El sueno mas dulce
En teoría, las escuelas eran gratuitas. Y…
Este capítulo es largo, así que está dividido en 3 partes.
En teoría, las escuelas eran gratuitas. Y al principio lo habían sido. Ante la promesa de que sus hijos recibirían una educación, padres de todo el país habían ayudado a construir escuelas, regalando horas de trabajo y trabajando con auténtica devoción para levantar colegios donde no los había. No obstante, ahora había que pagar una cuota, y cada trimestre era más alta.
—Espero que no tengas más hijos, Joshua. Es una estupidez.
—Los blancos no quieren que tengamos más hijos porque así seremos más débiles y ustedes podrán hacer lo que quieran con nosotros.
—Eso es ridículo. ¿Por qué crees esas tonterías?
—Yo creo lo que ven mis ojos.
—Sí, y también crees que hay una conspiración de los blancos para mataros mediante el sida. —Él lo llamaba «flaco». «Tiene flaco», decía la gente refiriéndose a la enfermedad que hacía adelgazar. Joshua había asimilado todo lo que ella sabía sobre el sida y seguramente estaba mejor informado que los miembros del Gobierno, que todavía negaban su existencia. Sin embargo, estaba convencido de que el virus procedía de algún laboratorio de Estados Unidos y los blancos lo habían introducido deliberadamente para perjudicar a los africanos.
El hotel Selous de Senga había sido interracial, lo cual lo condenó al oprobio mucho antes de la liberación, y se había convertido en un sitio confortable y anticuado donde solían celebrar nostálgicas reuniones aquellos blancos que habían estado en la cárcel durante el régimen anterior —dominado por los blancos— o habían sido desterrados, proscritos o sencillamente acosados y atormentados. Si bien seguía siendo uno de los mejores hoteles, otros nuevos, más acordes con el gusto internacional, comenzaban a alzarse hacia el cielo «como flechas que señalan el futuro»: una frase del presidente Matthew, citada a menudo en los folletos publicitarios.
Esa noche una mesa de veinte personas destacaba en el salón, donde los comensales menos importantes cambiaban comentarios como «Mira, ahí están los de Dinero Mundial», o «Y allí la gente de Cooperación Internacional». En uno de los extremos de la mesa se hallaba situado Cyrus B. Johnson, director de la sección de Dinero Mundial que se ocupaba de esa especie de Oliver Twist que era África, un impecable caballero de cabello plateado, acostumbrado a ejercer la autoridad. Junto a él estaba Andrew Lennox, de Dinero Mundial, y al otro lado Geoffrey Bone, de Cooperación Internacional. Hacía años que Geoffrey era un experto en temas africanos. Gracias a sus gestiones, centenares de sofisticados tractores de última generación, donados a una ex colonia del norte, se pudrían y oxidaban en las lindes de otros tantos campos: habían faltado piezas, instrucciones y combustible, además del consentimiento de los granjeros locales, que habrían preferido unas máquinas menos ostentosas. Por otra parte, había mandado plantar café en zonas de Zimlia donde los cultivos se habían echado a perder de inmediato. En Kenia, millones de libras desembolsadas por él habían ido a parar a los bolsillos de los corruptos, y en ese momento estaba desembolsando más millones en Zimlia, que correrían la misma suerte. Esos errores no habían representado un obstáculo en su carrera, como quizás hubiese sucedido en tiempos menos complejos. Era subdirector de CI, y estaba en contacto permanente con DM. Lo acompañaba su admirador incondicional, Daniel, cuya melena roja aún parecía un semáforo: el importante cargo de secretario de Geoffrey representaba un premio a tantas décadas de devoción. James Patton, ahora diputado laborista por Shortlands, supuestamente estaba allí en viaje de investigación, pero la verdad era que se había encontrado con el camarada Mo en casa de Johnny y éste le había dicho: «¿Por qué no nos haces una visita?» Esto no significaba que el camarada Mo fuera ciudadano de Zimlia, al menos en mayor medida que de cualquier otro país de África. Aun así, conocía al camarada Matthew —por supuesto, como a todos los presidentes nuevos, al parecer— y cuando estaba en casa de Johnny invitaba a la gente a una especie de África genérica, un lugar benévolo y pujante que recogía a todo el mundo con los brazos abiertos. A él y a sus contactos debía Geoffrey su eminencia; y Dinero Mundial le había ofrecido un puesto a Andrew Lennox cuando trabajaba en una organización rival porque el camarada Mo le había comentado a un individuo influyente que se trataba de un abogado listo y prometedor. Otras personas de esa mesa, entre ellas el camarada Mo, habían frecuentado la casa de Johnny: la ayuda internacional era la heredera legítima de los camaradas. En el extremo opuesto adonde se encontraba Cyrus B. —como lo llamaba afectuosamente medio mundo— estaba el camarada Franklin Tichafa, ministro de Sanidad, un robusto hombre público de vientre voluminoso y doble o triple papada, siempre afable, siempre con una sonrisa en los labios, aunque últimamente sus ojos tendían a eludir las preguntas. Aunque él y Cyrus B. iban mejor vestidos que el resto, no parecían más satisfechos de sí mismos. Esos individuos y varios representantes de otras organizaciones benéficas, esparcidos ese día por distintos hoteles, habían pasado varios días recorriendo Zimlia, parando en ciudades con hoteles aceptables entre visita y visita a lugares pintorescos y famosos parques naturales. Durante los almuerzos, las cenas y los viajes en autocar —que es donde realmente se toman las decisiones que afectan a las naciones— habían convenido en que Zimlia necesitaba un rápido desarrollo de la industria secundaria, ya establecida aunque en estado embrionario; por desgracia tenían problemas con el presiente Matthew, que estaba estancado en la etapa marxista y obstaculizaba todos los planes para convertir Zimlia en un país moderno, y muchas personas intrigaban para acceder a puestos desde donde cosechar los frutos de la pujante marea.
