Invasión

David Roas · Capítulo 1 de 18

Páginas del PDF

Invasión

Objetos

LA CASA VACÍA

 

La imaginación podía concebir casi cualquier cosa

en relación con aquel lugar.

H. P. Lovecraft, En las montañas de la locura

Era la primera ardilla que veías en el destartalado jardín, tras dos meses asomándote por allí casi a diario. Algo muy raro, porque en el barrio no hay jardín público o privado que no esté invadido por esos animalitos. Te has llevado más de un susto en tu apartamento al descubrir la cara de alguna de ellas observándote fijamente desde el otro lado de la ventana.

La ardilla correteaba por los límites del cuidado césped de la casa vecina cuando, a punto de cruzar la invisible frontera que separa ambas parcelas, se quedó inmóvil durante varios segundos. Quizá escuchaba u olfateaba alguna amenaza, porque, de improviso, dio un salto mortal y salió trotando en dirección contraria para refugiarse entre las ramas más altas de un enorme roble.

En otro momento, en otro lugar, su reacción te hubiera parecido simple casualidad. Aquí no. El comportamiento de la ardilla parecía confirmar la irracional aversión que la casa había empezado a provocarte. Poco después, comprobarías que en aquel jardín tampoco se posaban los pájaros.

Al principio, todo fue muy diferente. La casa y su jardín te parecieron un gran chiste en medio de un barrio tan ordenado y pulcro como College Hill: vecinos de clase media, muchos de ellos profesores de la Universidad de Brown, calles tranquilas, casas de estilo georgiano con elegantes porches de madera, soberbias mansiones de los siglos XVIII y XIX, jardines de céspedes impolutos y arriates de flores metódicamente alineados. Un barrio donde la gente pasea relajada y te da —sin conocerte— los buenos días acompañados —si el tiempo lo merece— de un alegre What a beautiful day!, o te lanza una de esas amplias sonrisas que en tus primeros días en Providence te dejaban descolocado, pues las emitía un desconocido, pero a las que enseguida te acostumbraste y aprendiste a devolver de un modo automático: un gesto que siempre has traducido como Hola-extraño-te-dedico-esta-sonrisa-porque-confío-en-que-no-eres-un-asesino-y-para-que-veas-que-yo-tampoco-lo-soy. O quizá todo es más sencillo y se trata de gente amable (algo a lo que ya no estás habituado).

La casa no debía estar ahí. Su insensato diseño rompía la armonía de la calle, del barrio. Y eso te gustó.

El descuidado jardín, por comparación con sus aseados vecinos, te cautivó desde el primer instante: densas matas de hierbajos proliferaban sin orden ni concierto entre restos de parterres demolidos por el tiempo; matojos de ortigas reñían con arbustos raquíticos a la sombra de un frondoso arce que crecía demasiado cerca de la fachada delantera; plantas que no lograste identificar brotaban de baldes de metal medio enterrados en el suelo. Entre la maleza se dibujaba un estrecho sendero que llevaba hasta los escalones de un desvencijado porche de madera, junto al cual habían plantado un abeto medio seco con ajados adornos navideños (las lucecitas estaban apagadas). A tu derecha, casi tocando el impecable jardín vecino, asomaba lo que parecía un tosco gallinero (cuyo único inquilino tardarías en descubrir), junto al cual reposaba una oxidada —y por ello inútil— barbacoa, el mismo trasto que has visto en todas las casas del barrio: no hay fin de semana que el aire no se sature del olor a carne a la brasa.

