En un segundo: Intriga. Romántica
Capítulo 20
«Hagan lo que tengan que hacer, como dice mi padre. Pero no perjudiquen a Benja». Esas fueron las palabras de Manuel Pinero antes de marcharse de la casa. El marido de Adriana lloró mientras ella se iba corriendo. Se sentía culpable.
Es culpable. Un maldito hijo de puta que solo pensó en salvar su pellejo. Nada justifica lo que hizo. No sirven sus lágrimas. No sirve arrepentirse cuando la verdad ha salido a la luz, cuando te has quedado sin caminos y sin aliados. No sirven sus “lo siento” cuando todos han visto en el video la verdad que él ha ocultado durante meses para salvar su pellejo.
Manuel Pinero es un ser despreciable.
Solo pensó en él. Tampoco le importó que Adriana no pudiera estar con su hija el día que la desconectaron. Ni el sufrimiento que le ocasionó al niño al apartarlo de su madre. Al contrario, siguió actuando de manera insensible al hacerlo esperar por su madre cuando sabía que ella no podía a regresar. Con sus actos rompió las ilusiones del niño y lo llenó de resentimientos.
Otra participe es la madre de Adriana. También se fue llorando de la casa. Se mostraba arrepentida. Arrepentirse es fácil y no sirve. Ella tendría que haber indagado más a fondo, tendría que haber escuchado y creído a su hija, pero prefirió confiar a ciegas en su yerno. No tengo dudas que la mujer conocía la relación de Manuel con esa mujer. Supongo que ignoraba que había sido el motivo que desencadenó el desastre en las escaleras y el encierro de Adriana. Pero nada la justifica. Su hija estaba encerrada y ella nunca estuvo a su lado.
Llevo días pensando en cómo era la vida de la familia antes del accidente. Me imagino todo limpio y brillante. Una casa de revista, donde todo encajaba a la perfección. Cada adorno combinando con los muebles, con el piso, las paredes. A pesar del deterioro pude apreciar que era una casa imponente.
Adriana dijo que habían sido felices, y yo me pregunto en qué justo momento el amor se convirtió en odio. El detonante debió producirse durante los tres meses posteriores al accidente de la suegra de Adriana con los niños, mientras la niña estaba en coma. El hogar perfecto dejó de serlo.
Si alguien no sabe afrontar lo malo, la felicidad en los momentos buenos no sirve. Solo es una apariencia porque la vida es una montaña rusa. Y el amor, el apoyo, el mantenerse unidos, se ve en los peores momentos.
No lo juzgo por los tres meses de discusión mientras la niña estaba en coma, sino por la suma de una injusticia tras otra después de que tiró a Adriana por la escalera.
Si me hubieran preguntado a cuál de los dos recomendaba una internación en Santa Teresita, sin dudarlo lo habría señalado a Manuel Pinero.
—¿Qué quieres hacer? —pregunta mi padre, y al escuchar su pregunta vuelvo a la realidad.
Estoy en su oficina. Me citó para preguntarme cómo quiero encarar el caso de Pinero.
—¿Tú qué harías? —pregunto.
Él hizo lo mismo que Manuel Pinero al encerrar a mi madre, solo que no lo hizo para tapar un delito. Él no sabía cómo lidiar con la depresión de mi madre y tomó el camino más fácil, el que menos complicaciones le traerían.
—Yo no tengo autoridad moral para dar mi opinión. Lo siento, Martín. La tarde que estuvimos en esa casa sentí que me pasaban una película que reflejaba mis propios errores. Si yo hubiera trabajado menos, si hubiera estado con tu madre y contigo…
—Eso ya no importa. Hay decisiones que no se pueden cambiar —
digo—. En un rato voy a buscar el alta de Varela y a recoger sus pésimos informes. Después voy a darle tiempo a Adriana para que nos diga que quiere hacer.
—Te has convertido en un gran hombre, Martín. Y no ha sido gracias a mí —aclara.
—No —digo. Mi negación lo abarca todo. No soy un gran hombre.
Y lo que sea que soy no es gracias a él—. Voy a hacer un esbozo de la demanda de divorcio para que la vea Adriana —comento.
