El sueno mas dulce
—Ay, mi pobre niña; no comes, no te cuidas.
Este capítulo es largo, así que está dividido en 3 partes.
—Me encuentro bien —repuso Sylvia—. Todo el mundo come en exceso.
A pesar de esa reprimenda, Frances les ofreció más guiso.
Johnny no se presentó solo. Lo acompañaba James. Ambos llevaban cazadoras negras de cuello Mao y botas de cuero del ejército. Johnny, que había estado en Cuba recientemente, lucía una bufanda con los colores de la bandera cubana. James se había convertido en un hombre corpulento, risueño y afable, el clásico buenazo. ¿Cómo no iban a alegrarse de verlo? Abrazó a Frances, dio una palmada en la espalda a Andrew y otra a Colin, besó a Sophie, estrechó en sus brazos a la rígida Sylvia y saludó a Julia levantando el puño, aunque sólo hasta el hombro, en una versión modificada para las reuniones sociales.
—Me alegro de estar aquí—dijo y se sentó en una silla vacía, rebosante de expectación. Johnny tomó asiento a su lado, pero como si estar al mismo nivel que los demás lo rebajase, se levantó y ocupó su antiguo puesto junto a la ventana.
—Ya he comido —dijo—. ¿Qué tal te encuentras, Mutti?
—Ya lo ves.
James empezó a comer con voracidad.
—No sabes lo que te pierdes —le aseguró a su guía y mentor. Al oír su acento cockney, Julia chascó la lengua con irritación.
Johnny titubeó y luego se sentó en el instante mismo en que Frances, que ya lo había previsto, le ponía el plato delante.
—Esto es importante —dijo Sylvia—. Johnny, James, estamos manteniendo una discusión seria.
—¿Cuándo no son serias las discusiones? —preguntó Johnny. Había saludado a sus hijos con un gesto al entrar, y le pidió a Andrew—: Pásame el pan.
—La vida, como todos sabemos, es intrínsecamente seria —apostilló Colin.
—Cada día más, según mi experiencia —apuntó Andrew.
—Basta —los riñó Sylvia—. Hemos invitado a Johnny por una razón.
—¡Dispara! —exclamó Johnny.
—Un grupo de médicos jóvenes, entre los que me cuento, ha constituido una comisión. Llevábamos un tiempo preocupados, pero el detonante fue una carta que alguien trajo de la Unión Soviética...
Johnny dejó el cuchillo y el tenedor con gesto dramático y alzó una mano para interrumpirla. Sin hacerle caso, Sylvia prosiguió:
—Es de un grupo de médicos soviéticos. Dicen que se han producido accidentes en las plantas nucleares y que han muerto muchas personas. Grandes extensiones del país quedaron contaminadas por la lluvia radiactiva...
—No me interesa oír propaganda antisoviética—la atajó Johnny y se colocó de nuevo junto a la ventana, sin haber terminado su plato; James abandonó el suyo de mala gana y se situó junto a su capitán y teniente.
—La carta la trajo alguien que fue allí con una delegación —continuó Sylvia—. La sacó clandestinamente y así llegó a nosotros. Es auténtica.
—En primer lugar —dijo Johnny en tono cada vez más áspero—, los camaradas de la Unión Soviética son responsables y no permitirían que hubiera fallos en sus instalaciones nucleares. En segundo lugar, no estoy dispuesto a oír información que evidentemente procede de fuentes fascistas.
—Dios santo —exclamó Sylvia—. ¿No te avergüenzas de ti mismo, Johnny? Siempre con la misma cantinela que todo el mundo conoce...
—¿Y quién es todo el mundo? —preguntó él, burlón.
—Yo quiero saber por qué tus..., tus masas... insisten en que es un delito que el Gobierno y la familia
real se protejan en caso de guerra. No lo entiendo —terció Julia.
—Es muy sencillo —repuso Andrew—. Detestan a cualquiera que tenga autoridad.
—Y con razón —señaló James, entre risas, y repitió—: Y con razón.
—Son como niños —declaró Julia—. Como niños tontos, y ejercen tanta influencia... Si hubierais vivido una guerra, no diríais esas tonterías.
—Olvida que el camarada Johnny luchó en la guerra civil española —apuntó James.
Se hizo el silencio. Los jóvenes sabían poco de las antiguas hazañas de Johnny, y hacía tiempo que los mayores intentaban olvidarlas. Johnny se limitó a bajar la vista con expresión de modestia y a continuación asintió, recuperando el control.
—Si estalla la bomba, será el fin de todos los habitantes del planeta.
—¿Qué bomba? —preguntó Julia—. ¿Por qué habláis siempre de la bomba, la bomba?
—No debemos preocuparnos por la Unión Soviética, sino por las bombas americanas —afirmó él.
—Vamos, Johnny, me gustaría que hablaras en serio —lo reconvino Sylvia—. No paras de decir disparates.
Johnny empezaba a perder la paciencia ante las provocaciones de aquella niñata insignificante.
—No me dicen eso a menudo.
—Eso es porque sólo te juntas con gente que también dice disparates —espetó Colín.
