En un segundo: Intriga. Romántica
Capítulo 3
El aullido estremecedor me despierta de un sueño lleno de pesadillas. Trato de incorporarme en la cama, pero estoy atada de pies y manos como sucede siempre que me escapo del loquero Santa Teresita.
Quien aúlla como un animal herido es Tessa, con dos “s”, como aclara la mujer cuando alguien la llama Teresa. La joven odia su nombre porque es igual al de su madre, a la que también odia con toda el alma. Yo adoraba a mi abuela Teresita, esa mujer que me relataba cuentos de hadas que me hacían soñar con una vida llena de magia. Pero desde que estoy aquí he comenzado a odiar el nombre de mi querida abuela. Quizá a Tessa le pasa lo mismo.
Conozco a la madre de Tessa, y me parece una mujer sufrida y en extremo cariñosa con su hija. Pero ya no doy nada por sentado. La gente puede aparentar un encanto desmedido en público y ser un demonio en privado. Yo desconfío hasta de mi propia sombra.
Cuando me ingresaron con un cuadro de histeria y muchos golpes, intenté contar lo que había pasado, pero nadie me creyó. Rogué, grité, supliqué, me arrodillé frente al psiquiatra, y como no me hacía caso, rompí
algunas cosas. Lo único que conseguí fue acrecentar su creencia de que estaba desequilibrada.
Desde que llegué fui la loca, aunque ellos nos diagnostican con nombres técnicos que suenan diferentes, más bonitos.
Después de una semana de insistir con mi verdad, desistí cuando comprendí que el poder para sacarme de allí estaba en manos de quien me había internado. Ya no me importó contar mi verdad, no grité, no supliqué ni rompí cosas. Ya no tenía sentido. Esa semana marcaba un antes y un después en mi vida. Y lloré, en silencio, sin hacer ruido, de noche, cuando estaba sola. Lloré hasta que me quedé sin lágrimas.
Siguen unos aullidos más y después llega el silencio. A Tessa le han inyectado un calmante. Yo no grito, no me retuerzo, no me golpeo la cabeza contra la pared. No hago ninguna locura de ese tipo. Solo he aprendido el arte de reír, y me sale tan bien que nadie duda de mi estado de demencia.
Tengo ganas de orinar. Son muchos meses de práctica y sé como aflojar el nudo de los agarres sin desatarlos del todo. Cuando libero las manos me desato los pies. Me levantó y camino al sanitario sin hacer ruido.
Orino en la rejilla para no soltar agua por el inodoro porque cualquier ruido puede alertar a los cuidadores nocturnos. Me lavo la cara, me seco con el camisón de tela áspera y regreso a la cama para colocar nuevamente las ataduras. La adrenalina de la noche anterior me ha agotado, y me relajo haciendo inspiraciones profundas cuando apoyo la cabeza en la almohada.
Escaparme trae consecuencias y me espera un día encerrada en la habitación, sin terapia conjunta, sin hora con el psiquiatra, sin almuerzo en la sala con el resto. Tampoco puedo sentarme frente al televisor, que para algunos de mis compañeros solo es una caja que hace ruido, pero para mí es
una ventana al mundo, el que me han robado, aunque lo único que nos dejan ver son películas que eligen ellos.
No lamento nada de lo que me voy a perder, salvo no poder sentarme en el parque del loquero, sobre el banco de hierro que da a un lago artificial donde nadan peces de colores. O caminar por los senderos tratando de llenar los pulmones de ese aire que siento con sabor a libertad. El único lugar donde encuentro una discreta paz y logro la armonía mental que a diario me quitan en este lugar.
La enfermera entra por la mañana. Ya sé que es Leonor. Jamás me escapo cuando le toca el turno a otra enfermera.
—Buenos días, loquita mía —dice Leonor, y al mirar las ataduras sabe que me he soltado por la noche.
—Loquita un cuerno —digo indignada.
—Ya veo que otra vez saliste a dar un paseo por esa casa que te hace llorar.
—No he llorado —aclaro, aunque sí lo he hecho, pero no me gustaba que ella me conozca tan bien.
—Espero que no hayas orinado en la rejilla —comenta Leonor cambiando el tema.
—Cómo voy a orinar si estoy atada —aclaro.
Las dos sabemos la verdad. La flojera de los nudos de una de las manos es la prueba de mis andanzas, que Leonor siempre pasaba por alto.
