El sueno mas dulce
Nunca he hecho nada para merecer el…
Este capítulo es largo, así que está dividido en 3 partes.
—Pobre Andrew.
—Pobre Sophie. Bueno, es una masoquista. Tú deberías entenderlo.
—¿Eso es lo que crees que soy?
—Es evidente que tienes talento para sufrir, ¿no estás de acuerdo?
—Ahora no. Hace mucho tiempo que no es así.
Colin titubeó. La escena podría haber acabado allí, pero se levantó de un salto, puso otra bolsita de té en su taza, le echó agua, reparó en que ésta no había hervido, extrajo la bolsita de la taza y la arrojó al fregadero, soltó una maldición, sacó la bolsita del fregadero y la tiró a la basura, encendió el hervidor eléctrico, escogió otra bolsita, vertió agua hirviendo..., todo esto con una precipitada torpeza que le indicó a Frances que no estaba disfrutando con el enfrentamiento. Regresó y colocó la taza sobre la mesa. Se levantó, acarició rápidamente al perro y se sentó de nuevo.
—No es nada personal —dijo—, pero he estado pensando... Es tu generación. Sois todos iguales.
—Ah—respondió Frances, contenta de que tocara el manido tema de los principios generales.
—El deseo de salvar el mundo. El paraíso apuntado en cada nuevo orden del día.
—Me estás confundiendo con tu padre —dijo Frances, y decidió contraatacar—. Estoy harta de esto.
Siempre me involucran en los crímenes de Johnny. —Reflexionó sobre la palabra empleada—. Sí, crímenes. A estas alturas pueden llamarse así.
—¿Alguna vez no lo fueron? ¿Sabes una cosa? Leí en The Times que dijo: «Sí, hemos cometido errores.»
—Ya. Pero yo no cometí esos crímenes ni los apoyé.
—De todas maneras, ibas de salvadora del mundo, como él. Todos vosotros. Sois unos arrogantes, ¿lo sabías? No creo que haya existido una generación más presuntuosa. —Seguía sonriendo; disfrutaba del ataque, aunque también se sentía culpable—. Johnny siempre dando discursos y tú llenando la casa de descarriados y menesterosos.
Vaya, habían llegado al meollo de la cuestión.
—Lo siento —repuso Frances—, pero no veo la relación. No recuerdo que Johnny ayudara nunca a nadie.
—¿Ayudar? Si quieres llamarlo así... Bueno, su casa está atestada de americanos que huyen del ejército (no es que yo tenga nada contra eso) y de camaradas de todos los rincones del mundo.
—No es lo mismo.
—¿Nunca te has preguntado qué les habría pasado si no los hubieras metido a todos en esta casa?
—Uno de ellos era tu amiga Sophie.
—Pero nunca llegó a instalarse aquí.
—Prácticamente vivía aquí. ¿Y qué me dices de Franklin? Estuvo con nosotros más de un año. También era amigo tuyo.
—Y el maldito Geoffrey. Tenía que aguantarlo día y noche en el colegio, por no mencionar las vacaciones que pasaba aquí, durante años.
—Yo no sabía que te cayera tan mal. ¿Por qué no lo dijiste? ¿Por qué los jóvenes nunca habláis de lo que os molesta?
—Ahí tienes... No fuiste lo bastante perspicaz para darte cuenta.
—Vamos, Colin; ahora me dirás que no debimos permitir que Sylvia se mudara a esta casa.
—Yo no he dicho eso.
—Ahora no, pero solías decirlo. Me hacías la vida imposible con tus quejas. Ya estoy harta. Todo eso pertenece a un pasado lejano.
—Las consecuencias no pertenecen al pasado. ¿Sabías que esa arpía de Rose va por ahí diciendo que Julia es una borracha y tú una ninfómana?
Frances soltó una carcajada cargada de furia, pero sincera. Colin, que detestaba esa clase de risa, le dirigió una mirada angustiada y acusadora.
—Ay, Colin, si supieras qué vida más casta he llevado... —Hizo una pausa e, imbuyéndose del espíritu de la época, añadió—: Además, si hubiera tenido un ligue diferente cada fin de semana, habría estado en mi derecho, ¿no? Vosotros no habríais podido reprocharme nada.
Lo absurdo de la situación quedó de manifiesto en el acto. Colin palideció y guardó silencio.
—Por el amor de Dios, Colin, sabes perfectamente que...
—Guau, guau, guau —intervino el perro.
Frances se dobló de la risa. Colin sonrió con amargura.
Lo cierto era que el peso de su principal acusación se alzaba entre los dos, como un objeto envenenado.
—¿De dónde sacasteis esa seguridad en vosotros mismos? Papá salvando el mundo, un millón de muertos aquí, otro millón allá, y tú: «Ven, entra y ponte cómodo, te daré besitos en las pupas para que te sientas mejor.» —Parecía traumatizado por su triste infancia, y de hecho ofrecía todo el aspecto de un niño, con los ojos húmedos y los labios temblorosos...
Fiera bajó de su silla, saltó a las rodillas de su amo y se puso a lamerle la cara. Colin ocultó el rostro —
o parte de él— contra el lomo del perrito, y luego lo alzó para decir:
—¿De qué ibais? ¿Qué demonios os creíais? Todos salvadores del mundo, y os dedicabais a crear desiertos... ¿No te das cuenta de que nos habéis jodido? ¿Sabes que Sophie sueña con cámaras de gas y ningún miembro de su familia ha estado ni siquiera cerca de una? —Se levantó, abrazando al perro
—Un momento, Colin...
—Ya hemos hablado del punto principal del orden del día: Sophie. Es desgraciada y seguirá siéndolo.
Hará desgraciado a Andrew. Luego se buscará otro hombre y continuará siendo desgraciada.
