Hambre asesina
Primer Día
Este capítulo es largo, así que está dividido en 3 partes.
—Señor comisario, fuera espera una joven.
—Hágala pasar.
—¿Marion Ried? —preguntó Rabenhorst.
—La misma.
—Estoy ansioso por saber qué se cuenta.
—Pues no lo esté, porque quiero que vaya a reconstruir lo que hizo Astrid Hasling anoche. No sé por qué, pero tengo la impresión de que la historia de la borrachera solitaria tiene un agujero en alguna parte.
—Por lo menos ella habría tenido un motivo —dijo Rabenhorst al levantarse.
—Sí, aunque no imagino que fuera capaz de hacerlo.
—Solo la ha visto una vez…
—… y ya la estoy juzgando, lo sé. Solo es un presentimiento, Rabenhorst. Aunque, independientemente de que lo haya hecho o no, estoy seguro de que miente.
El inspector sonrió.
—Si es así, acabaremos por descubrirlo. ¿Hay algo más, aparte de lo que ya sé?
—No. ¡O sí! Llevaba la mano vendada. Qué raro que no se lo haya contado antes… Estaba un poco manchada de sangre, de modo que la herida debía de ser bastante reciente.
—Bien. Hasta luego.
Rabenhorst salió y en la puerta chocó con Marion Ried.
La atractiva gata le soltó un gruñido sin el menor interés diplomático, dirigió a Cüpper una mirada siniestra y se desplomó en la silla de las visitas, delante de su escritorio. Seguidamente, entró en la habitación un hombre alto con una cazadora de piel con remaches y el pelo largo y rubio. Sonrió a modo de saludo mientras mascaba chicle chasqueando con la lengua.
—Buenas.
—¿Quién es usted? —preguntó Cüpper.
—Soy Ulli.
—¿Puede ser más preciso?
—Perdone. Ulrich Stoerer, el novio de Marion. Me he dicho: «Más vale que acompañes a tu pequeña; necesita un poco de apoyo moral».
Revolvió los rizos pelirrojos de Marion y esbozó una sonrisa más amplia. A Cüpper no le parecía que la chica necesitara apoyo, pero en principio no le importaba que aquel tipo estuviera allí.
Ulli miró a su alrededor.
—¿Tiene otra silla?
—No. Si les apetece, pueden servirse un poco de café.
—¿Café? —Ulli se acercó rápidamente a Cüpper y se inclinó sobre él—. ¿Sabe lo que pienso? —susurró—. Los turcos llevaron el café a Viena para aniquilarnos. En serio, tío, el café es peor que la mierda. Esos malditos islamistas sabían muy bien lo que hacían. Ellos lo toleraban, pero los austríacos y los alemanes, no. Yo no lo probaría ni loco. Detrás del café se oculta algún tipo de plan, una especie de envenenamiento a gran escala.
—Ulli —dijo Marion, y sonó como si mandara estarse quieto a un perro.
—Está bien, cielo —repuso él al tiempo que le guiñaba un ojo a Cüpper —. Hablaremos de eso en otro momento. Le puedo confeccionar un plan de alimentación acojonante. Así, esos hijos de puta no tendrán nada que hacer, se lo digo yo, y podrá enchironarlos a todos. ¿Y por qué, eh? Porque usted se librará de las fuerzas del mal, ¡por eso!
—Estupendo —dijo Cüpper—. En resumen, no quiere café.
—Correcto, tío.
—¿Dónde estuvo usted anoche?
—Por ahí, con un colega. En Max Stark. Ahí bebo siempre agua, ¿sabe?, porque la cerveza es una porquería y sienta fatal. Yo me inspiro directamente en el cosmos.
—Ulli toca la guitarra —murmuró Marion—. Quiere decir que uno compone mejor estando sereno. Cuando tiene razón, tiene razón.
—O sea, que en Max Stark. ¿Puede confirmarlo su amigo?
—¡Claro, tío! —exclamó Ulli—. Nos echaron a medianoche y de allí fuimos al parque Stadtgarten. Llegué a casa de madrugada. ¡Palabra de honor!
—¿Es cierto? —quiso saber Cüpper. Marion asintió con la cabeza—. Bien. —Sonrió amablemente a Ulli—. Entonces puede marcharse a afinar la guitarra.
El tipo lo miró desconcertado.
—Pero no puedo dejar a mi chica en la estacada.
—No le va a pasar nada.
—Vete —dijo Marion.
Ulli miró la puerta contrariado.
—Bueno, no quiero… —dijo mascando el chicle nerviosamente—. En fin, pero si usted lo dice… La obligación de guardar el secreto, ¿no? Ya entiendo. Vale, tío… oiga, tiene que venir a uno de mis conciertos. Va a flipar.
—Lo pensaré.
Ulli lo miró, ufano. Purificado de todo mal, rebosaba salud y vitalidad. Cüpper esperó con impaciencia a que lo bendijera, pero el otro se marchó como una persona normal. Cuando desapareció, Marion suspiró audiblemente.
—¿Siempre es así? —preguntó Cüpper.
En realidad, Cüpper quería soltarle un sermón por la bofetada del zoológico, pero al tenerla delante algo lo contuvo. Ella se encogió de hombros y miró por la ventana.
