El sueno mas dulce

Doris Lessing · Capítulo 2 de 9 · parte 1/3

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El sueno mas dulce

Se le habían humedecido los ojos, y…

Este capítulo es largo, así que está dividido en 3 partes.

Se le habían humedecido los ojos, y con sus gafas de montura negra parecía un pequeño búho con las plumas erizadas. Andrew, larguirucho y delgado, era la antítesis de Colin, redondo, con una cara tersa y franca que en este momento estaba hinchada por el llanto.

Frances cayó en la cuenta de que aquellos dos, Colin y Sophie, debían de haber pasado la noche abrazados llorando, ella por su padre muerto, él por su angustia ante..., bueno, ante todo.

—¿Por qué la tomas con mamá? No es culpa suya —señaló Andrew, que al igual que Frances seguía conmocionado y tembloroso.

Si Frances no hacía algo para evitarlo, los dos hermanos se enzarzarían en una pelea. Discutían a menudo, siempre porque Andrew defendía a Frances cuando Colin le hacía reproches.

—Por favor, Sophie, prepárame una taza de té —pidió Frances—. Y estoy segura de que a Andrew también le vendría bien una.

—Ya lo creo—admitió Andrew.

Sophie se levantó, contenta de que le pidieran un favor. Al perder el apoyo de su presencia delante de él, Colin miró alrededor parpadeando, tan descontento que Frances habría querido abrazarlo..., aunque él jamás se lo hubiera permitido.

—Iré a ver a Phyllida más tarde —anunció Andrew—, cuando se haya tranquilizado. No es mala persona cuando está serena. —Se puso en pie de un salto—. Dios, me había olvidado de Tilly, quiero decir de Sylvia, y seguramente lo ha oído todo. Cada vez que su madre se mete con ella, la deja hecha polvo.

—A mí también me ha dejado hecha polvo —reconoció Frances—. No puedo parar de temblar.

Andrew salió corriendo de la cocina y no volvió. Julia había bajado a ver a Sylvia, que estaba escondida debajo de las mantas, gritando: «Que no se me acerque, que no se me acerque», al tiempo que Julia repetía una y otra vez: «Calla, calla. Se marchará enseguida.»

Frances bebió el té en silencio mientras los temblores remitían. Si hubiera leído en un libro que la histeria era contagiosa, habría comentado: «Pues sí, es lógico.» Sin embargo, no lo había experimentado en carne propia hasta ese momento. «No me extraña que Tilly esté hecha un lío si ha vivido en un ambiente así», pensó.

Sophie se había sentado junto a Colin y se habían rodeado mutuamente con un brazo igual que un par de huérfanos. Al cabo de un rato salieron a tomar el tren para regresar al instituto, y antes de marcharse Colin miró a su madre y le sonrió con aire contrito. Sophie la abrazó.

—Ay, Frances, no sé qué sería de mí si no pudiera venir aquí.

Frances ya no podía evitar escribir su artículo.

Dejó a un lado las cartas sobre robos y buscó otro tema. «Querida Tía Vera, estoy tan preocupada que no sé qué hacer.» Su hija de quince años se acostaba con un chico de dieciocho. «Estas niñas piensan que son como la Virgen María, que no corren ningún riesgo.» Aconsejó a la ansiosa madre que consiguiese anticonceptivos para su hija. «Consulte a su médico de cabecera —escribió—. Los jóvenes de hoy empiezan a mantener relaciones sexuales mucho antes de lo que nosotros lo hicimos. Pregunte por la nueva píldora. Surgirán problemas. No todas las adolescentes son responsables, y la píldora debe tomarse con regularidad, todos los días.»

Así fue como el primer artículo de Frances suscitó una tormenta de indignación moral. Llegaron montones de cartas de padres asustados, y Frances temió que la despidieran, pero Julie Hackett se mostró encantada. Frances estaba haciendo aquello para lo que la habían contratado, lo que se esperaba de alguien lo bastante valiente para afirmar que Carnaby Street era un vulgar espejismo.

Los refugiados que habían llegado a Londres huyendo de Hitler, y después de Stalin, eran muy pobres, a menudo paupérrimos, y vivían como podían de una traducción por aquí, una reseña literaria por allá y alguna que otra clase de idiomas. Trabajaban de conserjes en hospitales, o en la construcción o haciendo faenas domésticas. Algunos bares y restaurantes tan miserables como ellos les ayudaban a satisfacer la nostálgica necesidad de sentarse a tomar un café y hablar de política y literatura. Habían estudiado en universidades de toda Europa y eran intelectuales, una palabra que inevitablemente despertaba desconfianza entre los xenófobos e ignorantes británicos, que cuando admitían que los recién llegados eran mucho más cultos que ellos no lo decían precisamente como un elogio. Cierto café en particular servía gulash, bolas de masa hervida, sopas espesas y otros sustanciosos platos a esos inmigrantes abandonados a su suerte que pronto aumentarían la riqueza y el prestigio de la cultura nacional. A finales de los cincuenta y principios de los sesenta había por allí editores, escritores, periodistas, artistas e incluso un premio Nobel, y un extraño que entrara en el Cosmo se llevaría la impresión de que ése era el lugar más moderno del norte de Londres, pues todo el mundo vestía con el uniforme del anticonvencionalismo: jerséis de cuello cisne, tejanos caros, chaquetas estilo Mao o cazadoras de cuero, y llevaban largas melenas o el popular corte de pelo que imitaba al de los emperadores romanos. También había unas pocas mujeres con minifalda, las novias de aquellos hombres, que asimilaban las atractivas costumbres extranjeras mientras bebían el mejor café de Londres y comían pastas de crema de inspiración vienesa.