Salió corriendo de la cocina y subió por la escalera, mientras el perrito profería en sus brazos su estridente y ridículo guau, guau, guau.
En la casa de Julia sucedía algo de lo que nadie estaba al corriente. Wilhelm y Julia querían casarse, o por lo menos que él se instalase en aquélla. Se quejaba, al principio en tono de broma, de que lo obligaban a vivir como un adolescente, haciendo pequeñas escapadas para encontrarse con su amada en el Cosmo o en un restaurante; en ocasiones pasaba el día y la mitad de la noche con Julia, pero luego debía volver a su casa. Julia eludía el compromiso bromeando con que por lo menos no eran adolescentes que suspiraban por meterse en la cama juntos, a lo que él respondía que la cama no servía sólo para el sexo. Por lo visto recordaba abrazos y conversaciones sobre el mundo en la oscuridad. Si bien Julia no estaba convencida de querer compartir el lecho después de tantos años de viudez, poco a poco empezó a entenderlo. Siempre le sabía mal quedarse cómodamente en sus habitaciones cuando él tenía que marcharse, hiciera el tiempo que hiciese. Wilhelm vivía en un piso muy grande, que en el pasado había compartido con su esposa —
muerta hacía mucho tiempo— y sus dos hijos, que ahora vivían en Estados Unidos. Rara vez estaba allí.
Aunque no era pobre, no parecía sensato que mantuviera el piso con portero y un pequeño jardín cuando ella poseía una casa enorme. Hablaron, discutieron y finalmente riñeron en torno a lo que había que hacer al respecto.
Resultaba inconcebible que Wilhelm viviese con Julia en las cuatro pequeñas habitaciones que para ella bastaban. Además, ¿dónde metería sus libros? Tenía miles, muchos de ellos de los tiempos en que era librero. Tras colonizar el cuarto de Andrew, Colin se había apoderado de todo el piso de abajo. No podían pedirle que se marchara, ¿o sí? De todos los habitantes de la casa, con excepción de la propia Julia, era el que más necesitaba su espacio, un lugar seguro en el mundo. Debajo de Colin estaba Frances, que ocupaba dos habitaciones amplias y una pequeña. Y en esa misma planta se encontraba el cuarto de Sylvia. Aunque sólo lo usaba una vez al mes, era su hogar y debía seguir siéndolo.
No obstante, Wilhelm quiso saber por qué no podían pedirle a Frances que se buscara otra casa.
Ganaba suficiente dinero, ¿no? Julia se negó. La familia Lennox había utilizado a Frances para que criase a dos hijos, ¿y ahora iban a ponerla de patitas en la calle? Julia jamás le había perdonado a Johnny que tras la muerte de Philip le sugiriera que se mudase a un pequeño apartamento.
Debajo de las habitaciones de Frances, el amplio salón se extendía de un extremo al otro de la casa.
¿Cabrían más estanterías para los libros de Wilhelm? Sin embargo, éste sabía que Julia no quería sacrificar esa estancia. Y aún quedaba Phyllida, que ahora estaba en condiciones de pagarse una vivienda propia. Contaba con el dinero que le había prometido Sylvia, y su actividad como vidente —y cada vez más como psicoterapeuta— le proporcionaba unos ingresos estables. Cuando los miembros de la familia se habían enterado de que Phyllida se dedicaba ahora a la terapéutica, habían soltado una retahila de chistes, todos en la línea de «Pero no puede salvarse a sí misma». A pesar de todo, captaba pacientes. Si se libraban de Phyllida y sus fieles clientes, nadie pondría objeciones. Bueno, sí, quizá Sylvia, que había adoptado una actitud maternal hacia su madre. Se preocupaba por ella. ¿Y de qué serviría que Phyllida se marchase? Sólo resultaría útil si Frances o Colin se mudaban al apartamento del sótano, pero ¿por qué iban a hacerlo? Y había algo más, un argumento poderoso que a Wilhelm no se le había pasado por la cabeza. Julia siempre había soñado con que Sylvia se instalase en la casa cuando se casara o encontrase
«una pareja». (Una expresión ridícula, en su opinión.) ¿Dónde? Bueno, Phyllida se iría del sótano y entonces...
Wilhelm empezó a decir que finalmente lo entendía: en realidad, a Julia no le apetecía vivir con él:
«Siempre te he querido más que tú a mí.»
Julia nunca había pensado que el amor entre ellos fuera mensurable. Simplemente contaba con él.
Wilhelm le prestaba apoyo y consuelo, y ahora que estaba envejeciendo (por mucho que el doctor Lehman dijese lo contrario), sabía que sería incapaz de vivir sin él. ¿No lo amaba? Bueno, no si lo comparaba con Philip. Pero esos pensamientos la incomodaban y no quería que siguieran haciéndolo, como tampoco quería oír los reproches de Wilhelm. Le habría gustado que se mudara a su casa si las cosas no hubieran sido tan complicadas, aunque sólo fuese para dejar de sentirse culpable por el amplio y desaprovechado piso de Wilhelm. Incluso estaba dispuesta a imaginar abrazos y conversaciones nocturnas en su antigua cama conyugal. Por otro lado, sólo había compartido el lecho con un hombre en su larga vida: le pedían demasiado, ¿no? Los reproches de Wilhelm se convirtieron en acusaciones; Julia lloraba y Wilhelm se arrepentía.
Frances planeaba irse de la casa de Julia. Por fin dispondría de un piso propio. Ahora que no tenía que pagar matrículas escolares ni universitarias, estaba ahorrando dinero. Viviría en una casa propia, no en la de Julia o de Johnny, un sitio lo bastante grande para dar cabida a sus libros y su material de investigación, que ahora estaban repartidos entre la casa de Julia y The Defender. «Qué agradable es recibir un sueldo fijo»; sólo alguien que no ha disfrutado de él puede decirlo con el sentimiento que merece. Frances recordó sus tiempos de periodista free-lance y sus insignificantes empleos en el teatro.