Frances, que permanecía callada porque desde el momento en que Johnny había entrado sabía que la conversación distaría de ser sensata, estaba retirando los platos y repartiendo boles con crema de limón, mousse de albaricoque y nata. Al reparar en ello, James emitió un auténtico rugido de gula y volvió a su sitio en la mesa.
—¿Quién prepara postres en los tiempos que corren? —preguntó Johnny.
—Sólo nuestra querida Frances —dijo Sophie, interviniendo por fin.
—Y eso excepcionalmente —apuntó Frances.
—De acuerdo, Johnny—concedió Sylvia—, supongamos que en la Unión Soviética nunca se produjeron esos terribles accidentes...
—Por supuesto que no.
—¿En qué se basa vuestra objeción a que se proteja a la gente de este país de la lluvia radiactiva? Ni siquiera estáis de acuerdo en que los ciudadanos reciban información sobre cómo proteger sus casas.
Estáis en contra de cualquier medida preventiva. No lo entiendo. Ninguno de nosotros lo entiende. En cuanto se menciona este tema todos ponéis el grito en el cielo.
—Porque aceptar que se construyan refugios equivale a dar por sentado que la guerra es inevitable.
—Eso no es lógico —protestó Julia.
—No para una mente normal —convino Rupert.
—Todo se reduce a lo siguiente —dijo Sylvia—: Por culpa vuestra y de vuestra organización, ningún gobierno de este país se atrevería a insinuar siquiera que es necesario proteger a la población. La Campaña por el Desarme Nuclear Unilateral tiene tanto poder que el Gobierno está asustado.
—Eso es verdad —intervino James—. Y más les vale.
—¿Por qué hablas con ese acento tan desagradable? —le recriminó Julia—. Lo encuentro innecesario.
—Si no hablas con ese acento desagradable, te consideran un niño bien —aclaró Colin con acento afectado—, y en este país libre no consigues empleo. Otra tiranía.
Johnny y James hicieron ademán de marcharse.
—Me voy al hospital —anunció Sylvia—. Al menos allí es posible mantener conversaciones inteligentes.
—Me gustaría ver la carta de la que hablas —dijo Johnny.
—¿Por qué? Ni siquiera estás dispuesto a discutir su contenido.
—Es evidente que quiere informar de él a la embajada soviética —se burló Andrew—. Así podrán investigar su procedencia y fusilar o mandar a los campos de trabajos forzados a quienes la hayan escrito.
—Esos campos no existen —declaró Johnny—. Si alguna vez existieron, o si existió algo parecido, lo que se ha dicho al respecto es exagerado. Pero ahora no existen.
—¡Dios! —exclamó Andrew—. Eres un plasta, de verdad.
—Los plastas no son peligrosos —replicó Julia—, y Johnny y sus amigos lo son.
—Eso es cierto —convino Wilhelm con la amabilidad de costumbre—. Sois muy peligrosos. ¿No os dais cuenta de que si se produjera un accidente nuclear aquí, en este país, si algún loco arrojase una bomba o, peor aún, si hubiera una guerra, morirían millones de personas por culpa vuestra?
—Bueno, gracias por el tentempié —dijo Johnny.
—Y gracias a ti por nada —soltó Sylvia, al borde de las lágrimas—. Debería haber sabido que no
serviría de nada hablar contigo.
Los dos hombres se marcharon. Andrew y Sophie se fueron tomados por la cintura. Ni a ellos ni a los demás les pasó inadvertida la sonrisa irónica de Colin al verlos de esa manera.
—Bueno, la cuestión es que hemos creado una comisión —concluyó Sylvia—. Por el momento es sólo para médicos, aunque pensamos ampliarla.
—Apúntanos a todos —dijo Colin—, pero prepárate para encontrar cristales en tu copa y sapos en tu buzón.
Sylvia abrazó a Julia y se marchó.
—¿No os parece increíble que esa gentuza estúpida tenga tanto poder? —preguntó Julia casi llorando, afectada por la rápida despedida de Sylvia.
—No —dijo Colin.
—No —dijo Frances.
—No —dijo Wilhelm Stein.
—No —dijo Rupert.
—Pero estamos en Inglaterra, estamos en Inglaterra... —protestó Julia.
Sólo quedaban Frances, Rupert, Colin y el perro. Un pequeño problema: Rupert quería pasar la noche en la casa, y Frances, que quería que se quedase, no podía evitar temer la reacción de Colin.
—Bueno —dijo Colin con evidente esfuerzo—, creo que es hora de que os vayáis a la cama. —Parecía que estuviera autorizándolos a hacerlo. Empezó a provocar al perro hasta que éste ladró—. Lo veis. Él siempre tiene la última palabra.
Un par de semanas después, Frances, Rupert, Julia y Wilhelm asistieron a una reunión convocada por los jóvenes médicos. Había unas doscientas personas. Sylvia fue la primera en hablar, y lo hizo bien.
Luego tomaron la palabra otros médicos. Unos treinta miembros de la oposición, que se habían enterado del mitin, los interrumpían con abucheos y gritos de: «¡Fascistas!», «¡Belicistas!», «¡Agentes de la CÍA!»
