El sueno mas dulce
—No, esta noche no. Cuando conocí a…
Este capítulo es largo, así que está dividido en 3 partes.
—No, esta noche no. Cuando conocí a Johnny, yo estaba hecho un lío. Fue en una asamblea. Era un crío. Había suspendido las pruebas de selectividad. Mis padres me habían dicho: «Si eres comunista, no mancilles esta casa con tu presencia», y Johnny se portó bien conmigo, como una figura paterna. Decidí ser digno de su amistad.
Frances contrajo los músculos del estómago, aunque no supo si para contener la risa o el llanto.
—Alquilé una habitación en casa de un camarada —prosiguió él—. Me presenté a los exámenes. Fui maestro por un tiempo; en aquella época estaba en el sindicato... La cuestión es que se lo debo todo a Johnny.
—En fin, ¿qué puedo decir? Bien por él; pero ¿ha sido bueno para ti?
—Si entonces hubiera sabido que una noche estaría contigo, que te tendría entre mis brazos, me habría vuelto loco de alegría. La mujer de Johnny entre mis brazos.
Hicieron el amor otra vez. Sí, era amor, un amor amistoso e incluso tierno mientras la risa burbujeaba en su interior, aunque sólo ella alcanzara a oírla.
Durmieron. Despertaron. A ella le pareció que él había tenido una pesadilla, porque abrió los ojos sobresaltado, se puso boca arriba, y la abrazó, como diciendo «espera». Al final murmuró con tristeza:
—Fue todo un golpe, ¿sabes? Me refiero a lo que dijo ese tal Sachs.
Frances prefirió dejarlo pasar.
—No me dirás que no te sorprendió —añadió él.
—Los periódicos... —dijo ella, decidida por fin a hablar—. Los periódicos llevan años informando al respecto. Y la televisión y la radio también. Las purgas, los campos de trabajo, los confidentes, los asesinatos. Hace años que hablan de ello.
—Sí, pero yo no les creía —repuso él tras un largo silencio—. Bueno, en parte sí, pero... no imaginaba nada parecido a lo que contó Sachs.
—¿Por qué no les creías?
—Porque no quería, supongo.
—Exactamente. —Se oyó a sí misma agregar—: Y apuesto a que aún no hemos oído ni la mitad.
—¿Por qué lo dices? Pareces satisfecha.
—Puede que lo esté. Resulta agradable comprobar que tengo razón después de que me hayan rebajado y... pisoteado durante años. Incluso ahora siguen rebajándome.
Harold la miró compungido, pero Frances continuó:
—Yo no estaba de acuerdo con él, sobre todo después de los primeros días...
Sé guardó de decir: «Cuando volvió de la guerra civil española», porque de hecho no había estado allí.
Y se contuvo para no decir: «Cuando me percaté de que era un hipócrita deshonesto», porque ¿cómo iba a acusarlo de deshonesto si creía firmemente en lo que propugnaba?
—Me dejé encandilar por aquel ambiente fascinante —rememoró—. Tenía diecinueve años. Pero no duró.
A Harold no le gustó aquello, no, no le gustó en absoluto, y ella permaneció callada a su lado, lo bastante compenetrada con él para sentirse igual de herida.
Se produjo un silencio largo y sofocante: fuera ya era de día, un día caluroso, y empezaba a oírse el tráfico.
—Es como si todo hubiera sido en vano —dijo él por fin—. Todo fue... un montón de mentiras y pamplinas. —Había un dejo lloroso en su voz—. Qué desperdicio. Tanto esfuerzo..., tanta gente muerta para nada. Buena gente. Nadie me convencerá de que no lo era. —Hizo una pausa y añadió—: No quiero quedar como mártir, pero hice muchos sacrificios por el partido. Y todo en balde.
—Con la salvedad de que el camarada Johnny te inspiró grandes sentimientos.
—No te burles.
—No. Le concedo ese mérito. Al menos contigo se portó bien.
—Todavía no lo he asimilado. Ni siquiera he empezado a asimilarlo.
Continuaron tendidos el uno al lado del otro, y mientras él dejaba escapar sus sueños, sus dulces sueños, ella pensaba: «No cabe duda de que soy una egoísta, como siempre ha dicho Johnny. Harold está pensando en el dorado futuro de la humanidad, pospuesto indefinidamente, mientras que yo sólo pienso en las cosas que me he perdido.» El dolor era casi insoportable. El cálido peso de un hombre durmiendo en sus brazos con los labios contra su mejilla, la tierna pesadez de los huevos de un hombre en sus manos, la deliciosa viscosidad de...
—Bajemos a desayunar —propuso él—; de lo contrario, creo que me echaré a llorar.
Desayunaron discretamente en una agradable salita y, al salir del hotel, notaron que esa mañana el camposanto parecía abandonado y feo; la magia de la noche anterior se les antojaría patética a menos que se largasen rápidamente, de allí. Y lo hicieron: fueron a un lugar que, según dijo Harold mientras yacían en una colina cubierta de hierba, rodeados por paisajes, era el mismísimo corazón de Inglaterra.
Entonces, y ella lo entendió perfectamente, aquel hombre corpulento lloró por su sueño perdido, con la cara sobre el brazo, en la hierba, mientras Frances pensaba: «Somos el uno para el otro, pero no volveremos a estar juntos.» Era el final de algo. Para él. Y para ella también: «¿Qué estoy haciendo en el corazón de Inglaterra con un hombre que tiene el corazón roto por..., en fin, no por mi culpa, ¿verdad?»
Al atardecer le pidió que la dejase en algún sitio donde pudiera tomar un taxi, porque no soportaba la idea de dejarse ver con él ante aquella casa de ojos hambrientos y envidiosos. Se besaron con pesar.
