El sueno mas dulce

Doris Lessing · Capítulo 4 de 9 · parte 1/3

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El sueno mas dulce

Nunca he hecho nada para merecer el…

Este capítulo es largo, así que está dividido en 3 partes.

Nunca he hecho nada para merecer el trato que he recibido.

En ese momento reparó en que Sylvia se había ido al otro extremo de la habitación, lo más lejos posible de ella, y que la miraba con una mano sobre la boca, como si estuviera a punto de vomitar.

—Lo siento —se disculpó—. Por favor, no te vayas. Siéntate, Tilly... Sylvia.

La chica regresó, apartó su silla de la de su madre, se sentó y aguardó con expresión gélida.

—Si pudiera vivir en ese apartamento, me las apañaría. Se lo pediría a Julia, pero Frances me da miedo. Se negaría. Por favor, pídeselo por mí.

—¿Acaso no harías tú lo mismo? —inquirió Sylvia con aspereza. La gente que conocía y quería a la deliciosa criatura que, en palabras de Julia, «da vida a esta casa como un pajarillo», no habría reconocido ese semblante pétreo.

—Pero no es culpa mía... —empezó Phyllida otra vez, y al ver que Sylvia se levantaba para irse, dijo—: No, no, espera. Lo lamento.

—No aguanto tus quejas ni tus acusaciones. ¿No lo entiendes, mamá? No lo soporto.

—No lo haré más, te lo prometo —aseguró Phyllida, intentando sonreír.

—¿Lo dices en serio? Quiero terminar con los exámenes y ser médico. Si estás en la casa, acosándome todo el tiempo, tendré que largarme. No lo soporto.

Su vehemencia sorprendió a Phyllida.

—Ay, cariño —suspiró—, ¿tan mala madre he sido?

—Sí, y todavía lo eres. Cuando era niña no dejabas de decirme que todo era culpa mía, que si no fuese por mí podrías hacer esto o aquello. Una vez me amenazaste con que las dos meteríamos la cabeza en el horno y moriríamos juntas.

—¿De veras? Supongo que sería por una buena razón.

—Oh, mamá. —Sylvia se levantó—. Hablaré con Julia y con Frances, pero no pienso cuidar de ti. No esperes que lo haga. Estarías martirizándome todo el tiempo.

De manera que justo cuando Frances decidió con alegría dejar para siempre el periodismo, a Tía Vera y los artículos sociológicos serios, por no mencionar los pequeños trabajos que hacía con Rupert Boland, Julia le comunicó que tendría que pasarle una asignación a Phyllida y cuidar de ella.

—No es como tú, Frances. Es incapaz de valerse por sí misma; pero ya le he dicho que deberá

arreglárselas sola y no molestarte.

—Lo más importante es que no moleste a Sylvia.

—Según ella, sabrá arreglárselas.

—Espero que no se equivoque.

—Pero si yo le paso una asignación a Phyllida... ¿podrías ocuparte tú de los gastos de Andrew? ¿Ganas lo suficiente?

—Sí, por supuesto.

Así fue como volvió a esfumarse el sueño del teatro. Todo eso había ocurrido en el otoño de 1964, junto con otro acontecimiento: Rose se había marchado. Sabía que le había ido bien en los exámenes; no necesitaba que los resultados se lo confirmaran. Apareció en un momento en que Frances, Colin y Andrew estaban juntos.

—Tengo una gran noticia: me largo —anunció—. De manera que por fin os libraréis de mí. Me voy para siempre. Voy a estudiar a la universidad. —Y bajó la escalera corriendo.

Poco después se esfumó. Esperaban que llamara o escribiese, pero no lo hizo. Dejó el apartamento del sótano hecho una pocilga: ropa esparcida por el suelo, restos de un bocadillo en una silla y un par de medias colgadas en el tendedero del baño. Por otro lado, los «críos» vivían de esa manera, y aquello no era necesariamente un indicio de que hubiera sucedido algo fuera de lo normal.

Frances telefoneó a los padres de Rose. No, no sabían nada de ella.

—Dijo que iba a estudiar a la universidad.

—¿De veras? Bueno, supongo que cuando le venga bien nos lo hará saber.

¿Habría que avisar a la policía? No parecía lo más indicado en el caso de Rose. En varias ocasiones habían discutido largamente la idea de llamar a la policía por Rose, Jill e incluso por Daniel —que cierta vez había desaparecido durante varias semanas—, y siempre la habían rechazado porque no constituía una medida acorde con los principios de los sesenta. No debían ponerse en contacto con la pasma, los maderos, la bofia, los representantes de la tiranía fascista (Gran Bretaña). Julio..., agosto... Geoffrey había oído a través de la red de información que entonces comunicaba a los jóvenes de distintos continentes que Rose estaba en Grecia con un revolucionario americano.

En agosto Phyllida consiguió lo que quería y se instaló en el apartamento del sótano. En septiembre Rose regresó con una enorme mochila negra a la espalda y la dejó en el suelo de la cocina.

—He vuelto —proclamó—, con todos mis bienes terrenales.

—Espero que te lo hayas pasado bien —comentó Frances.

—Y una mierda. Los griegos son un asco. Bueno, llevaré mis cosas abajo.

—No puedes. ¿Por qué no nos informaste de tus planes? El apartamento está ocupado.

Rose se dejó caer en una silla, pasmada e impotente.

—Pero... ¿por qué?... Dije que... ¡No es justo!

—Dijiste que te marchabas para siempre. Y no te pusiste en contacto con nosotros para contarnos lo que pensabas hacer.

—Pero es mi apartamento.

—Lo siento, Rose.

—Puedo acampar en el salón.

—No, no puedes.

—Ya tengo los resultados de los exámenes. Sobresaliente en todos.