Ese es el motivo por el que solo me escapo cuando al día siguiente le toca el turno a Leonor quién, al verme tan desdichada, se encargaba de avisarme de que al día siguiente no faltará al trabajo. Si otra enfermera encuentra los nudos flojos, el castigo es una semana de encierro, y no sé si puedo
tolerarlo. No me escapo muy a menudo, Leonor se juega su puesto con mis salidas, pero agradezco la poca ayuda que esa mujer me brindaba en mi cárcel.
Si alguien sabe que estoy cuerda, esa es Leonor. Es un secreto que nos contamos con la mirada, porque jamás hemos hablado abiertamente del tema. La mujer cuidaba su trabajo, y yo ya no confío en nadie como para seguir contando mi versión del pasado.
—Tendrás que quedarte encerrada.
—No me vendrá mal un día de descanso. Imagínate mi dicha al no tener que compartir el día con todos los locos. No tendré que participar en la terapia de grupo. Tampoco tendré que verle la cara de piedra al doctor Varela, ese despiadado e hipócrita que está más loco que todos los que están acá.
—Hablas como si fueras la única cuerda —ironiza Leonor.
—Ya sabes cómo somos los locos. Todos nos creemos cuerdos —
aclaro, y veo que Leonor intenta ocultar la sonrisa.
—Ya te hago traer el desayuno —dice Leonor después de haber acomodado mi cama.
Ya no estoy atada, sino sentada en la silla de madera dura con los codos sobre la pequeña mesa. Es una pequeña libertad dentro del encierro, porque dicen que no soy peligrosa. Solo me atan cuando me escapo, como un escarmiento para que deje de hacerlo. Escaparme para ir a mi casa es la única esperanza que tengo de no perder los recuerdos de cuando era feliz con mis hijos.
El día transcurre sin que pase nada interesante. En realidad, aquí todos los días son parecidos. Al menos, cuando me dejan encerrada tengo la
sensación de estar cambiando la rutina.
La habitación no tiene ventana. El tragaluz está tan alto que por más que me suba a la silla no logro ver el parque. Paso el día mirando las paredes y llorando como cada vez que regreso de mi casa. ¿Por qué? ¿Qué hice para merecer esto?, son preguntas que no tienen respuestas.
No tengo ganas de escribir sobre mi vida en papeles que desaparecen. Estoy en uno de esos días en los que el encierro y el silencio me pasan factura y me pregunto: cuánto más voy a aguantar esta situación.
La enfermera Leonor una vez me susurró al oído, “esto no será para siempre”. Pero no le creí. ¿Quién me va a creer? ¿Quién me va a sacar?, si quien dice ser la víctima en realidad es mi verdugo. Él tiene el poder, y yo he sido una pobre ilusa que creyó en el amor y en los cuentos de la abuela.
¿Cuántos años tienen Benja y Lu? Me acercó a la pared y veo las rayas que marco para señalar los meses que llevo encerrada. Hay seis, pero he dejado de anotarlos porque me deprime saberlo, y además, he perdido la cuenta. Benja ya tiene seis años, lo sé porque los cumplió cuando llevaba un mes aquí, cuando todavía hacía rayas en la pared. ¿Lu, ya habrá cumplido los cuatro? Ella tenía tres cuando me encerraron. ¿Qué día es hoy? ¿Qué mes? ¿Qué pensarán mis hijos de mí?, supongo que las mentiras que le ha contado su padre.
Y mi madre, ¿por qué nunca me creyó? Es tan católica. No volvió más después de aquel día que la eché porque se persignó y me susurró:
«qué Dios se apiade de tu alma perdida». Quizá la culpa ha sido mía, porque cuando me permitieron recibir la visita de mamá a solo tres días de mi internación, la agarré del brazo, se lo apreté con tanta fuerza que le hice un moretón y grité como una loca que me sacara de allí. La culpo, la juzgo y la condeno, porque no supo diferenciar la enajenación mental de la
desesperación de su hija. Ella sabía que tenía que salir. Ella es madre y no fue capaz de ponerse en mi lugar.
Mi madre adora a Manuel, y no tengo dudas que él la convenció de que había perdido la cordura aquel maldito día. Pero es mi madre. ¡Mi Madre, maldita sea!, y tendría que haberme creído a mí.
