Hambre asesina

Frank Schätzing · Capítulo 3 de 8 · parte 2/3

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Hambre asesina

Primer Día

Este capítulo es largo, así que está dividido en 3 partes.

—¿Es usted la señora Ried?

La mirada de ojos verdes se ensombreció aún más.

—¿Quién quiere saberlo?

—La policía de la brigada de investigación criminal. Comisario Cüpper.

La mujer respiró profundamente y dejó en el suelo el cubo que sostenía en la mano. Cüpper vio dentro una gran masa de carne picada, suficiente para preparar como mínimo ochenta hamburguesas.

—¿Y bien?

—Tengo que hablar con usted, señora Ried. Pero, por favor, mejor en otro sitio.

—¿Por qué? ¿Tiene usted algo en contra de mis tigres?

—Sí. ¿Podemos salir ya?

—Antes tengo cosas que hacer.

Cogió el cubo y se dirigió hacia las jaulas.

—No tardaré mucho. Nada puede ser tan importante como para que él no tome su medicina.

Evidentemente, «él» era el tigre, que ahora restregaba su enorme cabeza por los barrotes husmeando la comida.

Cüpper apretó los dientes y se acercó también un paso. El animal gruñó de nuevo y el policía volvió a pegarse a la pared.

Gatos salvajes.

Le bastaba con mirarlos para convertirse en un idiota sudoroso; se le contraían las tripas y le entraban ganas de vomitar. Podías dejarlo sentado sobre la panza de un oso pardo o rodeado de tiburones en un bote neumático, que no habría ningún problema. Ahora bien, no podía ni ver a los gatos, mucho menos a los que medían más de dos metros.

Con la boca seca miró cómo Marion Ried abría la jaula de al lado y echaba la carne al interior. Luego la cerró de nuevo y abrió la trampilla de separación de acero. El tigre giró sobre sí mismo, se acercó con elegancia y se abalanzó sobre la comida.

—Perdone —murmuró Cüpper—, no sabía que fuera comida.

—Y no lo es. —La cólera había desaparecido del rostro de Marion Ried, cuya mirada recaía ahora tiernamente sobre el tigre—. Les damos de comer por la mañana, a las ocho. Pero a este le pasa algo raro: ya no tolera la carne dura, así que le damos carne picada mezclada con medicamentos. Esta mañana lo ha vomitado todo, incluidas las píldoras. He estado observándolo durante dos horas y parece que está mejor. Este es, pues, el segundo intento. Esperemos que no lo devuelva.

Cüpper pareció calmarse un poco.

—Por favor, ¿podríamos salir ahora un momento?

—Ya veo que tiene alergia a los gatos —dijo ella meneando la cabeza—. Come, que en seguida vuelvo.

Salieron al pórtico del edificio, vigilado por dos leones de bronce, y Cüpper dio gracias a Dios por estar otra vez bajo la lluvia.

—Bueno, ¿qué ocurre? —preguntó Marion Ried con impaciencia.

Cüpper la observó. Unos veinte años, pelo rizado de color cobrizo, sin maquillar. Pecas por todas partes. Nariz demasiado pequeña, mandíbula prominente, boca demasiado grande. Jamás había visto una mujer que, siendo tan poco guapa, resultara tan increíblemente atractiva.

—Su madre ha muerto —dijo lentamente.

Los ojos verdes le clavaron la mirada como a una presa.

—Lo sé.

—¿Le ha contado su padre…?

—¿Fritz? No es mi padre. Sí, me lo ha contado. ¿Puedo volver ahora al trabajo?

—No. ¡Su madre ha sido asesinada!

—Era de esperar.

Cüpper se quedó mudo.

—¿Por qué? —logró decir al fin.

—Porque era una cerda, por eso.

—Señora Ried, está hablando de su madre. Quiero decir que…

—¡Haga el favor de no sermonearme! —gritó ella—. Diga lo que tenga que decir y lárguese.

Lo dejó plantado y regresó al edificio.

Cüpper se quedó petrificado, como si lo hubiera alcanzado un rayo. Finalmente, reaccionó y corrió tras la mujer. Cuando la agarró por el hombro, ella se soltó y le propinó una sonora bofetada. El comisario alzó la mano derecha, pero en el último momento se contuvo.

—¡Usted se queda aquí! —dijo, furioso.

Marion Ried miró ansiosamente la puerta.

—Tengo que volver con mis animales.

—Usted no va a ir a ninguna parte. ¿Cuándo se lo contó su padre?

—¡No es mi padre!

—Bueno, pues su padrastro.

Ella puso los ojos en blanco.

—Poco después de que usted fue a su casa, me llamó y me dijo que Inka estaba muerta. Me conmovió, como cabe esperar de una hija, y consciente de mi deber, me tomé dos aspirinas, estuve viendo la televisión y luego me vine al zoo.

—Estoy impresionado. ¿Dónde estuvo anoche?

—En el cine.

—¿En qué cine?

—En el Cinedom.

—¿Qué película vio?

—Bond, James Bond —respondió ella con sarcasmo.

—¿A qué hora?

—A las ocho y cuarto.

—¿Hasta?

—¡Yo qué sé! Hasta poco antes de las diez, supongo.

—¿Y luego?

—Me fui a casa.

—¿Qué hizo allí?