—Enhorabuena.

—Voy a ingresar en la universidad. En la London School of Economics.

—Pero ¿has solicitado plaza?

—Oh, mierda.

—Tus padres no saben nada al respecto.

—Ya veo, hay una conspiración contra mí.

Rose estaba encorvada y su rechoncha cara reflejaba una fragilidad insólita en ella. Estaba afrontando

—quizá por primera vez, aunque seguramente no sería la última— el hecho de que su forma de ser podía hundirla en la...

—¡Mierda! —Repitió—: ¡Mierda! He sacado cuatro sobresalientes.

—Te aconsejo que preguntes a tus padres si están dispuestos a pagarte los estudios. En tal caso, ve al instituto y pídeles que intercedan por ti en la LSE. De todas maneras, me temo que el curso empezó hace tiempo.

Se levantó con dificultad, como un pájaro herido, cogió su enorme mochila negra y salió con paso vacilante de la cocina. No se oía nada desde el vestíbulo. ¿Estaba recuperándose, pensándolo mejor, tal vez? Entonces se oyó un portazo. No fue al instituto ni a casa de sus padres, pero los chicos la vieron en discotecas, manifestaciones y mítines políticos en distintos puntos de Londres.

Casi inmediatamente después de que Phyllida se instalara allí, llegó Jill. Era un fin de semana y Andrew se encontraba allí. Frances y él estaban cenando e invitaron a Jill a que los acompañara.

No le preguntaron qué había hecho. Tenía las manos cubiertas de cicatrices y había engordado hasta un extremo insalubre. Ya no era la jovencita rubia, delgada y pulcra del pasado; la ropa le venía demasiado ceñida y sus facciones se habían vuelto fofas. Aunque no la interrogaron, ella los puso al día.

La habían internado en una institución psiquiátrica, se había fugado, había regresado voluntariamente y había acabado ayudando a las enfermeras con los demás pacientes. Pensaba que estaba curada, y los médicos coincidían con ella.

«¿Crees que podrías interceder ante el colegio para que me readmitieran? Si pudiera presentarme a los exámenes... Estoy segura de que aprobaría. Estuve estudiando un poco en el manicomio. —De nuevo Frances respondió que era un poco tarde—. ¿No podrías hablar con ellos?» —insistió Jill.

La complació, y en el instituto hicieron una excepción por Jill, a quien creían capaz de superar los exámenes si se aplicaba. Pero ¿dónde iba a vivir? Le preguntaron a Phyllida si le importaría ocupar la habitación donde se había alojado Franklin: «A caballo regalado...»

En cuanto Jill se instaló, sin embargo, Phyllida la convirtió en blanco de sus acusaciones. Desde la cocina oían la constante y monótona retahila de quejas, y al cabo de un solo día Jill pidió ayuda a Sylvia, y juntas fueron a hablar con Frances y Andrew.

—Nadie la soporta —dijo Sylvia—. No culpéis a Jill.

—No la culpo —repuso Frances.

—No la culpamos —convino Andrew.

—Podría dormir en el salón —sugirió Jill.

—Puedes usar nuestro cuarto de baño —ofreció Andrew.

Concedieron a Jill lo que les había parecido inadmisible en el caso de Rose, pues ella no llenaría el centro de la casa con nubarrones de ira y desconfianza.

—Lo sabía—comentó Julia—. Sabía que llegaría este momento. Esta hermosa casa se ha convertido en una pensión. Me sorprende que no haya sucedido antes.

—Casi nunca usamos el salón.

—Esa no es la cuestión, Andrew.

—Lo sé, abuela.

Tal fue la situación a partir del otoño de 1964: Andrew iba y venía desde Cambridge, Jill estudiaba con esmero, como una chica responsable y buena, Sylvia se esforzaba tanto que Julia decía entre lágrimas que acabaría por enfermar, Colin pasaba temporadas allí y temporadas fuera. Frances trabajaba en casa y en el Cosmo, a menudo colaborando con Rupert Boland en interesantes proyectos. Phyllida permanecía en el apartamento del sótano y se portaba bien, sin molestar a Sylvia, que rehuía su compañía.

En 1965 Jill se reconcilió con sus padres y se matriculó en la LSE, «para estar con mis amigos».

Aseguró que jamás olvidaría la bondad que la había sacado del abismo. «Me rescatásteis —declaró con seriedad—. No sé qué habría hecho sin vosotros.» De ahí en adelante recibieron noticias suyas a través de terceros: estaba muy metida en los nuevos movimientos políticos y se veía a menudo con Johnny y sus camaradas.

Habían transcurrido cuatro años y corría el verano de 1968.

Era fin de semana. Ni Andrew ni Sylvia se habían tomado fiesta; estaban estudiando. Colin había regresado a casa y anunciado que iba a escribir una novela. «¡Desde luego! —se había escandalizado Julia, no en presencia de su nieto, aunque él se había enterado—. La profesión de los fracasados.» De ese modo lo proveyó del primer requisito para convertirse en novelista, el desprecio de los más allegados y queridos, aunque Frances tomó la precaución de mostrarse evasiva, y Andrew, enigmático.

Johnny telefoneó para decir que les haría una visita. «No te preocupes por la comida. Ya habremos cenado.» Esta sorprendente desfachatez —pensó Frances mientras su tensión arterial experimentaba una subida y volvía a bajar— debía de ser el concepto que Johnny tenía de lo que significaba congraciarse.