—A veces. Últimamente solo tomamos alimentos puros, y la verdad es que empiezo a estar un poco harta.
—¿A qué se refiere con eso de alimentos puros?
Ella lo miró.
—Eso me gustaría saber a mí. Ulli no es macrobiótico, pero tiene unas cuantas teorías completamente abstrusas como, por ejemplo, que los etíopes inventaron el café como arma. Con él querían destruir a sus enemigos, pero luego se aliaron con los saudíes y estos con los turcos, y el resto ya se lo ha contado. Últimamente dice que los cerdos son extraterrestres; así que ya no comemos cerdo. Las patatas crecen bajo tierra, donde yacen los muertos, con lo cual son malas para el karma, y así sucesivamente.
—¿Cómo lo aguanta usted?
—Eso no es asunto suyo.
—Está bien. Hábleme de su padre.
—Se folló a mi madre.
—Eso parece…
—¡Santo cielo, yo qué sé! No conozco a mi padre. Era un pobre tipo que debió de salir escaldado. Cuando yo nací, ya no pintaba nada. Mi madre me crio ella sola —frunció los labios—, si es que se le puede llamar así.
—¿Y Fritz von Barneck?
—A él lo conoció hace aproximadamente diez años. Luego se casaron y, al poco, se acabó.
—¿Y usted?
—Yo tuve que vivir en esa puñetera villa, donde nadie se ocupaba de mí.
—¿Ni siquiera su madre?
—¿Es que tiene que saberlo todo?
—Pues sí.
—Me importa una mierda quién haya matado a mi madre.
Cüpper se recostó en su butaca y la observó atentamente. La expresión de su rostro tenía algo de estoico. Marion Ried era una fortaleza con un interior desconocido.
—¿Es eso cierto?
Ella no respondió.
—Preste atención, señora Ried —dijo Cüpper tranquilamente—. Por el momento acepto que a usted le dé igual. Pero el caso es que a mí no me da igual. A mí me pagan para que lo averigüe; así pues, se trata de mis intereses. Y necesito su ayuda. —Hizo una pausa y al cabo de un rato añadió—: Y quizá usted también necesite la mía.
—Yo no necesito ayuda.
—Sí la necesita; la ha necesitado durante toda su vida.
—¡Mi vida marcha perfectamente!
—Pero ahora tenemos un cadáver, y ese cadáver es el de un miembro de su familia. Además, tenemos a un asesino que podría volver a actuar. Mientras no sepamos qué hay detrás de todo eso, nada marcha perfectamente.
Ella se levantó de un salto y le lanzó una mirada airada.
—¡Yo no quiero tener nada que ver con esto, Cüpper! Para mí es asunto concluido. Yo no la he matado, no he ayudado a matarla ni sé nada del asunto. Así que olvídeme, ¿está claro?
Cüpper asintió.
—Clarísimo. Está acostumbrada a que la olviden.
Ella respiró profundamente. El comisario se le adelantó:
—Bien, señora Ried. Ya no la necesito. La olvidaré desde este mismo instante. Si en este caso la he considerado relevante, me he equivocado. Si he sentido por usted algo parecido a la simpatía, probablemente haya sido un descuido. En cuanto abandone mi despacho, la borraré de mi memoria. —Se llevó un dedo a la frente—. Por completo. Para siempre.
Cogió el informe de la investigación y empezó a hojearlo. Al cabo de un rato, alzó la vista. Marion Ried estaba delante de su escritorio con los puños apretados, como la mujer de Lot.
—¿Se puede saber quién es usted? —preguntó Cüpper.
—Está bien, ¿qué quiere saber? —susurró ella.
—Nada. Desaparezca. —Cüpper se puso otra vez a trabajar.
—Pero es usted quien me ha hecho venir. ¿Para qué?
—Se me ha olvidado.
—¡No pienso irme!
—Sí lo hará. ¡Lárguese! Usted se larga siempre, ¿no es cierto? Porque nadie la quiere. Así que llore un rato y luego dedíquese a sus fieras del zoológico.
—Usted no es mi terapeuta.
—No, gracias a Dios.
Cüpper empezó a silbar una melodía mientras ordenaba sus documentos en pequeños montones. La joven esperó un rato, luego dio media vuelta sin decir nada y se dirigió hacia la puerta.
—Marion.
Ella se detuvo.
—Buenas noches.
Marion dio un portazo. Cüpper se quedó mirando la silla en la que había estado sentada.
AÑICOS
Rabenhorst lo intentó de nuevo en la agencia, pero Astrid Hasling no había aparecido en todo el día, y Holger Renz estaba a bordo de un avión de camino a Munich. Charló relajadamente con unos cuantos empleados, bromeó con la mujer de la recepción y se mostró cortésmente interesado por cómo iba el negocio. Al poco, cuando se dirigía hacia su coche, sabía al menos que el día anterior nadie había visto una venda en la mano de Astrid Hasling.