—Me tumbé en la cama a leer. Sin testigos. En el cine también estuve sola. También sin testigos. ¿Algo más?

—Sí. ¿Ha matado usted a su madre?

—No. ¿Y usted a la suya?

—¡Maldita sea, ya está bien! ¿Qué es lo que le pasa?

—Nada. Déjeme volver con mis animales.

Cüpper se mordió los labios. Le ardían las mejillas.

—¿Es que no tiene compasión? —inquirió.

—No. Mi madre era una mujer muy ruin. En su vida había miles de personas que la odiaban con toda su alma.

—Al igual que usted…

—Que yo sea la hija de Inka es una casualidad, ¡qué se le va a hacer! Se merecía lo que le ha pasado. Que tenga un buen día.

—¡Señora Ried!

—¿Qué quiere ahora, miedica?

Cüpper hizo caso omiso del agravio, sacó una tarjeta y la metió en el bolsillo derecho del mono de la chica.

—¿A qué hora sale?

Ella le clavó la mirada.

—¿Qué pasa, poli? ¿A qué viene tanta urgencia?

—Lamento profundamente la muerte de su madre; le doy mi más sincero pésame. No obstante, le ruego que domine su dolor por un momento y responda a mi pregunta. —Cüpper sonrió sarcásticamente—. De otro modo, me veré en la necesidad de hacerla picadillo y alimentar con ello a sus queridos gatos.

Esperaba una segunda bofetada, pero ella se limitó a murmurar:

—No tendría agallas para hacer eso.

—Es cierto. Lo de los gatos lo pensaría dos veces, como amante de los animales que soy. ¿A qué hora sale?

—A las cinco.

—La espero a las cinco y cuarto en la comisaría.

—No sé si iré.

Cüpper dio media vuelta meneando la cabeza y comenzó a alejarse.

—¿Y si no voy? —gritó ella a sus espaldas.

Él siguió andando. Más tarde se le ocurrirían miles de respuestas acertadas, pero en ese instante no tenía ninguna.

INSTITUTO FORENSE

Rabenhorst llevaba un cuarto de hora escaso esperando cuando su jefe llegó al instituto forense de Melatengürtel. A diferencia de Cüpper, él odiaba a la Reina de Saba, por lo que se mostró parco en palabras. Cogieron juntos el ascensor hasta el primer piso.

La Reina de Saba levantó la sábana como si fuera a presentar un elefante de cuadros rojos. Cuando tiró de ella, apareció el cuerpo desnudo de Inka von Barneck. Sus ojos impertérritos habían escogido un nuevo punto del universo en el que fijarse, cuyo misterio no se le revelaría a nadie que no hubiera logrado ser asesinado o, al menos, hubiera fallecido de muerte natural.

Rabenhorst miró su corbata. No le gustaba el instituto forense. Cada vez que veía los cadáveres maltrechos, a los que habían disparado, rajado o descuartizado, pensaba que estaba en una guerra. Cüpper, sin embargo, pensaba en comida. Pero eso no tenía nada que ver con el instituto forense: el comisario siempre estaba pensando en comida.

La Reina de Saba se llamaba en realidad Kurt Brauner y era el director del instituto. Lo habían apodado así porque solía ponerse joyas de oro hasta el límite de lo soportable. Por las mañanas, la Reina generalmente tenía más sueño que un perro porque le gustaba pasar las noches en el hotel Timp, donde, según los rumores, se presentaba como la reencarnación de la famosa actriz y cantante Zarah Leander, lo que hasta el momento no se había podido demostrar. Por lo demás, era una eminencia en el terreno de la patología forense y, por tanto, estaba fuera de toda sospecha de miras estrechas.

—¿Y bien? —preguntó Cüpper.

—Un corte maravilloso —dijo la Reina con ensoñación—. Tú me traes los casos más bonitos, Cüpper. Podría darte un abrazo.

—Ni se te ocurra; tengo espinas por todo el cuerpo. ¿Crees que murió por eso? Es decir, dejando de lado que no sobrevivió al corte.

—Oh, sí. Le dieron un buen corte a la pobrecilla. Por lo demás, no hay heridas, tranquilizantes ni drogas o similares. Solo un poco de alcohol. No le queda mucha sangre que podamos examinar. Ahora que recuerdo, ¿preparaste ese pato del que me hablaste?

—Por desgracia, no. Todavía no he encontrado a nadie que lo estrangule para mí.

—Sí, la gente simplemente echa mano del cuchillo. Recuérdame que te dé una receta de albóndigas al parmesano; sencillamente exquisitas. Se deshacen en la boca como si fueran nubéculas. Por lo demás, poco antes de morir echó un polvo.

—¿Cuándo aproximadamente?

—En algún momento. A lo largo de la noche o de la tarde, quizá antes. Es difícil de determinar.

—¿Esperma?

—Muy poco. Bueno, podría mandar hacer un perfil genético; para eso llega. Pero ya sabes que hacen falta permisos y solicitudes, y ¿de qué te sirve si no conoces al tipo?

—Lo cierto es que ese día tuvo visita —concluyó Rabenhorst—. Y el que se acostó con ella podría haberla matado también.

—¡Qué perspicacia! —exclamó la Reina—. Entonces lo encontraréis en seguida. Rasgo distintivo: una polla.