Aun así, cuando consiguiera ahorrar suficiente dinero para pagar la entrada de un piso, renunciaría a su puesto en The Defender, que cada vez se le antojaba menos apropiado para ella.
Siempre había llevado a cabo la mayor parte del trabajo en casa y nunca se había considerado parte integrante del periódico. Sus colegas se quejaban de sus idas y venidas, como si su conducta entrañara
una crítica a The Defender. Y así era. Se sentía una extraña en una institución donde todo el mundo se sentía acosado por hordas hostiles y fuerzas reaccionarias, como si nada hubiera cambiado desde los gloriosos días del siglo anterior, cuando The Defender era prácticamente el único bastión de los saludables valores solidarios: no había habido una sola causa justa que ellos no hubieran defendido. En la actualidad el periódico abogaba por los injuriados y los agraviados, pero se comportaba como si difundieran problemas de las minorías, en lugar de —en general— «opiniones aceptadas».
Frances ya no era Tía Vera («Mi hijo se orina en la cama, ¿qué puedo hacer?»), sino que escribía artículos serios y bien documentados sobre temas como las diferencias entre los salarios masculinos y los femeninos, las desiguales oportunidades de trabajo o las guarderías: prácticamente todos sus reportajes trataban de la discriminación de la mujer.
En ciertos círculos, casi siempre masculinos (pues con creciente frecuencia los hombres se veían como víctimas de hostiles hordas femeninas), predominaba la opinión de que las periodistas de The Defender componían una especie de mafia formada por mujeres cargantes, obsesivas y sin sentido del humor pero con talento. Frances tenía de este último, desde luego: todos sus artículos acababan publicados en revistas e incluso en libros y se citaban en la radio o la televisión. En el fondo coincidía con que sus colegas eran unas pesadas, si bien sospechaba que ella no era mucho mejor. Ciertamente se sentía pesada, cargada con los males del mundo: la acusación de Colín había sido fundada: creía en el progreso y en que era posible cambiar las cosas si uno no cejaba en su empeño de denunciar las injusticias. ¿Acaso no era verdad, aunque sólo fuese a veces? Ella se enorgullecía de algunos pequeños triunfos. Al menos nunca había volado en los procelosos cielos del feminismo de moda: no era como Julie Hackett, que había prorrumpido en llanto al oír por la radio que la malaria la transmitía el mosquito hembra. «¡Los muy cabrones! ¡Cabrones fascistas!» Cuando Frances consiguió convencerla de que se trataba de un dato técnico y no de una calumnia inventada por científicos machistas para rebajar al sexo femenino
—«perdón, al género femenino»—, Julie se tranquilizó y dijo entre sollozos: «¡Es tan injusto!» Julie Hackett continuaba entregada al periódico. En casa llevaba delantales de The Defender, bebía en tazas de The Defender, usaba paños de cocina de The Defender. Pillaba una rabieta cada vez que alguien criticaba al periódico. Consciente de que Frances no estaba tan «comprometida» como ella (esa palabra le encantaba), a menudo le soltaba breves sermones destinados a concienciarla. Frances la encontraba tremendamente aburrida. Los aficionados a observar las diabluras de la vida ya habrán reconocido a este personaje, que a menudo nos acompaña y que aparece en todas las épocas y lugares, cual una sombra de la que nos gustaría librarnos pero que sigue ahí, como una burlona caricatura de sí misma aunque también, oh, sí, como un saludable recordatorio. Al fin y al cabo Frances había sucumbido a la cargante retórica de Johnny, se había dejado seducir por el Gran Sueño que había condicionado su vida desde entonces. Sencillamente, había sido incapaz de librarse de su influjo, y ahora trabajaba dos o tres días a la semana con una mujer para quien The Defender cumplía la misma función que había representado el partido para sus padres, que se jactaban de seguir siendo comunistas ortodoxos.
Algunas personas han llegado a la conclusión de que nuestra mayor necesidad —la del ser humano—
es tener algo o alguien a quien odiar. Durante décadas, las clases altas y medias desempeñaron este práctico papel, que en los países comunistas les acarreaba la muerte, la tortura y el encarcelamiento, y en países más ecuánimes, como Inglaterra, sencillamente las hacía merecedoras del oprobio general o de molestas obligaciones, como la de adquirir un acento cockney. No obstante, últimamente ese credo empezaba a quedar desfasado. El nuevo enemigo —los hombres— resultaba aún más útil, pues abarcaba a la mitad de la especie humana. A lo largo y ancho del planeta las mujeres enjuiciaban a los hombres, y cuando Frances estaba con sus colegas de The Defender, se sentía como miembro de un jurado enteramente femenino que acabara de dictar un veredicto unánime de culpabilidad. Convencidas de estar en posesión de la verdad, en los momentos de ocio contaban anécdotas que ilustraban la grosería de fulano o la desfachatez de mengano, cambiaban miradas o comentarios irónicos, apretaban los labios y enmarcaban las cejas, y cuando había hombres presentes, los vigilaban buscando pruebas de su incorrección ideológica para lanzarse sobre ellos como una gata sobre un gorrión. Nunca han existido personas más arrogantes y seguras de su superioridad moral, ni con menor capacidad de autocrítica. Sin embargo, sólo marcaron una etapa del movimiento de liberación de la mujer. En sus inicios, el nuevo feminismo de los sesenta semejaba una niña en una fiesta: loca de alegría, con las mejillas arreboladas y los ojos brillantes, bailando y gritando: «No llevo bragas, ¿podéis verme el culo?» Al igual que a una niña de tres años a quien los adultos no hacen el menor caso, ya se le pasaría con la edad. Y así fue. «¿Quién, yo? Yo jamás hice nada semejante... Vale, de acuerdo, pero era una cría.»
