En un segundo: Intriga. Romántica
Capítulo 25
—Benja, apúrate que se hace tarde —grito.
—Voy, mamá.
Un mes sin Martín. Un mes esperando que en algún momento golpee la puerta de la casa de Marcos o encontrarlo de casualidad en la fundación o en la casa de Estela. Los primeros días me sentía perdida. Él resolvía todos mis problemas, era mi sostén, me escuchaba, me abrazaba y aceptaba mis silencios. Con él todo parecía fácil, pero era una facilidad aparente, porque mientras él se hacía cargo de mis problemas yo me dedicaba a rebobinar el pasado y a llorar por los recuerdos.
Desde que se fue no tengo tiempo para pensar, aunque por las noches, cuando nadie me ve, lloro por la ausencia de Lu. Y cuando Benja está en la escuela, me quedo tanto tiempo regando las margaritas que solo dejo de hacerlo cuando Marcos me dice: «Las vas a ahogar, Adriana».
La terapia de grupo en la fundación nos está haciendo bien a Marcos y a mí. Benja ha dejado de ser un niño enojado. Ahora ríe y juega como un niño feliz. Hace una semana que comenzó en su nueva escuela. A la salida sonríe y corre a mis brazos cuando me ve esperándolo en la vereda. Ya tiene
un amiguito que se llama Beto, se sientan juntos y juegan en el recreo.
Todavía no empezó fútbol, pero Marcos lo llevó a comprar el pantaloncito, la remera y los botines. Lo miro, y sus ojitos vivarachos me llenan de emoción. Mi niño se está recuperando más rápido de lo que pensaba, y me quiere.
Mi madre viene a verlo. Se sientan en el jardín o en la mesa de la cocina y se divierten con algún juego de mesa. No voy a hacer lo que hicieron conmigo. Le he dicho que las puertas de la casa de Marcos siempre van a estar abiertas para que visite a su nieto. Ella intenta encontrar un punto de unión entre las dos, pero le he perdido la confianza y nuestras charlas son forzadas. Quizá con el tiempo volvamos a tener una buena relación.
—¿Puedo llevar la pelota?, así juego en el parque de la fundación.
—Claro, hijo. Hoy vamos a visitar a Estela. Nos espera con un rico pastel de chocolate.
—¡El que a mí me gusta! —grita, y salta contento—. ¿El abuelo no viene?
—Se fue antes porque había quedado con Benito para tomar un café.
Salimos a la calle y subimos a un taxi. Benja mira por la ventanilla y yo me acerco y lo abrazo.
—Te quiero hasta el infinito, mi niño —digo.
—Me estás ahogando, y no soy tan niño. Ya tengo casi siete —
aclara.
Ya tiene casi siete. Juraría que fue ayer cuando se peleaban con Lu por llegar primero a sentarse a la mesa de la cocina. Lu tendría cuatro años y medio. Estaría en el jardín saltando y riendo con sus amiguitas.
Trago el nudo que tengo en la garganta y me esfuerzo para que las lágrimas no se escapen de mis ojos. Mi hijo ya se ha dado cuenta. Creo que Benja tiene un sexto sentido para descubrir mi estado emocional. Sonrío cuando descubro sus intenciones. Lleva una semana haciéndome cosquilla cada vez que me ve triste. Su método funciona. Nunca podía contener la risa cuando me hacían cosquilla, y me sorprendo de su astucia. Es solo un niño pero ha encontrado la receta para hacerme reír cuando me dejo vencer.
—Para, Benja. Ja, ja, ja. Que no doy más —digo, y sigo riendo. El taxista me mira por el retrovisor—. Lo siento, ja, ja, ja. Es un juego de mi hijo. Basta, Benja, ja, ja, ja.
Él se detiene, y lo abrazo con todas mis fuerzas.
—Has dejado de llorar —me dice, y me enternece que sea tan pequeño y haya encontrado la forma de apartarme de la tristeza.
—Eres mi niño adorado —susurro en su oído, y lo suelto antes de que se queje de que lo estoy aplastando.
Me mira asombrado y se gira a la ventana. Algo de mis palabras cariñosas lo afectan. Acepta mis abrazos y mis palabras cariñosas, pero siento que se encierra en un lugar al que no puedo entrar. Quizá sea porque no nombro a Lu en voz alta. Él tampoco habla de Lu, pero creo que su silencio es porque sabe que me pongo a llorar. Ojalá algún día pueda recordarla sin sentir ese dolor que me traspasa el corazón.
Nos bajamos en la fundación. Benja corre por el parque y entra en la casa para ir con su psicóloga. Yo pago el taxi y me bajo con la pelota que se deja olvidada.
El grupo ya está reunido en el parque. Todos han perdido a alguien muy querido. Algunos cuentan su historia, otros todavía no están
preparados, como yo. Los que han superado la primera etapa de crisis, como la llaman, suelen darnos palabras de aliento y algún consejo o sugerencia sobre cómo hicieron ellos para sobrellevar su duelo.
