El sueno mas dulce

Doris Lessing · Capítulo 1 de 9 · parte 1/3

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El sueno mas dulce

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Este capítulo es largo, así que está dividido en 3 partes.

Doris Lessing

El sueño más dulce

Traducción de M.a Eugenia Ciocchini

Título original: The Siveetest Dream

Traducción: Mª Eugenia Ciocchini

1.ª edición: mayo 2002

© Doris Lessing 2001

© Ediciones B, S.A, 2002

Bailen, 84 - 08009 Barcelona (España)

www.edicionesb.com

Printed in Spain

ISBN: 84-666-0879-6

Depósito legal: B. 14384-2002

Impreso por LIBERDÚPLEX, S.L.

Constitució, 19 - 08014 Barcelona

Índice

Nota de la autora

El sueño más dulce

Acerca del Autor

Reseña del Libro

Nota de la autora

No escribo el tercer volumen de mi autobiografía para no perjudicar a personas vulnerables. Eso no significa que la haya novelado. En este libro no hay referencias a personas reales, salvo en el caso de un personaje muy secundario.

Espero sobre todo haber sido capaz de recrear el espíritu de la década de los sesenta, una época que, vista retrospectivamente y comparada con lo que vino después, parece sorprendentemente inocente.

Hubo en ella poco de la maldad de los setenta o de la fría codicia de los ochenta.

Algunos acontecimientos ambientados a finales de los setenta y principios de los ochenta sucedieron en realidad una década después.

La Campaña por el Desarme Nuclear se opuso a que el Gobierno tomara medidas para proteger a la población de las consecuencias de un posible ataque o accidente nuclear, incluso de la lluvia radiactiva, pese a que la protección de los ciudadanos debería ser la principal responsabilidad de cualquier gobierno.

Muchos trataron a aquellos que creían en la conveniencia de velar por la seguridad de la población como enemigos; los agredieron con insultos —el más leve de los cuales era «fascistas»— y en ocasiones físicamente. Amenazas de muerte, sustancias desagradables introducidas por el buzón de la puerta..., toda la gama de hostigamientos mafiosos. Nunca ha habido una campaña más histérica, alborotadora e irracional. Los estudiosos de la dinámica de los movimientos de masas encontrarán toda la información al respecto en los archivos de los periódicos; algunos me han escrito cartas con frases como: «Fue una locura. ¿A qué venía todo aquello?»

Y se van los que fueron buenos chicos.

El sueño más dulce

Un anochecer de otoño; abajo, la calle era un escenario de pequeñas luces amarillas que sugerían intimidad, y la gente ya iba abrigada como para el invierno. A su espalda la habitación empezaba a llenarse de una fría penumbra, pero nada conseguiría abatir a Frances: estaba flotando, con el ánimo tan elevado como una nube de verano, tan contenta como una niña que acaba de aprender a andar. La causa de este insólito buen humor era un telegrama de su ex marido, Johnny Lennox —el camarada Johnny—, que había recibido hacía tres días. FIRMADO CONTRATO PARA PELÍCULA DE FIDEL PAGARÉ TODOS

LOS ATRASOS Y LO CORRESPONDIENTE A ESTE MES EL DOMINGO. Y el domingo había llegado. Sabía que aquel «todos los atrasos» obedecía a una euforia semejante a la que ella estaba experimentando; de ningún modo los pagaría «todos», pues a esas alturas ascendían a una cantidad tan grande que había perdido la cuenta. Aun así, la confianza que él demostraba parecía indicar que esperaba una suma verdaderamente importante. La confianza era el... no, no debía decir que era el sello de Johnny, pero

¿acaso alguna vez lo había visto amilanado por las circunstancias, o desconcertado siquiera? Detrás de ella, sobre el escritorio, había dos cartas dispuestas la una al lado de la otra, como una lección acerca de las improbables pero frecuentes yuxtaposiciones dramáticas de la vida. En una le ofrecían un papel en una obra. Frances Lennox era una actriz de reparto, formal y fiable; nunca le habían exigido otra cosa. Se trataba de una obra nueva y brillante, un mano a mano en el que el protagonista masculino sería Tony Wilde, a quien hasta entonces había considerado tan inalcanzable que jamás había aspirado a ver su nombre junto al de él. Y había sido el propio Tony Wilde quien la había propuesto para el papel. Dos años antes habían trabajado juntos; ella interpretando un personaje insignificante y funcional, como de costumbre. Al final de la breve temporada —la obra había distado de ser un éxito—, después de la última función y entre una y otra salida a escena para saludar, había oído: «Buen trabajo, has estado muy bien.»

Sonrisas desde el Olimpo, había pensado, aunque sabía que él ya había manifestado cierto interés por ella. No obstante, ahora había tomado conciencia de todas las fantasías febriles por las que se dejaba llevar, lo que no la pilló desprevenida, pues sabía lo atrincherada que estaba, lo bien que controlaba su faceta erótica. A pesar suyo, echó a volar su imaginación pensando en su capacidad para divertirse (aún no la había perdido, ¿verdad?), incluso para experimentar un imprudente placer, si le daban pie, mientras demostraba lo que era capaz de hacer en el escenario, siempre y cuando le brindaran la oportunidad. Sin embargo, en un pequeño teatro y con una obra tan arriesgada no ganaría mucho. De no ser por el telegrama de Johnny, no habría podido permitirse el lujo de aceptar.

En la otra carta le ofrecían que se encargara de un consultorio sentimental (con un nombre aún por decidir) en The Defender. Se trataba de un trabajo seguro y bien pagado que supondría una prolongación de su otra faceta profesional, la de periodista freelance, que era la que le daba de comer.

