El sueno mas dulce

Doris Lessing · Capítulo 8 de 9 · parte 2/3

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El sueno mas dulce

—Vale —respondió él, complacido pero poco interesado…

Este capítulo es largo, así que está dividido en 3 partes.

Pero la última conferencia anual se había organizado en Sudamérica, repuso un japonés, y en Bali había un hotel estupendo; sí, esa parte del mundo merecía el honor de recibirlos. La conversación sobre diversos hoteles y sus encantos se prolongó durante la mayor parte de la cena, y la opinión más generalizada era que en esta ocasión debían optar por Europa, ¿qué tal Italia?, aunque seguramente tendrían que someterse a una vigilancia estricta, ya que todos eran objetivos apetecibles para los secuestradores.

Finalmente decidieron reunirse en Ciudad del Cabo, porque el apartkeid estaba a punto de desaparecer y todos querían apoyar a Mandela.

El café se sirvió en la estancia contigua, donde Andrew pronunció un discurso que sonó como si los despidiese a todos, aunque aseguró que estaba impaciente por reencontrarse con ellos el mes siguiente en Nueva York..., en otra conferencia; luego Geoffrey, Daniel, Jill y James se acercaron a Sylvia para decirle que no la habían reconocido y que se alegraban mucho de volver a verla. Los risueños rostros reflejaron horror ante lo que veían.

—Eras una niña tan guapa —murmuró Jill—. Oh, no, no quiero decir que... Es que en esa época me recordabas a un hada.

—Y en cambio mírame ahora.

—Y mírame a mí. Bueno, estas conferencias no ayudan precisamente a guardar la línea.

—Podrías ponerte a dieta —sugirió Geoffrey, que se conservaba tan delgado como siempre.

—O ir a un balneario —añadió James—. Yo voy todos los años. No me queda otra alternativa. En la Cámara de los Comunes hay demasiadas tentaciones.

—Nuestros antepasados burgueses iban a Baden-Baden o a Marienbad para perder la grasa acumulada durante un año de excesos —apuntó Geoffrey.

—Serían los tuyos —señaló James—. Yo soy nieto de un verdulero.

—Y mi abuelo era ayudante de un agrimensor —dijo Jill.

—Y mi otro abuelo era peón en una granja de Dorset —contraatacó James.

—Enhorabuena, tú ganas —concedió Geoffrey—. Nadie puede competir con eso. —Se despidió de Sylvia con la mano y se marchó seguido muy de cerca por Daniel.

—Siempre ha sido un estirado —dijo Jill.

—Yo diría más bien un maricón —soltó James.

—Vamos, vamos, lo menos que podemos esperar aquí es un poco de corrección política.

—Tú espera lo que quieras. En mi opinión, la corrección política no es más que otra pequeña muestra del imperialismo yanqui —replicó el hombre del pueblo.

—Explícate —pidió Jill.

Y mientras se explicaba, los dos se alejaron.

Una agitada Rose Trimble rondaba la entrada del hotel Butler, vestida con un elegante atuendo que había comprado con la esperanza de que Andrew la invitase a la cena; sin embargo él no había respondido a sus mensajes.

Jill salió sin dirigir una sola palabra a Rose, que había descrito su distrito como una afrenta a los principios e ideales de la democracia.

—Sólo cumplía con mi deber —le dijo Rose mientras Jill pasaba por su lado y se alejaba.

Luego el primo James, cuyas facciones se endurecieron al verla, le preguntó, apartándola de un empujón:

—¿Qué demonios haces aquí? ¿Ya no queda basura donde escarbar en Londres?

Cuando Andrew bajó la escalinata con Mona y Sylvia, la saludó de inmediato:

—Rose, dichosos los ojos.

—¿No recibiste mis mensajes?

—¿Me dejaste algún mensaje?

—Hazme una declaración, Andrew. ¿Qué tal ha ido la conferencia?

—Estoy seguro de que mañana todo saldrá en los periódicos.

—Y ésta debe de ser Mona Moon... —dijo Rose—. Háblame de ti, Mona. ¿Cómo te sienta la vida de casada?

Mona no respondió y siguió andando con Andrew. Rose no reconoció a Sylvia, o quizá mucho después pensase que aquella mujer insulsa e insignificante debía de ser Sylvia.

Abandonada, se dirigió con amargura a los delegados que pasaban cerca de ella:

—Los malditos Lennox. Eran mi familia.

Tras recibir un abrazo de Andrew y un delicado beso de Mona, pidieron un taxi para Sylvia; ellos se iban a una fiesta.

La casa de la hermana Molly estaba a oscuras y cerrada con llave. Sylvia tuvo que pulsar el timbre una y otra vez. Chasquido de pestillos, chirrido de cadenas, tintineo de llaves, y por fin apareció Molly, con un pequeño camisón azul y la cruz colgada entre los pechos.

—Lo siento; en los tiempos que corren no nos queda más remedio que vivir en una fortaleza.

Sylvia se dirigió a su habitación con cautela, como si temiera licuarse igual que un postre de gelatina.

Tenía la sensación de que había comido demasiado y además había bebido vino, y no le sentaba bien.

Estaba algo mareada y temblorosa. La hermana Molly la observó mientras se dejaba caer sobre la cama.