El desaliñado exterior de la vivienda armonizaba perfectamente con el jardín: la planta baja estaba construida con el ladrillo rojo habitual en las casas vecinas, que aquí aparecía deslucido y quebradizo, aspecto semejante al que presentaban las mohosas láminas de madera que cubrían las paredes del primer piso y de la buhardilla. Los cristales de las ventanas del sótano estaban tapizados con papel de periódico. De un pequeño balcón colgaba una bandera estadounidense destrozada y mugrienta, una estampa nada patriótica si la comparabas con las muchas — demasiadas— enseñas nacionales que ondean esplendorosas en mástiles y tejados. Los habitantes de la casa, sospechaste, debían de ser gente muy peculiar. Y también muy cutre, a juzgar, sobre todo, por la estancia que habían añadido a la planta baja, construida en triste hormigón gris, y por el enorme tubo de aluminio que, partiendo de un roñoso aparato de aire acondicionado, recorría toda la fachada como si fuera la salida de humos de un bar. Los vecinos no debían de sentirse muy felices conviviendo con aquel monumento a la dejadez.

Te pareció una feliz casualidad que la casa estuviera en Angell Street, la calle que vio nacer a H. P. Lovecraft, a quien debías tu viaje a Providence. Gracias a una beca, ibas a pasar tres meses investigando sobre su obra en las increíbles bibliotecas de la Universidad de Brown. El azar también te deparó que la vivienda que alquilaste en Wayland Square estuviera a muy pocos metros de donde mucho tiempo atrás se hallaba la casa natal del escritor, ahora convertida en un insustancial bloque de apartamentos.

Cada día, después de pasar ocho horas encerrado en la John Hay Library, tomaste por costumbre dar un largo paseo por el barrio para despejarte y estirar las piernas un rato. Un pequeño ritual que te llevaba a recorrer, con infantil emoción, las mismas calles por las que tantas veces habías transitado en los cuentos de Lovecraft: Angell, Prospect, Benefit, Thomas, Williams, Barnes… De vez en cuando, antes de regresar a tu apartamento, te acercabas hasta la extraña casa, movido por la curiosidad de saber quién vivía ahí, por conocer qué tipo de gente había creado aquel desastre. Pero, pasaras a la hora que pasaras, la casa siempre se mostraba sin vida.

Aunque no hacía falta ser Sherlock Holmes para darse cuenta de que el lugar no estaba deshabitado: los cristales de las ventanas se veían intactos, sus paredes no lucían grafiti alguno ni se veían las esperables acumulaciones de escombros y desperdicios entre la selvática maleza, sin olvidar que el sendero estaba limpio de plantas, lo que evidenciaba que seguían usándolo. Y el buzón —ahí fuiste perspicaz — no estaba lleno a rebosar de propaganda, síntoma inequívoco de la ausencia de inquilinos: no hay día en que al regresar a tu apartamento no debas vaciar el tuyo de montones de anuncios y folletos publicitarios. Lo que no esperabas fue el nombre que aparecía toscamente escrito a mano en uno de los laterales del buzón: Gilman. Quizá se trate de un apellido común en Nueva Inglaterra, pero verlo allí te hizo sonreír al ver invocado de nuevo el espectro de Lovecraft, y por partida doble, pues el autor bautizó Gilman House al siniestro hotel al que va a parar el protagonista de su sobrecogedor relato «La sombra sobre Innsmouth», y Walter Gilman es el nombre del personaje cuyas terribles aventuras se narran en «Los sueños en la casa de la bruja».

El ritual de tus visitas también incluía —sigue haciéndolo— tomar varias fotos con el móvil, que después revisabas con calma en el ordenador. No querías detenerte demasiado rato delante de la casa y, con ello, despertar los recelos de sus moradores y vecinos, y menos siendo extranjero. Tu cerebro evocó algunos tópicos de la mitología yanqui: el tipo airado que sale a amenazarte apuntándote con un Winchester para que abandones inmediatamente su propiedad (aunque dudas de que eso pueda ocurrir en la civilizada Nueva Inglaterra); o el rudo policía que aplasta tu cuello bajo su musculosa rodilla tras haber sido alertado por algún vecino asustadizo (aunque los polis de aquí te parecen mucho más amistosos que los que suelen aparecer en los telediarios).