En Overstolzenstrasse llamó también al timbre en vano. Para entonces tenía la nuca tan mojada que ya no sabía si era la lluvia o su propio sudor el que hacía que se le pegara la camisa a la espalda. Rabenhorst observó con los ojos entornados el cielo gris y luego miró su reloj. Faltaba poco para las seis. El día anterior, a esa misma hora, Astrid se había presentado en casa de Inka von Barneck, presumiblemente furiosa y asustada. Se había humillado, le había implorado, chillado, llorado y, luego, quizá también amenazado. Posiblemente, Inka von Barneck había transigido, o quizá no. Según su propia declaración, hacia las seis y media Astrid había abandonado el Bazaar, lo que parecía corresponderse con la realidad, pues su encuentro con el italiano coincidía en el tiempo con lo sucedido a los vecinos de la finca.
Había pasado media hora en el piso de Inka, tiempo suficiente como para una pelea o, posiblemente, un asesinato.
Un momento… La Reina de Saba había dicho que Inka no había sido asesinada antes de las nueve. A Rabenhorst le horrorizaba pensar en el forense, pero tenía que reconocer que Brauner era una eminencia. Si descartaba un asesinato anterior a las nueve, ni siquiera Jack el Destripador tendría nada que hacer.
Desorientado, se metió en el coche y fue a Südstadt. Frente al bar Fonda logró encajar su automóvil en un hueco que había dejado un enorme Bentley negro y plateado de fabricación antigua, se sentó en un taburete de la barra y empezó a cavilar. A su lado, un hombre bebía champán con dos mujeres muy alegres. Rabenhorst sintió envidia; pensó si todavía seguía de servicio, decidió que no y pidió un vino blanco.
Cüpper tenía razón: algo no encajaba en la historia de Astrid Hasling.
La herida de la mano podría habérsela hecho durante la visita a Inka von Barneck. Cabía imaginar que, en su desesperación, hubiera llegado a las manos.
Pero ¿cómo se lesionaba uno una mano? ¿Pegándole a alguien? De ese modo, uno siempre podía romperse algo, sobre todo si…
Rabenhorst se olvidó de su vino y durante unos minutos permaneció con la mirada perdida al frente, como embobado, mientras los pensamientos se sucedían, las vagas sospechas se convertían en teorías y los hechos inconexos se encadenaban de repente y daban como resultado una imagen clara. Entonces bajó del taburete y fue a llamar por teléfono. Tardó casi media hora en averiguar lo que deseaba.
Luego, satisfecho de sí mismo, regresó a la barra y se encontró con que su vino se lo había bebido un desconocido. Se encogió de hombros, pagó y llamó a Cüpper.
Rabenhorst, según Rabenhorst, era un tío muy astuto.
Cüpper, según Cüpper, era un idiota redomado. ¡Ojalá se hubiera contenido en casa de Von Barneck! Habría tenido acceso a más información y, sobre todo, se habría deleitado con la reina de todas las tartas. Pero no, había preferido poner a salvo su miserable honor. Tragándose la cólera y con un terrible ardor de estómago, se dispuso a salir de su despacho.
Al poco empezó a sonar el teléfono de su escritorio. Cüpper oyó el timbre justo cuando se abrían ya las puertas del ascensor. Permaneció inmóvil escuchando y sopesando si merecería la pena volver al despacho, pero entonces los timbrazos cesaron. Encogiéndose de hombros, descendió hasta la planta baja, dirigió una breve sonrisa al portero y abandonó la jefatura de policía a las seis y media en punto.
Llovía y él no llevaba paraguas, para variar. «Es el sino de la pasma — pensó mientras rebuscaba las llaves del coche—. Los polis tienen que empaparse como perros. Si estuvieran calentitos y a gusto, al final dejarían de creer en la maldad del mundo».
Miró otra vez el papel con la dirección de Max Hartmann y arrancó el motor.
MAX HARTMANN
Era una acción a la buena ventura, pero en general sorprender a la gente merecía la pena. Si no esperaban a la policía, tampoco tenían tiempo de pensar en lo que le iban a contar.
Cüpper atravesó Neumarkt en dirección a Rudolfplatz. Los limpiaparabrisas de los coches que venían de frente lo saludaban con amabilidad y convertían a los conductores en siluetas emborronadas. El comisario encendió la radio y sintonizó una emisora en la que sonaba Ella se fue, del grupo de rap Los Cuatro Fantásticos.
«Gracias —pensó Cüpper, furibundo—. Casi se me olvida».
Hartmann vivía en Spichernstrasse, y no vivía mal. Cüpper tuvo suerte y encontró aparcamiento a la primera, tocó el timbre, le abrieron la puerta y comenzó a subir por la escalera. Había ascensor, pero estaba averiado, tal como indicaba un letrero. Era una escalera muy empinada, o al menos eso le pareció a él. Poco antes de llegar al último piso se quedó sin aliento y recordó que en casa tenía un equipo completo de entrenamiento que jamás había utilizado. Seguía allí, estorbando en medio del pasillo, porque ella se lo había dejado.
—Parece que no está usted demasiado en forma, comisario —dijo una voz en lo alto de la escalera.
Cüpper alzó la vista y vio a Hartmann con una sonrisa burlona apoyado en el marco de la puerta. Llevaba un quimono hasta los pies y unas gafas sin montura. La semejanza con Von Barneck volvió a sorprender tanto a Cüpper que no se le ocurrió nada apropiado que responder, salvo:
—¿Por qué?