Aquel «habremos» resultaba intrigante. No podía referirse a Stella, que estaba en Estados Unidos. Había acudido a tomar parte en las grandes batallas para erradicar la discriminación de los negros en el Sur, y había acabado destacando por su valentía y su capacidad de organización. Al constatar que se le terminaba el visado de turista, se había casado con un americano, aunque había llamado a Johnny para comunicarle que se trataba de una mera formalidad. Regresaría cuando hubieran ganado la guerra. Sin embargo, según rumores procedentes del otro lado del Atlántico, ese matrimonio de conveniencia marchaba bien, mejor que su relación con Johnny, que había sido bastante desastrosa. Ella mucho más joven que él, lo había admirado en un principio, pero pronto había aprendido a ver las cosas tal como eran. Había tenido tiempo de sobra para reflexionar, ya que Johnny la dejaba sola a menudo para asistir a reuniones o viajar con distintas delegaciones a los países amigos.

A Johnny le habría gustado participar en las grandes batallas americanas, por las que suspiraba como un niño a quien no habían invitado a una fiesta, pero no consiguió un visado. Insinuó que se lo habían denegado debido a sus antecedentes en la guerra civil española. No obstante, pronto llegaron los conflictos de Francia y él se unió a todos los frentes conforme aparecían en las noticias. De hecho, los acontecimientos de 1968 le sirvieron de escarmiento. Por doquier surgían héroes jóvenes, armados de biblias nuevas. A Johnny no le quedó otro remedio que documentarse.

No fue el único miembro de la vieja guardia obligado a releer el Manifiesto comunista. «Es la auténtica literatura revolucionaria», murmuraba.

En Francia cada héroe tenía un grupo de jovencitas a su servicio, y gracias al nuevo puntal del programa revolucionario, la libertad sexual, todo el mundo se acostaba con todo el mundo. Pero a Johnny no había quien lo cortejase. Además de inglés, era mayor.

Jamás recordaría con placer el año 1968, a diferencia de los centenares de miles de militantes que participaron en las revueltas callejeras, los enfrentamientos con la policía, los apedreamientos, las carreras, la construcción de barricadas y las orgías sexuales, que lo rememorarían como el luminoso apogeo de sus conquistas juveniles.

Al comprender que Stella no albergaba la menor intención de regresar a su lado, había vuelto a mudarse al piso que había dejado libre Phyllida, convertido en la sede de una especie de comuna que acogía a revolucionarios de todo el mundo, incluidos estadounidenses que deseaban librarse de ir a Vietnam, sudamericanos y políticos africanos.

La cocina pareció atestada tan pronto como Johnny entró en ella, y a las tres personas que cenaban sentadas a la mesa les entró instantáneamente complejo de insulsas y apáticas, pues los recién llegados, que acababan de salir de una asamblea, estaban eufóricos y llenos de energía. Johnny y el camarada Mo reían, y este último abrazó a Frances.

—Danny Cohn-Bendit ha dicho que el socialismo no llegará hasta que se ahorque al último capitalista con las tripas del último burócrata —le comentó.

Franklin —ella no había reconocido de inmediato a ese hombre robusto y elegantemente trajeado— le presentó al negro que iba con él:

—Ésta es Frances, de quien ya te he hablado. Fue como una madre para mí. Éste es el camarada Matthew, nuestro líder.

—Es un placer —dijo el hombre sin sonreír, con la solemnidad de los compañeros de la época en que

había prevalecido la severidad de Lenin (que pronto regresaría).

Saltaba a la vista que se sentía incómodo, que no le gustaba estar allí. Permaneció de pie, serio, e incluso echó un vistazo al reloj mientras «los críos», que ya eran adultos, saludaban a Franklin. Éste se aproximó a Sylvia, que se levantó y, tras titubear por un instante, lo abrazó afectuosamente; él cerró los ojos, y al abrirlos segundos después estaban arrasados en lágrimas.

—Sentaos —los invitó Andrew, acercando las sillas que estaban apiladas contra la pared.

El camarada Matthew se sentó con expresión ceñuda y miró de nuevo el reloj.

El camarada Mo, que después de su última visita había viajado a China para dar su bendición a la Revolución Cultural (como había hecho con el Gran Salto Adelante y Que Florezcan Cien Flores del Pensamiento), impartía conferencias por todo el mundo sobre los beneficios de dicha revolución no sólo para China sino para toda la humanidad. Se sentó y cogió un trozo de pan.

—El camarada Matthew es mi primo —informó Franklin a Frances.

—Pertenecemos a la misma tribu —lo corrigió el hombre mayor.

—Bueno, es que eso de las tribus suena desfasado —se excusó Franklin. Resultaba evidente que le daba miedo contradecir a su jefe.

—Soy consciente de que en inglés se emplea el término «primo».

Estaban todos sentados, menos Johnny, que se dirigió a sus hijos:

—¿Habéis oído lo que dijo Danny Cohn-Bendit de...?

Frances, temerosa de que el camarada Mo sucumbiese a otro ataque de risa, se apresuró a interrumpirlo:

—Lo oímos la primera vez. Pobre muchacho, tuvo una infancia horrible. Padre alemán..., madre francesa..., poco dinero... Fue un producto de la guerra. Su madre crió a sus hijos sola.

Sí, lo hacía adrede, naturalmente, sonriendo mientras hablaba, y primero Andrew y después Colin rieron.

—Me temo que mi mujer jamás ha entendido de política —gruñó Johnny, enfadado.

—Ex mujer —precisó Frances—. En un pasado muy lejano.

—Éstos son mis hijos —señaló Johnny.

Andrew apuró el vino de su copa mientras Colin decía:

—Sí, es un privilegio para nosotros.

Los tres negros parecían incómodos, pero de repente el camarada Mo, que había pasado diez años viajando por el ancho mundo, soltó una carcajada alegre.

—Mi mujer también me hace reproches —observó—. No entiende que la lucha está por encima de las obligaciones familiares.

—¿Te ve alguna vez? —preguntó Frances.

—¿Y se alegra de verte? —añadió Colin.