La sensatez se impuso rápidamente, y si el precio que hubo que pagar para hacerse valer fueron unas irritantes ínfulas de superioridad moral, sin duda se trataba de un precio muy bajo a cambio de una investigación tan seria y rigurosa: la tarea infinitamente tediosa de desenterrar hechos, cifras, informes gubernamentales y datos históricos, la clase de trabajo que cambia leyes y opiniones e instaura la justicia.
A esta etapa, como es lógico, le sucedió otra.
Entretanto, Frances llegó a la conclusión de que trabajar para The Defender no se diferenciaba mucho de ser la mujer de Johnny: tenía que cerrar el pico y reservarse sus opiniones. Por eso siempre se había llevado gran parte del trabajo a casa, porque guardarse lo que uno piensa resulta desgastador, extenuante. De manera que tardó bastante tiempo en caer en la cuenta de que muchos de los periodistas que trabajaban para The Defender eran hijos de los camaradas del partido, aunque había que conocerlos bien para reparar en ello. Si uno había recibido una educación de izquierdas, se lo callaba: resultaba
demasiado difícil de explicar. Pero ¿y si los demás se hallaban en la misma situación? Esto no ocurría únicamente en The Defender. Era sorprendente la frecuencia con que uno oía: «Mis padres estuvieron en el partido, ¿sabes?» Aquella generación de creyentes, ahora desautorizada, había traído al mundo hijos que, si bien renegaban de las ideas de sus padres, admiraban su dedicación, al principio en secreto, luego abiertamente. «¡Qué fe! ¡Qué pasión! ¡Qué idealismo! ¿Cómo pudieron tragarse tantas mentiras?» Por el contrario ellos, los hijos, tenían una mente abierta y libre, no contaminada por la propaganda.
Sin embargo, la realidad era que la atmósfera de The Defender y otros organismos liberales la había
«fijado» el partido. La semejanza más ostensible residía en la hostilidad hacia las personas que no compartían sus ideas. Los hijos liberales o izquierdosos de padres que ellos tachaban de fanáticos mantenían intactos ciertos hábitos de pensamiento heredados. «Si no estás con nosotros, estás contra nosotros.» La costumbre de radicalizar: «Si no piensas como nosotros, eres un fascista.»
Y al igual que en el partido en los viejos tiempos, se había erigido un altar con personajes admirados, héroes y heroínas, ahora por lo general no comunistas, aunque el camarada Johnny era una figura prominente, un viejo patriarca, un miembro de la vieja guardia a quien sin duda habrían retratado subido a una plataforma, agitando continuamente el puño hacia un cielo reaccionario. Oh, sí, se habían cometido
«errores», y todos lo admitían, pero aquel gran poder seguía defendiéndose, porque el hábito estaba demasiado arraigado.
En el periódico se rumoreaba que ciertas personas eran espías de la CÍA. Nadie ponía en duda que ésta tenía espías en todas partes, de manera que debía de haberlos allí también: nadie insinuó jamás que el KGB soviético estuviese detrás, manipulando e influyendo, como se reconoció veinte años después. El principal enemigo era Estados Unidos: eso se sobreentendía o se proclamaba a bombo y platillo. Era un estado fascista y militarista en el que no había libertad ni democracia verdadera, según denunciaban continuamente en artículos y discursos quienes pasaban sus vacaciones allí, enviaban a sus hijos a las universidades estadounidenses o «cruzaban el charco» para participar en manifestaciones, revueltas, marchas y asambleas.
Un joven ingenuo, que se había unido a la plantilla de The Defender porque admiraba su glorioso y honorable historial en la línea del pensamiento libre y justo, alegó impulsivamente que era un error tachar de fascista a Stephen Spender por hacer campaña contra la Unión Soviética e intentar convencer a la gente de «la verdad», expresión que significaba lo contrario de lo que aseveraban los comunistas. En su opinión, dado que todo el mundo estaba al corriente de los fraudes electorales, las farsas de los juicios, los campos de concentración, los trabajos forzados y el hecho de que Stalin era peor que Hitler, no había nada de malo en denunciar todas esas cosas. Hubo gritos, aullidos, lágrimas: un escándalo que estuvo a punto de desembocar en una pelea a puñetazos. El joven se marchó y los demás lo tildaron de agente de la CÍA.
Frances no era la única que suspiraba por largarse de aquel antro lleno de gente quisquillosa e hipócrita. Rupert Boland, su buen amigo, era otro. Esta secreta antipatía que albergaban hacia la institución en la que trabajaban fue lo que los unió en primer lugar y después, cuando se les presentó la oportunidad de marcharse a escribir artículos para otros periódicos, se quedaron, cada uno de ellos pensando en el otro, algo que ninguno de los dos sabía, ya que tardaron mucho tiempo en confesárselo.
Cuando Frances descubrió que corría el peligro de enamorarse de ese hombre, era demasiado tarde; ya se había enamorado. ¿Y por qué no? Las cosas se desarrollaron lentamente pero de manera satisfactoria.
Rupert quería vivir con Frances.
—¿Por qué no te instalas en mi casa? —preguntó. Tenía un piso en Marylebone.
Frances contestó que quería poseer una casa propia por una vez en su vida. Al cabo de un año habría ahorrado suficiente dinero.
—Deja que te preste lo que te falta —propuso él.
