En un segundo: Intriga. Romántica

Susana Oro · Capítulo 13 de 30

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En un segundo: Intriga. Romántica

Capítulo 12

Entro a la oficina de mi padre después de cinco meses sin verlo. Él y yo, como le dije a Adriana, no somos una familia unida. No por él sino por mí. Siendo psiquiatra tendría que saber lidiar con mis traumas, pero se me da mejor resolver los ajenos. He perdonado a mi padre, solo que no encuentro ese lazo de amor que debería unirnos. No tenemos un pasado en común, y cuando nos encontramos solo compartimos largos silencios y diálogos forzados.

Lo que me trae a su reino, su oficina y el motivo de su vida, como digo yo, es Adriana. Es domingo y, en lugar de estar disfrutando de su día de descanso, lo encuentro con una pila de papeles desparramados sobre el escritorio. Nunca descansa, nunca se toma un día para ir a pescar o lo que se le antoje hacer. Su vida está aquí. No sé para qué tiene una casa enorme si prácticamente se ha mudado a la oficina.

—¡Qué sorpresa tan linda, hijo! —dice, y se acerca a abrazarme. Es sincero, y me dejo abrazar pero no se lo devuelvo—. Te he mandado varios mensajes con mi secretaria para que fuéramos a comer, pero siempre estás ocupado. Me alegro de que estés aquí.

—He estado ocupado. He venido porque tienes un caso de divorcio que tiene algunas zonas oscuras —aclaro, y me dejo caer en el sillón de tres cuerpos que tiene en su oficina.

—Ya veo. Otra vez rivales —comenta.

No es la primera vez que lucho contra alguno de sus clientes, e indirectamente con él.

—Espero no llegar a un enfrentamiento judicial. Mi clienta es demasiado generosa y no busca venganza. Sabes de quién hablo —aseguro.

—Tenemos muchos casos, Martín.

—Pero ninguno con una irregularidad de las que a mí tanto me gusta solucionar —aclaro.

Él asiente.

—¿Qué pretendes?

—Supongo que ya han presentado la demanda. Lo que pretendo es tener acceso al expediente, defender a la esposa, y para eso tendré que interponer una contrademanda. Espero que lleguemos a un acuerdo sin necesidad de denunciar penalmente a tu cliente —explico.

Se pasa la mano por el cabello entrecano. Está encorvado a pesar de que no es tan mayor. Tiene sesenta años, pero los errores o las culpas que carga, aunque le cueste reconocerlas, lo han avejentado.

—Todavía me guardas rencor. Hice lo que pude.

—No es rencor. Solo quiero evitar una terrible injusticia.

Entrecierra los ojos, y sé que se está remontando al pasado. Han pasado más de veinte años. Yo tengo treinta y tres y debería haber pasado página.

—Es un cliente que está forrado en dinero. Es arquitecto, ambicioso y soberbio.

—Lo de soberbio lo comprobé ayer. Por qué no me avisaste que había una mujer internada en un psiquiátrico, y que todo el caso estaba lleno de irregularidades —reprocho.

Se encoje de hombros y tengo ganas de sacudirlo.

—El cliente me presentó todos los papeles. Su caso llegó a la policía. Hay un acta con todos los detalles de lo que ocurrió ese día. Su mujer lo tiró por las escaleras y por suerte solo se quebró el brazo, pero podría haber muerto. También me trajo un informe psiquiátrico que dice que su mujer tenía un serio problema mental en el momento del hecho, y que era aconsejable su internación. Entiendo tu postura, y hasta te diría que apruebo tu noble causa.

—Tuve que enterarme por un familiar de la mujer —le reprocho, y sé que estoy metiendo en problemas al suegro de Adriana, sin nombrarlo, porque no quiero perjudicar a Malena. Ella quiere escalar en el estudio de mi padre, y que filtre información confidencial sería contraproducente para sus ambiciones. Si Malena no hubiera recurrido a mí, Adriana seguiría de por vida encerrada en Santa Teresita.

Mi padre frunce el entrecejo, y yo le sonrío como si esto fuera una competencia.