Algunos eran de The Defender. Cuando el grupo salió, algunos jóvenes que aguardaban en la puerta rodearon a Wilhelm y lo arrojaron contra una verja. Al principio pensaron que el viejo sólo estaba conmocionado, pero el hecho es que le habían roto varias costillas. Lo llevaron a casa de Julia y lo metieron en la cama. «Ah, querida —resolló, con voz de anciano—, mi querida Julia, por fin he conseguido lo imposible: estoy viviendo contigo.» Así fue como los demás se enteraron de que quería vivir con Julia.
Lo instalaron en la antigua habitación de Andrew, y Julia se reveló como una enfermera devota y maniática. Wilhelm, que siempre se había considerado el caballero de su amada, su galán, detestaba verse en esa situación. El áspero Colin, por su parte, los sorprendió a todos, quizás incluso a sí mismo, mostrándose encantador y atento con el viejo. Se sentaba a su lado y le contaba historias sobre «mi peligrosa vida en el parque y en los pubs de Hampstead», en las que Fiera representaba un papel semejante al del perro de los Baskerville. Wilhelm reía y le suplicaba que no siguiera, porque le dolían las costillas de tanto reír. El doctor Lehman acudió a verlo y les dijo a Frances y a Julia que el anciano estaba en las últimas. «Las caídas son peligrosas a esta edad.» Recetó sedantes para Wilhelm y una variedad de píldoras para Julia, que finalmente se había permitido sentirse vieja.
En The Defender, Frances y Rupert reivindicaron su derecho de expresar una opinión contraria a la de los partidarios del desarme unilateral y escribieron un artículo que suscitó un alud de cartas de respuesta, casi todas airadas o insultantes. En las oficinas del periódico se creó un clima tenso, y ambos empezaron a encontrar notas sobre sus mesas, algunas anónimas. Comprendieron que esa furia estaba demasiado arraigada en el inconsciente colectivo para intentar razonar con la gente. Aquello nada tenía que ver con la disyuntiva de proteger o no a la población, aunque en realidad no sabían con qué tenía que ver. Su situación en The Defender se volvió tan desagradable que decidieron dimitir mucho antes de que les conviniera económicamente. Estaban en el lugar equivocado, eso era todo. Siempre había sido así, repuso Frances. ¿Y aquellos largos y bien argumentados artículos sobre temas sociales? Podría haberlos escrito cualquiera, dijo Frances. Casi de inmediato, Rupert consiguió un empleo en un periódico que los adictos a The Defender habrían tachado de fascista, pero que la mayoría de los ciudadanos catalogaba de conservador. «Quizá yo sea conservador—dijo Rupert—, al menos si nos tomamos en serio esas viejas etiquetas.»
La misma semana en que renunciaron alguien echó un paquete con excrementos al buzón de la casa de Julia: no el de la puerta principal, sino el del apartamento de Phyllida. A Frances le llegó una carta con amenazas de muerte. Y Rupert recibió otra parecida, junto con fotografías de Hiroshima después de la bomba. Phyllida subió por primera vez en varios meses para decir que no permitiría que la involucrasen en ese debate. No estaba dispuesta a tener que vérselas con mierda de ninguna clase. Se marchaba.
Compartiría piso con otra mujer. Y se fue.
En cuanto a las enconadas discusiones sobre si se protegía o no a la población, pronto todo el mundo convendría en que si la guerra se había evitado durante tanto tiempo era porque las naciones potencialmente beligerantes poseían armas nucleares y no las usaban. Sin embargo, admitir esto no respondía a ciertas preguntas. Podían producirse accidentes en las instalaciones nucleares; de hecho, ocurrían a menudo, pero no se difundían. En la Unión Soviética, regiones enteras habían quedado
contaminadas. El mundo estaba lleno de locos que no vacilarían en arrojar «la bomba», o varias bombas, aunque resultaba cuando menos extraño que la gente se refiriese a esa amenaza empleando el singular.
La población seguía indefensa, y sin embargo la violencia, la virulencia, la furia sencillamente desaparecieron del debate. A pesar de que el peligro era más acuciante que nunca, la histeria se evaporó.
«Es curioso», comentó Julia en su nueva voz, triste y cansina.
Wilhelm continuaba en la casa, por lo que su amplio y lujoso piso estaba vacío. Siempre decía que iba a sacar sus libros de allí y poner fin a «esta situación increíblemente absurda», ya que no vivía ni con Julia ni en su casa. Concertaba citas una y otra vez con las empresas de mudanzas, y luego las cancelaba. No parecía el de siempre. Necesitaba que lo animaran. Julia estaba desolada. Eran dos personas enfermas que querían cuidarse mutuamente, pero su debilidad se lo impedía. Julia había contraído una neumonía, y durante una temporada los dos inválidos vivieron en plantas distintas, comunicándose mediante notas.
Finalmente Wilhelm insistió en subir a visitarla. Ella lo vio entrar en su habitación, agarrándose al marco de la puerta y los respaldos de las sillas, y pensó que semejaba una tortuga vieja. Llevaba una chaqueta oscura y un gorro, ya que siempre sentía frío en la cabeza. Y ella... Wilhelm se quedó atónito al fijarse en los prominentes huesos de su cara y sus brazos delgados como palillos.