Al día siguiente se rendiría un homenaje a los héroes de la liberación, y el camarada Franklin quería que todos asistieran al acto:
—El camarada presidente se alegrará de verlos —dijo—. Me ocuparé de conseguirles asientos preferentes a todos.
—Yo tengo una reserva para viajar a Mozambique mañana por la mañana —repuso Cyrus B.
—¡Cancélela! Le conseguiré un buen sitio en el avión de pasado mañana.
—Lo lamento, pero tengo una cita con el presidente.
—Tú no te negarás —le dijo Franklin a Andrew en tono autoritario y áspero a causa de un incidente que no recordaba del todo.
—No me queda otro remedio. Pensaba visitar a Sylvia. ¿Te acuerdas de Sylvia?
Franklin miró hacia otro lado y guardó silencio por unos instantes.
—Creo que sí —contestó al cabo—. Era una especie de pariente vuestra, ¿no?
—Sí. Está trabajando como médico en Kwadere. Espero haberlo pronunciado bien.
Franklin sonrió.
—¿En Kwadere? No sabía que ya tuviésemos un hospital allí. No es una región desarrollada.
—Pues tengo que ir a verla, de manera que no podré asistir a vuestra maravillosa celebración.
Una sombra había apagado la chispa de Franklin, que se quedó callado y con el entrecejo fruncido.
Se recobró enseguida y dijo:
—Pero estoy seguro de que nuestro buen amigo Geoffrey asistirá.
Geoffrey se había convertido en un hombre atlético y apuesto que seguía atrayendo tantas miradas como en su adolescencia, y los millones que manejaba a su antojo le habían conferido un brillo casi visible, el brillo de la autosuficiencia.
—Estaré allí, ministro, no me lo perdería por nada del mundo.
—Un viejo amigo como tú no debería llamarme ministro —protestó Franklin, eximiéndolo de la obligación con una sonrisa.
—Gracias —dijo Geoffrey con una pequeña reverencia—. ¿Qué tal ministro Franklin?
Franklin soltó una carcajada de satisfacción.
—Y antes de irte, Geoffrey, quiero que visites mis oficinas.
—Esperaba que me invitaras a conocer a tu esposa y a tus hijos. O mucho me equivoco o tienes seis hijos, ¿verdad?
—Sí, y pronto serán siete. Hijos y problemas económicos —contestó Franklin, mirando fijamente a Geoffrey. A pesar de todo no lo invitó a su casa.
Se oyeron risas comprensivas. Pidieron más vino, pero Cyrus B., alegando que era un viejo que necesitaba dormir, se despidió hasta el congreso del mes siguiente en las Bermudas.
—Tengo entendido que a nuestra amiga Rose Trimble le va muy bien —comentó Franklin—. Nuestro presidente la aprecia mucho.
—Ya lo creo que le va bien —reconoció Andrew con una sonrisa radiante que Franklin interpretó mal.
—¡Erais todos tan buenos amigos! —exclamó—. Me alegra saberlo. Cuando la veas, transmítele mis saludos más cordiales.
—Lo haré cuando la vea —aseguró Andrew aún más afablemente.
—De manera que pronto recibiremos una generosa ayuda —observó Franklin, ligeramente borracho—.
Una ayuda muy generosa para nuestro pobre y explotado país.
En este punto el camarada Mo, que aún no había intervenido, observó:
—En mi opinión, no deberíamos necesitar ayuda. África debería salir adelante por sí sola.
Fue como si hubiera dejado caer una bomba en la mesa. Parpadeó, mostrando los dientes con una sonrisa avergonzada y soportando las miradas atónitas. Él y todos sus coetáneos habían pasado por alto o aplaudido las noticias que llegaban de la Unión Soviética; con muchos menos camaradas había celebrado cada nueva matanza cometida en China y con menos aún había arruinado la agricultura de su país, obligando a los infortunados agricultores a crear granjas colectivas —los matones del Gobierno habían agredido y acosado a cualquiera que se resistiese—; la mayor parte de las causas que había alentado o promovido habían terminado en escándalos, pero allí, en ese momento, en esta mesa, en compañía de esas personas, estaba diciendo algo sensato, la verdad, y por expresarla merecía sin duda que le perdonasen todos sus errores.
—No nos hará ningún bien a largo plazo —explicó—. ¿Sabíais que en el momento de la liberación Zimlia se encontraba en el mismo nivel que Francia en la época inmediatamente anterior a la Revolución?
Se oyeron risas, esta vez de alivio. Para empezar, había mencionado a Francia, a la Revolución; estaban nuevamente en territorio seguro.
—No, la Revolución se debió a las malas cosechas, al mal tiempo... Francia era en esencia una nación próspera. Y este país también, al menos hasta que se adoptaron ciertas políticas desafortunadas.
Se produjo un silencio rayano en el pánico.
—¿Qué estás diciendo? —inquirió Daniel, acalorado y molesto, con el rostro encendido bajo la melena roja—. ¿Insinúas que este país estaba mejor bajo el dominio de los blancos?
—No—replicó Mo—. No he dicho eso. ¿Cuándo he dicho eso? —Arrastraba las palabras, y todos comprendieron aliviados que estaba bebido—. Lo que digo es que éste es el país más desarrollado de África después de Sudáfrica.
—¿Y adonde quieres ir a parar? —preguntó el ministro Franklin con amabilidad, disimulando su irritación.
