El sueno mas dulce

Doris Lessing · Capítulo 8 de 9 · parte 1/3

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El sueno mas dulce

—Vale —respondió él, complacido pero poco interesado…

Este capítulo es largo, así que está dividido en 3 partes.

—Vale —respondió él, complacido pero poco interesado en perder el tiempo con esa blanca no muy agraciada que seguramente sería la esposa de alguien.

—¿Me equivoco o es usted el ministro de Educación? —inquirió Rose, a sabiendas de que no lo era.

Amable pero indiferente, el hombre respondió:

—No, tengo el honor de ser el subsecretario de Sanidad. —Estiró el cuello para ver por encima y entre las cabezas que tenía delante; quería captar la atención del Líder en cuanto entrase, pues aunque en todo el mundo se lo consideraba un hombre del pueblo, rara vez ofrecía a sus ministros la oportunidad de conversar con él. En las pocas reuniones de gabinete a las que asistía, decía lo que tenía que decir y se marchaba; el camarada Líder no destacaba por su camaradería. Hacía tiempo que el subsecretario buscaba una ocasión para discutir ciertos temas con el Jefe, y esperaba encontrarla esa noche. Además, estaba secretamente enamorado de la fascinante Gloria. ¿Y quién no? Era una mujer voluptuosa, exuberante, increíblemente atractiva y con un rostro que invitaba a... ¿Dónde estaba? ¿Dónde estaban el compañero presidente y la Madre de la Nación?

—Me preguntaba si usted sabría algo sobre cierto hospital de Kwadere —dijo Rose, o más bien repitió, porque la primera vez él no la había oído.

Aquello suponía una indiscreción, desde luego. Para empezar, nadie podía esperar que un hombre de su nivel estuviera informado de lo que sucedía en cada pequeño hospital, y además se hallaban en una recepción oficial; no era el momento ni el lugar. Sin embargo, daba la casualidad de que sabía algo de Kwadere. Esa misma mañana había tenido sobre su escritorio los expedientes de tres hospitales a medio construir porque los fondos —para decirlo sin tapujos— habían sido robados. (Nadie lo lamentaba más que él, pero era previsible que se cometiesen errores.) En el caso de dos hospitales, los furiosos y a esas alturas escépticos filántropos habían propuesto que si ellos, los benefactores originales, conseguían reunir la mitad de los fondos necesarios para terminar las obras, el Gobierno debía aportar la otra mitad.

De lo contrario, nada, mala suerte, adiós a los hospitales. En Kwadere, el filántropo en cuestión había enviado una delegación al hospital abandonado y luego se había negado a continuar financiándolo. Por desgracia ese hospital hacía mucha falta. El Gobierno sencillamente no disponía de dinero suficiente para terminar de construirlo. Aunque había una especie de clínica en la misión de San Lucas, los informes al respecto no eran alentadores. Un sitio tan miserable y atrasado representaba una vergüenza para el país; Zimlia merecía algo mejor. Además, según una nota enviada por los servicios de seguridad, el nombre de la doctora que lo dirigía figuraba en una lista de posibles agentes sudafricanos. Su padre era un conocido comunista que mantenía estrechos vínculos con los rusos. Zimlia no simpatizaba con los rusos, pues le habían dado la espalda al camarada Matthew cuando éste —o más bien sus tropas— combatía en el monte. Entonces llegó el embajador chino con su esposa, una mujer delgada como un fideo, los dos sonriendo y estrechando manos. El subsecretario debía abrirse paso hacia ellos rápidamente, ya que allí donde estuviera el embajador tarde o temprano aparecería el Líder.

—Tendrá que disculparme —le dijo a Rose.

—¿Le importaría concederme una entrevista? ¿Quizás en su despacho?

—¿Puedo preguntar para qué? —inquirió con aspereza.

—La doctora que dirige el hospital de Kwadere es..., bueno, es prima mía —improvisó Rose—, y he oído que...

—Ha oído bien. Su prima debería tener más cuidado con las compañías que elige. Sé de fuentes fidedignas que trabaja para..., en fin, da igual para quién.

—Por favor, espere un momento, ¿qué es eso de que mi prima ha robado material de...?

El subsecretario, que no había oído nada al respecto, se enfadó con sus consejeros. Ese asunto resultaba irritante y no quería pensar en él. No tenía la menor idea de cómo solucionar el problema del hospital de Kwadere.

—¿De qué habla? —preguntó volviéndose mientras avanzaba entre la multitud—. Si eso es verdad, será castigada, que no le quepa la menor duda. Lamento oír que es pariente suya. —Enfiló sus pasos hacia la bella Gloria, que, envuelta en tul escarlata, lucía un collar de diamantes. ¿Y el Líder? Su esposa estaba haciendo los honores, de modo que por lo visto no se presentaría.