—Malena te puede ayudar. Es experta en divorcios complejos —
comenta.
Malena. La mujer con la que salía a cenar o a tomar una copa sin compromiso, y con la que terminábamos en mi departamento, sudorosos y
jadeando entre las sábanas. Por más experta que sea, no sería bueno para Malena ni para Adriana. Malena solo era una buena compañía. Adriana se ha metido bajo mi piel y me ha robado el corazón.
—Lo dudo. Pero ya veremos.
Cuando llego a Santa Teresita observo una gran actividad en el parque. Recuerdo la furia de Adriana el día que el jardinero no la dejaba trabajar en el parque, y me pone feliz que todos puedan disfrutar de las actividades al aire libre. Todos están trabajando la tierra, y Varela observa a sus pacientes con un brillo de emoción en los ojos.
Camino hacia el enorme grupo que está congregado en el ala oeste del parque, donde el sol brilla para dar vida a las plantas que están poniendo los pacientes.
—Ha venido sola a Santa Teresita —dice Varela—. Ha echado al jardinero como si ella fuera la dueña —sigue—. Ha sacado a los pacientes menos peligrosos y los ha puesto de rodilla en la tierra.
No me dice su nombre pero sé que habla de Adriana. Hace una semana que no la veo. Después de tener el día más triste de su vida, se alejó de todos. Me enteré por Marcos Pinero, su suegro, que le había pedido dinero prestado para poder irse unos días a algún sitio donde nadie la encontrara.
Fueron los días más difíciles de mi vida, porque creí que ella acabaría con la suya. Qué equivocado estaba. Adriana solo necesitaba hacer su duelo y aquí está, en la jaula de la que se escapaba.
—No entiendo que hace aquí —comento, ella no deja de sorprenderme. Jamás hace lo que se espera. Va en contra de la corriente, no hay dudas.
—Dice que aquí tiene a sus mejores amigos. Y que no piensa dejarlos a la buena de Dios, sabiendo que estoy yo para quitarles la libertad por un puñado de dinero.
—¿Hiciste eso?
—No era por el dinero. A veces tenemos algo que no queremos que salga a la luz —comenta.
—No sé de qué me hablas.
—Le debía un favor a un conocido, que era amigo de Manuel Pinero. Al parecer, él estaba desesperado y su amigo me sugirió a mí para hacer un informe. La verdad que todo encajaba bastante bien, porque Adriana estaba histérica. No creí que tendría problemas, incluso creí que ella necesitaba una estadía en Santa Teresita para lograr la estabilidad mental que había perdido. No me imaginé que su estadía se iría alargando mes tras mes. Un mes o dos me dijeron, pero me lo fueron alargando.
Nunca llegué a tratar a Adriana. Ella me dio su versión de lo sucedido, y como no le creí se pasó una semana gritando y pateando todo lo que se interponía a su paso. Solo me pedía, me suplicaba que la dejara salir. Al ver su agresividad de los primeros días, me convencí de que su estadía en la clínica era necesaria. Después de ver el video entiendo la furia de su primera semana. Su hija iba a ser desconectada y ella tenía que salir. Luego de esa semana no habló más. Iba a la sesión y se quedaba muda. Iba a las charlas de grupo, escuchaba, pero no decía nada. Siempre que le sugería que participara, me decía, “no tengo nada que aportar, doc”. Tenía razón.
Escucho a Varela. Se me anuda la garganta con lo que me cuenta.
No lo miro porque estoy pendiente del grupo de pacientes que trabaja en el parque.
En ese momento alguien se levanta de piso y me mira. Es ella, que tiene tierra en las mejillas. Está delgada. Pura piel y hueso, y tiene unas enormes ojeras bajo los ojos.
Me sonríe. Su sonrisa no llega a sus ojos. Tiene la mirada triste, y creo que ha vuelto a su jaula porque no sabe cómo salir.
Me alejo de Varela y ella sale del grupo de pacientes y se acerca. Se limpia las manos llenas de tierra en su pantalón crema de chándal. No dejo de mirarla mientras los dos caminamos, acortando la distancia que nos separa.
—He venido a ver a mis amigos —dice Adriana.