Ella rechazó el ofrecimiento con excusas. Entonces no sería un lugar completamente suyo, un refugio que pudiese considerar propio. El no lo entendió y se ofendió. A pesar de estas discrepancias, el amor entre ellos prosperó. Ella pasaba algunas noches en su casa, aunque no demasiadas, por miedo de disgustar a Julia y a Colin.
—¿Por qué? —se quejaba Rupert—. Ya has cumplido los veintiuno, ¿no?
Cuando se llega a cierta edad, hay momentos en que episodios enteros de una historia de sufrimiento y golpes se yuxtaponen y afloran a la superficie. No se sentía capaz de explicárselo. Y tampoco quería hacerlo: que no se hablara más. Basta. Fin. Rupert no lo comprendería. Había estado casado y tenía dos hijos que vivían con su madre. Los veía con regularidad, y ahora también los veía Frances. Sin embargo, él no había sufrido las feroces imposiciones de los adolescentes.
—Pero no somos unos críos que tengan que esconderse de los mayores —protestaba, como Wilhelm.
—No lo sé, pero por el momento es divertido.
Surgió un posible problema, que al final no lo fue: él era diez años menor que ella. ¡Frances tenía casi sesenta, y él diez menos! Después de cierta edad, diez años más o menos no significan mucho. Además de recordarle que el sexo era algo agradable, Rupert constituía una estupenda compañía. La hacía reír, y ella sabía que lo necesitaba. Ambos estaban descubriendo con incredulidad lo fácil que resultaba ser feliz.
¿Cómo era posible que algo tan sencillo se les hubiera antojado tan difícil, agotador y doloroso?
Entretanto, no parecía haber un domicilio para ese amor, que no se manifestaba como un frenesí adolescente sino como un sentimiento más reposado y cotidiano.
La multitud que celebraba la independencia de Zimlia no cabía en el local: había invadido la escalinata de la entrada y amenazaba con obstruir el tráfico, como había ocurrido durante las fiestas por Kenia, Tanzania, Uganda y Zimlia del Norte. La mayor parte de la concurrencia seguramente había asistido a todas las celebraciones anteriores. Los sentimientos de triunfo estaban representados en toda su gama: desde la serena satisfacción de quienes habían trabajado durante años para que llegara este momento hasta la desbordante euforia de aquellos que encuentran a la muchedumbre tan embriagadora como el amor, el odio o el fútbol. Frances estaba allí porque Franklin la había telefoneado: «Os quiero allí. Tenéis que ir. Tú y todos mis viejos amigos. —Era halagador—. ¿Y dónde está la señorita Sylvia? Por favor, invítala también a ella.»
Por eso Sylvia estaba con Frances, abriéndose paso entre el gentío, aunque había dicho y seguía diciendo:
—Tengo que hablar contigo, Frances. Es importante.
Alguien tiró de la manga de Frances.
—¿Señora Lennox? ¿Es usted la señora Lennox? —preguntó una ansiosa joven con pelo rojo tan crespo como el de una muñeca de trapo y pinta de desorientada—. Necesito su ayuda.
Frances se detuvo, con Sylvia detrás.
—¿Qué ocurre? —gritó Frances.
—¡Ha sido tan buena con mi hermana...! Le debe la vida. Por favor, necesito ir a verla. —La joven también hablaba a voces.
Frances tardó unos segundos en comprender lo que sucedía.
—Ya entiendo. Creo que quiere hablar con la otra señora Lennox, con Phyllida.
La chica contrajo el rostro en sucesivas muecas de desconfianza, frustración y tristeza.
—¿No quiere...? ¿No puede? ¿No es usted...?
—Se ha equivocado de persona. —Frances echó a andar de nuevo, del brazo de Sylvia. Tardaría un tiempo en asimilar la idea de que alguien tuviese semejante concepto de Phyllida—. Se refería a Phyllida
—explicó.
—Lo sé —repuso Sylvia.
Al llegar a la puerta del local, advirtieron que se hallaba atestado y que era imposible entrar, aunque Rose y Jill estaban de porteras. Ambas lucían escarapelas del tamaño de platos y con los colores de la bandera de Zimlia. Rose soltó un grito de alegría al ver a Frances.
—Es como una reunión familiar —le dijo al oído—. Ha venido todo el mundo. —Entonces reparó en Sylvia y añadió en tono de indignación—. No sé por qué crees que vas a encontrar sitio. Jamás te he visto en una manifestación.
—Ni a mí—señaló Frances—. De todos modos, espero que eso no me convierta en una oveja negra.
—Oveja negra —se mofó Rose—. Una expresión típica. —Se hizo a un lado para dejar paso a Frances y luego, por obligación, también a Sylvia—. Necesito hablar con Franklin, Frances —dijo.
—¿No deberías comentárselo a Johnny? Franklin se aloja con él cuando está en Londres.
—Johnny no parece acordarse de mí..., aunque formé parte de la familia, ¿no? Durante siglos.
Se oyó una ovación. Los oradores estaban subiendo a la tribuna: eran unos veinte, y entre ellos figuraban Johnny, Franklin y otros negros. Franklin avistó a Frances, que se había abierto paso a empujones hasta las primeras filas, y saltó de la tribuna riendo, casi llorando, frotándose las manos, rebosante de alegría. Abrazó a Frances, miró alrededor y preguntó:
—¿Dónde está Sylvia? —Se fijó en una mujer joven y delgada, con la lacia melena rubia recogida en la nuca y la cara muy pálida, que llevaba un jersey negro de cuello alto. A continuación miró alrededor por un instante y volvió a posar la vista en ella.
—¡Aquí estoy! —exclamó Sylvia para hacerse oír por encima de los aplausos y los gritos.