Frances había adquirido el hábito de ir a trabajar al Cosmo. En la sección de la casa que consideraba suya, protegida contra posibles invasiones, vivía pendiente de los pasos de Julia o de Andrew, que visitaban constantemente a Sylvia para llevarle una taza de esto o de lo otro e insistían en que dejara la puerta abierta, porque a la niña le daba miedo estar encerrada. Por otro lado, Rose deambulaba furtivamente por la casa. En una ocasión en que Frances la había pillado husmeando entre los papeles de su escritorio, se había limitado a reír y decir alegremente: «Ay, Frances», antes de salir corriendo. Julia también la había sorprendido en sus habitaciones. No robaba, o no mucho, pero era una espía nata. Julia le exigió a Andrew que la echara, y éste se lo comunicó a Frances, que, aliviada porque no le caía bien la chica, le sugirió a Rose que era hora de que regresase con su familia. Crisis nerviosa. Según los informes que llegaban del sótano, donde vivía Rose («Es mi madriguera»), se pasaba el día en la cama llorando y tenía aspecto de enferma. Cuando las cosas se tranquilizaron, la joven volvió a sentarse a la mesa para cenar, con una actitud a un tiempo desafiante, enfurruñada y conciliatoria.

Alguien podría haber aducido que quejarse de esos pequeños trastornos domésticos y luego ir a sentarse en un rincón del Cosmo, cuyas paredes retumbaban con los debates y las conversaciones, era —

sin duda— un tanto retorcido, sobre todo porque las cosas que se oían casi siempre tenían que ver con la Revolución. Todos los parroquianos eran revolucionarios, aunque paradójicamente habían huido del resultado de una revolución. Representaban, en su mayoría, alguna fase del sueño, y podían pasarse horas discutiendo sobre determinada asamblea celebrada en Rusia en 1905, o en 1917; sobre lo que había ocurrido en Berchtesgaden o cuando las tropas alemanas habían invadido la Unión Soviética, y sobre el estado de los yacimientos petrolíferos rumanos en 1940. Hablaban de Freud, Jung, Trotski, Bujarin, Arthur Koestler y la guerra civil española. Y a Frances, que hacía oídos sordos cuando Johnny pronunciaba sus arengas, el ambiente se le antojaba curiosamente relajante, a pesar de que no prestaba atención a lo que decían. Es verdad que un café ruidoso y lleno de humo de cigarrillo (a la sazón un acompañamiento indispensable de la actividad intelectual) resulta más íntimo que una casa donde la gente se reúne para charlar. A Andrew le gustaba aquel sitio, y a Colin también: opinaban que irradiaba energía positiva, por no mencionar las buenas vibraciones.

Johnny acudía a menudo, pero se había ido a Cuba, por lo que ella no corría peligro.

Frances no era la única colaboradora del The Defender en aquel bar. Había también un hombre que escribía sobre política y a quien Julie Hackett le había presentado de la siguiente manera: «Este es nuestro principal politicastro, Rupert Boland. Es un intelectualoide, pero no es mala persona para tratarse de un hombre.»

Aunque se trataba de un tipo que no habría llamado la atención en circunstancias normales, allí destacaba porque llevaba corbata y un austero traje marrón. Tenía un rostro agradable, y al igual que ella estaba escribiendo o tomando notas con un bolígrafo. Se saludaron con una inclinación de la cabeza y una

sonrisa, y justo en ese momento Frances avistó a un individuo alto, con chaqueta estilo Mao, que se levantaba para marcharse. Dios, era Johnny. Se puso un largo abrigo afgano teñido de azul, el último grito en Carnaby Street, y salió. Unas mesas más allá estaba Julia, sentada en un rincón, obviamente intentando esconderse (probablemente de Johnny). Estaba charlando con... un amigo a todas luces muy íntimo. ¿Su novio? Hacía poco que Frances había caído en la cuenta de que Julia apenas había superado la barrera de los sesenta y pocos años. Pero no, era imposible que tuviese una aventura (o una liaison, como con toda seguridad habría dicho ella) en una casa llena de adolescentes fisgones. Resultaba tan impensable como que la tuviera Frances.

Al abandonar el teatro, probablemente para siempre, Frances había sentido que cerraba las puertas a un posible romance o una relación seria.

Y Julia... Frances pensó que debía de encontrarse bastante sola en la última planta de aquella casa atestada y ruidosa, donde los jóvenes la llamaban «vieja», o incluso «vieja fascista». Escuchaba música clásica por la radio y leía. Sin embargo, de vez en cuando salía, y por lo visto iba a ese lugar.

Julia llevaba un traje azul pastel y un sombrero malva con —por supuesto—un pequeño velo de tul. Sus guantes estaban sobre la mesa. Su amigo, un señor canoso y bien conservado, presentaba un aspecto tan elegante y anticuado como ella. Se levantó y se inclinó sobre la mano de Julia, rozándola con los labios.