—¡Qué raro! Me aseguró que la madre de su esposa estaba de acuerdo con él. Hasta se ofreció a traerla. La mujer quiere que su hija se recupere y salga con el alta, no quiere acelerar los tiempos. Él me explicó que entre los dos están haciendo todo lo posible. Su esposa lo tiró por las escaleras, Martín, y se intentó suicidar varias veces. Todo eso consta en los informes periódicos que redactan en el psiquiátrico. Se ha escapado un

montón de veces y ha intentado acabar con su vida en la misma casa del accidente —asegura.

—¿Te dijo que desde de que la internó nunca fue a verla? Ocho malditos meses sin preguntar por ella. ¿Te dijo que la madre hace seis meses que no la visita? —pregunto, yo estoy relajado en el sillón de tres cuerpos, con las piernas estiradas sobre la alfombra, hasta me he sacado los zapatos porque se me está formando ampollas. Hoy he venido de gala a pesar de ser domingo. Llevo puesto pantalón negro, camisa blanca y una corbata arrugada que encontré en mi vestidor. He venido a estar a la altura de su estirada vestimenta. No sé cómo aguanta estas prendas incómodas, que no se las saca ni los feriados. Yo no veo la hora de volver a mi apartamento para sacarme el disfraz de abogado.

—No entré en tantos detalles.

—Deberías haberlo hecho, porque si esa demanda sale a su favor y un juez lo nombra tutor, la mujer no sale más del psiquiátrico —aseguro.

Mi padre está más encorvado que cuando entré y se aleja hacia la ventana. No creo que sea por mis palabras, sino porque lo que digo le recuerda el pasado. Estamos en el piso quinto de un edificio que da a tribunales, y él está mirando al cielo. Al cielo, como esperando una señal.

—La demanda todavía no la presentamos. ¿Qué arreglo propones?

Me deja asombrado. Malena me dijo que la presentaba el día que se fue ofendida de mi departamento, cuando eyaculé afuera porque se me había contagiado la desconfianza de Adriana y tuve miedo que me enganchara con un hijo.

—Pensé que ya la habían presentado.

—Aunque no me creas, te estaba esperando —se gira y me mira. Mi asombro le da satisfacción. Lo veo en su sonrisa—. Quería que te enteraras, por eso le di este caso a Malena, tu novia —aclara. Se está regocijando con mi mentira al contarle que me enteré por un familiar. ¡Ha sido él quien me ha mandado a buscar, de forma indirecta, al darle el caso a la mujer con la que mantengo una relación informal! Soy yo quien frunce el entrecejo porque no entiendo nada—. ¿Te sorprende?

Claro que me sorprende. Me ha dejado hablar durante media hora.

Lo he juzgado, le he rebatido todas las justificaciones que me ha dado, y él me ha dejado soltar todo lo que pienso sin decirme, «te enteraste por Malena porque eso era lo que yo quería».

No lo puedo creer de mi padre. Él no es así. Su prioridad siempre han sido sus clientes. Pero esto es un cambio muy grande en él, porque con su actitud me está diciendo que ha priorizado a la mujer de su cliente por sobre el dinero que podría ganar con este caso.

—¿Por qué? No es lo que esperaba de ti.

—Lo sé. Serán los años que me han cambiado. Será que la carga de mis errores se me hace pesada de soportar. Tú has dedicado tu vida a salvar a las víctimas, porque tú lo has sido por culpa de tu padre, que no supo qué hacer —confiesa, y le brillan los ojos—. ¿Dime qué quieres hacer? —dice, desviando la conversación al terreno profesional para no desmoronarse.

—Quiero la libertad de Adriana. Que Pinero desaparezca de su vida para siempre. Una indemnización por el daño emocional y mental que le ha causado. Lleva casi un año sin tener contacto externo. Ella tenía su vida, y él se la quitó. Si ha querido volverla loca, no lo logró, pero estoy dispuesto a que él termine loco. Me voy a encargar de que nunca más cometa una injusticia semejante. Le voy a sacar todos los grandes logros que ha

conseguido mientras dejó que su esposa se pudra en un psiquiátrico. No me importa si se queda en la calle. Lo quiero lejos de ella, y lo voy a vigilar hasta que se sienta tan perseguido que decida marcharse a otra ciudad —

afirmo.

—Eso es una locura, Martín. Él tiene pruebas que lo avalan. Su mujer se escapa, se ha intentado suicidar. La han filmado, Martín. La han grabado, ¿entiendes? No es un caso fácil de ganar. No puedes perseguirlo, Martín. El tipo es poderoso. Por qué te crees que ha logrado pagar durante casi un año uno de los centros más costosos.

