En un segundo: Intriga. Romántica
Capítulo 17
Me he escapado muchas veces para regresar a mi casa durante mi encierro en Santa Teresita. Siempre lo hacía para recordar a mis hijos, la familia y los buenos momentos. Creo que también buscaba una respuesta a lo que había pasado. Lo que tuvimos era hermoso mientras todo iba bien.
Pero a las personas no las conocemos realmente cuando todo va bien, sino cuando va mal, como dijo Martín.
Allí es donde vemos la verdadera cara de las personas, y yo vi la de mi esposo y quizá él vio la mía. No puedo juzgarlo sin juzgarme. No puedo culparlo de todo sin echar la vista atrás y aceptar que también cometí errores. Por aquella época no unimos fuerzas sino que nos convertimos en enemigos. Cada uno creía tener la verdad sobre la vida de Lu.
Mi regreso esta tarde es diferente. No voy para revivir mi vida en esa casa. No voy a traer a mi mente el recuerdo de los tiempos buenos, que me ayudaban a no volverme loca en Santa Teresita. Voy a mostrarles mi verdad, la que nadie quiso escuchar. Voy para hacer valer mis derechos y conseguir la libertad que me robaron. Pero ni siquiera esa es mi prioridad.
Esta tarde voy a saber de mis hijos.
Ocho meses de desesperación sin saber qué pasó con Lu. Ocho meses en los que me he mantenido cuerda solo para intentar recuperar a mi hijo Benja y saber dónde está Lu. No lo hice bien con Benja, pero como dijo Martín, esa fue mi reacción desesperada y no puedo cambiar el pasado.
Debería tener la venganza grabada en mi mente. No por las erradas decisiones que cada uno tomó luego del accidente, sino porque Manuel me quitó la libertad y me arrebató a mis hijos.
Me bajo del taxi en la puerta de mi casa. Martín quería pasarme a buscar, pero quise hacerlo sola. Esta es mi lucha y tengo las fuerzas para ganar.
Dentro del parque deteriorado hay tres coches. Reconozco el de Varela, el de Martín, y el lujoso Onda de alta gama de color rojo de Manuel, que brilla con el sol de la tarde. Es el mismo que llevó a la clínica el sábado que vino a intimidarme. Mi madre nunca aprendió a manejar, por lo que debe haber venido con Manuel, o quizá decidió no venir.
Traspaso la reja sin prisa. Varela no vendrá en media hora a sacarme de mi casa. Quizá por eso llego media hora tarde. ¿Qué es media hora después de tantos meses esperando por mi libertad? Aunque el tiempo sigue siendo algo que me cuesta entender. En un segundo, en un mísero segundo, la vida puede cambiar para siempre.
Camino por el parque que se ha convertido en una selva. De día se ve peor, las sombras de la noche no me dejaban ver que el tiempo se detuvo aquel día. La naturaleza no se detuvo. Ella siguió su curso y se adueñó de todo lo bello que habíamos creado, como si me dijera, “mira para lo que te sirvió todo el tiempo y el dinero que has invertido en este jardín”.
Subo las escaleras de la galería y me detengo en la puerta de madera de doble hoja. Está entreabierta y escucho voces en el interior.
—Papá, ya me cansé de esperar. No va a venir. Nunca viene.
Siempre lo mismo. ¿Cuándo nos vamos a casa? —dice un niño.
Me tiembla el cuerpo. ¡Es mi hijo quien habla! Mi niño que tiene seis años, y en poco tiempo cumplirá siete. Ha pasado menos de un año y su voz no es tan infantil. Me parece la de un niño más maduro.
Abro la puerta de un empujón y miro por toda la sala buscando a Benja. Mi Benja. Mi hijo querido que hace ocho meses que no veo.
«No va a venir. Nunca viene». No me importan sus palabras. No me importa que Manuel lo haya ilusionado con mi regreso sabiendo que no podía llegar a él. Tampoco me importa que Manuel lo haya traído como escudo, porque sabe que en esta reunión el único que va a perder es él. Yo solo quiero ver y abrazar a Benja.