—¡Pero bueno! —se acaloró Rabenhorst—. ¿Por qué no ha podido acostarse con su asesino?

—Es cierto, tesoro. ¡Porno duro!

Rabenhorst paseó la mirada de Brauner al cadáver y deseó estar muy lejos de allí.

—Eso no significa nada —repuso Cüpper, paseando alrededor de Inka—. Si se acostó con alguien, pudo hacerlo en cualquier otro sitio, no necesariamente en su casa.

—El comisario eres tú —dijo la Reina—. Pero si me lo preguntas, te diré que no hay ninguna razón para ir a ningún sitio cuando fuera está diluviando.

—Dame sencillamente la hora concreta.

La Reina se rascó la barbilla y miró al techo con un gesto exageradamente reflexivo. Naturalmente, tenía preparada la respuesta desde hacía rato, pero le encantaban los efectos dramáticos de la dilación.

—El polvo lo echó en todo caso antes de las diez —declaró por fin—. No más tarde.

—¿Y la hora del fallecimiento?

—No soy Delfos, Cüpper. Pero a las nueve seguro que todavía se lo estaba pasando bien. A las once ya no. —La Reina soltó una risita—. El corte definitivo fue a las diez. Zas-zas.

Cüpper frunció el entrecejo.

—¿Estás seguro?

—Claro que estoy seguro.

—¿Qué hay de las doce? Todo apunta a que fue asesinada a medianoche.

—¡Cüpper! ¿Acaso yo hablo por hablar? Entonces no me preguntes. Ve a cualquier medicucho y dile que te certifique la hora de la muerte que más te convenga. ¡Dios, policías!

—¡Dios, maricas! —gimió Rabenhorst.

—Podrías estar equivocado —repuso Cüpper.

La Reina echó la cabeza hacia atrás.

—Yo no me equivoco nunca, cariño. O, si acaso, muy rara vez. De todos modos, estoy dispuesto a admitir que fue a las doce. Sí, por mí, a medianoche. ¿Satisfecho?

—Si lo dices en serio…

—Contigo siempre hablo en serio. Y puestos a puntualizar, sería posible, pero no probable.

—Hum.

—¿Cómo que hum?

—Pues eso, hum.

—Venga, hombre. No te has molestado en venir hasta aquí solo para hacer conmigo una inspección rutinaria.

Cüpper negó con la cabeza.

—No. ¿Podrías saber si el asesino es zurdo?

—¡Santo cielo!

—¿O sea que no?

—¡Hay que ver la de trabajo que me das! A estas horas de la mañana no estoy demasiado despierto.

—La señora Von Barneck tampoco.

—Dame tiempo.

—¿Cuánto?

—Tres o cuatro horas. No, mejor hasta mañana.

—Digamos hasta esta noche. Gracias. Rabenhorst, vamos a forjar planes. Reina —añadió jovialmente—, ármate de un lápiz y apúntame la receta de las albóndigas. Junto con una recomendación del vino, por favor.

—Será un placer. ¿Para dos personas o para cuatro?

Cüpper se quedó petrificado. De repente se sentía cansado.

—Para una —dijo, y se alejó.

CONVERSACIONES DE SOBREMESA

Le apetecía comer en un italiano, pero Rabenhorst quería algo contundente y sugirió el Sion.

—Rabenhorst, está usted chiflado. Estamos de servicio y quiere llevarme a una cervecería.

—No tenemos por qué beber.

—No tenemos por qué beber, no tenemos por qué beber… —lo imitó Cüpper—. Entonces, ¿qué diablos piensa hacer allí?

—Comer estofado a la vinagreta. Esta mañana me ha sacado de la cama mi madre. Es una pesada cargada de defectos, pero ¡prepara un estofado! Posiblemente sea masoquista.

—Usted es idiota. Si quiere tomar estofado a la vinagreta, venga a mi casa.

—Encantado. ¿Cuándo?

—¿No quería saber lo del zurdo?

—¿Cuándo le vendría bien? —insistió Rabenhorst.

—El cuchillo me puso sobre la pista.

—Podría ir mañana por la noche. ¿Qué le parece a las ocho?

Cüpper resopló.

—Sigamos con el cuchillo, ¿vale? La acometida venía de atrás. Tal y como estaba ella tumbada, no hay ninguna duda. Supongamos que el asesino deja el arma para inducirnos a error; eso podría haberlo planeado. Pero no puede ir contra natura. Así que la coge del pelo con la mano derecha, le rebana el cuello con la izquierda, ella cae hacia adelante, él se inclina sobre ella y deja el cuchillo en el suelo. ¿A qué lado?

—Al izquierdo.

—Exacto. Ahí está.

—Podría haberlo hecho a propósito. Quizá sea un diestro particularmente refinado.

—Podría ser. Pero ¿lo cree usted?

—No. Bueno, así, ¿adónde vamos?

—Al italiano, por supuesto.

Rabenhorst refunfuñó y finalmente se salió con la suya. Cüpper, malhumorado, se pidió una agua mineral con gas mientras el camarero pasaba por su lado con jarras de kölsch, la cerveza típica de Colonia. Rabenhorst revolvía su estofado en busca de pasas.

—¿Qué? ¿Estropajoso?

—A mí me gusta —dijo Rabenhorst con tozudez.

—Bien, pues entonces retiro la invitación.