—Será mejor que te desvistas. —Molly le quitó el traje, los zapatos y las medias—. Así está mejor.

¿Cuándo te dio el último ataque de malaria?

—Creo que hace un año.

—Pues ahora tienes otro. Quédate quieta. Estás ardiendo de fiebre.

—Se pasará.

—No por sí sola.

De modo que Sylvia sufrió otro ataque de malaria, que aunque no se manifestó en su forma más grave y peligrosa, la que afecta al cerebro, sí resultó bastante desagradable. Tiritó, se estremeció y tomó sus pildoras —otra vez la obsoleta quinina, ya que los nuevos fármacos no le hacían el menor efecto—, y cuando se hubo recuperado, la hermana Molly comentó:

—Ésta sí que ha sido buena; pero veo que ya estás con nosotros.

—Llama al padre McGuire, por favor —le pidió Sylvia—, y explícale lo que ha pasado.

—¿Por quién nos tomas? Hace semanas que le avisé.

—¿Semanas?

—Has estado bastante mal. Aunque yo diría que al ataque de malaria se sumó una especie de colapso general. Y además estás anémica, de modo que debes comer.

—¿Qué dijo el padre McGuire?

—No te preocupes. Todo sigue igual por allí.

Lo cierto era que Rebecca y Tenderai habían muerto. Los dos hijos que le quedaban se habían ido a vivir con la cuñada a quien Rebecca acusaba de haberla envenenado. No obstante, era demasiado pronto para comunicarle la mala noticia.

Sylvia comió, bebió lo que le parecieron litros de agua y fue al baño, donde por fin se libró de los sudores de la fiebre. Estaba débil pero lúcida.

Acostada en la pequeña cama de hierro, se dijo que los temblores febriles le habían quitado de encima un montón de tonterías innecesarias. Una de ellas era su concepto del padre McGuire: en los momentos difíciles, se había persuadido de que el sacerdote era un santo, como si eso lo justificase todo, pero ahora pensó: «¿Quién demonios soy yo, Sylvia Lennox, para juzgar quién es un santo y quién no lo es?»

—He llegado a la conclusión de que no soy católica —le confesó a la hermana Molly—. No soy una católica en un sentido estricto, y tal vez nunca lo haya sido.

—¿De veras? Conque es blanco o negro, ¿no? ¿Has descubierto que en realidad eres protestante?

Bueno, debo confesarte que en mi opinión el bueno de Dios tiene cosas mejores que hacer que preocuparse por nuestras pequeñas luchas interiores, pero no lo cuentes en Belfast... La próxima vez que vaya allí no quiero pasarme un montón de días castigada de rodillas.

—He sucumbido al pecado de la soberbia, estoy segura.

—Vaya. ¿Acaso no sucumbimos todos? Aun así me extraña que Kevin no mencionara que eres soberbia.

Se le da muy bien detectar esa clase de pecados.

—Seguro que lo ha notado.

—De acuerdo, ahora tómate las cosas con calma. Cuando te hayas restablecido, podrás pensar en los pasos que quieres seguir. Nosotras te haremos algunas sugerencias.

De manera que Sylvia descansó, segura de que en la misión no esperaban que regresase; pero ¿qué sucedería con Listo y Zebedee?

Les telefoneó. Oyó sus voces infantiles, clamando desesperadas por ayuda.

—¿Cuándo volverá? Por favor, vuelva.

—Tan pronto como pueda.

—Ahora que Rebecca no está, todo es tan difícil...

—¿Qué?

Así se enteró de lo ocurrido. Se tendió en la cama pero no lloró; era demasiado terrible para llorar.

Sentada en la cama, sorbía nutritivas pociones mientras la hermana Molly la vigilaba con los brazos en jarras y una sonrisa en los labios; y durante todo el día, hasta la hora más avanzada que toleraban los madrugadores ciudadanos de Zimlia, acudían personas del estilo de Andrew Lennox, turistas, parientes que estaban de paso o individuos que durante el Gobierno blanco no habían sido bien recibidos. Sylvia no conocía a ninguno de ellos.

Trataban de convencerla de que aunque en Zimlia había muchos sitios como Kwadere, acaso demasiados, tal vez su experiencia allí hubiera sido tan limitada, a su manera, como la de las personas que jamás habrían creído que existieran aldeas como la de la misión de San Lucas. A fin de cuentas, había escuelas que formaban de verdad a los alumnos, que tenían al menos algunos libros y cuadernos, así como hospitales dotados de equipamiento, cirujanos e incluso laboratorios de investigación. Era su temperamento el que la había inducido a buscar el lugar más miserable posible; lo entendió con tanta claridad como el hecho de que resultaba absurdo preocuparse por la magnitud de su fe o la falta de ésta.