Hacía años que escribía sobre los temas más variados. Había hecho sus pinitos en periódicos locales y sensacionalistas, en cualquier sitio donde le pagaran algo. Más tarde comenzó a investigar para artículos serios, que se publicaron en la prensa nacional. Tenía fama de escribir notas rigurosas y equilibradas que a menudo presentaban un enfoque original sobre hechos corrientes.

Se le daría bien. ¿Para qué la capacitaba su experiencia si no para tratar con objetividad los problemas ajenos? Pero aceptar ese trabajo no le proporcionaría placer ni la sensación de estar ampliando sus horizontes. Más bien la obligaría a enderezar los hombros con esa férrea determinación interior que es como un bostezo reprimido.

Qué harta estaba de problemas, de almas magulladas, de críos abandonados; qué maravilloso sería decir: «Bien, ya podéis cuidaros solos por un tiempo. Yo estaré en el teatro todas las noches y la mayor parte del día.» (Llegada a ese punto se echó a sí misma otro jarro de agua fría: «¿Has perdido la cabeza?»

Sí, y le encantaba.)

Vio brillar la copa de un árbol todavía envuelto en su follaje estival, ahora un poco enrarecido; la luz procedente de dos plantas más arriba, de las habitaciones de la vieja, lo había rescatado de la oscuridad para llenarlo de animado movimiento y de un tenue verdor: el color apenas se insinuaba. De manera que Julia estaba en casa. Al readmitir a su suegra —ex suegra— en su mente, experimentó una aprensión familiar, causada por el peso de la censura que descendía a través de la casa hasta ella, aunque recientemente se había percatado de algo más. Julia había estado ingresada en el hospital, al borde de la muerte, y Frances se había visto obligada a reconocer cuánto dependía de ella. ¿Qué haría sin Julia? ¿Qué harían todos?

Entretanto, todo el mundo se refería a ella como «la vieja»; incluida Frances, hasta hacía poco.

Andrew, en cambio, no. Y había notado que Colin había empezado a llamarla Julia. En las tres habitaciones situadas directamente encima de donde se encontraba en ese momento, debajo de las de Julia, vivían los hijos que había tenido con Johnny Lennox: Andrew, el mayor, y Colin, el menor.

Frances también disponía de tres habitaciones: un dormitorio, un estudio y un cuarto que siempre venía bien cuando alguien se quedaba a pasar la noche. Había oído comentar a Rose Trimble: «¿Para qué

necesita tantas habitaciones? Es una egoísta.»

Sin embargo, nadie se preguntaba para qué quería Julia cuatro habitaciones. La casa era suya. En lo alto de ese edificio ruidoso y demasiado concurrido, en el que la gente no paraba de entrar y salir, dormía en el suelo y llevaba amigos cuyos nombres Frances casi siempre ignoraba, había una zona aparte que era todo orden, donde el aire parecía suavemente malva y olía a violetas, con armarios que contenían sombreros de hacía décadas, adornados con velos, diamantes falsos y flores, así como trajes de una tela y un corte extraordinarios, que ya no se encontraban en las tiendas. Julia Lennox bajaba por la escalera y salía a la calle con la espalda erguida y las manos enfundadas en guantes —tenía cajones repletos de ellos

—, con zapatos impecables, sombrero y abrigo violeta, gris o malva, rodeada por un halo de aromas florales. «¿De dónde saca esa ropa?», había preguntado Rose antes de descubrir una verdad del pasado: que era posible guardar la ropa durante años y que no era preciso tirarla una semana después de comprarla.

Debajo de la zona de la casa correspondiente a Frances había un salón que se extendía desde el fondo hasta la fachada, y en cuyo amplísimo sofá rojo, los adolescentes solían intercambiarse apasionadas confidencias, de dos en dos; si Frances abría la puerta con cautela, a veces veía hasta media docena de

«críos», acurrucados como una camada de cachorros.

El uso de la estancia no justificaba el que le hubieran concedido tanto espacio en el centro del edificio.

La vida de la casa se desarrollaba en la cocina. La sala sólo demostraba su utilidad cuando organizaban una fiesta, lo que no ocurría a menudo, porque los chicos iban a discotecas y conciertos de música pop; aunque les costaba salir de la cocina y separarse de la grandiosa mesa que Julia había usado para servir sus cenas, con un ala plegada, en los tiempos en que «recibía invitados», como ella decía.

Ahora la mesa estaba siempre extendida, rodeada de entre dieciséis y veinte sillas y banquetas.

El apartamento del sótano era grande, y Frances casi nunca sabía quién acampaba en él. Los sacos de dormir y los edredones salpicaban el suelo como si fuesen despojos de una tormenta. Cuando bajaba no podía evitar sentirse una especie de espía. Aparte de insistir en que mantuvieran el lugar limpio y ordenado —de vez en cuando les daba por «limpiar», aunque los efectos de esos arrebatos higiénicos no resultaban fáciles de apreciar—, procuraba no interferir. Julia no adolecía de las mismas inhibiciones; a menudo descendía por la estrecha escalera y contemplaba la escena de los durmientes, que en ocasiones seguían dentro de sus sacos hasta el mediodía o incluso más, rodeados de tazas sucias, pilas de discos, radios y montañas de ropa; luego se volvía despacio, una figura severa a pesar de los pequeños velos y los guantes, que en ocasiones llevaban una rosa bordada en la muñeca, y tras deducir por la rigidez de una espalda o por una cabeza que se alzaba con nerviosismo que habían reparado en su presencia, subía lentamente la escalera, dejando en el viciado aire un aroma a flores y polvos cosméticos caros.