Me acerco a la ronda que han formado bajo los árboles, me siento en una silla vacía y se me contractura todo el cuerpo al escuchar que es Marcos quien está contando sus pérdidas.
Por eso vino antes. Por eso no nos esperó. Quería hablar sin incomodarme, y he llegado justo cuando relata el accidente de Mónica, mi suegra. Marcos carraspea, traga el nudo que debe tener en la garganta, le brillan los ojos, pero sigue como si fuera un tren de carga que no puede parar.
Yo miro al vacío mientras él explica lo que le costó seguir con su vida desde que quedó viudo. Se abandonó, no quería seguir viviendo, todo era negro. Solo pensaba en el accidente. Alquiló el negocio, compró un departamento y una cabaña en el campo porque no tenía fuerzas para ir a trabajar. Cuenta que vive de las rentas. Que lo único que hacía era cuidar las plantas de Mónica, y que se obligaba a ir a tomar un café al bar para tratar de mantenerse cuerdo. Me deja helada cuando dice que todas las tardes caminaba hasta Santa Teresita para ver de lejos a su nuera. Nunca me lo contó y eso que llevamos meses viviendo en la misma casa. Se me anuda la garganta, por él, por mí, por todas las injusticias que tuvimos que pasar.
Él sigue hablando, y les cuenta que su vida cambió cuando Benja y yo fuimos a vivir con él. Sigue extrañando a Mónica pero su nieto le devolvió la alegría y casi no tiene tiempo de pensar. Cuando comienza a contar que también perdió a su nieta pequeña, me levanto como un resorte y me alejo a zancadas por el parque. No estoy preparada para hablar de mi
hija ni escuchar el dolor de Marcos cuando todavía no puedo lidiar con el mío.
—Ven aquí, Adriana —dice Benito, que ha estado observando todo entre los árboles.
—Benito —susurro. Él me abraza y me aleja de la fundación—.
Tengo que esperar a Benja.
—Ya lo espero yo y lo llevo a casa. Estela te espera.
—¿Por eso vino antes?
—Necesitaba hablar. Pidió una reunión media hora antes, pero se retrasó y... Necesita salir de su círculo vicioso para poder ayudarte.
—Ya me ayuda. Está pendiente de nosotros. Vamos juntos a comprar. Me ayuda a cocinar. Parecemos padre e hija —comento, y me seco las lágrimas—. Quién diría que es el padre de mi verdugo. No lo he visto más desde el juicio. Benja ha estado con él cuatro veces, y Marcos ha estado presente. Mi suegro me ha dicho que se abrazan, juegan un rato a la pelota en la plaza, y van a tomar un helado o a comer una hamburguesa con muchas papas, como le pide Benja. Me contó que está delgado y que jamás dice algo que afecte al niño.
—Entonces está mejorando.
—No lo sé. Supongo que sí, o se cuida en lo que dice. Se quedó sin nada. Y lo más gracioso es que yo no quería nada material. Tengo todo el dinero que logró trabajando sin descanso. Me sentiría mejor si pudiera devolvérselo. Lo que quiero nunca lo voy a recuperar, Benito. Tampoco sé cómo lo voy a superar. ¿Cómo lo hicieron Estela y tú?
—Con esto —dice Benito, señalando la fundación—. Yo era como tu marido. Trabajaba sin descanso para tener más. No estaba nunca en casa,
y Estela lidiaba con los problemas de Julián. Ahora estoy, pero mi hijo no.
Daría todo mi dinero por salvarlo, pero salvo a otros porque mi deseo es imposible. El tiempo ayuda, Adriana.
—El tiempo. Hace seis meses que me enteré que mi hija murió… y no estuve a su lado. Y sabes que es lo más duro. Que le dije que iba a hacer lo que sea para que se quedara conmigo. Lo único que hice fue armar un escándalo y terminé internada.
—No es culpa tuya.
—Cuando me enteré que Manuel firmó para que la desconectaran, me dije que no iba a ver como la dejaban morir. Y no la vi. No te imaginas cuanto me arrepiento de mis palabras. Podría haber tomado su manito.
Podría haberle cantado y decirle que la amaba una última vez. Pero se fue y no estuve a su lado.
—Adriana, el dolor por la pérdida es normal, pero si no superas todas esas cosas que no pudiste hacer y te llenan de culpas, nunca vas a salir. Tienes a Benja, no lo olvides.
—Sí, es lo que me permite avanzar. Aunque no lo creas, Benja es quien me está ayudando. Tan chiquito, y cuando me ve triste se acerca y me hace cosquillas para que me ría.
—Ese niño es muy inteligente. Tienes suerte de tenerlo. Nunca olvides que él quedó vivo —dice.
Nadie me hizo ver esa parte. Benja podría haber muerto en ese accidente.
—Nunca lo miré de esa forma. Mi hijo quedó vivo —susurro, sorprendida.