De vuelta a tu apartamento, volcabas las fotos en el ordenador y las revisabas sin prisa, ampliándolas, buscando algún detalle que se te hubiera escapado en el rápido examen que disimuladamente realizabas de la casa. Así te diste cuenta de que el jardín aún tenía muchas cosas que mostrar.

El primer objeto en aparecer fue el inesperado inquilino del gallinero: un flamenco de plástico rosa que, al principio, te pareció muy cómico y corroboró tu primera hipótesis sobre los habitantes de aquella casa. Una imagen grotesca que habría encantado a John Waters.

Junto a los escalones del porche, descubriste un triciclo infantil rojo, tan oxidado como la barbacoa. Semanas después, seguía en el mismo lugar, sin que nadie lo hubiera movido ni un milímetro.

Los baldes semienterrados en el suelo también encerraban una sorpresa que, de nuevo, te había pasado desapercibida por culpa de la frondosa vegetación. En cada uno de ellos, quizá imitando a los típicos enanitos de jardín, habían colocado un muñeco: imágenes en miniatura de los superhéroes de cómic, algunos en un estado bastante cochambroso. Gracias al zoom descubriste a Thor, Spiderman, Hulk y Iron Man.

El último de esos hallazgos estaba a los pies de la barbacoa: una sucia mochila infantil decorada con el lema When I grow up I want to be a pirate. Un objeto que nadie ha retirado todavía de allí.

Como piezas de un puzle, aquellos objetos —unidos al aspecto calamitoso de la casa y el jardín— empezaron a encajar entre sí y proyectaron en tu mente la imagen de un individuo huraño (al que no tardaste en añadir una mirada turbia, pelo enmarañado y vestimenta desastrada), un pobre tipo al que su familia habría abandonado tras algún terrible drama cuyos vestigios más evidentes estaban en el triciclo, los superhéroes y la mochila olvidados entre la maleza.

La casa había añadido cierta animación a la monótona vida que llevabas en Providence. Sin obligación de impartir clases, tus días transcurrían solitarios encerrado en la biblioteca, salvo esporádicos encuentros con algún que otro profesor para compartir un ligero almuerzo aún más fugaz. Pasabas jornadas enteras sin soltar una palabra, más allá de la mínima conversación con la encargada de la cafetería self-service situada en el hall de la Rockefeller Library: Good morning. Good morning. Just a coffee? Yes, thank you. Two dollars. Have a nice day. You too. Bye. Bye.

Te acostumbraste enseguida a una vida rutinaria y metódica que no era tan diferente de los hábitos y obligaciones de tu vida real. Tampoco te importaba demasiado el aburrimiento al que te condenaban tu soledad y, sobre todo, tu escaso interés por establecer relaciones que finalizarían con tu vuelta a casa. Lo único que te importaba era sacarle el máximo partido a tu investigación, antes de regresar a tu raquítica universidad.

Aun así, decidiste que los fines de semana, para descansar del invariable trabajo en las bibliotecas, los dedicarías a visitar otras ciudades cercanas, también cargadas de literatura: New Bedford, Boston, Nantucket…

Si, pese a todo, te quedabas en Providence, seguías recorriendo los muchos lugares vinculados a las ficciones de Lovecraft, paseos que solían incluir Gilman House (así la bautizaste como irónico homenaje al escritor), justo antes de regresar a tu apartamento. Poco a poco habías convertido la historia de su dueño en un tópico melodrama de Hollywood: una carrera universitaria truncada por la tragedia familiar, el inevitable descenso a los infiernos del alcohol, el trato cada vez más agrio con los vecinos (y el vacío de estos como respuesta), el jardín abandonado como reflejo de su propio abandono físico y mental, la cocina abarrotada de platos sucios y cacerolas con restos de comida, un calendario roñoso colgado en la pared detenido en el mes de marzo de 2010.

