El sueno mas dulce

Doris Lessing · Capítulo 1 de 9 · parte 3/3

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El sueno mas dulce

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Este capítulo es largo, así que está dividido en 3 partes.

—Por favor. ¡Es tan buena con nosotros! Le encantaría que fuerais a verla.

—Oh, no, es demasiado. ¿Tenemos que ir?

Cuando Frances acudió a la redacción del periódico para aceptar el empleo, se reafirmó en sus preferencias por el teatro. Como periodista freelance carecía de experiencia con las instituciones y no albergaba el menor deseo de trabajar en equipo. En cuanto entró en el edificio de The Defender, percibió una atmósfera especial: sí, se trataba del esprit de corps. Luchaban por continuar con la venerable trayectoria de The Defender como abogado de toda clase de causas nobles, una trayectoria que se remontaba al siglo XIX; o eso creían, sobre todo quienes trabajaban allí. Este período, la década de los

sesenta, podía equipararse a cualquiera de las grandes etapas del pasado. Una tal Julie Hackett le dispensó la bienvenida al redil. Era una mujer dulce, por no decir femenina, con mechones de grueso cabello negro sujetos aquí y allá mediante una variedad de pasadores y peinetas, un personaje deliberadamente indiferente a la moda, ya que consideraba que ésta esclavizaba a las mujeres. Observaba con atención todo cuanto la rodeaba lista para corregir errores fácticos o ideológicos, y criticaba a los hombres en cada frase que pronunciaba, dando por sentado, como suelen hacer los creyentes, que Frances coincidía con ella en todo. Había seguido de cerca la carrera de Frances, leyendo artículos suyos en distintos periódicos, incluido The Defender, pero uno en particular la había decidido a contratarla. Se trataba de una nota satírica pero benévola sobre Carnaby Street, que empezaba a convertirse en un símbolo de la Gran Bretaña moderna y atraía a los jóvenes, tanto de cuerpo como de espíritu, de todos los rincones del mundo. Frances había escrito que sufrían una especie de alucinación colectiva, ya que se trataba de una callejuela sucia y miserable, y aunque las prendas que se vendían allí no estaban desprovistas de encanto —al menos algunas— no superaban a las de las calles que no iban acompañadas de las mágicas sílabas «Carnaby». ¡Herejía! Una valiente herejía, concluyó Julie Hackett, que comenzó a ver en Frances a un alma gemela.

Le enseñaron un despacho donde una secretaria separaba las cartas dirigidas a «Tía Vera» y las colocaba en distintas pilas, pues hasta las peores desdichas humanas han de encajar en categorías fácilmente identificables. Mi marido es infiel, alcohólico, me pega, no me da suficiente dinero, va a dejarme por su secretaria, prefiere quedarse en el bar con sus amigos a estar conmigo. Mi hijo es alcohólico, drogadicto, ha dejado embarazada a su novia, no quiere marcharse de casa, vive en las calles de Londres, cobra un sueldo pero se niega a contribuir con los gastos de la casa. Mi hija... Las pensiones, las subvenciones, la conducta de los funcionarios, problemas de salud... aunque ésas las contestaba un médico. De las cartas más sencillas se ocupaba la secretaria, firmando con el seudónimo de «Tía Vera», todo un próspero nuevo departamento de The Defender. El trabajo de Frances consistiría en leer las cartas, detectar temas o inquietudes frecuentes e inspirarse en ellos para redactar un artículo serio y largo que se publicaría en una página destacada del periódico. Podría escribir e investigar en casa. Si bien formaría parte de la plantilla de The Defender, no trabajaría en la redacción, lo que representaba un alivio para ella.

Cuando salió del metro, de regreso a casa, compró comida y bajó la cuesta, cargada con las bolsas.

Julia, que estaba mirando por la ventana, la vio llegar. Al menos aquel abrigo elegante constituía una mejora con respecto a la gruesa trenca de lana: ¿habría alguna esperanza de verla vestida con otra cosa que los tejanos y los jerséis de siempre? Caminaba con dificultad, por lo que le recordó a un burro cargado con alforjas. Cuando se detuvo cerca de la casa, Julia notó que había ido a la peluquería y que llevaba la rubia cabellera peinada a la moda: lisa y con raya en medio.

Había pasado por delante de viviendas donde la música palpitaba y vibraba tan fuerte como los latidos de un corazón furioso, pero Julia había dicho que no estaba dispuesta a tolerar ruidos, que no los soportaba, de manera que siempre escuchaban música con el volumen bajo. Desde el cuarto de Andrew a menudo llegaban suaves melodías de Palestrina o Vivaldi; del de Colin, jazz; del salón, donde estaba el televisor, canciones y voces entrecortadas; del sótano, el bum, bum, bum que necesitaban «los críos».

La casona, completamente iluminada, sin una sola habitación a oscuras, parecía irradiar luz no sólo por las ventanas, sino también por las paredes: exudaba luz y música.

A Frances se le cayó el alma a los pies al ver la silueta de Johnny tras las cortinas de la cocina. Estaba en medio de una arenga, a juzgar por el modo en que gesticulaba, y cuando ella entró lo encontró en el punto culminante. Otra vez Cuba. Alrededor de la mesa había un grupo de jóvenes, a los que no tuvo tiempo de identificar. Andrew, sí; Rose, sí... Sonaba el teléfono. Dejó las pesadas bolsas y levantó el auricular; era Colin, desde el colegio.

—¿Has oído la noticia, mamá?

—No, ¿qué noticia? ¿Te encuentras bien, Colin? Te marchaste esta misma mañana...

—Sí, sí, escucha, acabamos de enterarnos, ha salido en las noticias. Kennedy ha muerto.

—¿Quién?

—El presidente Kennedy.

—¿Estás seguro?

—Le han pegado un tiro. Pon la tele.

