a tocar a sus víctimas. En
muchas de ellas aparecieron hematomas e incluso pequeñas perforaciones que dieron
para mil y una conjeturas. La muerte de un pescador, José de Souza, mientras faenaba
en una vieja embarcación frente a Isla Cangrejos, al tiempo que otros tres tripulantes
eran prácticamente abrasados por una gran fuente calórica, elevaron el miedo a nivel
nacional. «Los vampiros cósmicos» coparon portadas de rotativos nacionales y, de la
noche a la mañana como si les molestase la repentina popularidad que habían
adquirido, desaparecían del lugar dejando un remanso de paz tras su huida.
Curiosamente, tras esfumarse por completo en el país suramericano, la actividad de
estas pequeñas luces con dudosas intenciones volvía a su máximo histórico en Las
Hurdes Altas. El suceso que inauguraba una nueva época de avistamientos que aún
no ha decrecido, se iniciaba en la siempre aislada alquería de El Gasco. Allí, por
número de testigos, se produjo el más importante de todos los avistamientos. Para
contármelo en primera persona, frente a un plato de humeantes costillas asadas en las
brasas de encinas de la tierra, tomó la palabra Amador Domínguez Domínguez, en el
mismo patio, ahora vacío y tendido al sol de la tarde, donde se encontraba sentado
aquel día:
—Esto fue en la última semana de julio del ochenta y dos. Era pleno mediodía y
hacía una calor de mil demonios. Total, que estábamos toda la corrobra de vecinos al
socaire hablando de nuestras cosinas y pasando el sofoco tan tranquilamente cuando
empezamos a escuchar el sonido aquel que lo cogía todo…
—¿Un ruido que venía del cielo?
—Sí, de allí que venía. No lo olvidaré mientras viva. Era como «bu, bu, bu…».
Algo así. Es tan difícil de volver a escucharlo. ¿Me comprende? A ver cómo le hago
yo el «bu, bu, bu» que venía de para arriba…
—No se moleste, Amador. ¿Qué ocurrió entonces?
—Pues que el ruido se queda justo encima de las casinas del pueblo. Y todos
empezamos a mirar hacia arriba. Allí que no se veía n’a de n’a pero, en esto que, de
pronto, ¡zas! Va apareciéndose una especie de cosa redonda de unos dos metros de
largo y toda blanca. ¡Madre mía! Aquello iba bajando sobre el pueblo y las gentes se
asustaron mucho. No había ni puertas ni ventanas ni nada… y un brillo como muy
suave salía de todo aquello. Era algo como lo que muchos pastores se han encontrado
por la zona del Cambroncino y Caminomorisco. «La cosa», como una hoja de un
árbol, iba de un lado para otro, y emitía tanta luz que se llenaba el pueblo de aquella
claridad que hacía daño a los ojos. Estaríamos más de treinta personas y todos lo
vimos. Aquello no se puede olvidar.
—¿Y la luz del «bu, bu, bu» se marchó a toda velocidad, desapareció…?
—Pues no lo sabemos.
—¿No lo saben?
—Nos metimos todos en casa. El pueblo quedó vacío con aquel lamparil allí
arriba. ¿Sabe una cosa?
—Dígame…
—Pues que allí todos estábamos muertos de miedo.
Recuerdo las caminatas por las cuestas sin asfaltar de El Gasco. Fue difícil
romper el hielo, pero al final las gentes hablaron. Varios testigos presenciales de
aquel mediodía confirmaron punto por punto lo descrito por Amador, sin saber
incluso que yo había hablado con él anteriormente. El del «bu, bu, bu» era uno de
esos pocos incidentes casi perfectos del que era muy difícil dudar. En los angostos
pasillos, más que calles, que cruzan la pequeña alquería intenté imaginarme la escena.
Y apoyando mi ya cansada espalda sobre la tapia construida con mimo a base de
lascas de pizarra que, sin argamasas ni cementos de ningún tipo, se mantenía allí
firme desde vaya usted a saber qué tiempos, eché la vista al cuaderno de campo y fui
memorizando nombres y lugares. En los últimos años la casuística era abrumadora.