—Me has tenido preocupado. Llevo una semana sin dormir —
comento. La agarro de cintura para acercarla a mí y la envuelvo en mis brazos.
—No voy a dejarlos solos —susurra—. Ellos necesitan a alguien que proteja sus derechos.
Me sorprende que hable de los pacientes de Santa Teresita y no de su hija. Se está evadiendo de la realidad. No es preocupante cuando solo ha pasado una semana, pero ella tiene que poner los pies en la tierra y no para plantar margaritas, sino para aceptar que la vida que conocía ya no será la misma.
—Sabías que Pedro se fue con el alta. Tengo su domicilio para ir a verlo. Y mi amiga Tessa está mejorando mucho. Dice que quizá en un mes pueda volver a su casa. Yo le sugerí que podía ir a las reuniones de la fundación. Se entusiasmó. Ya no dice que se quiere morir. Incluso me dijo que quiere visitar la tumba de su novio. Según ella, cuando me escapé y se
enteró de lo que me había pasado, le di fuerzas para seguir luchando. —
comenta Adriana.
—Esas son grandes noticias, Adriana. Me alegro por ella. Los tratamientos con profesionales solo son para pacientes sin recursos, pero las reuniones de grupos de apoyo son para todo el que quiera venir.
—Tú haces un gran trabajo. Mira lo que has logrado conmigo —
dice Adriana.
—Adriana, tu caso es más personal que profesional —digo, y es cierto. Lo que ella me provoca va más allá de la ayuda que le doy a mis pacientes. Desde el primer día que la vi, saliendo de esa casa con las manos atadas y la cabeza en alto, no pude apartarla de mis pensamientos. Cuando la vi pelear con el jardinero para poner unas plantas, nada más que unas plantas, me llenó de esperanzas. Y su lucha incansable por huir a esa casa para recordar, y para sentir que se revelaba y le robaba unos minutos de libertad al tiempo de encierro, me llegó al corazón. Me enamoró—. No soy el único. Hay muchos centros que ayudan. Muchos colegas que hacen lo mismo que yo. Y hay muchas personas que aportan dinero para que la fundación funcione.
—Para mí eres mi héroe. Mi ángel que vino a rescatarme. Él único que creyó en mí cuanto tenía a todos en mi contra. Nadie me creía, salvo Leonor, que no podía hacer mucho. Y llegaste tú, dispuesto a todo para rescatarme —comenta.
—No sabes lo que me alegro de haber conocido tu caso, porque me permitió conocerte a ti —digo, son muchas las indirectas, que ella no recibe. No me enojo. Hace unos días su mundo se desmoronó al saber que su hija estaba muerta, y ella solo está tratando de no hundirse—. He estado con Benja —comento, y ella deja escapar unas lágrimas—. Hemos estado
jugando a la pelota en el jardín de tu suegro. Es bueno. Me ha metido cinco goles, y Marcos no ha metido ni uno. Benja dice que quiere ser jugador de fútbol cuando sea grande.
—Todavía no cambió de idea —comenta, se seca las lágrimas y sonríe—. ¿Cómo está Benja? ¿Él está enojado conmigo?
—Quieres que nos vayamos a nuestro lugar especial —comento.
Ella sabe que en la montaña se sintió libre.
—No me vas a contar de Benja —comenta, y la miro.
—No está enojado. Marcos estaba tan feliz de verlo. Tu hijo ha pasado unos días maravillosos porque su abuelo le está dando con todos los gustos. No hablamos de ti de forma directa. Dejamos deslizar algunos comentarios sobre ti, y él escucha. Su gesto no cambia. Eso es bueno. Hay que darle tiempo.
Adriana me sonríe.
—Gracias —dice, pero tiene la vista perdida. Pasado unos momentos me mira y cambia el tema—. Sabes, Leonor sigue trabajando aquí. Varela no la echó. Le pude agradecer su ayuda, y le pedí disculpas por sospechar de ella.
—Leonor tenía mi tarjeta por si necesitaba ayuda. Me alegro de que siga trabajando porque es una gran enfermera.
—Lo es. Debería haber estudiado psicología —comenta—. Me gustaría ir a nuestro lugar especial. Voy a avisarle a Varela que mañana regreso. Pienso mantener mis ojos clavados en su espalda —asegura Adriana.