—¿Que por qué? Porque yo tardo veinte segundos en subir los seis pisos y usted ha tardado veinte minutos.
—Déjese de adulaciones —jadeó Cüpper subiendo los últimos escalones —. ¿Qué le pasa al ascensor?
Hartmann se echó a reír.
—¡Sexo!
—¿En el ascensor?
—¿Por qué no? Pase usted. En el edificio vive un joven dotado de mucha fantasía, ¿sabe? Hace poco subió con una joven muy simpática y el ascensor se quedó atascado. Fin de la representación. En el cine funciona, pero no en Spichernstrasse.
—No parece muy divertido.
—Según cómo se mire. El rescate duró dos horas. Cuando por fin salieron los dos, no parecían precisamente enfadados. —Hartmann desapareció en una de las habitaciones y dejó a Cüpper con el sonido de su voz—. Estaba preparándome un café. ¿Le apetece uno?
—Desde luego. Con mucho azúcar, por favor.
Cüpper empezó a recorrer lentamente el piso de Hartmann. La decoración era cara y escogida con buen gusto; todo estaba escrupulosamente cuidado. Tras una amplia cristalera se veía una terraza enorme. Parecía que Fritz von Barneck pagaba bien a su doble.
—Esperaba su visita —dijo Hartmann como de pasada.
—¿Ah, sí?
—Sí. Tenía claro que no se había quedado usted satisfecho con lo de esta tarde.
—¿Y por qué pensaba que vendría precisamente a su casa?
—Porque Fritz no le cae bien. Y porque cree que yo le voy a contar más cosas. La teoría del doble se la hemos servido en bandeja de plata, por así decirlo. Podría haber sido cualquiera de los dos.
—Parece convencido de que creo eso.
—De ningún modo. Las cosas son como son.
—Muy sabio. ¿Cuánto hace que vive aquí?
—No hace mucho. Año y medio, más o menos. ¿Quiere leche con el café?
—¡Oh! Espere, que voy a la cocina.
Cüpper no esperaba otra cosa: el centro de sus pasiones se presentaba como un enorme refugio de madera y acero con cocina independiente y una campana extractora que parecía un auténtico cráter. Descubrió una colección de pucheros como la que siempre había deseado tener. A la izquierda de la cocina, una barra de color azul medianoche dividía el espacio. Hartmann depositó las tazas de café debajo de dos luces halógenas que colgaban del techo como dos amapolas vueltas del revés. «Es un enamorado de los detalles», pensó Cüpper. Se agachó y miró el horno.
—¿De fabricación especial?
—Sí.
—Hum. ¿Qué es lo último que ha cocinado?
—¿Eso forma parte del interrogatorio?
—No. Pura curiosidad.
—Hamburguesas de bacalao. Lleva muchísimo trabajo. El pescado es tan duro que se podría matar a alguien con él.
—No sería la primera vez.
—¿Un asesinato con un bacalao? —Hartmann soltó una carcajada—. ¿Dónde?
—Aquí, en Colonia.
—¡Qué me dice! Creí que los colonienses solo se abofeteaban con arenques frescos.
—Antes era distinto —dijo Cüpper—. Antiguamente, en Colonia se comía casi todos los viernes bacalao. Lo compraban en los mercados, era barato y sobrevivía a unos cuantos arzobispos. El último asesinato con un bacalao se cometió contra un conocido usurero de la ciudad que amenazaba a sus víctimas con el embargo y cosas aún peores, hasta que se hartaron de él. A falta de porras, le partieron el cráneo con la cena.
Hartmann esbozó una sonrisa, pero su mirada se había vuelto pensativa. Ambos sorbieron de su café exprés al mismo tiempo. A Cüpper le pareció delicioso.
—¿Entiende de recetas antiguas? —le preguntó Hartmann.
—Mi compañera es… era bastante aficionada a la comida casera. Precisamente a los platos con bacalao. Yo no sé si volveré a cocinarlos alguna vez. —Cüpper se interrumpió con un montón de pensamientos que no venían a cuento dando vueltas en su cabeza—. Realmente lleva demasiado tiempo — añadió.
Hartmann asintió con la cabeza.
—¿También tiene alguna receta para esclarecer asesinatos?
—Esa pregunta debería hacérsela a sí mismo —repuso el policía—. Usted entiende de cocina. ¿Cree que hay alguna?
—Tal vez.
—No la hay. Pero de todos modos no anda tan desencaminado. En el fondo, cada delito es como una receta. Hay recetas burdas que las descubres inmediatamente. Otras, en cambio, son extremadamente refinadas; cada ingrediente está pensado de tal modo que su sabor no destaque por encima de los demás. De ahí resulta lo más cercano al crimen perfecto, algo que se admira pero que apenas se puede reconstruir. A no ser que se tenga un paladar inusualmente refinado.
—O que se sea un policía inusualmente bueno. —Cüpper se encogió de hombros—. Hasta el paladar más refinado se equivoca alguna vez —añadió Hartmann.