Me tiembla el cuerpo mientras busco a mi hijo. El corazón brinca en mi pecho. Pero es tan grande mi emoción que camino apresurada mirando a todos lados, sin detenerme en los adultos que se encuentran dispersos, porque solo me importa Benja. Mi Benja, que está en algún lado y no puedo verlo. No está sentado en la escalera, ni junto a la chimenea. Lo sigo buscando por la sala y lo encuentro sentado junto a la ventana, concentrado en un móvil que tiene en la mano. Es difícil notar el crecimiento cuando lo ves todos los días. Pero después de tanto tiempo lo veo tan grande que me cuesta relacionarlo con mi pequeño niño de cachetes mofletudos. Me brillan los ojos y me tapo la boca con la mano para no soltar un grito.
—Nooo, otra vez perdí —dice Benja.
Lloro y río. Río y lloro mientras me acerco despacio para no asustarlo. Lleva puesto un pantalón corto y una remera de color azul.
Siempre le ha quedado bien el azul porque tiene la piel blanca y hacen
juego con sus ojos. Tiene el cabello más oscuro y le cae una onda sobre el ojo, que él aparta con la mano.
—Benja —susurró.
Levanta la cabeza y me mira serio.
—Vine, Benja. Esta vez sí vine —digo, recordando las quejas que le escuché antes de ingresar. Estiro la mano para acariciarle el cabello.
Él se encoge y retrocede lo poco que le permite la pared.
—¿Sabes quién soy? —pregunto. Casi le digo soy mamá, pero ha pasado mucho tiempo y los niños pequeños olvidan rápido. Benja tenía cinco años el día del accidente, no era tan pequeño como Lu y quizá guarda algún recuerdo de esa época.
Se levanta y se acerca a Manuel.
—Ella no es. Ella no es —asegura.
Me quedo paralizada. Estoy cambiada. La elegancia de antaño ha desaparecido durante mi larga estadía en el loquero. Tengo ojeras, estoy muy delgada y se me notan los huesos del rostro, de los brazos, de todos lados. Mi pelo está tan seco que no queda nada de las ondas ordenadas y brillantes que lucía con elegancia antes de mi encierro. No tenía una peluquera que me retocara el cabello y ha crecido salvaje como los pajonales del campo. Mis prendas son de buena calidad porque son del vestidor de Estela, pero me quedan holgadas. Claro que no soy la misma.
Toda la pesadilla que viví me ha cambiado. Soy otra persona. Mis rasgos antes radiantes, tienen los surcos de la desesperación, la ira, la angustia, el dolor, la incertidumbre. No soy la mamá alegre que él conoció.
Nadie dice nada. Todos están atentos a la reacción del niño y a la respuesta de Manuel. Lo miro esperando escuchar cualquier cosa. Lo que
sea porque viniendo de él nada es predecible.
—Es ella, Benja. Ella es tu madre —asegura Manuel.
“Tu madre”. Benja me llamaba ma, mami, y cuando quería algo me decía mamita querida. Madre es tan impersonal que comprendo que Manuel no solo me encerró sino que le ha borrado de un plumazo a mi hijo todo el amor que me tenía. Todos estos meses de ausencia, Manuel ha hecho un trabajo de hormiga para quitarnos esa relación llena de abrazos y amor que teníamos con Benja.
—Me decías ma o mami. Y cuando querías conseguir algo me abrazabas y decías mamita querida —digo, y se me resbalan las lágrimas.
No sé si hago bien en recordarle esos detalles. Tampoco sé si es lo correcto guardarme que lo amo con el alma. No lo sé todo. Soy imperfecta como madre, pero no quiero que se sienta acosado con mi amor cuando acaba de huir de mí—. En todo este tiempo alejada, mi meta era encontrarme contigo, Benja —aseguro.