En un ámbito muy distinto del de las embajadas, los salones del hotel Butler, las ferias comerciales o el círculo de corruptos (que la hermana Molly llamaba «el pastel de chocolate»), había gente que dirigía organizaciones con presupuestos pequeños, a veces financiadas por un solo individuo, y que conseguía más con su dinero de lo que Cooperación Internacional o Dinero Mundial habían soñado jamás; personas que trabajaban en lugares difíciles con el fin de recaudar fondos para una biblioteca, un albergue para mujeres maltratadas o un pequeño negocio; otros concedían créditos por importes que los bancos habrían despreciado. Eran blancos y negros, nativos de Zimlia o expatriados, y derrochaban un brioso optimismo que había contagiado a los funcionarios públicos con cargos modestos, porque nunca había habido un país que dependiera tanto de sus pequeños funcionarios, que no eran corruptos sino trabajadores y competentes. Aunque pasaban inadvertidos y nadie reconociese sus méritos, cualquiera que entendiese la situación habría ido a pedir ayuda a una humilde oficina dirigida por un hombre o una mujer que, en circunstancias más justas, hubiese estado gobernando el país, y que en realidad era quien mantenía todo en marcha. La casa de la hermana Molly y otra docena de viviendas semejantes componían una red de puntos de encuentro de gente sensata. No se hablaba de política, pero no por principios sino por la naturaleza de las personas involucradas: en algunos países, la política es el enemigo del sentido común. Si alguna vez mencionaban al compañero Líder o a sus corruptos compinches, lo hacían como quien habla del tiempo..., como algo que no había más remedio que soportar. Sí, el camarada presidente los había decepcionado a todos, pero ¿acaso constituía eso una novedad?

A Sylvia le sugirieron una docena de posibilidades para su futuro. Era médico, y la gente sabía que había levantado un hospital en el monte prácticamente de la nada. ¿Se había ganado la antipatía del Gobierno?, mala suerte, pero Zimlia no era el único país de África.

Uno de nuestros libros de texto dice algo así: «Durante la segunda mitad del siglo XIX, y hasta el estallido de la Primera Guerra Mundial, las grandes potencias se disputaron África como perros peleando por un hueso.» Lo que leemos con menos frecuencia es que ese hueso no fue menos disputado durante el resto del siglo XX, aunque no por las mismas jaurías.

Un joven médico nativo (blanco) acababa de regresar de las guerras de Somalia. Se sentó en la silla que había en la habitación de Sylvia y escuchó hablar a ésta compulsivamente (según la hermana Molly se trataba de una «autoterapia») del destino de la gente que moría de sida en la misión de San Lucas, aparentemente invisible para el Gobierno. Se explayó durante horas y después fue el turno de él, que también habló compulsivamente, mientras ella escuchaba.

Somalia había formado parte de la esfera de influencia de la Unión Soviética, que había montado allí su habitual aparato de prisiones, cámaras de tortura y escuadrones de la muerte. Luego, gracias a un ingenioso juego de prestidigitación internacional, pasó a manos estadounidenses, permutada por otro trozo de África. Los ciudadanos ingenuos esperaban que los americanos desmantelaran el sistema de seguridad soviético y los liberasen, pero aún no habían aprendido la lección, esencial en nuestro tiempo, de que no hay nada tan estable como ese aparato. Los marxistas y comunistas de diversas filiaciones que se habían encumbrado bajo el dominio de los rusos, torturando, encarcelando y asesinando a sus enemigos, cayeron a su vez víctimas de torturas, encarcelamientos y asesinatos. El otrora razonable Estado de Somalia era como un hormiguero en el que hubiesen arrojado agua hirviendo. La estructura que permitía una vida decente quedó destruida. Ahora gobernaban los caudillos, los bandidos, los jefes

tribales, los criminales y los ladrones. A pesar de sus grandes esfuerzos, las organizaciones humanitarias no podían prestar mucha ayuda, sobre todo porque la guerra les impedía acceder a vastas regiones del país.

El médico habló durante horas, sentado en la dura silla, porque llevaba meses sin ver más que personas matándose entre sí. Poco antes de marcharse se había detenido al costado de un camino, en un paisaje que la falta de agua había convertido en polvo, para mirar a quienes huían de la hambruna. Una cosa era verlos por televisión, había dicho (como disculpándose por su verborrea), abstraído en su relato, y otra muy distinta encontrarse allí. Quizá Sylvia estuviera tan capacitada como el que más para imaginar lo que describía, porque le bastaba con colocar en aquel polvoriento camino, situado tres mil kilómetros más al norte, a la población de la moribunda aldea de Kwadere. Sin embargo, ese hombre había visto, además, a refugiados que escapaban de las tropas asesinas de Mengistu, algunos mutilados y ensangrentados, otros, moribundos, o llevando a niños muertos en brazos: había contemplado esas escenas durante días, y la experiencia de Sylvia no era comparable. Además, en la casa del padre McGuire no había televisión.

Este médico había observado con impotencia a personas que necesitaban medicinas, un refugio, cirugía, y sólo había podido darles unas cuantas cajas de antibióticos, que se agotaron en cuestión de minutos.

El mundo está lleno de seres humanos que han sobrevivido a guerras, genocidios, sequías, inundaciones, y ninguno de ellos olvidará lo que ha sufrido, pero también están aquellos que han sido testigos, durante días, de una diáspora de miles, de centenares de miles, de millones de personas, sin posibilidad alguna de ayudarlas... En fin, aquel médico se había encontrado en esa situación y ahora, con la mirada extraviada y el rostro desencajado, le resultaba imposible parar de hablar.