El descubrimiento del pequeño cobertizo modificó el escenario y con él los personajes, el argumento y el género del relato. El melodrama se convirtió inevitablemente en una historia de serial killers.

Nunca habrías reparado en el cobertizo si no hubieras ampliado una de las muchas fotos que tomaste del jardín. Aunque solo podías ver una pequeña parte (el resto lo ocultaban la propia casa y los arbustos cada vez más altos del jardín delantero), era evidente que se trataba de una construcción de madera de un par de metros de altura pintada de un alegre color violeta, cuyo aspecto bien conservado no encajaba entre tanta decrepitud. Tu imaginación volvió a hacer de las suyas. Aquel cobertizo era el lugar ideal para mantener a alguien oculto. Un alguien que, además, no sería el primero: no tuviste que esforzarte mucho para convertir los baldes semienterrados del jardín en marcas que disimulaban las tumbas de los anteriores huéspedes del cobertizo y advertían al asesino del terreno ya ocupado.

Google te ayudó a recordar alguna de las muchas historias que habías leído sobre psicópatas reales. Como la del inglés Fred West, quien, entre 1967 y 1987, con la ayuda de su mujer, violó, mató y enterró en su casa al menos a doce mujeres; o la de Dorothea Hellen Gray, dueña de una casa de huéspedes en la que acogía ancianos a quienes, tras robarles, asesinaba y enterraba en su patio (asumió haber matado a nueve a lo largo de los años ochenta). Aunque tu preferido era John Wayne Gacy, más conocido como «Pogo, el payaso» (se dedicaba a amenizar fiestas infantiles), al que la serie American Horror Story había homenajeado en su cuarta temporada; Gacy violó y asesinó a treinta y tres hombres jóvenes entre 1972 y 1978, veintiséis de los cuales acabaron enterrados en el sótano de su casa.

Sentado frente al ordenador, imaginaste lo sencillo que debía de ser seleccionar a tu víctima, atraerla a casa, encerrarla en el cobertizo y, tras torturarla y/o violarla, enterrarla despreocupadamente en el jardín, cuyo caos disimularía la presencia de las tumbas. Aunque quizás aquel tipo usase también el sótano, de ahí el haber cegado sus cristales con papel de periódico. College Hill es un barrio de gente tranquila en el que no quedan ventanas iluminadas después de medianoche.

El nuevo personaje modificó tu interés por la casa: ahora tus ojos escudriñaban con atención el jardín en busca de algún cambio. De alguna tumba reciente. Pero, como era de esperar (y así lo confirmaron las fotos que ibas tomando), la única alteración que se percibía era el esperable (y descontrolado) crecimiento de las plantas.

En alguna ocasión, sentiste la absurda tentación de cruzar el jardín y acercarte al cobertizo, apoyar tu oreja en la madera y escuchar.

Todo cambió el día en que acabaste ante Gilman House sin proponértelo.

Llevabas un par de semanas sin visitar la casa, aburrido de su mutismo. El serial killer había dejado de pasearse por tu imaginación, como antes lo había hecho el padre traumatizado por el terrible drama familiar. Era mejor dejar que tu fantasía deambulara por los decorados lovecraftianos que Providence te ofrecía y de los que nunca te has cansado: la mansión Fleur de Lys, en la que el artista Henry Wilcox soñó con Cthulhu; la imponente Saint John’s Cathedral; The Halsey House, hogar de Charles Dexter Ward… En ciertas ocasiones, dando un largo paseo, dejabas College Hill y, cruzando el río Providence, te acercabas hasta Federal Hill, barrio en el que ya en tiempos de Lovecraft se asentaba la comunidad italiana y que siempre describió como un espacio maldito y degradado (el racismo tiene esas cosas); paseando por sus calles, lamentaste que ya no estuviera en pie la Saint John’s Roman Catholic Church, donde la Secta de la Sabiduría de las Estrellas adoraba al Morador de las Tinieblas.

