En un segundo: Intriga. Romántica
Capítulo 13
¡Soy libre! ¿Soy libre? No lo sé. No sé cuánto va a durar esta libertad que he conseguido al escaparme de Santa Teresita.
La casa de Benito es grande y cómoda. Tiene un parque infinito, como me dijo anoche, y lo estoy mirando esta mañana soleada.
Su esposa Estela me recibió con los brazos abiertos, a pesar de que le caí del cielo, o del infierno. Me preparó unos sándwich riquísimos, con el pan crujiente recién sacado del horno de barro que tienen fuera de la casa, y me prestó un pijama de cuando ella era joven, como me dijo entre risas. Por la mañana me había dejado una muda de ropa en la silla, también suya, y prendas íntimas que tenían las etiquetas.
Todo lo que es normal para la mayoría, para mí es especial. La ducha de la mañana a la hora que quiero y durante el tiempo que me quiera quedar bajo el agua, sin que las enfermeras nos estén custodiando a pocos metros, y sin mis compañeras en los cubículos del lado. Sin Tessa asustada cuando alguna se masturbaba delante de nosotras. Después de ducharme desayuno unas tartas dulces, un café y un jugo de naranja. Me chupo los
dedos y me paso la lengua por los labios porque esto es un manjar que ya no recordaba.
Benito y Estela no están y recorro el parque sin la vigilancia constante de los enfermeros. No debería salir del perímetro de su casa, como me sugirió Benito. Pero solo yo sé lo que es el encierro, y me rebelo porque quiero sentir la libertad que tanto he deseado, la que no tiene barreras, la del viento en la cara, fuera de las rejas del psiquiátrico. Ya sé que es el mismo viento, pero para mí no, este es un aire lleno de libertad, o así lo siento dentro de mí. Traspaso el portón de ingreso y camino como cualquier persona por el borde de la ruta.
Todo esto se lo debo a los ángeles que se han cruzado en mi camino.
Martín, que ha venido a la clínica a salvarme. Leonor, que resultó ser mi aliada, a pesar de que la acusé de ser cómplice de mi esposo. Benito, que me encontró sola y perdida y me invitó a su hogar, y Estela, que me abrió la puerta de su casa y sus brazos donde poder llorar por todos los meses de encierro, y por todo el pasado que se quedó estancado y guardado en mis recuerdos.
Anoche Estela me contó, mientras me llevaba a la habitación de invitados, que la fundación era la casa que habían hecho para su único hijo, y que nunca pudo usarla porque murió de sobredosis. Me dijo que Benito la donó a la fundación Libres con la condición de que fuera un centro de rehabilitación para personas con adicciones de cualquier tipo.
Me habló maravillas de Martín. Y mientras camino por el costado de la ruta pienso que tiene un cariño de madre hacia él. Es como si todo el amor que no pudo darle a su hijo muerto lo volcara en el psiquiatra. Me dijo que es uno de los mejores psiquiatras, que los chicos de la fundación lo
adoran, y que ella cree que muchos se recuperan por la enorme paciencia y comprensión que muestra con los pacientes.
También me contó que es implacable con las injusticias, y que gracias a esas visitas a los centros psiquiátricos que hace sin que nadie lo invite, cada vez hay menos abusos como el que me tocó vivir a mí.
Estela sabe lo que me ha pasado, no porque se lo haya contado, sino porque Benito ha colaborado con Martín para encontrar algún familiar que los ayudara a sacarme de Santa Teresita. No me sorprende saber que no ha sido mi madre quién se ofreció a ayudarme, pero sí me asombro al saber que mi aliado es Marcos Pinero, mi suegro. Él ha sufrido mucho, y me entero que lo sigue pasando mal porque se siente culpable de no haber encontrado la forma de sacarme de allí. Él se paralizó con lo sucedido. Lo entiendo. Marcos estaba entre la espada y la pared, porque si me ayudaba a mí tenía que entregar a su hijo.
Supongo que Estela sabe más. Mi suegro nunca ha sido un hombre reservado, hasta que sucedió todo el desastre y perdió las ganas de hablar.
Pero si Martín logró despertar su interés en el bar, él le debe haber contado toda su vida, y la mía.
He caminado mucho por la carretera y veo la casa a la que llegué anoche. Está a pocos metros de la ruta. De día se ve bonita, es enorme y está rodeada de campos. Anoche no la pude apreciar en todo su esplendor.
Salto la verja y entro en el parque para recorrer todo el predio.
Detrás de la casa, en un prado, veo a un grupo de personas sentadas en ronda. Es domingo y me sorprende ver gente en la fundación de Martín Bracamonte.