Ella sonrió y saludó agachando brevemente la cabeza. Cuando él se hubo marchado, la cara de Julia se recompuso, adoptando una expresión que Frances habría calificado de estoicismo. Había disfrutado de una hora de libertad y ahora regresaría a casa, o quizá fuese a hacer algunas compras. ¿Quién se ocupaba de Sylvia? Andrew debía de encontrarse en casa. Aunque Frances no había vuelto a entrar en su habitación, estaba convencida de que pasaba muchas horas a solas allí, fumando y leyendo.

Era viernes. Preveía que esa noche habría un montón de sillas apiñadas alrededor de la mesa a la hora de la cena. Sería una ocasión especial, y todo el mundo lo sabía, incluida la pandilla de Saint Joseph, porque Frances había telefoneado a Colin para comunicarle que Sylvia bajaría a cenar y encargarle que se asegurase de que todos la llamaran por su nombre.

—Y pídeles que se comporten con tacto, Colin.

—Gracias por confiar tanto en nosotros —había respondido él.

Su protector afecto hacia Sophie se había convertido en amor, y en Saint Joseph todos los tenían por pareja. «Una pareja de tortolitos», había dicho Geoffrey con magnanimidad, ya que lo más probable era que estuviese celoso. De él siempre cabía esperar una actitud caballerosa, a pesar de los hurtos..., de que fuera un ladrón. No podía decir lo mismo de Rose, cuya envidia de Sophie se reflejaba en sus ojos y en su semblante lleno de rencor.

Querida Tía Vera: Nuestros dos hijos se niegan a volver al instituto. El varón tiene quince años. La chica, dieciséis. Estuvieron haciendo novillos durante meses sin que nos enterásemos. Luego la policía nos informó de que pasaban mucho tiempo con gente poco recomendable. Ahora prácticamente no vienen a casa. ¿Qué podemos hacer?

Sophie había anunciado que no volvería al colegio después de Navidad, pero quizá cambiara de idea sólo para estar con Colin. No obstante, él aseguraba que le iba mal y que no quería presentarse a los exámenes finales, previstos para el verano. Tenía dieciocho años. Se quejaba de que los exámenes eran una estupidez y él demasiado mayor para ir a la escuela. Rose —de la que Frances no era responsable—

había abandonado los estudios. Y James también. Sylvia llevaba meses sin asistir a clase. Geoffrey sacaba buenas notas, como siempre, y todo parecía indicar que sería el único que se presentaría a los exámenes.

Daniel lo haría sólo por imitarlo, si bien no era tan listo como su ídolo. Jill pasaba más tiempo en casa que en el instituto. Lucy, de Dartington, también se presentaría y era evidente que aprobaría con calificaciones brillantes.

Frances, que siempre se había mostrado obediente, asistía a clase con puntualidad, se presentaba a los exámenes y de no haber sido por la guerra y por Johnny con toda seguridad habría ingresado en la universidad. No entendía cuál era el problema. Pese a que nunca le había gustado mucho el colegio, lo consideraba un proceso inevitable. Tarde o temprano no le quedaría otro remedio que ganarse la vida; eso era lo importante. En la actualidad, los jóvenes no parecían pensar en esas cosas.

Escribió la carta que le habría gustado enviar y que naturalmente no enviaría.

Estimada señora Jackson: No tengo la menor idea de qué aconsejarle. Por lo visto, hemos criado una generación que espera que la comida le caiga en la boca sin trabajar por ella. Con mis más sinceras disculpas,

Tía Vera

Julia se levantó. Recogió el bolso, los guantes y un periódico, y al pasar junto a Frances la saludó con una inclinación de la cabeza. Ésta se incorporó para ofrecerle una silla, pero tardó demasiado y Julia se fue. Si hubiese hecho las cosas bien —si no hubiera titubeado—, Julia se habría sentado con ella. Y a lo mejor, por fin, habría entablado amistad con su suegra.

Tomó asiento de nuevo, pidió otro café y luego sopa. Andrew le había dicho que si uno acertaba a llegar en el momento oportuno, la sopa de gulash que le servían contenía lo que quedaba en el fondo de la olla, algo parecido a un guiso, que estaba delicioso.

No sabía qué escribir para el tercer artículo. El segundo había versado sobre la marihuana, y no había supuesto un gran esfuerzo para ella. Se había limitado a proporcionar información objetiva y había recibido muchas cartas en respuesta.

Los parroquianos del Cosmo resultaban de lo más curioso; había entre ellos gente de toda Europa, y últimamente también británicos, desde luego. Y muchos judíos. Pero no todos.

Cuando uno de «los críos» le había preguntado a Julia si había sido una refugiada, ésta había contestado: «Me encuentro en la desafortunada situación de ser una alemana que no es judía.»

Sorpresa e indignación. La posición fascista de Julia había quedado confirmada; aunque todos empleaban la palabra «fascista» como si dijeran joder o mierda, sin otra intención que la de descalificar a alguien que no les caía bien.

Sophie había comentado que Julia le producía escalofríos, como todos los alemanes.

En cuanto a Julia, había dicho de Sophie: «Posee la belleza característica de las judías jóvenes, pero acabará siendo una vieja bruja, como todas nosotras.»

Si Sylvia-Tilly bajaba a cenar, habría que preparar comida adecuada para ella. No convenía servirle un plato diferente, y sin embargo lo único que comía eran patatas. Muy bien, Frances hornearía un enorme pastel de carne, de modo que las chicas que estaban a dieta podrían dejar el puré y comer el resto.