Los dos estaban muy tristes, desolados. Al igual que las personas aquejadas de una profunda depresión, sentían que la única realidad era el paisaje gris que tenían delante. «Parece que me he hecho viejo, Julia», bromeó él, tratando de revivir al amable caballero que le besaba la mano y se interponía entre ella y las dificultades. Eso había creído. No obstante, ahora tomó conciencia de que nunca había sido un viejo solitario que dependía de Julia para..., en fin, para todo. Y ella, la benevolente y elegante dama que había alojado a tantas personas en su casa, aunque a menudo se quejara de ello, sin Wilhelm habría sido una vieja idiota y emocionalmente indigente, obsesionada por una niña que ni siquiera era su nieta. Así se veían a sí mismos y el uno al otro en los días malos, como las sombras que un árbol pelado proyecta sobre la tierra, como una difusa e inútil tracería sin rastro de calor ni de carne, y se besaban y abrazaban con vacilación, como fantasmas intentando tocarse.
Cuando Johnny se enteró de que Wilhelm vivía en casa de Julia, fue a decirle a su madre que esperaba que no planease dejarle dinero. «Eso no es asunto tuyo —repuso Julia—. No pienso discutirlo contigo. Pero ya que has venido, te diré que he tenido que mantener a tus esposas e hijos abandonados, de manera que no te dejaré ni un céntimo. ¿Por qué no le pides a tu precioso partido que te pase una pensión?»
Colin y Andrew heredarían la casa, y tanto Phyllida como Frances recibirían una asignación que no sería espléndida, pero sí decente. Sylvia había dicho: «Oh, Julia, no lo hagas. Yo no necesito dinero.» Aun así, Julia puso su nombre en el testamento. Aunque Sylvia no necesitara el dinero, ella necesitaba dejarle algo.
Sylvia estaba a punto de abandonar Gran Bretaña, quizá por mucho tiempo. Se iba a África, a una misión situada en la selva de Zimlia. «Entonces no volveré a verte», se lamentó Julia cuando se enteró.
Sylvia fue a despedirse de su madre, tras anunciarle su visita por teléfono. «Ha sido todo un detalle avisarme», dijo Phyllida.
Su piso estaba situado en un edificio señorial de Highgate, y el botón del portero automático anunciaba que allí vivían la doctora Phyllida Lennox y Mary Constable, fisioterapeuta. El pequeño ascensor subió como una obediente jaula para pájaros. Sylvia tocó el timbre, oyó un grito y descubrió que quien la recibía no era su madre, sino una risueña mujer que estaba a punto de marcharse.
—Os dejaré a solas —dijo Mary Constable, revelando que se habían hecho confidencias. El pequeño vestíbulo le recordó una iglesia, y tras un breve examen Sylvia concluyó que se debía a una especie de panel de cristales de colores semejantes a los de los caramelos, indudablemente moderna, en la que aparecía san Francisco con sus pájaros. Estaba apoyada contra una silla, como un cartel que anunciara la espiritualidad de los habitantes de la casa. Al otro lado de la puerta había una espaciosa sala en la que destacaban un amplio sillón cubierto con una tela oriental y un austero e incómodo diván, inspirado en el que había tenido Freud en Maresfield Gardens. Phyllida se había convertido en una mujer robusta, y dos gruesas trenzas grises enmarcaban su rostro de matrona. Llevaba un colorido caftán y varios collares, pulseras y pendientes. Sylvia, que la recordaba apática, llorosa y fofa, tardó unos minutos en acostumbrarse a su nueva imagen; sin duda había adquirido seguridad en sí misma.
—Ponte cómoda —dijo Phyllida, señalando una silla en la zona no terapéutica de la sala.
Sylvia se sentó con cautela en el borde. Percibió un penetrante olor a especias... ¿Acaso Phyllida había empezado a usar perfume? No, era el incienso que salía de la habitación contigua, cuya puerta estaba abierta. Sylvia estornudó. Phyllida cerró la puerta y se sentó en su sillón de confesor.
—He oído que vas a convertir a los infieles, ¿eh, Tilly?
—Voy al hospital de una misión, como médico. Seré el único médico en la zona.
Tanto la fuerte y corpulenta mujer como la delicada jovencita —o eso parecía todavía— estaban tomando conciencia de sus diferencias.
—¡Qué cara tan pálida! —comentó Phyllida—. Eres clavada al alfeñique de tu padre. Yo solía llamarlo
«camarada Lirio». De segundo nombre le habían puesto Lillie, en honor a cierto revolucionario de los tiempos de Cromwell. Bueno, tenía que defenderme de alguna manera cuando él se ponía en el papel de comisario político. Aunque cueste creerlo, era peor que Johnny. Siempre estaba dando la lata. Esa maldita
Revolución no era más que una excusa para fastidiar a la gente. Tu padre me obligaba a aprender los textos revolucionarios de memoria. Creo que aún podría recitar el Manifiesto comunista. Aunque contigo, volvemos a la Biblia.
—¿Volvemos?
—Sí, mi padre fue sacerdote. En Bethnal Green.
—¿Y cómo eran mis abuelos?