Una médico estadounidense quería que Sylvia la acompañase a Zaire, pero le preguntó si se sentía en condiciones —aquello era muy duro—, a lo que Sylvia respondió que se encontraba bien, que era una mujer fuerte. También dijo que había practicado una operación pese a no ser cirujana, pero los dos médicos se rieron: en estos lugares cada uno hacía lo que podía, «salvo trasplantes de órganos, y posiblemente tampoco me atreviera con un bypass».

Finalmente Sylvia aceptó viajar a Somalia como parte de un equipo financiado por Francia. Antes, no obstante, debía volver a la misión para ver a Zebedee y a Listo, cuyas voces, cuando hablaban por teléfono, sonaban como los chillidos de unos pajarillos atrapados en una tormenta. No sabía qué hacer.

Les habló de esos niños, que en realidad ya eran adolescentes, a la hermana Molly y a los médicos. Uno de ellos, que atendía a muchachos parecidos todos los días de su vida, pensaba que aquéllos estaban destinados al desempleo (aunque los tendría presentes, tal vez pudiera encontrarles un trabajo como criados, ¿no?), y Sylvia advirtió que los otros dos, con miles de hambrientos e interminables colas de pobres víctimas en la cabeza, hacían un enorme esfuerzo para imaginar a un par de niños desgraciados que habían soñado con ser médicos pero ahora... ¡Qué novedad!

La hermana Molly, que tendría que recorrer otros setenta y cinco kilómetros después de llegar a Kwadere para reanudar el trabajo que había interrumpido a causa de la enfermedad de Sylvia, había encargado a Aaron que recogiese a ésta en el cruce. Sus críticas al papa y la machista jerarquía eclesiástica sólo cesaron cuando avistó seis enormes silos cuyo contenido —el maíz de la última cosecha—

un ministro había vendido, para su propio beneficio, a otro país africano afectado por la sequía.

Avanzaban por un territorio hambriento: un monte árido y sediento se extendía a varios kilómetros a la redonda, como consecuencia de una estación de lluvias que se negaba a llegar.

—No me gustaría tener su conciencia —comentó Sylvia, y la hermana Molly repuso que por lo visto mucha gente no entendía que algunas personas nacían sin ella.

Fue el detonante para que Sylvia reanudase su monólogo sobre la aldea donde había estado trabajando, y la hermana Molly la escuchó interpolando de vez en cuando: «Sí, es verdad», o «En eso tienes razón».

Al llegar al cruce vieron que Aaron estaba esperándolas en el coche de la misión.

—Bueno, aquí te quedas —anunció la hermana Molly—. Espero verte pronto.

—Yo también —repuso Sylvia—, y siempre recordaré lo que has hecho por mí.

—Bah, olvídalo —dijo la hermana Molly, y se alejó agitando una mano.

Aaron estaba entusiasmado, ansioso, a punto de comenzar una nueva vida: se marchaba a la vieja misión para continuar sus estudios sacerdotales. El padre McGuire se iba. Todo el mundo se iba. ¿Y la biblioteca?

—Me temo que quedan pocos libros, porque..., verá, con Tenderai y Rebecca muertos y usted lejos de aquí, ¿quién iba a cuidarlos?

—¿Y Listo y Zebedee?

Aaron, que nunca había simpatizado con ellos (el sentimiento era mutuo), se limitó a contestar:

—Bien.

Aparcó bajo los árboles del caucho y se marchó. Caía la tarde, y la luz que teñía las nubes de oro y rosa se extinguían rápidamente. En el otro extremo del cielo la media luna, apenas una mancha

blanquecina, aguardaba a que oscureciera para adquirir dignidad.

Cuando Sylvia llegó al porche los dos chicos se aproximaron a toda prisa. Se detuvieron. La miraron fijamente. Ella no sabía qué ocurría. Durante la enfermedad su piel había perdido el tono cobrizo y estaba blanca como la leche, y su melena, que Molly se había visto obligada a cortar a causa de los sudores, era una mata de rizos amarillos. Ellos la habían conocido con la piel de un agradable y amistoso tono marrón.

—¡Cuánto me alegro de veros!

Corrieron a su encuentro y los abrazó. Estaban más flacos que nunca.

—¿Nadie os da de comer?

—Sí, sí, doctora Sylvia —respondieron llorando entre sus brazos.

Sin embargo, Sylvia sabía que no estaban alimentándose bien. Además las camisas blancas que llevaban estaban sucias porque Rebecca ya no se hallaba allí para lavarlas. A través de las lágrimas, sus ojos imploraban: «Por favor, por favor.»

Cuando llegó el padre McGuire, les preguntó si habían comido y contestaron que sí. No obstante cogieron la barra de pan que les tendió, la partieron por la mitad y empezaron a comer con voracidad mientras echaban a andar hacia la aldea. Regresarían al amanecer.

Sylvia y el cura se sentaron a la mesa, donde a la luz de la bombilla él advirtió lo enferma que había estado ella, y ella, lo envejecido que estaba él.

—Verás tumbas nuevas en la colina, y el número de huérfanos ha aumentado. El padre Thomas, el sacerdote negro de la vieja misión, y yo vamos a organizar un refugio para los huérfanos de las víctimas del sida. Nos enviarán fondos de Canadá, Dios los bendiga. ¿Has pensado que, tal como van las cosas, pronto habrá aproximadamente un millón de niños sin padres?