—Ha muerto el presidente Kennedy. Le han disparado —anunció por encima del hombro. Silencio absoluto mientras estiraba la mano y encendía la radio. Nada. Se volvió y advirtió que todos, incluido Johnny, estaban estupefactos. Su ex marido había callado para buscar una «fórmula correcta», y al cabo de unos instantes logró articular un «debemos evaluar la situación...», pero fue incapaz de continuar.

—La televisión —dijo Geoffrey Bone, y «los críos» se levantaron de la mesa, como una sola persona, salieron de la cocina y subieron al salón.

—Cuidado, Tilly está viendo la tele —les gritó Andrew, y corrió tras ellos.

Frances y Johnny se quedaron solos, mirándose.

—Supongo que has venido a preguntar por tu hijastra, ¿no? —inquirió.

Johnny se rebulló, inquieto: ardía en deseos de subir a ver las noticias de las seis, pero había planeado decir algo, y ella aguardó, reclinada contra los estantes que había junto a los quemadores, pensando:

«Muy bien, deja que adivine...», y tal como esperaba, él le soltó:

—Es Phyllida, me temo.

—¿Sí?

—No se encuentra bien.

—Eso me ha comentado Andrew.

—Tengo que irme a Cuba dentro de un par de días.

—Entonces más vale que la lleves contigo.

—El problema es que los fondos no alcanzan y...

—¿Quién paga?

De pronto apareció la expresión de «ya estamos», que a ella siempre le permitía juzgar su propio grado de estupidez.

—A estas alturas deberías saber que ciertas cosas no se preguntan, camarada.

En otros tiempos la habría invadido una sensación de incompetencia y culpabilidad; en aquel entonces Johnny poseía una capacidad asombrosa para hacerla sentirse como una idiota.

—Pues te lo pregunto. Pareces olvidar que tengo razones para interesarme por tu economía.

—¿Y cuánto te pagan en tu nuevo trabajo?

Ella le sonrió.

—No lo suficiente para mantener a tus dos hijos y ahora también a tu hijastra.

—Y a cualquiera que venga buscando un plato de comida gratis.

—¿Qué? No querrás que cierre las puertas a estos revolucionarios en potencia, ¿verdad?

—Son una panda de vagos y drogatas —replicó él—. Gentuza. —Decidió no seguir por ese camino y adoptó un tono amistoso, apelando a la bondad de Frances—. Phyllida no está bien; de verdad.

—¿Y qué esperas que haga yo al respecto?

—Quiero que cuides de ella.

—No, Johnny.

—Entonces que la cuide Andrew. No tiene nada mejor que hacer.

—Está ocupado atendiendo a Tilly. Está muy enferma, ¿sabes?

—Casi siempre exagera para que la compadezcan.

—¿Entonces por qué nos la endosaste a nosotros?

—Oh..., joder—protestó el camarada Johnny—. Los trastornos psíquicos no son mi especialidad, sino la tuya.

—Está enferma. Enferma de verdad. ¿Cuánto tiempo pasarás fuera?

Él bajó la cabeza y frunció el entrecejo.

—Dije que volvería dentro de seis semanas, pero con esta nueva crisis... —Al recordar la crisis agregó

—: Voy a ver las noticias. —Y salió corriendo de la cocina.

Frances calentó sopa —un caldo de pollo— y pan de ajo, preparó una ensalada, apiló fruta en la frutera y dispuso quesos de distintas clases en una fuente. Pensaba en la pobre Tilly. Un día después de su llegada, Andrew había ido a verla al estudio.

—¿Puedo instalar a Tilly en la habitación de invitados, mamá? —le preguntó—. No quiero que duerma en la mía, aunque creo que le gustaría.

Frances se esperaba ese momento. Su planta estaba dividida en cuatro habitaciones: el dormitorio, el estudio, la sala y un pequeño cuarto que había alojado huéspedes en los tiempos en que Julia dirigía la casa. Ella sentía que ese piso era suyo, un lugar seguro que la resguardaba de todas las presiones, de toda la gente. Ahora Tilly y su enfermedad estarían al otro lado de un estrecho pasillo. Y el cuarto de baño...

—De acuerdo, Andrew; pero no puedo cuidarla, al menos en la medida en que lo necesita.

—No. Me ocuparé yo. Voy a arreglarle la habitación. —Cuando se disponía a marcharse, añadió en voz baja y apremiante—: Está realmente mal.

—Sí, lo sé.

—Tiene miedo de que la encerremos en un manicomio.

—Claro que no la encerraremos; no está loca.

—No —dijo él con una sonrisa irónica, más encantadora de lo que pensaba—, aunque tal vez yo sí,

¿no?

—No lo creo.

Ella oyó bajar a Andrew con la chica y los dos entraron en la habitación de invitados. Silencio. Frances intuyó lo que ocurría. Tilly estaba acurrucada en la cama, o en el suelo, y Andrew la abrazaba, tranquilizándola, quizás incluso cantándole... Lo había oído en otras ocasiones.

Y esa misma mañana había presenciado la siguiente escena: mientras preparaba la comida, Andrew se sentó a la mesa con Tilly, envuelta en una mantilla de bebé que había encontrado en un baúl. Había un bol con copos de maíz y leche delante de ella y otro delante de Andrew. Él le daba de comer igual que lo haría con un niño pequeño:

—Una para Andrew..., una para Tilly..., una para Andrew...

Al oír «una para Tilly», ella abrió la boca, con los grandes y angustiados ojos azules fijos en Andrew.

Parecía incapaz de parpadear. Andrew inclinó la cuchara, y ella permaneció sentada con los labios cerrados, sin tragar. Andrew se obligó a comer una cucharada y empezó de nuevo:

—Una para Tilly..., ahora una para Andrew...

Aunque sólo llegaban cantidades insignificantes de comida a la boca de Tilly, al menos Andrew estaba alimentándose.

—Tilly no come —le informó Andrew a Frances—. No, en serio, es mucho peor que yo. No come nada.