—¿Cómo? Si ni siquiera me había invitado.

—¡Claro que lo he hecho!

—No del todo.

—Mis motivos tendría. Es como echar margaritas a los cerdos. ¿Sabe realmente lo que nos falta, Rabenhorst?

—¿El asesino?

—Un renacimiento de la cocina coloniense, pedazo de bruto. Antes se preparaba el estofado a la vinagreta con carne de caballo. Se dejaba macerar tres días en vinagre, vino blanco y especias; luego se cocía a fuego lento y se regaba una y otra vez con su propio jugo, y las pasas eran como mínimo del tamaño de su cerebro. El guiso se acompañaba con albondiguillas. ¡Pero no de lata! ¿Sabía usted que las albóndigas no salen de las latas? ¿Ha reflexionado alguna vez sobre ello, Rabenhorst?

—Escriba un libro —dijo el inspector.

Cüpper miró fijamente su salchicha bockwurst.

—Es extraño —señaló al cabo de un rato—. Suele ocurrir que la gente no se lleve bien con sus padres, pero desear la muerte a su propia madre…

—Si no lo he entendido mal, Marion Ried no ha lamentado el asunto, pero tampoco lo deseaba.

—Yo no estaría tan seguro. —Cüpper meneó la cabeza—. Esa joven parece un tanto trastornada.

—¿Le extraña?

—Depende de cómo se mire. Su conducta tiene algo de neurótico. ¡Tanto odio!

—Parece que a la buena de Inka no la quería nadie.

—En efecto. Cuesta trabajo creerlo. Su marido recibe la noticia de su muerte encogiéndose de hombros, a Astrid Hasling seguro que le hubiera gustado rajarle ella misma la garganta…

—Quizá lo hizo —observó Rabenhorst.

—Sí, quizá.

—El tal Renz tampoco es que hablara precisamente bien de ella.

—Y la hija no tiene reparos en decir que su madre se merecía lo que le ha pasado. Debía de ser una persona verdaderamente encantadora. Bien. Veamos quién tiene coartada.

—Fritz von Barneck.

—Evidentemente. Renz también, por lo que parece.

—Pero ninguno más. El tal Schramm…

Cüpper negó con la cabeza.

—Olvídese de Schramm. Por mí puede investigarle, pero seguro que él no ha sido. Centrémonos para empezar en Astrid Hasling y Marion Ried. Una estaba borracha y la otra en el cine. Sin testigos.

—¡Jefe! ¡Cómo se va a cargar a su propia madre!

—Eche un vistazo a los mitos griegos y sabrá cómo se llevan a veces los parientes. Aunque yo no he dicho que fuera ella; todavía no he dicho nada.

—¿Y ahora qué hacemos?

—Vayamos a comisaría. A estas alturas tendremos algunos resultados. ¿No se termina eso?

—¿El qué?

—La carne. Tenga en cuenta que ha sido criada con amor y esmero en una gran fábrica. Luego habrá sido sometida, junto con un montón de hermanos y hermanas, a un baño ácido lleno de conservantes y otras exquisiteces y, a continuación, la habrán hervido hasta la saciedad y, tras dejarla enfriar, la habrán congelado y…

Rabenhorst apartó el plato.

—Vámonos.

Cüpper sonrió maliciosamente.

—Si le cuento a su madre que se ha comido eso, lo encierra en el sótano y no lo deja salir más.

Rabenhorst señaló a Cüpper con el índice.

—Tiene que invitarme sin falta a su casa.

—Lo pensaré.

Tras salir de la cervecería y regresar a comisaría, Cüpper se sentó en mitad del desesperante desorden de su escritorio. El informe decía que poco antes de las doce había sonado el timbre de varios vecinos del Bazaar, como si alguien hubiera apoyado la mano en el interfono, de modo que el supuesto asesino no tenía llave. Un método de acceder a la casa no especialmente astuto o, dicho de otro modo, propio de un idiota.

En cierta manera, demasiado idiota.

Lo que faltaba eran los resultados del examen de las huellas dactilares. En el preciso momento en que iba a meterle prisa a la policía científica, sonó el teléfono. Cüpper cogió papel. Era uno de sus agentes. Dos vecinos de la finca habían recordado que un italiano había llamado al timbre de su casa preguntando por la señora Von Barneck.

¡Otra vez el italiano! Evidentemente, solo habían pasado unos pocos minutos entre su encuentro con Astrid Hasling en la calle y ese suceso. La descripción era idéntica. De estatura media, delgado, bien parecido, vestido con elegancia, bigote. Una voz ronca, casi susurrante. Cortés, pero desgraciadamente desconocido.

Cüpper se quedó pensativo. Von Barneck tenía invitados procedentes de Italia que habían pasado la noche en su casa, pero ninguno de ellos llevaba bigote.

No obstante…

En ese momento se abrió la puerta de su despacho y Krüger asomó la cabeza agitando un montón de papeles.

—Resultados —anunció.

—¿Qué clase de resultados? —preguntó Cüpper, arisco.

—Huellas dactilares.

—Al fin. Qué lentos son ustedes.

—Somos minuciosos.

Krüger se acercó al escritorio del comisario y le plantó los documentos en lo alto de la montaña de papeles. Cüpper les echó un vistazo.

—¿Y bien?