Incluso el fiel y sabio Félix Barroso había presenciado uno de esos objetos ígneos en
las proximidades del inmenso pantano de Gabriel y Galán. Fue el 4 de febrero de
1996 y aquella inmensa mole ámbar que flotaba ingrávida en el aire le dejó casi sin
respiración. Esa misma noche, con veinte testigos en las calles, la pequeña alquería
de La Huerta se iluminaba repentinamente. Una gran «bola de fuego» casi aterrizaba
muy cerca de la casa de Francisco Hernández Martín.
—El brillo de «aquello» —me confesaba pocos días después este hombre afable y
atento de pelo cano bajo la misma ventana donde todo ocurrió— se había metido
hasta la última habitación. Sin hacer el menor ruido.
Tan solo unos minutos después, según me confesaron un puñado de hurdanos,
Gervasio Gómez, alcalde de Caminomorisco, buen político y gran emprendedor de
mejoras para su pueblo, veía nítidamente, en una curva del camino que precisamente
se desviaba hacia La Huerta, al extraño «visitante». Todos incidían en lo mismo:
«Eso era inexplicable».
Los conductores se aterrorizaron, y más aún Filomena Iglesias, a quien la gran luz
le pilló desprevenida en un camino vecinal regresando a su hogar. ¡Cuántos testigos
en la última década! ¡Y cuántos callarán para siempre para evitarse siempre molestos
problemas! Quizá sea Las Hurdes el único lugar del mundo donde a uno no le miren
atravesado si ha sido testigo de un incidente de este tipo. La casi mayoría de personas
que en estas sierras y valles sí han sido partícipes de lo insólito hacen ilógico que
existan prejuicios al respecto, aunque en las pequeñas comunidades, y más con el
nefasto favor que algunos medios televisivos y de máxima audiencia en el prime-time
hacen a estos asuntos, también surgen las voces discrepantes.
En los últimos años el triste espectáculo de cuatro o cinco locos en debate
¿hablando? con tres negativistas profesionales y bien preparados culturalmente, y el
inefable y eterno par de ufólogos que pierden parte sagrada de su anatomía por ir a
cualquier coloquio, sea cual fuere el fin de este, y luego llenarse la boca con bellas
frases sobre la esencia de la genuina investigación, han hecho daño a la imagen
pública de estos sucesos, aunque en realidad poco o nada tengan que ver. Pero la
televisión ya llega a todas partes y su poder generalizador, casi siempre para mal, la
hace un elemento peligroso que en cualquier momento cambia los conceptos sobre
algo que antaño era considerado normal y real.
Quizá por eso, divagando en silencio bajo aquel tibio sol de El Gasco, pasaron
por mi mente decenas de nombres y apellidos de aquellos que en los últimos años se
habían topado con las luces de la noche, sabiendo que un porcentaje aún mayor se
ocultaba por un presumible miedo al ridículo.
El autor entrevista, en el lugar de los hechos, a Francisco Hernández Martín. El 4 de febrero de 1996 la
alquería de La Huerta se iluminó con los rayos de «un gran sol que salió en plena noche». Todo el pueblo fue
testigo.
En un flas repentino desfiló en segundos en mi recuerdo el miedo palpitante de
Enrique Encinas, cuando en enero de 1993 fue perseguido por tres de estas luminarias
en la ruta de Asegur a La Huerta, o la inquietud de Javier González o Visitación
Martín, que en 1986 observaron cómo una gran esfera brillante aparecía en plena
noche y estaba a punto de estrellarse contra su vehículo para elevarse después en
ángulo recto y casi haciéndoles salirse de la calzada. Y qué decir de Enrique Iglesias,
que al llegar a El Asegur a finales de 1992 observó cómo se hizo repentinamente de
día tras aparecer una luz ovalada que iluminó todo en cien metros a la redonda con un
fulgor casi de la misma intensidad del que asustó a Mari Carmen Azabal y Almudena
Redondo adquiriendo forma de gran sol en plena noche y que se disolvió en mil
partes hasta desaparecer justo en el cruce solitario de Vegas de Coria el 23 de marzo
de 1996.