También habría verdura. Rose no probaba la verdura hervida, pero sí la ensalada. Geoffrey jamás comía verdura o pescado: hacía años que Frances se preocupaba por su alimentación, pese a que no era su hijo.

¿Qué opinarían sus padres de que casi nunca estuviera en su casa y pasara todo el tiempo con ellos... o más bien con Colin? Cuando se lo había preguntado, había respondido que se alegraban de que tuviera adonde ir. Al parecer, los dos trabajaban mucho. Eran cuáqueros. Religiosos. Una casa aburrida, por lo visto. Aunque le había cobrado cariño a Geoffrey, no pensaba perder ni un minuto preocupándose por Rose. Cuidado, Frances: si algo había aprendido había sido a no decir lo que aceptaría o rechazaría del destino, que tenía sus propias ideas.

Pero quizás el destino radique simplemente en el temperamento, que por medios inescrutables atrae determinados acontecimientos e individuos. Hay personas que (tal vez de una manera inconsciente en la juventud, hasta que se ven obligados a admitir que la culpa es de su carácter) adoptan cierta pasividad ante la vida, se quedan aguardando a que algo llegue a su plato, caiga en su regazo o aparezca ante sus ojos —«¿Qué te pasa? ¿Estás ciego?»—, y llegado el momento no intentan pillarlo al vuelo, sino que esperan a que lo que sea se desarrolle y se manifieste. Luego la tarea consiste en sacarle el máximo provecho, en hacer lo que se pueda con lo que a uno le ha tocado en suerte.

Quién le hubiera dicho a los diecinueve años, cuando se había casado con Johnny y no tenía razones para esperar más que guerras y malas rachas, que acabaría convertida en una especie de madre sustituía, o más bien «madretierra», como se decía. ¿En qué punto del proceso debería haberse plantado, si hubiera decidido evitar ese destino? Aunque se había resistido a instalarse en casa de Julia, más le habría valido sucumbir mucho antes, decir sí, sí, a la situación, y decirlo conscientemente, aceptando lo que le brindara la vida, como dictaba su filosofía actual. Negarse a menudo equivale a hacer lo mismo que esas personas que se divorcian de una pareja sólo para casarse con otra de aspecto y carácter idénticos: estamos cortados por patrones invisibles, tan inevitablemente personales como las huellas dactilares, pero no reparamos en ello hasta que miramos alrededor y vemos su reflejo.

«Sabemos lo que somos —¡Oh, no, no lo sabemos!—, pero no lo que podríamos llegar a ser.»

En otro tiempo le habría resultado difícil creer que sería capaz de llevar una existencia casta, sin un hombre en el horizonte..., pero todavía fantaseaba con encontrar al hombre de su vida, que no fuese un loco egoísta como Johnny. Pero ¿quién iba a aceptar una tribu de jóvenes, todos «perturbados» por una razón u otra? Allí estaban, felices de vivir en el marchoso Londres, que prometía todo lo que hubieran podido elucubrar los publicistas de al menos dos continentes; sin embargo, por mucho que «los críos»

salieran de juerga —y lo hacían, al día siguiente, sábado, irían a un concierto de jazz—, seguían hechos un lío, y dos de ellos, sus hijos, por culpa suya y de Johnny.

Frances levantó su carga, las pesadas bolsas de la compra, pagó y empezó a subir por la cuesta que conducía a su casa.

Una nacarada niebla diferente de las que se formaban antes de la Campaña de Descontaminación flotaba junto a las ventanas y humedecía el pelo y las pestañas de «los críos» que entraban en la casa riendo y abrazándose como supervivientes. Un montón de trencas húmedas descansaba sobre la barandilla de la escalera y todas las sillas de la cocina estaban ocupadas, excepto las dos que había a la izquierda del sitio de Frances. Colin se había sentado junto a Sophie, pero al advertir que estaría al lado

de su hermano, corrió a la cabecera y reclamó la silla que ocupaba Geoffrey, situada frente a Frances, al que desalojó, empujándolo con las nalgas. Fue una escena de colegiales, violenta y salvaje, demasiado infantil para dos jóvenes casi adultos. Finalmente Geoffrey, sin mirar a Colin, tomó asiento a la derecha de Frances. Sophie, que sufría ante cualquier altercado, se levantó y se acercó a Colin, se inclinó para rodearlo con un brazo y lo besó en la mejilla. Aunque él no se permitía sonreír, no pudo evitar dirigirle una sonrisa afectuosa que luego hizo extensiva a los demás. Todos rieron: Rose..., James..., Jill, los tres residentes fijos del sótano. Daniel estaba sentado junto a Geoffrey: el delegado y su suplente. Lucy se hallaba al lado de Daniel, pues había viajado desde Dartington para pasar el fin de semana con él, en la casa. Doce comensales. Todos aguardaban mientras comían vorazmente pan, aspirando los aromas procedentes del horno. Por fin entró Andrew con un brazo en torno a los hombros de Sylvia, que seguía envuelta en la mantilla de bebé pero llevaba unos tejanos limpios, demasiado grandes, y un jersey de Andrew. Se había recogido la rala melena rubia, lo que le confería una apariencia todavía más infantil.

Sonreía, aunque le temblaban los labios.

