En un segundo: Intriga. Romántica
Capítulo 15
Ya han pasado tres días desde que me escapé de Santa Teresita. Paso mis días en la fundación, que me atrae como si fuera un imán. Estela viene por las tardes y ayuda en lo que le pidan. No es psicóloga pero despliega su instinto maternal en cualquier persona que necesite un abrazo, una caricia o solo a alguien que se siente a su lado.
Ella dice que prefiere no hablar para no interferir en el trabajo de los psicólogos. Pero he visto que algunos pacientes se sienten más cómodos con Estela que con los profesionales. Los entiendo. Yo llevo mucho tiempo sintiéndome analizada y me incomodan.
He participado de dos charlas de grupos y me ha entrevistado un equipo de dos psicólogas y un psiquiatra. No me han indagado sobre mi pasado. Creo que están analizando si soy una persona coherente y lógica en mis respuestas. Después de ocho meses internada no sé si tengo algún tornillo flojo.
A Martín lo veo todos los días. De lejos. Así lo quiero, así lo prefiero porque ya no lo veo como un psiquiatra, sino como un hombre. Eso no es bueno. Él llena mis días de imágenes que no quiero ver: su sonrisa
bondadosa, su arqueo de cejas, su vaquero gastado caído hasta las caderas, su cabello castaño revuelto, sus chompas que me dejan ver el ancho de su espalda. También se ha filtrado en mis pensamientos, y cada día que pasa me cuesta más hacerlo a un lado. Él está tan presente que a veces tengo miedo de sentir algo diferente del dolor y la ira.
Yo tenía una vida, mis niños, el perro, mi casa, mi parque cuidado, las risas, los gritos, las peleas. ¿Dónde estás, Benja? ¿Dónde estás, Lu? Se me resbala una lágrima al pensar en mis hijos. Los quiero de vuelta.
Necesito abrazarlos y decirles que mamá los ama y los va a proteger toda la vida. Lloro como hace mucho que no lo hago. Lloro como si se me estuviera partiendo el corazón en pedacitos.
—Adriana —susurra Martín, y me apoya las manos en los hombros.
—Lo siento. No suelo desmoronarme —aseguro, me seco las lágrimas y trago varias veces para contener los sollozos.
—A veces es bueno desmoronarse y que alguien te sostenga —dice.
—Estoy acostumbrada a sostenerme sola —digo.
Él me mira con esos ojos tormentosos de color gris, tan sinceros y comprensivos que me dan ganas de contarle todos mis traumas, como hizo él en la montaña para que lo considerara mi amigo.
—Venía a hablar contigo, pero creo que no es un buen momento.
—Claro que es un buen momento, solo me dejé llevar por los recuerdos —digo, y me seco las lágrimas con la manga de la blusa que llevo puesta. Es de flores, y me la ha cedido Estela cuando se enteró que en la clínica me gustaba plantar margaritas—. ¿Has visto a Varela y a mi verdugo?
Martín asiente.
—He tenido una charla interesante con los dos —comenta.
Espero que siga pero no lo hace.
—¡Y qué esperas para contarme! —reclamo.
Él sonríe.
—Les he explicado que estamos haciendo pruebas con un equipo de psicólogos y psiquiatras para evaluar si los informes que presentaba Varela concuerdan con los nuestros. Y les informé de que no concuerdan. Varela está preocupado. Tu esposo estaba nervioso y agresivo, pero cuando comprendió que su decisión se le podía venir en contra, se mostró dispuesto a conciliar.
—Ya veo. Y en qué consiste su conciliación.
—En una reunión contigo. Estaría presente uno de mis psiquiatras, Varela y yo.
Se me tensa todo el cuerpo de solo pensar que tengo que compartir espacio con mi verdugo. A Varela no le temo, es un cordero que respondía a mi verdugo, y si bien nunca creyó mi versión siempre se mostró amable y condescendiente.
—Supongo que Varela y tu psiquiatra van a intercambiar opiniones sobre mi locura.
—No hables de locura, Adriana. Odio esa palabra y jamás la usaría con ninguno de mis pacientes.
—Tenemos visiones distintas del término. Yo lo veo desde mi realidad y tú, desde tu profesionalismo —digo, y suelto un monólogo sobre el término que él rechaza—. Mi vida ha sido una locura. Llevo ocho meses creyendo que me voy a volver loca. Creo que los locos están sueltos. No me
considero una persona cuerda. Jamás imaginé que mi sueño de formar una familia se convertiría en esta locura. ¿Quién está más loco, Manuel o yo? Si no hubiera tenido una discusión de locos con mi esposo, quizá no estaría en el loquero… —Él me mira con un arqueo de cejas, y no puede ocultar esa mueca que no llega a sonrisa—. Yo no me tomo el término locura como tú.
Para mí convivir con los locos se convirtió en mi realidad. Y esos locos, que tienen más corazón que los que están afuera, eran mi familia. Ellos son los locos con los que compartí mi vida de locos y…
—Ya te entiendo —dice Martín, sin poder borrar la tibia sonrisa de sus labios cerrados.