—Quiero decir que deberíais construir unos cimientos sólidos que permitan que el país se sostenga sobre sus propios pies. De lo contrario, Dinero Mundial, Cooperación Internacional y esta organización o aquélla, con la excepción de los presentes —masculló con torpeza, levantando la copa en un saludo que los incluía a todos—, acabarán por deciros lo que tenéis que hacer. Al fin y al cabo este país no se ha declarado zona catastrófica, como otros que ya sabemos. Contáis con una economía sólida y una buena infraestructura.
—Si no te conociera tan bien —señaló el camarada ministro mientras miraba con nerviosismo alrededor, preocupado por que alguien hubiese oído aquellas palabras sediciosas—, diría que estás a sueldo de Sudáfrica; que eres un agente de nuestro poderoso vecino.
—De acuerdo —dijo el camarada Mo—, pero no llames a la policía ideológica todavía. —Pocos días antes habían detenido a varios periodistas por expresar opiniones incorrectas—. Estoy entre amigos. Me limito a decir lo que pienso. Eso es todo.
Se produjo otro silencio. Geoffrey consultó su reloj de pulsera. Obedientemente, Daniel lo miró a él.
Varias personas empezaron a levantarse eludiendo los ojos del camarada Mo, que se quedó sentado, en parte por tozudez y en parte porque sabía que le costaría lo suyo mantenerse en pie.
—Tal vez deberíamos tratar este tema más detenidamente, ¿no? —le sugirió a Franklin. Hablaba con calma y confianza: al fin y al cabo hacía años que se conocían y siempre discutían los problemas de África de manera acalorada pero amigable, ¿o no?
—No —repuso Franklin—. No, camarada, yo no tengo nada que añadir al respecto. —Se puso en pie.
Un par de negros que habían permanecido sentados en silencio a una mesa cercana también se levantaron, revelándose como sus ayudantes o guardaespaldas.
Franklin saludó con el puño en alto, a la altura del hombro, a Geoffrey, Daniel y otros representantes de la solidaridad internacional y se marchó flanqueado por sus gorilas.
—Me voy a la cama —anunció Andrew—. Tengo que madrugar.
—Me temo que el camarada Franklin ha olvidado que nos prometió asientos para el acto de mañana —
comentó Geoffrey con malhumor. Era su reprimenda al camarada Mo.
—Yo me ocuparé de todo —afirmó Mo—. Decid que vais de mi parte. Te reservaré un sitio en la zona VIP.
—Yo también quiero uno —terció el diputado James.
—No te preocupes —repuso el camarada Mo, agitando las manos como si distribuyera riquezas, invitaciones, entradas—. No perdáis el sueño. Ya veréis que os dejan entrar. —La hora de la verdad había pasado; lo había derrotado el demonio: la «presión de sus iguales».
La mañana de la llegada de Andrew surgieron problemas en el hospital. Cuando Sylvia pasó entre los arbustos nuevamente polvorientos vio gallinas tendidas, jadeando con los picos muy abiertos, y esta vez la causa no era el calor. Sus bebederos y comederos estaban vacíos. Encontró a Joshua bamboleándose, con un cuchillo en la mano, junto a una aterrorizada joven agachada y con las manos alzadas para protegerse.
Era como si fuese a asesinarla, y observó que la mujer tenía un brazo hinchado. Sylvia le arrebató el cuchillo.
—Te advertí que si volvías a fumar dagga, te echaría. Se ha acabado, Joshua. ¿Lo entiendes? —Sobre ella se erguía el corpulento y amenazador cuerpo del hombre de rostro furioso y ojos enrojecidos—. Y las gallinas se están muriendo. No tienen agua.
—Eso es trabajo de Rebecca.
—Acordasteis que lo harías tú.
—Tiene que hacerlo ella.
—Ahora vete. Largo de aquí.
Ofendido, Joshua se dirigió a un árbol situado a unos veinte metros de distancia y se sentó debajo con la cara apoyada en las manos. Casi de inmediato se desplomó, dormido o inconsciente. Su hijo pequeño, Listo, contemplaba la escena. Había adquirido la costumbre de rondar por el hospital, esperando que le asignaran cualquier tarea.
—Listo —le dijo Sylvia—, ¿quieres darles agua y comida a las gallinas?
—Sí, doctora Sylvia.
—Te enseñaré a hacerlo.
—No es necesario. Ya sé.
Sylvia lo observó mientras iba en busca de agua, llenaba los bebederos y arrojaba grano en los
comederos. Las gallinas corrieron hasta las latas con agua y bebieron con avidez, pero una de ellas estaba demasiado débil para levantarse. Sylvia le indicó al niño que se la llevase a Rebecca.
A Andrew no le había resultado fácil alquilar la clase de vehículo a la que estaba habituado. Todos los coches eran viejos y espantosos. «¿No tienen nada más? —Sabía que todos los coches importados iban a parar directamente a manos de los miembros de la nueva élite pese a que, por otro lado, Zimlia intentaba fomentar el turismo. Le dijo a la joven negra del mostrador—: Deberían conseguir automóviles mejores si quieren atraer a los turistas.»
El rostro de la chica le indicó que estaba de acuerdo, aunque él no era quién para criticar a sus superiores. Aceptó un Volvo abollado, preguntó si llevaba rueda de recambio y le contestaron que sí, pero que no estaba en muy buenas condiciones, y puesto que le corría prisa, Andrew decidió arriesgarse. Sylvia le había dado instrucciones precisas: «Toma la carretera de la presa de Kudú, cruza el paso Black Ox y cuando veas un pueblo grande, toma el camino de tierra de la derecha, recorre unos siete kilómetros, gira a la derecha cuando topes con un gran baobab y quince kilómetros más adelante verás el cartel de la misión de San Lucas en el mismo indicador de la granja de Pyne.»