Colin, que se había opuesto a que viviera en la casa, se levantó sonriendo y le hizo una pequeña reverencia.

—Bienvenida, Sylvia —dijo, y a la adolescente se le humedecieron los ojos al oír el coro de voces que la saludaba:

—Hola, Sylvia.

Se sentó junto a Frances, y Andrew fue a ubicarse a su lado. Ya podían empezar a comer. En unos instantes las fuentes ocuparon toda la superficie de la mesa. Colin se levantó para escanciar el vino, adelantándose a Geoffrey, mientras Frances servía la comida. Un momento de crisis: había llegado a Andrew, y la siguiente era Sylvia.

—Déjame a mí —dijo Andrew, e inició un pequeño juego: colocó una zanahoria en su plato y otra en el de Sylvia, con una expresión tan solemne, ceñuda y seria que ésta estuvo a punto de echarse a reír, aunque sus labios aún sufrían pequeños y dolorosos espasmos. Andrew sirvió una pequeña cucharada de col en su plato y otra en el de ella, haciendo caso omiso de la mano que se había alzado instintivamente para impedírselo. Una minúscula porción de carne picada para él, otra idéntica para ella. Entonces, con un gesto audaz, añadió una buena ración de puré de patatas para cada uno. Todos reían. Sylvia miraba fijamente su plato, pero Andrew, con una actitud resuelta que significaba «acabemos de una vez», había tomado una cucharada de puré y esperaba que ella lo imitara. Lo hizo... y tragó.

Simulando no reparar en lo que ocurría, mientras Andrew y Sylvia luchaban consigo mismos, Frances levantó su copa de rioja —siete chelines la botella, pues aquel vino exquisito aún estaba por «descubrir»—

y brindó por las escuelas progresistas, un viejo chiste que les hacía gracia a todos.

—¿Dónde está Julia? —preguntó Sylvia con un hilo de voz.

Se hizo un tenso silencio, hasta que Andrew respondió:

—Nunca baja a cenar con nosotros.

—¿Por qué no? Se está tan bien aquí...

Como le diría luego Andrew a Julia —«Hemos ganado, Julia, hemos ganado»—, fue un momento decisivo. Frances experimentó un profundo alivio; de hecho, se le saltaron las lágrimas. Andrew sujetó a Sylvia por los hombros.

—Sí —dijo sonriéndole a su madre—, pero Julia prefiere quedarse arriba, sola. —Cuando cayó en la cuenta de que sin proponérselo había pintado un cuadro de lo que debía de ser la soledad, se levantó de un salto y agregó —: Voy a invitarla otra vez. —Lo hacía en parte para librarse de la responsabilidad y el reto de comerse lo que había en su plato, que seguía casi intacto. En cuanto hubo salido de la cocina, Sylvia dejó la cuchara.

Andrew regresó al cabo de un momento.

—Dice que tal vez baje más tarde —anunció.

La noticia provocó algo parecido al pánico. Pese a los esfuerzos de Andrew por defender a su abuela, todos consideraban a Julia una vieja bruja que sólo servía como blanco de sus burlas. El contingente de Saint Joseph no sabía con cuánto afán había luchado Julia durante un par de semanas, contra la enfermedad de Sylvia, sentada a su lado, bañándola, obligándola a tomar bocados de esto y sorbos de aquello. Apenas había dormido. Y allí estaba su recompensa: Sylvia levantaba otra vez la cuchara como si hubiera olvidado de qué modo se usaba, mirando a Andrew levantar la suya.

Pasado el momento de tensión, los chicos saciaron su apetito adolescente y Frances comió más que de costumbre para dar ejemplo a los dos jóvenes sentados a su izquierda. Fue una velada fantástica, con un trasfondo de ternura debido a la presencia de Sylvia y la preocupación de todos los presentes por ella. Era como si la hubieran abrazado colectivamente mientras tomaba una cucharada tras otra. Andrew también estaba comiendo.

Entonces advirtieron que la chica palidecía y se echaba a temblar.

—Mi padre... —murmuró—. Quiero decir mi padrastro...

—Oh, no —dijo Colin—, tranquila, se ha ido a Cuba.

—Me temo que no —terció Andrew, y se levantó para interceptar a Johnny, que estaba en el pasillo.

Andrew cerró la puerta, pero todos oyeron la voz campechana, prudente y confiada de Johnny, y a continuación la del chico:

—No, papá, no puedes entrar. Te lo explicaré después.

Voces altas, luego bajas, hasta que Andrew regresó, dejando la puerta abierta, y ocupó de nuevo su lugar junto a Sylvia. Enfadado, con el rostro encendido, empuñó el tenedor como si fuese un arma.

—Pero ¿por qué no está en Cuba? —preguntó Colin en tono de niño enfurruñado.

Al verse súbitamente en el mismo bando, los hermanos cambiaron una mirada de complicidad.

—Aún no se ha ido, pero ya lo hará —contestó Andrew, y añadió, todavía enfadado—: De hecho, creo que se va a Zanzíbar... o a Kenia. —Una pausa mientras los hermanos se comunicaban con los ojos y con sonrisas iracundas—. No está solo; ha venido con un negro..., un señor de... Un camarada africano.