Rose se marchó discretamente y pasó por un café que era un nido de cotilleos y noticias. Allí informó de la recepción oficial, la ausencia del Líder y el tul escarlata y los diamantes de la Madre de la Nación, así como de los comentarios del subsecretario de Sanidad sobre el hospital de Kwadere. Había una funcionaría nigeriana, una mujer que había viajado a Senga para asistir a una conferencia sobre la Prosperidad de las Naciones, que cuando le hablaron de la espía de Kwadere comentó que desde su llegada sólo había oído hablar de espías, espías y más espías, y que su experiencia le dictaba que los espías y las guerras eran un recurso muy socorrido cuando la economía no marchaba bien, pues en su país ocurría lo mismo. Esto suscitó una animada discusión en la que pronto participaron todos los presentes. Uno de ellos, un periodista, había sido arrestado por espionaje y luego puesto en libertad.

Otros conocían a personas sospechosas de ser agentes y... Rose, oliéndose que hablarían de los espías sudafricanos durante toda la velada, se escabulló y fue a un restaurante situado a la vuelta de la esquina.

Dos hombres que la habían seguido desde el café sin que ella lo notara le pidieron permiso para compartir su mesa: el lugar estaba atestado. Rose, hambrienta y un poco achispada, encontró simpáticos a esos dos individuos, que le parecieron imponentes, aunque no sabía muy bien por qué. Cualquier ciudadano de Zimlia se habría percatado en el acto de que pertenecían al servicio de inteligencia, pero, por citar un práctico cliché, hacía tanto tiempo que los británicos no sufrían una invasión, que aún conservaban cierta inocencia. De hecho, Rose imaginó que esa noche debía de estar atractiva. En casi todos los países del mundo, es decir, en aquéllos con un servicio de inteligencia activo, cualquiera habría comprendido de inmediato la conveniencia de mantener la boca cerrada delante de aquellos tipos. En cuanto a éstos, lo que querían era saber cosas sobre Rose: ¿por qué había salido del café tan precipitadamente en cuanto se había tocado el tema de los espías?

—¿Saben algo del hospital de la misión de Kwadere? —preguntó—. Una prima mía es médico allí.

Acabo de hablar con el subsecretario de Sanidad y me ha contado que sospechan que es una agente sudafricana.

Los hombres cambiaron una mirada. Sabían lo de la doctora de Kwadere, porque su nombre constaba en la lista, pero no se habían tomado el asunto muy en serio. Por un lado, ¿qué daño podía hacer en aquel sitio dejado de la mano de Dios? Pero por otro, si el mismísimo subsecretario de Sanidad...

Ninguno de los dos hombres llevaba mucho tiempo en el servicio. Ambos habían conseguido sus puestos porque eran parientes de un ministro. No venían de los días previos a la liberación. Por lo general, los estados nuevos, incluso aquellos cuyo sistema de gobierno cambia por completo, mantienen intacto el servicio secreto, en parte porque los que suben al poder quedan fascinados por los amplios conocimientos de quienes hasta hace poco los espiaban a ellos, y en parte porque unos cuantos guardan secretos que preferirían no ver revelados. Aquellos dos aún no se habían hecho un nombre, por lo que necesitaban impresionar a sus superiores.

—¿Zimlia ha expulsado alguna vez a alguien acusado de ser espía? —quiso saber Rose.

—Oh, sí, muchas veces.

No era verdad, pero pensar que pertenecían a un servicio tan severo y competente hacía que se sintieran importantes.

—¿De veras? —preguntó Rose, emocionada, oliendo que allí había una noticia.

—Uno se llamaba Matabele Smith —dijo uno de los hombres.

—Matabele Bosman Smith —puntualizó el otro.

Una noche, en el café del que Rose acababa de salir, un grupo de periodistas que bromeaban sobre el bulo de los agentes extranjeros había inventado un espía cuyo nombre condensaba todas las características negativas —desde el punto de vista del actual Gobierno— que fueron capaces de imaginar entre todos. Habían descartado Whitesmith, que alguien sugirió por analogía con Blacksmith. Este personaje era un sudafricano que realizaba frecuentes viajes de negocios a Zimlia y había intentado hacer volar las minas de carbón de Hwange, la Casa de Gobierno, el nuevo estadio deportivo y el aeropuerto.

Había servido de entretenimiento a los parroquianos durante varias veladas, hasta que éstos perdieron el interés. Entretanto, la información había llegado a los archivos policiales. Los parroquianos del café habían acabado por emplear el nombre Matabele Bosman Smith para aludir a la obsesión por los espías, y los agentes que frecuentaban el lugar lo oían nombrar, pero nunca habían conseguido descubrir más

datos sobre él.

—¿Lo deportaron? —preguntó Rose.

Los hombres callaron y se miraron de nuevo.

—Sí, lo deportamos —respondió uno.

—Lo enviamos de vuelta a Sudáfrica —señaló el otro.

Al día siguiente Rose completó su nota: «Se sabe que Sylvia Lennox era amiga íntima de Matabele Bosman Smith, el espía sudafricano que fue deportado de Zimlia.»

A pesar de que el estilo general y la virulencia del artículo resultaban apropiados para la clase de periódicos que Rose solía usar en Inglaterra como receptáculos de sus genialidades, decidió enseñárselo antes a Bill Case y a Frank Diddy. Aunque ambos conocían el origen del célebre deportado, no le contaron nada. Rose no les caía bien. Hacía tiempo que abusaba de su hospitalidad. Además, les seducía la idea de que el famoso Smith recibiera una inyección de vida y les proporcionara un par de noches de diversión en el café.