El paisaje le pareció impresionante, majestuoso pero inhóspito, demasiado seco y polvoriento, aunque sabía que había llovido recientemente. Si bien había viajado a Zimlia en numerosas ocasiones, nunca se había visto obligado a encontrar solo un lugar. Se perdió, pero cuando por fin vislumbró el cartel de la granja de Pyne vio a un blanco alto que agitaba los brazos. Se detuvo y el hombre le dijo: «Soy Cedric Pyne. ¿Le importaría llevar esto a la misión? Sabíamos que vendría.» El granjero depositó un saco grande en el asiento trasero y echó a andar hacia la casa, que estaba a varios centenares de metros. Andrew dedujo que Pyne u otra persona había permanecido atento al camino, esperando que apareciese la polvareda de un automóvil. Camino de la misión, avistó una pequeña casa de piedra rodeada de árboles del caucho y más allá una serie de edificios bajos, semejantes a barracas, que seguramente pertenecían a la escuela. Aparcó. Una negra risueña salió al porche y le informó de que el padre McGuire se encontraba en la escuela y la doctora Sylvia no tardaría en llegar.
Andrew subió al porche y la siguió al interior del salón, donde ella lo invitó a sentarse.
Andrew conocía el África de los presidentes, los funcionarios gubernamentales y los hoteles elegantes, pero nunca había descendido al África que estaba viendo en ese momento. Aquella miserable estancia lo ofendía, precisamente porque constituía un desafío. Cuando hablaba del Dinero Mundial, cuando regalaba Dinero Mundial, cuando se comportaba como administrador de una inagotable fuente de riquezas...
bueno, todo estaba destinado a sitios como ése, ¿no? Pero aquello era una misión, ¡por Dios! Pertenecía a la Iglesia católica, ¿no? ¿No se suponía que eran ricos? Había un roto en la cortina de cretona que pretendía interceptar el resplandor de un sol apenas lo bastante alto para no dar de lleno en ella.
Diminutas hormigas negras caminaban por el suelo. La mujer le ofreció un vaso de zumo de naranja.
Caliente. ¿No tenían hielo?
La cocina, adonde la negra había regresado, se encontraba a su derecha. A la izquierda había otra puerta, que estaba entornada. Suspendida de un clavo había una bata que Andrew reconoció como de Sylvia. Entró en la habitación. El suelo y las paredes de ladrillo, así como el brillante y pálido techo de caña, que para Sylvia ya era como una segunda piel, se le antojaron degradantemente precarios. Qué estancia tan pequeña, tan austera. Sobre la cómoda había fotografías en marcos de plata. Allí estaba Julia, y allí Frances. Desde una foto suya, tomada cuando tenía veinticinco años, una cara amable y enigmática le devolvió la sonrisa. Dolía verse más joven; se volvió, tocándose inconscientemente la cara como para recuperar aquel rostro terso e inocente. Burlándose de las cosas que lo rodeaban, tan hostiles para él —
como ese pequeño crucifijo—, pensó que no había comido del árbol del bien y del mal. Estudió con atención el crucifijo, que definía a una Sylvia que él no conocía en absoluto, esforzándose por aceptarlo, por aceptarla a ella. Su ropa colgaba de clavos. Su calzado, en su mayor parte sandalias, estaba alineado contra la pared.
Al oír que alguien se acercaba, se asomó a la ventana que daba al porche y vio a Sylvia subir por el sendero. Llevaba tejanos, una camisola holgada parecida a la de la sirvienta negra y el cabello, decolorado por el sol, recogido con una cinta elástica. Entre sus cejas había un profundo surco de preocupación.
Tenía la piel reseca y de color marrón oscuro. Estaba más delgada que nunca. Andrew salió, ella corrió hacia él y se estrecharon en un abrazo lleno de amor y recuerdos.
Andrew quiso conocer el hospital, pero ella se resistió a llevarlo, pues sabía que no acabaría de entender lo que viese: ¿cómo iba a comprenderlo, cuando ella había tardado tanto tiempo en acostumbrarse? Sin embargo bajaron la cuesta juntos, y le enseñó lo que ella llamaba el dispensario, los cobertizos y la amplia choza de la que parecía tan orgullosa. Algunos negros yacían sobre las esteras o debajo de los árboles. Un par de hombres emergieron del monte, tendieron sobre una camilla —hecha de ramas y cubierta de hojas entrelazadas para proporcionarle blandura— a una mujer que Andrew dio por dormida y se la llevaron. «Ha muerto —explicó Sylvia—. De parto. Pero estaba enferma. Sé que tenía el sida.» Andrew se preguntó qué esperaba que respondiese, si acaso esperaba una respuesta. Se la veía...
¿qué? ¿Enfadada? ¿Resignada?
Cuando regresaron a la casa se encontraron con el padre McGuire. A Andrew le cayó mal, por lo que se puso a hablar, como solía hacer en las situaciones incómodas. Pasaba la mayor parte de su tiempo en comisiones, congresos o conferencias, siempre presidiendo y coordinando a personas de centenares de países que representaban exigencias e intereses encontrados. Ningún hombre merecía más ese adjetivo
técnico de «moderador»: eso era él, y su trabajo consistía en allanar caminos y abrir avenidas. Algunos moderadores recurren al silencio, permanecen sentados con cara inexpresiva y sólo salen a la palestra para formular sus conclusiones, y en cambio otros optan por hablar, y Andrew estaba acostumbrado a dirimir discrepancias con su amable y civilizada verborrea, así como a ver rostros recelosos que se relajaban y esbozaban sonrisas optimistas.