—La peste negra asoló ciudades enteras. En las fotografías aéreas de Inglaterra todavía se aprecia dónde estaban esas ciudades.

—Esta aldea no tardará en desaparecer. Se marchan porque creen que el lugar está maldito.

—¿Y usted no les dice lo que deberían pensar, padre?

—Sí, lo hago.

Se produjo un súbito apagón. El cura encendió un par de velas, a cuya luz cenaron servidos por la sobrina de Rebecca, una joven saludable —al menos por el momento— que había llegado para ayudar a su tía moribunda y se marcharía cuando se fuera el sacerdote.

—He oído que por fin hay un nuevo director.

—Sí, pero verás, Sylvia, no les gusta venir a estos sitios tan apartados, y me temo que a éste, además, la bebida le gusta más de la cuenta.

—Entiendo.

—Tiene una familia numerosa y se instalará en esta casa.

Ambos sabían que quedaba algo en el tintero, y finalmente el cura preguntó:

—¿Qué vas a hacer con esos chicos?

—No debería haberles creado falsas ilusiones. Claro que jamás les prometí nada directamente.

—Ah, pero la auténtica promesa es el mundo, el enorme y rico mundo.

—¿Qué debo hacer?

—Llevarlos a Londres. Mandarlos a una escuela de verdad. Permitir que estudien Medicina. Dios sabe que este pobre país necesitará médicos. —Sylvia guardó silencio—. Están sanos. Su padre murió antes de que existiera el sida. Los hijos biológicos de Joshua morirán, pero estos dos vivirán. A propósito, Joshua quiere verte.

—Me sorprende que siga vivo.

—Lo que lo ha mantenido con vida es el deseo de verte. Y está totalmente loco, así que ve preparándote. —Antes de darle una vela para que se la llevase a su habitación, levantó la suya para mirarla a la cara y añadió—: Sylvia, te conozco muy bien, hija mía. Sé que te culpas de todo lo que sucedió.

—Sí.

—Aunque hace mucho tiempo que no me pides que te confiese, no necesito escucharte. En el estado mental en que te encuentras, y debilitada por la enfermedad, no debes confiar en la idea que te has formado de ti misma.

—El demonio acecha, aprovechando la ausencia de glóbulos rojos.

—El demonio acecha allí donde hay mala salud... Espero que estés tomando tus píldoras de hierro.

—Y yo confío en que usted tome las suyas.

Se abrazaron, los dos con ganas de llorar, y luego se separaron para dirigirse a sus respectivos cuartos. El cura le avisó que saldría temprano y que era probable que no la viera, lo que en realidad

significaba que no quería pasar por otra despedida. A diferencia de la hermana Molly, no diría: «Espero verte pronto.»

A la mañana siguiente se había marchado: Aaron lo había llevado hasta el cruce, donde lo recogería un coche de la vieja misión.

Zebedee y Listo esperaban a Sylvia en el camino de la aldea. La mitad de las chozas estaban vacías.

Un perro hambriento olfateaba entre el polvo. La choza donde Tenderai había cuidado los libros estaba abierta, y los libros habían desaparecido.

—Intentamos encontrarlos, lo intentamos.

—No importa.

Antes de su partida, la aldea había sido un lugar triste y abandonado pero vivo: ahora su espíritu se había esfumado. Había desaparecido junto con Rebecca. En las instituciones, los pueblos, los hospitales y las escuelas, a menudo hay una persona que es el alma del lugar, bien un directivo, bien un portero o la criada de un cura. La muerte de Rebecca ocasionó la de la aldea entera.

Los tres subieron por la colina hasta donde estaban las tumbas, que ahora sumaban casi cincuenta.

Entre las más nuevas se contaban las de Rebecca y Tenderai, dos rectángulos de tierra roja bajo un árbol grande. Sylvia se quedó contemplándolos; abrazó a los niños, que se acercaron al reparar en su expresión, y esta vez sí que lloró, con sus cabezas apoyadas en la suya: ya eran más altos que ella.

—Ahora debe ver a nuestro padre.

—Sí, lo sé.

—Por favor, no se enfade con nosotros. La policía vino y se llevó las medicinas y las vendas. Les dijimos que las había pagado usted con su dinero.

—No importa.

—Les dijimos que eso era robar, que las medicinas eran suyas.

—Da igual, de veras.

—Y las abuelas están usando el hospital para los niños enfermos.

En todos los rincones de Zimlia, los ancianos que habían perdido a sus hijos adultos habían quedado a cargo de sus nietos.

—¿Qué les dan de comer?

—El nuevo director ha prometido que repartirá comida.

—Pero son demasiados, ¿cómo va a alimentarlos a todos?

Estaban en un pequeño promontorio, enfrente de la casa del cura y encima del hospital. Bajo los techados de paja había tres viejas rodeadas de una veintena de niños pequeños. Viejas según los criterios del Tercer Mundo: en países más afortunados, estas cincuentonas estarían a dieta, buscando nuevos amantes.

Debajo del árbol de Joshua había un montículo de harapos, o algo que semejaba una pitón grande, moteada por las sombras. Sylvia se arrodilló a su lado.

