En un segundo: Intriga. Romántica

Susana Oro · Capítulo 27 de 30

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En un segundo: Intriga. Romántica

Capítulo 26

El centro de Relax Fenix está montado al pie de un lago de aguas celestes. Desde allí se ven las montañas con los picos nevados. Es muy lujoso, ideal para que ricos y famosos vengan a quitarse el estrés, como me contó Adela, la hermana de Sofía.

A Renato y a mí nos llevan a otra ala. Una que da a un bosque de pinos. No se ve el lago ni las montañas. No hay reposeras, piscina climatizada, cancha de tenis, Spa y todo lo que tienen en el ala oeste. Esta es la verdadera clínica, y tiene algunos bancos parecidos a los de las plazas.

Aquí es donde han encerrado a Sofía.

Una mujer de chaqueta blanca sale a recibirnos. Saben que en la pequeña ciudad un psiquiatra está husmeando en asuntos que no le interesan. Saben que he venido a investigar. Saben que tengo permiso de ingreso, aunque no es judicial, pero van a respetar las autorizaciones que conseguí. Quizá no saben que voy a pasearme a mis anchas por todos los lugares de la clínica.

—Bienvenido, doctor Bracamonte —dice la mujer, y sonríe. No es sincera, aunque intenta mostrarse agradable—. Ren, por fin conseguiste el

permiso para ingresar —sonríe con burla.

—Ya que no me lo quisieron poner fácil, tuve que recurrir a un experto en injusticias.

—Sofía tuvo un ataque que requirió nuestra intervención para evitar un daño mayor. Nada de lo que hemos hecho es ilegal. Tuvo un brote psicótico —aclara.

—A la hermana le dijeron que era Bipolar —comento.

—Sí, la estamos tratando también por eso.

—Vaya. ¿No tendrá también paranoia y esquizofrenia? —pregunto de forma irónica.

Me mira con el entrecejo fruncido.

—Lo que me sorprende es que sus conocidos nunca vieron este tipo de enfermedades en Sofía —aseguro.

—Porque no las tuvo nunca —dice Renato.

—Las tuvo con Jésica, la esposa de Ferrero, el padre de Sofía —

aclara la mujer.

—¿Conoce a Jésica? —pregunto.

—Claro. Es un pueblo chico. Todos nos conocemos.

—¿Alguna vez vio a Sofía en un brote psicótico antes de que su padre se casara con la joven Jésica? ¿Jésica y usted son amigas? ¿Jésica tiene amigos dentro de la clínica?

—No tengo que responder a sus preguntas. El psiquiatra que atiende a Sofía está en su consulta y no puede recibirlo hasta dentro de dos horas.

—He venido a ver a Sofía —aclaro—. Si me indica dónde está, me va a evitar que recorra toda la clínica gritando su nombre.

Abre la boca ante mi comentario y frunce el entrecejo. No me dice donde está la paciente. Espero lo que creo que deben ser cinco minutos. Ella sigue sin acompañarme a ver a Sofía. No piensa colaborar y camino hacia el caserón de tres plantas con los techos con mucha inclinación. Supongo que semejante inclinación es para evitar la acumulación de nieve en invierno.

Renato me sigue como un perro fiel. Es demasiado joven y se siente abrumado con mi forma de actuar. Es que esta gente no entiende que si tengo permiso para inspeccionar, nadie me detiene. ¿Abuso de mis permisos?, sí, claro que abuso, y no debería hacerlo en esta provincia donde nadie me conoce, pero lo hago por una buena causa. Lo más grave que puede pasar es que me echen o me pidan una orden judicial y me tenga que ir.

—Sofía Ferrero —grito cuando ingreso a la sala. Hay varios pacientes, unos en mejor estado que otros. Algunos con la vista perdida.

Otros se me acercan y me hacen una radiografía.

Una mujer viene corriendo.

—Está alterada hoy —dice, y nos señala a una joven que no deja de caminar. Parece que quisiera treparse a las paredes.

—¿Qué han hecho con ella? —pregunta Renato.

Yo no lo sé, pero supongo que al enterarse de nuestra visita le han sacado de golpe los sedantes y está sufriendo una crisis de abstinencia.

—Párate frente a ella para que te vea, que a ti te conoce —pido a Renato.

Renato hace lo que le digo. Cuando Sofía por fin posa sus ojos en Renato se lanza a sus brazos.

—Necesito el calmante. No me lo quieren dar —grita Sofía—. Ren, has venido a darme el calmante —dice, y se me parte el alma al verla.

No está pidiendo que la saquen de allí. La pobre está pidiendo pastillas.

—Ven, Sofía. Vamos a caminar por el parque.

—¿Me vas a dar el calmante? Por favor, Ren —suplica.