—Lo ha hecho comprando a un psiquiatra que puede perder el ejercicio de su profesión si sigue sacando informes mentirosos. Es cómplice de ese maldito que le robó su vida.

—Vamos a perder al cliente con tu actitud intransigente. Se va a ir con otro abogado, y vas a tener que lidiar por años para conseguir sacarla del psiquiátrico.

Sé que tiene razón en todo lo que dice. Yo hablo desde la ira y desde un idealismo que en la realidad no se consigue de un día para el otro, y a veces nunca. La justicia es lenta y no siempre es justa. Pero que mi padre me diga que es imposible, saca mi parte rebelde y suelto lo que prefiero evitar.

—Dile que mañana le van a pintar los dedos. Que la fundación está dispuesta a todo para conseguir la libertad de su mujer. Dile que en el ámbito de la psiquiatría yo también soy poderoso y si mi informe dice que ella no tiene patologías para estar internada, quien va a terminar loco en Santa Teresita va a ser él —aseguro, y me voy.

—¡Martín! —grita mi padre cuando ya estoy en el pasillo—. El caso es tuyo. Mi consejo es que no lo encares desde el rencor —pide—. ¿Quieres

hacer justicia?, me parece noble, pero tú no eres la víctima de este caso. La víctima es Adriana. Es ella la que decide, porque si decides tú, estarás siento tan injusto como lo fui yo, y como lo ha sido Pinero con ella —

asegura.

Me deja con la boca abierta. Me ha cedido la información de su cliente, violando su secreto profesional. Me ha dado la posibilidad de demandar primero para dar el golpe de efecto. Y me está dando el primer consejo de mi vida.

—Yo quiero aniquilarlo y tengo pruebas para hacerlo. Se lo merece

—digo.

—¿Y qué quiere ella, Martín? —pregunta.

Ella es una luchadora pero no tiene maldad en su corazón. Ella solo quiere salir de su jaula de oro y no ver nunca más a su carcelero.

Asiento. No le respondo. Este es su primer y único consejo, y me ha dejado pensando.

*****

Salgo del edificio y reviso el móvil. Lo tenía en silencio para conversar sin interrupciones, pero no ha parado de vibrar en mi bolsillo.

Tengo cinco llamadas perdidas de Varela y dos de Benito. Ignoro las de Benito porque deben ser para invitarme a almorzar a su casa, como todos los domingos. Camino a zancadas hasta el coche que está estacionado a media cuadra. Algo ha pasado en el psiquiátrico para que Varela me haya llamado cinco veces.

Llego en quince minutos y salgo del coche dando un portazo.

Varela está desalineado en la puerta de la clínica. Hemos invertido los roles, puestos que él siempre lleva puesto pantalón de vestir y chaquetilla blanca de médico. Esta vez yo estoy de punta en blanco y a él parece que lo hubiera agarrado un huracán.

—Adriana no está —dice cuando llego a la puerta de ingreso a la casona.

—¿Cómo que no está? —digo, y trato de mantener la calma.

—Esta mañana entró la enfermera a buscarla y no estaba —explica.

—Dejaste que se la llevara el marido —acuso.

Niega con la cabeza.

—Cómo se te ocurre. Crees que voy a poner en peligro la reputación de la clínica.

—¿Qué pasó después que me fui? —pregunto.

—Ella estaba cenando y… debe haber visto a su marido en el pasillo

—comenta.

Está nervioso. Yo también pero por motivos distintos. Él tiene miedo de que ponga una denuncia a su clínica, yo tengo miedo que el marido se haya llevado a Adriana.

—Lo vi marcharse cuando estuve con Adriana en la laguna. ¿Me estás diciendo que volvió por la noche? —Varela asiente—. Jamás vino a verla, ni una maldita vez, y de golpe hace dos visitas en el mismo día.

—Estaba nervioso —asegura.

—Algo tendrá que ocultar —comento, y camino por el parque.

Varela me sigue.

Me siento en el banco que ocupamos el día anterior y miro esos peses de colores que a Adriana la relajan. Su única distracción en su cárcel.

Varela se sienta a mi lado. No me gusta hacer acusaciones sin pruebas y me quedo mirando la laguna.