Frances se asomó a la ventana para ver si salía luz de la cocina; sí, de manera que estarían todos allí, esperando la cena. ¿Quiénes serían esta noche? En ese momento Johnny dobló la esquina con su Escarabajo, aparcó hábilmente y se apeó. Las fantasías de tres días se desvanecieron en el acto, mientras Frances pensaba: «He sido una idiota, una loca. ¿Qué me indujo a creer que iba a cambiar algo?» Aunque de verdad fuera a realizarse esa película, no habría dinero para ella y los chicos, como de costumbre..., si bien él había asegurado que ya habían firmado el contrato, ¿no?

Durante el tiempo que tardó en caminar despacio, detenerse ante el escritorio para contemplar las dos cartas fatídicas, llegar a la puerta, siempre a paso lento, y empezar a bajar la escalera, fue como si aquellos tres días no hubieran existido. No actuaría en la obra, no disfrutaría de la peligrosa intimidad del teatro con Tony Wilde, y estaba casi segura de que al día siguiente escribiría a The Defender para aceptar la columna.

Descendió poco a poco, tratando de recuperar la compostura, y se detuvo ante la puerta abierta de la cocina, sonriendo. Allí estaba Johnny, junto a la ventana, de pie y con los brazos apoyados en el alféizar, lleno de arrogancia y —aunque de un modo inconsciente— también de culpa. En torno a la mesa había un variopinto grupo de jóvenes, entre ellos Andrew y Colin. Todos contemplaban a Johnny, que había estado pontificando sobre un tema u otro, con cara de admiración; todos menos sus hijos. Estos sonreían, como los demás, pero de pura ansiedad. Al igual que Frances, sabían que el dinero que les había prometido se había esfumado en el país de los sueños. (¿Por qué se lo había contado? ¡Debería haber sido más lista!) No era la primera vez. Y también sabían, como ella, que Johnny se había presentado en ese momento, cuando sabía que la cocina estaría llena de jóvenes, para que no lo recibieran con ira, lágrimas, reproches..., aunque todo eso pertenecía al pasado, a un pasado lejano.

Johnny abrió los brazos con las palmas hacia ella y esbozó una sonrisa forzada.

—La película se ha cancelado... La CÍA... —Al ver la cara que ella ponía, dejó la frase sin terminar, mirando con nerviosismo a los chicos.

—No te molestes —replicó Frances—. La verdad es que no esperaba otra cosa.

Entonces los chicos se volvieron hacia ella con un gesto de preocupación que intensificó sus remordimientos.

Frances se aproximó al horno, donde varios platos estaban a punto de llegar al momento de la verdad.

Como si la espalda de su ex mujer lo hubiera absuelto, Johnny comenzó con la vieja cantinela sobre la CÍA y sus maquinaciones, que esta vez habían sido responsables de la cancelación de la película.

Colin, que por lo visto necesitaba hechos a los que aferrarse, lo interrumpió:

—Pero, papá, pensé que el contrato...

—Demasiados problemas —se apresuró a alegar Johnny—. No lo entenderías... La CÍA siempre se sale con la suya.

Frances miró con cautela por encima del hombro y descubrió que el rostro de Colin estaba crispado por una mueca que era a la vez de rabia, confusión y resentimiento. Como de costumbre, Andrew parecía tranquilo, casi risueño, aunque ella sabía que se trataba de una falsa impresión. Esa escena y otras parecidas se habían repetido en incontables ocasiones durante la infancia de los chicos.

En 1939, el año en que estalló la guerra, dos jóvenes optimistas e ignorantes —semejantes a los que ese día se hallaban sentados en torno a la mesa— se habían enamorado, al igual que millones de otros jóvenes de los países combatientes, y se habían abrazado buscando consuelo en un mundo cruel. No obstante, también habían sentido entusiasmo, el síntoma más peligroso de la guerra. Johnny Lennox la presentó a la Liga de las Juventudes Comunistas, que estaba a punto de abandonar para convertirse en adulto, aunque todavía no en soldado. El camarada Johnny era casi una estrella, y necesitaba que ella se enterase. Frances se había sentado al fondo de salas atestadas para oírle explicar que se hallaban ante una guerra imperialista y que las fuerzas progresistas y democráticas debían boicotearla. Muy pronto, sin embargo, él apareció vestido de uniforme en las mismas salas, ante la misma gente, exhortándola a poner su granito de arena, porque de pronto, debido al ataque de los alemanes a la Unión Soviética, la guerra era contra el fascismo. Junto a los leales se encontraban algunos alborotadores y opositores que prorrumpieron en abucheos y sonoras carcajadas. Se burlaron de Johnny, que estaba allí tranquilamente describiendo la nueva línea del Partido como si no hubiera dicho justo lo contrario poco tiempo antes. A Frances le impresionó su serenidad; con su postura —los brazos extendidos con las palmas hacia fuera—, aceptaba la hostilidad, casi la provocaba, sufriendo por las duras exigencias de la época. Llevaba un uniforme de la RAF. Su primera intención había sido convertirse en piloto, pero su vista no estaba a la altura de lo exigido, de modo que terminó como cabo, pues por razones ideológicas se había negado a aceptar el grado de oficial. Ocuparía un puesto en la administración.

