Invasión
Reflejos
No sé cómo voy a explicarle a mi mujer que he perdido a nuestro hijo.
Bueno, en realidad no lo he perdido, solo que me es imposible reconocerlo entre los ocho niños idénticos que juegan sobre la alfombra del salón.
Ha sido culpa mía. No me he dado cuenta de su ausencia hasta que he escuchado un enorme estrépito de cristales rotos. Enseguida he sabido que se trataba del espejo del recibidor, el mismo que el niño no deja de visitar una y otra vez, obsesionado con apartarlo de la pared y mirar detrás de él.
He salido corriendo con el corazón en un puño, mientras imaginaba todo tipo de terribles desgracias. Pero no me esperaba lo que he encontrado allí. Sentados en el suelo, rodeados de pedazos de cristal, ilesos y tranquilos, dos niños idénticos me miraban con una amplia sonrisa. Antes de poder reaccionar, antes de tratar de determinar cuál de los dos era mi hijo, he escuchado otro estruendo de cristales aún más fuerte que el anterior. De forma instintiva, he cogido a los dos niños en brazos y he ido a ver qué ocurría.
El primer lugar en el que me he parado ha sido el baño. La puerta estaba abierta y, como antes había ocurrido en el recibidor, un gemelo de mi hijo estaba sentado en el suelo y nos observaba con cara divertida. Los siguientes me esperaban ante los pedazos de los espejos que mi mujer había colocado en el pasillo, en el otro baño, en los dos dormitorios y en el despacho. Cinco gemelos más. Ninguno ha protestado cuando lo he cogido. En varios viajes los he transportado hasta el salón.
Ahí siguen, felices, ajenos a mi inquietud, mientras aguardo a que ella llegue. Quizá sea capaz de reconocer a nuestro hijo entre sus clones. Aunque lo dudo. Cuando lo llamo por su nombre, los ocho giran sus caritas a la vez y me observan con la misma sonrisa que él siempre me regala cuando jugamos juntos.