El camarada Mo lo fulminó con la mirada, pero sólo vio una cara sonriente.

—El problema son mis hijos —explicó, sacudiendo la cabeza—. Es lo más duro para mí... A veces ni siquiera los reconozco.

Sylvia había preparado café y estaba sirviendo un pastel y galletas. Saltaba a la vista que los invitados esperaban algo más. Como tantas otras veces, Frances sacó todo lo que había en la nevera, así como los restos de la cena, y los colocó sobre la mesa.

—Siéntate —le dijo a Johnny, que se acomodó con aire digno y comenzó a servirse.

—No has preguntado por Phyllida —le reprochó Sylvia—. No te has interesado por el estado de mi madre.

—Sí, yo también me he fijado —se sumó Frances.

—Iba a hacerlo dentro de un momento —aseguró Johnny.

—Cuando Johnny me dijo que vendría a veros, pensé que tenía que acompañarlo —contó Franklin—.

Nunca olvidaré lo bien que me trataron aquí.

—¿Has vuelto a casa? —preguntó Frances—. Al final no fuiste a la universidad, ¿no?

—Sólo a la universidad de la vida —respondió Franklin.

—Frances, en los tiempos que corren uno no le pregunta a la directiva negra lo que está haciendo —la riñó Johnny—. Hasta tú deberías darte cuenta.

—No —convino el camarada Matthew—, no es el momento de preguntar esas cosas. —Y añadió—: No debemos olvidar que tengo que pronunciar un discurso dentro de una hora.

Los camaradas Johnny, Franklin y Mo comenzaron a comer lo más rápidamente posible, pero el camarada Matthew ya había terminado: era uno de esos individuos que comen con frugalidad, casi por

obligación.

—Antes de irme debo transmitiros un mensaje de Geoffrey —anunció Johnny—. Ha estado conmigo en las barricadas de París. Os envía recuerdos.

—Dios santo —exclamó Colin—, nuestro pequeño Geoffrey, con su bonita cara de niño inocente, en las barricadas.

—Es un compañero serio y valioso —repuso Johnny—. Tiene un rincón en mi casa.

—Hablas como en una antigua novela rusa —comentó Andrew—. ¿Qué es eso de un rincón?

—Él y Daniel pasan alguna que otra noche en mi casa. Tengo un par de sacos de dormir reservados para ellos. Y ahora, antes de irme, debo preguntaros si sabéis en qué está metida Phyllida.

—¿En qué está metida? —inquirió Sylvia con tanto desprecio que todos pudieron ver a la otra Sylvia.

Sorpresa. Estaban estupefactos. Franklin dejó escapar una risita nerviosa. Johnny se obligó a plantarle cara.

—Tu madre está trabajando de adivina. Se anuncia en los tablones de las tiendas de prensa y chucherías, y da esta dirección.

Andrew rió. Colin y Frances lo imitaron.

—¿Qué os hace tanta gracia? —preguntó Sylvia.

El camarada Mo, desconcertado por este «choque de culturas», dijo:

—Uno de estos días vendré a que me lea el futuro.

—Si posee el don, será porque sus antepasados la aprecian —explicó Franklin—. Mi abuela era una mujer sabia. Vosotros la llamaríais hechicera. Era una ríganga.

—Una mujer chamán —tradujo Johnny.

—Yo estoy de acuerdo con el camarada Johnny —declaró el camarada Matthew—. Esas supersticiones son reaccionarias y deberían prohibirse. —Se levantó para irse.

—Deberías alegrarte de que gane algo de dinero —le dijo Frances a Johnny, que también se puso en pie.

—Vamos, compañeros. Es hora de irnos.

Antes de salir titubeó por un instante.

—Decidle a Julia que disuada a Phyllida de hacer esas cosas —pidió, como para recuperar el control de la situación.

Frances descubrió que sentía pena por Johnny. Se lo veía tan mayor... Bueno, ambos se acercaban a los cincuenta. La chaqueta a lo Mao le venía grande. Por su aire compungido dedujo que no le había ido bien en París. «Se ha quedado atrás —pensó—. Igual que yo.»

Se equivocaba con respecto a los dos.

A la vuelta de la esquina estaba la década de los setenta, que a lo largo y ancho del mundo (el mundo no comunista) engendró una raza de clones del Che Guevara, y durante la cual las universidades, en particular las de Londres, celebraron casi continuamente la Revolución con manifestaciones, revueltas, sentadas, encierros y toda clase de batallas. Mirase uno a donde mirase, se encontraba con jóvenes héroes, y Johnny se convirtió en un viejo patriarca: el hecho de que fuera un estalinista casi impenitente le confería un atractivo limitado ante aquellos jóvenes, que en general estaban convencidos de que si Trotski hubiera ganado la batalla del poder contra Stalin, el comunismo habría lucido una cara beatífica. Además tenía otra desventaja, que hacía que su séquito estuviera compuesto casi exclusivamente por hombres en lugar de por jovencitas entusiastas. Su estilo resultaba un desastre. El adecuado era el de los camaradas Tommy, Billy, o Jimmy, que llamaban la atención de una chica con un desdeñoso chasquido de dedos y espetaban: «Eres una basura burguesa», con la consiguiente connotación de: «Deja todo lo que tienes y vente conmigo.» (O más bien: «Dame todo lo que tienes.») Esto sigue vigente en la actualidad. Resulta irresistible. Y había algo peor: mientras que en el pasado la limpieza había sido equiparable a la santidad, ahora la mugre y el mal olor se consideraban tan valiosos como la tarjeta de afiliación al partido. Por desgracia Johnny, que había sido criado por Julia —o por sus criados—, era incapaz de ofrecer hediondos abrazos. La jerga... bueno, sí, se las apañaba con ella. Mierda, joder, vendido, fascista: todo discurso político debía contener esas palabras.

