Invasión
Guerreros
Y este también, dijo Marlow de repente,
ha sido uno de los lugares oscuros de la tierra.
Joseph Conrad, El corazón de las tinieblas
La tregua está a punto de terminar.
Tumbado en mi cama, aguardo despierto a que se reanude la batalla. Ya no es el miedo lo que me mantiene en vela, sino una mezcla de excitación e impaciencia.
Veinte años de duro combate y todavía no han acabado conmigo. Cuando llegué aquí, mis compañeros me dijeron que tenía que ser fuerte y aguantar, que poco a poco uno se va acostumbrando a la lucha diaria. No tardé en descubrir que la fortaleza de la que hablaban no era física sino mental. Mi predecesor en el puesto me regaló un sabio consejo antes de marcharse: por encima de todo, mantener la calma. No hay día en que no lo recuerde, aunque es difícil cumplirlo. Nueve meses continuados de hostilidades son siempre excesivos, por mucho que después llegue el ansiado período de tregua. Y así año tras año.
Al principio, ante la inesperada crueldad de los ataques, pensé varias veces en huir. Pero no me habían entrenado para desertar. Ahora esa idea jamás asoma a mi cabeza. Soy demasiado viejo para empezar de nuevo en otro lugar. Tampoco sé hacer otra cosa.
Para los de fuera puede parecer extraño que la tregua nunca se rompa. Todos (ellos y nosotros) necesitamos esta pausa. El problema es que uno se habitúa a vivir sin ataques, casi los olvida. Y sin darte cuenta, los tres meses se acaban y la contienda vuelve a empezar, contra un enemigo al que nunca podremos vencer. Son muchos, incansables y están muy bien organizados. Como la marabunta.
Durante la tregua es muy habitual encontrarse con los atacantes por las calles de la ciudad. Sé que nada malo puede ocurrirme, pero cuando me cruzo con ellos siento un irrefrenable desasosiego.
Un grupo bastante numeroso suele reunirse en el parque que hay junto a mi casa. Aunque trato de evitarlo, hay ocasiones en que debo pasar muy cerca de ellos. La mayoría me mira imperturbable, y eso que muchos me conocen. Solo algunos me saludan. Cuando eso ocurre, acelero aún más el paso, pero no olvido responder con un gesto educado. Temo enfurecerlos y que más adelante, finalizada la tregua, se venguen de mi descortesía. Saben muy bien cómo hacerlo.
Por eso prefiero observarlos desde la seguridad de mi ventana. Hasta que llega la noche, pasan las horas entregados a lo que parecen simples e inocentes juegos. Hay uno que resulta estremecedor: tras elegir a suerte al que debe ocultarse, y darle un tiempo prudencial para hacerlo, el resto tiene que dar con él. La cacería se realiza de forma metódica, implacable: como sabuesos, peinan la zona sistemáticamente hasta localizar —siempre lo hacen— el escondite de su compañero. Cuando lo descubren, estallan en risas y gritos de celebración (con esas mismas voces agudas que mañana volveré a escuchar, pero entonces ya no será solo un simulacro), y organizan otra batida con un nuevo voluntario que tratará en vano de esconderse, mientras sus disciplinados compañeros salen en su busca.
También fingen que juegan al fútbol. Los goles no son más que una excusa: tras dividirse en dos bandos, lo que en verdad hacen es ensayar variadas tácticas de ataque y defensa en grupo. Minuciosos ejercicios de coordinación y estrategia.
A lo largo de los años he visto caer a varios de mis compañeros. Lo usual es que las bajas se produzcan entre los más jóvenes e inexpertos: llegan aquí excitados por una visión romántica (y por ello inútil) de nuestra tarea, y eso los convierte en presa fácil. Los atacantes los localizan muy rápido y se ceban feroces con ellos. No es un espectáculo agradable de ver, pero al final te acostumbras.
Me inquieta más cuando el caído es algún veterano experimentado. No por un sentimiento de camaradería, sino porque eso me hace pensar en que el próximo puedo ser yo, algo que —no soy ingenuo— podría ocurrir en cualquier momento. Con el tiempo, uno se endurece. Las muchas batallas van debilitando tu empatía hasta borrarla por completo. Aunque esta tampoco sirve de mucho en el combate: mientras ellos atacan en grupo, tú siempre estás solo. Nadie va a pelear por ti, porque proteger a un compañero implica inevitablemente descuidar tu propia defensa. Algo que siempre se paga. Nunca hay que bajar la guardia. Ya descansaremos durante la próxima tregua.
Mantener la calma y preocuparse por uno mismo, no hay más.
Falta ya muy poco para que amanezca. Y me digo —como cada año— que esta vez todo será, por fin, diferente, que el nuevo curso discurrirá en paz.