—¿Quién la atiende? —grito.

La mujer que nos atendió ha perdido la soberbia y me mira asustada.

—El doctor Lorenzo —dice.

—Su consulta.

Señala una puerta, y entro con tanta ira que se golpea contra la pared.

—¿Qué le están dado a Sofía Ferrero? ¿Cuánta dosis? ¿Por qué se la quitó de golpe? —grito.

El tipo se levanta de detrás del escritorio y me señala la puerta.

—Estoy atendiendo —dice.

—Amigo, el doctor se olvidó de que tenía una cita conmigo. Podrías volver en una hora —digo al paciente. No parece perturbado, sino asustado.

Tumba la silla cuando se levanta, y se va.

—No puede irrumpir en mi consultorio y echar a mi paciente.

—Puedo. Qué diablos le han estado administrando y en qué dosis. Y

qué diablos le han quitado de golpe —digo, y golpeo con el puño el

escritorio. Da un paso atrás.

—Le he dado las dosis necesarias para estabilizarla. Pero no están funcionando. Se le aumentó un poco la de la ansiedad, pero tampoco está funcionando —asegura.

—Quizá quien le da los medicamentos no está respetando las dosis que prescribe. Ella acaba de suplicar algo que la calme.

—No creo que… Lo dudo… Yo estoy para atender a todos los pacientes internados, y también me ocupo del centro de relax. Le aseguro que el personal es competente y los pacientes se recuperan en un corto tiempo.

—Hay una paciente que no —comento.

—Deje que la vea. No puedo con todo solo. Soy el único psiquiatra y me ayudan dos psicólogas con las terapias —aclara, y salimos de su consulta.

Cuando ve a Sofía caminando como si le hubieran dado cuerda, mucha cuerda, se queda desconcertado.

—Esta mañana estuvo en la consulta y no estaba así.

—Es la típica imagen de alguien adicta a una droga, y hoy no recibió su dosis. Al parecer hoy no le han dado nada —digo.

—Dios mío. Nunca quise tener a esta chica en la clínica. Sabía que sería para problema. Es una Ferrero —dice, como si ese fuera el problema.

—He hablado con sus hermanos y parecen gente decente.

—Lo son. El problema es la mujer del padre —aclara, y saca del bolsillo una caja de medicamentos. Se la arrebato de las manos y me acerco a Renato y a la joven alterada.

No tengo más remedio que administrarle una pequeña dosis para la ansiedad. Tengo que sacarla del estado de desesperación en el que se encuentra para que nos ayude a sacarla de aquí.

—Abre la boca —digo. Me obedece y le deslizo una pastilla bajo la lengua.

Minutos más tarde Sofía ha recuperado algo de tranquilidad. Le tiemblan las manos, pero está sentada en un banco y mira el piso.

—Hay que sacarla de aquí —dice Renato.

Estoy de acuerdo con Renato. Esta clínica no es como la de Varela.

Él violó nuestros códigos éticos, nuestro juramento, pero no convirtió a Adriana en una adicta a los medicamentos. Me giro al psiquiatra de la clínica, que se ha quedado a pocos pasos de nosotros, y asiente con un gesto casi imperceptible. No quiere que el personal que ha cometido esta barbaridad se percate de que está aceptando nuestra decisión. Creo que lo único que quiere es sacarse el problema de encima.

—Puede quedarse en mi casa —sugiere Renato.

—Está intoxicada con las drogas —aclaro.

—Lo sé. Puedo estabilizarla. Mi problema no es que desconozca lo que tengo que hacer, sino que no sabía cómo diablos llegar a ella.

Asiento. Tiene muchos pacientes y todos dicen que es un excelente psiquiatra.

—Te voy a ayudar con ella los primeros tiempos. Los primeros días serán complicados. Necesita terapia, y nosotros necesitamos saber si tiene algún problema, aparte que le han generado una terrible adicción.

—Lo sé. Gracias por todo lo que estás haciendo —dice.

—¿Te quieres ir? —pregunto a Sofía—. Yo no puedo sacarte en este momento. Necesito conseguir una orden de un juez y un diagnóstico que me avale. Eso lleva tiempo. Tú eres mayor de edad y tienes derechos a irte aunque te nieguen el alta. Desconozco tu estado mental, pero aquí no estás segura.

—Me están volviendo loca —susurra, casi sin aire. Está en un estado que da pena—. Quiero salir. Si tengo que internarme para estar bien, que no sea acá. Quiero irme.

—Te van a hacer firmar un escrito donde dice que te vas en contra de la decisión de la clínica.

—No me importa. Si sigo aquí me van matar.

—Ve a buscar tus cosas. Acompáñala, Renato. Que nadie te intimide. Tenemos permiso para ingresar e inspeccionar si hay irregularidades. Los que están en falta son ellos —aseguro, el joven asiente.