Hay de todas las edades, pero la mayoría son jóvenes. Me acerco unos pasos, manteniendo una discreta distancia para no interrumpir su
reunión.
Benito está sentado en una silla, y escucha atento a una joven que habla. Todos están atentos a ella. Estela recorre el círculo y se inclina para que las personas reunidas saquen los pasteles que les ha llevado. Los mismos que me sirvieron a mí en el desayuno.
Ellos están allí un domingo por la mañana porque tienen una meta, un motivo que les ayuda a superar su pérdida. ¿Cuál es mi meta?, me pregunto sin encontrar respuesta.
Alguien me rodea en sus brazos y me sobresalto al imaginar que me han encontrado.
—Casi me has matado del susto, Adriana —susurra en mi oído, su voz es ronca.
A pesar de que habla despacio sé que es mi ángel que ha descubierto mi hazaña. Tiemblo, ya no de miedo. Tiemblo al sentir que alguna emoción dormida se despierta en mi cuerpo. Me enojo, me tenso porque no quiero sentir. Sentir hace sufrir, y yo ya he pasado por tantos sufrimientos que prefiero huir del afecto de la gente. Anoche me incomodó el perro que me lamió la cara. Me incomodó la atención de Benito y el abrazo maternal de Estela.
—Deberías haberme llamado. Yo te habría ido a buscar —dice Martín.
—Me dejaste tu tarjeta, pero estaba tan nerviosa que la perdí en algún lado. Recordé el nombre de la fundación y vine en taxi. Solo que era de noche y esto estaba bastante tétrico. Un perro casi me mató del susto, y pensé que me había logrado escapar de mi jaula para morir en los colmillos del perro.
—¡Terry! —admira. Asiento, y él suelta una carcajada.
—No mata ni una mosca.
—Solo que yo no lo sabía.
—Benito te llevó a su casa —deduce.
Asiento.
—Supongo que Varela ya te fue con el cuento —comento.
—Aja —dice.
—Conmigo mejor habla, doc, que tus silencios me hacen sospechar de que me estás analizando —afirmo.
Él sonríe, y me acaricia las mejillas.
—Varela está que se trepa a las paredes. Está desalineado, preocupado y muerto de miedo —comenta.
Suelto una carcajada.
—No sabes lo feliz que me hace. Espero que no le digas donde estoy.
—No voy a hacerlo hasta que no tenga firmada tu alta de Santa Teresita.
Me brillan los ojos. ¡Mi alta! ¿Qué voy a hacer con el alta?
—¿Y cómo lo vas a lograr? —pregunto, más por decir algo que por interés.
—Mi padre no presentó la demanda de divorcio de tu marido. Me ha cedido tu caso, y corro con ventaja respecto de Manuel Pinero —comenta.
—Tú eres psiquiatra.
—También soy abogado, aunque solo acepto algún juicio que me interesa —afirma.
—¿El mío es uno de ellos?
—Sí. Necesito saber qué quieres hacer. Si fuera por mí voy con todas las armas que tengo, que son muchas.
—¿Vas a hacer lo que yo te pida?
—Sí. Alguien me dijo que respetara tu decisión.
—¿Y tú estás seguro de que no tengo patologías mentales?
Martín me mira con las cejas arqueadas.
—¿Tienes?
—Doc, eso lo tienes que decir tú.
—Vamos a hacer varias sesiones con dos psicólogas y un psiquiatra del centro.
—No estoy tan cuerda como crees —aseguro.
—Ni tan mal como para vivir encerrada, Adriana —comenta Martín.
—Si supieras lo que he rogado para que apareciera un ángel que me sacara de allí. Y ahora que apareciste tú, no sé si estoy preparada. Ni siquiera sé que hago afuera, vagando sin rumbo.
—Adentro tampoco tenías rumbo, Adriana.
—No, estaba estancada. Pero tenía una meta, que era salir de la jaula.
—Ya la lograste, Adriana—comento.
—Ese es el problema. Me quedé sin meta. Nadie creyó en mí. No puedo recuperar lo que tenía.
—Yo creo en ti. Yo puedo ser tu meta —dice Martín, y al verlo cerrar los ojos sé que está arrepentido de dejarme saber sus sentimientos.
Me alejo de su abrazo. No tengo dudas que él está viendo el vacío y la tristeza que hay en mi mirada. Él no entiende que lo perdí todo. No entiende que mi vida hace meses que dejo de tener sentido.
—Yo solo quería salir para irme lejos, lo más lejos posible. Si hubiera tenido la valentía de escaparme más lejos de mi casa, quizá mi meta habría sido huir de por vida. Pero si consigues que sea libre, ¿qué meta voy a tener?
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