En la tribuna, los oradores agitaban los brazos, entrelazaban los dedos por encima de la cabeza y saludaban con el puño en alto a cierto ente que aparentemente flotaba sobre las cabezas del público.
Sonreían y reían, absorbiendo el amor de la multitud y devolviéndolo en forma de rayos calurosos y casi visibles.
—Estoy aquí. Ya no me recuerdas, Franklin.
Jamás el rostro de un hombre expresó una desilusión mayor. Durante años, Franklin había retenido en su memoria a aquella delicada niña rubia que era como un pollito recién nacido, tan dulce como la Virgen y las santas de las imágenes sagradas de la misión. Ahora, la mujer de aspecto grave que tenía delante, le hacía daño. No quería mirarla. No obstante, ella se acercó desde detrás de Frances y lo abrazó, sonriendo, y por un segundo Franklin pensó: «Sí, es Sylvia...»
—¡Franklin! —gritaron desde la tribuna.
En ese momento llegó Rose e insistió en abrazarlo.
—Soy yo, Franklin —dijo—. ¿Me recuerdas?
—Si, sí, sí —contestó él, que guardaba recuerdos ambiguos de Rose.
—Necesito hablar contigo.
—De acuerdo, pero ahora debo subir.
—Te esperaré después de la asamblea. Recuerda que es por tu propio bien.
Subió y se convirtió en una brillante y risueña cara negra entre las otras, al lado de Johnny Lennox, que semejaba un viejo aunque digno león sarnoso y saludaba a los seguidores de abajo agitando el puño.
Sin embargo, Franklin continuó recorriendo la sala con la mirada como si buscase a la antigua Sylvia, y cuando la fijó en la auténtica, sentada en la primera fila, ella lo saludó con la mano y le sonrió. Una expresión de dicha volvió a iluminar el rostro de Franklin, que abrió los brazos como si quisiera estrechar al público entre éstos, aunque era a ella a quien quería abrazar.
Durante la celebración de una victoria no se habla mucho de los soldados muertos, o bien todo lo contrario e incluso se canta sobre los compañeros caídos «que hicieron posible este triunfo», pero las aclamaciones y las estruendosas consignas por parte de los vencedores están destinadas a relegar al olvido los huesos que yacen en la grieta de una roca, en una colina o en una tumba tan poco profunda que los chacales la abren para esparcir costillas, dedos, una calavera... Detrás del jolgorio reina un silencio acusador, que pronto se llenará de olvido. En aquel local, había pocas personas que hubieran perdido hijos en la guerra —los asistentes, en su mayoría, eran blancos— o que hubieran luchado en ella, pero los hombres de la tribuna habían estado en el ejército o habían visitado a los combatientes. También había individuos que se habían entrenado para la lucha política o la guerra de guerrillas en la Unión Soviética o en los campos de instrucción soviéticos en territorio africano. Y muchos de los miembros del público habían estado en distintas regiones de África «en los viejos tiempos». Pese a que entre ellos y los activistas mediaba un abismo, todos habían prorrumpido en vítores.
Los veinte años de guerra habían empezado con revueltas aisladas, manifestaciones de «descontento social» y de «desobediencia civil» o rencores que se habían cometido en matanzas o incendios, pero todas esas gotas se habían unido para formar el torrente de la guerra, una guerra que, aunque había durado dos décadas, pronto sería recordada únicamente en las celebraciones conmemorativas. El ruido era ensordecedor y no parecía que fuese a cesar. La gente gritaba, lloraba, se abrazaba y besaba a desconocidos mientras en la tribuna se sucedían los oradores negros y blancos. Franklin habló una vez y luego otra. La multitud simpatizaba con ese hombre robusto y risueño que, según se comentaba, pronto formaría parte del Gobierno del camarada Matthew Mungozi, hasta hacía poco un nombre más entre una docena de líderes potenciales y que había ganado inesperadamente las recientes elecciones. Un poco tarde, llegó el camarada Mo, emocionado, sonriente, saludando con la mano. Subió de un salto a la tribuna y explicó que acababa de regresar de los territorios ocupados por la guerrilla, que había depuesto las armas y estaba trazando planes para hacer realidad los dulces sueños que los habían mantenido en la lucha durante tantos años. De esos sueños le habló a la multitud, gesticulando, agitado y lloroso: habían estado tan pendientes de las noticias de la guerra que no habían tenido tiempo de pensar cuan pronto oirían la frase: «Y ahora construiremos el futuro juntos.» El camarada Mo no procedía de Zimlia, pero eso no importaba: ningún otro orador había visitado a los guerrilleros recientemente, ni siquiera el camarada Matthew, que había estado demasiado ocupado negociando con el Gobierno británico o asistiendo a reuniones internacionales. La mayor parte de los estados del mundo le habían prometido su apoyo. De la noche a la mañana se había convertido en un personaje público.
A Frances y Sylvia les resultó imposible abrirse paso para salir de allí, y el vocerío, las lágrimas y los discursos continuaron hasta que el encargado del local se presentó para comunicarles que les quedaban diez minutos del tiempo que habían pagado. Se oyeron gruñidos, abucheos y gritos de «fascistas». La concurrencia se encaminó hacia las puertas. Frances se quedó mirando a Johnny, esperando que al menos diese alguna señal de haberla visto, lo cual finalmente hizo con una adusta inclinación de la cabeza. Rose trepó a la tribuna para saludar a Johnny, que le dedicó otra cabezada. A continuación Rose se puso delante de Franklin, interponiéndose entre éste y la gente que quería abrazarlo, estrechar su mano o incluso sacarlo a hombros de la sala.
Cuando Frances y Sylvia llegaron al vestíbulo, Rose las alcanzó, henchida de satisfacción. Franklin le había prometido una entrevista con el camarada Matthew. Sí, de inmediato. Sí, sí, sí, le había prometido que podría hablar con el camarada Matthew, quien viajaría a Londres la semana siguiente.