Sin embargo, estos placeres malolientes aún estaban por llegar.

Wilhelm Stein, que tan a menudo subía por la escalera para visitar a Julia, saludando con un formal movimiento de cabeza a quien encontrase en su camino, llamó esa noche a la puerta de la cocina, aguardó hasta que oyó un «adelante» y entró, haciendo una pequeña reverencia. El cabello y la barba platinados, el bastón con empuñadura de plata, el traje y hasta la posición de sus gafas traslucían una recriminación hacia las tres personas que estaban sentadas a la mesa, cenando.

Cuando Frances, Andrew y Colin lo invitaron a sentarse, obedeció y mantuvo el bastón vertical a su lado, sostenido por una mano maravillosamente cuidada que lucía un anillo con una oscura piedra azul.

—Me he tomado la libertad de interrumpirlos para hablarles de Julia —dijo, y posó la mirada sobre

cada uno de ellos como para impresionarlos con su seriedad. Todos esperaron—. Vuestra abuela no se encuentra bien —informó a los jóvenes, volviéndose hacia Frances, añadió—: Soy consciente de lo que cuesta convencer a Julia de que haga las cosas que le convienen.

Los tres pares de ojos que lo observaban le indicaron que los había juzgado mal. Suspiró e hizo ademán de levantarse, pero cambió de idea, tosió y dijo:

—No es que crea que no han cuidado debidamente de ella.

Colin se hizo cargo de la situación. Se había convertido en un joven robusto, con un aire todavía infantil en su redonda cara, y las pesadas gafas de montura negra que llevaba parecían querer controlar unas facciones que con demasiada frecuencia amenazaban con estallar en una carcajada irónica.

—Sé que no es feliz —comentó—. Todos lo sabemos.

—Me temo que podría estar enferma.

El problema residía en que Julia había perdido a Sylvia. Sí, la joven seguía en la casa, que era su hogar, pero los acontecimientos habían obligado a Julia a pensar que esta vez la separación era definitiva.

¿Acaso Wilhelm no lo veía?

—Julia está sufriendo por Sylvia —explicó Andrew—. Es así de sencillo.

—No soy tan idiota para no darme cuenta de cuáles son los sentimientos de Julia. Pero el asunto no tiene nada de sencillo.

Se puso en pie, decepcionado.

—¿Qué quiere que hagamos? —quiso saber Frances.

—Julia no debería pasar tanto tiempo sola. Tendría que salir a caminar. Sale muy poco, y no consigo convencerla de que su problema no es la edad. Yo tengo diez años más que ella y no me he dado por vencido. Me temo que Julia sí.

Frances estaba pensando que en todos aquellos años Julia jamás había aceptado una invitación para ir a cenar, a dar un paseo, al teatro o a una galería de arte. «Gracias, Frances, eres muy amable», se limitaba a decir.

—Quiero pedirles permiso para comprarle un perro a Julia. No, no un perro grande y alborotador, sino uno pequeño. Tendrá que ocuparse de él y sacarlo a pasear.

Una vez más, los tres rostros evidenciaron que no le confiarían lo que opinaban.

¿De verdad creía el viejo que un perrito iba a llenar el vacío en el corazón de Julia? Un trueque: ¡un perro a cambio de Sylvia!

—Claro que puede regalárselo —dijo Frances—, si piensa que ella se alegrará...

Ahora Wilhelm, que acababa de confesar que contaba más de ochenta años, aunque no le creyeran, respondió:

—No es que esté convencido de que sea lo mejor para ella. Pero la verdad es que... estoy desesperado.

—La solemnidad de sus modales, de su estilo, se esfumó, y de repente vieron ante sí a un anciano humilde, con lágrimas que se deslizaban hacia la barba—. Es necesario decirles que le profeso un gran afecto a Julia. Me entristece verla tan... tan... —Salía de la cocina—. Discúlpenme, deben disculparme.

—¿Quién será el primero en decir: «No pienso ocuparme de ese perro.»? —preguntó Frances.

Wilhelm apareció con un pequeño terrier al que ya había puesto el nombre de Stückchen —que significaba «trocito», «cosa pequeña»— y a modo de broma le había atado un gran lazo azul al cuello. Si bien la primera reacción de Julia fue apartarse del perro que correteaba ladrando alrededor de su falda, al advertir la ansiedad de su amigo por verla contenta se inclinó para acariciar al animal y tranquilizarlo.

Hizo una interpretación lo bastante buena como para que Wilhelm pensara que llegaría a querer al cachorro, pero cuando él se marchó, ella, consciente de que tendría que encargarse de la comida y las cacas del animal, se sentó temblando en una silla y pensó: «Es mi mejor amigo y me conoce tan poco que cree que deseo una mascota.»

Los días siguientes fueron incómodos: alimentos para perro, excrementos en el suelo, olores y un bicho inquieto que ponía a Julia al borde del llanto con sus ladridos. «¿Cómo ha podido?», se preguntaba, y cuando Wilhelm volvió a visitarla, los esfuerzos de Julia por mostrarse amable le indicaron que había cometido un gran error.

—Pero, querida, te vendría muy bien sacarlo a pasear. ¿Cómo lo has llamado? ¿Huracán? ¡Ya veo! —Y

tomó la puerta ofendido, de manera que ahora Julia habría de preocuparse también por él.