Me río. Ya sé su decisión con Varela.
—No vas a denunciarlo —digo.
Adriana se encoge de hombros.
—Ya cargo demasiado peso sobre mis hombros. Hay que ser buena persona, Martín.
—También con los malos.
—Tengo un hijo, Martín. No sé cuál es la mejor decisión. Yo lo abandoné durante tres meses. Prioricé a Lu, y él me necesitaba. ¿Soy mejor persona?, no lo sé. A veces no actuamos bien. A veces no sabemos cómo manejarnos en situaciones extremas.
—Pero Manuel tuvo tiempo de corregir sus errores, y no lo hizo —
afirmo.
—Sí, tuvo muchos meses. He estado pensando mucho estos días.
Alguna vez te planteaste que una decisión, una solo decisión, puede cambiar el rumbo de nuestras vidas. Yo tengo en mis manos el futuro de varias personas. Si pensara solo en mí, lo denunciaría sin pensarlo. Pero está Benja, y no tengo dudas que mi decisión puede cambiar el rumbo en la vida de mi hijo. Me gustaría que se forme su propia opinión, y no influirlo con mi deseo de hacer justicia. Lo que se hizo no tiene vuelta atrás.
—No, pero él tendría su merecido castigo.
—¿Y yo que tengo? Mi merecida justicia, mi merecida venganza.
Voy a vivir tranquila después de hundirlo, o voy a vivir llena de culpa por haber hundido al padre de mi hijo. Quizá no tome la decisión más justa, pero Benja ha pasado por un accidente, ha visto morir a su abuela y a su hermana, ha soportado la ausencia de su madre, y le han dicho que otra mujer es su mamá. Ya tiene demasiadas malas experiencias en sus seis años de vida —comenta.
Yo habría obrado de otra forma, pero ella tiene un poder de análisis que a muchos nos falta. Sé que se aisló no solo para sobrellevar su pena por su hija, sino para tomar una decisión sin que nadie le dijera lo que tenía que hacer. No decide de forma impulsiva, no comete los errores de su marido.
Ella mira los beneficios y las pérdidas, y su conclusión no es la más justa, pero es la de una persona que busca la tranquilidad de su hijo, y la propia.
No quiere cargar sobre su espalda el daño que una denuncia a Pinero podría provocar en su hijo.
No hablamos mientras recorremos los kilómetros que nos separan de mi lugar especial, que también es el suyo. Los silencios no son incómodos entre nosotros. Adriana va mirando por la ventanilla y yo me concentro en la carretera.
Dejamos el coche y caminamos por el sendero que los lleva a la cima de la montaña. Esta vez no llevamos un picnic. No creo que Adriana quiera disfrutar de un día de campo.
El sol se pone en el horizonte y nos regala una vista fantástica de las montañas por donde el astro se oculta. Un rojo atardecer.
Adriana respira todo el aire puro y mira ese horizonte lejano. Me la imagino pensando en su hija. Me acerco a ella y me quedo detrás. Le rodeo la cintura con mis manos y ella se apoya en mi pecho.
—Desde que apareciste en mi vida todo ha sido como un huracán —
comenta.
—Yo solo quería devolverte tu libertad y… No todo salió como hubiera querido —comento, y no nombro a su hija porque respeto su silencio, aunque me hubiera gustado estar a su lado cuando se marchó, para abrazarla cuando se rompió en pedazos. Pero ella quiso estar sola. No necesita a nadie, lo ha demostrado desde que la conozco.
Me siento huérfano de su afecto. Yo no soy parte de su vida, solo soy quien la ayudó a salir del psiquiátrico.
—Aunque no me creas, me has dado más de lo que piensas. Me has dado la libertad. Rescataste mi prueba y me has permitido demostrar mi verdad. Me has traído a tu lugar especial. Me has creído y me ayudaste a luchar.
Se gira y me mira. Tengo ganas de besarla, pero me contengo. Con ella nunca sé si es el momento. Sus reacciones me dejan desconcertado. No quiere justicia ni venganza. Y quizá en esa vida tranquila que busca no hay lugar para enamorarse.