—No lo sé. Prácticamente no volví a saber de ellos desde que me echaron. No quería verlos. Me fui a vivir con una tía. Y era obvio que ellos tampoco deseaban verme, teniendo en cuenta que me enviaron fuera durante cinco años... ¿Por qué iba a desear verlos?
—¿Conservas alguna foto de ellos?
—Las rompí todas.
—Me habría gustado saber cómo eran.
—¿Qué más te da? Estás a punto de irte. Supongo que intentas huir lo más lejos posible. Con lo frágil que eres... Deben de estar locos para mandarte allí.
—No sé de qué hablas, pero he venido a decirte algo importante. A propósito, ¿a qué viene eso de
«doctora» en la placa con tu nombre?
—Soy doctora en Filosofía, ¿no? Estudié Filosofía en la universidad.
—Pero en este país no empleamos esa palabra en ese sentido. Sólo los alemanes lo hacen así.
—Nadie puede negar que sea doctora.
—Podrías meterte en un lío.
—Por el momento nadie se ha quejado.
—He venido a verte para hablar de esas..., de esas terapias que aplicas. Ya sé que no se necesita una formación especial, pero...
—Voy aprendiendo sobre la marcha. Es una forma de educarse.
—Lo sé. He oído que has ayudado a algunas personas.
Phyllida pareció experimentar una transformación: se ruborizó, se inclinó hacia delante con las manos enlazadas y sonrió, rebosante de alegría.
—¿De veras? ¿Has oído cosas buenas sobre mí?
—Sí, pero ¿por qué no te apuntas a un curso? Hay algunos muy buenos.
—Estoy bien así.
—Eso de ofrecer té y comprensión está muy bien...
—Te aseguro que en otros tiempos no me habría venido nada mal un poco de té y comprensión... —dijo Phyllida, cuya voz amenazó con adoptar su antiguo dejo plañidero.
Sylvia notó que se ponía tensa, y comenzó a levantarse cuando Phyllida añadió:
—No, no, siéntate, Tilly.
Sylvia hizo lo que su madre le decía, sacó unos papeles de su maletín y se los entregó.
—He elaborado una lista de cursos buenos. Un día de éstos vendrá alguien con un dolor de cabeza o de estómago y tú le dirás que es psicosomático, cuando en realidad se trate de un cáncer. Después te sentirás culpable.
Phyllida se quedó callada, sosteniendo los papeles en las manos. Entonces entró Mary Constable, con una sonrisa que irradiaba seguridad en sí misma.
—Ven a conocer a Tilly —la invitó Phyllida.
—¿Cómo estás, Tilly? —dijo Mary, abrazando a una Sylvia reacia.
—¿Usted también es psicoterapeuta?
—Fisioterapeuta —puntualizó la compañera de Phyllida..., o tal vez su amante. En esos tiempos nunca se sabía—. Doy clases de fisioterapia. Solemos decir que entre las dos cuidamos a la persona entera —
agregó Mary, exudando una persuasiva familiaridad y un ligero aroma a incienso.
—Debo irme —anunció Sylvia.
—Pero si acabas de llegar —protestó Phyllida, satisfecha por que Sylvia se estaba comportando tal como ella había previsto.
—Tengo una reunión.
—Hablas igual que el camarada Johnny.
—Espero que no —replicó Sylvia.
—Bueno, adiós entonces. Envíame una postal desde tu paraíso tropical.
—Acaban de salir de una terrible guerra.
Sylvia telefoneó a Andrew a Nueva York y le informaron de que estaba en París, y allí de que estaba en Kenia. Su voz sonó débil y confusa desde Nairobi.
—Soy yo, Andrew.
—¿Quién? Maldita línea. Bueno, no mejorará. Tecnología tercermundista —gritó.
—Soy Sylvia.
A pesar de los ruidos, advirtió que el tono de voz de Andrew le cambiaba.
—Ah, mi querida, ¿desde dónde hablas?
—He estado pensando en ti, Andrew.
Era cierto, pues necesitaba oír su voz serena y segura, pero ese fantasma lejano estaba poniéndola nerviosa, como si le transmitiera lo poco que podía hacer por ella. ¿Qué había esperado?
—Creía que estabas en Zimlia —gritó él.
—Me voy la semana que viene. Me siento como si estuviera a punto de saltar por un precipicio, Andrew.
Una carta del padre Kevin McGuire, de la misión de San Lucas, la había obligado a contemplar un futuro que no había imaginado hasta el momento.
El cura adjuntaba una lista de las cosas que debía llevar: suministros médicos cuya existencia ella había dado por sentada, tan elementales como jeringas, aspirinas, antibióticos, antisépticos, agujas de sutura, un estetoscopio, etcétera, etcétera, «además de ciertas cosas que necesitan las señoras, pues aquí no las encontrarás con facilidad». Tijeras para las uñas, agujas de punto y de ganchillo, lana. «Y dale una alegría a este viejo, que adora la mermelada de Oxford.» Pilas para una radio; una radio pequeña; un jersey bueno de la talla 38 para Rebecca («Es la chica de la casa. Tiene tos»); un ejemplar reciente de The Irish Times y otro de The Observer; algunas latas de sardinas, «si puedes meterlas en algún rincón de tu equipaje». Con un saludo cordial de Kevin McGuire. «P.D.: Y no olvides los libros. Todos los que puedas.