—Ningún cocinero es perfecto. Todos echan una pizca de más o de menos de algún ingrediente. Tarde o temprano se desenmascara la composición. ¡Ah, era el azafrán! ¡O el marsala! Ninguna receta será nunca perfecta.
Hartmann dejó junto a las tazas una botella alargada y un par de copas.
—Entonces, ¿por qué hay tantos crímenes que no han sido esclarecidos?
—Porque hay pocos paladares refinados —respondió Cüpper mientras observaba cómo un reluciente riachuelo de grapa fluía por su copa.
—Una vieja Levi —anunció Hartmann visiblemente orgulloso, y brindó con él—. Para que su paladar sea lo suficientemente refinado para el asesino de Inka.
—Por eso estoy aquí.
—Lo sé.
—Bien, ahora que estamos aquí tan a gusto, dígame, ¿mató usted a Inka von Barneck?
—No.
—No esperaba que dijera que sí. ¿Qué querían conseguir esta tarde con su pequeña demostración?
—Nada. —Hartmann sonrió; de repente parecía apocado—. Para ser sincero, Fritz ha exagerado desmedidamente al decir que nada ni nadie puede hacerme salir a la luz. Es obvio que mantenemos mi existencia en secreto, pero en el transcurso de la investigación, usted habría acabado dando conmigo. No, lo único que importaba era jugar desde un principio con las cartas al descubierto. Siento que Fritz haya empleado un mal tono. A mí no me van los gestos de amenaza, pero él debe vivir con ellos. Quien está amenazado amenaza a su vez.
—¿Qué le impide dejar de hacerlo? —preguntó Cüpper—. ¿Cuánto dinero puede desembolsar todavía?
—Esa no es la cuestión. Fritz ama su profesión.
—Desde luego, más que a su mujer.
—Es cierto. No vamos a adornar las cosas. Probablemente antes todo fuera diferente, pero cuando yo los conocí a los dos, el matrimonio había quedado reducido a un simple papel.
—¿Puede imaginarlo cometiendo un asesinato?
—Ni siquiera puedo imaginar por qué.
—Tiene enemigos…
—Claro. Todo el mundo los tiene. Todos aquellos a los que usted ha metido entre rejas son sus enemigos. Pero los enemigos no son una razón para asesinar.
—Tal vez su mujer lo presionara.
—¿Con qué?
—¿Con qué va a ser?
Hartmann hizo un gesto de rechazo.
—Va usted por mal camino. Entre los dos había una indiferencia tan grande como poco espectacular. Cada uno hacía su vida y dejaba en paz al otro. Nunca los oí hablar de planes de divorcio.
—Hay mil maneras de hacer presión.
—Pero no en este caso. Inka era una bestia; de eso no cabe duda. Pero si había alguien a quien no le clavara las uñas, ese era Fritz.
—¿Le caía a usted bien Inka von Barneck?
—Buena pregunta. Digamos que sí.
—Pues es la primera persona que me dice eso.
—Entonces digamos que no. Había en ella un par de cosas que me gustaban, como por ejemplo, que no se preocupara por los convencionalismos. Inka era ingeniosa, inteligente y casi irresistiblemente atractiva. Además, tenía unas cuantas ideas geniales sobre cómo divertirse. El resto no era nada divertido. El egoísmo se le podía perdonar, pero no su pérfido afán de destrucción y su insoportable cinismo. Le hacía ilusión contemplar a las personas como si fueran objetos para su uso. A veces te trataba como a un auténtico ejemplar de lujo, y al día siguiente te consideraba una basura. Paradójicamente, era extremadamente rencorosa. En seguida estaba dispuesta a hundir a alguien en la miseria solo porque el año anterior no la había saludado en alguna inauguración de una exposición. Pensándolo bien, creo que tiene que haber montones de sospechosos…
—Algo parecido dijo Eva Feldkamp.
—¡Ah, Eva! ¿Qué le ha parecido?
—No tuvimos mucho tiempo para hablar.
—La culpa es suya por haber salido corriendo.
—Reconozco que me precipité un poco. ¿Cómo es su relación con ella?
Hartmann dudó durante una fracción de segundo y luego respondió:
—Cordial. Sé que Dios hizo de ella una criatura preciosa. Somos colegas, nada más.
«Miente, mienten —pensó Cüpper—. Todos mienten en esta historia».
—También Inka era muy guapa —opinó.
La mirada de Hartmann se volvió algo más atenta.
—Sí —dijo pausadamente—. Tiene razón, pero por desgracia también era muy fría. Nadie tiene un buen recuerdo de ella.
—¿Y Von Barneck? Al fin y al cabo, se casó con ella, e imagino que no lo hizo por aburrimiento. ¿Es tan insensible como parece?
Hartmann arrugó la frente.
—Llevo planteándome esa pregunta desde hace dos años. A veces pienso que simplemente ha desconectado de algunos aspectos esenciales de su vida sentimental. Si la muerte de Inka le importa algo, desde luego, no lo deja traslucir.
—Quizá se haya enamorado de otra persona.
—¿Fritz? Fritz cultiva su vida de ermitaño. Salvo quizá por un cierto amor no declarado hacia Eva. Creo que la venera en secreto. Pero si se le da a elegir entre pasar una noche con ella y una comida con sus adinerados socios, yo casi apostaría por lo segundo.