En esa época la palabra «anorexia» todavía no era de uso común, al igual que «sexo» o «sida».

—¿Por qué? ¿Lo sabes? —preguntó ella, como diciendo: «Por favor, explícame el motivo por el que a ti te cuesta tanto comer.»

—En su caso, supongo que la culpa es de su madre.

—¿En tu caso no?

—No, en mi caso, yo diría que la culpa es de mi padre. —En ese momento la crítica humorística y el atractivo de aquella pose que le habían forjado en Eton parecieron desentonar con su personalidad y se convirtieron en rasgos grotescos, como máscaras inapropiadas. La miraba fijamente con ojos sombríos, ansiosos, suplicantes.

—¿Qué vamos a hacer? —preguntó Frances, tan desesperada como él.

—Esperar, esperar un poco, nada más; todo saldrá bien.

Cuando «los críos» —tenía que dejar de usar esa expresión— bajaron y se sentaron a la mesa, aguardando la comida, Johnny ya no estaba con ellos. Todo el mundo se quedó escuchando la pelea que se libraba en la planta superior. Gritos, insultos, palabras indescifrables.

—Quiere que Julia se vaya a vivir a su piso y cuide a Phyllida mientras él está en Cuba —explicó Andrew.

Todos se volvieron hacia Frances, para ver su reacción. Ella reía.

—Ay, Dios... —Suspiró—. Realmente, no tiene remedio.

Todos intercambiaron miradas de desaprobación. Todos, salvo Andrew. Sentían admiración por Johnny y pensaban que Frances estaba resentida.

—Sencillamente, es imposible —dijo Andrew con seriedad—. No es justo pedirle algo así a Julia.

Solían hablar en tono burlón de la planta superior y de Julia, a quien llamaban «la vieja». No obstante, desde que Andrew había regresado y había trabado amistad con su abuela, se sentían obligados a seguir su ejemplo.

—¿Por qué iba a cuidar de Phyllida? —prosiguió—. Está muy ocupada con nosotros.

Esta nueva perspectiva de la situación suscitó un silencio reflexivo.

—Phyllida no le cae bien —dijo Frances, apoyando a Andrew, y se contuvo para no añadir: «Y yo tampoco. Nunca le han gustado las mujeres de Johnny.»

—¿Cómo iba a caerle bien? —preguntó Geoffrey, y Frances lo observó con expresión inquisitiva: aquello era nuevo—. Phyllida ha estado aquí esta tarde.

—Te buscaba —señaló Andrew.

—¿Phyllida? ¿Aquí?

—Está chalada —terció Rose—. Yo la vi. Está como una cabra. Como una regadera. —Rió.

—¿Qué quería? —preguntó Frances.

—La eché —explicó Andrew—. Le dije que no debía venir a esta casa.

Arriba se oyeron portazos y los gritos de Johnny, que bajó corriendo la escalera, seguido por una sola palabra de Julia: «¡Imbécil!»

Johnny irrumpió echando chispas.

—Vieja puta —espetó—. Puta fascista.

«Los críos» miraron a Andrew, buscando orientación. Estaba pálido, con aspecto enfermizo. Gritos, peleas... aquello era demasiado para él.

—Qué pasada —comentó Rose, fascinada por la violencia de la situación.

—Tilly se alterará otra vez —dijo Andrew.

Hizo amago de levantarse, y Frances, temiendo que utilizara lo ocurrido como excusa para no comer, le rogó:

—Siéntate, Andrew, por favor.

Él se sentó, y ella se sorprendió de que la obedeciera.

—¿Sabías que tu..., que Phyllida ha estado aquí? —le preguntó Rose a Johnny, riendo. Tenía la cara encendida, y sus pequeños ojos negros relampagueaban.

—¡Qué! —exclamó Johnny con voz estridente, mirando de refilón a Frances—. ¿Ha estado aquí?

Nadie respondió.

—Hablaré con ella —afirmó Johnny.

—¿No tiene padres? —inquirió Frances—. Podría irse con ellos mientras estás en Cuba.

—Los odia. Y con razón. Son escoria lumpen.

Rose se tapó la boca con el dorso de la mano, conteniendo una carcajada.

Entretanto, Frances echó una ojeada alrededor para ver quiénes eran los comensales esa noche.

Además de Geoffrey..., bueno, y de Andrew y Rose, por supuesto, estaban Jill y Sophie, esta última llorando. Había también un chico a quien no conocía.

En ese momento sonó el teléfono; era Colín otra vez.

—He estado pensando... —dijo—. ¿Está Sophie? Debe de sentirse muy afectada. Ponme con ella.

Eso le recordó a todo el mundo que Sophie tenía que estar afectada, porque su padre había muerto de cáncer el año anterior y la razón por la que pasaba la mayor parte de las noches allí era que en su casa su madre no paraba de llorar y le contagiaba su sufrimiento. Sin duda la muerte de Kennedy...

Sophie prorrumpió en sollozos al teléfono y los demás oyeron:

—Ay, Colin, gracias, tú me entiendes, ay, Colin, sabía que lo harías, ay, vendrás, gracias, muchas gracias.

Volvió a su sitio en la mesa y dijo:

—Colin tomará el último tren —les comunicó, y ocultó el rostro entre las manos, unas manos largas y elegantes con las uñas pintadas en la tonalidad de rosa prescrita para esa semana por los jueces de la moda en Saint Joseph, entre los cuales se contaba. Su larga y brillante melena negra se desparramó sobre la mesa, como si la idea de que no tendría que sufrir sola durante mucho tiempo más se hubiera hecho visible.

—Todos lamentamos lo de Kennedy, ¿no? —dijo Rose con acritud.