Hacen mucha falta.»
Le habían dicho que allí el tiempo solía ser tempestuoso.
—Estoy muerta de miedo, Andrew.
—No es tan terrible. Nairobi no está mal. Aunque resulta algo cutre.
—Estaré a ciento cincuenta kilómetros de Senga.
—Mira, Sylvia, pasaré por Londres de camino a Nueva York e iré a verte.
—¿Qué estás haciendo allí?
—Distribuyendo riqueza.
—Oh, sí, me hablaron de ello. Estás en Dinero Mundial.
—Estoy financiando un dique, un silo, sistemas de riego y todo lo que se te ocurra.
—¿Tú personalmente?
—Sí, agito la varita mágica y el desierto florece.
De manera que estaba borracho. Lo último que Sylvia necesitaba en ese preciso instante eran aquellas fanfarronadas desde el éter. Andrew, su apoyo, su amigo, su hermano, estaba comportándose como... en fin, como un idiota mezquino.
—Adiós —gritó.
Colgó el auricular y se echó a llorar.
Éste fue su peor momento: no pasaría otro tan malo. Estaba convencida de que Andrew había olvidado su conversación, de manera que no lo esperaba, pero al cabo de dos días él telefoneó desde Heathrow. «Ya estoy aquí, Sylvia. ¿Dónde podemos encontrarnos para charlar?»
Llamó a Julia desde el aeropuerto y le pidió permiso para encontrarse con Sylvia en su casa. Andrew había alquilado su piso y Sylvia compartía un apartamento minúsculo con otro médico.
Julia guardó silencio durante un rato.
—¿Te he entendido bien? —dijo por fin—. ¿Me preguntas si Sylvia y tú podéis venir a esta casa? ¿Es eso?
—No te gustaría que lo diera por sentado, ¿verdad?
Tras una pausa, ella repuso:
—Creo que todavía tienes una llave, ¿no?
Cuando llegaron, fueron directamente a saludarla. Julia estaba sentada muy seria a la mesa, con un solitario desplegado ante sí. Ofreció una mejilla para que Andrew le diese un beso e intentó hacer lo mismo con Sylvia, pero, incapaz de resistirse, se levantó para abrazarla.
—Pensé que te habías marchado a Zimlia.
—¿Cómo me iba a ir sin despedirme?
—¿De modo que ésta es la despedida?
—No, la semana que viene.
Los viejos y penetrantes ojos escrutaron largamente a Sylvia y a Andrew. Habría querido decir que aquélla estaba demasiado delgada y que éste tenía mal aspecto. ¿Qué le ocurría?
—Id a hablar de vuestras cosas —les ordenó, levantando la mano de cartas.
Los dos se dirigieron con aire culpable al amplio salón, lleno de recuerdos, y se arrellanaron, abrazados, en el viejo sofá rojo.
—Me siento más cómoda contigo que con cualquier otra persona, Andrew.
—Y yo contigo.
—¿Qué me dices de Sophie?
Andrew soltó una risita nerviosa.
—¡Muy placentero! Pero eso se ha terminado.
—Oh, pobre Andrew. ¿Regresó con Roland?
—Sí, después de que él le mandara un bonito ramo.
—¿De qué exactamente?
—Caléndulas, que significan dolor. Anémonas: abandono. Y, por supuesto, un millar de rosas rojas. El símbolo del amor. Sí, le basta con decirlo mediante flores. De todos modos, no duró. El empezó a comportarse como de costumbre y ella le envío un ramo que significaba «guerra»: cardos.
—¿Ahora está con alguien?
—Sí, pero no sé quién es.
—Pobre Sophie.
—Y pobre Sylvia. ¿Por qué no nos cuentas que has encontrado un tipo increíblemente afortunado?
Se habría escabullido de sus brazos, pero él no se lo permitió.
—Supongo que no tengo suerte.
—¿Estás enamorada del padre Jack?
Sylvia se irguió en el sofá y apartó a Andrew de un empujón.
—No, cómo se te ocurre... —No obstante, al ver su expresión comprensiva, añadió—: Sí. Lo estuve.
—Las monjas siempre se enamoran de los curas —murmuró él. Sylvia, que no supo si su crueldad era intencional, repuso:
—Yo no soy una monja.
—Vuelve aquí —murmuró él, y la estrechó otra vez entre sus brazos.
—Creo que me pasa algo malo —dijo ella con un hilo de voz, un sonido que él recordaba de la pequeña Sylvia—. Me he acostado con alguien, con un médico del hospital, pero... ése es el problema, ¿sabes? No me gusta el sexo. —Y rompió a sollozar mientras él la acunaba.
—Bueno, creo que en ese departamento yo tampoco soy tan hábil como debería. De hecho Sophie dejó bien claro que comparado con Roland soy un desastre.
—Pobre Andrew.
—Y pobre Sylvia.
Lloraron hasta que se quedaron dormidos, como niños.
Colin, que coligió por la inquietud de Fiera que había un extraño en la casa, fue a verlos. La sala estaba en penumbra. Colin los observó por unos instantes sin despertarlos, sujetándole las mandíbulas al perro para que no ladrase.