—¿Qué es lo que quieres? ¿Quieres un informe que ha superado sus traumas?, estoy dispuesto a darte lo que quieras, si me prometes…

—¿Le darías el alta?

—Por supuesto. Adriana ya está en condiciones de seguir con tratamiento externo —asegura.

No sé si reírme o darle una trompada.

—¡Vaya! Solo tenía que venir a hacer una inspección, y ya está curada de lo que sea que le hayas diagnosticado.

—Ella no quiere aceptar el pasado, Martín —asegura Varela.

—¿Y crees que eso es motivo suficiente para tenerla encerrada durante todos estos meses? No, Varela, eso se trata con terapia, con una buena terapia.

—Tú no entiendes. Ella quiso matar al marido.

—Supongo que es la versión del marido ¿Nunca te preguntaste si fue al revés? —pregunto.

Se queda mudo.

—Quiero solucionar esto, Martín. No quiero verme perjudicado.

Dime lo que quieres…

—No vayas por ese camino, Varela —digo, sin mirarlo porque su propuesta me repugna—. Lo que quiero es que se trabaje desde la ética profesional, y aquí hay pacientes que podrían ser tratados de forma externa.

Se les ha privado de la libertad, coartado las relaciones sociales, el afecto familiar. Les han quitado sus derechos. ¿Entiendes lo que digo?, y yo estoy aquí y en cualquier clínica para evitar estos abusos. No quiero irregularidades. No quiero encierros largos, salvo en casos extremos —digo, lo miro y se pasa la mano por el cabello. Lo tiene despeinado y supongo que lleva haciéndolo desde que Adriana desapareció—. ¿Quién hizo la guardia anoche?

—El guardia de la puerta se llama López. Es nuevo. Pero es imposible que haya salido por el ingreso del portón.

—Entonces no estoy tan equivocado cuando digo que el marido se la llevó. Quizá la escondió en el baúl —digo.

—Eso es ridículo. ¿Crees que habría permitido algo así?

—Ya no sé qué creer. Vengo a hacer una inspección y me encuentro a varios pacientes que podrían estar haciendo terapia externa, con cuidados especiales en sus casas.

—No todos las pueden pagar.

—Esa excusa es ridícula. Con lo que cobras, todos pueden pagar a un asistente hasta que se recuperen.

—No desprestigies nuestro trabajo. Tengo muchos pacientes recuperados y que tienen una vida feliz después de su estadía en mi centro.

—Adriana no es una de esos muchos.

—Nunca quiere colaborar. Siempre se escapa a esa casa abandonada que cree que fue su hogar, y no hay forma de hacerla entrar en razón.

—Tú no tienes que hacerla entrar en razón. Tu deber era escucharla, no quedarte con la versión del marido. Pero la hicieron caer en una trampa,

Varela, porque con sus escapadas el marido logró mantenerla encerrada. Y

tú colaboraste con tus informes.

Se queda mudo porque he sacado a la luz algo que Varela no sabía que yo conocía.

—No sé de qué estás hablando, y no te permito que me acuses de algo que no he hecho —grita.

—Claro que me lo vas a permitir porque tengo pruebas.

—Eso no es cierto. No sabes nada de Adriana. Solo la viste un par de veces —asegura.

—¿Dónde está el marido ejemplar? —pregunto, cambiando de tema

—. ¿Le avisaste de que su esposa se escapó?

—Por supuesto. Es al primero que avisé.

—Qué raro que no haya venido corriendo.

—Me dijo que tenía una reunión urgente para el proyecto de un barrio que está haciendo para el gobierno.

—Una reunión que es más importante que la desaparición de su esposa —comento—. Salvo que mi deducción sea cierta.

—Yo mismo lo acompañé al coche, y te juro que él no se la llevó.

—¿A qué volvió, Varela? —pregunto

Agacha la cabeza y niega.

—No vas a hablar —digo.

—Vino a ver… Maldición, ya sabes a qué vino —exclama Varela.

Claro que lo sé. Vino a ofrecerle más dinero para mantenerla en Santa Teresita.

—Te quiso comprar con dinero —comento.

—No me compró —asegura, y veo que tiene los nudillos blancos de tanto apretar los puños—. No estoy a la venta.

Me levanto del banco. Camino distraído hacia donde Adriana dejó caer la tarjeta que le entregué anoche.