Harold la contempló mientras subía al taxi, y luego se alejaron en direcciones opuestas. Frances subió por la escalera corriendo, con agilidad, pletórica de energía sexual, y se encaminó directamente al cuarto de baño, temiendo oler a sexo. Después subió a ver a Julia, llamó a la puerta y esperó la fría y atenta inspección... que no tardó en recibir. Sin embargo, como ésta no fue hostil sino amistosa, se sentó en silencio y se limitó a sonreírle a Julia con labios temblorosos.
—Es difícil —comentó Julia, como si supiera muy bien lo difícil que era. Se acercó a un armario lleno de botellas interesantes, sirvió una copa de coñac y se la ofreció a Frances.
—Apestaré a alcohol.
—Da igual —repuso Julia. Encendió la cafetera y permaneció frente al hornillo, de espaldas a Frances, que intuyó que lo hacía por tacto, para no verla llorar. Pronto una taza de café cargado apareció junto al coñac. Se abrió la puerta, sin que llamaran, y Sylvia entró corriendo.
—Ah, Frances, no sabía que estuvieras aquí—dijo. Titubeó por un instante, sonriendo, y luego la abrazó, apoyando la mejilla contra su pelo—. No teníamos ni idea de dónde te habías metido. Te marchaste. Nos abandonaste. Pensamos que te habías hartado de nosotros y que nos habías dejado para siempre.
—No podría, desde luego —respondió Frances.
—Sí—dijo Julia—. Frances debe estar aquí.
El verano se prolongó y se relajó, respirando cada vez más despacio. Parecía haber tiempo por todas partes, esparcido alrededor como lagos poco profundos en los que uno puede entretenerse flotando: todo terminaría cuando regresaran «los críos». Los dos que ya estaban en la casona ocupaban poco espacio.
Frances veía de vez en cuando a Sylvia tendida en la cama con un libro, al otro lado del pasillo, desde donde saludaba con la mano —«Ay, Frances, es una novela tan bonita»— o corriendo por la escalera en dirección a las habitaciones de Julia. O bien topaba con las dos —Julia y su amiguita Sylvia— cuando salían de compras. Andrew también pasaba horas tumbado en la cama, leyendo. Frances llamó a su puerta
—con sentimiento de culpa, huelga decirlo—, entró al oír «Adelante», y no, en la habitación no había humo.
—Ah, eres tú, mamá —dijo Andrew con voz cansina, porque todo en él se había vuelto más lento, como el pulso de Frances—. Deberías confiar un poco más en mí. Ya no soy un adicto que va camino de la perdición.
Frances no cocinaba. Si encontraba a Andrew haciéndose un bocadillo en la cocina, aceptaba que preparase otro para ella o se ofrecía a preparar un par para ambos. Luego se sentaban a la enorme mesa, cada uno en un extremo, y contemplaban la abundancia: tomates procedentes de las tiendas chipriotas de Camden Town, henchidos de auténtica luz solar, nudosos e incluso deformes, pero cuando el cuchillo se hundía en su pulpa, la exuberante y salvaje magnificencia de su aroma inundaba la cocina. Comían tomates con pan ácimo y olivas, y a veces hablaban. Él dijo que esperaba haber acertado al escoger la carrera de Derecho.
—-¿Tienes dudas?
—Creo que me especializaré en Derecho Internacional; ya sabes, los conflictos entre países. Pero debo confesar que sería feliz si pudiera pasarme la vida tirado en la cama, leyendo.
—Y a veces comiendo tomates.
—Julia dice que un tío suyo se pasó la vida leyendo en su biblioteca; y supongo que también controlando sus inversiones.
—Me pregunto cuánto dinero tendrá Julia.
—Un día de éstos se lo preguntaré.
Un desagradable incidente rompió la paz. Una noche, cuando Frances había subido a acostarse, Andrew abrió la puerta a dos chicos franceses que se presentaron como amigos de Colin, quien les había dicho que podían pernoctar allí. Uno de ellos hablaba inglés a la perfección, y Andrew dominaba el Frances. Se quedaron sentados a la mesa hasta muy tarde, bebiendo vino y comiendo lo que encontraron mientras se entregaban al clásico juego de las personas que quieren practicar el idioma de su interlocutor.
El más silencioso sonreía y escuchaba. Por lo visto, habían trabado amistad con Colin en la vendimia, luego éste los había acompañado a casa, a la Dordogne, y ahora estaba recorriendo España en autostop.
Subieron a la habitación de Colin, donde dispusieron los sacos de dormir; no usarían la cama para molestar lo menos posible. No había nadie más cordial y civilizado que esos hermanos, pero por la mañana una confusión los condujo al baño de Julia. Se pusieron a tontear, quejándose de que no hubiera ducha, admirando la abundancia de agua caliente, disfrutando de las sales de baño y del jabón con perfume a violetas y haciendo mucho ruido. Eran cerca de las ocho: les gustaba partir temprano cuando viajaban. Al oír chapoteos y voces adolescentes, Julia llamó a la puerta un par de veces. No la oyeron. Al abrir se encontró con dos jóvenes desnudos, uno sumergido en la bañera, soplando pompas de jabón; el otro afeitándose. Siguió la previsible andanada de exclamaciones, siendo merde la más estentórea y repetida. Los chicos se encontraron ante una vieja con una bata de seda rosa y rulos en la cabeza, hablándoles en el francés que había aprendido hacía cincuenta años de una sucesión de institutrices francesas. Uno saltó del agua, sin molestarse en taparse con una toalla, mientras el otro se volvía con la maquinilla de afeitar en la mano. Como saltaba a la vista que los dos estaban demasiado desconcertados para responder, Julia se marchó, y ellos recogieron rápidamente sus cosas y huyeron a la cocina, donde Andrew escuchó la historia riendo.