—La Barneck y dos desconocidos. Uno de ellos toqueteó aquí y allá, de un modo bastante disperso. —Krüger arrugó la nariz—. Descartado como asesino.

—Digamos más bien como asesino inteligente —murmuró Cüpper—. Quienquiera que la asesinase pudo actuar de un modo pasional. A lo mejor no quería matarla, sino que llegó de visita y, de repente, decidió cortarle el cuello.

—Improbable —repuso Krüger sin alzar el tono.

Cüpper frunció el entrecejo.

—En otras palabras, las huellas del segundo desconocido estaban en el cuchillo, ¿no?

Krüger asintió con la cabeza.

Cüpper soltó un silbido.

—Entonces sí que estamos ante un aficionado. ¿Y dónde más?

—En el marco de la puerta.

Krüger señaló su carpeta y añadió:

—Está todo ahí. —Se volvió para marcharse, pero de pronto se detuvo—. Otra cosa —dijo—. La sangre del marco de la puerta procede de una mano izquierda. Son las mismas huellas que las del cuchillo, pero en el mango del mismo no había sangre; solo en la hoja.

Pocas veces Krüger había hablado tanto.

—Parece un guion malo —constató el comisario.

—Pues sí.

—Bueno, ¿cuándo me traerá el resto? El examen del grupo sanguíneo y todo lo que hayan encontrado: pelos, pelusas, elefantes…

—Mañana.

—Gracias —farfulló Cüpper en contra de su costumbre.

Había algo que no encajaba.

Al poco llamó Schmitz, el mayordomo de Von Barneck, preguntando si el comisario tendría la amabilidad de ir a Marienburg: el señor Von Barneck tenía que comunicarle algo, pero estaba demasiado ocupado como para abandonar la villa. «Mira tú por dónde —pensó Cüpper—. El león asoma la cabeza». Sin pensarlo demasiado, se metió en su coche. No le quedaba mucho tiempo. Poco después de las cinco aparecería Marion Ried para seguir con el interrogatorio.

Si es que acudía a la cita.

UN DOBLE

Lloviznaba sin cesar cuando Cüpper aparcó el coche delante del tupido seto de la finca, pero al mismo tiempo hacía un bochorno insoportable. Colonia estaba en coma y soñaba con una pesadilla húmeda e interminable en la que podía pasar cualquier cosa, siempre que fuera lo suficientemente horrible.

Se sacudió la lluvia del pelo, llamó al timbre, le abrieron y subió a la casa por el camino de gravilla. A la luz del día, el edificio parecía menos imponente, casi liviano. Nadie lo recibió. Esperaba que Schmitz apareciera en la puerta para rogarle que pasara, pero cuando entró en el vestíbulo por la puerta entreabierta, no vio una alma. La araña de cristal amenazaba desde el tragaluz. Miles de pequeños Cüpper se reflejaban en sus lágrimas de cristal. El comisario se acercó a la escalera y miró hacia lo alto; se oían voces procedentes de arriba.

—¿Cómo es que no lleva gabardina? —dijo una voz a su espalda—. Los policías de las películas siempre llevan gabardina.

Cüpper se volvió sobresaltado.

La mujer estaba apoyada en el marco de la puerta de la cocina, mirándolo despectivamente. Sobre los oscuros ojos, sus cejas delicadamente arqueadas le proporcionaban una expresión de asombro burlón.

—Porque no tengo. ¿Dónde está Von Barneck?

Ella sonrió y se separó de la puerta con un suave contoneo de caderas. Donde se unían las solapas de su blazer, una tenue sombra insinuaba el comienzo de los pechos. A cada paso, la falda se pegaba a su cuerpo como si tuviera vida propia. Simplemente su figura era un buen motivo para pensar en hacerse sastre. Franela de color antracita y nailon negro, una combinación casi perfecta, salvo por…

La mujer le tendió una mano cubierta por una manopla de cocina de un rojo intenso.

—Eva Feldkamp —dijo.

A Cüpper no le quedó más remedio que estrechar su mano derecha; además, besó galantemente la tela acolchada.

—Romanus Cüpper. ¿Me he perdido algo de los últimos desfiles de moda?

Ella se echó a reír. En ese mismo momento desapareció el hermetismo de sus rasgos. A derecha e izquierda de los ojos aparecieron las patas de gallo más seductoras que Cüpper había visto en su vida.

—Es el último grito. Probablemente no lea las revistas apropiadas, señor comisario.

—Dejémoslo en Cüpper.

—El criado ha ido a hacer recados a la ciudad, y su mujer está muy afanada haciendo una tarta tatin en la cocina. Cuando ha tocado el timbre yo acababa de sacar el molde del horno.

—¿Trabaja usted en la cocina? Francamente, no da esa impresión.

—Claro que no. Soy la secretaria particular del señor Von Barneck. Pero la idea de la tarta fue mía, así que estaba ayudando. ¿Le apetece un pedazo?

—¡Qué pregunta!

—Bien. Suba: encontrará al señor Von Barneck en el primer piso. Tiene visita.

—¿Visita?

—Por algo relacionado con ella. Suba. Yo me reuniré con ustedes más tarde.

—Un momento. Ya que estamos a solas, ¿hasta qué punto conocía usted a Inka von Barneck?

—Bastante bien.