En ese momento hablaba de la cena de la noche anterior, que descrita por él se convirtió en una comedia social relativamente graciosa que habría hecho reír a los oyentes que conocieran el contexto.
Pero aquellos dos ni siquieran esbozaron una sonrisa —tampoco la negra—, y Andrew pensó: «Es natural, son unos paletos, no están acostumbrados a...» Sylvia y el sacerdote continuaban de pie junto a las sillas, mientras que él ya estaba sentado, listo para tomar el mando, esperando que sonrieran. No se los estaba ganando, no, en absoluto, y los vio intercambiar una mirada que lo explicó todo: querían bendecir la mesa.
Andrew enrojeció, enfadado consigo mismo.
—Lo lamento mucho —se disculpó, levantándose.
El padre McGuire recitó unas palabras en latín que Andrew no entendió, y Sylvia dijo «amén» con una voz clara que despertó en él recuerdos de una vida pasada y lejana.
Se sentaron. Andrew guardó silencio, avergonzado de la metedura de pata que a su juicio acababa de cometer.
La negra, cuyo nombre, según le informaron, era Rebecca, sirvió el almuerzo: el pollo que había muerto esa mañana de deshidratación. Estaba duro. El padre McGuire le hizo notar a Rebecca que no había que cocinar un pollo cuando se lo acababa de matar, pero ella respondió que quería ofrecerle algo especial al visitante. También había preparado gelatina, y el sacerdote comentó que deberían recibir visitas más a menudo.
Consciente de que Andrew estaba mirándola, Sylvia hizo un esfuerzo para comer su ración de pollo y se tragó la gelatina como si fuese un medicamento.
Andrew quería conocer la historia del hospital. Lo había horrorizado tanto como la presencia de Syivia en él, ¿Cómo podían llamar hospital a un sitio tan sórdido? Syivia, el padre McGuire e incluso Rebecca, que estaba de pie junto a la puerta de la cocina, escuchando con las manos enlazadas, percibieron su disgusto y sus recelos. No le gustaba Rebecca. Y le molestaba profundamente que Sylvia presentara un aspecto semejante al de ella: la camisola nativa y ciertos ademanes, gestos y miradas de los que no parecía consciente. Andrew pasaba mucho tiempo con «personas de color», y ¿no parecía Sylvia una de éstas con esa pinta y casi tan morena como Rebecca? Estaba seguro de no tener prejuicios raciales. No, se trataba más bien de prejuicios de clase, y a menudo unos y otros se confunden. ¿Cómo era posible que Syivia se abandonara de esa manera?
Todos estos pensamientos, que su rostro reflejaba pese a sus sonrisas y su característico encanto social, estaban ganándose la reprobación de aquel trío, dos de cuyos miembros le inspiraban una profunda antipatía.
Las emociones del padre McGuire afloraron de la siguiente manera:
—¿Cómo se le ocurrió ponerse ese traje blanco para venir a esta región polvorienta?
Andrew era consciente de que había sido una idiotez. Poseía una docena de trajes de lino blancos o color crema, que en sus viajes por el Tercer Mundo le conferían una apariencia fresca y elegante. Sin embargo, hoy estaba cubierto de polvo, y había notado que Syivia lo inspeccionaba con ojo crítico, interpretando el traje como un síntoma negativo.
—Es una suerte que no vieras el hospital en el estado en que se encontraba cuando llegué —dijo Syivia.
—Es verdad —convino el padre McGuire—. Si se ha escandalizado por lo que ha visto ahora, ¿qué hubiera pensado entonces?
—Yo no he dicho que me escandalizara.
—Estamos acostumbrados a leer ciertas expresiones en la cara de nuestros visitantes —repuso el sacerdote—, pero si quiere entender la situación, pregúntele a la gente de nuestra aldea lo que piensa del hospital.
—Pensamos que la doctora Sylvia es una enviada de Dios —intervino Rebecca.
Aquello hizo callar a Andrew. Seguían sentados a la mesa, bebiendo un café insípido por el que el padre McGuire pidió disculpas; costaba encontrar por allí un café decente, los artículos importados eran carísimos y había escasez de todo a causa de la incompetencia, porque de eso se trataba... Prosiguió con su letanía de quejas hasta que tomó conciencia de sus palabras; entonces suspiró y se interrumpió.
—Que Dios me perdone por quejarme de una insignificancia como el café.
Andrew comprendió que no le contarían la historia del hospital, y que él era el único culpable de ello.
Quería marcharse, pero le habían programado una visita a la escuela. Tendrían que salir a la calurosa y cegadora luz que se colaba por la ventana. El padre McGuire anunció que iba a echar una cabezada y se retiró a su habitación. Andrew y Sylvia permanecieron en su sitio, ambos con ganas de dormir un rato pero resistiéndose a la tentación. Rebecca entró a recoger los platos sucios.
—¿Ha traído los libros? —le preguntó directamente a Andrew.
Sylvia bajó los ojos como si hubiese querido hacer la misma pregunta pero no se hubiera atrevido. Le había enviado una lista de libros después de que él telefoneara para anunciar su visita. Andrew no se había acordado, a pesar de que Sylvia había escrito «por favor, por favor» al final de la lista.
—Lo siento, me olvidé —respondió.
La negra lo miró fijamente, con incredulidad. Rompió a llorar y salió corriendo del salón, dejando la bandeja en la mesa. Sin levantar la vista, Sylvia comenzó a colocar los platos y las tazas sobre la bandeja.