El grupo hacía constantes ajustes como éste para amoldarse al espíritu de los tiempos. Las escuelas progresistas se habían encargado de que llevaran a África en el corazón y la conciencia, y hasta Rose, cuyo instituto distaba mucho de ser progresista, escogió con cuidado las palabras cuando dijo:

—Debemos ser amables con la gente de color.

Sylvia aún no se había recuperado. La cuchara colgaba lánguidamente de su delgada mano.

—¿Por qué se va a África en lugar de a Cuba? —preguntó James, comprensiblemente desconcertado.

Los hermanos rieron al unísono, sin alegría, y Frances hizo un esfuerzo para no unirse a ellos, aunque le habría gustado. Siempre había evitado criticar a Johnny en público.

—Que se queden con las ganas de saberlo —dijo Colin en el tono grandilocuente de un orador, y al oírlo Frances fue incapaz de contener la risa.

—Eso —convino Andrew—. Que se queden con las ganas de saberlo.

—¿De qué os reís? —preguntó Sylvia—. ¿Qué os hace tanta gracia?

Andrew dejó de bromear en el acto y levantó la cuchara. Sin embargo, tanto para él como para Sylvia, la cena había terminado.

—Volverá —le dijo—. Ha ido a buscar algo al coche. Si prefieres marcharte...

—Oh, sí, sí, por favor—respondió la hijastra, y se levantó, apoyándose en el brazo de Andrew. Salieron juntos. Al menos habían comido algo.

—-Avisadle a Julia que no baje —les gritó Frances—, o volverán a discutir.

La cena continuó en un ambiente más sereno.

El grupo de Saint Joseph charlaba sobre un libro que Daniel había robado de una librería de viejo, La prueba de Richard Feverel. Lo había leído y le parecía genial y el padre déspota era clavado al suyo. Se lo había recomendado a Geoffrey, que lo complació al opinar que era muy bueno, y luego la novela pasó a manos de Sophie, que declaró que era el mejor libro que había leído en su vida y que la había hecho llorar.

En ese momento lo estaba leyendo Colin.

—¿Por qué no puedo leerlo yo? —preguntó Rose—. No es justo.

—No es el único ejemplar en el mundo —replicó Colin.

—Yo lo tengo; te lo dejaré —dijo Frances.

—Ay, Frances, gracias, eres muy buena conmigo.

Como todo el mundo sabía, eso significaba que esperaba que siguiera siendo buena con ella.

—Voy a buscarlo. —Se trataba de una excusa para salir de la cocina, donde pronto comenzarían a discutir. Y hasta entonces todo marchaba tan bien...

Se dirigió hacia la habitación que estaba justo encima de la cocina, el salón, localizó La prueba de Richard Feverel en la librería, y al volverse vio a Julia, que se encontraba sentada en la oscuridad, sola.

Era la primera vez desde que había tomado posesión de la parte baja de la casa que topaba con ella en esa estancia. En circunstancias ideales se habría sentado a intentar entablar una conversación amistosa con ella, pero tenía prisa, como de costumbre.

—Iba a bajar a veros —explicó Julia—, pero he oído llegar a Johnny.

—No puedo evitar que venga —repuso Frances. Estaba pendiente de los ruidos de la cocina...

¿Seguirían tranquilos, sin discutir? Y los de arriba... ¿Sylvia se encontraba bien?

—Johnny tiene un hogar—dijo Julia—, aunque me da la impresión de que no pasa mucho tiempo en él.

—Bueno, si Phyllida está allí, no lo culpo.

Había esperado que Julia sonriese al oír aquello, pero, en cambio, prosiguió:

—Hay algo que debo decirte...

Frances aguardó el inevitable chaparrón.

—Eres demasiado blanda con Johnny —añadió Julia—. Te ha tratado de una manera abominable.

«¿Entonces por qué le has dado la llave?», pensó Frances, aunque sabía que una madre jamás le negaría a su hijo la llave de una casa que él consideraba suya. Además, ¿qué ocurriría con los chicos?

—Tal vez deberíamos cambiar la cerradura, ¿no? —comentó, intentando bromear.

Julia, sin embargo, se lo tomó en serio.

—Lo haría si no supiera que tú le darías la llave nueva. —Se levantó, y Frances, cuya intención había sido sentarse, vio que se esfumaba otra oportunidad.

—Julia —dijo—, usted siempre me critica, pero no me apoya. —Se refería a que Julia hacía que se sintiese como una colegiala deficiente en todos los aspectos.

—¿A qué viene eso? —preguntó Julia—. No entiendo. —Estaba furiosa y ofendida.

—No me refiero a que... Ha sido muy buena... siempre ha sido generosa... No, sólo quería decir que...

—No creo que me haya desentendido de mis responsabilidades para con la familia —dijo Julia, y Frances advirtió con incredulidad que estaba a punto de llorar.

La había herido, y, sólo de pensar que eso era posible, se puso a tartamudear.

—Julia... Pero, Julia..., se equivoca, no pretendía... —Hizo una pausa y añadió—: Oh, Julia. —Hablaba en un tono diferente que hizo que su suegra, que se dirigía a la puerta, se detuviera en seco para estudiarla como si estuviera dispuesta a dejarse conmover, incluso a franquearse con ella.

De pronto, abajo sonó un portazo.

—¡Ahí está! —exclamó Frances, desesperada—. Es Johnny.

—Sí, el camarada Johnny —dijo Julia, y empezó a subir la escalera.