—¿Tiene idea de quién ha podido matarla?

—¿Que si tengo idea? —Titubeó—. No sabría decirle.

—¿Pero?

—No hay peros que valgan.

—¿Le caía bien Inka von Barneck?

—No.

—¿Había alguien que la quisiera?

—Fritz. Por lo demás, Inka no era el tipo de persona a la que se quiere. Uno sucumbía a ella, se dejaba utilizar y luego, en algún momento, era abandonado.

—¿Quién sucumbió a ella? ¿Quién se convirtió en su víctima?

—Eso no deberíamos hablarlo precisamente aquí. Nos llevaría mucho tiempo y después tendría usted demasiados sospechosos. Si le gustan las sorpresas, vaya arriba.

Cüpper la observó alejarse en dirección a la cocina. El ruido de sus zapatos de plataforma se clavó en sus oídos.

Obedientemente, subió la escalera. Una de las puertas de hojas batientes que había a lo largo del primer piso se abrió, y Cüpper divisó la mata de pelo blanco de Fritz von Barneck. El millonario le hizo una seña para que se acercara. Lo cogió del brazo sin hablar y lo metió en la habitación, un despacho enorme lujosamente amueblado con un amplio escritorio en el centro. Junto a la ventana, de espaldas a ellos, había un hombre de pelo corto color castaño.

—¿Puedo ofrecerle algo? —preguntó fríamente Von Barneck.

—No, gracias.

—Le habrá costado trabajo evitarla. Eva es de la opinión de que debe obsequiar a Dios y a todo el mundo con su generosidad.

—Me ha parecido muy atenta.

Von Barneck sonrió mientras clavaba en el comisario sus ojos grises con la misma frialdad e indiferencia que la noche anterior.

—Bueno, tome asiento. Tendrá que perdonar mi descortesía; como imaginará, todavía no estoy demasiado centrado.

Cüpper se encogió de hombros y se hundió en una butaca de piel roja.

—¿De verdad no quiere tomar nada?

—Me temo que no.

—Pues su temor está justificado.

Von Barneck rodeó el escritorio y accionó un interruptor oculto. Entonces, súbitamente, detrás de él se desplazó un panel de la pared y aparecieron algunos metros cuadrados de ámbar reluciente.

—Trescientas sesenta y cinco clases de whisky, casi todas escocesas. Una para cada día del año. Es una verdadera pena que no pueda beber.

—Dime una razón para venir aquí en una visita de carácter privado y en un día me beberé lo de todo el año.

—No lo creo.

El panel se deslizó nuevamente hasta su sitio original. Cüpper se preguntó qué impulsaba a los ricos a esconder cosas detrás de las paredes. Mientras tanto, el millonario tomó asiento frente a él y lo miró pensativo.

—Anoche debió de extrañarse —dijo.

—¿Por qué habría de hacerlo?

—Estuve parco en palabras. Ya sabe, el susto…

—No tuve la impresión de que estuviera usted demasiado asustado… — opinó Cüpper, que al cruzar las piernas se hundió aún más en el sillón.

—¿Sino?

—Aburrido sería más apropiado.

Von Barneck se miró las puntas de los dedos y las juntó con cuidado. Se oía el tictac de un reloj.

—Verá, señor Cüpper, tengo mucho interés en que no saque una idea equivocada de la situación. Con este fin he decidido presentarle a alguien aunque, digamos, me delate un poco. ¿Max?

El hombre de la ventana se volvió hacia ellos. Cüpper iba a decir algo, pero se quedó sin habla.

—Saluda, Max —dijo Von Barneck con una sonrisa de satisfacción.

El hombre se acercó a Cüpper y le sonrió con amabilidad.

—Me alegro de conocerlo, señor comisario.

Cüpper miró irritado a uno y a otro. Von Barneck apoyó la barbilla en las manos y lo observó con los párpados entornados.

—¿Y bien? —dijo finalmente—. ¿Qué le parece?

—Su hermano gemelo —conjeturó Cüpper.

—Los hermanos gemelos se parecen entre sí. En este caso eso sería quedarse un poco corto, ¿no le parece?

Cüpper se levantó del sillón y se acercó al que tenía enfrente. Prescindiendo del color y del corte de pelo, tenía delante a un segundo Von Barneck. El millonario tenía razón. No se parecían entre sí; eran iguales.

Clavados.

—Max Hartmann es mi doble —dijo Von Barneck—. No voy por ahí contando la historia, de modo que tenga la amabilidad de utilizar sus conocimientos con moderación. El motivo de mi franqueza le será revelado en seguida.

Cüpper rodeó a Hartmann y luego se acercó a Von Barneck. Durante un rato se oyó el tictac del reloj.

—Está bien —dijo finalmente—. ¿Quién de los dos lleva el asesinato de su mujer sobre su conciencia? ¿Él o usted?

—La pregunta era previsible, de ahí esta reunión. Yo no tenía ningún motivo para hacerle daño a Inka, y Max tampoco. Pero eso usted no puede saberlo. Cualquiera puede ser sospechoso, ¿verdad? ¿Y qué sería más sencillo que buscarse una coartada a través de un doble? Entre nosotros, las pocas personas que saben de la existencia de Max están condenadas a guardar un silencio incondicional. De modo que usted nunca se habría enterado de ello.