—Significan mucho para nosotros —murmuró—. Sé que no entenderías cuánto.
—Te los enviaré por correo.
—Se perderían o los robarían por el camino. No importa. Olvídalo.
—No lo olvidaré, por supuesto que no.
Entonces recordó que en la habitación de Sylvia había visto una estantería y, encima de ella, una tarjeta que rezaba «Biblioteca».
—Un momento —dijo y entró en el cuarto. Ella lo siguió.
Sobre los estantes había dos libros, un diccionario y un ejemplar de Jane Eyre. En una hoja de papel clavada a la pared estaba anotado lo siguiente: «Libros de la biblioteca. Retirados. Devueltos. El viaje del peregrino. El señor de los anillos. Cristo se detuvo en Eboli. Las uvas de la ira. Llanto por la tierra amada.
El alcalde de Cas-terbridge. La Santa Biblia. El idiota. Mujercitas. El señor de las moscas. Rebelión en la granja. Santa Teresa de Avila.» Se trataba de los libros que Sylvia había llevado consigo y los que habían donado algunos visitantes, atendiendo a sus súplicas.
—Curiosa colección —observó Andrew con humildad. Estaba tan conmovido que se le saltaron las lágrimas.
—Ya lo ves —dijo Sylvia—. Necesitamos libros. Les encantan y no es nada fácil conseguirlos, por eso éstos están tan manoseados.
—Te prometo que te enviaré los que me pediste.
Ella guardó silencio. Calló con una actitud que Andrew supuso que había aprendido a adoptar y que ahora mismo estaba practicando. Sospechó que rezaba para sus adentros, pidiendo paciencia.
—Mira, tú no entiendes lo importantes que son los libros aquí —intentó explicar—. Ver a alguien sentado en una choza por la noche, leyendo a la luz de una vela..., ver a alguien que apenas sabe leer, esforzándose... —Se le quebró la voz.
—Oh, Sylvia, lo lamento muchísimo.
—No te preocupes.
La lista que le había enviado estaba en el maletín que había llevado consigo: ¿por qué? Porque siempre lo llevaba consigo.
Las flores de María. Teoría y práctica de la agricultura en el África subsahariana. Cómo escribir en buen inglés. Las tragedias de Shakespeare. Los desnudos y los muertos. Sir Gawain y el Caballero Verde.
El jardín secreto. Manual de ingeniería práctica. Mowgli. Las enfermedades del ganado en el sur de África. Sbaka, el rey zulú. Jude el oscuro. Cumbres borrascosas. Tarzán. Y así sucesivamente.
Volvió a la sala. El padre McGuire estaba de nuevo allí, tras recuperar las fuerzas. Cuando los dos hombres salieron al furioso resplandor del sol, Sylvia se arrojó sobre la cama, llorando. Había prometido a quienes acudían una y otra vez a la casa en busca de libros que estaba a punto de recibir una nueva remesa. Se sentía abandonada. Andrew siempre había representado para ella la ternura y la bondad perfectas; era el dulce hermano mayor a quien podía contarle o pedirle cualquier cosa, pero se había convertido en un extraño. ¡Ese deslumbrante traje blanco...! ¿Cómo se le había ocurrido vestirse de lino blanco para visitar la misión de San Lucas? Esa tela debía de tener el tacto de una crema espesa entre los dedos. Ese traje entrañaba una ofensa muy sutil hacia ella, el padre McGuire y Rebecca. En otro tiempo habría podido decírselo y ambos se habrían reído de ello.
Durmió, se despertó y preparó té: Rebecca no volvería hasta la hora de la cena. Había hecho galletas para el visitante.
Los dos hombres regresaron. Aunque Andrew sonreía, estaba silencioso y parecía agotado; no había dormido.
—Aquí está mi té —dijo el padre McGuire—. Te aseguro que lo necesito, pequeña, vaya si lo necesito.
—¿Y bien? —preguntó Sylvia en tono agresivo dirigiéndose a Andrew, pues sabía lo que había visto.
Seis edificios, cada uno con cuatro aulas abarrotadas de alumnos, desde niños hasta hombres y mujeres jóvenes. Habían recibido a este representante de las altas esferas del poder con exagerada efusividad y luego se habían quejado de que necesitaban libros de texto. «¿Cómo vamos a hacer los deberes, señor? ¿Cómo vamos a estudiar?»
No había un solo atlas ni un globo terráqueo en toda la escuela. Cuando les había interrogado al respecto, los alumnos no habían entendido de qué les hablaba. Los afligidos y frustrados jóvenes maestros
se lo habían llevado aparte para suplicarle que les consiguiese libros que les enseñaran a enseñar. Tenían entre dieciocho y veinte años, pocos estudios y ninguna preparación pedagógica.
Andrew nunca había estado en un lugar más deprimente: aquello no era una escuela. El padre McGuire lo había escoltado de un edificio al otro, caminando a toda prisa por el polvo para huir del sol y refugiarse en las zonas de sombra, presentándolo como un amigo de Zimlia. Su fama como miembro de Dinero Mundial —aunque el padre McGuire no había pronunciado esas palabras mágicas— se había difundido por toda la escuela. Lo recibieron con gritos de alegría y con canciones, y mirara donde mirase veía caras expectantes.
—Le contaré la historia de este lugar —le había dicho el sacerdote—. Nosotros, los miembros de la misión, tuvimos una escuela aquí durante muchos años, desde los principios de la colonia. Era una buena escuela. No había más de cincuenta alumnos. Algunos de ellos ocupan ahora cargos en el Gobierno.