—¿Lo ves? —le comentó a Frances, sin mirar a Sylvia—. Ya voy bien encaminada.
—¿Hacia dónde? —inquirió Frances. Era la pregunta que Rose esperaba.
—Ya lo verás —respondió Rose—. Lo único que quería era una oportunidad —aclaró y a continuación se marchó para cumplir con sus obligaciones.
Frances y Sylvia permanecieron un rato en la acera, rodeadas de personas felices que se resistían a dispersarse.
—Tengo que hablar contigo, Frances —dijo Sylvia—. Es importante. Tengo que hablar con todos vosotros.
—¿Con todos?
—Sí, ya entenderás por qué.
Se reunirían al cabo de una semana; Sylvia prometió que pasaría la noche en casa.
Rose leyó todos los artículos que encontró sobre el camarada Matthew, el presidente Mungozi, pero no demasiado sobre Zimlia. Los autores de los numerosos escritos, que en su mayor parte ensalzaban al personaje, se habían expresado en términos muy críticos anteriormente.
Para empezar, Mungozi era comunista. Se preguntaban qué consecuencias tendría ese hecho en el contexto político de Zimlia. Rose no pensaba seguir esa línea de interrogatorio, y mucho menos con actitud contenciosa. Había preparado un borrador, con preguntas copiadas de otras entrevistas, antes incluso de conocer al Líder. Como periodista freelance, había redactado notas sobre asuntos locales, casi siempre basándose en información que le pasaba Jill, que formaba parte de varias comisiones municipales. Siempre recopilaba datos y artículos de otros para escribir sus artículos, y el presente trabajo sólo se diferenciaba por su envergadura y sus repercusiones (o eso esperaba ella).
No tuvo en cuenta ninguna de las críticas al camarada Matthew, y terminó con un par de párrafos repletos de vaguedades optimistas como las que tantas veces había oído pronunciar al camarada Johnny.
Con ese borrador acudió al hotel donde se alojaba el Líder. Éste no se mostró muy comunicativo, al menos al principio, pero después de leer el borrador de la entrevista, su desconfianza se disipó y le proporcionó algunas citas útiles. «Como me dijo el presidente Mungozi...»
Había transcurrido una semana. Frances había abierto la mesa, esperando que la gente dijera: «Como en los viejos tiempos.» Había preparado un guiso y un postre. ¿Quién acudiría? Al enterarse de que Sylvia estaría presente, Julia había prometido bajar y llevar a Wilhelm. Colin había asegurado que no se perdería la «reunión» por nada del mundo. Andrew, que había estado de luna de miel con Sophie —eso decía, aunque no se habían casado—, anunció que los dos asistirían.
Julia y Frances aguardaron juntas. Andrew fue el primero en llegar, solo. Una mirada bastó para comprobar que aquél no era el afable Andrew de costumbre: ofrecía un aspecto cansino, incluso enfermizo. Se lo veía triste. Y tenía los ojos enrojecidos.
—Sophie tal vez venga más tarde —dijo y se sirvió varias copas de vino tinto, una detrás de otra—.
Muy bien, mamá. Ya sé lo que estás pensando, pero me siento hecho polvo.
—¿Ha vuelto con Roland?
—No lo sé. Es posible. Como suele decirse, los lazos del amor son difíciles de romper, aunque si eso es amor, no quiero saber nada de él. —Ya empezaba a arrastrar las palabras—. He venido porque nunca tengo ocasión de ver a Sylvia. ¿Quién es Sylvia? Quizá sea ella a quien en realidad quiero, pero ¿sabes una cosa, Frances?, creo que tiene alma de monja. —Prosiguió de ese modo, soltando una retahila cada vez más lenta y confusa, hasta que se levantó, se acercó al fregadero y se refrescó la cara—. Según cierta superstición —pronunció «supersisión»—, el agua fría apaga las llamas del alcohol. No es verdad. —Se sentó, inclinando bruscamente la cabeza, y volvió a ponerse de pie al instante—. Me parece que me echaré un rato.
—Colin se ha apoderado de tu habitación.
—Iré al salón. —Subió ruidosamente por la escalera.
Al cabo de unos minutos llegó Sylvia. Abrazó a Julia, que no pudo evitar decir:
—Ya casi no te veo el pelo.
Sylvia sonrió, se sentó enfrente de Frances y desplegó unos papeles sobre la mesa.
—¿No vas a cenar con nosotras? —preguntó Julia.
—Lo siento —se disculpó Sylvia, y apiló los papeles a un lado.
Colin bajó los escalones de tres en tres. Sylvia , cuyo rostro se iluminó al verlo, abrió los brazos sonriendo. Se abrazaron.
Wilhelm llamó antes de entrar, como de costumbre, pidió permiso para unirse a ellos y se sentó junto a Julia, aunque antes le besó la mano y la contempló con atención. ¿Estaba preocupado por ella? Tenía el aspecto de siempre, igual que él. A pesar de que ya rondaba los noventa, se le veía fuerte y sano.
Al enterarse de que Andrew estaba durmiendo la mona en el salón, Colin dijo:
—La belle dame setns merci. Te lo advertí, Frances, ¿no?
En ese momento se presentó Sophie, deshaciéndose en disculpas. Llevaba un holgado vestido blanco sobre el que su negra melena caía como una cascada; su rostro no parecía marcado por el amor o el sufrimiento, pero sus ojos..., sus ojos eran otra historia.
Frances tenía las manos ocupadas, pues estaba sirviendo la comida. Inclinó la cabeza para que Sophie la besara en la mejilla. La chica se sentó enfrente de Colin y advirtió que éste la estudiaba con seriedad.