—De modo que usted nunca se habría enterado de ello —repitió Max al tiempo que se desplomaba en una butaca con una voz idéntica a la de Von Barneck.

—Sabe simularla —le explicó el millonario—. Antes de que me pregunte por qué le revelo mi secreto, le diré que me gusta jugar con las cartas al descubierto.

—A mí también —lo secundó Max, esta vez con su propia voz—. Como es natural, Fritz y yo queremos saber quién tiene sobre su conciencia la muerte de Inka. Pero no queremos que siga una pista falsa. Busque a su asesino, pero búsquelo donde esté.

—¡Un momento! —Cüpper alzó los brazos—. Vayamos por partes. Bien, de modo que tiene un doble. ¿Se puede saber para qué?

—Sí —asintió Von Barneck—. Se lo contaré. Verá, mis medios y mis posibilidades me permiten tener cierta influencia en la vida pública. Hay algunas cosas que he cambiado en los últimos años y que pienso seguir cambiando. Pero no sabe lo obstinada que es la gente. Una vez que tienen una visión de las cosas, ya puede prepararse para lidiar con ejércitos de suspicaces militantes que, por ejemplo, sostienen la opinión de que el barrio de Eigelstein, bombardeado y deteriorado, con sus viviendas amenazadas de ruina y sus tienduchas, tiene algún valor cultural. Si lo que le preocupa es algo así como la rehabilitación urbana y traslada sus actividades a la política, se convierte en peligroso para algunos retrógrados. Los palurdos son los peores terroristas. Hace unos tres años, me dirigía al ayuntamiento de Colonia cuando unos cuantos de esos terroristas me hicieron detener el coche, me sacaron de él a empujones e intentaron secuestrarme en plena calle. Me pusieron una pistola en la cabeza, lo que, dicho sea entre nosotros, es una de las experiencias menos recomendables que puede tener una persona. En aquella época yo era el principal promotor de un proyecto de demolición de cierta envergadura de la Südstadt. Se trataba de cambiar unas míseras ratoneras por viviendas bonitas y luminosas, pero esas personas eran de otra opinión. Les encantaban las ratoneras, les gustaba vivir en esos cuchitriles apestosos sin pagar ninguna renta porque creían seriamente que la sociedad valoraba lo miserable y pestilente. Como podrá imaginar, sus métodos también eran miserables. Pues bien, cuando estaban a punto de meterme en su camioneta destartalada, apareció un coche patrulla. Pura casualidad. Empecé a gritar, me derribaron y me dieron varias patadas en la barriga. —Von Barneck, que estaba muy cerca de Cüpper, bajó la voz—. Eso no estuvo bien, ¿sabe? Y a los agentes tampoco les pareció bien. Se apearon del coche y cumplieron con su deber, aunque por desgracia hubo algunos huesos rotos. Intento de secuestro, amenaza con una arma… Eso no se hace. Ahora esos individuos están entre rejas. Pero yo sigo dedicado a mi profesión y tengo cada vez más pesadillas. Y como es natural, cada vez tengo también más enemigos. No es que sea un cobarde, pero hay una serie de actos públicos en los que no me gusta participar. Son demasiado peligrosos.

—¿El barrio de Eigelstein? —aventuró Cüpper.

—Eigelstein. Habrá leído acerca de él. Estoy negociando con la ciudad, y hay unos cuantos que son de la misma opinión que yo. Podríamos convertir todo Eigelstein en un mundo nuevo, con apartamentos de lujo, restaurantes elegantes y amplias zonas peatonales flanqueadas de árboles. ¿Acaso no resulta apetecible? Pues no: día tras día recibo cartas anónimas en las que se me insulta y se me amenaza con toda clase de horrores.

—Y ya no se atreve a salir de casa.

Von Barneck hizo una mueca de desprecio.

—¡Pues claro que no! —intervino Hartmann—. Dios sabe que Fritz no es un cobarde. Pero tiene que entenderlo. Eigelstein no es su único proyecto. Tal y como suele pasarle a la gente con iniciativa, Fritz resulta incómodo, y además nada en la abundancia. Vive en continuo peligro de ser secuestrado o asesinado a tiros en plena calle.

—Entonces usted también.

—Pues sí —Hartmann sonrió—. Pero ese es mi oficio.

—¿Durante las veinticuatro horas del día?

—No tanto. Depende de lo que se trate.

—¿Y anoche?

—Anoche libraba.

—¿Está usted seguro? ¿Quién fue entonces el anfitrión? ¿Usted o su jefe?

Hartmann negó con la cabeza.

—Es cierto que tuve el día libre.

—Bien. ¿Dónde estuvo?

—En casa de una mujer. He ahí el problema. Tengo que pedirle que simplemente me crea, porque solo le revelaré el nombre de la mujer en caso de extrema necesidad. No quiero comprometer a nadie, ¿sabe lo que quiero decir?

Cüpper meneó la cabeza y les dio la espalda a los dos. Lentamente empezó a recorrer la habitación hasta que se detuvo delante de una esbelta columna negra frente a cuyo pedestal había un jarrón de porcelana que parecía chino. «Debe de ser carísimo —se dijo—. Todo lo que hay aquí tiene pinta de ser terriblemente caro». Se mordió el labio inferior y dio media vuelta. Ahora Von Barneck estaba junto a Hartmann: dos caras idénticas vueltas esperanzadamente hacia él, la una coronada por una mata de pelo blanco que le caía sobre la frente y le llegaba hasta los hombros, y la otra por un cepillo de color castaño. Cüpper sintió cierto desconcierto; estaba perplejo.