Recordé también nítidamente las palabras de Félix Barroso, que posteriormente
serían corroboradas tras largos días de ruta a pie por los montes. Casi todos los
sucesos donde aparecían estos fenómenos lumínicos estaban surcados por antiguos
yacimientos funerarios prehistóricos. Sinceramente, aquella rotunda afirmación de mi
amigo el maestro me dio un vuelco al corazón. Después, más sosegadamente, pude ir
comprobando punto por punto cómo estos «lampariles» inmateriales surgían siempre
en las proximidades de lugares o enclaves sagrados, marcados con la antiquísima
rúbrica de los petroglifos y los ídolos-estela. Asegur, Cerezal, Vegas de Coria,
Cambroncino, El Gasco, etc., la lista es interminable y reveladora. ¿Cuál era la
conexión oculta entre ambas realidades?
Así, estas centinelas nocturnas e inmateriales parecían seguir una ruta
predeterminada y donde miles de años atrás los antepasados dejaron diferentes
símbolos grabados sobre el duro e inmortal esquisto. En Aceitunilla, donde era
común la visión de estas luminarias y donde, como se comprueba a lo largo de este
libro, son legión las visiones extrañas y de carácter paranatural, se encuentran, algo
escondidos para el turista no iniciado, los grabados de La Huerta del Cura, donde
esferas de gran tamaño aparecen talladas en la pizarra metamórfica en una alusión
ancestral al mundo de lo cósmico y astronómico. De ese modo la designaba la
profesora María del Carmen Sevillano San José en un tratado de la Universidad de
Salamanca, al igual que señalaba otras realmente sorprendentes en Vegas de Coria,
uno de los epicentros de las observaciones de estas luces nocturnas, o en la zona de
Azeña, colindante solitaria comarca de Ribera Oveja, lugar que da «denominación de
origen» al curioso fenómeno que desde hace casi un siglo ya forma parte del
apasionante poso sociocultural de Las Hurdes.
Arrolobos, cortafuegos de ascenso, 28 de enero de 1999, 03.30 horas
Quizá fue la visión continuada de aquellas altas paredes negras de pizarra por las
que entre se abría el monte las que acabaron desviando mi pensamiento a la conexión
oculta entre los asentamientos de tiempos prehistóricos y estos fenómenos
inexplicables en forma de lucero que surcan la noche.
Las formaciones luminosas que habían aparecido sobre los valles y que en esos
días sembraban de dudas a los cuarenta pueblos hurdanos habían hecho un giro hasta
desaparecer por entre los picos del cordón de montes que nos separaba de tierras
salmantinas. El todoterreno ascendió un nuevo repecho y de nuevo en pleno silencio
pudimos observarlas con nitidez. Un resplandor de apenas unos segundos y una fugaz
desaparición, como en el juego del mareado gato y el hábil y aventajado ratón. Los
simulacros de caminos cesaban ya por completo y la travesía se hacía del todo
imposible. Aun así un sentimiento de profundo desasosiego no nos abandonó hasta
poner pie en carretera firme. Había algo allí que nos mantenía fijos en nuestro
habitáculo, con los ojos puestos en el peligroso descenso y con la mente dando
vueltas a mil revoluciones por segundo. ¿Y si al girar la siguiente curva cerrada, a
kilómetros de un núcleo habitado, se apareciese la ya célebre «luz de Ribera Oveja?»
¿Por qué no podíamos ser los siguientes en la lista?
Aferrado a la Nikon, que no pudo disparar ni una sola ocasión, fui soltando
embrague al tiempo que volvía a sumergirme en mis pensamientos, quizá para
abstraerme de la tensión que aún rondaba ahí afuera. Me vinieron imágenes de otros
pueblos lejanos de España donde también las gentes se habían acostumbrado a
convivir con estos misterios en forma de candil mortecino que pulula en las
madrugadas. Comarcas igual de solitarias que Las Hurdes, como las del llamado
Desierto de Albacete, ofrecían también un inquietante mosaico de apariciones desde
tiempos remotos. Avistamientos de luces idénticas que se han aparecido tras
cincuenta años de casuística interrumpida a la mayoría de los habitantes de los
tranquilos pueblos de Casas de Abajo, Cañadajuncosa o San Pedro. Allí la llamada
«luz del Pardal», que ha sido perseguida hasta la saciedad por estudiosos como José
Martínez, Francisco Contreras o el propio Lorenzo Fernández, ha sido vista por
propios y extraños surgiendo desde un punto concreto que al final se logró
determinar, vagando sobre todo en las frías madrugadas del mes de noviembre. A ese
pequeño foco se le ha visto haciendo surcos de tierra, como así atestiguó el pastor
Cristino Cuerda; paralizando motores de coches y camiones, bien lo sabe el ya noble
veterano Manuel Macía; persiguiendo a infortunados motoristas como José Bisagra; o
incluso «emitiendo sonidos que parecían que hablaban» dirigidos a Eliseo Rosa
Martínez o a un influyente terrateniente de la comarca como Joaquín Melgarejo,
quien, en plena posguerra, tuvo que derruir las casas de los pastores por el temor que
estos habían cogido a la «maldita luz».
