Invasión

David Roas · Capítulo 2 de 18

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Invasión

Trabajos manuales

 

Para Gilberto

La costumbre de robar santitos en casa de las vecinas empezó mucho más tarde, como una continuación lógica de su afición por la construcción de altares.

Pablito tenía unos cinco años cuando empezó a fabricarlos. Al principio, aquellos pequeños altares eran muy simples: un tosco trozo de madera más o menos regular cubierto por un tapete de ganchillo sobre el que había colocado una cruz también de madera y un par de figuras modeladas con plastilina. Los muertitos, decía el niño con una traviesa sonrisa. Poco a poco los fue complicando con más figuras (combinaba las de plastilina con soldaditos, vaqueros e indios de plástico), velas, flores que arrancaba del destartalado jardín de su madre y dibujos en los que iban apareciendo las primeras palabras que aprendió a escribir (su nombre, el de mamá, los de sus hermanas).

Quien los vio recuerda la perfección y detalle de aquellas miniaturas que iba repartiendo por todas las estancias de la casa y que su madre y sus hermanas mayores recibían siempre agradecidas (aunque después las guardaran en un cajón o las perdieran en el fondo de algún armario). A todas divertía aquella original afición del niño.

Nunca explicó por qué los hacía, ni nadie le preguntó. Quizá todo se debiera a la irrefrenable pasión de su madre por los funerales. Desde el mismo momento en que nació, Amelia lo llevaba con ella a cuantos velatorios y entierros se celebraban en el pueblo. De familiares (primero su abuela y luego su padre, siendo él todavía un bebé), de amigos, de vecinos, de extraños. La muerte está siempre a nuestro lado, Pablito, y hay que acostumbrarse a ella, le explicaba con dulzura. Los muertos nunca se van del todo.

Asomado sobre el féretro desde los brazos de su madre, el niño observaba los cadáveres en silencio. Nunca protestó ni lloró. Aquellos seres absolutamente inmóviles, con los ojos cerrados y vestidos con sus mejores galas, parecían fascinarle. Pero ni siendo muy bebé hizo jamás el intento de querer tocarlos, o de hablarles. Él no hacía otra cosa que observarlos con gesto pensativo y, a veces, con una enorme — e inesperada— sonrisa. Mientras los adultos comían, bebían y charlaban sobre el muerto, Pablito, muy formal, se quedaba sentado en una silla, esperando tranquilo a que su madre viniera a recogerlo y regresaran a casa. Las vecinas (las viudas, como siempre, eran más abundantes que los viudos) estaban encantadas con aquel niño tan educado.

Todo cambió cuando empezó a construir pequeños ataúdes que colocaba sobre cada uno de los altares. Pablito debía de tener ya siete u ocho años y su pericia resultaba envidiable. En sus hábiles manitas aquellos trozos de madera se convertían ahora en mínimas tablas que encajaban exactas para dar forma a aquellos diminutos féretros, que después barnizaba y sobre cuyas tapas dibujaba una refinada cruz. Su interior no envidiaba en nada al perfecto acabado exterior: Pablito había aprendido a coser con sus hermanas, y con los retales que estas le regalaban forraba elegantemente sus ataúdes, en los que incluso colocaba una almohadita adornada con puntillas.

Una insólita afición que esta vez sí preocupó a su madre, sobre todo cuando comprobó que Pablito no dejaba vacíos aquellos elaborados féretros. Sus hijas llevaban quejándose desde hacía días de que alguien les robaba las muñecas, aunque Amelia no les había hecho mucho caso: sabía lo atolondradas que eran, lo poco que valoraban aquellos juguetes que a ella tanto le costaba comprar. El misterio se resolvió cuando una de ellas abrió por azar uno de los ataúdes (el del altarcito del recibidor, uno de los últimos que el niño había construido) y encontró allí dentro a Mariluz, su Barriguitas más querida, envuelta en una delicada mortaja que Pablito había confeccionado con el mismo cuidado que sus minuciosos féretros.

Los gritos de la niña atrajeron a la madre y a sus otras dos hermanas. Cuando lograron calmarla (escena que Pablito observó divertido), se organizó una curiosa procesión de altar en altar: en cada uno de ellos el niño, bajo la mirada de reproche de su madre, tenía que abrir los ataúdes, sacar las muñecas y, tras pedir perdón, entregárselas una a una a sus hermanas (las lágrimas de la primera se habían contagiado al resto al ver a sus Barbies, Barriguitas y Nancys perfectamente embaladas en sus siniestras mortajas). Acabada la procesión, Pablito se llevó la primera reprimenda de su vida.