Ese día habías cambiado tu rutina de trabajo. La excusa de revisar varias adaptaciones gráficas de cuentos de Lovecraft te permitió conocer la biblioteca de The Athenaeum, otro lugar cargado de literatura por el que incluso había pasado Edgar Allan Poe. Habías ido aplazando la visita y la dificultad de conseguir los libros en la colección de la John Hay Library fue el pretexto perfecto para pasar unas horas en aquel lugar fascinante.

Justo en el momento en que abandonabas el edificio, empezó a lloviznar. Como las nubes presagiaban tormenta, aceleraste el paso mientras buscabas en Google Maps el camino más rápido: tomar George Street, girar por Brooks, tomar Waterman a la derecha hasta Wayland Avenue y de ahí directo a Wayland Square. Muy fácil.

Todavía no te explicas cómo acabaste frente a Gilman House. Quizá te despistó la tormenta. Quizá fue la prisa por llegar a tu apartamento. Lo único cierto es que el camino elegido no pasaba ni de cerca por Gilman House. En ese momento no le diste importancia a tu desorientación.

Bajo la tormenta, la casa perdía sus formas. Parecía más vacía y solitaria que de costumbre.

Llegaste a tu apartamento completamente empapado. Mientras te secabas, bromeaste sobre tu torpeza por no haber desconectado el piloto automático y haber dejado que la inercia guiara tus pasos. No es fácil perderse en un barrio tan ordenado como College Hill. O quizá —pensaste dejándote poseer por el espíritu de Lovecraft — aquella casa malsana y espectral reclamaba tu atención tras un par de semanas de olvido.

Dos días después volviste a aparecer, sin pretenderlo, frente a Gilman House. Y eso ya no te resultó divertido. Sobre todo, porque después siguió ocurriendo. Por mucho que estuvieras atento al camino, por mucho que improvisaras aleatorios recorridos, tus pasos acababan conduciéndote hasta la casa. Del desconcierto no tardaste en pasar a la inquietud.

Quizás eso —te dijiste— ya te había ocurrido en otras ocasiones y no te habías dado cuenta. Preocupado por descubrir a los esquivos inquilinos —ya fuera en su encarnación melodramática o bajo el aspecto de asesinos en serie—, no te apercibiste de que Gilman House te había atrapado y empezaba a obsesionarte. Aunque era absurdo aceptar que tomases el camino que tomases, este te llevara hasta allí. Demasiadas horas leyendo a Lovecraft, demasiado tiempo a solas contigo mismo. Acudieron a tu mente los muchos cuentos que el autor dedicó a extrañas casas que ejercen una terrible influencia sobre los que las visitan, lugares que encierran oscuros secretos, como ocurre en «Los sueños en la casa de la bruja», «La casa evitada» y «El alquimista».

Buscaste una explicación racional, algo a lo que agarrarte: tus paseos te conducían ante la casa porque tu mente necesitaba comprobar que todo seguía igual, que Gilman House no era más que una casa vacía que tu imaginación había ido rellenando con personajes tópicos y argumentos aún más banales.

Fue entonces cuando tuvo lugar el episodio de la ardilla. Y tu mente de inmediato transformó lo que no debía de ser más que el caprichoso comportamiento de un roedor en un signo de que Gilman House escondía algo más que una simple vivienda vacía. Porque era evidente que la ardilla tenía miedo de pisar el jardín. Eso podía explicar la injustificable ausencia de tales animalitos dentro del perímetro de la casa. Revisaste las muchas fotos que habías tomado del jardín y comprobaste con asombro que en ellas jamás aparecía una ardilla. Sin embargo, esas mismas fotos te mostraron a varias de ellas correteando por los jardines colindantes. Fue entonces cuando te diste cuenta de que tampoco aparecía pájaro alguno moviéndose entre las plantas del jardín o posado en las ramas del arce.