—Eres un animalito muy bueno —le susurró a Fiera, que ahora era un perro viejo y achacoso, mientras bajaba la escalera.
Más tarde entró Frances. La habitación estaba en penumbra. Encendió una lámpara pequeña, la misma que Sylvia tenía en su mesita de noche cuando era una niña temerosa de la oscuridad, y al igual que Colin contempló lo que alcanzaba a vislumbrar: sólo las cabezas y los rostros. Sylvia y Andrew... oh, no, no, pensó Frances en su papel de madre, como cruzando los dedos para espantar al diablo. Sería un desastre. No cabía duda de que los dos necesitaban... ¿a alguien más fuerte? ¿Cuándo sentarían la cabeza sus hijos? ¿Cuándo estarían seguros? (¿Seguros? Vaya, sí que pensaba como una madre, por lo visto se trata de algo inevitable.) Los dos habían cumplido más de treinta años. «La culpa es nuestra —se dijo, refiriéndose a todos, a la generación de los mayores. Y entonces, como para consolarse—: Tal vez tarden tanto como yo en ser felices. No debo perder la esperanza.»
Mucho más tarde Julia bajó por la escalera. Pensaba que no había nadie en la sala, aunque Frances le había avisado que los dos estaban allí, ajenos al mundo. Entonces vio las caras a la luz de la pequeña
lámpara; la de Sylvia más abajo, apoyada en el hombro de Andrew. A pesar de la penumbra observó que estaba pálida y demacrada. Los envolvía una profunda negrura, pues el sofá rojo intensificaba la oscuridad, como cuando un pintor aplica una base carmesí que acentúa y da brillo al negro. A los lados de la amplia sala las ventanas sólo dejaban entrar la luz suficiente para teñir las sombras de gris. Era una noche nublada, sin luna ni estrellas. «Son demasiado jóvenes para estar tan agotados», pensó Julia. Los dos rostros eran como cenizas esparcidas en la oscuridad.
Permaneció largo rato allí, mirando a Sylvia, grabándose sus facciones en la memoria. De hecho, no volvería a verla. Se produjo una confusión respecto de la hora del vuelo y Sylvia se despidió por teléfono:
«Ay, Julia, lo lamento mucho; pero estoy segura de que volveré pronto.»
Wilhelm murió. A su entierro asistieron unas doscientas personas. Se rumoreaba que estaban todos los que alguna vez habían tomado un café en el Cosmo. Colin, Andrew y Frances sujetaban a una Julia que no había derramado una sola lágrima, permanecía muda y parecía un recorte de papel. «Dios santo, no falta nadie», oyeron una y otra vez a su alrededor. No sabían que Wilhelm Stein fuese un hombre tan popular ni lo mucho que lo estimaban sus amigos. Imperaba la sensación de que al enterrar a ese viejo librero cortés, bondadoso y erudito, estaban despidiéndose de un pasado mejor e imposible de recuperar. «Es el fin de una era», murmuraba la gente, y algunos lloraban por eso. Los dos hijos de Wilhelm, que habían llegado de Estados Unidos esa misma mañana, agradecieron amablemente a los Lennox las molestias que se habían tomado al organizar el entierro y aseguraron que a partir de ese momento se ocuparían de todo: Wilhelm les había dejado una suma considerable de dinero.
Julia se metió en la cama, y por supuesto todo el mundo comentó que la muerte de Wilhelm había acabado con ella. Sin embargo, había algo más, algo terrible, como si su corazón hubiera sufrido un golpe que ningún miembro de la familia acertaba a entender.
Colin publicó su segunda novela, Muerte macabra, pero desde un principio fue evidente que no recibiría tan buena acogida como la anterior. De menor calidad, era casi un panfleto sobre un gobierno criminalmente irresponsable que no protegía a sus ciudadanos de las bombas, la lluvia radiactiva, etcétera. En ella, una eficaz campaña propagandística, inspirada por agentes de una potencia enemiga, fomentaba un ambiente de histeria que llevaba al Gobierno, preocupado por su popularidad, a eludir sus responsabilidades. La novela indignó a los diversos movimientos que luchaban contra la bomba.
Aparecieron algunas críticas maliciosas, entre ellas la de Rose Trimble. Se había ganado cierta notoriedad con su libro sobre el presidente Matthew Mungozi, que le había abierto la puerta a toda clase de oportunidades, pero ella se sentía en su elemento trabajando para The Daily Post, famoso por su virulencia. Aprovechó el libro de Colin para atacar a todos aquellos que abogaban por la construcción de refugios antinucleares, en particular los jóvenes médicos y muy en especial Sylvia Lennox. En cuanto a Colin, decía: «El público debería saber que tiene antepasados nazis. Su abuela, Julia Lennox, fue miembro de las Juventudes Hitlerianas.» Rose se sentía segura. Por una parte, The Daily Post era un periódico que destinaba parte de su presupuesto a pagar compensaciones por difamación —cosa que hacía a menudo—; por otra, sabía que Julia no se rebajaría a refutar sus ataques. «Vieja asquerosa», murmuró Rose.