—Pero ¿dónde ha aprendido ese lenguaje? —preguntaron—. Es del Antiguo Régimen, por lo menos.
—No. De la época de Luis XIV.
Bromearon de esa guisa mientras tomaban café, y luego los hermanos se fueron a hacer autostop por Devon, que a mediados de los sesenta era el sitio más movido después del marchoso Londres.
Sin embargo, Frances no rió. Subió a ver a Julia y no la encontró en su salita, impecablemente vestida y arreglada, sino en la cama, llorando. Al ver a Frances se levantó, tambaleándose. Entonces, Frances estrechó a Julia como si sus brazos tuviesen voluntad propia, y lo que hasta entonces se le había antojado imposible, de pronto le pareció lo más natural del mundo. La frágil anciana apoyó la cabeza en el hombro de la mujer más joven.
—No lo entiendo —dijo—. He llegado a la conclusión de que no entiendo nada.
Sollozando de una manera de la que Frances jamás la habría creído capaz, se soltó de sus brazos y se dejó caer sobre la cama. Frances se tendió a su lado y siguió abrazándola mientras lloraba y gimoteaba. A todas luces, el problema no se limitaba ya a la profanación de un cuarto de baño.
—Dejas entrar a cualquiera —balbuceó Julia cuando se hubo tranquilizado un poco.
—Pero Colin se alojó en su casa —respondió Frances.
—Cualquiera puede venir con ese cuento. En cualquier momento aparecerán unos gamberros americanos diciendo que son amigos de Geoffrey.
—Sí, es muy probable. Julia, ¿no cree que es bonita la forma en que viajan estos jóvenes, como trovadores...?
Quizá no fuera la comparación más acertada, porque Julia rió con amargura.
—Estoy segura de que los trovadores tenían mejores modales —repuso. Se echó a llorar otra vez y repitió—: Dejas entrar a cualquiera.
Frances preguntó si quería que llamase a Wilhelm Stein, y Julia respondió que sí.
La señora Philby estaba en la casa y quiso saber, como los osos del cuento:
—¿Quién ha dormido en la habitación de Colin?
Se lo dijeron. La vieja, de la misma quinta que Julia, iba igual de elegante y digna con su ropa modesta pero impecable —sombrero negro, falda negra y blusa estampada— y una expresión que negaba cualquier relación con un mundo creado sin su ayuda.
—Pues son unos cerdos —declaró.
Andrew subió corriendo y descubrió una naranja que había caído de una mochila y algunas migas de cruasán. Si esa cerdada bastaba para escandalizar a la señora Philby —aunque ya debería estar acostumbrada a esas cosas, ¿no?— ¿qué diría cuando viera el cuarto de baño, que Sylvia y Julia mantenían prácticamente impecable?
—¡Dios! —exclamó Andrew y corrió a inspeccionar el caótico escenario de agua derramada y toallas tiradas.
Ordenó por encima e informó a la señora Philby de que ya podía pasar, que sólo había un poco de agua.
Andrew y Frances estaban sentados a la mesa cuando apareció Wilhelm Stein, doctor en Filosofía y vendedor de libros serios. Se dirigió directamente a las habitaciones de Julia, sin entrar en la cocina, y luego bajó y se asomó por la puerta sonriendo con un aire ligeramente deferente, encantador; un anciano caballero tan perfecto como Julia.
—Supongo que le resultará difícil entender la educación de la que fue víctima Julia... Sí, lo expreso en esos términos porque pienso que la incapacitó para afrontar el mundo en el que vive ahora.
Tanto él como Julia hablaban un inglés estilísticamente perfecto, que Andrew contraponía al francés exaltado, abundante en exclamaciones y palabrotas, que había escuchado la noche anterior.
—Siéntese, doctor Stein —lo invitó Frances.
—¿No nos conocemos lo suficiente para llamarnos Frances y Wilhelm? Creo que sí, Frances. Pero no me sentaré, porque voy a buscar al médico. Tengo el coche fuera. —Cuando se disponía a salir, dio media vuelta y, como si pensara que no se había explicado adecuadamente, dijo—: Los jóvenes de esta casa, y te excluyo a ti, Andrew, a veces son bastante...
—Groseros —apostilló Andrew—. Estoy de acuerdo. Se conducen de un modo escandaloso —agregó en tono severo, y el doctor Stein acogió la pequeña broma con una inclinación de la cabeza y una sonrisa.
—Debo confesar que a tu edad yo también me conducía de un modo escandaloso. Era alborotador y grosero. —Los recuerdos se tradujeron en una mueca de disgusto—. Quizá no lo creas al verme ahora. —
Sonrió otra vez, divertido ante el cuadro que sabía que estaba pintando, deliberadamente, con una mano sobre la empuñadura de plata de su bastón y la otra abierta, como diciendo: «Sí, debes aprender de mí»—.
A quien me vea ahora le costará imaginarme... En Berlín estuve con los comunistas, con todo lo que eso implica. Con todo lo que eso implica —reiteró—. Sí, así fue. —Suspiró—. Nadie puede negar que los alemanes pasamos de un extremo al otro, ¿no? Bueno, Julia estaba en un extremo y yo en el otro. A veces me divierto pensando en lo que habría opinado de Julia a mis veintiún años. Y nos reímos juntos. En fin, tengo una llave de la casa, así que no hará falta que llame cuando vuelva con el médico.