Como sabía que su ama lo detestaba, Huracán trabó amistad con Colin, que lo quería porque lo hacía reír, y así fue como se convirtió en Fiera, debido a lo ridículo que resultaba ver a ese animal minúsculo gruñendo, defendiéndose y atacando con unas mandíbulas del tamaño de las pinzas de Julia para servir el azúcar. Sus patas eran como bolas de algodón, sus ojos como negras semillas de papaya, su cola como una ensortijada cinta de seda plateada. Fiera seguía a Colin a todas partes, de manera que el perro que supuestamente iba a ser bueno para Julia acabó siendo bueno para Colin, que no tenía amigos, daba solitarios paseos por el parque y bebía en exceso; nada grave, pero lo suficiente para que Frances le confesara que estaba preocupada. Él se enfadó. «No me gusta que me espíen.»

El verdadero problema era que detestaba depender de su madre y su abuela. Había escrito dos novelas que distaban de ser buenas, lo sabía, y estaba trabajando en la tercera, con Wilhelm Stein como mentor. Se alegraba de que Andrew hubiera vuelto a convertirse en una persona dependiente. Después de aprobar sus exámenes con notas brillantes, éste se había incorporado a un bufete, pero ahora había decidido estudiar Derecho Internacional. Había vuelto a casa y planeaba ingresar en Oxford para seguir un curso de dos años.

Sylvia ya era médico residente, mucho más joven que sus compañeros, y trabajaba tan duro como los demás. Siempre regresaba a casa agotada y subía por la escalera como en trance, sin fijarse en nadie ni en nada; mentalmente ya estaba en la cama. Era capaz de dormir veinticuatro horas seguidas y luego se levantaba, se duchaba y volvía a largarse. A veces ni siquiera iba a saludar a Julia, y mucho menos a darle un beso de buenas noches.

Había algo más. El padre de Sylvia, su verdadero padre, el camarada Alan Johnson, había muerto y le había dejado una importante suma de dinero. La carta del abogado llevaba adjunta una carta de él, que obviamente había escrito en estado de ebriedad y que decía que entendía que ella, Tilly, había sido la única verdad de su vida: «Eres mi legado para el mundo»; por lo visto pensaba que su legado tangible no representaba más que una irrisoria contribución material. Ella ni siquiera recordaba si lo había visto alguna vez.

Sylvia subió a comunicarle la noticia a Julia y dijo: «Has sido muy generosa conmigo, pero ya no necesito más limosnas.»

Julia calló y se estrujó las manos sobre el regazo como si la joven la hubiera golpeado. La falta de tacto se debía al agotamiento. Sencillamente, Sylvia no estaba en sus cabales. No era una persona capaz de soportar una tensión y un estrés continuos; seguía siendo una jovencita frágil, con los ojos azules siempre irritados, por no hablar de lo mucho que tosía.

Wilhelm se encontró con Sylvia cuando ésta subía por la escalera, después de una semana de trabajo ininterrumpido y casi sin dormir, y le pidió consejo médico sobre Julia. «Lo siento, no me he especializado en geriatría», repuso ella y siguió hacia su cuarto, donde se acostó y se durmió en el acto.

Julia la había oído desde el rellano. Geriatría. Rumiaba, sufría..., todo constituía una afrenta para ella en su estado paranoico. Sentía que Sylvia se había vuelto contra ella.

Sylvia había leído la carta del abogado cuando estaba tan necesitada de sueño como un prisionero torturado, o como la madre de un recién nacido. Bajó a ver a Phyllida con la carta en la mano, y la encontró enfundada en un quimono estampado con los signos del zodíaco. Interrumpió el sarcástico «¿a qué debo el honor... ?» de su madre con una preguna:

—¿Te ha dejado dinero, mamá?

—¿Quién? ¿De qué hablas?

—Mi padre. Me ha dejado dinero. —Antes de que Phyllida estallara, como auguraba su rostro, le dijo

—: Escucha, calla y escucha.

Phyllida, empero, ya había empezado con su letanía de quejas:

—Así que yo no cuento, ¿no? Por supuesto que no, te ha dejado el dinero a ti...

Sin embargo, Sylvia se había dejado caer en una silla y se había quedado dormida en el acto. Phyllida sospechó que se trataba de un truco o una trampa. Miró con fijeza a su hija e incluso le levantó una lánguida mano y la dejó caer. Se sentó pesadamente, estupefacta, pasmada y sin habla. No era consciente de que Sylvia trabajase tanto; todo el mundo sabía que los médicos jóvenes..., pero que pudiera dormirse de esa manera, así sin más... Recogió la carta que había caído al suelo, la leyó y se sentó con ella en la mano. Hacía años que no se le presentaba la oportunidad de observar a su hija, de observarla de verdad.

En ese momento lo hizo. Tilly estaba tan delgada, pálida y desmejorada... Era un crimen lo que les exigían a los médicos residentes, alguien debería pagar por ello...

Esos pensamientos se fundieron con la quietud. Las pesadas cortinas estaban echadas, la casa en silencio. ¿Debía despertar a Tilly? Llegaría tarde al trabajo. Ese rostro... no se parecía en absoluto al suyo.

Tenía la boca de su padre, roja y delicada. «Rojo y delicado», buenas palabras para describir al camarada Alan, el héroe..., o eso creían todos. Se había casado con dos héroes comunistas, uno detrás del otro. ¿En qué demonios habría estado pensando? (Esta autocrítica tan impropia de ella pronto la conduciría a la vía dolorosa de la psicoterapia, y de allí a una existencia nueva.)

¿Tilly había bajado a contarle lo de la herencia para jactarse? ¿Se trataba de una provocación? Su sentido de la justicia le dijo que no. Sylvia se daba muchas ínfulas y detestaba a su madre, pero jamás la había tratado con crueldad.

La joven despertó sobresaltada y creyó que se encontraba en medio de una pesadilla. La áspera y roja cara de su madre, con sus desquiciados ojos acusadores, estaba justo encima de la suya, y al cabo de un instante esa voz comenzaría a chillarle, a gritarle como de costumbre. «Me has destrozado la vida. Si no hubiera sido por ti, habría... Eres mi maldición, mi cruz...»