—Joshua —dijo, pero él no se movió.

Algunas personas, poco antes de morir, adoptan el mismo aspecto que ofrecerán cuando mueran: el pellejo se les pega al esqueleto. La cara de Joshua era puro hueso, con la piel marchita hundida en los huecos. Abrió los ojos y se humedeció los sucios labios con una lengua agrietada.

—¿Hay agua? —preguntó Sylvia, y Zebedee corrió hacia una de las ancianas, que pareció protestar:

¿por qué desperdiciar el agua en un moribundo?

Aun así Zebedee sumergió un vaso de plástico en un cubo expuesto al polvo y a las hojas arrastradas por el viento, se arrodilló junto a su padre y le acercó el vaso a los resecos labios. El anciano (un hombre de mediana edad según otros criterios) revivió súbitamente y se puso a beber con avidez, contrayendo visiblemente los músculos del cuello. Su esquelética mano se alzó con brusquedad y atenazó la muñeca de Sylvia. Fue como si la sujetase con un aro de hueso. Aunque no podía incorporarse, levantó la cabeza y comenzó a murmurar lo que ella interpretó como maldiciones e insultos, con los hundidos ojos ardiendo de odio.

—No lo dice en serio —aseguró Listo.

—No, no lo dice en serio —repitió Zebedee.

Entonces Joshua masculló.

—Llévese a mis hijos. Tiene que llevarlos a Inglaterra.

La estrecha pulsera de hueso la apretaba con tanta fuerza que le dolía la muñeca.

—Suéltame, Joshua, por favor. Me haces daño.

Por el contrario, aumentó la presión.

—Debe prometérmelo, ahora mismo, debe prometérmelo.

Su cabeza se alzó sobre el agonizante cuerpo como la de una serpiente con el espinazo roto.

—Suéltame, Joshua.

—Me lo prometerá. Me lo... —Siguió farfullando maldiciones, con los ojos fijos en los de ella, hasta que su cabeza cayó hacia atrás. Sin embargo, no cerró los ojos ni dejó de susurrar con odio.

—De acuerdo, te lo prometo, Joshua. Ahora suéltame.

Pero no la soltó, y a Sylvia la asaltó la loca idea de que iba a morir y ella quedaría esposada para siempre a un esqueleto.

—No le crea, doctora Sylvia —musitó Zebedee.

—No habla en serio —dijo Listo.

—Bueno, tal vez sea una suerte que no le entienda.

La esposa de hueso se abrió y cayó. A Sylvia se le había dormido la mano. Comenzó a agitarla, acuclillada junto al moribundo.

—¿Quién cuidará de él?

—Las viejas.

Sylvia se aproximó a las mujeres y les entregó prácticamente todo el dinero que tenía, si bien se guardó el mínimo imprescindible para volver a Senga. Esa suma alcanzaría para alimentar a esos niños durante un mes.

-—Y ahora recoged vuestras cosas. Nos vamos.

—¿Ahora? —Estaban sorprendidos y asustados.

—Os compraré ropa en Senga.

Echaron a correr hacia la aldea mientras ella ascendía por la cuesta, entre los laureles y las dentelarias, en dirección a la casa, donde todo lo que pensaba llevarse estaba ya en su pequeña bolsa de viaje. Había animado a la sobrina de Rebecca a quedarse con sus libros. Podía escoger lo que quisiera. No obstante, la joven le pidió la lámina que estaba en la pared. Le gustaban los rostros de esas mujeres, según dijo.

Aparecieron los chicos, cada uno con una pequeña bolsa de plástico que contenía todas sus posesiones.

—¿Habéis comido algo?

No, saltaba a la vista que no. Los sentó a la mesa, cortó pan y colocó un frasco de mermelada entre los dos. Ella y la sobrina de Rebecca los observaron mientras untaban el pan torpemente con los cuchillos.

Les quedaba mucho que aprender. El corazón de Sylvia nunca estaría más lleno de congoja: estos dos huérfanos —pues eso eran— tendrían que viajar a Londres y aprenderlo todo, desde cómo usar cuchillos y tenedores hasta cómo ser médicos.

Sylvia telefoneó a Edna Pyne, que dijo que Cedric estaba enfermo y no se atrevía a dejarlo: creía que se trataba de una esquistosomiasis.

—No importa, iremos a Senga en autobús.

—No tomes uno de esos autobuses; son peligrosos.

—La gente viaja en ellos.

—Bueno, allá tú.

—Debo despedirme, Edna.

—Bueno. No te preocupes. En este continente nuestras obras quedan escritas en el agua. Ay, Dios, qué digo, en la arena. Es precisamente lo que estaba diciendo Cedric, que está deprimido, con el ánimo por los suelos. «Nuestras obras están escritas en el agua», dice. Se está poniendo religioso. Bueno, lo que nos faltaba. Adiós, entonces. Ya nos veremos.

Los tres se hallaban en el punto en que el camino procedente de casa de los Pyne y de la misión desembocaba en una de las principales carreteras que conducían al norte. Era una estrecha vía de asfalto, llena de baches y con los bordes tan gastados como los de la lámina que la sobrina de Rebecca había descolgado de la pared esa misma mañana. Era hora de que pasara el autobús, pero llegaría tarde, como de costumbre. Aguardaron de pie, y luego sentados en piedras colocadas allí con ese fin, bajo los árboles.