Almuerzo esa comida espantosa que nos sirven. Ya le he repetido muchas veces a la cocinera que no estamos enfermos sino locos, pero ellos siguen insistiendo en darnos alimentos que no tienen gusto a nada. ¿Acaso no saben que los sabores cambiaban el ánimo de la gente? Los conozco tan bien que creo que lo que menos quieren es que nuestro ánimo mejore. La merienda de la mañana era un café aguado con leche y dos tostadas con una mermelada demasiado agria para mi gusto, por eso solo me comí las tostadas medio quemadas y resecas. El almuerzo es una sopa aguada sin sal y una pechuga de pollo con un puré espantoso. Me como la gelatina que es a lo único que no saben quitarle el sabor.
Antes de la cena entra una enfermera para llevarme a las duchas.
Este quizá es el peor momento para mí, porque tengo que desnudarme delante de tres custodias y diez mujeres que están más locas que una cabra.
Son diez cubículos separados por divisorios de acrílico donde entramos todas juntas. Las enfermeras nos vigilan a corta distancia, y un enfermero del tamaño de un ropero aguarda en el pasillo por si las cosas se ponen complicadas. A algunas mujeres las tienen que bañar porque están tan locas que gritan y se golpean la cabeza contra la pared cuando les cae el chorro de agua encima, a esas suelen atarlas y las bañan entre dos enfermeras, o les dan un tranquilizante para poder higienizarlas.
Tessa me sonríe con sus ojos perdidos, y veo de reojo que la mujer que está a su lado se está masturbando. Tessa al verla se pega a mi cubículo.
Golpeo el acrílico que nos separa y ella me mira. Apoyo mi dedo sobre el labio para pedirle que no grite. «Mírame a mí, mírame a mí», le susurro, porque si arma un escándalo otra vez le van a inyectar un calmante y ya lleva demasiadas pastillas encima.
Siento tanta pena por ella que a veces me brillan los ojos. Solo tiene veintidós años. Veintidós años, y según ella lleva seis meses encerrada en Santa Teresita. Yo llegué antes, cuando tenía veintiocho años, por eso sé que llevo más tiempo de las seis rayas que tengo en la pared.
Ellos dicen que quieren estabilizar a Tessa, pero cada día la veo más inestable, quizá por la cantidad de medicamentos que le dan. Los míos van a parar a la rejilla donde orino cuando me escapo. Hasta el momento nadie me ha descubierto, quizá porque después de los escándalos que hice la primera semana, comprendí que debía mantener la calma. Nunca volví a gritar. Ya no tenía sentido, y al ser una loca tranquila los enfermeros no están pendientes de mí.
Tessa ha sufrido un trauma después del accidente de moto donde viajaba con su novio. Él murió y ella salió ilesa, pero el dolor de su corazón era tan grande que tuvo dos intentos de suicidio. Por eso su madre tomó la decisión de ingresarla.
El agua nunca está a la temperatura deseada, siempre un poco más fría de lo que necesita el cuerpo. Quizá esos sabiondos creen que el agua fría es capaz de enderezar nuestras neuronas perturbadas. Bueno, yo estoy segura de que las tengo sanas, aunque no sé por cuánto tiempo. Con todos los locos que hay aquí, no tengo dudas que en algún momento me convertiré en uno de ellos.
A la mañana siguiente comienzo con mi rutina. A las diez tengo reunión de grupo con los locos. Algunos hablan tantas incoherencias, que
ese es uno de los momentos donde creo que voy a perder mi estabilidad mental.
A las doce es el almuerzo en el salón. Por suerte los más agresivos no están allí. Después de tanto tiempo encerrada tengo algunos internos con los que hablo unas pocas palabras.
—Hola, Pedrito. Te veo feliz esta mañana —comento a ese hombre de ojos apagados.
—Pude volar. Por fin pude volar —grita, y agita las manos como si fuera un pájaro.
El pobre ha intentado volar desde que está aquí. Corren rumores de que lo rescataron dos veces del techo, momentos antes de que se lanzara al vacío. No sé si es cierto. Si es así, Pedro está complicado. Lo único que quiere es volar, el pobre, y eso no lo va a lograr en esta vida. Debería volver a nacer como pájaro.
—¿Y qué viste desde el cielo, Pedrito? —preguntó Adriana.
—Vi a mi esposa que me decía, ven Pedro, ven a mí —dice Pedro, y ese día veo en los ojos de Pedro un brillo que nunca había visto.
A mí también me brillan los ojos porque creo que acabo de comprender a Pedro. Por fin, después de tanto tiempo descubro qué tipo de vuelo quiere hacer. Él no quiere ser un pájaro. Solo quiere irse de este mundo. Su vuelo es su forma de decir que ya está listo para partir. Siento pena por él e ira por esos psiquiatras que no saben interpretar el significado de lo que esta gente intenta expresar.