—Mi querido Colin —dijo.
—Tu víctima está arriba, destrozada —le informó él.
—Eso no ha sido muy amable —protestó Frances.
—No pretendía serlo —replicó Colin.
A Sophie se le humedecieron los ojos.
—A las mujeres hermosas nunca hay que reprocharles el daño que ocasionan —lo aleccionó Wilhelm—.
Gozan del permiso de los dioses para atormentarnos. —Levantó la mano de Julia, la besó dos veces, suspiró, la dejó en la mesa y la acarició.
Entonces se presentó Rupert, sin dar explicaciones y sin que nadie se las pidiera: iba a menudo por allí y lo aceptaban (o eso esperaba Frances). Colin lo miró largamente, no con hostilidad, sino con tristeza, como si acabara de recordar su soledad. Rupert se sentó al lado de Frances y saludó a todo el mundo con inclinaciones de la cabeza.
—Una reunión —observó—; pero también es una cena.
Frances depositó un plato lleno delante de cada comensal, sin ceremonia, y las botellas de vino en el centro de la mesa.
—Es maravilloso, Frances, estupendo, igual que en los viejos tiempos; si supieras lo mucho que me acuerdo de aquellas veladas maravillosas, todos sentados aquí... —farfulló Sophie, al borde del llanto, mientras desmigaba un trozo de pan con sus largos y delgados dedos, ideales para lucir anillos.
El perro, que había escapado de donde lo tenían encerrado, entró corriendo en la cocina y subió de un salto al regazo de Colin, agitando la peluda cola como si fuera un plumero.
—Baja, Fiera, baja ahora mismo —ordenó Colin, pero el chucho se había acomodado y trataba de lamerle la cara.
—No deberías permitirle que haga eso —dijo Sylvia—. No es higiénico.
—Lo sé —repuso Colin.
—¿No podrías ponerle un nombre más sensato a ese perro? —preguntó Julia—. Cada vez que lo llamas Fiera me entran ganas de reír a carcajadas.
—Una carcajada al día es la mejor medicina —apuntó Colin—. ¿No estás de acuerdo, Sylvia?
—Me gustaría que pudiéramos seguir cenando —dijo Sylvia, que prácticamente no había tocado la comida.
—Es maravilloso estar aquí—intervino Sophie, comiendo como si estuviese muerta de hambre.
En ese momento llegó Andrew, con mala cara pero erguido. El y Sophie cambiaron una mirada de angustia. Se sentó y Frances le puso un plato.
—¿No podríamos empezar ya? —preguntó Andrew—. Sophie y yo tenemos prisa. —La miró con expresión humilde e inquisitiva, pero ella parecía incómoda.
—¿Tengo que recapitular? —inquirió Sylvia, apartando el plato y colocando los papeles en su lugar—.
Os envié un resumen a todos.
—Fue una gran idea—dijo Andrew—. Gracias.
La situación era la siguiente: un grupo de jóvenes médicos quería organizar una campaña para convencer al Gobierno de que construyera refugios antinucleares. El problema era que los responsables de la Campaña por el Desarme Nuclear Unilateral —una organización alborotadora, firme y eficaz— se oponían a la construcción de cualquier tipo de refugio e incluso a que se informara a la población de las medidas básicas de protección. Hacían oídos sordos a las críticas, y sus declaraciones eran violentas, casi histéricas.
—Necesito que me expliquen algo —dijo Julia—. ¿Por qué esa gente se queja tanto de que se haya construido un refugio para el Gobierno y los miembros de la familia real? —La protesta que más se oía era: «El Gobierno quiere asegurarse de que estará protegido, y la gente le importa un pimiento»—. No lo entiendo. Si hay una guerra, es imprescindible que el Gobierno esté a salvo, ¿no? Es una cuestión de sentido común.
—El sentido común parece brillar por su ausencia en esa campaña —señaló Wilhelm—. Es evidente que esas personas no han vivido una guerra; de lo contrario, no dirían tantas tonterías.
—Su razonamiento es el siguiente: caerá una bomba y todo el mundo morirá. Por lo tanto, no hay necesidad de construir refugios —explicó Colin.
—Pero no es lógico —protestó Julia—, ni coherente.
Frances y Rupert, que estaba hojeando la pila de artículos de The Defender, se miraron con resignación. The Defender había optado por seguir la «línea» de la campaña. Varios miembros de la plantilla del periódico figuraban en las comisiones de la organización. Los periodistas les escribían los artículos.
—Aducen que si el Gobierno se considera protegido, se mostrará más dispuesto a arrojar la bomba —
prosiguió Colin.
—¿Qué bomba? —quiso saber Julia—. ¿Por qué hablan de una sola bomba? En una guerra siempre hay más de una bomba.
—Esa es la cuestión, Julia. Eso es lo que debemos hacer entender —señaló Sylvia.
—Tal vez Johnny pueda darnos más información —sugirió Wilhelm—. Él pertenece a la comisión.
—¿Hay alguna comisión a la que no pertenezca? —dijo Colin.
—¿Por qué no le telefoneamos y le pedimos que venga a defenderse? —propuso Rupert.
Todos aceptaron la idea, que curiosamente no se le había ocurrido a ningún miembro de la familia.
Andrew fue al teléfono, marcó el número de Johnny y habló con él. Le explicó que estaban celebrando una reunión, y él respondió que acudiría.
Mientras esperaban, estudiaron los recortes de Sylvia.
—No he visto nada tan extraño en toda mi vida —comentó Julia—. Estas personas son como niños.
—Estoy de acuerdo —convino Sylvia.
Agradecida por aquella migaja, Julia tomó la mano de Sylvia y la acarició.