En agosto se presentó en la casa un tal Jake Miller, que había leído un artículo en el que Frances se burlaba de modas exóticas como el yoga, el I-Ching, las enseñanzas del Maharishi, el Subud... El jefe de redacción había dicho que necesitaban una nota graciosa para la monótona temporada de verano, y por esa razón Jake Miller llamó a The Defender y le preguntó a Frances si podía ir a verla. La curiosidad había respondido afirmativamente par ella, y ahora aquel hombre de perenne sonrisa se hallaba en el salón con los libros místicos que había llevado de regalo. Las sonrisas de amor, paz y buena voluntad pronto serían obligatorias en los semblantes de los buenos, o mejor dicho de los jóvenes y los buenos, y Jack era un precursor, aunque no se contaba entre los jóvenes sino entre los cuarentones. Estaba en Londres para evitar que lo mandaran a la guerra de Vietnam. Frances se resignó a oír un discurso político, pero a él no le interesaba la política. La reclamaba como cómplice en el campo de la experiencia mística.
—Pero si escribí que todo eso es una patraña —protestó ella.
Él sonrió.
—Sé que lo hiciste sólo por obligación y que en realidad estabas comunicándote con aquellos que te entendemos —dijo.
Jake afirmaba poseer toda clase de poderes, como por ejemplo el de dispersar las nubes con sólo posar la vista en ellas, y en efecto, mientras miraban por la ventana a un cielo que se movía rápidamente, Frances vio que las nubes se disipaban.
—Es fácil —comentó él—, incluso para las personas poco evolucionadas.
Aseguraba que entendía el lenguaje de los pájaros y que se comunicaba con las mentes afines mediante la percepción extrasensorial. Frances podría haber objetado que evidentemente ella no era una mente afín, porque había necesitado telefonearle, pero aquella escena entre divertida e irritante llegó a su fin porque Sylvia entró con un recado de Julia..., recado que Frances no llegaría a escuchar. Sylvia llevaba
una chaqueta de algodón con un estampado de los signos del zodíaco, que se había comprado por la única razón de que era de su talla, ya que por ser tan menuda le costaba encontrar ropa; de hecho, la chaqueta procedía de una tienda de ropa infantil. Tenía el cabello recogido en dos finas coletas, una a cada lado de su risueña cara. Su sonrisa se encontró con la del hombre, ambas se fundieron, y un instante después Sylvia estaba conversando animadamente con su nuevo y cordial amigo, que la instruía sobre su signo solar, el I-Ching y su posible aura. A continuación el afable americano se sentó en el suelo, y lanzó, sus palillos de milenrama para leerle el futuro, y Sylvia quedó tan fascinada con lo que le dijo que él prometió que le compraría el libro. Un montón de perspectivas y posibilidades que ella jamás había sospechado colmaron todo su ser, como si antes hubiera estado vacío por completo, y esa niña que hasta hacía poco había sido incapaz de salir de la casa sin Julia ahora se marchó confiadamente con Jake, de Illinois, para comprar tratados iluminadores. No regresó hasta una hora demasiado tardía para ella: pasaban de las diez cuando subió corriendo a las habitaciones de Julia. Ésta la recibió con los brazos abiertos, pero de inmediato los dejó caer y se sentó para mirar fijamente a la joven, a quien jamás había esperado ver en semejante estado de exaltación. Julia la escuchó parlotear en silencio, un silencio tan denso y reprobador que Sylvia se interrumpió.
—Ay, Sylvia, pobrecilla —dijo Julia—. ¿De dónde has sacado esas pamplinas?
—No son pamplinas, Julia, de verdad que no. Te lo explicaré, escucha...
—Pamplinas —repitió Julia, levantándose y dándole la espalda. Iba a preparar café, pero Sylvia, que interpretó su actitud como un frío gesto de rechazo, rompió a llorar.
Aunque la chica no lo sabía, Julia también tenía los ojos húmedos e intentaba contener las lágrimas.
Que esa niña, su niña, la traicionara de esa manera... Porque se sentía traicionada. Entre las dos, la vieja y su pequeño amor, la niña a quien había entregado su corazón sin reservas y por primera vez en su vida —
eso le parecía ahora—, sólo había desconfianza y dolor.
—Pero, Julia; pero, Julia... —La vieja no se volvió, y Sylvia corrió escaleras abajo, se arrojó sobre la cama y prorrumpió en sollozos tan fuertes que Andrew se acercó a averiguar qué le ocurría.
—Bueno, no llores más —dijo Andrew cuando hubo oído la historia—. No hay para tanto. Iré a hablar con la abuela.
Lo hizo.
—¿Y quién es ese hombre? ¿Por qué lo dejó entrar Frances?
—Hablas como si se tratase de un ladrón o un estafador.
—Es un estafador. Ha estafado a la pobre Sylvia y le ha sorbido el seso.
—¿Sabes, abuela? —dijo Andrew—, esas cosas, el yoga y todo lo demás, están de moda. Si no llevaras una vida de ermitaña, lo sabrías. —Pese a que hablaba en broma, se alarmó al ver la cara de tristeza de Julia. Aunque sabía muy bien cuál era el problema, decidió insistir en las trivialidades—. Oirá hablar de esos temas cuando vaya al instituto; no puedes protegerla. —Entretanto, se le pasó por la cabeza que él leía su horóscopo todas las mañanas, aunque naturalmente no creía una sola palabra, y que incluso había contemplado la posibilidad de ir a que le echaran las cartas—. Creo que estás haciendo una montaña de un grano de arena —se arriesgó a declarar y advirtió que ella por fin asentía y suspiraba.
—Muy bien; pero ¿cómo es posible que esas ideas... esas ideas ridiculas se hayan extendido tanto en poco tiempo?
—Buena pregunta —dijo Andrew, abrazándola, aunque ella permaneció rígida entre sus brazos.