Frances bajó a la cocina y encontró a Johnny en la posición habitual, de espaldas a la ventana, junto a un apuesto negro que llevaba ropa más cara que cualquiera de los presentes y que sonrió cuando Johnny lo presentó:

—El camarada Mo, de África oriental.

Frances se sentó, empujando la novela sobre la mesa en dirección a Rose, sin dejar de mirar con admiración al camarada Mo y a Johnny, que continuó con su perorata sobre la historia de África oriental y los árabes, sin duda destinada a impresionar a su colega.

Frances se encontraba en un dilema. No quería invitar a Johnny a sentarse. Le había pedido —aunque Julia no la habría creído— que no se presentase a las horas de las comidas y que telefonease antes de visitarlos. Por otra parte, aquel hombre era un invitado, y naturalmente debía...

—¿Le apetecería comer algo? —preguntó, y el camarada Mo se frotó las manos, rió, dijo que se moría de hambre y se sentó a su lado.

Cuando Frances invitó a Johnny a tomar asiento, éste anunció que sólo bebería una copa de vino; había llevado una botella. En los sitios que unos minutos antes habían ocupado Andrew y Sylvia, ahora estaban los camaradas Mo y Johnny, que se repartieron lo que quedaba del pastel de carne y de las verduras.

La furia de Frances rayaba en el desánimo: ¿qué sentido tenía enfadarse con Johnny? Saltaba a la vista que no comía desde hacía días: se atiborraba de pan, bebía a grandes sorbos y entre cucharada y cucharada volvía a llenar su copa y la del camarada Mo. Los jóvenes estaban contemplando un apetito mucho más voraz que el suyo.

—Serviré el postre —anunció Frances con rabia contenida.

La mesa se llenó de platos con pegajosas delicias de las tiendas chipriotas, hojaldres con miel y frutos secos, y el pastel de chocolate que Frances preparaba especialmente para «los críos».

Después de mirar a su padre y a su madre, como preguntándole: «¿Por qué lo has invitado a sentarse?

¿Por qué se lo permites...?», Colin se levantó, apartó la silla con tanta brusquedad que fue a dar contra la pared, y salió de la cocina.

—Me siento como en un segundo hogar —comentó el camarada Mo mientras comía pastel de chocolate—. No conozco esas pastas. Se parecen a unas que comemos nosotros. ¿Son árabes?

—Chipriotas —puntualizó Johnny—, aunque sin duda inspiradas en la cocina oriental... —Acto seguido soltó una perorata sobre las especialidades del Mediterráneo.

Todos lo escuchaban fascinados: había que reconocer que Johnny sabía ser ameno cuando no hablaba de política, pero aquello era demasiado bueno para durar. Muy pronto pasó al tema del asesinato de Kennedy y la posible implicación de la CÍA y el FBI. De ahí saltó a los planes de los americanos para meterse en África, esgrimiendo como prueba el hecho de que el camarada Mo había recibido una fabulosa oferta de dinero de parte de la CÍA. El camarada Mo confirmó este punto con orgullo, luciendo las encías y todos los dientes. Un agente de parte de la CÍA en Nairobi se había ofrecido a financiar su partido a cambio de información.

—¿Y cómo supo que era de la CÍA? —inquirió James.

El camarada Mo respondió que «todo el mundo sabía» que la CÍA acechaba África como un león a su presa. Soltó una carcajada, encantado, y echó un vistazo alrededor, buscando aprobación.

—Todos deberíais visitar nuestro país. Así veríais las cosas con vuestros propios ojos y os lo pasaríais en grande —propuso, ajeno a que estaba pintando un futuro glorioso—. Johnny ha prometido que vendrá.

—¿Ah, sí? Creía que pensaba irse ahora..., uno de estos días —señaló James.

El camarada Mo dirigió una mirada inquisitiva a Johnny.

—El camarada Johnny será bien recibido en cualquier momento.

—¿De modo que no le dijiste a Andrew que te ibas a África? —preguntó Frances, y anticipándose a la respuesta, añadió—: Que se queden con las ganas de saberlo.

Johnny sonrió y dijo:

—Sí, siempre hay que dejar que se queden con las ganas.

—¿A quiénes? —quiso saber Rose.

—A la CÍA, naturalmente —contestó Frances.

—Ah, sí, la CÍA. Desde luego. —James estaba asimilando información, que era su especialidad y su propósito.

—Que se queden con las ganas de saberlo —repitió Johnny, y dirigiéndose a su obsecuente discípulo, añadió en su tono más solemne—: En política, nunca debes permitir que tu mano izquierda sepa lo que hace la derecha.

—O lo que hace la izquierda —apostilló Frances.

Johnny no hizo caso del comentario.

—Siempre has de cubrir tus huellas, camarada James. No hay que facilitarle las cosas al enemigo.

—Tal vez yo también debería ir a Cuba, ¿no? —dijo el camarada Mo—. El compañero Fidel está fomentando los vínculos con los países africanos liberados.

—Y con los no liberados —puntualizó Johnny, confiándoles a todos los secretos de la política.

—¿Para qué va usted a Cuba? —preguntó Daniel con sincero interés, desde el otro lado de la mesa con su llameante melena roja, sus pecas y una permanente expresión de abatimiento en los ojos debida a la certeza de que no le llegaba a la suela de los zapatos a... Geoffrey, por ejemplo. O a Johnny.