Aunque en el fondo Amelia se sentía culpable de fomentar (de forma inconsciente) el siniestro pasatiempo de su hijo, la pobre mujer no tuvo más opción que amenazarlo con un severo castigo si seguía con esos juegos. El áspero tono de sus palabras sorprendió al niño, que, en silencio, y con gesto compungido, escuchó cómo su madre le ordenaba que a partir de ese momento se olvidara de ataúdes y altares (que después de la bronca recogieron y encerraron en el desván) y, sobre todo, que dejara tranquilas a las muñecas de sus hermanas.

La reprimenda, al parecer, surtió efecto, porque pasaron los meses y Pablito no volvió a fabricar otro altar. En lugar de eso, y seguramente para congraciarse con ella, orientó sus diestras manos a otra actividad: cuidar el pequeño jardín que esta trataba torpemente de hacer crecer en la parte trasera de la casa. Amelia cada vez pasaba más horas en la fábrica y ya no tenía tiempo de encargarse de sus plantas.

En pocas semanas, Pablito convirtió el jardín en la envidia de los vecinos. Con la misma dedicación y esmero con los que fabricaba sus altares y pequeños ataúdes, el niño se entregó al cuidado de aquellas plantas. Sumergido en su reino vegetal, solo su madre, al llegar por la noche del trabajo, lograba, con no poco esfuerzo, obligarle a entrar en casa, después de que se lavase aquellas manos siempre manchadas de tierra húmeda.

Fue doña Herminia, en representación del resto de vecinas, la que acusó al niño de haber robado los santitos que cada una de ellas honraba en su casa. Perdóneme que se lo diga, Amelia, pero lo que ha hecho su hijo es una cosa muy blasfema. Al parecer, doña Ermelina, otra de las vecinas del barrio, lo había visto saltar la valla de su jardín cargado con un pequeño bulto que no había dudado en identificar como su san Antonio de Padua. Tras escuchar a la mujer, Amelia hizo entrar a Pablito y le preguntó si aquello era cierto. Este contestó que no, que a él nunca se le ocurriría hacer esa maldad, que debió de ser otro niño el que doña Ermelina vio. Amelia, que conocía bien a su hijo, zanjó rápidamente el asunto: Sepa usted, doña Herminia, que mi Pablito es incapaz de hacer eso de lo que usted le acusa. Si él dice que no se llevó sus santitos (dijo santiguándose), yo le creo. Y, casi a empujones, acompañó a la anciana hasta la puerta de la calle. Antes de salir, doña Herminia miró recelosa a Pablito. En la cara del niño se dibujó otra amplia sonrisa.

El jardín crecía sin parar. Las enormes y lozanas hortensias se extendían junto a una espesa selva de dalias y de jacintos de un intenso color morado. Jazmines y begonias asomaban lustrosos entre los rosales. El niño había creado allí un pequeño paraíso vegetal.

Una esplendorosa mañana de domingo, Amelia salió al jardín. Sus hijos todavía dormían. Al pasar junto a la mata de hortensias, su pie tropezó con algo. En lugar de la piedra que esperaba encontrar, vio un trozo de madera que asomaba de la tierra. Enseguida supo lo que era: uno de los pequeños ataúdes de Pablito. Sin saber muy bien por qué, lo abrió y de él cayó una figura de escayola envuelta en una de aquellas elaboradas mortajas que cosía su hijo. El san Martín de Porres de doña Patro. Lo había visto mil veces en el altarcito que decoraba el recibidor de su casa. La mujer escarbó un poco más allá, bajo la misma mata de hortensias, y apareció otro ataúd: contenía el san Antonio de Padua perdido por doña Ermelina. Pablito se la iba a cargar. Dominada por la curiosidad, Amelia siguió revolviendo la tierra bajo las plantas.

Enterrados entre las dalias aparecieron dos ataúdes más. Uno contenía una Barbie sin cabeza y el otro el cadáver a medio corromper de un gorrión. Amelia sintió un escalofrío de inquietud. Una sensación que se intensificó cuando, tras exhumar bajo las begonias dos pequeños féretros, encontró en cada uno de ellos, envuelta en su blanca mortaja, una cría de gato.

Las tres sepulturas siguientes las ocupaban una enorme rata, un loro (con el verde plumaje aún lustroso) y algo que parecía un conejo al que hubiesen amputado las orejas.

El color morado de la inmensa mata de jacintos resplandecía majestuoso al fondo del jardín.