—Tú te detienes a analizar, y yo condeno. Tú avanzas y yo me estanco. Tú actúas y yo pienso —comento. Ella me mira sin parpadear. No sé si entiende mis palabras atolondradas. Solo estoy verbalizando nuestras grandes diferencias.
—No entiendo tus comparaciones.
—He juzgado toda mi vida a mi padre por haber encerrado a mi madre, y por haberme internado en una escuela. Y te veo a ti, analizando y decidiendo sobre tu verdugo de una forma que me cuesta aceptar. Tú no condenas, tampoco lo liberas a él, sino que te liberas a ti misma con tu decisión. Esta decisión te va a permitir avanzar, y me asombra porque la condena que le impuse a mi padre me ha tenido estancado durante años. Tú, en cambio, después de analizar comienzas a actuar. Ya fuiste a Santa Teresita, y te has declarado defensora de los pacientes para que Varela no vuelva a cometer el mismo error. Y yo pienso si la Adriana que conocí y me enamoró con su fuerza, tendrá un pedacito de espacio en su corazón para mí
—comento, intentando ser lo más sincero posible.
Ella me sonríe, pero le brillan los ojos y sus lágrimas caen por sus mejillas.
—¡Martín! —susurra, y me acaricia la mejilla—. Tú no entiendes todo lo que tengo por delante. Lo que quedó en el pasado nunca se va a ir de mi mente ni de mi corazón. No estoy tan entera como piensas. Que no denuncie a mi marido, no significa que no sienta odio por él. No creas que soy una mujer excepcional. Solo mido mis pasos porque en el pasado no lo hice bien. Si Manuel y yo nos convertimos en enemigos, yo también fallé.
Tú deberías saberlo.
—Contigo no pienso como psiquiatra. Igual no creo que hayas fallado.
—No estoy entera. Tengo el corazón cortado en pedacitos. Creo que nunca voy a dejar de llorar a mi hija. Desearía haber estado yo en su lugar.
Estoy enojada porque los dejé ir de vacaciones a la playa con mi suegra. Yo solo quería un fin de semana romántico con mi marido. Y mira en que se convirtió mi deseo. La casa que soñamos se convirtió en mi pesadilla. Mi marido me acusó de tirarlo por las escaleras y yo me apuré a esconder una grabación. ¡Mi hija tenía los días contados!, y yo estaba escondiendo en el jardín una grabación, que puse dentro de una lata de Benja para preservarla de la lluvia. Y la he mantenido en secreto durante ocho meses. ¿Para qué?, si Lu ya no está, y yo no voy a usarla porque no quiero seguir cargando traumas sobre Benja. Si no tuviera tanto bagaje, tú serías el elegido —dice Adriana, y se me anuda la garganta al escucharla.
Todos somos culpables de algo en la vida. Quizá soy subjetivo con Adriana, pero no encuentro culpa en nada de lo que relata.
—Me enamoré de una mujer imposible —comento.
Ella me besa, y yo siento que el corazón me palpita fuerte, pero también se rompe porque su beso suena a despedida.
La acerco más a mi cuerpo. Adriana me rodea el cuello en un abrazo posesivo. Sus acciones, su gesto y la caricia de sus labios nada tienen que ver con las palabras con las que me acaba de despedir de su vida.
—Hazme tuya —suplica.
No sé si me desea o se siente en deuda y me está pagando. Tampoco quiero analizarlo. Ella me ha robado la razón y el corazón. Tengo la capacidad de saber lo que les pasa a mis pacientes, pero con ella nunca se me ha dado bien. Solo soy un hombre que se doblega, y no veo más allá de la emoción que siento al tenerla en mis brazos.
Nos quitamos la ropa. No es un sitio cómodo, pero no imagino uno mejor. El cielo como techo, una alfombra verde que nos recibe, y las montañas negras en el horizonte mientras un destello de sol cae con tenues rayos de luz rojiza sobre nuestros cuerpos.
Verla desnuda despierta el deseo que siento por Adriana desde el día que la conocí saliendo de esa casa de pesadillas, con la espalda recta y mirando al frente, como una reina altiva que ha perdido la corona pero no la actitud. Es una mujer hermosa, y no me refiero solo a su aspecto físico. Ella es mucho más que la belleza exterior que tengo delante de mis ojos. Es una sobreviviente que me vuelve a sorprender porque pone por delante de su odio por su marido, el amor generoso por su hijo. Yo aún no entiendo su decisión, pero tengo que aceptarla.