Así había sido la iniciación de Frances a la política, o más bien a la política de Johnny. A finales de la década de los treinta, mantenerse al margen de la política constituía en cierto modo una proeza para una persona joven, pero eso había hecho exactamente. Era hija de un abogado de Kent. El teatro había representado para ella una ventana hacia el glamour, la aventura, el gran mundo; primero en obras escolares y luego en grupos de aficionados. Aunque siempre había interpretado papeles importantes, la habían encasillado a causa de su clásica belleza inglesa. Sin embargo, ahora también ella llevaba uniforme; figuraba entre las numerosas jóvenes adscritas al Ministerio de la Guerra, y se encargaba sobre todo de llevar a los oficiales de alta graduación en coche de un lado a otro. Las jóvenes atractivas se lo pasaban bien realizando esa clase de trabajo, aunque se trata de un aspecto de la guerra que suele ocultarse por respeto a los muertos, o quizás incluso por vergüenza. Frances bailaba mucho, salía a cenar, y tuvo sus escarceos con seductores franceses, polacos y americanos, pero no olvidó a Johnny ni las angustiadas noches de pasión que habían compartido y que alimentaron la añoranza que más tarde sentirían el uno por el otro.

Entretanto, él estaba en Canadá, adiestrando a los aviadores de la RAF acuartelados allí. A estas alturas lo habían nombrado oficial y, como evidenciaban sus cartas, le iba bien; luego regresó a Inglaterra convertido en capitán y ayudante de un pez gordo. Estaba tan apuesto con uniforme, y ella tan atractiva con el suyo... Esa semana se casaron y concibieron a Andrew, lo que supuso el fin de los buenos tiempos, pues ella estaba encerrada en una habitación con un bebé, sola y asustada por los bombardeos. De pronto tenía una suegra, la temible Julia, que, vestida como una dama de sociedad de una revista de modas de los años treinta, se dignó salir de su casa de Hampstead —la casa que ahora habitaba— para mostrarse horrorizada por el sitio donde vivía Frances y ofrecerle un hueco en su hogar. Frances se negó. Aunque no estuviera metida en política, compartía el ferviente deseo de independencia de su generación. Se había marchado de la casa paterna para mudarse a una habitación amueblada, y con el tiempo, pese a haber quedado reducida a poco más que la esposa de Johnny y la madre de un niño, era independiente, se definía a partir de esa idea y se aferraba a ella. Poca cosa, sin duda, pero era lo único que tenía.

Los días y las noches transcurrieron penosamente, y ella estaba tan lejos de la vida glamurosa que había llegado a disfrutar como si jamás hubiera salido de la casa de sus padres. Los dos últimos años de la guerra trajeron consigo muchas dificultades, pobreza y terror. La comida era mala.

Las bombas, que parecían diseñadas para destrozar los nervios de la gente, afectaban a los suyos.

Costaba mucho encontrar ropa, y la poca que se encontraba era horrible. No tenía amigos; sólo se relacionaba con otras mujeres con hijos pequeños. Lo que más temía era defraudar a Johnny cuando regresara, aparecer ante sus ojos como una madre gorda y cansada, muy distinta de la elegante joven de uniforme que lo había enamorado. Y eso fue precisamente lo que sucedió.

Durante la guerra, Johnny había progresado y se había hecho notar. Nadie podía negar que fuese inteligente y rápido, y sus ideas políticas no llamaban la atención en aquellos momentos. Después de la guerra le ofrecieron buenos empleos en el proceso de reconstrucción de Londres. Los rechazó. No estaba dispuesto a dejarse comprar por el capitalismo. Sus ideas y su fe no habían cambiado un ápice. Al camarada Johnny Lennox, vestido otra vez de paisano, sólo le preocupaba la Revolución.

Colin había nacido en 1945. Dos niños pequeños en un piso miserable de Notting Hill, por entonces

una de las zonas más pobres de Londres. Trabajaba para el Partido. Ha llegado el momento de explicar que por «Partido» debe entenderse el Comunista, aunque bastaba con referirse a él de esa manera.

Cuando dos extraños se encontraban, solía producirse el siguiente diálogo: «¿Tú también estás en el Partido?» «Por supuesto.» «Me lo imaginaba», lo que significaba: «Eres una buena persona. Me gustas, y por eso tenías que estar en el Partido, como yo.»

Frances no se afilió al Partido, aunque Johnny se lo pidió, asegurándole que resultaba perjudicial para él que su esposa se negara a hacerlo.

—Pero ¿quién va a enterarse? —preguntó Frances, con lo que sólo consiguió que la despreciara un poco más, porque no tenía idea de política ni la tendría nunca.

—El Partido lo sabe —respondió Johnny.

—Lástima.

Decididamente, no se entendían, y el Partido era el menor de sus problemas, por mucho que irritara a Frances. Pasaban privaciones, por no decir que vivían en la miseria. Él lo consideraba un signo de entereza. Al volver de un seminario, «Johnny Lennox habla de la amenaza de la agresión americana», la encontraba tendiendo la colada de los niños en un destartalado sistema de cuerdas y poleas precariamente atornillado a la ventana de la cocina, o cuando ella regresaba del parque, con un crío de la mano y el otro en el cochecito.

La cesta de éste estaba llena de comestibles, y detrás del niño había un libro que había llevado con la esperanza de leer mientras los críos jugaban.

«Eres una auténtica mujer trabajadora, Fran», la elogiaba él. Pero si Johnny estaba encantado, su madre no. Cuando iba a verlos, siempre después de anunciarse por escrito en un papel tan grueso que una podía cortarse con él, se sentaba, visiblemente incómoda, en el borde de una silla con restos de galletas o naranja.

—Johnny, esto no puede seguir así —declaraba.