La nota apareció en The Post, donde costaba que un párrafo incendiario destacara entre tantos otros.

Rose la envió también a World Scandals, y llegó a manos de Colin, de acuerdo con la regla según la cual siempre hay un alma caritativa dispuesta a informar a una persona de cualquier cosa negativa que se publique acerca de ella. Colin demandó al periódico de inmediato, pidiendo una importante compensación económica y una disculpa, pero, como suele suceder en esa clase de publicaciones, la retractación apareció en letras diminutas y en una sección donde pocas personas la verían. Lo de que calumniaran a Julia llamándola nazi no era nuevo, y en cuanto a la insinuación de que Sylvia era una espía, a Colin le parecía demasiado ridícula para preocuparse por ella.

El padre McGuire vio la nota en The Post, pero no se la enseñó a Sylvia. Sin embargo, Mandizi la leyó y la añadió al expediente de la misión de San Lucas.

Un día ocurrió algo que Sylvia había estado temiendo desde su llegada a la misión. Listo y Zebedee se presentaron en el hospital con una niña de la aldea que sufría una apendicitis aguda. El padre McGuire se había llevado el coche para ir a la antigua misión. Sylvia no consiguió hablar con los Pyne, ya que uno de los dos teléfonos no funcionaba. La niña necesitaba una intervención urgente. Sylvia había imaginado muchas veces una emergencia como aquélla u otra parecida, y había resuelto que no operaría. No podía.

Una cosa era realizar operaciones sencillas en las que se corrían pocos riesgos, pero si llegaba a producirse una fatalidad, se lanzarían sobre ella de inmediato.

En la choza que llamaban «el pabellón», los dos niños, con sus impecables camisas blancas (planchadas por Rebecca), el cabello perfectamente peinado, y las manos escrupulosamente lavadas, se arrodillaron a los lados de la niña y la contemplaron con los ojos arrasados en lágrimas.

—Está ardiendo —dijo Zebedee—. Tóquela.

—¿Por qué ha tardado tanto en venir? —preguntó Sylvia—. Si lo hubiera hecho ayer... ¿Por qué no vino? Siempre pasa lo mismo. —Su voz sonaba hosca y severa pero se debía al miedo que la embargaba—.

¿Os dais cuenta de lo grave que está?

—Le dijimos que viniera, se lo dijimos.

Si la niña fallecía de muerte natural nadie responsabilizaría a Sylvia, pero si ésta la operaba y resultaba que moría, le echarían la culpa. Listo y Zebedee miraron a la doctora con expresión de súplica.

La niña era prima suya, y también pariente de Joshua.

—Ya os he explicado que no soy cirujana, y sabéis lo que eso significa.

—Pero tiene que hacerlo —imploró Listo—. Por favor, por favor.

La niña tenía las rodillas flexionadas contra el estómago y no paraba de gemir.

—De acuerdo, traedme el cuchillo más afilado. Y agua caliente. —Se inclinó sobre la enferma y le susurró al oído—: Reza, rézale a la Virgen. —Sabía que era católica, pues la había visto en la pequeña iglesia. Su sistema inmunitario iba a necesitar toda la ayuda posible.

Los chicos le trajeron los instrumentos. La niña no yacía en la «mesa de operaciones», pues no convenía moverla, sino bajo el techo de paja, cerca del suelo de tierra. Las condiciones no podían ser peores.

Sylvia le pidió a Listo que sujetase un paño empapado en cloroformo (que reservaba para casos de emergencia) lo más lejos posible de su rostro, que debía mantener vuelto hacia un lado. Le indicó a Zebedee que sostuviese la palangana con los instrumentos a una distancia considerable del suelo y procedió a operar en cuanto la niña dejó de gemir. No intentaría practicar el corte en forma de cruz que les había descrito a los niños.

—Estoy haciendo una incisión que ya no se practica. Cuando estudiéis, descubriréis que esta clase de corte largo está obsoleta.

En cuanto hubo cortado descubrió que era demasiado tarde. El apéndice había estallado y había pus y materia fecal por todas partes. No disponía de penicilina. Así que limpió la zona, cosió la larga herida y dijo:

—Me temo que va a morir.

Los niños lloraron desconsoladamente; Listo con la cabeza sobre las rodillas, Zebedee con la frente contra la espalda de aquél.

—Tendré que informar de lo que he hecho —añadió Sylvia.

—No diremos nada —murmuró Listo—. No se lo contaremos a nadie.

Zebedee la tomó de las manos, que estaban cubiertas de sangre.

—Ay, Sylvia, ay, doctora —se lamentó—. ¿Se meterá en problemas ?

—Vosotros también os meteréis en problemas si no digo nada y alguien se entera de que lo sabíais.

Debo informar. —Subió la cinturilla de la falda de la niña y le bajó la blusa. Estaba muerta. Tenía doce años—. Avisadle al carpintero que necesitaremos un ataúd.

Llegó a la casa poco después de que regresara el padre McGuire, y le refirió lo sucedido.

—Debo comunicárselo al señor Mandizi.