Aunque nadie pensaría gran cosa de esa carretera que se internaba en la espesura, con su brillo gris apagado allí donde el viento había acumulado arena, no hacía mucho que los más elegantes coches del país lo habían recorrido a toda velocidad hacia donde se celebraría la boda del compañero Líder con su nueva esposa, pues la Madre de la Nación había muerto. Habían invitado a todos los mandatarios del mundo, camaradas o no, y luego los habían llevado por esta carretera, o en helicóptero, hasta un Centro de Desarrollo cercano al lugar de nacimiento del compañero presidente. Cerca de allí, entre los árboles, habían montado dos tiendas enormes. En una de ellas instalaron mesas con bollos y Fanta para los ciudadanos locales, mientras que en la otra dispusieron mesas con manteles blancos para el banquete de la flor y nata. Sin embargo, la ceremonia religiosa se prolongó demasiado. Cuando se terminaron los bollos, los povos —la plebe— salieron de su tienda, entraron en la de los dirigentes y se lo comieron todo

mientras los camareros protestaban inútilmente. Luego se internaron en el monte para regresar a sus hogares. Tuvieron que mandar más comida en helicóptero desde Senga. Este episodio tan ilustrativo... en fin, es tan parecido a un cuento de hadas que no necesita comentarios.

Unos diez años después, los bravucones y matones del partido del Líder correrían por esta misma carretera blandiendo machetes, cuchillos y palos para atacar a los agricultores blancos que deseaban votar por la oposición. Entre ellos figuraban los jóvenes —o ex jóvenes— a quienes el padre McGuire había administrado medicinas durante la guerra. Una parte de este ejército torció por el camino de la hacienda de los Pyne, sin saber que ahora pertenecía al señor Phiri, que la había comprado por la fuerza, aunque los Pyne, ajenos a ello, todavía vivían allí. Unos doscientos hombres invadieron el jardín delantero de la casa y exigieron que Cedric Pyne sacrificase un animal para ellos. Mató un gordo buey —la sequía había remitido— y lo asaron en una gran fogata en el mismo jardín. Bajaron a los Pyne a rastras del porche y les ordenaron que cantasen alabanzas al Líder. Edna se negó. «Que me cuelguen si voy a decir mentiras sólo para complaceros —espetó, por lo que la golpearon hasta que exclamó con ellos—: ¡Viva el camarada Matthew!» Cuando el señor Phiri llegó a tomar posesión de sus dos haciendas, el jardín estaba chamuscado, y la casa llena de basura.

Ocho años antes Sylvia había llegado por esa carretera, aturdida y fascinada por la singularidad del monte, su extraña magnificencia, escuchando las advertencias de la hermana Molly respecto de la intransigencia del mundo masculino: «El padre Kevin aún no ha caído en la cuenta de que el mundo que lo rodea ha cambiado.»

En esa misma carretera, no muy lejos de allí, en una zona de colinas repleta de cuevas, piedras y baobabs, hay un lugar al que de vez en cuando acudía el compañero Líder, convocado por los curanderos del alma (n'gangas, brujos, chamanes), para participar en sesiones nocturnas donde hombres (y un par de mujeres) que acaso trabajaran en una cocina o en una fábrica, pintados y ataviados para la ocasión con pieles de monos y otros animales, bailaban hasta caer en trance para luego informarle de que debía matar o expulsar a los blancos si no quería enfadar a sus ancestros. El se postraba, lloraba, prometía portarse mejor y luego regresaba a su fortaleza en la ciudad y planeaba su siguiente viaje para reunirse con los líderes del mundo o asistir a una conferencia con el Banco Mundial.

Llegó el autobús. El viejo vehículo traqueteaba, se sacudía y dejaba una estela de grasiento humo negro que se extendía a lo largo de kilómetros, marcando el camino. Aunque estaba abarrotado, milagrosamente apareció un espacio para Sylvia y sus... ¿qué eran, sus criados? No obstante, los pasajeros, preparados para mostrarse críticos con esa mujer blanca —la única que había entre ellos—, vieron que rodeaba a los muchachos con los brazos y que éstos se pegaban a ella como niños.

Compungidos y asustados, pugnaban por contener el llanto. Sylvia, por su parte, sentía auténtico pánico.

¿Qué estaba haciendo? ¿Qué otra cosa podría haber hecho?

—¿Qué habríais hecho si yo no hubiese vuelto? —les preguntó por encima del traqueteo del autobús.

—No sé —respondió Listo—. No teníamos adonde ir.

—Gracias por venir a buscarnos —dijo Zebedee—. Teníamos mucho, mucho miedo de que no volviera.

Desde la estación de autobuses fueron andando hasta el viejo hotel, muy venido a menos tras la construcción del Butler, y pidió una habitación para los tres, esperando comentarios que al final nadie hizo: en los hoteles de Zimlia, algunas habitaciones tenían hasta media docena de camas para alojar a una familia entera.