—¿Por qué no, Mutti? —La llamaba Mutti porque ella detestaba ese apodo—. Tus nietos serán un motivo de orgullo para el pueblo británico.

En momentos como ése Frances rehuía la mirada de Julia, porque no quería incurrir en la deslealtad.

Sentía que todo en su vida, incluida ella misma, era insulso, feo, agotador, y que las tonterías de Johnny sólo representaban una parte del problema. Todo eso terminaría, estaba segura. Tenía que terminar.

Y así fue, porque Johnny le comunicó que se había enamorado de una auténtica camarada, un miembro del Partido, y que se iría a vivir con ella.

—¿Y yo? —preguntó Frances, aunque ya sabía la respuesta.

—Te pasaré una pensión, desde luego —afirmó Johnny. Nunca lo hizo.

Frances buscó una guardería pública y consiguió un empleo de mala muerte como ayudante del escenógrafo y figurinista en un teatro. Le pagaban muy poco, pero se las apañó. Julia se quejaba de que los niños estaban abandonados y de que su ropa movía a lástima.

—Tal vez debería hablar con su hijo —replicó Frances—. Me debe la pensión alimenticia de un año. —

Después fueron dos y luego tres.

«Si la familia le pasase una cantidad decente de dinero, ¿renunciaría al trabajo para ocuparse de los niños?», preguntó Julia.

Frances respondió que no.

—Pero yo no me entrometería—insistió Julia—. Te lo prometo.

—No lo entiende —repuso Frances.

—Claro que no. ¿Te importaría explicármelo?

Johnny dejó a la camarada Maureen y volvió con Frances, tras asegurarle que había cometido un error. Ella lo aceptó. Se sentía sola, sabía que los niños necesitaban un padre y estaba hambrienta de sexo.

La abandonó de nuevo por otra camarada de verdad. Cuando quiso reconciliarse otra vez, ella le dijo:

«Largo.»

Ahora trabajaba todo el día en el teatro, y aunque no ganaba mucho más, se las arreglaba. Los niños tenían ocho y diez años. Continuamente surgían problemas en el colegio, y no les iba bien en los estudios.

—¿Qué esperabas? —dijo Julia.

—Yo nunca espero nada —respondió Frances.

Entonces las cosas cambiaron radicalmente. Frances se quedó atónita cuando el camarada Johnny aceptó que Andrew ingresara en un buen colegio. Julia sugirió Eton, porque su marido había estudiado allí. Frances supuso que Johnny se opondría, pero entonces se enteró de que él también había asistido a Eton y de que había conseguido ocultarle este hecho denigrante durante años. Julia no mencionaba el tema porque el paso de Johnny por Eton no los había cubierto precisamente de gloria, ni a él ni a la familia. Había estudiado allí tres años, pero lo había dejado para marcharse a la guerra civil española.

—¿Vas a decirme que te alegras de que Andrew se matricule en esa escuela? —le preguntó Frances por teléfono.

—Bueno, allí al menos recibirá una buena educación —dijo Johnny con frescura, y ella oyó el tácito:

«Mira de qué me sirvió a mí la mía.»

De manera que, financiado por Julia, Andrew dejó las miserables habitaciones que compartía con su madre y su hermano para ir a Eton, empezó a pasar las vacaciones con compañeros de clase y se convirtió en un amable desconocido.

Frances asistió a una fiesta de fin de curso, con un atuendo comprado especialmente para la ocasión y el primer sombrero que se ponía en su vida. Al advertir que Andrew se alegraba de verla, pensó que había hecho bien en presentarse.

Algunos se acercaron para preguntar por Julia, la viuda de Philip y la nuera del padre de éste, a quien un viejo recordaba de su infancia. Por lo visto, era una tradición que los Lennox estudiasen en Eton.

También la interrogaron sobre Johnny, o Jolyon.

—Qué interesante... —comentó un ex profesor suyo—. Ha escogido una carrera interesante.

A partir de entonces Julia asistió a todas las celebraciones formales, donde, para su sorpresa, la recibían efusivamente; durante los tres años que Johnny había pasado allí, ella sólo se había sentido como la esposa de Philip, es decir, alguien poco relevante.

Colin se negó a ir a Eton, quizás a causa de un profundo y retorcido concepto de lealtad hacia su madre, a quien había visto luchar durante muchos años. Eso no significaba que no se produjeran enfrentamientos entre ellos; el chico peleaba, discutía y sacaba notas tan malas que Frances estaba convencida de que trataba de disgustarla adrede. Por otro lado, se mostraba frío y cruel con su padre cuando éste daba señales de vida para decir que lo sentía mucho pero no tenía dinero para pagar la pensión. Finalmente accedió a ir a una escuela progresista, Saint Joseph, también por cuenta de Julia.

Entonces Johnny propuso algo que esta vez Frances no rechazó. Julia les cedería una parte de la casa a ella y a los niños. No necesitaba tanto espacio, era ridículo...

Frances pensó en Andrew, que al salir del colegio volvía a una u otra vivienda miserable, cuando volvía, y jamás invitaba a amigos a casa.

Pensó en Colin, que no se molestaba en disimular lo mucho que detestaba su forma de vida. Les dijo que sí a Johnny y a su suegra, y aterrizó en la magnífica casa que siempre pertenecería a Julia.

Sólo ella sabía cuánto le había costado decidirse. Durante años había preservado su independencia y cubierto tanto sus gastos como los de los niños sin aceptar dinero de Julia ni de sus propios padres, que la habrían ayudado encantados. Y ahora había firmado la capitulación definitiva: lo que otros veían como

«un acuerdo sensato», para ella significaba una derrota. Ya no era la misma, sino un apéndice de la familia Lennox.