Un amigo del Cosmo le había mostrado el artículo a Wilhelm, que meditó cuidadosamente la conveniencia de que Julia se enterase y decidió contárselo; y no se arrepintió, porque más tarde un alma bondadosa le envió un anónimo con el recorte.
—No les hagas caso —le había dicho a Wilhelm—. Son unos mierdas. Creo que tengo suficientes motivos para usar su palabra favorita, ¿no?
—Mi querida Julia—había contestado Wilhelm, a un tiempo divertido y asombrado por oírle pronunciar esa palabra.
Julia estaba reclinada contra las almohadas, entre las enfermeras que iban y venían, con el recorte sobre la mesilla de noche, consciente de que no lograría conciliar el sueño. De manera que de pronto ella, Julia von Arne, era nazi. Lo que más le dolía era la ligereza con que se afirmaban semejantes cosas. Claro que esa mujer —Julia recordaba a una antipática adolescente— no tenía la menor idea de lo que decía.
Todos empleaban constantemente términos como «fascistas»; llamaban así a cualquiera que no les cayese bien. Eran tan ignorantes que no sabían que habían existido fascistas de verdad, que habían causado la ruina de Italia. Y los nazis..., sobre ellos había artículos de periódicos y programas de radio y televisión que Julia veía, porque se sentía directamente afectada, pero estaba claro que esos jóvenes no entendían nada. Por lo visto ignoraban que los fascistas y los nazis habían sido los responsables de la encarcelación y la tortura de mucha gente, y que millones de personas habían muerto en aquella guerra. Cuando pensaba en esa ignorancia, en esa ligereza, Julia notaba que a sus ojos acudían lágrimas de furia. Se sentía anulada, devastada: una periodista joven y ambiciosa de un periodicucho sensacionalista había reducido a insultos su historia y la de Philip. Julia permaneció sentada, en vela (se había deshecho de los somníferos cuando las enfermeras no la veían), envenenada por la impotencia. No interpondría demanda, naturalmente, ni siquiera escribiría una carta: ¿por qué iba a dignificar a esa canaille prestándole atención? Wilhelm le había llevado el borrador de una carta en la que constaba que los Von Arne eran una antigua familia alemana que jamás había mantenido relaciones con los nazis. Ella le pidió que no la enviase. Se equivocó: debería haberla mandado, aunque sólo fuese para aliviar su angustia. Y también se equivocó con respecto a Rose Trimble. Su ligereza e indiferencia ante la historia..., sí, no diferían de las del resto de su generación, pero lo que la había inducido a escribir el artículo era su profundo odio hacia los Lennox, la necesidad de «vengarse de ellos». Había olvidado el motivo que la había llevado a esa casa en primer lugar, o que alguna vez había declarado que Andrew la había dejado embarazada. No; era esa
casa, la tranquilidad con que se vivía allí, el hecho de que no tuvieran preocupaciones y se protegiesen los unos a los otros. Sylvia, esa zorra repipi; Frances, la maldita abeja reina, que en realidad era una avispa; Julia, siempre dando órdenes a todo el mundo. Y en cuanto a los hombres, se comportaban como cerdos presuntuosos. Su artículo había sido inspirado por la bilis y la malicia que no paraban de bullir en su interior y que conseguía calmar, al menos temporalmente, cuando escribía palabras capaces de atravesar el corazón de sus víctimas. Mientras componía un artículo, imaginaba que sufrirían y se retorcerían al leerlo, gimiendo de dolor. Por eso Julia se estaba muriendo prematuramente. Tenía la sensación de que había sufrido un ataque directo del mal. Se sentaba contra las almohadas en una habitación donde la luz que entraba por la ventana avanzaba del suelo a la cama y de allí a la pared, por la que regresaba hasta la ventana: qué débil respuesta a la oscuridad que se cernía sobre Julia, propiciada por invisibles fuerzas adversas. Le parecía que se había pasado la vida huyendo de ellas, pero en ese momento el monstruo de la estupidez, la ignominia y la vulgaridad estaba devorándola. Todo se distorsionaba y malograba. De manera que se quedó en la cama, pensando en su infancia, una época en que todo había sido tan hermoso, tan schón, sckón, schón; aunque en aquel paraíso hubiera irrumpido la guerra y el mundo se hubiese llenado de uniformes. Por las noches, cuando lo único que iluminaba la oscuridad era la pequeña lámpara que había pertenecido a Sylvia y que le habían subido desde el salón, sus hermanos y Philip, aquellos jóvenes valientes y apuestos, se acercaban a los pies de su lecho, vestidos con elegantes uniformes que no tenían ni una mancha, ni una salpicadura, ni una mácula. Les suplicaba llorando que se quedaran con ella, que no se marchasen.
Murmuraba en alemán, en inglés y en su francés, comme-il-faut mientras Colin permanecía a su lado, a veces durante horas, sosteniendo el pequeño atado de huesos en que se había convertido su mano. Se sentía triste, culpable porque no sabía prácticamente nada sobre Ernst, Frederich y Max; apenas había oído hablar de su abuelo. A su espalda, la normalidad, la cotidiana vida familiar, había caído en un pozo o un abismo, y allí estaba él, un nieto que no había conocido a su abuelo ni a la familia alemana de Julia.