—¿Y nunca pensaste en mi hermana? —pregunta Benja.
Se me resbala una lágrima.
—Siempre. No hubo un solo día en que no pensara en los dos, Benja.
—Pues yo tengo a la abuela que me abrazaba cuando tú no estabas.
Y una mamá que se llama Erika y es la novia de papá —afirma.
Me deja desconcertada. Miro a todos lados, esperando que alguien me aclare qué está pasando. Martín me preguntó si estaba preparada y le dije que sí, solo que nunca me imaginé que Manuel vendría con nuestro hijo para doblegarme al escuchar sus hirientes palabras. Y lo único que puedo pensar es que ya no existo en la vida de mi hijo porque me ha reemplazado.
—No sabes lo feliz que me siento de que hayas tenido a alguien que te abrazara, hijo.
—Yo soy hijo de Erika —asegura.
Es como si me hubieran clavado un puñal en el corazón, y me quedo paralizada.
Martín se acerca a mí y me abraza.
—No esperaba esto —me dice.
—Ni yo —aseguro.
—Ven, Benja. Creo que los dos podemos ir a tomar un helado —
dice mi madre.
Pienso en ella como madre, de la misma forma impersonal que Manuel le ha hablado a Benja de mí. No puedo decirle mamá como antes.
No encuentro el amor que le tenía. Se fue el día que se puso del lado de mi marido. La miro con desprecio porque ella ha contribuido a alejarme de mi hijo.
—¿Y no vas a preguntar por Lu? —pregunta Benja, ignorando a su abuela.
—Basta, Benja —dice Manuel con voz autoritaria. El niño agacha la cabeza.
—Claro que quiero saber de Lu, Benja. Llevo muchos meses queriendo saber de Lourdes. Me haría muy feliz cualquier cosa que quieras contarme —aseguro.
—Pues ella sigue teniendo margaritas —dice, y me quedo paralizada.
Me brillan los ojos al saber que mi hijo recuerda nuestros bellos momentos del pasado. Benja no me ha olvidado. Benja recuerda cuanto le gustaban las margaritas a Lu. Pero también me brillan los ojos porque sus palabras no me dicen si Lu vive. Mi hijo está distinto. Es como que ha madurado con todo lo que pasó. Él me mira con suspicacia y sus respuestas están llenas de astucia. Me quiere hacer daño y me mira como si estuviera esperando mi reacción, o gozando de mi desconcierto. Este no es mi Benja.
Él era un niño comprensivo y cariñoso, un niño que siempre me decía “te quiero hasta las estrellas, ma”.
¿Qué le ha hecho Manuel en los meses que me apartó de su lado? Es como si Benja me castigara porque cree que lo he abandonado. Está resentido porque no sabe por qué desaparecí de su vida sin decir una palabra. Solo tiene seis años pero se comporta como niño mayor, lleno de resentimiento. Mi verdugo, por lógica, no le ha contado la verdad sino lo que le conviene, y la única que ha salido malparada he sido yo.
Miro a mi hijo como si pudiera descubrir en sus ojos esa incertidumbre que ha sembrado en mi pecho respecto a Lu. Él abre la boca, y Manuel le aprieta el brazo.
—Ya basta, Benja —repite Manuel con voz autoritaria, y Benja otra vez agacha la cabeza.
—¿Por qué lo intimidas? Deja que diga lo que quiera. Tú no tuviste respeto por él al traerlo, y ahora le aprietas el brazo y le gritas para que no hable —grito. Estoy llena de ira porque ha sembrado tanto rencor en mi hijo que ya no lo reconozco. ¿Qué le hice a este hombre para que me odie? Solo me quedaba en la clínica para proteger la vida de mi hija—. No pensaba vengarme, a pesar de que tengo pruebas y sobrados motivos para hacerlo,
pero te aseguro no voy a tolerar que uses a Benja para salir airoso de tus malas acciones —grito.