—¿No lleva una doble vida? ¿Algún pequeño escándalo?
—En el fondo, no sé nada de él. Conozco sus finanzas; estoy tan al corriente como él de todos sus intereses comerciales y podría dirigir su empresa desde mañana mismo. Lo que no sé es lo que pasa por su cabeza. Es como un agujero negro. A lo mejor es un licántropo y se pasea por las noches convertido en lobo por Marienburg y yo no tengo ni la más remota idea.
—¿Son ustedes amigos?
Hartmann lo pensó un momento.
—Sí. Qué extraño, ¿verdad? Pero quizá sea otra cosa lo que nos une, un sentimiento fantasmal de pérdida de la identidad. Resulta raro tener un doble. A veces no estoy seguro de si me gusta.
—Entonces, ¿por qué trabaja para él?
—No puedo dejar plantado a Fritz. Además, ¿tiraría usted por la borda quinientos mil al año y una vivienda gratuita?
—Lo pensaría.
—Yo ya lo he hecho.
Hartmann descorchó nuevamente la botella y rellenó las copas.
—¿Cómo dio con él? A los dobles no se los busca a través de un anuncio.
—Al contrario. Fue Fritz quien dio conmigo. Hasta hace dos años yo vivía en Milán. Trabajaba esporádicamente para el teatro como figurante y maquillador, lo que saliera. No saque de ahí una impresión falsa. Estudié arte dramático en Salzburgo, y con cierto éxito. Pero eso fue antes de que me creyera en la obligación de ir a Italia, porque tenía una especie de complejo de Goethe; ya sabe, Viaje a Italia, segunda parte. Así que me quedé en Milán, principalmente porque se me acabó el dinero. El teatro iba muy bien desde el principio, solo que yo estaba desesperado por el poco trabajo que me daban.
—¿Y entonces llegó Fritz von Barneck?
—Hace dos años y medio apareció por Milán acompañado de un séquito de colaboradores. Inka y él compraron un palacio cerca del Duomo, y en seguida se rodearon de gente con fama y prestigio. Él hizo negocios con nobles piamonteses y barones toscanos dedicados al vino, rehabilitó caseríos enteros, fábricas y residencias señoriales, y luego llegaron los interesados, alemanes e italianos. Al menos una docena de personalidades colonienses compraron a Fritz un trozo de dolce vita. Honradamente, se entiende.
—Se entiende. Y los italianos se alegraron de que alguien pagara por fin las rehabilitaciones.
—Bueno, fue inevitable que entrara en contacto con la mafia. Ellos siempre aparecen en cuanto hay dinero de por medio. Fritz no regateaba demasiado. Sabe cuándo es mejor ceder.
—Como es natural, nunca se pudo hablar oficialmente de la mafia…
—Ellos no se sientan a una mesa y dicen: «Buenas tardes, nos gustaría cobrar tres mil millones de liras». Ellos te ofrecen un negocio. Para hacer negocios con la mafia, a veces incluso muy buenos, no tienes que ser un delincuente. Sencillamente hay unas reglas del juego. Una de ellas es que un trato es honesto mientras se siga considerando honesto por ambas partes. La palabra «mafia» no se menciona jamás. Mantenemos relaciones comerciales con muchos italianos decentes, pero si te comes las uvas, tienes que comerte también las pepitas. Fritz les otorgó su derecho hereditario de definir las reglas y, a cambio, ellos le dieron plena libertad de acción.
—¿No tenía miedo de que lo detuvieran?
—¿Por qué cree que le estoy contando todo esto? Los intereses de Fritz son también los míos. Él no cometió ni la más mínima infamia. Si vas a Italia y abres en el casco urbano florentino una tienda de especialidades alemanas, al día siguiente entrará un amable señor que te comprará unas cuantas salchichas de Frankfurt, hablará un poco del tiempo y te dejará claro lo que se espera de ti. Si transiges, no eres ni mucho menos un delincuente; simplemente estás defendiendo tus intereses. Tampoco lo eres si, por ejemplo, concedes una participación al Vaticano de tu fábrica de preservativos. Todo el mundo sabe que muchos cardenales no son unos devotos corderitos, pero ¿a quién le importa eso si tú sí lo eres?
—La mafia rara vez cumple sus promesas —observó Cüpper—. ¿No tenía miedo Fritz von Barneck?
—¿Quién ha dicho que no lo tuviera? Después de que lo asaltaron en Eigelstein, Fritz estaba seguro de que lo intentarían de nuevo y de que a lo mejor incluso lo matarían. Se volvió precavido. En Colonia estuvo metido hasta el cuello en los proyectos de Südstadt; ya entonces era uno de los hombres más odiados entre Eigelstein y Chlodwigplatz. En Italia no pudo evitar echarse algún farol para que no lo apartaran del negocio; así que participó forzosamente en su juego.
—Razones suficientes para estar preocupado.
—Preocupaciones tenía muchas. Y luego, un buen día, uno de sus secretarios caminaba por la calle y me vio. Primero me tomó por Fritz, con el que acababa de estar hacía diez minutos, y se quedó boquiabierto. Luego cayó en la cuenta. Al día siguiente me presenté en la villa, Fritz me hizo una oferta, yo la acepté y fui a ver a un cirujano egipcio.