¿No debería estar Jill en el colegio? Claro que los alumnos de Saint Joseph iban y venían, sin preocuparse por horarios ni exámenes. Cuando los profesores reclamaban mayor disciplina, seguramente les recordarían los principios sobre los que habían fundado la institución, el más importante de los cuales era el desarrollo personal. Colin había salido hacia allí esa mañana y ya iba camino de casa. Geoffrey había anunciado que quizá fuera al día siguiente: sí, había recordado que lo habían nombrado delegado de su clase. ¿Acaso Sophie había abandonado los estudios definitivamente? Al menos pasaba más tiempo aquí que allí. Jill se había instalado en el sótano con su saco de dormir, y sólo subía a la hora de las comidas. Le había dicho a Colin, quien a su vez se lo había comunicado a Frances, que necesitaba un respiro. Daniel había vuelto al colegio, pero con toda seguridad regresaría a casa si lo hacía Colin: cualquier excusa era buena. Frances sabía que estaban convencidos de que, en cuanto se volvían, se producían acontecimientos maravillosamente espectaculares.

Al fondo de la mesa, una cara nueva le sonreía con aire conciliador, esperando que dijese: «¿Quién eres? ¿Qué haces aquí?» No obstante ella se limitó a ponerle un plato de sopa delante y a devolverle la sonrisa.

—Me llamo James —se presentó él, ruborizándose.

—Ah, hola, James. Sírvete pan... o lo que quieras.

El chico tendió con ademán vergonzoso una mano grande para tomar una gruesa rebanada de (saludable) pan integral. Sin soltarla, miró en torno a sí con evidente satisfacción.

—James es amigo mío; bueno, en realidad es mi primo —señaló Rose, ingeniándoselas para mostrarse nerviosa y agresiva a la vez—. Le expliqué que no habría ningún problema si venía... a cenar, quiero decir...

Frances advirtió que se trataba de otro refugiado de una familia rota, y empezó a hacer mentalmente la lista de la compra para el día siguiente.

Esa noche sólo eran siete a la mesa, incluida ella. Johnny se hallaba de pie junto a la ventana, rígido

como un soldado. Esperaba que lo invitaran a sentarse. Había un sitio libre. Frances no pensaba complacerlo; le traía sin cuidado que su reputación ante «los críos» se resquebrajase.

—Antes de irte, cuéntanos quién mató a Kennedy —dijo.

Johnny se encogió de hombros, desconcertado por una vez.

—¿Los soviéticos tal vez? —sugirió el recién llegado, atreviéndose a reclamar un lugar entre ellos.

—Tonterías —replicó Johnny—. Los camaradas soviéticos no son partidarios del terrorismo.

El pobre James se quedó compungido.

—¿Y Castro? —preguntó Jill. Johnny la miraba con frialdad—. Digo, por lo de bahía de Cochinos, o sea...

—Él tampoco es partidario del terrorismo —dijo Johnny.

—Dame un telefonazo antes de irte —le pidió Frances—. Has dicho que te marchas dentro de un par de días, ¿no?

Sin embargo, Johnny no se largaba.

—Fue un chalado —declaró Rose—. Lo mató un chalado.

—Pero ¿quién le pagó? —preguntó James, que aunque había recuperado la compostura estaba rojo de tanto esfuerzo por hacerse notar.

—No debemos descartar a la CÍA —señaló Johnny.

—Nunca hay que descartarla —convino James, y Johnny lo premió con una sonrisa y un gesto de asentimiento.

Era un joven robusto, corpulento, y sin duda mayor que Rose; mayor que todos los demás... ¿excepto Andrew? Rose se percató de que Frances lo inspeccionaba y reaccionó de inmediato: siempre estaba alerta ante posibles críticas.

—James está metido en política —explicó—. Es amigo de mi hermano mayor. Ha dejado los estudios.

—Vaya —repuso Frances—. Qué novedad.

—¿Qué quieres decir? —inquirió Rose con ansiedad, furiosa—. ¿A qué ha venido eso?

—Vamos, Rose, estaba bromeando.

—Le gusta bromear —terció Andrew, traduciendo a su madre como si tuviese que dar la cara por ella.

—Hablando de bromas —dijo Frances. Cuando todos habían subido a ver las noticias, había visto en el suelo dos bolsas grandes llenas de libros. Se las señaló a Geoffrey, que no logró reprimir una sonrisa de orgullo—. Veo que hoy has conseguido un buen botín, ¿eh?

Todos rieron. En su mayoría robaban de manera compulsiva, pero Geoffrey había hecho de ello una profesión. Realizaba frecuentes rondas por las librerías para cometer sus hurtos. Prefería los libros de texto, pero se contentaba con cualquier cosa que pillara. Decía que los «liberaba». Se trataba de un chiste de los tiempos de la Segunda Guerra Mundial, y de un nostálgico vínculo con su padre, que había sido piloto de un bombardero. Geoffrey le había contado a Colin que creía que desde entonces su padre había perdido interés por todo. «En particular por mi madre y por mí.» Para lo que la familia obtenía de él, bien podría haberse muerto en la guerra. «¡No eres el único! —le había contestado Colin—. La guerra, la revolución... ¿qué diferencia hay?»

—Dios bendiga a Foyle's —dijo ahora Geoffrey—. He liberado más ejemplares allí que en cualquier otra librería de Londres. Foyle's es un benefactor de la humanidad. —Miraba a Frances con nerviosismo—.

Aunque ella no aprueba mi conducta.

Todos lo sabían. A menudo Frances comentaba: «Es culpa de mi nefasta educación. Me inculcaron que robar estaba mal.» Ahora, cada vez que ella o cualquier otro criticaba a los demás o no estaba de acuerdo con ellos, le coreaban: «Es culpa de tu nefasta educación», hasta que Andrew soltó: «Ese chiste ya está muy manido.»

Habían pasado media hora ideando variaciones del manido chiste sobre una educación nefasta.

Johnny atacó con la perorata de costumbre:

—Bien hecho; sacadles a los capitalistas todo lo que podáis. Ellos os han robado a vosotros en primer lugar.