Benito asiente. A él no le quedó ningún hijo. Que Benja esté vivo es un milagro, porque entre todas las chapas retorcidas estaba mi hijo, que no tuvo más que raspones.
—Estela te está esperando. Tiene una sorpresa para ti. Yo espero a Benja y a Marcos —dice Benito.
—¿En serio? —pregunto—. Mejor no la hago esperar —digo, y cruzo el parque para llegar a su casa.
La sorpresa me deja asombrada. Estela ha plantado margaritas junto a las escaleras del ingreso. Las flores bailan con el viento, y están allí para mi Lu. Corro el último tramo riendo de emoción.
—¡Estela! ¿Tú has hecho esto? —grito, pero quien sale a recibirme no es Estela sino Tessa, con dos “s”, como le gusta que la llamen—. ¡Tessa!
—grito, y ella baja corriendo y las dos nos abrazamos y nos ponemos a saltar de la emoción—. ¡Qué alegría, Tessa! ¿Qué haces en la casa de Estela?
—Estela me invitó a pasar un tiempo en ella. Mi madre está indignada, pero no sabes lo feliz que estoy en esta casa. Estela me entiende, y voy todos los días a la fundación del doc para mejorar.
—No sabes lo contenta que estoy por ti. Hoy no fuiste.
—He ido en otros horarios para que no me vieras. Te estaba esperando para darte la sorpresa.
—Qué hermosa sorpresa que me has dado. ¿Estás bien?
—Sí. Me siento bien. Ya no quiero morir. ¡Quiero vivir, Adriana! —
grita, y levanta las manos al cielo—. Quiero ser feliz. No puedo traerlo de regreso, y sé que él no querría verme mal.
—No te imaginas lo feliz que me siento por ti.
—Tú me ayudaste tanto. Siempre pendiente de mí cuando estábamos en Santa Teresita. Por cierto, me enteré que el cabronazo de Varela perdió la clínica —comenta.
—No puede volver a tener un centro de internación. Supongo que la habrá vendido.
—Claro. Yo fui hace menos de un mes, de visita —aclara—. Me contaron que la compró un grupo de cinco psiquiatras jóvenes. Leonor me presentó al doc Lisandro. Es tan sexy, Adriana, que me habría internado de nuevo para que me trate él. El doc me dijo que se alegraba de que me hubiera recuperado.
—Ya veo que te has recuperado.
—Sí. Y todo ha sido gracias a que te escapaste. Ese día algo en la cabeza me hizo un clic, creo que te lo comenté. ¿Qué hago acá intentando morir, cuando afuera puedo volver a vivir?, me pregunté. Ya no lloré más, no quería irme con él. Al final entendí que quería vivir, quería otra oportunidad de ser feliz. Estas flores las puse para tu hija —aclara.
Cuanta gente planta margaritas para mi Lu. Acaricio las flores y en ese momento un colibrí aletea delante de mis ojos.
—Son nuestros seres queridos que nos vienen a visitar. Quieren contarnos que están bien —dice Estela.
La miro, y se me caen las lágrimas.
—¿Es ella? —pregunto.
—Apareció delante de ti. Es ella —afirma Estela—. Mucha gente me lo ha dicho. A mí me gusta creer que es cierto.
Ya no está más. El colibrí se ha ido volante. Es Lu. A mí también me gusta creer que es mi hija que viene a visitarme. Que viene a contarme que está bien.
—Todavía no puedo aceptar lo que pasó —digo.
—Y está bien, querida. Ven, que he hecho la torta de chocolate que le gusta a Benja. Comamos una porción antes de que llegue y se la quiera comer toda. No queremos que esté toda la noche con retorcijones de barriga.
—Estela cocina tan bien que no quiero irme más de su casa —dice Tessa, y las tres entramos a la cocina a comer la torta que Estela ha hecho para mi hijo. Estela es la mujer especial que me regaló la vida cuando más la necesitaba.
—¿Y cómo llegaste a Estela? —pregunto a Tessa.
—Vine a la fundación para preguntar si podía asistir a los grupos de apoyo, y dije que era tu amiga. Cuando Estela se enteró que habíamos estado juntas en Santa Teresita, me invitó a pasar un tiempo en su casa. Es especial. Ella no me presiona. No me pregunta. Me deja que haga lo que quiera en su casa. Dice que es mi casa mientras viva con ellos.
—Sí, es especial.
—Dejen de hablar de mí como si no estuviera —dice Estela. Tessa y yo nos reímos.
Ella es tan especial como Martín. Si supiera cuánto lo extraño. Pero él nunca se ha contactado conmigo, y ahora lo entiendo. Me ha dado mi espacio. Me ha dejado sola para que aprenda a salir adelante sin un bastón.
Sin sus abrazos y sus silencios en los momentos oportunos. Y lo estoy haciendo. No lloro todo el día, y muchas veces me sorprendo riendo.
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