Me siento a su lado y le agarro la mano. Él me mira asombrado al descubrir que le brindo toda mi atención.
—Pero no pude llegar a ella —aclara Pedro—. Se me esfumó como las pocas veces que logré volar.
Me brillan los ojos y lo abrazó.
—Quizá no estás preparado todavía para el gran vuelo, amigo.
Quizá hay algo que tienes que hacer antes de elevarte al cielo —susurro en su oído.
Él me mira con una lucidez que me deja desconcertada.
—¿Tú me entiendes? ¿Entiendes lo que quiero? —pregunta Pedro, como si fuera la primera vez que alguien interpreta el sentido de sus vuelos.
—Sí, Pedrito, te entiendo más de lo que imaginas —aclaro, y se me anuda la garganta.
Llevo muchos meses aquí. En mis primeros tiempos no me relacionaba con nadie. Me sentía demasiado cuerda para ponerme a la altura de los locos. Cuando dejé de compadecerme y comencé a interactuar, comprendí que no era la única cuerda dentro del loquero.
—No estoy Loco —aclara Pedro.
—No, solo quieres volar —aseguro.
—Eso es. —Se relaja en su silla, y minutos más tarde vuelve a estar encerrado en su mundo.
Me levanto como un resorte cuando presiento quién está en el comedor. Apoyado en el marco de la puerta está el psiquiatra, mirándome con sus ojos inteligentes, cual águila que analiza todo desde arriba pero que es incapaz de bajar al nivel de los internos para comprender el sentido de las palabras de sus pacientes.
—Psicoanalizando a los pacientes —deduce Varela.
—Saco mejores deducciones que usted, y eso que no he estudiado para comprender a las almas perdidas —aclaro. Jamás digo locos delante de mis compañeros, porque muchos se alteran y, al igual que yo cuando llegué, gritan que ellos no están locos.
—¡Almas perdidas! —admira, y arquea las cejas como si aquella expresión le causara gracias.
«Maldito despiadado», pienso, pero me callo porque ya no exteriorizo mis pensamientos. No quiero que el soberbio psiquiatra se ponga a analizarme por mis actos. Él tiene los estudios, y eso lo hace dueño de la verdad. Su verdad, porque los pacientes que estamos encerrados en la clínica tenemos nuestra propia verdad. Y la mía no tiene nada que ver con la del psiquiatra Varela.
—Nos toca sesión en media hora, Adriana. Espero que vengas dispuesta a colaborar —aclara.
—Doc, usted y yo hablamos lenguaje diferente. Sus sesiones no me sirven de nada —afirmo.
—Porque no pones voluntad —asegura.
—Quizá sea usted quien no quiere aceptar que se equivocó conmigo
—aclaro.
—Adriana, siempre estoy dispuesto a aceptar mis errores, pero tú insistes en una verdad que no existe —asegura.
Aprieto los puños para no lanzarme sobre él y arrancarle todos los pelos de la cabeza. Le queda algún mechón de cabello castaño claro, aunque la mayoría son canas de plata. Ya tiene edad para tenerlas, aunque él dice que se las estamos sacando los pacientes. Me contengo de dejarlo calvo porque no pienso darle motivos para confirmar sus erradas deducciones.
—Acaso me va a seguir negando que tengo dos hijos. Va a negar que la casa a la que vuelvo desde hace meses era mi hogar. ¿Cuántos meses llevo aquí, doc? —pregunto, él me mira sin inmutarse—. En la puerta de la habitación de mi hijo todavía está el cartel que colgó Benja. Quizá se olvidaron de hacerlo desaparecer. Pero es una prueba de lo que digo.
—Eso no prueba nada, Adriana. Has vuelto a birlar la seguridad de esta residencia y has tomado como tuyo ese hogar. Pero solo es una casa abandonada, con un cartel en una puerta donde sale un nombre, que por alguna razón decidiste considerarlo tu hijo.
Ese hombre es otra de las razones por las que presiento que en este lugar me volveré loca. Varela siempre rebate mis verdades, y me encasilla en alguna de las patologías que tanto lo fascinan. No puedo asegurar que sea un mal profesional. Pero estoy convencida de que con tanto loco en Santa Teresita, el hombre ya no es capaz de distinguir si alguno de sus pacientes está cuerdo, como yo.
Al ver que lo miró sin parpadear, Varela me hace un gesto de despedida y se marcha.
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