Julia y Sylvia se reconciliaron.
—Hemos hecho las paces —le comunicó la chica a Andrew como si le hubieran quitado un enorme peso de encima.
Sin embargo, Julia se negaba a escuchar los nuevos descubrimientos de Sylvia, a tirar los palillos del IChing y a hablar de budismo, de manera que la perfecta intimidad, esa que sólo se establece entre un adulto y un niño, esa intimidad confiada, candida y tan sencilla como el acto de respirar, había llegado a su fin. Ese fin es necesario para que el joven crezca, pero incluso cuando el adulto lo sabe y se prepara para ello, su corazón se rompe y sangra. Y Julia nunca había albergado esa clase de amor hacia una criatura, desde luego no hacia Johnny, e ignoraba que una criatura que madura —y a su lado Sylvia había experimentado un rápido proceso de maduración— se convierte en un desconocido. De repente, Sylvia había dejado de ser la potranca que trotaba alegremente alrededor de Julia, temerosa de perderla de vista. Era lo bastante madura para interpretar que los palillos de milenrama —a los que había pedido consejo— le indicaban que fuese a ver a su madre. Así lo hizo, sin compañía de nadie, y no encontró a Phyllida gritando histérica, sino serena, reservada y hasta digna. Estaba sola, ya que Johnny había ido a una reunión.
Sylvia esperaba los reproches y las acusaciones que no soportaba; suponía que tendría que salir corriendo, pero Phyllida le dijo:
—Debes hacer lo que te parezca mejor. Entiendo que prefieras estar allí, rodeada de gente joven. Y he oído que tu abuela te ha tomado cariño.
—Sí. Y yo también la quiero —dijo la joven en tono lacónico, y se echó a temblar, temiendo un estallido
de celos.
—El amor es muy sencillo para los ricos —-repuso Phyllida, pero eso fue lo más cercano a una crítica por su parte. La determinación de portarse bien, de no dejar salir a los demonios que la atormentaban y aullaban en su interior, la volvía lenta y aparentemente tonta. Repitió—: Sé que es mejor para ti. —Y luego
—: Debes decidir por ti misma. —Como si no se hubiera decidido hacía mucho tiempo. No le ofreció una taza de té ni un refresco, sino que permaneció sentada, agarrada a los brazos del sillón y mirando fijamente a su hija, parpadeando de manera irregular. Por fin, cuando presintió que iba a perder el control, se apresuró a añadir—: Será mejor que te marches, Tilly. Sí, ya sé que eres Sylvia, pero para mí sigues siendo Tilly.
Sylvia se marchó, consciente de que se había librado por los pelos de una violenta filípica.
Colin fue el primero en volver, y se limitó a comentar que le había ido de maravilla. Se encerraba durante mucho tiempo en su cuarto, para leer.
Sophie apareció para contarles que iba a ingresar en la escuela de teatro y que su base de operaciones sería la casa de su madre, quien todavía la necesitaba.
—Pero ¿podré visitaros a menudo? Me encantan nuestras cenas aquí, Frances, me encantan nuestras veladas.
Frances la tranquilizó, la abrazó y supo por ese contacto que la chica estaba preocupada.
—¿Qué te pasa? —preguntó—. ¿Es por Roland? ¿No lo pasaste bien con él?.
—Creo que no soy lo bastante mayor para él —respondió Sophie, sin intención de bromear.
—Ah, ya veo. ¿Te lo dijo él?
—Dijo que si tuviera más experiencia, lo entendería. Es curioso, Frances. A veces me parece que está en otra parte... Está conmigo, pero... Y sin embargo me quiere, Frances, dice que me quiere...
—Bueno, ya lo ves.
—Hicimos cosas bonitas. Caminamos kilómetros y kilómetros, fuimos al teatro, nos reunimos con otra gente y lo pasamos pipa.
Geoffrey estaba a punto de entrar en la London School of Economics. Pasó por ahí para decir que ya era lo bastante grande para instalarse por su cuenta. Iba a compartir piso con unos americanos que había conocido en una manifestación en Georgia; era una pena que le llevase un año a Colin; de lo contario, éste habría podido vivir con ellos. Dijo que quería volver a menudo, «como en los viejos tiempos», que se sentía más como si abandonara el hogar ahora que cuando se había marchado de la casa de sus padres.
A Daniel, que era un año menor que Geoffrey, aún le quedaba un curso de instituto, un año sin Geoffrey.
James también ingresaría en la facultad de Economía.
Las intenciones de Jill continuaban siendo un enigma. No volvió con Rose, que aunque nunca contó dónde había estado dijo que Jill se había ido a Bristol con un amante. No obstante, aseguró que volvería.
Rose se acomodó en el sótano y anunció que asistiría regularmente a clase. Nadie le creía, pero se equivocaban. Era lista, lo sabía, ya lo verían. ¿Quiénes? Frances debería haber encabezado la lista, si bien ella se refería a todos. «Ya veréis», murmuraba; era como un mantra que repetía cuando llegaba la hora de estudiar, cuando el colegio parecía menos progresista de lo que ella había esperado y cuando le rogaban que no fumara en clase.
La determinación de Sylvia de destacar en los estudios no sólo guardaba relación con Julia, sino también con Andrew, que continuaba comportándose como un hermano mayor afectuoso y amable, siempre que no estuviera en Cambridge.
Problemas económicos... Cuando Frances se instaló en la casa, acordaron que Julia pagaría los impuestos y que ella se haría cargo del resto de los gastos: gas, electricidad, agua y teléfono, así como del sueldo de la señora Philby y de la ayudante que llevaba cuando «los críos» se pasaban de la raya. «¿Críos?