—A nosotros seguro que no, ¿verdad? —lo increpó Andrew.

—A la clase trabajadora. Al pueblo. Joded a esos cabrones siempre que se os presente la oportunidad.

Andrew nunca había robado; lo consideraba una conducta degradante, propia de la escoria, y desafió directamente a su padre.

—¿No deberías volver con Phyllida?

Si bien Johnny podía hacer oídos sordos a las palabras de Frances, la reprimenda de su hijo lo empujó hacia la puerta.

—No olvidéis nunca —sentenció dirigiéndose a todos— que debéis procurar que cada uno de vuestros

actos, cada palabra, cada pensamiento, concuerden con las necesidades de la Revolución.

—Bueno ¿y qué has traído? —le preguntó Rose a Geoffrey, al que admiraba casi tanto como a Johnny.

Geoffrey sacó los libros de la bolsa y los apiló sobre la mesa.

Los únicos que no aplaudieron fueron Frances y Andrew.

Frances extrajo de su maletín una de las cartas que le habían llegado al periódico y leyó en voz alta.

—«Querida Tía Vera»... Esa soy yo... «Querida Tía Vera, tengo tres hijos en edad escolar. Todas las tardes vuelven a casa con objetos robados, casi siempre dulces y galletas...» —Se oyeron gruñidos—.

«Pero puede ser cualquier cosa, incluso libros de texto...» —Aplaudieron—. «Hoy mi hijo mayor apareció con unos tejanos carísimos.» —Volvieron a aplaudir—. «No sé qué hacer. Cada vez que suena el timbre, pienso que es la policía.» —Frances les dio tiempo para protestar—. «Mis hijos me asustan. Le agradecería mucho que me aconsejara, Tía Vera. Estoy desesperada.» —Volvió a guardar la carta.

—¿Y qué vas a contestarle? —quiso saber Andrew.

—Quizá deberías aconsejarme, Geoffrey. Al fin y al cabo, un delegado de clase tendría que ser ducho en estos asuntos.

—No seas así, Frances —le reprochó Rose.

—Ay —gimió Geoffrey, tapándose la cara con las manos y moviendo convulsivamente los hombros, como si llorase—, se lo toma en serio.

—Claro que me lo tomo en serio —repuso Frances—. Eso es robar. Sois ladrones. —Se dirigió a Geoffrey con la libertad que le conferia el hecho de que prácticamente viviese en su casa desde hacía años

—. Eres un ladrón. Eso es todo. Yo no soy Johnny.

Se produjo un silencio angustioso. Rose emitió una risita ahogada. El rostro encarnado del recién llegado, James, equivalía casi a una confesión.

—¡Vamos, Frances! —exclamó Sophie—. No sabía que reprobaras nuestro comportamiento hasta ese punto.

—Pues así es —reconoció Frances, suavizando el gesto y el tono de voz porque se trataba de Sophie—.

Ya lo sabes.

—Es culpa de su nefasta educación... —empezó Rose, pero se interrumpió al advertir que Andrew clavaba los ojos en ella.

—Ahora veré si llego a tiempo de oír las noticias y después me pondré a trabajar. —Mientras se marchaba, añadió—: Buenas noches a todos. —Con ello autorizaba tácitamente a cualquiera que quisiera pasar la noche allí, como por ejemplo James.

Llegó a tiempo para las noticias, aunque por poco. Al parecer un loco había disparado contra Kennedy.

Por lo que a ella respectaba había muerto otra figura pública, nada más. Probablemente se lo mereciera.

Jamás se habría permitido expresar en voz alta un pensamiento tan contrario al espíritu de la época. A veces pensaba que reservarse sus opiniones era lo único que había aprendido de su larga relación con Johnny.

Antes de concentrarse en el trabajo, que esa noche consistiría en leer el centenar de cartas que había llevado a casa, abrió la puerta de la habitación de invitados. Silencio y oscuridad. Se acercó de puntillas a la cama y se inclinó sobre el bulto cubierto por las mantas, que podría haber pasado por el cuerpo de un niño. Y sí, Tilly tenía el pulgar metido en la boca.

—No estoy dormida -—dijo una voz débil.

—Estoy preocupada por ti. —Frances notó que le temblaba la voz, aunque se había prometido no involucrarse emocionalmente. ¿De qué serviría?—. Si te preparo una taza de chocolate caliente, ¿te la tomarás?

—Lo intentaré.

Frances lo preparó en su estudio, donde tenía un hervidor eléctrico junto con algunos artículos de primera necesidad, y se lo llevó a la chica, que murmuró:

—No quiero que pienses que no soy agradecida.

—¿Enciendo la luz? ¿Lo beberás ahora?

—Déjalo en el suelo.

Frances obedeció, sabiendo que con toda probabilidad a la mañana siguiente encontraría la taza en el mismo sitio, y llena.

Trabajó hasta tarde. Oyó llegar a Colin, que enseguida se sentó en el amplio sofá a charlar con Sophie.

Alcanzaba a oír sus voces, ya que el viejo sofá rojo se hallaba justo debajo de su escritorio. Y exactamente encima estaba la cama de Colin. Percibió que hablaban, ahora en susurros, y unos pasos sigilosos en la planta de arriba. Bueno, estaba segura de que Colin era consciente de que debía tomar precauciones. Se lo había dicho claramente a su hermano, que siempre lo sermoneaba sobre esas cuestiones.

Sophie tenía dieciséis años. Frances hubiera querido estrecharla entre sus brazos y protegerla. Ni Rose ni Jill ni Lucy, ni ninguna de las demás jovencitas que entraban y salían de la casa habían despertado

en ella sentimientos semejantes. Así que ¿por qué Sophie? Porque era preciosa; sí, eso era lo que deseaba proteger y preservar. Y resultaba absurdo..., debería avergonzarse de sí misma. Aunque esa noche ya estaba bastante avergonzada. Abrió la puerta y aguzó el oído. En la cocina parecía haber más gente aparte de Andrew, Rose y James... Por la mañana lo averiguaría.