—¿Y eso por qué?
—Yo me parecía mucho a Fritz, pero la naturaleza no hace nunca a dos iguales. Solo gracias al bisturí me convertí en el doble perfecto. Es fantástico lo que puede conseguir la cirugía plástica. Antes tenía la misma estatura que Fritz, pero ahora tengo la misma cara, e incluso los mismos ojos. Soy un actor con experiencia y además tengo el don de saber imitar perfectamente casi todas las voces. Durante seis meses no hice otra cosa que aprenderme mi papel. Luego empezamos con las pruebas. Cuando vimos que hasta sus amigos más íntimos se dejaban engañar por mí, empecé a trabajar en serio. Desde entonces he hecho negociaciones en su nombre, he pronunciado discursos y he cerrado tratos. En todos los asuntos que podrían ser delicados soy Fritz von Barneck.
—¿Y cuándo es Max Hartmann?
—Ahora mismo, por ejemplo.
—Bien. ¿Se hizo usted pasar por él anoche?
—Otra vez, no.
Cüpper lo miró fijamente. Hartmann le devolvió la mirada sin pestañear.
—Piénselo. Si lo ayudó a matar a Inka, quizá usted sea el siguiente.
Hartmann negó con la cabeza.
—Fritz sería incapaz de matar a nadie.
—Acaba de decir que en realidad no lo conoce.
—En determinados aspectos, sí. ¿Un asesinato? Eso no me lo creo, y usted tampoco. Yo no haría este trabajo si no tuviera plena confianza en él.
—¡Por Dios, Hartmann! —suspiró Cüpper—. Una mujer ha sido asesinada. Su marido tiene un doble que es clavado a él. Y, para colmo, el doble se niega a contarme dónde estuvo la noche pasada. ¿Qué haría usted en mi lugar?
Hartmann esbozó una sonrisa torcida.
—No me creería.
—¿Lo ve?
—No obstante, se equivoca. Fritz no es un asesino.
—Pero usted quizá sí…
—¿Para qué, ¡maldita sea!? De todas las personas, yo soy la que mejor entendía a Inka. Por lo demás, me resultaba indiferente.
—Bien. Dígame cómo se llama la mujer con la que estuvo y lo creeré.
—Ni hablar.
—Entonces no tiene coartada.
Hartmann respiró profundamente. Por un momento, Cüpper creyó haberlo logrado. Luego, su interlocutor sonrió.
—Lo siento. He hecho una promesa. Por mí, puede considerarlo anticuado. Aunque le diera su nombre, no le serviría de nada.
—Eso es una tontería.
—Puede ser. ¿Por qué no se fía de mí?
—No tengo motivos para hacerlo.
Hartmann asintió.
—Entiendo. ¿Tiene algún otro sospechoso, aparte de Fritz y de mí?
—Le contestaré con otra pregunta: ¿conoce usted a un italiano de estatura media, buen aspecto, elegantemente vestido y con un gran bigote negro?
—Conozco a docenas de tipos que responden a esa descripción.
—¿Y a alguno que también conociera Inka?
Hartmann arrugó la frente.
—Inka conocía a media Italia. Tendría que pensarlo detenidamente.
—Von Barneck tuvo invitados italianos.
—Ninguno con bigote.
Cüpper guardó silencio mientras meneaba la grapa en la copa. Sabía que, por el momento, no sacaría nada en claro, si es que había algo que sacar en claro.
Apuró el Levi y Hartmann lo acompañó hasta la puerta. «Es curioso — pensó Cüpper— cómo dos personas pueden ser casi idénticas y, al mismo tiempo, tan distintas». Fritz von Barneck le repelía. En cambio, Max Hartmann le caía bien. No podía tratarse solo del pelo…
—Si cambia de parecer —le dijo antes de marcharse—, ya sabe dónde encontrarme.
—Desde luego —respondió Hartmann—. A ver si cocinamos juntos algún día.
—Prefiero no hacerlo.
—¿Por qué?
Cüpper hizo un gesto de desdén con la mano.
—Me oculta usted demasiados ingredientes.
EL TAXI
Rabenhorst lo esperaba delante de la puerta de su casa.
—¿Qué está haciendo aquí? —se extrañó Cüpper.
Una vez arriba, le dio una toalla. Rabenhorst estaba empapado de pies a cabeza, pero aun así tenía una expresión triunfante en el rostro.
—Como no daba con usted, he decidido venir. Pensaba esperarlo un rato y dejarle luego una nota. Si hubiera tardado diez minutos más, me habría ido al Stadtgarten.
—El Stadtgarten está empapado.
—Toda Colonia está empapada. ¿Tiene algo de beber?
—¡Rabenhorst, viejo amigo! ¿Eso tampoco se lo ha contado a su madre?
—No me suelte uno de sus discursos demagógicos y sírvame un trago de una vez. Me lo he ganado.
Cüpper pescó un Poully Fumé del estante de los vinos y con un ¡plop! arregló de nuevo el mundo. Rabenhorst bebió la primera copa como si fuera agua.