¿Sabía que la mayoría de los gobernantes africanos se educaron en las escuelas de las misiones? Durante la guerra, el camarada presidente Matthew prometió que todos los niños del país podrían acceder a la educación secundaria. Se construyeron escuelas por todas partes. Pero no hay maestros, no hay libros ni cuadernos. Cuando el Gobierno tomó las riendas de nuestra escuela..., bueno, fue el fin. No creo que uno solo de los niños que hoy ve aquí lleguen a ser miembros del gabinete; de hecho, nunca ocuparán puestos que requieran cierto nivel de educación. —Después de beber un sorbo de té, agregó—: Las cosas mejorarán. Le ha tocado ver lo peor. Esta es una región muy pobre.
—¿Hay muchas escuelas como ésta?
—Sí, desde luego —respondió el padre McGuire con sinceridad—. Muchas. Muchísimas.
—¿Y qué pasará con esos niños? Aunque muchos parecen adultos.
—Serán desempleados —contestó el padre McGuire—. Desempleados, sí, con toda seguridad.
—Debería marcharme —se excusó Andrew—. Mi vuelo sale a las nueve.
—Ahora, si me permite el atrevimiento, ¿existe alguna posibilidad de que haga algo por nosotros, por la escuela, por el hospital? ¿Pensará en nosotros cuando regrese a la paz y la tranquilidad de...? ¿Dónde ha dicho que está la sede de su organización?
—En Nueva York. Pero creo que ha entendido mal la situación. Destinaremos fondos a Zimlia, un préstamo muy importante, pero no...
—¿Quiere decir que somos indignos de su atención?
—De la mía no —dijo Andrew con una sonrisa—, pero Dinero Mundial trabaja con las altas esferas de...
Sea como fuere, hablaré con alguien. Me pondré en contacto con Cooperación Internacional.
—Se lo agradeceríamos mucho —dijo el padre McGuire.
Sylvia guardaba silencio. El pliegue de su entrecejo la hacía parecer una bruja enfurruñada.
—¿Por qué no te tomas unas vacaciones y vas a verme a Nueva York? —le propuso.
—Te convendría, niña —dijo el padre McGuire—. Sí, te convendría.
—Gracias, lo pensaré. —No lo miró.
—¿Y podría usted dejar un paquete en casa de los Pyne? —pidió el sacerdote a Andrew—. Sólo dejarlo en la puerta. No hace falta que entre si tiene prisa.
Fueron hasta el Volvo y pusieron el paquete para los Pyne en el asiento trasero.
—Te enviaré los libros, cariño —le aseguró a Sylvia.
Un par de semanas después un mensajero especial, un motorista de Senga, les llevó un saco. Contenía libros, enviados por avión desde Nueva York hasta Senga, recogidos por InterGlobe, que se encargó de pasarlos por la aduana, y transportados en moto hasta allí.
—¿Cuánto ha costado el envío? —quiso saber el padre McGuire, tras ofrecer una taza de té al exiliado de las brillantes luces de Senga.
—¿Se refiere a la suma total? —preguntó el mensajero, un elegante negro de uniforme—. Bueno, aquí lo pone. —Sacó un papel—. El remitente se gastó unas cien libras —añadió, impresionado por la suma.
—Con eso podríamos construir una sala de lectura, o una guardería infantil —observó Sylvia.
—A caballo regalado no le mires el dentado —sentenció el padre McGuire.
—Pues yo se lo estoy mirando —replicó ella, repasando la lista de libros. Andrew se la había pasado a su secretaria, y ésta la había perdido. Por lo tanto, había ido a la librería más cercana y había comprado todos los éxitos de venta, sintiéndose satisfecha de sí misma, incluso saciada, como si los hubiera leído ella misma: se había propuesto empezar a leer muy pronto. Aquellas novelas resultaban inapropiadas para la biblioteca de Sylvia—. Todo el que pide recibe y el que busca encuentra.
La historia del hospital, que Andrew no había llegado a oír, era la siguiente: durante la guerra de la liberación, aquella región había estado atestada de combatientes, porque sus colinas, cuevas y barrancos la hacían ideal para la lucha guerrillera. Una noche el padre McGuire había despertado y visto a un joven de pie junto a su cama, apuntándolo con un arma. «Levántese con las manos en alto», le había ordenado.
El sacerdote, todavía adormilado, empezó a levantarse con lentitud, y el guerrillero le juró que lo mataría
si no se daba prisa. Era un muchacho de dieciocho años, o menos, y estaba tan asustado como el padre McGuire: el fusil temblaba.
—Tranquilo, ya voy —respondió, el padre McGuire, poniéndose de pie con torpeza. Sin embargo, no podía mantener las manos en alto; las necesitaba para ponerse la bata mientras el chico sacudía el arma en un gesto apremiante—. ¿Qué quieres?
—Queremos medicinas, queremos muti. Uno de nuestros hombres está muy enfermo.
—Entonces acompáñame al cuarto de baño. —En el botiquín no había más que píldoras para la malaria, aspirinas y algunas vendas—. Llévate lo que quieras.
—¿Es todo lo que tiene? No le creo —Aun así cogió todo lo que había y añadió—: Queremos que venga un médico.
—Vamos a la cocina —dijo el sacerdote. Una vez allí le indicó—: Siéntate. —Preparó té y sirvió unas galletas, que desaparecieron en el acto. Sacó un par de hogazas que había horneado Rebecca y se las entregó al joven junto con un poco de embutido. Todo fue a parar a un fardo de tela.
—¿Cómo quieres que consiga un médico? ¿Qué sugieres que les diga? Vosotros no hacéis más que tender emboscadas en la carretera.