—Te juré que iba a velar por ella. Y te aseguro que no tengo nada que ver con su desaparición —dice Varela detrás de mí.

Lo escucho pero no le contesto. Miro entre las margaritas buscando la tarjeta de la fundación. No está. Se la entregué anoche y es la mañana del domingo. No hay limpiadores ni jardinero los domingos, y pienso que quizá es ella la que se sintió amenazada y se escapó.

—He ido a esa casa que cree que es su hogar, pero no ha estado allí

—dice Varela.

Sus palabras me alertan. Varela niega que la casa a donde se escapa Adriana sea de ella. Me giro a mirarlo.

—¿Y cómo sabes que no ha estado en esa casa? —pregunto.

—Porque el marido tiene una cámara y la revisó antes de ir a la reunión.

Si el marido tiene cámaras, quizá ha visto en las filmaciones que fui dos veces a la casa. Ayer por la tarde me gritaba “quién diablos era yo”. O

es un gran actor o la oscuridad no le permitió reconocerme en las cámaras de la casa. Quizá creyó que era uno más de los vagabundos o delincuentes que se meten a la vivienda. No me importa que me acuse por violación de domicilio. Mis pruebas contra él no están en la casa, y son más peligrosas para él.

—¿Y tú lo sabías?

—Me lo comentó hace un tiempo.

—Me acabas de decir que esa casa abandonada no era de Adriana.

Mientes mal, Varela. Los nervios te están traicionando. Si el marido ha puesto una cámara, ella se escapaba para regresar a “su casa”. —Saco el grabador que he activado y se lo muestro.

Me largo de allí. Varela se queda junto a las margaritas que ha plantado Adriana. Mira que me alejo y sabe que ha cavado su propia tumba.

Tengo pruebas de que jamás hizo el esfuerzo de creer la versión de Adriana.

Nunca la trató con el respeto que se merecen los pacientes, nunca la escuchó ni creyó en ella, y siempre intentó encontrar un motivo para que el marido la mantuviera encerrada. También he grabado la conversación con mi padre. Costumbres de psiquiatra, que no utilizo con mis pacientes, pero siempre uso en casos de abusos.

«¿Dónde diablos te has metido, Adriana?», pregunto y estaciono a pocas calles de la clínica porque necesito pensar. La tarjeta no estaba entre las margaritas. ¿Cómo salió sin que nadie la viera? Solo hay una persona en Santa Teresita que cree en ella y puede ayudarla.

Saco el móvil del bolsillo y la llamo.

—Diga —dice.

—Leonor, soy el psiquiatra Martín Bracamonte. Adriana no está en la clínica.

—Yo la ayudé a salir. Salió por la puerta grande, como le correspondía. Le di ropa de enfermera y le dio mi nombre al guardia.

Vaya, qué fácil es averiguar encontrando a la persona correcta.

—¿Dónde está, Leonor? —pregunto.

—No lo sé. Le di dinero para que pudiera escapar y la tarjeta que usted me dio cuando nos encontramos en la casa a la que va Adriana —

dice.

—Gracias, Leonor. Sé que te estás jugando el puesto.

—El guardia también, doctor. Es mi primo y le pasé el dato de que en la clínica necesitaban un guardia. Se presentó y lo contrataron hace una semana. Cuando se enteren, nos despiden a los dos porque anoche le pedí que dejara salir a Adriana con mi tarjeta. Le expliqué un poco de lo que estaba pasando, y le dije que ella le iba a dar mi nombre. Ya no podía permitir lo que estaba pasando.

—Hay más casos como el de Adriana.

—Quizá crea que los hay, pero el de Adriana es el más injusto. Hay algunos que demoran un poquito más en salir, pero solo un par de meses.

Adriana no tenía a nadie que la quisiera libre. Nadie la venía a ver.

Y Varela decidió que podía seguir cobrando buen dinero sin hacer demasiado, total, nadie se interesaba por ella.

—Gracias Leonor. Tiene mi número para lo que necesite. Si pierde el trabajo, no dude en contactarme.

—Creo que tendré que hacerlo, Doctor.

Me relajo y enciendo el motor del coche. La tarjeta que le di no estaba entre las margaritas porque ella la recogió. Tengo una pista de dónde puede estar.

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