—No deberías hacer esa clase de preguntas —dijo James, y miró a Johnny como pidiéndole confirmación.

—Exactamente —convino Johnny. Se levantó y regresó a su podio de conferenciante, de espaldas a la ventana, tranquilo pero alerta—. Quiero ver cómo un país que sólo ha conocido la esclavitud y la opresión construye la libertad, una sociedad nueva. Fidel ha hecho milagros en los últimos cinco años, pero en los próximos cinco se producirá un auténtico cambio. Me encantaría llevar a mis hijos, a Andrew y a Colin, para que lo vieran en persona... A propósito, ¿dónde están? —Todavía no había reparado en su ausencia.

—Andrew está con Tilly..., con Sylvia —respondió Frances—. Tendremos que llamarla así a partir de ahora.

—¿Por qué? ¿Se ha cambiado el nombre?

—Es su nombre verdadero —terció Rose con resentimiento; detestaba su nombre y quería que la llamaran «Marilyn».

—Yo siempre la he conocido como Tilly —repuso Johnny con un aire caprichoso que recordaba el de Andrew—. Bueno, ¿y Colin?

—Está haciendo deberes —contestó Frances. Se trataba de una respuesta poco verosímil, pero Johnny no tenía modo de saberlo.

Estaba nervioso. Sus hijos constituían su público favorito, y apenas sospechaba hasta qué punto eran críticos con él.

—¿Se puede viajar a Cuba como un simple turista? —preguntó James, que obviamente censuraba a los turistas y su frivolidad.

—Él no irá como turista —explicó el camarada Mo. Incómodo al permanecer sentado a la mesa mientras su compañero de armas estaba de pie ante la audiencia, se levantó y se colocó junto a Johnny—.

Lo ha invitado Fidel. —Aquello era una novedad para Frances—. Y a usted también.

Johnny se puso violento; saltaba a la vista que no quería que se revelara esa información.

—Un amigo de Fidel fue a Kenia para asistir a los actos de la independencia —prosiguió el camarada Mo— y me dijo que Fidel quería invitar a Johnny y a su esposa.

—Debía de referirse a Phyllida.

—No. Dijo el camarada Johnny y la camarada Frances.

Johnny estaba furioso.

—Es obvio que el compañero Fidel no está al corriente de la indiferencia de Frances ante la situación del mundo.

—No —repitió el camarada Mo, aparentemente ajeno al hecho de que Johnny estaba a punto de estallar a su lado—. Dijo que había oído que era una actriz famosa y que la habían invitado a formar un grupo de teatro en La Habana. Yo me sumo a la invitación. Si quiere, puede formar un grupo de teatro revolucionario en Nairobi.

—Oh, Frances —murmuró Sophie juntando las manos, con los ojos brillantes de alegría—, es fabuloso, absolutamente fabuloso.

—Al parecer el trabajo de Frances está más encaminado a dar consejos sobre problemas familiares —

replicó Johnny y, firmemente decidido a poner fin a aquel disparate, alzó la voz y se dirigió a los adolescentes—. Pertenecéis a una generación afortunada —proclamó—. Vosotros, jóvenes camaradas, construiréis un mundo nuevo. Tenéis la capacidad necesaria para ver más allá de las viejas farsas, las mentiras, los engaños... Podéis darle la vuelta al pasado, destruirlo, cambiar las cosas... Este país se enfrenta a dos grandes dificultades. Por un lado están los ricos, con una infraestructura sólida y bien consolidada; por el otro, está infestado de actitudes anticuadas y embrutecedoras. Ese será el problema.

Vuestro problema. Ya puedo ver la Gran Bretaña del futuro, libre, rica, sin pobreza, con la injusticia convertida en un mero recuerdo...

Continuó de ese modo durante un rato, repitiendo exhortaciones que sonaban a promesas. «Vosotros transformaréis el mundo... La responsabilidad recaerá sobre los hombros de vuestra generación... El futuro está en vuestras manos... Vosotros viviréis para ver un mundo mejor, un lugar fabuloso, y sabréis que fue gracias a vuestros esfuerzos... Qué maravilla tener vuestra edad, ahora, con todo al alcance de vuestras manos...»

Los jóvenes rostros y los jóvenes ojos resplandecían de adoración por él y las palabras que pronunciaba. Johnny se hallaba en su elemento, absorbiendo admiración. Había adoptado la postura de Lenin, con una mano señalando el futuro y la otra cerrada sobre el corazón.

—Es un gran hombre —concluyó en voz baja y tono reverencial, mirándolos a todos con seriedad—.

Fidel es auténticamente grande. Nos está indicando el camino hacia el futuro.

Una cara dio señales de no estar en perfecta sincronía con Johnny: James, que lo admiraba más de lo que aquél podía imaginar, necesitaba orientación.

—Pero, camarada Johnny... —dijo levantando la mano como si estuviera en clase.

—Y ahora buenas noches —lo interrumpió Johnny—. Tengo una reunión. Y el camarada Mo también.

Saludó con una inclinación de la cabeza, con gesto adusto pero cordial dirigido a todos menos a Frances, a quien dirigió una mirada fría. Se marchó seguido por el camarada Mo, que se despidió de Frances diciendo:

—Muchas gracias, camarada. Me ha salvado la vida. Estaba muerto de hambre. Y ahora, por lo visto tengo una reunión.

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