La casa ha dejado de ser una simple anomalía en medio de la ordenada corrección del barrio y se ha convertido en un lugar amenazador que te provoca una incontrolable aversión. Pero ello no te ha impedido volver a vigilarla. Incluso has investigado sobre ella. Pero la búsqueda en Google «201 Angel Street» no ha revelado ningún dato siniestro —ni tampoco normal— sobre el lugar.

Protegido por las sombras, estas últimas noches has permanecido largo rato espiando Gilman House, tratando de no despertar sospechas. Pero, como siempre, la casa no ha salido de su mutismo. Y eso no te ha calmado. Sin dejar de experimentar una creciente angustia, también te has sentido ridículo ante esta obsesión —no dejas de decírtelo una y otra vez— por lo que no es más que una simple casa de aspecto lamentable.

Hoy tu estancia en Providence llega a su fin. Y no puedes marcharte sin hacer una última visita a Gilman House. Como despedida y como confirmación de que todo lo que has fantaseado en estos meses no es más que eso: pura imaginación.

Casi te ríes al ver que hay luz en una de las ventanas de la planta baja. ¿Una última jugarreta de la casa? Otro pensamiento absurdo. Simple azar.

Aun así, necesitas echar una ojeada. Animado por saber que es la última vez que vas a estar ante la casa, sorprendido de tu audacia, empiezas a recorrer el mínimo sendero. Sabes que lo que vas a hacer es estúpido, pero al mismo tiempo te sientes eufórico por atreverte a pisar el jardín. Te deslizas sigilosamente hasta la ventana iluminada, tratando de hacer el menor ruido, los sentidos alerta, preparado para echar a correr ante la menor amenaza.

Solo han sido unos segundos, pero te han parecido horas. Respiras de forma entrecortada. Protegido por las frondosas ramas del arce que se apoyan en el cristal de la ventana, te asomas muy despacio. Pese a lo que esperabas, el interior nada tiene que ver con el exterior. La habitación está limpia y ordenada, las paredes están recubiertas de estanterías blancas de IKEA repletas de libros, un par de sofás bien conservados. Una estancia normal, como cualquier otra, como tu propio apartamento.

Al fondo de la habitación, ante la ventana que da a la fachada lateral de la casa, hay un hombre sentado junto a una mesa. Está de espaldas, escribiendo en un ordenador portátil, ajeno a tu presencia al otro lado del cristal. Sobre la mesa hay varios libros. Sientes un pequeño escalofrío al leer el nombre de Lovecraft en la portada de alguno de ellos. Otro azar.

Es en el momento en que levanta la cabeza y te mira, cuando sabes que todo aquello no puede estar sucediendo. Su gesto de desconcierto debe de ser el mismo que se acaba de dibujar en tu rostro. Aturdido por la visión, te quedas paralizado, como aquella ardilla que no se atrevió a pisar el caótico jardín. Antes de que el hombre se mueva, tomas una foto y sales corriendo sin mirar atrás, agarrando el móvil con fuerza, atemorizado por la posibilidad de perderlo, dudando de que aquella foto imposible haya quedado registrada en la tarjeta de memoria.

Cuando llegas a tu apartamento, no te atreves a revisar la foto, aunque, por seguridad, copias en el ordenador la carpeta con las imágenes que has tomado en los últimos días y lo apagas. Debes intentar dormir (aunque no lo conseguirás), pues mañana tienes un largo viaje de vuelta a casa.

Volando sobre el Atlántico, muy lejos ya de Gilman House, sentirás, por fin, el ánimo necesario para conectar el ordenador.

Buscarás la foto. La imagen estará ahí. La ampliarás, deseando que no sea más que una distorsión provocada por la escasa luz, que lo que en verdad esté ahí impreso sea el reflejo de tu cara en el cristal y no el rostro del lector de Lovecraft mirándote con ojos de inquietud y asombro.