Invasión
Tras los pasos de Alicia
Desde hace unos días, mi hijo está empeñado en mirar detrás del espejo que decora el recibidor. De los muchos que hay en casa, solo lo hace con ese. Resulta curioso que sea el que menos me gusta: no soporto abrir la puerta de la calle y que lo que primero que vea al entrar en casa sea a mí mismo.
No entiendo la pasión de mi mujer por esos trastos. Como no le bastaba con el espejo del recibidor y los que ya había en los dos baños y en el pasillo, ha colocado uno en nuestra habitación, otro en el cuarto de invitados y otro más en el despacho.
Frente a los otros seis espejos, el niño se comporta siempre igual: se mira fijamente, manosea su superficie, a veces llega a darle (¿darse?) un beso. Sin embargo, cuando lo coloco ante el del recibidor lo primero que hace es aferrarse con fuerza al marco y tirar de él para separar el espejo de la pared. A continuación, trata sin éxito de meter su carita por ese mínimo espacio para, imagino, asomarse a su interior. El fracaso de la operación no le detiene, pues el niño opta, entonces, por introducir su bracito por la estrecha rendija, intentando que el resto de su cuerpo lo acompañe por el mismo camino. Comprobar que esa acción también es imposible, siempre le enfada. Pero hasta ahora no ha dejado de intentarlo.
Ayer lo pillé gateando por el pasillo en dirección al recibidor.
Tendré que vigilarlo cuando empiece a caminar.