—Será mejor que cuides tu lengua delante de Benja —informa mi verdugo.
—Mi lengua. Acaso tú la has usado para algo que no sea sembrar odio en mi hijo, Manuel. Mi hijo cree que su madre es Erika. Me ha esperado por las promesas falsas que le hacías. Yo no lo sabía. No sabía que me estaba esperando. ¿Cómo iba a volver si me encerraste? Y mientras no podía llegar a él lo has llenado de mentiras para que me odie.
—Es un niño. Deja de hablar así delante de él.
—Es un niño y no deberías haberlo traído a una reunión de adultos.
¿Recordabas que era un niño cuando lo hacías esperar por mí? Claro que no. Tú solo querías que me odie. Lo estás usando y no te lo voy a permitir.
Ya nos has hecho demasiado daño—grito.
—Adriana, cálmate —pide Martín.
—Y dejarlo que se salga con la suya. Me encerró durante meses.
Ocho meses en Santa Teresita. Me enteré por ti, Martín, porque yo había perdido la cuenta del tiempo. Él me alejó de Benja, y jamás me dijeron que había pasado con Lu —grito—. Nunca me dejaron saber si mi hija estaba viva a no —grito—. Yo soy tu mamá, Benja. Yo llevo meses esperando que alguien me deje volver a ustedes —susurro, y estallo en llanto.
—Ese no es el método con un niño —susurra Martín.
—¿Lo de Manuel es un buen método, Martín? Lo ha puesto en mi contra. Y yo tengo que dejar que Benja crea que lo abandoné cuando no es cierto. Es un buen método que lo rete cuando no dice lo que él quiere. Está bien que lo calle a gritos cuando mi hijo me dice que Lu sigue teniendo
margaritas. Cada día de mi encierro he tratado de conservar las esperanzas con Lu. Lloraba en soledad, y me enojaba porque tenía que seguir siendo fuerte, tenía que seguir creyendo que los milagros existen. ¿Qué significa que mi hija sigue teniendo margaritas?, porque no lo entiendo. Porque no quiero que mis suposiciones sean ciertas—digo, y se me caen las lágrimas.
—Adriana —susurra Varela a mi lado.
—No te me acerques, Varela, porque en este momento no me siento cuerda y podría reaccionar de una forma que no me conviene. Demasiados meses me has mantenido encerrada en tu clínica para cumplir tu trato con mi marido. Me has robado ocho meses de mi vida, le has robado la madre a mis hijos. Pero que puede importarte si negabas que tuviera hijos. Y aquí está Benja, el niño que tiene una placa con su nombre en el piso de arriba, en la casa adonde venía cuando me escapaba. En la casa que siempre dijiste que no era mía, y con el niño que dijiste que no era mi hijo —aseguro.
Varela agacha la cabeza y desiste de lo que sea que quería decirme.
Miro a Benja, que me mira asustado, o asombrado.
—No quería gritar, Benja. Lo siento, tesoro. Yo solo quería…
abrazarte y decirte que te quiero, y que me alegra que sientas cariño por tu mamá del corazón y que la abuela te haya llenado de abrazos. Yo no podía volver, pero solo tienes que desearlo para que abra mis brazos —me quedo esperando alguna reacción de mi hijo. Pero él no se acerca a mí. Me giro, y miro a Martín—. Haz lo que tengas que hacer.
Martín abre la boca para preguntar, y con solo mirarlo asiente. ¿En qué momento comenzamos a entendernos sin hablar? No lo sé. Solo quiero salir de aquí, no porque me sienta intimidada, sino porque mis emociones son tan intensas que no quiero que mi hijo me desprecie más de lo que le ha enseñado su padre.
Me alejo corriendo de allí. Tantos días planificando este encuentro y nada salió como lo esperaba. He visto a mi hijo, y no sé si mi hija sigue viva. Cuando salgo de la casa estallo en un llanto que no puedo parar.
OceanofPDF.com