Durmió mal, y en dos ocasiones cruzó el pasillo para echar un vistazo a Tilly; en una de ellas encontró la habitación a oscuras, silenciosa y con un ligero aroma a chocolate. En la segunda vio que Andrew subía la escalera, después de cumplir la misma misión, y regresó a la cama. Sin embargo, no logró conciliar el sueño. Le preocupaban los robos. Cuando Colin había ingresado en Saint Joseph, tras su mediocre paso por la escuela primaria, habían comenzado a aparecer en casa artículos que ella sabía que no pertenecían a su hijo; pequeñas cosas, como una camiseta, un paquete de bolígrafos, un disco. Recordaba lo mucho que le había impresionado que robase una antología de poesía. Lo riñó. Él alegó que todo el mundo hacía lo mismo y que ella era una anticuada. La cosa no quedó ahí. ¡Iba a un colegio progresista! Una chica llamada Petula, miembro de la primera carnada de amigos —que también iban y venían, si bien con menos libertad, ya que a fin de cuentas eran más jóvenes—, informó a Frances de que Colin robaba porque buscaba amor; o eso aseguraba el profesor encargado de la residencia. Habían discutido acaloradamente el tema durante la comida. No, no se refería al amor de los padres, sino al del director, que por un motivo u otro se había enfadado con Colin. Geoffrey, que ya cinco años antes era casi un miembro más de la familia, estaba orgulloso de lo que robaba en las tiendas. Frances se había escandalizado, pero se había limitado a decirle: «Muy bien, procura que no te pillen.» No le había ordenado que dejara de hacerlo porque no habría obedecido, pero también porque no sospechaba que los robos se convertirían en el pan de cada día. Además, y esto era lo que le impedía pegar ojo, siempre le había gustado formar parte de aquel grupo de jóvenes modernos, los nuevos árbitros de la moda y la moral. Sin duda compartía —o había compartido— un sentimiento que podía definirse en la frase: «Nosotros contra ellos.» La vivaracha Petula (que ahora estaba en una escuela de Hong Kong para hijos de diplomáticos) había asegurado que robar impunemente constituía un rito de iniciación, y que los adultos deberían entenderlo.

Ese día Frances tendría que escribir un artículo largo, sesudo y ecuánime precisamente sobre ese tema. Empezaba a arrepentirse de haber aceptado el trabajo. Le exigiría definirse ante numerosas cuestiones, cuando por naturaleza tendía a observar los puntos de vista antagónicos y limitarse a decir:

«Sí, es un asunto muy complejo.»

Hacía poco que había llegado a la conclusión de que robar estaba decididamente mal, y no por culpa de su nefasta educación, sino porque llevaba años escuchando a Johnny alentar toda clase de conductas antisociales, casi como un cabecilla guerrillero: «Tirad la piedra y esconded la mano.» Esta simple verdad se le había revelado de buenas a primeras. Johnny quería destruir cuanto le rodeaba, como si fuera una especie de Sansón. Todo se reducía a eso. La Revolución, de la que tanto hablaban él y sus compinches, consistiría en arrasarlo todo con un lanzallamas, hasta que sólo quedara la tierra quemada y luego..., bueno, reconstruirían el mundo a su gusto, así de simple. Una vez que se entendía este punto, resultaba obvio, pero entonces había que plantearse la siguiente pregunta: ¿era posible que personas incapaces de organizar su propia existencia, personas que vivían en un caos constante, construyeran algo que mereciese la pena? Esta idea sediciosa —que se adelantaba en varios años a su época, al menos en los círculos que ella conocía— convivía con una emoción de la que no era consciente. Pensaba que Johnny era un... No había necesidad de decirlo con todas las letras... Con el tiempo se había forjado una opinión muy clara al respecto, pero asimismo había llegado a depender de aquel halo de cándido optimismo que rodeaba a sus camaradas y a él, así como a todo cuanto hacían. Creía —acaso sin saberlo— que el mundo sería cada vez mejor, que todos ascendían por la escalera mecánica del Progreso, que los males del presente se desvanecerían poco a poco y que la humanidad alcanzaría una época más saludable y dichosa.

Y cuando estaba en la cocina, preparando la comida para «los críos», viendo aquellas caras juveniles, escuchando sus voces irreverentes y confiadas, tenía la sensación de que estaba garantizándoles ese futuro, como si se tratase de una promesa silenciosa. ¿Cuál era el origen de ésta? Johnny. La había absorbido del camarada Johnny, y aunque su mente se empeñaba en criticarlo, cada día más, de manera emocional e inconsciente confiaba en él y en su dorado mundo feliz.

Al cabo de unas horas se sentaría a escribir su artículo, en el que expresaría, ¿el qué?

Si no había sido capaz de adoptar una actitud firme ante los hurtos en su propia casa, pese a que había llegado a reprobarlos de manera categórica, ¿qué derecho tenía a decirles a otros lo que debían hacer?

Qué confundidos estaban esos pobres chicos. Al salir de la cocina los había oído reír, pero con inquietud; la voz de James había sonado más alta que las demás, pues deseaba que aquellos espíritus libres lo aceptaran. Pobrecillo, había huido (como ella) de sus aburridos padres provincianos en pos de las maravillas del marchoso Londres y había llegado a una casa que Rose denominaba «Villa Libertad» —le encantaba esa frase— sólo para oír exactamente las mismas palabras de repulsa —seguramente robaba, como todos— que sin duda le dirigían sus padres.

Ya eran las nueve; muy tarde para Frances. Tenía que levantarse. Abrió la puerta del pasillo y vio a Andrew sentado en el suelo, en un punto que le permitía vigilar la habitación de la chica. «Mira, mírala», articuló en silencio.