—Sí. ¿Me equivoco, o te advertí que esto podía ocurrir?

—Es verdad, me lo advirtió.

—Llamaré a Mandizi y le pediré que venga.

—El teléfono no funciona.

—Enviaré a Aaron en su bicicleta.

Sylvia regresó al hospital, ayudó a colocar a la niña en el ataúd y fue a ver a Joshua a su árbol para comunicarle que la pequeña había muerto. El viejo tardaba bastante en asimilar la información, y Sylvia no quería esperar a que la maldijera, lo cual haría con toda seguridad: siempre la maldecía, no hacía falta que se lo predijera ningún adivino. Luego pidió a los chicos que avisaran en la aldea que esa tarde no iría, pero que ellos escucharían leer a la gente y corregirían los ejercicios de escritura.

En la casa, el padre McGuire estaba bebiendo té.

—Sylvia, querida, creo que deberías tomarte unas pequeñas vacaciones.

—¿De qué serviría?

—Te ayudaría a olvidar lo sucedido.

—¿Cree que alguna vez lo olvidaré? —Ante el silencio de él, añadió—. ¿Y adonde iría, padre? Este es mi hogar, y además la gente me necesitará hasta que construyan el otro hospital.

—Veamos qué opina el señor Mandizi.

Últimamente Mandizi se mostraba amigable, hacía tiempo que no se mostraba grosero ni desconfiado, pero esta vez tendría que asumir el papel de un funcionario obligado a cumplir con su deber.

Cuando llegó, lo único que reconocieron de él fue su nombre. Era Mandizi, y así se presentó, y sin embargo sólo vieron a un hombre terriblemente enfermo.

—¿No debería estar en la cama, señor Mandizi?

—No, doctora. Puedo realizar mi trabajo. En mi cama está mi esposa, y muy enferma. Los dos juntos, el uno al lado del otro... No, creo que no me gustaría.

—¿Les han hecho análisis?

Mandizi tardó unos instantes en responder. Finalmente soltó un suspiro y dijo:

—Sí, doctora, nos han hecho análisis.

En ese momento entró Rebecca con la carne, los tomates y el pan para el almuerzo.

—¡Qué pena, ay, qué pena, señor Mandizi! —exclamó horrorizada al ver al funcionario.

Como Rebecca siempre había sido una mujer delgada, menuda y de cara huesuda, Mandizi no reparó en que también ella estaba enferma, de manera que se sentó a la mesa como un condenado en un banquete rodeado de gente saludable.

—Lo lamento mucho, señor Mandizi —agregó Rebecca, y regresó a la cocina, llorando.

—Ahora cuéntemelo todo, doctora Sylvia.

Ella le explicó lo ocurrido.

—¿La niña habría muerto si no la hubiese operado?

—Sí.

—¿Existía alguna posibilidad de salvarla?

—Una muy pequeña. Mínima. Verá, no tengo penicilina porque se terminó y...

Mandizi hizo un ademán con la mano que ella conocía bien; «No me critique por cosas que no puedo resolver», significaba.

—Tendré que informar al hospital.

—Desde luego.

—Es probable que soliciten una autopsia.

—Entonces más vale que se den prisa. La niña ya está en el ataúd. ¿Por qué no dice sencillamente que fue culpa mía? No soy cirujano.

—¿Es una operación difícil?

—No, es una de las más sencillas.

—¿Un cirujano de verdad habría hecho las cosas de otra manera?

—No, no lo creo.

—No sé qué decir, doctora Sylvia.

Saltaba a la vista que Mandizi deseaba añadir algo. Estaba sentado con la cabeza gacha, pero la alzó para observarla con recelo, y luego cambió una mirada con el cura. Sylvia se percató de que los dos sabían algo que ella ignoraba.

—¿Qué pasa? —preguntó.

—¿Quién es ese amigo suyo, ese tal Matabele Bosman Smith?

—¿Quién?

Mandizi exhaló un suspiro. El contenido de su plato seguía intacto, al igual que el de Sylvia. El padre McGuire estaba ceñudo, pero comía. Mandizi apoyó la cabeza en una mano.

—Doctora Sylvia —dijo—, sé que no hay muti para lo que yo padezco, pero me dan unos dolores de cabeza muy fuertes; no sabía que la cabeza pudiera llegar a doler tanto.

—Tengo algo para aliviarlos. Le daré unas pildoras antes de que se vaya.

—Gracias, doctora, pero debo decirle algo... Hay algo... —Mandizi miró de nuevo al sacerdote, que hizo un gesto de asentimiento—. Van a cerrar su hospital.

—¡Pero si la gente lo necesita! —exclamó Sylvia.

—Pronto tendremos un hospital nuevo...

A ella se le iluminó la cara, pero de inmediato advirtió que el funcionario sólo trataba de animarse un poco, así que asintió.

—Sí, estoy seguro. Sí, ésa es la situación.

—Vale —dijo Sylvia.

—Vale —dijo Mandizi.

Una semana después recibieron una breve carta escrita a máquina y dirigida al padre McGuire, ordenándole que cerrase el hospital «sin dilaciones». Esa misma mañana llegó un policía en moto. Era un joven negro de unos veinte o veintiún años, ostensiblemente incómodo en el papel de la autoridad. El padre McGuire lo invitó a sentarse, y Rebecca preparó té para los dos.