En cuanto a Johnny, había hecho lo que cabía esperar de él. Cuando su madre le decía que debía mantener a sus hijos y conseguir un empleo por el que le pagasen un sueldo, él la acusaba a gritos de ser un típico miembro de las clases explotadoras que sólo pensaba en el dinero, mientras que él trabajaba para el futuro de toda la humanidad. Discutían con frecuencia y a voces. Al oírlos, Colin palidecía, guardaba silencio y se largaba durante horas o días. Andrew conservaba su sonrisa displicente e irónica, su pose. En ese entonces pasaba mucho tiempo en casa e incluso llevaba amigos.

Entretanto, Johnny y Frances se habían divorciado, porque él se había casado como era debido, formalmente, en una boda a la que habían asistido Julia y sus camaradas. Su mujer se llamaba Phyllida, y aunque no militaba en el Partido, él afirmaba que tenía madera y que la convertiría en una buena comunista.

Esta pequeña historia era el motivo por el que ahora Frances estaba de espaldas a los demás, removiendo un guiso que no necesitaba que lo removieran. Efecto retardado: le temblaban las rodillas y notaba la boca como si la tuviese llena de ácido, porque su cuerpo por fin empezaba a asimilar las malas noticias, por cierto bastante más tarde que su mente. Pese a que sabía que estaba enfadada, con todo derecho, albergaba más indignación hacia sí misma que hacia Johnny. De acuerdo, se había permitido pasar tres días sumida en un loco sueño..., pero ¿cómo se le había ocurrido involucrar a los chicos? Claro que había sido Andrew quien le había entregado el telegrama; había esperado a que ella se lo enseñase y luego había dicho: «Frances, por fin tu descarriado marido va a cumplir con su obligación.» Se había sentado en el borde de una silla: joven, rubio y atractivo, semejaba más que nunca un pájaro a punto de levantar el vuelo. Era alto, lo que acentuaba su delgadez; los tejanos cubrían holgadamente sus largas piernas, y sus huesudas, estilizadas y elegantes manos reposaban sobre las rodillas con las palmas hacia arriba. Le sonreía, y ella sabía que pretendía ser amable. Se esforzaban por llevarse bien, y sin embargo ella continuaba en guardia, porque había sufrido su rechazo durante demasiados años. El chico se había referido a él como «tu marido», no como «mi padre». Trataba con cordialidad a Phyllida, la nueva esposa de Johnny, aunque luego se quejaba de que era una pesada.

Había felicitado a Frances por el papel que le habían ofrecido en la nueva obra y había bromeado sin malicia sobre las consejeras sentimentales.

Colin también se había mostrado cariñoso, lo cual era raro en él, y había telefoneado a sus amigos para contarles lo de la obra.

La nueva situación suponía una desgracia para los dos; era terrible, pero al fin y al cabo qué más daba un pequeño golpe cuando habían recibido tantos a lo largo de los años, se dijo mientras aguardaba que sus rodillas recuperaran la fuerza, con los ojos cerrados, sujetándose del borde de un cajón con una mano y removiendo el guiso con la otra.

Detrás de ella, Johnny proseguía su discurso sobre la prensa capitalista, las mentiras que publicaba acerca de la Unión Soviética y la imagen tergiversada que presentaba de Fidel Castro.

Tras una perorata semejante, Frances había demostrado que tantos años de oír las críticas y la jerga de Johnny prácticamente no habían hecho mella en ella.

—Parece una persona interesante —había murmurado.

—Por lo visto no he conseguido enseñarte nada, Frances. Es imposible meterte algo en la cabeza —le había soltado él.

—Sí, lo sé, soy tonta.

Había sido una repetición del gran momento, el momento clave y decisivo en que Johnny había regresado a su lado por segunda vez, esperando que lo aceptara: le había gritado que era una nulidad en política, una pequeñoburguesa venida a menos, una enemiga de clase, y ella había respondido:

—Sí, de acuerdo, soy tonta, ahora lárgate.

No podía continuar ahí de pie sabiendo que los chicos la observaban con nerviosismo, dolidos por ella, aunque los demás contemplaran a Johnny con expresión de afecto y admiración.

—Échame una mano, Sophie —pidió.

En el acto aparecieron unas manos serviciales, las de Sophie y en apariencia las de todos los demás, que depositaron las fuentes en el centro de la mesa. Exquisitos aromas inundaron el aire cuando retiraron las tapas.

Tomaron asiento a la cabecera de la mesa, contentos de sentarse al fin, sin fijar la vista en Johnny.

Todas las sillas estaban ocupadas, pero había otras junto a la pared, de manera que, si quería, podía acercar una. ¿Lo haría? Se sentaba a comer con ellos a menudo, lo cual enfurecía a Frances, aunque era obvio que él creía que lo tomaban como un cumplido. Pero esa noche no; después de causar la impresión deseada y saciar (si es que eso era posible) su necesidad de que lo admirasen se marcharía..., ¿no? No se iba. Todas las copas de vino estaban llenas. Johnny había llevado dos botellas; el generoso Johnny, que nunca entraba en un lugar sin su ofrenda para las libaciones... Frances se sentía incapaz de seguir conteniendo la bilis, las indeseadas palabras de amargura que se le agolpaban en la boca. «Vete —le rogó mentalmente—. Lárgate de una vez.»