El pálido sol de noviembre se filtraba en el cuarto de enfrente, donde una figura menuda, con una aureola de cabello rubio y una anticuada prenda rosa —¿una bata?—, permanecía sentada en un taburete.

Si Philip la hubiera visto, qué fácil habría sido convencerlo de que se trataba de la joven Julia, su antiguo

amor. En la cama, envuelta en su mantilla infantil, Tilly, apoyada en una pila de almohadas, contemplaba a la anciana sin pestañear.

—No —dijo Julia con voz fría y clara—, no te llamas Tilly. Es un nombre estúpido. ¿Cuál es el verdadero?

—Sylvia —balbució la chica.

—Entonces, ¿por qué te haces llamar Tilly?

—Cuando era pequeña no sabía pronunciar «Sylvia» y decía «Tilly». —Hasta ese momento nadie la había oído pronunciar tantas palabras seguidas.

—Muy bien. Te llamaré Sylvia.

Julia sujetaba una taza dentro de la cual había una cuchara. Delicadamente, llenó ésta con la cantidad apropiada de lo que fuera que contuviese la taza —despedía un vago olor a sopa— y la acercó a los labios de Tilly, o de Sylvia, que los mantenía apretados.

—Ahora escúchame bien. No dejaré que te mates sólo porque eres una tonta. No lo permitiré. Ahora abrirás la boca y te pondrás a comer.

Los pálidos labios temblaron un poco, pero se abrieron, y la joven siguió mirando fijamente a Julia, como hipnotizada. La cuchara entró en la boca y su contenido desapareció. Los espectadores permanecían en vilo, aguardando un movimiento de deglución, que finalmente se produjo.

Frances se volvió hacia su hijo y notó que también tragaba, como por simpatía.

—Verás —prosiguió Julia mientras volvía a llenar la cuchara—, yo soy tu abuelastra, y no permito a mis hijos ni a mis nietos que hagan tonterías. Tienes que entenderme, Sylvia... —Cuchara dentro... otro movimiento de deglución. Andrew tragó saliva de nuevo—. Eres una jovencita muy guapa y muy lista...

—Soy un asco —se oyó desde las almohadas.

—Yo no lo creo; pero si decides ser un asco, lo serás, y yo no lo permitiré. —Otra cucharada—. En cuanto haya conseguido que te recuperes, volverás al colegio y pasarás los exámenes. Luego irás a la universidad y serás médico. Me arrepiento de no haber estudiado Medicina, pero tú lo harás en mi lugar.

—No puedo. No puedo. No puedo volver al colegio.

—¿Por qué no? Andrew me contó que antes te iba muy bien en los estudios. Ahora coge la taza y bébete el resto sola.

Los espectadores contuvieron el aliento; era un momento —¿decididamente?— crítico. ¿Y si Tilly-Sylvia rechazaba la reconstituyente sopa y volvía a meterse el pulgar en la boca? ¿Y si cerraba los labios con fuerza? Julia sujetaba el tazón contra la mano que había soltado la mantilla.

—Toma.

La mano tembló, pero se abrió. Julia le puso con todo cuidado la taza entre los dedos y se los cerró. La mano se levantó, la taza llegó a los labios y por encima de ella brotó un murmullo:

—Pero es tan difícil...

—Lo sé.

Con ayuda de Julia, la temblorosa mano sostuvo la taza junto a los labios. La chica bebió un sorbo y tragó.

—Voy a vomitar —musitó.

—No, de eso nada. Ya basta, Sylvia.

Una vez más, Frances y su hijo contuvieron la respiración. Si bien Sylvia no vomitó, hubo de hacer un esfuerzo para reprimir las arcadas cuando Julia dijo «ya basta».

Entretanto, de «la planta de los chicos» bajó primero Colin y luego Sophie. Los dos se detuvieron.

Colin estaba sonrojado y Sophie, que parecía llorar y reír a la vez, hizo ademán de subir otra vez por la escalera pero en cambio se acercó a Frances, y le rodeó los hombros con un brazo.

—Mi querida, querida Frances —dijo, y soltando una carcajada bajó corriendo por la escalera.

—No es lo que estás pensando —aseguró Colin.

—No estoy pensando nada —repuso Frances.

Andrew se limitó a sonreír, guardándose sus consejos.

Colin presenció la escena que tenía lugar en la habitación de invitados, asimiló lo que sucedía y, antes de bajar a grandes zancadas por la escalera, declaró:

—Bien por la abuela.

Julia, que había hecho caso omiso de su público, se levantó del taburete y se alisó la falda. Le quitó la taza a la chica y dijo:

—Volveré dentro de una hora para ver cómo te encuentras —dijo—. Luego te llevaré a mi cuarto de baño para que te laves y te cambies de ropa. Te recuperarás muy pronto, ya lo verás.

Recogió la taza de chocolate que Frances había depositado en el suelo la noche anterior y salió de la habitación.

-—Supongo que esto es tuyo —le dijo a Frances, entregándosela. A continuación se volvió hacia Andrew—. Tú también deberías dejar de comportarte como un tonto.

Sin cerrar la puerta de la habitación subió por la escalera recogiéndose la bata rosa con una mano, para que no arrastrara.

—Estupendo —dijo Andrew a su madre—. Bien hecho, Sylvia —le gritó a la chica, que sonrió, aunque débilmente. —Subió por la escalera a toda prisa.

Frances oyó una puerta, la de Julia, y luego otra, la de Andrew. En el cuarto de enfrente, un haz de luz caía sobre la almohada, y Sylvia, porque a partir de ese momento sin duda sería Sylvia, lo interceptó con la mano, haciéndola girar mientras la examinaba.

En ese momento se oyeron golpes, timbrazos y alaridos de mujer procedentes de la puerta principal.

La adolescente sentada al sol soltó un chillido y se escondió bajo las mantas.

Cuando la puerta se abrió, el clamor de «dejadme entrar» resonó por toda la casa. Era una voz histérica y ronca.