Más bien parecen cerdos.» Frances compraba la comida y aprovisionaba la casa; en suma, necesitaba mucho dinero. Y lo ganaba. La factura de Cambridge había llegado pocas semanas antes y Julia la había pagado: dijo que el año que Andrew se había tomado libre había representado un alivio. También costeaba el instituto de Sylvia. Luego llegó la cuenta de Colin, y Frances la llevó a la mesita del rellano del último piso, donde ponían la correspondencia de Julia, con un mal presentimiento que se confirmó cuando ésta bajó con la factura de Saint Joseph en la mano. Ella también estaba nerviosa. Desde que las barreras entre las dos habían caído, Julia se mostraba más afectuosa con Frances, pero también más testaruda y crítica.
—Siéntese, Julia.
La mujer obedeció, retirando primero unas medias de Frances.
—Ay, lo siento —dijo Frances, y Julia aceptó la disculpa con una tensa sonrisa.
—¿Qué es eso del psicoanálisis de Colin?
Frances se lo temía; tanto ella como Colin habían mantenido conversaciones con las autoridades del colegio. Sophie también había intervenido. «Oh, genial, Colin, sería fantástico.»
—El director del colegio lo planteó como una oportunidad para que Colin hable con alguien.
—Que lo planteen como quieran. Lo cierto es que costará muchos miles de libras por año.
—Mire, Julia, ya sé que no aprueba esos métodos psicológicos, pero ¿ha pensado que de ese modo tendría un hombre con quien hablar? Bueno, espero que sea un hombre. Esta casa está llena de mujeres, y Johnny...
—Tiene un hermano. Tiene a Andrew.
—Pero no se entienden.
—¿Entenderse? ¿Qué es eso? —Se produjo una pausa mientras Julia se estiraba y apretaba la mano que descansaba sobre su regazo—. Mis hermanos mayores discutían de vez en cuando. Es normal que los hermanos discutan.
Frances sabía que los hermanos de Julia habían muerto en la guerra. Ahora los tensos dedos de la anciana resucitaron el pasado de ésta, el recuerdo de los hermanos muertos. Aunque Julia estaba sentada de espaldas a la luz, Frances habría jurado que tenía los ojos llenos de lágrimas.
—Accedí a que Colin hablara con alguien porque... es muy infeliz, Julia.
Frances todavía no estaba segura de que Colin fuera a prestarse a ello.
«Lo sé, me lo propuso Sam —había dicho. Se refería al director—. Le contesté que el que tendría que analizarse es papá.»
«Ya, cuando las ranas críen cola.»
«Sí, y ¿qué me dices de ti? Estoy seguro de que te vendría bien desfogarte con alguien.»
«Querrás decir "desahogarme" —lo corrigió.»
«No creo estar más loco que los demás.»
«En eso opino como tú.»
Ahora Julia se levantó y dijo:
—Me parece que en ciertos puntos jamás coincidiremos. Pero no he venido a hablar de eso. Incluso sin ese estúpido análisis, no puedo pagar el colegio de Colin. Pensé que terminaría este año, y ahora me entero de que hará un curso más.
—Aceptó prepararse de nuevo para los exámenes.
—Pues no puedo pagar sus estudios. Correré con los gastos de los de Andrew y los de Sylvia hasta que terminen la universidad y sean independientes; pero Colin... No puedo. Y tú estás ganando dinero; espero que sea suficiente.
—No se preocupe, Julia. Lamento mucho que esta responsabilidad haya recaído en usted.
—Supongo que no serviría de nada pedirle ayuda a Johnny. Dinero no debe de faltarle, a juzgar por los viajes que hace.
—Se los pagan.
—¿Por qué? ¿Por qué le pagan los viajes?
—El camarada Johnny, ya sabe. Es una especie de estrella, Julia.
—Es un idiota —replicó la madre de Johnny—. ¿Por qué será? Yo no me considero idiota. Y su padre tampoco lo era, desde luego. Pero Johnny es un imbécil.
Julia se quedó junto a la puerta, echando un vistazo de experta a la estancia que en otro tiempo había sido su salita privada. Sabía que a Frances no le gustaban sus muebles —unos muebles excelentes— ni las cortinas, que durarían otros cincuenta años si las cuidaban bien. Aunque sospechaba que estaban acumulando polvo, y probablemente también polillas. La vieja alfombra, que procedía de la casa de Alemania, estaba raída en algunas zonas.
—Supongo que intentarás defender a Johnny, como de costumbre.
—¿Que yo lo defiendo? ¿Cuándo he defendido sus ideas políticas?
—¡Ideas políticas! Eso no son ideas políticas, es pura estupidez.
—Son las ideas políticas de medio mundo, Julia.
—No por eso dejan de ser una estupidez. Bueno, Frances, detesto añadir preocupaciones a las que ya tienes, pero es inevitable. Si realmente no puedes hacerte cargo del instituto de Colin, hipotecaremos la casa.
—No, no, no... De ninguna manera.
—Bien, avísame si surgen dificultades.
Surgirían. El colegio de Colin era muy caro, y él se había comprometido a asistir un año entero. Tenía diecinueve años, y le avergonzaba ser mayor que los demás. La cuenta de la clínica Maystock —«por hablar con alguien»— ascendería a miles de libras. Frances se vería obligada a buscar otro trabajo.
Pediría un aumento. Sabía que sus artículos habían contribuido a incrementar las ventas de The Defender.