—Diga que está enfermo y que necesita un médico. Cuando crea que esté por llegar, ate un trapo a esa ventana. Estaremos vigilando y traeremos a nuestro compañero. Está herido.
—Lo intentaré —prometió el cura.
Antes de internarse en la oscuridad, el joven se volvió.
—No le diga a Rebecca que hemos estado aquí —le advirtió en tono amenazador.
—¿Conoces a Rebecca?
—Nosotros conocemos a todo el mundo.
El padre McGuire reflexionó por un instante y luego escribió a un colega de Senga pidiendo un médico para un caso especial. Debía viajar mientras hubiera luz, no detenerse bajo ninguna circunstancia y llevar un arma. «Y no le comente nada a nuestras queridas hermanas, para no alarmarlas.» Una llamada telefónica: una conversación discreta, aparentemente sobre el tiempo y el estado de las cosechas. Luego:
«Iré a verle con el padre Patrick, que estudió Medicina.»
El cura ató un trapo a la ventana y rezó para que Rebecca no reparase en él. Ella no dijo nada: él sabía que entendía mucho más de lo que aparentaba. Llegó el coche con los sacerdotes. Esa noche aparecieron dos guerrilleros y les informaron que su camarada estaba demasiado enfermo para trasladarlo.
Necesitaban antibióticos. Los curas habían traído una buena provisión de fármacos, entre los que había antibióticos. El padre Patrick recomendó los más convenientes y los guerrilleros se marcharon, no sin antes comer hasta hartarse y vaciar la despensa.
El padre McGuire no se marchó de esa casa en la que cualquiera podía entrar cuando quisiera. Las monjas vivían rodeadas de vallas de seguridad, pero él las detestaba: cada vez que las visitaba se sentía como un prisionero. En su casa estaba indefenso; sabía que lo vigilaban y que corría el riesgo de que lo matasen: habían asesinado a varios blancos no muy lejos de allí. Cuando la guerra terminó, los dos guerrilleros se presentaron para expresarle su gratitud. Rebecca les dio de comer, aunque sólo porque el cura se lo ordenó. «Son mala gente», dijo.
El padre McGuire se interesó por la salud del herido: había muerto. Días después avistó de nuevo a los jóvenes por los alrededores: estaban sin empleo y furiosos porque habían creído que tras la liberación conseguirían un buen empleo y una vivienda digna. Contrató a uno de ellos para que se ocupara de pequeños trabajos de mantenimiento en la escuela. El otro era el hijo mayor de Joshua, que entró a estudiar en una clase llena de niños pequeños: aunque hablaba el inglés bastante bien, no sabía leer ni escribir. Además, estaba enfermo, muy delgado y cubierto de llagas.
El padre McGuire no había hablado de ellos con nadie hasta que le contó la historia a Sylvia. Rebecca no hablaba de los jóvenes. Las monjas no sabían de su existencia.
El cura se vio obligado a tener en la casa una cantidad cada vez mayor de medicamentos, porque la gente se los pedía. Mandó construir los cobertizos, incluido el que estaba al pie de la colina, y solicitó que le enviasen un médico de Senga: el camarada presidente Matthew había prometido atención médica gratuita para todo el mundo. Le mandaron un joven que no había terminado los estudios de enfermería por culpa de la guerra. El padre McGuire no se enteró de ello hasta una noche en que el joven se emborrachó y le preguntó si lo ayudaría a acabar la carrera. «Cuando dejes de beber —contestó el padre McGuire—, te escribiré una carta de recomendación.» No obstante, la guerra había trastornado a aquel guerrillero, que se había visto envuelto en ella a los veinte años: era incapaz de dejar la bebida. Se trataba del «doctor» del que Joshua le había hablado a Sylvia. En una larga carta dirigida a sus colegas de Senga, el padre McGuire se había quejado de que en la aldea no había médico y el hospital más cercano estaba a treinta kilómetros de distancia. Resultó que un sacerdote había conocido al padre Jack y a Sylvia durante una visita a Londres. Y así había comenzado todo.
Sin embargo, tenían previsto construir un buen hospital a diez kilómetros de allí, y cuando se inaugurara podrían desmantelar ese lugar vergonzoso, como lo llamaba Sylvia. «¿Por qué vergonzoso? —
preguntó el padre McGuire—. Es muy útil. El día de tu llegada fue dichoso para nosotros. Eres una bendición para esta aldea.» ¿Y por qué las hermanitas de la colina no habían sido una bendición?
Las cuatro que habían estado expuestas a los peligros de la guerra no siempre habían vivido recluidas detrás de una verja. Habían enseñado en la escuela cuando ésta era buena. Se habían marchado después del conflicto. Eran blancas, pero las reemplazaron unas jóvenes negras cuyos hábitos azules y blancos las diferenciaban de las demás mujeres negras y les permitían huir de la pobreza, las desgracias y el peligro.
Carecían de estudios, de manera que no podían impartir clases. Y habían acabado en ese sitio, que para ellas no era un refugio contra la pobreza, sino un horrible recordatorio de su existencia. Había cuatro monjas: la hermana Perpetua, la hermana Grace, la hermana Úrsula y la hermana Boniface. El «hospital»
no era tal en el momento de su llegada, y cuando Joshua les ordenó que acudieran allí cada día, se encontraron con el mismo escenario del que habían escapado: bajo el dominio de un negro que esperaba ser servido. Buscaron excusas para no volver y el padre McGuire no insistió: de hecho, eran bastante inútiles. Habían escogido el refinamiento, no heridas supurantes. Cuando Sylvia llegó, la enemistad entre él y las monjas era tal que cada vez que se encontraban ellas le decían que rezarían por él, y a cambio recibían pullas, insultos y maldiciones.