—Dejadme entrar, dejadme entrar.

Andrew salió de su cuarto dando un portazo y bajó corriendo.

—Yo me ocupo de ella. Oh, Dios, cierra la puerta de la habitación de Tilly.

Frances obedeció.

—¿Qué pasa? —gritó Julia desde arriba—. ¿Quién es?

—Su madre —le contestó Andrew en voz baja—. La madre de Tilly.

—Entonces me temo que Sylvia tendrá un contratiempo —dijo Julia, y permaneció en la escalera, en guardia.

Frances, que todavía estaba en camisón, entró en su habitación, se puso rápidamente unos téjanos y un jersey y bajó a toda velocidad en dirección a las voces.

—¿Dónde está? Quiero ver a Frances —aulló Phyllida.

—No grites, iré a buscarla —respondió Andrew sin levantar la voz.

—Aquí estoy —dijo Frances.

Phyllida era una mujer alta y delgada como un palillo, con una alborotada cabellera roja mal teñida y largas y afiladas uñas pintadas de violeta. Señaló furiosamente a Frances con una mano demasiado grande.

—Quiero a mi hija —dijo—. Me has robado a mi hija.

—No seas tonta —protestó Andrew, girando en torno a la histérica mujer como un insecto que intentara decidir dónde picar. Le posó una mano sobre el hombro, para tranquilizarla, pero ella se apartó.

Entonces, súbitamente fuera de control, gritó—: ¡Basta! —Se apoyó contra la pared, intentando recuperar la compostura. Estaba temblando.

—¿Qué pasa conmigo? —preguntó Phyllida—. ¿Quién cuidará de mí?

Frances advirtió que ella también temblaba; tenía el corazón desbocado y le costaba respirar: aquella dinamo de energía emocional la estaba alterando, y otro tanto le ocurría a su hijo. De hecho, Phyllida, que los contemplaba con la mirada ausente de un mascarón de proa, estaba erguida y con aire triunfal, más serena que ellos.

—No es justo —se lamentó, señalando a Frances con las garras violetas—. ¿Por qué iba a vivir aquí y no conmigo?

Andrew se había repuesto.

—Vamos, Phyllida. —La sonrisa protectora apareció de nuevo en su rostro—. Sabes que no puedes hacer esto.

—¿Por qué? —Phyllida se volvió y centró su atención en él—. ¿Por qué ella tiene casa y yo no?

—Si tú también tienes casa —repuso Andrew—. Yo estuve allí, ¿recuerdas?

—Pero él se marcha y me deja. —Acto seguido, exclamó—: ¡Se marcha y me deja sola! —Luego, más tranquila, se dirigió a Frances—: ¿Lo sabías? ¿Sí o no? Piensa abandonarme, como a ti.

En cierto modo, ese comentario racional le demostró a Frances hasta qué punto Phyllida le había contagiado su histeria: estaba temblando, y sus rodillas parecían incapaces de sostenerla.

—¿Y? ¿Por qué no dices nada?

—No sé qué decir —consiguió articular Frances—. No entiendo a qué has venido.

—¿Que a qué he venido? ¿Y tienes la desfachatez de preguntármelo? —Y de nuevo se puso a gritar—:

¡Tilly! ¡Tilly! ¿Dónde estás?

—Déjala tranquila —dijo Andrew—. Siempre estás quejándote de que no la soportas, ¿por qué no permites que lo intentemos nosotros?

—Pero está aquí. Está aquí. ¿Qué pasa conmigo? ¿Quién cuidará de mí?

El ciclo amenazaba con reiniciarse.

—No puedes pretender que Frances te cuide —respondió Andrew en voz baja pero temblorosa—. ¿Por qué iba a hacerlo?

—Pero ¿qué pasa conmigo? ¿Qué pasa conmigo? —Ahora era casi un gemido, y por primera vez los furiosos ojos parecieron ver realmente a Frances—. No eres precisamente Brigitte Bardot, ¿verdad?

Entonces, ¿por qué Johnny pasa tanto tiempo aquí?

La situación adquirió un cariz inesperado. Frances se quedó sin habla.

—Viene a menudo porque nosotros vivimos aquí, Phyllida —contestó Andrew—. Colin y yo somos sus hijos, ¿recuerdas? ¿Lo habías olvidado?

Por lo visto sí. Al cabo de unos momentos bajó el dedo acusador y parpadeó como si acabara de despertar. A continuación dio media vuelta y se marchó dando un portazo.

Frances experimentó una flojera generalizada. Tuvo que apoyarse contra la pared. Andrew permaneció inmóvil, con una sonrisa estúpida en los labios. «Es demasiado joven para afrontar esta clase de situaciones», pensó Frances. Se encaminó con paso vacilante hasta la cocina, se agarró a la puerta mientras entraba y vio a Colin y a Sophie sentados a la mesa, comiendo tostadas.

Enseguida advirtió que Colin iba a criticarla. Sophie había estado llorando otra vez.

—Bueno —soltó Colin con frío rencor—, ¿qué esperabas?

—¿Qué quieres decir? —preguntó Frances. Era una pregunta absurda, pero intentaba ganar tiempo.

Se sentó con la cabeza apoyada en las manos. Sabía bien a qué se refería Colin. Se trataba de una acusación general: le echaba en cara que ella y su padre lo hubieran echado todo a perder; que Frances no fuese una cómoda madre convencional, como las demás, y que llevaran una vida bohemia, que a él le molestaba profundamente por temporadas, aunque en ocasiones reconocía que le gustaba.

—Se presenta aquí—prosiguió Colin—, aparece como si tal cosa y monta un escándalo, y ahora tenemos que cargar con Tilly.

—Quiere que la llamemos Sylvia —puntualizó Andrew, que se había acercado a la mesa.

—Me da igual cómo se llame —replicó Colin—. ¿Qué diablos hace aquí?