Sylvia gritó, empujó a su madre y se irguió en la silla. Vio su carta en la mano de Phyllida y se la arrebató. Por último se levantó y dijo:

—Ahora escucha, mamá, pero no hables, por favor; sé que es injusto que me haya dejado todo el

dinero, de modo que te daré la mitad. Se lo comunicaré al abogado. —Se marchó corriendo, tapándose los oídos con las manos.

Después de consultar a Andrew, Sylvia informó a los abogados y éstos realizaron las gestiones necesarias. Al repartirse el dinero con Phyllida había convertido una herencia sustanciosa en una suma útil, suficiente para comprar una buena casa, contratar una póliza... en suma, garantizar cierta seguridad.

Andrew le recomendó que buscara asesoramiento económico.

De buenas a primeras sólo había que pagar los estudios de una persona —Andrew—, y Frances decidió que la siguiente vez que le ofrecieran un buen papel en el teatro, lo aceptaría.

Wilhelm volvió a llamar a la puerta de la cocina, pero esta vez el doctor Stein era todo sonrisas y se mostraba tímido como un colegial. De nuevo era domingo, y Frances, junto con los dos jóvenes de la casa, interpretaba una escena familiar en torno a la mesa de la cena.

—Tengo novedades —anunció Wilhelm a Frances—. Es decir Colin y yo tenemos novedades. —Sacó una carta y la sacudió en el aire—. Deberías leerla en voz alta, Colin... ¿no? Entonces lo haré yo.

Y leyó la carta de un buen editor que decía que El hijastro, la última novela de Colin, se publicaría pronto, y que habían depositado grandes esperanzas en ella.

Besos, abrazos, enhorabuenas, Colin sin habla a causa de la alegría. De hecho, estaban esperando aquella carta. Wilhelm había leído y condenado las dos primeras versiones de la novela, pero había aprobado la última y la había entregado a un editor, un amigo. El largo aprendizaje de Colin, que había puesto a prueba su paciencia y su perseverancia, había llegado a su fin. Mientras los humanos se besaban, se abrazaban y gritaban, el minúsculo perro saltaba y emitía pequeños ladridos de éxtasis que reflejaban sus ansias de sumarse a la fiesta, hasta que saltó al hombro de Colin y empezó a agitar su plumífera cola como un limpiaparabrisas contra su rostro, amenazando con tirarle las gafas.

—Abajo, Fiera —lo riñó Colin. La absurda situación lo movió a atragantarse con las lágrimas y la risa, y se puso en pie de un salto gritando «¡Fiera! ¡Fiera!» mientras corría escaleras arriba con el perro en sus brazos.

—Magnífico, magnífico —exclamó Wilhelm Stein, quien tras besar el aire por encima de la mano de Frances se marchó sonriendo a ver a Julia, que al enterarse de la noticia permaneció sentada en silencio por unos instantes.

—De manera que yo estaba equivocada, muy equivocada —dijo por fin.

Wilhelm, que sabía lo mucho que a ella le molestaba equivocarse, se volvió para no ver las lágrimas de remordimiento que asomaban a sus ojos. Sirvió dos copas de madeira, tomándose su tiempo:

—Tiene talento, Julia, pero lo más importante es su tenacidad.

—Entonces tendré que pedirle disculpas, porque no he sido justa con él.

—¿Y mañana me acompañarás al Cosmo? Te vendrá bien dar un pequeño paseo.

De manera que Julia se disculpó con Colin, que frente al evidente trastorno emocional de la anciana puso todo su empeño en tranquilizarla. Después, con el brazo enlazado con el de Wilhelm, Julia bajó lentamente la cuesta hasta el Cosmo, donde él la cortejó con tartas y cumplidos mientras las llamas del debate político saltaban o humeaban alrededor de los dos.

Frances leyó El hijastro y se lo pasó a Andrew, que comentó: «Es interesante. Muy interesante.»

Años antes Frances se había visto obligada a sentarse a escuchar las críticas de Colin contra ella y su padre, tan encendidas y crueles que se había sentido abrasada por ríos de lava. Y en esas páginas estaba toda esa ira destilada. Era la historia de un niño cuya madre se había casado con un embaucador, un sinvergüenza con pico de oro que ocultaba sus crímenes detrás de cortinas de palabras persuasivas, palabras que prometían toda clase de paraísos. Se mostraba cruel o indiferente con su hijo. Cuando éste pensaba que su torturador se había marchado para siempre, aparecía otra vez, y la madre sucumbía a sus encantos, porque era encantador, aunque de una manera siniestra. El pequeño le contaba su historia a un amigo imaginario, el tradicional compañero de juegos de los niños solitarios, y la narración resultaba triste y graciosa a la vez, ya que el lector adulto podía interpretar la distorsionada visión infantil como una exageración: las escenas casi de pesadilla, semejantes a sombras proyectadas por una vela en la pared, eran más bien trilladas, casi chabacanas. Un lector de la editorial había descrito la novela como una pequeña obra de arte, y quizá lo fuera. Pero la madre y el hermano mayor del autor veían algo más: la magia de la historia había conjurado una terrible angustia. Con ese libro Colin demostraba que era un adulto:

—¿Sabes? —dijo Andrew—, creo que mi hermano pequeño me ha superado; yo sería incapaz de alcanzar ese grado de distanciamiento.

—¿Tan espantoso fue? —preguntó Frances, temiendo la respuesta.

—Sí, fue espantoso, me parece que no eres consciente de ello... No imagino un padre peor, ¿tú sí?

—No os pegaba —repuso Frances con un hilo de voz, buscando desesperadamente una circunstancia que mejorase la historia.

Andrew contestó que había cosas peores que las palizas.