También contempló la posibilidad de escribir para otros periódicos, aunque con un nombre distinto. Había hablado de ello nada más y nada menos que con Rupert Boland en el café Cosmo. Si bien él también atravesaba dificultades económicas, no había entrado en detalles. Le habría gustado dejar The Defender, que según Rupert no era el lugar más indicado para un hombre, pero le pagaban bien. Se sacaba un sobresueldo como documentalista para la radio y la televisión: ella podía hacer lo mismo. Pero incluso así necesitaría más, mucho más. ¿Y si le pedía ayuda a Johnny? Julia tenía razón: llevaba la vida de..., bueno, el equivalente actual de un rajá; viajaba con delegaciones y en misiones de conciliación, alojándose siempre en los mejores hoteles y con todos los gastos pagados, portando el mensaje solidario de un extremo a otro del planeta. Debía de sacar dinero de alguna parte: ¿quién le pagaba el alquiler? Jamás había trabajado de verdad.
Ese otoño se puso en marcha una dinámica extraña. Colin viajaba en tren desde Saint Joseph dos veces a la semana para ir a la clínica Maystock, donde lo atendía un tal doctor David. Un hombre: Frances estaba encantada. Colin tendría un hombre con quien hablar, y por completo ajeno a la situación familiar.
(«Si eso es lo único que necesita, ¿por qué no habla con Wilhelm? —preguntó Julia—. Colin le cae bien.»
«Pero está demasiado involucrado, forma parte de nuestro mundo, ¿no lo ve, Julia?» «No, no lo veo.») El problema era que el doctor David, seguidor de una teoría psicoanalítica u otra, no abría la boca. Decía buenas tardes, se sentaba en su sillón y no volvía a pronunciar palabra, ni una, durante toda la hora que duraba la sesión.
«Sólo sonríe —informó Colin—. Yo digo algo y él sonríe. Y al final dice: "Se ha acabado el tiempo, hasta el jueves que viene."»
Colin regresaba a casa desde Maystock y se dirigía derecho adonde estuviera su madre. Allí se ponía a hablar de lo que había sido incapaz de contarle al doctor David. Vomitaba las quejas, las angustias, la ira que Frances habría deseado que descargara sobre los profesionales hombros del doctor David, que se limitaba a callar, de manera que Colin también guardaba silencio, frustrado y furioso. Le gritaba a su madre que aquel hombre estaba torturándolo, y que la culpa era del colegio por haberlo mandado a la clínica Maystock. También le achacaba a ella el que estuviera hecho un lío ¿ Por qué se había casado con Johnny? Con ese comunista... Todo el mundo sabía lo que era el comunismo, pero aun así ella se había casado con él, con Jahnny, un miserable comisario fascista, y al casarse había ocasionado que toda la mierda cayera sobre él, Colin, y su hermano Andrew. Eso le recriminaba a voces en medio de la habitación, aunque en realidad no le gritaba a ella sino al doctor David, porque por lo general se lo guardaba todo y necesitaba desahogarse. Durante el trayecto en el lento tren que lo llevaba a Londres, ensayaba sus acusaciones contra el mundo, su padre y su madre para contárselas al doctor David, pero éste se limitaba a sonreír. De manera que tenía que despacharse, y lo hacía con su madre. «Y mira —
gritaba en una visita tras otra—, mira esta casa llena de gente que no tiene derecho a estar aquí.» ¿Por qué estaba allí Sylvia? No formaba parte de la familia. Les sacaba lo que podía, como todos los demás, y Geoffrey llevaba años chupándoles la sangre. ¿Había calculado Frances lo que había gastado en Geoffrey durante todos esos años? Esa pasta les habría alcanzado para comprar una casa como la de Julia. ¿Por qué vivía Geoffrey allí? Todo el mundo lo consideraba su amigo, pero a él nunca le había caído bien. Era el colegio el que había decidido que fuese su amigo: Sam había resuelto que se complementaban, en otras palabras, que no tenían una puta mierda en común pero que les convenía estar juntos. Pues bien, a él, Colin, no le había convenido, y Frances era una cómplice del colegio, siempre lo había sido, a veces trataba más como un hijo a Geoffrey que a él mismo. Y en cuanto a Andrew, se había pasado un año entero tirado en la cama y fumando porros, ¿y sabía Frances que había probado la coca? ¿No? En ese caso, ¿por qué no lo sabía? Nunca se enteraba de nada, dejaba que las cosas sucedieran sin más, y Rose, ¿qué hacía viviendo en la casa, a costa de todos ellos, chupando del bote? No la quería allí, la detestaba. ¿Sabía Frances que nadie tragaba a Rose? Y sin embargo seguía en el sótano, se había apoderado del apartamento, y si alguien asomaba la cabeza por la puerta, le gritaba que se largara. Todo era culpa de Frances, a veces le parecía que él era la única persona cuerda en la casa, y paradójicamente tenía que ir a Maystock para que el doctor David lo torturase.
Al escuchar a Colin, que mientras despotricaba se quitaba y se ponía las gafas de montura negra, gesticulaba furiosamente y se paseaba arriba y abajo por la habitación, Frances estaba oyendo lo que ningún ser humano (salvo el doctor David y sus colegas, desde luego) debería oír jamás: los pensamientos sin censurar de otra persona. Seguramente no se diferenciaban mucho de los pensamientos de cualquiera cuando estaba exasperado. Era una suerte no tener que oír lo que los demás pensaban de una, como oía ahora a Colin. La diatriba duraba aproximadamente una hora, lo mismo que la sesión con el doctor David.
Después decía con voz normal, casi amistosa: «He de irme», o: «Me quedaré esta noche y tomaré el primer tren de la mañana», y el Colin que Frances conocía regresaba e incluso sonreía, aunque con un aire de desconcierto y frustración. La tormenta debía de dejarlo absolutamente agotado. «No estás obligado a ir a Maystock —le recordaba ella—. Puedes negarte. ¿Quieres que les diga que has decidido no volver?»