Fue con los chicos al ascensor, consciente de que nunca habían visto uno y con toda probabilidad tampoco habían oído hablar de ellos. Les explicó cómo funcionaba, salió a un polvoriento pasillo en el que el sol proyectaba formas caprichosas y, una vez en la habitación, les mostró el cuarto de baño: les enseñó a manejar los grifos y la cadena, a abrir y cerrar las ventanas. Luego los llevó a un restaurante, donde pidió sadza y un postre, indicándoles que no debían comer con los dedos y, gracias a la ayuda de un amable camarero, se apañaron bastante bien.

A las dos de la tarde los llevó a la habitación y telefoneó al aeropuerto a fin de reservar billetes para el vuelo del día siguiente. Les dijo que iba a solicitar pasaportes para ellos —les aclaró lo que era un pasaporte— y que podían dormir si querían. Sin embargo, estaban demasiado excitados, así que los dejó pegando saltos en las camas entre exclamaciones que podían haber sido de alegría o de pena.

Encaminó sus pasos hacia la sede de las oficinas gubernamentales y cuando estaba en la escalinata de entrada, preguntándose qué hacer a continuación, Franklin bajó de su Mercedes. Lo agarró del brazo.

—Voy a entrar contigo —le dijo—, y no te atrevas a decir que tienes una reunión.

Franklin trató de liberarse, y se disponía a gritar pidiendo ayuda cuando se percató de que esa mujer era Sylvia. Se sorprendió tanto que dejó de resistirse, y Sylvia lo soltó. Cuando la había visto por última vez, hacía unas semanas, le había parecido una impostora que se hacía llamar Sylvia, pero aquí estaba la Sylvia que recordaba, una criatura menuda de una blancura casi reluciente, con el suave cabello rubio y los enormes ojos azules. Llevaba una blusa blanca, y no aquel horrible traje verde de señora anglosajona.

Se la veía traslúcida, como un espíritu, o como las vírgenes de dorados rizos que recordaba de sus años escolares.

—Pasa—dijo, desarmado e indefenso.

Recorrieron los pasillos del poder, subieron escaleras y entraron en un despacho donde Franklin se

sentó, suspiró, aunque sonriendo, y le señaló una silla.

—¿Qué quieres?

—He traído conmigo a dos niños de Kwadere. Tienen once y trece años. Todos sus familiares han muerto de sida. Voy a llevármelos a Londres y quiero que les consigas pasaportes.

—Recurres al ministro equivocado —respondió, riendo—. Eso no es cosa mía.

—Por favor, arréglalo. Tú puedes.

—¿Y por qué quieres robarnos a nuestros niños?

—¿Robarlos? Han perdido a su familia. No tienen futuro. No han aprendido nada en eso que vosotros llamáis escuela y donde ni siquiera hay libros. Yo he estado dándoles clases. Son inteligentes. Conmigo tendrán la oportunidad de recibir una educación. Y quieren ser médicos.

—¿Y por qué quieres hacer eso?

—Se lo prometí a su padre, que está consumiéndose de sida. Supongo que ya estará muerto. Le prometí que educaría a sus hijos.

—Es absurdo. Imposible. De acuerdo con nuestra cultura, alguien se ocupará de ellos.

—Tú nunca sales de Senga, de manera que no sabes cómo son las cosas. La aldea entera se está muriendo. Ahora mismo hay más gente en el cementerio que en el poblado.

—¿Y es culpa mía que su padre haya contraído el sida? ¿Acaso esa enfermedad terrible es culpa nuestra?

—Bueno, no es nuestra, como declaráis constantemente. Y creo que deberías saber que en las zonas rurales la gente opina que el sida es responsabilidad del Gobierno, porque los gobernantes han demostrado ser una panda de delincuentes.

Franklin desvió la mirada. Bebió un sorbo de agua y se secó la cara.

—Me sorprende que des crédito a esos cotilleos. Son rumores difundidos por agentes sudafricanos.

—No perdamos el tiempo, Franklin; he reservado asientos para el vuelo de mañana por la noche. —Le pasó un papel con los nombres tanto de los niños como de su padre y su lugar de nacimiento—. Aquí tienes. Lo único que necesito es un documento para sacarlos del país. Cuando lleguemos a Londres, conseguiré que les expidan pasaportes británicos.

Franklin se quedó mirando el papel. Luego alzó lentamente la cabeza, con los ojos anegados en lágrimas.

—Has dicho algo terrible, Sylvia.

—Deberías saber lo que comenta la gente.

—Mira que decirle una cosa semejante a un viejo amigo...

—Ayer estuve oyendo... El viejo me maldijo para obligarme a llevar a sus hijos a Londres. Me maldijo...

Pesan sobre mí tantas maldiciones que probablemente voy derramándolas por ahí.

Ahora Franklin se inquietó de verdad.

—¿A qué te refieres, Sylvia? ¿Me estás maldiciendo a mí también?

—¿He dicho eso? —No obstante, la profunda arruga de tensión que le surcaba el entrecejo le confería un aspecto de bruja—. ¿Alguna vez te has sentado junto a un enfermo de sida para oír cómo te maldice a voz en cuello? Fue tan horrible que sus hijos no quisieron traducirme sus palabras. —Levantó la muñeca, rodeada por un moratón que parecía una pulsera.

—¿Qué es eso?

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