A pesar de todo, cuando decidieron organizar una cena para celebrar la publicación de El hijastro, el propio Colin añadió el nombre de su padre a la lista de convidados.

«Todo el mundo» volvería a sentarse alrededor de la enorme mesa. «He invitado a todo el mundo», anunció Colin. Sophie, la primera, había aceptado. Geoffrey, Daniel y James, que frecuentaban la casa de Johnny, dijeron que irían, aunque tarde: tenían una reunión. Johnny dijo lo mismo. Jill, a quien Colin había encontrado en la calle, había prometido asistir. Julia protestó que nadie querría la compañía de una vieja aburrida, pero Wilhelm la riñó: «No digas tonterías, querida.» Sylvia le aseguró que haría todo lo posible por escaparse del trabajo.

Pusieron la mesa para once personas. Wilhelm había aportado un pastel maravilloso y muy poco inglés, una espiral alta y redondeada cubierta de algo que semejaba un tul brillante y acartonado y que en realidad era una capa de crema y merengue. Estaba salpicado de pequeñas escamas doradas. Sophie señaló que resultaba más apropiado para llevarlo puesto que para comérselo.

Cuando se sentaron a cenar la mitad de los sitios estaban desocupados, pero enseguida llegó Sophie, acompañada por Roland.

—No, no me sentaré —avisó el joven actor, hechizando a los presentes con su poderoso atractivo—.

Sólo he venido a darte la enhorabuena, Colin. Como sabes, soy un trepador impenitente, y tenía que congraciarme contigo por si llegas a convertirte en un escritor famoso.

Besó a Frances y luego a Andrew —que se lo tomó con humor—, le estrechó la mano a Colin, saludó a Julia con una inclinación de la cabeza y a Wilhelm con una exagerada reverencia.

—Hasta luego, cariño —le dijo a Sophie. Y luego—: Tengo una función dentro de veinte minutos. —

Poco después oyeron el rugido de su coche.

Sophie y Colin, que estaban sentados el uno al lado del otro, se besaban, se abrazaban y unían sus mejillas. Todos se permitieron fantasear con que Sophie abandonaría a Roland, que la hacía infeliz, y luego ella y Colin...

Brindaron. Sirvieron la comida. En mitad de la cena, se presentó Sylvia. Como de costumbre, estaba desencajada: parecía a punto de caer rendida, y sabían que lo haría en cualquier momento. La acompañaba un joven colega a quien definió como otra víctima del sistema. Ambos se sentaron, aceptaron sendas copas de vino y permitieron que les sirvieran la comida, pero estaban quedándose dormidos en la silla.

—Será mejor que subáis a la cama —sugirió Frances.

Se levantaron como fantasmas y se marcharon.

—Qué sistema tan extraño —opinó Julia con una voz áspera que últimamente sonaba amenazadora y triste—. ¿Cómo es posible que traten tan mal a estos jóvenes?

Jill llegó tarde, con actitud culpable. Ahora era una mujer robusta, con una cabellera rubia y encrespada y ropa que parecía especialmente diseñada para conferirle un aspecto competente, lo que resultó comprensible cuando anunció que se presentaría como candidata a concejala en las elecciones municipales. Se mostraba muy efusiva y no paraba de decir lo mucho que se alegraba de haber vuelto: vivía a setecientos metros de distancia. Sin que nadie se lo pidiera, les informó de que Rose era periodista y «políticamente muy activa».

—¿Puedo preguntar qué causa ha acaparado su atención ? —quiso saber Julia.

Jill, que no entendió a qué se refería la pregunta, pues no había más que una causa, la Revolución, contestó que Rose estaba «metida en todo».

Johnny llegó hacia el final de la alegre velada. Últimamente tenía un aire más marcial que nunca, serio y taciturno. Llevaba una chaqueta de camuflaje y, debajo, un jersey negro de cuello cisne y tejanos negros.

Su cabello gris estaba cortado casi al rape. Le tendió una mano a Colin y dijo:

—Enhorabuena. —Luego, dirigiéndose a su madre—: Espero que te encuentres bien, Mutti.

—Bastante bien —respondió Julia.

Johnny se volvió hacia Wilhelm:

—Ah, ha venido. Excelente. —Saludó a Frances con una inclinación de la cabeza y le comentó a Andrew—: Me alegro de que estés estudiando Derecho Internacional. Nos resultará útil. —Se acordó de Sophie y le hizo una breve reverencia, mientras que a Jill, a quien conocía bien, le dispensó un saludo de camarada.

Cuando se sentó, Frances le llenó el plato y Wilhelm le sirvió vino. El camarada Johnny alzó su copa para brindar por los compañeros obreros del mundo y luego continuó con el discurso que había pronunciado en el mitin al que acababa de asistir, aunque primero transmitió las disculpas de Geoffrey, James y Daniel, que estaban convencidos de que todos entenderían que la lucha era lo primero. El imperialismo americano..., la maquinaria militar-industrial..., el servil papel de Gran Bretaña..., la guerra de Vietnam...

No obstante, Julia, que se sentía angustiada por lo que estaba ocurriendo en Vietnam, lo interrumpió para preguntar:

—¿Podrías informarme mejor, Johnny? Me gustaría mucho saber algo más al respecto. No consigo entender cuál es la causa de esta guerra.

—¿La causa? ¿Necesitas preguntarlo, Mutti? Es económica, naturalmente. —Prosiguió con su perorata, deteniéndose únicamente para llevarse comida a la boca.

Colin lo detuvo.

—Un momento. Para un momento. ¿Has leído mi libro? No me has dicho nada.

Johnny dejó el cuchillo y el tenedor y miró a su hijo con expresión grave.

—Sí, lo he leído.

—¿Y qué te parece?

Seguir: parte 2 de 3