Había cocinado un abundante y suculento guiso con carne y castañas, según la receta de Elizabeth David, cuyo libro Gastronomía rural francesa descansaba, abierto, en algún lugar de la cocina. (Años después exclamaría: «Dios mío, participé en una revolución culinaria sin saberlo.») Estaba segura de que esos jovencitos sólo comían «como es debido» en esa mesa. Andrew servía puré de patatas con apio.

Sophie repartía cucharadas de guiso. Colin distribuía las raciones de espinacas a la crema y zanahorias rehogadas en mantequilla. Johnny contemplaba la escena callado, ya que en ese momento nadie le prestaba atención.

¿Por qué no se marchaba?

Los comensales de esa noche, o al menos unos cuantos, eran los que ella consideraba habituales. A su izquierda estaba Andrew, que se había servido raciones generosas pero miraba la comida como si no la reconociese. Junto a él se había sentado Geoffrey Bone, un compañero de colegio de Colin que, hasta donde Frances alcanzaba a recordar, había pasado todas las vacaciones con ellos. Según Colin, no se llevaba bien con sus padres. (Por otra parte ¿quién se llevaba bien con sus padres?) A su lado, Colin había vuelto hacia su padre el redondo y encendido rostro, que irradiaba angustia acusadora, con el cuchillo y el tenedor en las manos. Junto a Colin estaba Rose Trimble, que había salido con Andrew durante una breve temporada: un obligado escarceo con el marxismo lo había llevado a una conferencia titulada «¡África rompe las cadenas!», y allí la había conocido. Aunque la aventura sentimental (¿podía llamarse así?; ella tenía dieciséis años) había terminado, Rose seguía visitando la casa y, de hecho, parecía haberse instalado en ella. Enfrente de Rose estaba Sophie, una chica judía cuya belleza se encontraba en pleno apogeo; esbelta, con brillantes ojos negros y reluciente cabello moreno, sin duda inducía a quienes la veían a pensar primero en la intrínseca injusticia del Destino y luego en los imperativos y exigencias de la Belleza.

Colin estaba enamorado de ella. Andrew también. Y Geoffrey. Junto a Sophie se hallaba el polo opuesto del buen chico relativamente apuesto, inglés y amable que era Geoffrey: el impulsivo y angustiado Daniel, a quien recientemente habían amenazado con expulsarlo de Saint Joseph por robar. Era subdelegado, y Geoffrey, el delegado, había tenido que advertirle que debía reformarse o de lo contrario... Era una amenaza vana, desde luego, destinada a impresionar a otros confiriendo visos de gravedad a algo que hacían todos. Este pequeño incidente, que aquellos jóvenes mundanos comentaban con ironía, constituía una confirmación, por si hiciera falta alguna, de la proverbial injusticia del mundo, pues Geoffrey robaba constantemente en las tiendas, pese a que costaba asociar esa cara ingenua y complaciente con las malas acciones. Y había algo más: Daniel reverenciaba a Geoffrey desde siempre, y recibir una regañina de su héroe era más de lo que podía soportar.

Junto a Daniel había una chica que Frances no había visto antes, aunque suponía que en su momento

le hablarían de ella. Era rubia, pulcra y de buena presencia, y al parecer se llamaba Jill. A la derecha de Frances estaba Lucy, que no iba a Saint Joseph: era la novia de Daniel, asistía a Dartington, y se dejaba ver a menudo por allí. Lucy, a quien en un colegio normal habrían nombrado monitora por su carácter responsable, su inteligencia y sus dotes de liderazgo, aseguraba que los colegios progresistas, o por lo menos Dartington, resultaban adecuados para algunos estudiantes, pero que otros necesitaban disciplina y que ella habría deseado asistir a una escuela corriente, con normas, reglamentos y exámenes que la obligaran a esforzarse. Daniel opinaba que en Saint Joseph eran unos hipócritas de mierda que predicaban la libertad, pero a la hora de la verdad reprimían con todo el peso de la moral.

—Yo no diría que reprimen —explicó Geoffrey afablemente a todos los presentes, protegiendo a su acólito—, sino que fijan límites.

—Para algunos —puntualizó Daniel.

—Sí, admito que es injusto —convino Geoffrey.

Sophie comentó que adoraba tanto a Saint Joseph como a Saín (el director). Los chicos trataron de aparentar indiferencia ante esta noticia.

Colin seguía sacando tan malas notas en los exámenes que debía su plácida existencia a la célebre tolerancia de la escuela.

Entre las muchas cosas que Rose le reprochaba a la vida, la principal era que no la hubiesen enviado a un colegio progresista, y cuando se discutían sus ventajas y desventajas, lo que sucedía con frecuencia y a voz en cuello, ella guardaba silencio, con el rubicundo rostro más rojo que nunca a causa de la furia. Sus puñeteros padres la habían mandado a una vulgar escuela para chicas de Sheffield, y aunque a todos los efectos se había «pirado» y vivía aquí, sus quejas contra el colegio no cesaban y solía decir entre lágrimas, a quienes quisieran oírla, que no sabían la suerte que tenían. Andrew había llegado a conocer a los padres de Rose, que eran funcionarios municipales.

—¿Qué tienen de malo? —había preguntado Frances con la esperanza de oír hablar bien de ellos, porque Rose no le caía bien y deseaba que se marchara. (¿Por qué no se lo pedía? Porque habría sido contrario al espíritu de la época.)

—Me temo que son gente corriente —respondió Andrew, sonriendo—. Son los típicos pueblerinos convencionales, y creo que Rose los tiene bastante desorientados.

—Ah —dijo Frances, viendo cómo se esfumaba la posibilidad de que Rose regresara a su casa.