—Bien, ¿qué puedo hacer por usted, hijo?

—Estoy buscando objetos robados.

—Ya entiendo. Bueno, no los encontrará en esta casa.

Rebecca permanecía de pie junto al aparador, callada. El policía se dirigió a ella.

—Tal vez la acompañe a su casa y los busque allí.

—Hemos visto el hospital nuevo —repuso Rebecca—. Está invadido por jabalíes.

—Yo también he estado allí. Sí, hay jabalíes, e incluso mandriles. —El policía rió, se contuvo y suspiró

—. Pero aquí hay un hospital, y tengo órdenes de registrarlo.

—El hospital está cerrado.

El sacerdote le entregó la carta oficial y el policía la leyó.

—Si está cerrado, no veo cuál es el problema —dijo.

—Yo tampoco.

—Creo que debo ir a hablar con el señor Mandizi.

—Buena idea.

—Pero no se encuentra bien —puntualizó el policía—. El señor Mandizi está enfermo, y me parece que pronto tendremos un sustituto. —Se levantó sin mirar a Rebecca, cuya casa habría debido registrar. La moto se alejó rugiendo en la tranquilidad del monte.

Se suponía que Sylvia estaba obligada a cerrar el hospital.

Había pacientes en las camas, y Listo y Zebedee les administraban las medicinas.

—Me voy a Senga a ver al compañero ministro Franklin —le informó Sylvia al padre McGuire—. Era amigo nuestro. Solía pasar las vacaciones con nosotros. Fue compañero de clase de Colin.

—Ah. No hay nada más irritante que reencontrarse con la gente que uno conoció antes de convertirse en ministro.

—Aun así lo intentaré.

—¿No sería conveniente que te pusieras un vestido bonito y limpio?

—Creo que sí. —Sylvia se encerró en su habitación y salió al cabo de un rato con la ropa que tenía para las grandes ocasiones: un conjunto de lino verde.

—Y tal vez deberías llevar un camisón, o lo que sea que necesites para pasar la noche fuera —señaló el padre McGuire.

Ella entró de nuevo en su cuarto y reapareció con un bolso.

—¿Quieres que llame a los Pyne y les pregunte si planeaban ir a Senga?

Edna Pyne dijo que se alegraba de tener una excusa para salir de la maldita hacienda, y en media hora se plantó en la casa. Sylvia subió al coche y se despidió del padre McGuire agitando la mano.

—Hasta mañana. —Y así Sylvia emprendió un viaje del que no regresaría hasta varias semanas después.

Edna, que fue desgranando quejas durante todo el trayecto, le dijo en cierto momento que tenía que contarle algo increíble, algo que en teoría no debía mencionar, pero le resultaba imposible guardárselo.

Uno de esos sinvergüenzas había abordado a Cedric para asegurarle que si le entregaba sus tierras «ya mismo», le ingresarían en su cuenta bancaria de Londres una cantidad equivalente a la tercera parte de su valor real.

Sylvia asimiló la noticia y soltó una carcajada.

—Eso es, ríete. Es lo único que podemos hacer. «Acepta y larguémonos», le digo a Cedric, pero se niega a conformarse con la tercera parte de lo que vale la granja, porque según él la represa por sí sola incrementará en un cincuenta por ciento el valor de la propiedad. Yo quiero irme de una vez. No soporto esa maldita hipocresía. Me ponen enferma. —Edna continuó hablando durante todo el camino hasta Senga, donde dejó a Sylvia enfrente de las oficinas del Gobierno.

Cuando Franklin se enteró de que Sylvia Lennox quería verlo, sintió pánico. Aunque había contemplado la posibilidad de que intentara ponerse en contacto con él no la esperaba tan pronto. Hacía una semana que había firmado la orden de clausura del hospital. Trató de ganar tiempo: «Dile que estoy reunido.» Sentado a su escritorio, con las palmas de las manos hacia abajo, miró con expresión de pesadumbre la pared en la que colgaba el retrato del Líder, que adornaba todos los despachos oficiales de Zimlia.