—¡Eh, despacio! —Cüpper puso el grito en el cielo—. ¡Este no es uno de sus morapios baratos!
—¿Qué diría si le dijera que he encontrado al asesino de Inka? —soltó el inspector, impertérrito.
Cüpper rechinó con los dientes.
—Me preguntaría qué ha sido del auténtico Rabenhorst.
El inspector golpeó con la copa la última mesa de comedor que le quedaba a Cüpper.
—¡Me he partido los cuernos para averiguarlo!
—Tenga cuidado con la copa. No me quedan muchas de esas.
—Bueno, ¿quiere usted saberlo o no?
—Me temo que eso me va a suponer más derroche de vino blanco.
—¡Sí, exactamente!
Con cara de resignación, Cüpper le sirvió otra copa.
—Bien, Watson. Lo escucho.
—El asesino de Inka es en realidad una mujer y se llama Astrid Hasling.
Cüpper conocía a su ayudante lo suficientemente bien como para saber que no acusaría a nadie de asesinato sin un motivo bien fundado. Dejó la botella sobre la mesa y se recostó en su silla.
—Cuénteme.
—Es muy sencillo —opinó Rabenhorst, animado—. La clave es la venda. ¿Recuerda que Astrid Hasling tenía una herida en la mano?
—Sí.
—¿Recuerda en cuál?
Cüpper no tuvo que pensarlo mucho. Tenía la misma capacidad de observación que una cámara.
—La izquierda.
—¿Y su impresión? ¿Era una venda vieja?
—Más bien no. Naturalmente, podría habérsela cambiado, pero en el centro tenía una mancha de sangre, como de una herida reciente. No, era bastante nueva.
—¡Era novísima! —subrayó Rabenhorst—. En la agencia nadie recordaba haberle visto ninguna venda. Así que me he preguntado cómo puede uno herirse en la mano. ¿Y si Astrid se abalanzó sobre Inka cuando fue a verla por la tarde? Sería muy posible, con lo cabreada que estaba. —Rabenhorst enarcó las cejas—. O tal vez se cortó con algo…
—Con un cristal —completó Cüpper la frase en voz baja.
Rabenhorst asintió con la cabeza.
—Eso es, con un cristal roto. Supongamos que Inka todavía vivía cuando Astrid Hasling salió de su casa hacia las seis y media. Luego se encontró con ese ominoso italiano que poco después llamó a la casa y que, por tanto, existe realmente. Hasta ahí Astrid no ha mentido. Brauner supone que Inka no murió antes de las nueve, luego a esa hora todavía no se pudo cometer el asesinato. De momento, todo bien. Ahora sigamos suponiendo que las dos no llegaron a un acuerdo. Astrid rogó y suplicó, e intentó que Inka desistiera de su propósito, se humilló, y luego la amenazó, blasfemó, lloró, gritó, y no obtuvo ninguna reacción por parte de la otra. Después de lo que sabemos sobre Inka, esta quizá incluso se divirtiera. En cualquier caso, Astrid sabe que todo se acabó y que Inka, además de su matrimonio, también va a arruinar su negocio. Se marcha a casa y se coge una buena tajada.
—Con un armañac de veinticinco años —se lamentó Cüpper.
—Con lo que sea. Se le junta la borrachera con la desesperación. La rabia de Astrid se convierte en furor; el hecho de no ver salida a la situación la impulsa a lo más extremo. ¡Así que decide matar a Inka! Coge un cuchillo, llama a un taxi y vuelve al Bazaar. Allí, con cualquier pretexto, la señora Von Barneck la deja entrar en casa. Inka se dispone a cerrar la puerta tras ella dándole la espalda. No obstante, nota algo, y antes de que Astrid la ataque, se vuelve y ambas se enzarzan en una pelea, en cuyo transcurso caen al suelo y derriban la mesa con los vasos. Hay añicos de cristal por todas partes, Astrid se corta la mano, Inka intenta huir, le da tiempo a llegar hasta la puerta… y luego sucede todo lo demás.
—¿Qué sucede?
—¡Qué va a ser! Que le rebana el cuello.
—¿Y luego?
—Ella sabrá lo que hizo. Sintió pánico, dejó caer el cuchillo y salió a todo correr a la calle. Fin de la historia.
Cüpper bebió un trago de vino y reflexionó sobre lo que acababa de escuchar. Sonaba un poco teórico, pero no estaba mal.
—¿Y bien? —preguntó Rabenhorst con los ojos brillantes.
—Al menos sería posible. Mañana mismo tome sus huellas dactilares para compararlas con las del mango del cuchillo y entonces lo sabremos.
—Yo ya lo sé ahora —dijo Rabenhorst con decisión.
—No —repuso Cüpper—. De momento solo tiene una teoría.
—Tengo algo mucho mejor: una declaración de la central de taxis. Ayer, poco antes de medianoche, llamaron pidiendo un coche. El conductor se llama Kurt Odenthal; su taxi es el número 16. Fue a Overstolzenstrasse, donde recogió a una mujer visiblemente ebria. —Rabenhorst rio en voz baja—. Le doy tres oportunidades para que adivine adónde la llevó.