Yo soy impulsivo y arremeto sin permiso judicial. Nunca he tenido problemas. Todos saben que tengo demasiados avales en mi provincia, pero acá no me conoce nadie y podría haber salido mal. El joven psiquiatra está aprendiendo hasta mis impulsos, y eso me alienta porque cada vez somos más los que luchamos por los internos.

—Vamos, Sofía —dice Renato, que la trata con una dulzura que me enternece.

—¿Por qué no viniste antes? Llevo suplicando que aparecieras desde que la bruja me encerró.

—No me dejaban entrar y no sabía qué hacer. Por suerte me hablaron del doctor Bracamonte. Lo contacté muchas veces, pero siempre

me decía que estaba resolviendo un caso complejo y que no viajaba. Seguí insistiendo, y creo que le gané por cansancio —dice.

«No me ganaste por cansancio. Vine para alejarme de Adriana», pienso. Me alegro de haber venido, porque esta mujer necesitaba ayuda y Renato no sabía cómo resolver su problema. Desconozco su estado mental, quizá necesite internación. Lo sabremos con el correr de los días porque ahora la prioridad es desintoxicarla.

A Sofía le hicieron firmar un escrito donde declara que se va sin el alta del psiquiatra. En el mismo escrito y a pesar de las quejas de la mujer de administración, Renato y yo dejamos constancia del estado en el que la encontramos al momento de ingresar a la clínica

—Hay que cubrirse las espaldas —digo a Renato. Quiero que absorba todo lo que hago por si vuelve a necesitarlo en el futuro.

—La gravé con el móvil mientras te fuiste a hablar con el psiquiatra.

Hay que cubrirse —me dice, y sonrío satisfecho.

Nos alejamos de este paraíso, que para ella ha sido un infierno.

Renato me ha invitado a quedarme en su casa, pero yo no tengo por costumbre dormir en el mismo sitio que mis pacientes. Los ayudo a recuperar su libertar, les prescribo tratamientos si lo necesitan y los ubico en otro centro o con un profesional. Con Adriana es distinto, nunca la consideré mi paciente. Ella me llegó al corazón.

Los acompaño hasta la casa de Renato, que está a pocas cuadras de su consulta. Sofía se recuesta en el sillón. Comienza a temblar de nuevo.

¿Cuánta mierda le han metido en el cuerpo? Van a ser días duros.

Él llama a su madre y a Adela. Las dos se van a instalar en la casa para colaborar. Sofía no tiene las ideas claras. Abraza a su hermana y llora.

Adela me agradece todo lo que he hecho por ellos. También llora. Yo tengo el cuerpo tensionado. Llevamos más de un mes luchando para ingresar a la clínica. No me conocen y no querían acceder a mi pedido. Solo lo hicieron cuando amenacé con presentarme a la justicia y hacerlos cómplices de lo que estaba pasando con Sofía Ferrero. Es cierto lo que me dijo Adriana. Yo pongo pasión en mi lucha por devolverles la libertad a las personas que están encerradas por decisiones abusivas de algún familiar. Si no pusiera pasión, qué sentido tendría que luchara contra las injusticias.

Rechazo la invitación a cenar. Me acerco a Sofía y le explico que serán días duros en los que va a suplicar por sedantes. Ella entiende y llora.

Me mira y asiente. Me agarra la mano y me dice que va a colaborar. No lo hará cuando le falte la droga. Pero ya iremos sorteando esa parte del trayecto a su recuperación.

Me marcho al hotel. Tengo una cita y llego tarde. Pido que me traigan la cena a la habitación y llamo a Benja antes de ducharme. No quiero decepcionarlo. Él me atiende al primer todo.

—Creí que te habías olvidado. Es viernes y el abuelo está entreteniendo a mamá —dice, y sonrío.

—Se me hizo tarde con el trabajo que tenía hoy.

—¿Qué trabajo? —pregunta.

—Es una paciente que me necesitaba. Pero ya estoy libre —digo, sin entrar en detalles—. Cuéntame cómo te van las cosas, campeón.

—Fuimos con el abuelo a la plaza y estuve con mi papá. Él no me lleva a su casa. ¿Crees que como tuvo un bebé con Erika ya no me quiere?

—Benja, los padres tienen amor para todos sus hijos. No te lleva porque quizá quiere compartir el poco tiempo que tiene solo contigo.

—¡Ah, es eso! —dice, y se le iluminan los ojos. El niño ha quedado con un trauma. Cree que no lo quieren y se me parte el alma—. Yo no me había dado cuenta. Claro, la Lu de mi papá y Erika debe ser muy pequeña para que la traiga.