Aquella casa del norte de Londres, donde solía pasar sus vacaciones escolares, aparecía en sus recuerdos como un lugar bendito, como un árbol de frondosa sombra, un sitio completamente desvinculado de lo que había vivido antes o después. Había sido su hogar cuando no lo había tenido, una fuente de cordialidad cuando más la había necesitado. La anciana, esa terrible nazi, le había parecido una especie de secretaria que entraba y salía, aunque nunca le había prestado demasiada atención. A pesar de todo, jamás había oído una palabra a favor de los nazis en aquella casa, ¿o sí? Y allí había conocido a la pequeña Sylvia, con sus brillantes rizos rubios y su carita de ángel. En cuanto a Rose Trimble, sonreía cada vez que pensaba en ella; era una auténtica canalla, pero no podía quejarse, porque le había sido de utilidad. Y ahora había escrito esa espantosa nota sobre... Al igual que él, se había hospedado en aquella casa, ¿no? Sin embargo, había pasado mucho más tiempo allí que él, por lo que sin duda escribía con conocimiento de causa. Aun así lo que recordaba era amabilidad, risas, buena comida y sobre todo a Frances, que se había comportado con él como una madre. Las cosas habían sido muy distintas más adelante, cuando se había alojado en la casa de Johnny, un piso no demasiado grande que no tenía nada que ver con la casona donde Colin se había mostrado tan amable, y que siempre estaba llena de gente de todas partes, estadounidenses, cubanos, suramericanos, africanos... El piso de Johnny había servido de aula para su formación revolucionaria. Recordaba al menos a dos negros compatriotas (con nombres falsos) que se habían entrenado en Moscú para la guerra de guerrillas. Finalmente habían venido y gracias a hombres como aquéllos él estaba sentado ahí en ese momento, detrás de ese escritorio, convertido en ministro. No había vuelto a verlos, aunque solía buscarlos con la vista en los mítines y las reuniones importantes. Seguramente habían muerto. Y de pronto ocurría algo desconcertante. Sabía lo que se decía de la Unión Soviética, desde luego, no era uno de esos inocentones que jamás salían de Zimlia. El término «comunista» empezaba a emplearse como una especie de insulto; aunque eso sucedía en otros sitios, no ahí, donde a uno le bastaba con pronunciar la palabra «marxismo» para congraciarse con sus antepasados. (Por otro lado, ¿qué pintaban ellos en ese asunto?) Había también un hecho curioso: la casa de Londres se le antojaba más cercana a la paz y la tranquilidad de la choza de sus abuelos en la aldea (que casualmente no quedaba lejos de la misión de San Lucas) que cualquier otro sitio que hubiese conocido desde entonces. No obstante, la carpeta que estaba sobre el escritorio contenía un artículo muy desagradable. Su resentimiento hacia Sylvia aumentaba por momentos. ¿Por qué había hecho esas cosas malas? Había robado material del hospital nuevo, practicado operaciones cuando no estaba autorizada para ello y ocasionado la muerte de una paciente. ¿Qué esperaba que hiciera él? De hecho, su hospital nunca había sido legal. «La misión decide montar un hospital, trae a un médico, en el expediente no consta que solicitasen o les concediesen permiso alguno... —pensó—. Estos blancos vienen aquí y hacen lo que les da la gana. No han cambiado, siguen...»

Mandó pedir unos bocadillos para el almuerzo, temeroso de que Sylvia estuviese esperándolo fuera, y cuando llegó la segunda solicitud de ésta —«Por favor, Franklin, necesito verte», había garabateado en un sobre; ¿quién se creía que era para tratarlo así?— ordenó que le dijeran que había salido para atender un asunto urgente.

Se acercó a la ventana, levantó una lama de la cortina veneciana y la vio pasar. Los vehementes reproches que podría haber dirigido a la Vida Misma, no sin razón, se concentraron en la espalda de Sylvia con tanta intensidad que ella debió de percibirlos: la pequeña Sylvia, el pequeño ángel, tan presente y radiante en la memoria de Franklin como un santo en una estampa, se había transformado en una mujer madura con el cabello opaco y castigado recogido con un lazo negro, no muy distinta de las arrugadas señoras blancas que tanto le repelían y a quienes evitaba mirar. Se apoderó de él la sensación de que ella lo había traicionado. Incluso derramó unas lágrimas mientras sujetaba la lama y observaba a Sylvia, esa mancha verde, fundirse con el gentío de la calle.

Sylvia fue directamente hacia un alto y distinguido caballero que la abrazó.

—Mi querida Sylvia. —Era Andrew, acompañado por una sonriente mujer de gafas oscuras y boca muy roja. ¿Italiana? ¿Española?—. Ésta es Mona —la presentó—. Nos hemos casado. Me temo que está conmocionada por el caos de las calles de Senga.

—Tonterías, cariño. Es un sitio muy bonito.

—Americana —explicó Andrew—. Es una modelo famosa. Y preciosa, como ves.

—Sólo cuando estoy maquillada—repuso Mona, se excusó porque quería dormir un poco y estaba segura de que tenían mucho de que hablar.

—La altitud la está afectando mucho. —Andrew la besó cariñosamente y le hizo una seña de que entrase en el hotel Butler, que se alzaba a unos pasos de allí.

A Sylvia le sorprendió que dos mil metros de altitud pudieran afectar a alguien, pero le daba igual: ahí estaba Andrew, e iban a sentarse a charlar, dijo él señalando un café cercano. Y hacia allí se dirigieron, cogidos de la mano, y mientras esperaban a que llegasen los refrescos Andrew le pidió que lo pusiese al día.

Sylvia se disponía a hablar, pensando que se hallaba ante un hombre importante y que una sola palabra suya tal vez consiguiera anular la orden de clausura del hospital, cuando un grupo de personas bien vestidas entró en el café. Él las saludó, y ellas a él, y todos se pusieron a bromear sobre la conferencia que los había llevado a Senga.

—Es la mejor de las nuevas sedes, pero no es exactamente las Bermudas —comentó alguien.