Y también en eso había algo más. ¿No había tildado ella misma a sus padres de aburridos y convencionales en muchas ocasiones? No los consideraba unos fascistas de mierda, desde luego, aunque tal vez los habría descrito así si hubiera estado tan familiarizada con esos adjetivos como Rose. ¿Cómo iba a recriminar a la chica que se alejase de unos padres que no la entendían?

Ya empezaban a servirse más comida..., todos salvo Andrew. Apenas había tocado lo que le habían puesto en el plato. Frances fingió no reparar en ello.

Andrew tenía problemas, aunque resultaba difícil determinar la gravedad de la situación.

Le había ido bastante bien en Eton, había hecho amistades, que en opinión de Frances era lo que debía hacerse, y el año siguiente ingresaría en Cambridge. Hasta entonces se dedicaría a holgazanear, decía. Y estaba cumpliendo su propósito, desde luego. A veces dormía hasta las cuatro o cinco de la tarde, presentaba un aspecto enfermizo y bajo su encanto y don de gentes disimulaba... ¿qué disimulaba?

Frances sabía que era desdichado, pero la desdicha de sus hijos no representaba una novedad. Habría que hacer algo. Julia había bajado a su sección de la casa para preguntarle:

—¿Has entrado en la habitación de Andrew, Frances?

—No me atrevería a entrar sin que él me invitara.

—Eres su madre, ¿no?

Este intercambio de palabras que puso de manifiesto el abismo que mediaba entre ellas, hizo que Frances se quedara mirando a su suegra con impotencia, como de costumbre. No sabía qué decir. Julia, una figura inmaculada, permanecía allí como el Juicio Final, al acecho, y Frances, nerviosa como una colegiala, deseaba desplazar el peso de su cuerpo de un pie al otro.

—Hay tanto humo que casi no se ve nada —se quejó Julia.

—Ah, ya entiendo, te refieres a la hierba..., a la marihuana, ¿no? Pero hoy en día todos la fuman. —No se atrevió a confesar que ella también la había probado.

—Así que para ti no significa nada, ¿eh? No tiene importancia.

—No he dicho eso.

—Duerme todo el día, se atonta con esa humareda y no prueba bocado.

—¿Qué quieres que haga, Julia?

—Habla con él.

—No puedo... No podría... No me escucharía.

—Entonces hablaré yo. —Julia dio media vuelta sobre sus pequeños e impecables tacones y se marchó

dejando una estela de fresca fragancia a rosas.

Julia y Andrew hablaron. Muy pronto Andrew tomó la costumbre de visitar a Julia en sus habitaciones, algo que nadie se había atrevido a hacer antes, y a menudo regresaba con información destinada a allanar obstáculos y suavizar los roces.

—No es tan mala como crees. De hecho, es encantadora.

—No es la primera palabra que me viene a la mente cuando pienso en ella.

—Pues a mí me cae bien.

—Ojalá bajase de vez en cuando. ¿Crees que comería con nosotros?

—No. No aprueba nuestro estilo de vida.

—Podría reformarnos... —dijo Frances, intentando bromear.

—¡Ja, ja! Pero ¿por qué no la invitas?

—Julia me da pánico —respondió Frances, reconociéndolo por primera vez.

—¡Tú le das miedo a ella! —señaló Andrew.

—Eso es totalmente absurdo. Estoy segura de que jamás ha temido a nadie.

—Mira, mamá, no lo entiendes. Siempre ha vivido muy protegida. No está acostumbrada a nuestro jaleo. No olvides que antes de que muriera el abuelo ni siquiera había cocido un huevo, mientras que tú tienes que vértelas con las hordas hambrientas y hablas su lengua. ¿No te das cuenta? —No había dicho

«nuestra» lengua, sino «su» lengua.

—Lo único que sé es que se queda ahí arriba, comiendo una ración minúscula de arenque ahumado y cuatro centímetros de pan y tomando una copa de vino, mientras nosotros nos atiborramos de manjares suculentos. Quizá podríamos subirle una bandeja.

—Se lo consultaré —argüyó Andrew, y tal vez lo hiciera, pero nada cambió.

Frances se obligó a subir a la habitación de Andrew. Eran las seis de la tarde y ya estaba oscureciendo. Hacía dos semanas de eso. Llamó a la puerta, aunque sus piernas casi le exigían que volviera abajo.

Después de unos silenciosos instantes de espera, oyó:

—Adelante.

Frances entró. Andrew estaba fumando tendido en la cama, vestido. A su lado, la ventana dejaba entrever una nebulosa cortina de fría lluvia.

—Son las seis de la tarde —dijo ella.

—Ya lo sé.

Frances se sentó sin que él la invitara a hacerlo. La habitación era amplia y estaba amueblada con muebles antiguos y macizos y bonitas lámparas chinas. Andrew no parecía el ocupante idóneo, y Frances pensó involuntariamente en el marido de Julia, el diplomático, que sin duda se habría encontrado en su elemento allí.

—¿Has venido a sermonearme? No te molestes; Julia ya ha hecho bastante.

—Estoy preocupada por ti —dijo Frances con voz temblorosa; en su garganta se agolpaban años, décadas de preocupación.

Andrew levantó la cabeza de la almohada para mirarla mejor. Sus ojos no reflejaban hostilidad, sino más bien hastío.

—Hasta yo me siento preocupado por mí —dijo—, pero creo que estoy a punto de empezar a controlarme.

—¿De veras, Andrew? ¿De veras?

—Al fin y al cabo, no es heroína, cocaína o... Tampoco hay un montón de botellas vacías debajo de mi cama.

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