—¿Y bien? —preguntó—. ¿Qué esperan que haga ahora?

—Encontrar al asesino de Inka —dijo Von Barneck.

—¿Realmente le importa tanto?

—Sí. Mi mujer y yo casi siempre hemos vivido separados. Ya no nos entendíamos. Y para ser sincero, su muerte me afecta menos de lo que debería. Posiblemente, ella misma tuvo la culpa. Pero no deja de ser un asesinato, y un asesinato es mala prensa. No quiero tener cuentas pendientes con nadie.

—Ajá. De manera que debo encontrar al asesino para que todo le vaya bien a usted.

—Si quiere verlo así…

—No es solo eso —intervino Hartmann—. En algún lugar de Colonia hay un asesino suelto cuyos motivos desconocemos. Alguien que podría matar por segunda vez. Y naturalmente porque nadie tiene derecho a cargarse a Inka de un modo tan brutal, independientemente de lo que ella le haya hecho.

—Naturalmente —convino Cüpper.

—No me deje colgado, señor comisario —dijo Von Barneck con voz temblorosa.

—Una cosa es esclarecer un asesinato —observó Cüpper—, y otra muy distinta salvaguardar sus intereses. Yo no puedo trabajar al servicio de su buena fama.

—Oh, sí, yo creo que sí.

—¿A qué se refiere?

—Quiero decir que el director de la policía va al mismo restaurante que yo.

—¿Ah, sí?

—Sí.

—Estupendo. Pues salúdelo de mi parte, y dígale que yo hago mi trabajo.

—Lo que le diga depende por completo de usted.

—Vaya. —Cüpper notó cómo se le erizaban los pelos de la nuca—. Bien. Entonces le explicaré una cosa en un lenguaje comprensible. Si uno de ustedes dos es el responsable de la muerte de su mujer, no aparecerá por determinados restaurantes durante un largo período de tiempo. ¿Me he expresado con claridad?

Von Barneck lo miró fijamente. Hizo un gesto involuntario con la barbilla y luego sonrió sin ganas.

—Estoy seguro de que es usted un policía excepcional. Yo lo único que quiero es proteger mi imagen. En caso de que necesite mi respaldo, huelga decir que estaré siempre a su disposición.

—Yo también —se apresuró a añadir Hartmann.

Cüpper asintió de mal humor. Se disponía a decir algo acerca de las consecuencias que acarrearía su falta de cooperación, pero entonces percibió un olor a manzanas caramelizadas y oyó una voz cantarina:

—¡Tarta tatin!

Eva Feldkamp lo miró con expresión radiante. Bastó con ver el pastel humeante de hojaldre y fruta para que la cólera de Cüpper se disolviera como el azúcar en el que se habían hecho a fuego lento las rodajas de manzana. Le dirigió a Eva una mirada angustiada, dudó un momento y luego pasó por su lado a grandes zancadas en dirección a la calle.

¡Tarta tatin! ¡Restaurantes! ¡Citaría a toda esa pandilla en la comisaría!

—¿Adónde va? —dijo ella a su espalda—. ¿No tiene hambre?

—¡Que se la coma su jefe! —vociferó él saltando dos escalones a la vez.

—¡Pero si era para usted!

—A él le sentará mejor. ¡Le gusta quemarse el hocico!

—Ha sido él. ¡Ha tenido que ser él! —Cüpper caminaba arriba y abajo de su despacho como si quisiera abrir un surco en el suelo.

—Tiene una coartada —objetó Rabenhorst—. Y en lo que se refiere a sus ansias de venganza, no creo que sirvan para una detención.

—¡Una mierda es lo que tiene!

—Bueno, bueno.

—No me interrumpa. Cerdo miserable… Va y me presenta tan campante a su doble como si con eso se arreglara todo. Mientras Hartmann atendía a los invitados, pudo haberse cargado con toda tranquilidad a su mujer. Como sabía perfectamente que tarde o temprano se descubriría la existencia de Hartmann, ha pasado a la ofensiva. Tendría que haberlo oído, Rabenhorst. ¡Menudo canalla!

—Jefe, ¿por qué iba a matar Von Barneck a su mujer? Es uno de los hombres más ricos de la ciudad. Vivían separados. Y tiene una coartada.

—Chorradas. Hartmann se pone una peluca y ya no hay quien lo distinga de su jefe. Así de sencilla es la cosa.

—Creía que Hartmann estaba con una mujer.

—¡Rabenhorst, maldita sea! Eso es lo que él afirma, ¿y qué?

—Hasta que usted demuestre lo contrario, tiene una coartada. Y también Fritz von Barneck.

Cüpper se detuvo ante él balanceándose sobre sus talones. Finalmente, se dio por vencido y volvió a su escritorio.

—Bueno, vale, tiene razón. Es que estoy muy cabreado.

—De todos modos, es posible que fuera él.

—Sí —murmuró Cüpper sin ganas—. Es posible.

De pronto, el intercomunicador soltó un zumbido.

Seguir: parte 3 de 3