Sylvia no sabía que estaban promocionando a Senga como sede para toda clase de reuniones internacionales, y al ver a esa gente alegre e inteligente se percató de hasta qué punto las graves necesidades de Kwadere la habían inhabilitado para participar en esa clase de conversaciones.

Andrew le sonreía a menudo, sin soltarle la mano, y en cierto momento insinuó que quizá no estuvieran en el sitio más indicado para hablar. Llegaron más delegados y siguieron bromeando, ahora sobre las reducidas dimensiones del local, equiparándolo en cierto modo a la falta de refinamiento de Zimlia. Aquellos expertos en todo lo imaginable, en este caso «la Ética de la Cooperación Internacional», semejaban niños comparando las fiestas que sus respectivos padres habían celebrado recientemente.

Había tanto ruido, risas y alborozo que Sylvia le suplicó a Andrew que la dejase marchar. Él le dijo que esperaba verla en la cena de esa noche.

—Ofrecen una gran cena para despedir a los asistentes a la conferencia, y debes venir.

—No tengo ningún vestido apropiado.

El la miró de arriba abajo con indulgencia.

—No se exige traje de noche; estarás bien así.

Sylvia debía buscar un sitio donde pasar la noche. Se había ido de la misión sin dinero suficiente, y se reprochó el haber salido de manera tan precipitada, improvisada e insensata. Todo había sucedido en una especie de trance: recordaba que el padre McGuire había asumido el mando. ¿Había estado enferma? ¿Lo estaba ahora? No se sentía la de siempre, significara eso lo que significase, porque si no era la doctora Sylvia que todo el mundo conocía en el hospital, ¿quién era?

Llamó a la hermana Molly y le pidió que le dejase pasar la noche con ella. Fue en taxi hasta su casa, donde fue bien recibida y escuchó burlas más bien inofensivas sobre la Ética de la Cooperación Internacional y otras conferencias parecidas.

—No hacen más que hablar —masculló la hermana Molly—. Les pagan para que viajen a un lugar bonito y suelten una sarta de sandeces increíbles.

—Yo no diría que Senga es un lugar bonito.

—No, es verdad, pero todos los días salen a ver los leones, las jirafas y los encantadores monos, y estoy segura de que ni siquiera reparan en que la sequía está asolando los campos.

Sylvia le habló de la cena de esa noche y dijo que no había llevado más ropa que la que tenía puesta.

Molly contestó que era una pena que fuese al menos cuatro tallas más grande que ella, pues de lo

contrario le habría dejado su único vestido, pero que se ocuparía personalmente de que el traje que lucía estuviese limpio y planchado para las seis de la tarde. Sylvia, que había olvidado las ventajas de la civilización, sintió una emoción quizás exagerada, se quitó el traje, se acostó en la pequeña cama de hierro, igual que la que tenía en la misión, y se quedó dormida. La hermana Molly permaneció a su lado durante unos minutos, con el traje verde colgando de un brazo y una cara de curiosidad benevolente, juiciosa y experimentada: a fin de cuentas se pasaba la vida evaluando personas y situaciones de un extremo al otro de Zimlia. No le gustó lo que vio. Se inclinó con la intención de examinar los rasgos de Sylvia, la sudorosa frente, los labios secos, la piel sonrosada, y le levantó una mano para observar su muñeca y comprobar el pulso, visiblemente acelerado.

Cuando Sylvia despertó, su traje estaba colgado de la puerta, impecablemente planchado y prendido con alfileres. En la silla había una selección de bragas y una combinación de seda —«Hace siglos que me vienen pequeñas», dijo Molly—, así como unos elegantes zapatos. Sylvia se mojó el pelo para quitarse el polvo, se vistió, se calzó preguntándose si aún sería capaz de caminar sobre tacones y cogió un taxi hacia el Butler. Sentía que le había dado fiebre, pero como no era el momento más oportuno para ponerse enferma, decidió que se encontraba bien.

A las puertas del hotel Butler, personas de todas las nacionalidades charlaban, se saludaban agitando la mano, reanudaban conversaciones que quizá fueron interrumpidas en Bogotá o Varanasi. Andrew la aguardaba en la escalinata de la entrada. A su lado, Mona lucía un vaporoso vestido rosa que la asemejaba a esa variedad de tulipán de pétalos irregulares que parece hecho de luz cristalizada. Sylvia sabía que Andrew estaba inquieto por su aspecto, porque aunque el vestido de noche no era obligatorio, ninguna de las mujeres presentes iba menos elegante que ella. No obstante, le sonrió como diciendo:

«Estás bien», y la tomó del brazo. Los tres subieron por una escalera lo bastante majestuosa para formar parte del decorado de una película, aunque de un gusto soberbio. Llegaron a una terraza donde una fuente y pequeños árboles en flor impregnaban el crepúsculo de frescura. Las luces procedentes del interior se reflejaban en una cara, en el resplandor de un traje blanco, en el brillo de un collar. Todo el mundo saludaba a Andrew: qué popular era ese elegante y distinguido caballero de pelo cano, sin duda digno de la atractiva joven que estaba con él, como demostraba el hecho de que se hubieran casado.