La «luz del Pardal» continúa apareciéndose, si cabe con menor intensidad que su homónima de los montes hurdanos, pero su misterio es el mismo. También la
centinela de La Mancha siempre surge de un asentamiento ibero de excepcional valor
arqueológico. A unos palmos del lugar donde desde hace décadas se aparece
descendiendo veloz hacia la recta y triste carretera comarcal, se descubrió hace casi
un siglo la universalmente conocida Bicha de Balazote, obra cumbre del arte ibérico
y que encarna una misteriosa figura de toro con cabeza de hombre que, aún hoy en
día, no se sabe muy bien qué papel ocupaba en aquella llanura yerma y solitaria.
La conexión entre yacimientos antiquísimos y sus moradoras luminosas es una
constante. El estudioso del folclore y las tradiciones españolas Jesús Callejo llegó a
bautizar estos fenómenos como «luces populares», descripción que va mucho más
allá de los fenómenos de tipo ovni y que adquieren una trascendencia mayor,
interrelacionándose con la propia cultura de la comarca donde aparecen. La luz de
Ribera Oveja, la del Pardal o la de Mafasca, aldea canaria donde el investigador José
Gregorio González la desenterró del olvido con magníficos reportajes al respecto,
poseen una conexión directa que las asemeja al sombrío universo de las apariciones
espectrales. Portadoras de una energía que alumbra en las noches más oscuras, hacen
un recorrido concreto, como los fantasmas añejos de las historias de la vieja Escocia,
y retornan a su punto de partida, por lo general colmado de huesos, piezas funerarias
o incluso, en el caso de nuestras Hurdes, marcado con los símbolos de los más
antiguos pobladores de estas tierras.
Los últimos sucesos se han producido en 1999. Cientos de hurdanos presenciaron las evoluciones de un
extraño artefacto en el cielo. Carlos Martín, guarda forestal oficial de la Junta de Extremadura, dibuja lo
observado desde Las Mestas en el cuaderno de campo del autor.
Esa es la clave —barruntaba para mis adentros mientras el camino serpenteante y estrecho continuaba desembocando hacia la oscuridad—, el dato que podría dar una
nueva dimensión a todos estos enigmas que continúan englobándose bajo las siglas
ovni, como clara alusión a la absoluta y ridícula ignorancia que tenemos sobre su
naturaleza.
En un momento me giré; no había rastro de las luces que nos habían llevado hasta
lo alto de la sierra, pero algo llamó bruscamente mi atención. Lorenzo continuaba con
el cuerpo «en posición» fuera de la ventanilla y el silencio era absoluto. Las luces
traseras del coche al girar en aquella curva dieron la solución. Me fijé bien. En una de
las paredes verticales aparecían varias rayas y puntos, en incluso una figura que en la
lejanía parecía un hombre grotescamente dibujado. Eran los dibujos prehistóricos que
alguna comunidad dejó hace miles de años en las cercanías agrestes del poblado de
Arrolobos como adoración a algunos desconocidos dioses. El frío y un viento helador
los golpeaba, entonando un cántico fúnebre con las ramas y árboles que se agitaban
sin cesar. Allí había una muestra más de la «senda de los petroglifos».
La conexión se hacía más fuerte, y sentí una muy especial curiosidad. A pesar de
todo, tampoco esta vez nos bajamos del coche.