—En esa reunión, a la que no tengo ganas de ir, me gustaría saber por qué el loco de mi marido me encerró en Santa Teresita.
Martín niega con la cabeza y suelta una carcajada. No me va a ganar con sus términos técnicos, y se deja vencer.
—Creo que sería bueno que fueras preparada para enfrentar a Pinero.
—Hace meses me arrebató mi vida porque estaba aturdida. No necesito prepararme si voy con la verdad. Sé lo que quiero, Martín.
—Pero hay gente perversa que es capaz de tirar por tierra tu seguridad.
—Ya lo hicieron y sigo en pie —aseguro—. ¿Cuándo es la reunión?
—Tu esposo la quería ya. Pero le dije que soy una persona ocupada, y tengo libre el viernes. No le he mentido, estoy resolviendo varios temas a la vez, pero la he retrasado sobre todo porque estoy esperando el informe de la policía.
—¡El viernes! No falta nada para el viernes. Estamos a martes. Hoy tuve dos sesiones con tu equipo y no creo que hayan terminado de averiguar si estoy cuerda o loca.
—Hay personas que se niegan a colaborar con ellos. Tú has sido transparente. Los tres profesionales han llegado a la misma conclusión. Sé que tus días han sido intensos. Te han hecho pruebas, preguntas, y te han indagado más de dos horas por día.
—Tres horas por día. Dos veces con los tres juntos, y también he tenido sesiones individuales con cada una de tus psicólogas. ¿Cuál es el diagnóstico?
—Hay varias cositas que tratar, Adriana.
—Ya sabía que debía tener varios tornillos flojos.
—Nada requiere internación.
—¿Soy una persona apta para vivir en sociedad? ¿Soy una persona confiable? ¿Soy una persona capaz de asumir responsabilidades? —
pregunto—. Dime si estoy en plena capacidad de ser una persona normal —
suplico.
—Demasiadas preguntas juntas, Adriana. ¿Podemos ir de a poco?
—pide Martín.
Me brillan los ojos porque su falta de respuesta me confirmaba que no soy apta para muchas cosas.
—Llevo casi un año estancada. De qué me sirve la libertad sin no tengo la capacidad —digo.
Él se acerca. Quiere abrazarme, y salgo corriendo para refugiarme en la casa de Estela. No me sigue y agradezco que respete mi necesitad de
estar sola. Porque sola he logrado sobrevivir al infierno, y ningún abrazo sería capaz de calmar la angustia que tengo en este momento.
Cuando me escapé creí que era libre. ¡Qué tonta! La libertad es poder decidir, es conseguir que me devuelvan lo que me quitaron. En este momento odio a Manuel. Odio a mi madre porque no hizo nada por creerme. Odio a Varela porque colaboró para quitarme mi vida y durante mi encierro ha atrofiado mi mente. Y odio a Martín porque me está ocultando mis falencias.
Cuando llego a la casa de Estela me arden los ojos de tanto llorar.
Esta vez no me seco las lágrimas y dejo que fluyan a su antojo. Merezco compadecerme alguna vez. Merezco caer y quedarme tirada en el piso hasta quedarme sin fuerzas.
Llego al ingreso de la galería y me encuentro un cajón lleno de plantas. No tienen flores pero al ver las hojas sé que son margaritas, y sé que me las ha dejado Martín antes de ir a la fundación.
Él sabía que me iba a romper, y como es de esos hombres que miran más de lo que hablan, sabía que en Santa Teresita plantaba margaritas.
Agarro el cajón y me voy a un rincón del parque de Benito y Estela.
Busco un lugar donde poder poner las plantas sin que entorpezca su perfecto jardín. Mis ángeles me abrieron las puertas de su hogar y me han dicho que su casa es mi casa. Pero no voy a abusar de la confianza que me han brindado, cambiando el estilo de su jardín.
La tierra está blanda porque tienen aspersores, y como no tengo pala comienzo a escarbar con los dedos. Pongo una plantita, otra, y otra, hasta que el cajón queda vacío al igual que mi corazón.
—Son para ti, Lu. Mi pequeña y traviesa, Lu —digo, y paso la mano por las hojas—. Cuando crezcan saldrán las margaritas que tanto te gustaba regar.
—¿Quién es Lu?
Me giro y veo a Estela de pie. Le brillan los ojos como si le hubiera traspasado mi dolor.
—Mi hija —digo, y vuelvo a mirar las plantas que he puesto en la tierra para ella—. Le encantaban las margaritas. Siempre las regaba.
Debería haberte pedido permiso…
—No tienes que pedirme permiso, Adriana. Esta es tu casa durante el tiempo que quieras. Mi parque es tu parque, y me habría gustado estar aquí para decirte que las plantaras en la entrada. Quedarían bonitas.
—No importa que estén escondidas. Lo importante es que estén para ella —aseguro.
Si mi Lu las viera, correría riendo para regarlas hasta ahogarlas. Ella era tan pequeña que creía que si les daba más agua tendría más flores.
«¿Sigues regando margaritas, Lu? Ojalá que sí. Ojalá que las ahogues para que te den muchas flores».
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