Me tenso al escuchar sus explicaciones. Han confundido al niño con la ridícula decisión de llamar a la niña con el mismo apodo. Y Benja tiene que aclararme de cuál de sus hermanas habla.

—¿Te gusta que tu hermanita pequeña se llame Lu?

—No. Parece que hablara de mi hermanita Lu, la que se fue.

—¿Y si le pones otro apodo? Elige uno que te guste.

—Voy a hace eso que me dices. Podría ser Luci, porque se llama Luciana. O Ana.

—Me parece genial.

—Sabes, hice lo de las cosquillas, y mi mamá deja de estar triste y no para de reír. Mi mamá me dice que me adora. Ella quería a Lu. Pero como Lu no está, quizá mi mamá ahora me adora a mí.

Otra vez pensando que no lo quieren lo suficiente.

—No, Benja, tu mamá los adora a los dos. Te dije que los padres tienen amor para todos sus hijos.

—Si nos adora a los dos, ¿por qué nunca me dice que adora a Lu?

—pregunta.

—¿Por qué no le preguntas?

—Y si se enoja. Y si llora.

—Ella no se va a enojar. Quizá se ponga a llorar. Pero si la nombras muchas veces, llegará un día en que tu mamá va a hablar de Lu sin que se

ponga triste. Háblale de Lu a cada rato, Benja. Habla de ella todo lo que quieras, y tu mamá te va a responder.

—Qué le voy a decir. Yo la extraño. Nos peleábamos y era divertido.

—Dile eso a tu mamá, Benja —aconsejo.

—Puedo decirle que ya no puedo verla más.

—Claro. Dile todo lo que sientes.

—¿Tú crees que Lu nos puede ver?

—Yo también perdí a mi hermana cuando era niño, Benja. Y alguien me dijo que aunque no pudiera verla, ella estaba cerca.

—¿Crees que Lu es invisible? ¿Eso quiere decir que tiene poderes especiales? —se le iluminan los ojos.

Sonrío. Qué niño tierno y espontaneo.

—Bueno, no tengo dudas que para nosotros es invisible. Lu debe estar de la mano de tu abuela Mónica, y quizá se está riendo con tus ocurrencias —digo, y Benja suelta una carcajada—. Lu no está solita, y seguro que está cerca y se está riendo contigo. La forma de sentirla cerca es recordarla, Benja. Lu está en tus recuerdos.

—Me acuerdo de ella. Pero cada día me cuesta más acordarme. Me acuerdo más de cuando la abuela y Lu se quedaron como dormidas en el coche. Yo creía que estaban dormidas, y se fueron las dos al cielo —dice.

Me parte el alma su sinceridad para semejante fatalidad.

—¿Sabes lo que hacía yo de niño?

—¿Qué hacías?

—Me acostaba de noche a mirar el cielo. Elegía una estrella y me imaginaba que era mi hermana —comento. Tenía otra para mi madre, pero Benja tiene a su mamá con él y me guardo esa parte.

—Tú y yo somos iguales. ¿Será por eso que te quiero, Martín?

Se me anuda la garganta. Ya quiero regresar. Quiero ver y abrazar a Adriana, y a ese pequeño que también me ha robado el corazón.

—Yo también te adoro. Eres un niño especial, por eso tu mamá te dice que te adora.

—A veces me enojo.

—Yo también, campeón.

—Mi mamá me está llamando para cenar. Están haciendo hamburguesas con el abuelo.

—Qué rico. Me gustaría estar allí.

—¿Cuándo vas a volver?

—Todavía tengo trabajo.

—¿Vas a volver a llamarme?

—Te llamo en una semana, así me cuentas tus novedades o lo que quieras.

—Te voy a contar cómo me fue con mi amigo. Lo invité a pasar el fin de semana a mi casa, y su mamá dijo que sí porque ya conoce a la mía.

El abuelo me armó un arco y vamos a jugar a la pelota.

—Voy a esperar ansioso nuestra llamada para saber cómo pasaste el fin de semana.

—¡Ya voy, ma! Me voy antes de que entre en mi habitación. No te olvides de llamarme.

—No me olvido. Te quiero —digo.

Quiero estar comiendo hamburguesas con ellos. Quiero ver el arco, conocer a su amiguito y tener una de nuestras charlas con Marcos. Quiero ver a Adriana. La extraño tanto que en las últimas noches me cuesta dormir porque solo pienso en ella. Sé que está mejor. Benito me cuenta que ha conseguido un trabajo de media jornada y está entusiasmada. Me dice que sigue asistiendo a las reuniones en la fundación. Solo le faltaba animarse a contar su historia delante del grupo. Adriana sigue sin hablar de Lu. Y

mientras la siga guardando solo para ella, no se va a curar.

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