Sin embargo, Colin no quería renunciar a sus dos viajes semanales a Londres para ir a la clínica Maystock, para verla a ella, Frances lo sabía, porque sin la frustración de la hora con el analista no habría podido gritarle ni ponerla verde, decirle las cosas que pensaba desde hacía tiempo pero que nunca había sido capaz de soltar.
Después de aguantar berridos durante una hora, Frances se quedaba tan destrozada que se metía en la cama o se dejaba caer en un sillón. Una noche, cuando estaba sentada en la oscuridad, Julia llamó,
abrió la puerta y vio a Frances entre las sombras. Encendió la luz. Había oído los gritos que Colin le pegaba a su madre y se había disgustado, pero no había bajado por eso.
—¿Sabes que Sylvia todavía no ha vuelto?
—Sólo son las diez.
—¿Puedo sentarme? —Lo hizo, estrujando un pañuelo sobre el regazo—. Es demasiado joven para estar fuera hasta tan tarde con esa gentuza.
Después de clase, Sylvia solía ir a cierto piso de Camden Town donde Jake y sus compinches pasaban la mayor parte de las tardes y las noches. Echaban las cartas, algunos profesionalmente, o escribían el horóscopo para los periódicos, participaban en ritos iniciáticos casi siempre inventados por ellos, practicaban el espiritismo, bebían misteriosos brebajes con nombres como Bálsamo Espiritual, o Combinado Mental, o Esencia de la Verdad —por lo general simples mezclas de hierbas o especias— y vivían en un mundo trascendente, lleno de significado e inaccesible para la mayoría de los mortales.
Sylvia les caía bien. Era la mascota del grupo, la neófita que todo iluminado desea como discípula, y en consecuencia le confiaban secretos sólo aptos para las mentes superiores. Ella les tenía simpatía porque la aceptaban, porque siempre la recibían con los brazos abiertos.
Seguía siendo responsable: telefoneaba para avisar que regresaría más tarde de lo previsto y, si se quedaba más tiempo del que había dicho, llamaba de nuevo a Julia. «Si quieres estar con esa gente, ¿qué puedo hacer, Sylvia?», le decía Julia.
A Frances no le gustaba la situación, pero sabía que la chica acabaría por entrar en razón.
Para Julia, en cambio, era una tragedia; su pequeña oveja descarriada, embaucada por unos locos perversos.
—Esa gente no es normal, Frances —se lamentó esa noche, angustiada, al borde del llanto.
Frances no preguntó: «¿Y quién lo es ?», pues Julia habría empezado a formular definiciones. Sabía que la vieja había bajado para algo más, así que aguardó.
—¿Y cómo es posible que un hijo le hable a su madre como Colin te habla a ti?
—Tiene que desahogarse con alguien —argumentó Frances.
—Pero es ridículo; las cosas que dice... Lo he oído todo, lo ha oído toda la casa.
—Me dice lo que no puede decirle a Johnny.
—Para mí es increíble que se permita a los jóvenes comportarse de esa manera. ¿Por qué?
—Están hechos un lío —dijo Frances—. Es curioso, Julia, ¿no le parece extraño?
—Me parece que se comportan de una forma muy extraña, desde luego —repuso Julia.
—No, escuche, estaba pensando en otra cosa. Son unos privilegiados, lo tienen todo, mucho más de lo que tuvimos nosotras... Bueno, quizá su situación fuera diferente.
—No, yo no me compraba un vestido nuevo cada semana. Y no robaba. —Julia alzó la voz—. Tu cocina está llena de ladrones, Frances. Son todos unos ladrones sin escrúpulos; si quieren algo, van y lo roban.
—Andrew no. Y Colin tampoco. Y dudo que Sophie haya robado alguna vez.
—La casa está llena de... Les permites que se queden, que se aprovechen de ti, y son un hatajo de ladrones y embaucadores. Ésta era una casa honorable. Nuestra familia era honorable, y todo el mundo nos respetaba.
—Sí, y me pregunto por qué son así. Tienen tantas cosas, muchas más de las que tuvo cualquier generación anterior, y sin embargo están....
—Hechos un lío —concluyó Julia, levantándose para irse. No obstante, se quedó de pie ante Frances, con las manos separadas como si sujetara algo invisible (¿una persona?) y lo estrujase como un trapo—.
Es una buena expresión: «hechos un lío». Y yo sé por qué. Es el resultado de dos guerras terribles. Decías que Colin está trastornado, ¿no? Son los hijos de la guerra. ¿Crees que después de dos guerras semejantes, horribles, verdaderamente horribles, uno puede decir: «Muy bien, todo ha terminado, volvamos a la normalidad.»? No, ahora nada es normal. Los jóvenes no son normales. Y tú también... —Se interrumpió, y Frances se quedaría sin oír lo que pensaba de ella—. Y ahora Sylvia con esos espiritistas...
¿Sabes que apagan las luces, se sientan tomados de la mano y una idiota finge hablar con un fantasma?
—Sí, lo sé.
—Y te quedas tan tranquila, te limitas a escuchar, como siempre, pero no haces nada para detenerlos.
—No podemos hacer nada para detenerlos, Julia —replicó Frances.
—Yo detendré a Sylvia. Le diré que si quiere salir con esa gentuza, tendrá que volver a la casa de su madre.
La puerta se cerró y Frances dijo en voz alta, a la habitación vacía:
—No, Julia, no lo harás; estás refunfuñando como una vieja arpía, para desfogarte.
Bien entrada la noche, mientras el «ésta era una casa honorable» de Julia le resonaba todavía en los oídos, Frances oyó el timbre y bajó a abrir. En el umbral había dos chicas de unos quince años, y su
actitud hostil y exigente puso a Frances en guardia.