Me acaricia todo el cuerpo y me hace arder de deseo. Lo que expresa su cuerpo es diferente de lo que sale de su boca. Dice que tiene el corazón roto en pedacitos, y no se da cuenta que esos pedacitos tienen más amor para dar que si lo tuviera entero. He visto gente que no ha pasado por
todas sus pruebas y no saben amar. Ella ama demasiado, aunque todavía no lo acepta. Si no amara, no haría tantas concesiones. Si no amara se habría dejado llevar por el odio y estaría pensando la forma de vengarse de Varela y de su marido. Claro que ama. Me lo está demostrando con sus caricias y sus besos. Con sus jadeos cuando la acaricio allí, en el lugar donde el placer barre con todas las excusas que me ha dado.
Adriana se mueve bajo mi cuerpo e intensifico mis caricias. Se arquea. Hasta el goce con un hombre le quitó su marido. La dejó huérfana de todo. Haría cualquier cosa por verla sonreír. Pero si ella no puede, mi deseo solo se queda en intención.
Adriana se tensa en mis brazos y dejo de sacar deducciones para disfrutar del escaso tiempo que nos está concediendo. Me siento un privilegiado porque ella me elige a mí para que volemos juntos a la cima.
La penetro y me muevo dentro de su cuerpo. Me mira y en sus ojos brilla la emoción. Se abraza a mí, me acaricia la espalda, los brazos, el rostro. No puede dejar de tocarme, y sonríe emocionada al saber que ella provoca mis jadeos. Y yo, que sé que este momento es efímero, recorro con mis manos todo su cuerpo para recordarlo cuando me aparte de su lado.
Mi beso se queda con sus jadeos, y ella se lleva los míos. Es un intercambio de sentimientos que nada tienen que ver con sus palabras.
Algún día comprenderá que no tiene la culpa de lo que pasó, y que no es culpable de volver a amar. Yo sé lo que le pasa. Cree que no tiene derecho a sentir, reír, soñar, vibrar, querer. Nadie comprende mejor que yo que el tiempo es el único que puede curar su dolor.
Entro y salgo de su cuerpo con movimientos más intensos. Ella eleva las caderas. Se tensa. Jadea sobre mis labios y acelero el ritmo cuando
sé que está llegando a la cúspide. Se deja ir y con dos arremetidas la acompaño en el vuelo.
—Vuela libre. Vuela lejos. Vuela conmigo —susurro sobre sus labios, y veo las lágrimas resbalar por sus ojos.
Cuando todo termina, se levanta. No dice nada. Se viste y se queda de pie mirando el horizonte. El silencio solo es roto por el arrullo del viento y el mecer de las ramas de los árboles. Me pongo la ropa y la observo. Sé que me ama. Me lo ha demostrado con su cuerpo. Sé que está llorando. Sé que se está culpando porque ser feliz le parece una traición a su hija. No hay nada que pueda hacer para impedir el torbellino de emociones contradictorias que se apodera de ella.
—Ojalá pudiera sentir esa libertad que tanto añoraba —susurra—.
Te quiero, Martín. No sabes cuánto te quiero. Pero no puedo hacerte feliz.
Si mi hija estuviera aquí, todo sería diferente.
No insisto a pesar de que quiero gritarle que ella es la única que puede hacerme feliz. Acaso no sabe que mientras yo la sacaba de su jaula, ella obró el milagro de liberarme a mí. He ayudado a muchos pacientes, pero nunca pude perdonar a mi padre hasta que la conocí y me enseñó que el perdón es la única forma de obtener la libertad.
No insisto porque he llegado a conocerla y tengo que respetar sus decisiones. Ella hasta tiene la fuerza para apartarme de su lado después de decirme que me quiere. Y no puedo obligarla a ser feliz cuando tiene tanta tristeza adentro. Ya me demostró sus sentimientos, con palabras y con su entrega. Qué más puedo pedirle a una mujer que tiene tantas batallas que campear.
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