Cuando entraron, vieron que la cena se celebraría en un salón privado pero lo bastante amplio para el centenar de invitados. El lugar conseguía a la perfección lo que sus diseñadores se habían propuesto: que los privilegiados que se reunieran en él fuesen incapaces de distinguir si estaban en Varanasi, en Bogotá o en Senga.

Aunque Sylvia reconoció algunos rostros del café donde habían estado esa mañana, a otros tuvo que mirarlos dos veces. Sí, Dios santo, ahí estaba Geoffrey Bone, tan apuesto como siempre, y a su lado la cabellera llameante, ahora bien peinada y de un rojizo más tenue, de Daniel, su sombra. Y aquél era James Patton. En ocasiones hay que esperar décadas para comprender el destino que la Naturaleza le reserva a ciertas personas desde un primer momento: en este caso, James había alcanzado su apogeo como hombre del pueblo, afable y amistoso, agradablemente robusto, siempre listo para tender la mano derecha y estrechar la de cualquiera que se cruzase en su camino. Helo ahí, un diputado con un seguro escaño laborista, y en esta oportunidad invitado por Cooperación Internacional, gracias a Geoffrey. Y Jill..., sí, Jill, una mujer gorda con el cabello gris y un peinado de peluquería, concejala de un distrito de Londres conocido por la mala administración de sus fondos, aunque, desde luego, la palabra «corrupción» jamás se asociaría con esa responsable ciudadana que había dejado tan atrás sus días de revueltas, luchas contra la policía y manifestaciones ante la embajada estadounidense que sin duda ya los había olvidado o comentaba al respecto: «Ah, sí, en un tiempo fui rojilla.»

No sentaron a Sylvia junto a Andrew, que estaba en la cabecera flanqueado por dos personalidades suramericanas, sino al lado de Mona, varios sitios más allá. Sylvia se sentía tan invisible como un anónimo pajarillo pardo al lado de un pavo real, porque la gente no quitaba ojo a Mona, conocida por cualquiera que supiese algo del mundo de la moda. ¿Y qué hacía Mona allí? Explicó que había asistido a la conferencia en calidad de ayudante personal de Andrew y luego, entre risas, le dio la enhorabuena a Sylvia por su nuevo cargo de secretaria de éste, ya que así la presentaba él a todo el mundo. Sylvia permaneció callada, observando, figurándose qué aspecto ofrecerían Listo y Zebedee con los bonitos uniformes de los risueños camareros, con su maravilloso contraste entre el rojo y el blanco y la piel morena. Sabía lo mucho que habrían tenido que bregar, intrigar y suplicar esos jóvenes para conseguir su empleo, y hasta qué punto se habrían sacrificado sus padres para que pudieran servir a esas estrellas internacionales unos platos que jamás habían oído nombrar hasta que entraron a trabajar en este hotel.

Le dieron a elegir entre colas de cocodrilo con salsa rosa y palmitos importados del sureste asiático, pero el corazón de Sylvia no paraba de llorar, silenciosamente, mientras ella permanecía sentada junto a la hermosa mujer de Andrew. El matrimonio no duraría, bastaba con fijarse en el modo en que se presentaban, con la elegante complacencia de unos gatos bien alimentados, para saber que Mona lo había aceptado quizá por la sencilla razón de que le divertía molestar a los hombres jóvenes diciendo: «Siempre me han gustado los maduros»; y Andrew, que a pesar de haber tenido una docena de «amigas» famosas había sido objeto de las inevitables habladurías por no contraer matrimonio, finalmente había decidido dejar las cosas claras y allí estaba, con su esposa jovencísima.

Sylvia miró alrededor, abatida, porque el hospital estaba cerrado aunque en la aldea había mucha gente enferma, con algún miembro roto, o... por lo menos treinta o cuarenta personas necesitaban ayuda cada día; recordó la falta de agua, el polvo, el sida; no podía ahuyentar esos viejos pensamientos, que la

rondaban demasiado a menudo y sin ningún propósito. Imaginó los angustiados rostros de Listo y Zebedee, que habían soñado con ser médicos... Qué mal había hecho las cosas. Sí, debía de haberlas hecho muy mal para que todo acabase de ese modo.

Mona charlaba con el hombre situado a su izquierda de sus humildes orígenes en un suburbio de Quito: la había descubierto un delegado que había asistido a una conferencia sobre las costumbres del mundo. Le confesó a su compañero de mesa que le horrorizaba Zimlia, en cuyas calles veía demasiadas cosas que le recordaban el sitio de donde había escapado.

—En realidad, lo que más me gusta es Manhattan. Lo tiene todo, ¿no? ¿Quién querría irse de allí?

De pronto todo el mundo se puso a hablar de la siguiente conferencia anual: asistirían doscientos delegados, duraría una semana y trataría sobre todo de «Las perspectivas y las repercusiones de la pobreza». ¿Dónde la celebrarían? La delegada de India, una atractiva mujer de sari rojo, sugirió Sri Lanka; habría que andarse con cuidado con los terroristas, pero no había en el mundo un lugar más hermoso. Geoffrey Bone contó que había pasado tres días en Río, durante un congreso sobre «La ecoestructura amenazada del mundo», y que había un hotel...

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