Invasión

David Roas · Capítulo 3 de 18

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Invasión

Cerezo rosa

 

Para Eduardo Berti, por provocarme delirios

Estuve en Benidorm y me acordé de ti.

Doña Elvira siempre lee con emoción la frase impresa en el vaso antes de sumergir en él la dentadura postiza. Después apaga la luz y espera a que el sueño llegue.

Como cada noche, no puede reprimir un asomo de orgullo, pues la dentadura luce impoluta. Mujer ordenada, doña Elvira la cuida con esmero. Todos los días después de cenar, sin excepción, añade al vaso de agua, tal y como le indicó el farmacéutico, una tableta efervescente para eliminar el sarro y la placa dental.

Una vez la pastilla ha cumplido su higiénico efecto, pasa amorosamente un cepillito, sin prisa, diente por diente. A continuación, la seca con un suave paño de seda y la devuelve al vaso, que siempre llena con agua mineral; no se fía de la del grifo.

Aquel viaje fue, sin duda, el último momento de felicidad con Alfredo. Diez años atrás, diez años antes de su muerte. Recién jubilados, fue doña Elvira quien propuso esas pequeñas vacaciones. La verdad es que lo pasaron muy bien en Benidorm. Su marido parecía relajado, como si, por fin, hubiera olvidado el nerviosismo y los agobios que le producía la tienda de ultramarinos. A ella, sin embargo, le gustaba pasar los días tras el mostrador y recibir a los clientes con una sonrisa, incluso cuando su número empezó a descender de forma alarmante. Cerrarla le dio mucha pena. Y miedo, ante lo que podía suponer para ambos esa forzosa jubilación.

Cada vez que pasa por la farmacia (y son muchas), doña Elvira cuenta orgullosa el mimo con el que cuida la dentadura, sus desvelos por mantenerla inmaculada. Pero nunca les ha dicho que no es suya, que ella no necesita prótesis alguna. A sus setenta y siete años, para sorpresa de su odontólogo, sus dientes están perfectos. Genética y pulcritud, se dice satisfecha.

Lo mismo que le faltó a su marido. Después de años de continuas molestias y extracciones, Alfredo había tenido que renunciar a sus maltrechos dientes. Por su cabeza nunca había pasado que acabaría usando dentadura postiza. Quizá por eso no logró acostumbrarse a ella. Cada comida era un sufrimiento. Pronunciaba mal. Doña Elvira no ha olvidado aquel día en que, hablando con unos vecinos en el rellano de la escalera, la prótesis salió volando e impactó en el pecho de su amiga Remedios. Ni ella misma pudo contener la risa. Alfredo se pasó varias semanas enfadado, sin hablarle. Nada extraño por aquel entonces.

Como el vaso de Benidorm, la dentadura le pareció un buen recuerdo para conservar. Ella misma la retiró de la boca de su marido antes de que lo incineraran.

Mañana tiene que ir sin falta a la farmacia. Se le están acabando las pastillas efervescentes. Y sería bueno también cambiar el cepillito. Hace seis meses que empezó a usarlo y las cerdas se están desgastando.

Seis meses ya sin Alfredo.

De pronto, una canción invade el silencio del cuarto e interrumpe sus pensamientos. Aunque sus noches son un constante duermevela (sueño de vieja, lo llama ella), doña Elvira espera que los vecinos no hayan organizado una fiesta. Hoy se siente muy cansada.

Al principio le cuesta reconocerla, pues llega hasta su cama con un tono amortiguado. Cerezo rosa. Ya es casualidad. Cuántas veces la bailaron en el hotel de Benidorm.

Aquel cerezo rosa que creció

en un rincón de tu jardín,

junto al manzano blanco floreció

mi amor por ti.

Nos parecía entonces un edén

de nuestros juegos de candor

y allí al besarnos por primera vez

sentí el amor.

Lejos de las exigencias de la tienda, se levantaban tarde, iban un rato a la playa, paseaban, bailaban en la sala de fiestas del hotel… Incluso volvieron a hacer el amor. Siete días de descanso y felicidad.

Arrullada por el recuerdo, se queda dormida antes de que la canción termine.

Tras levantarse inusitadamente tarde y descansada, doña Elvira queda para merendar con su amiga Remedios. Pero antes debe pasar por la farmacia, que no se le olvide.

Regresa a casa un poco achispada. En la cafetería, saltándose todas las normas, se ha tomado tres copitas de anís y un empalagoso pastelito de crema. Todo por culpa de la loca de Remedios, empeñada en hacerla brindar por sus primeros seis meses de libertad. Doña Elvira, mujer flemática, no ha podido reprimir una maliciosa sonrisa.

Tras limpiar la dentadura, se mete en la cama y apaga la luz.

La canción no tarda en aparecer.

Tumbada en la oscuridad, trata de localizar el origen del sonido. La música se escucha muy cerca de la cama. Solo puede venir del apartamento contiguo. Cuando trata de arrimar su oreja a la pared para cerciorarse, se apoya en la mesita de noche y a punto está de volcarla.

En el mismo momento en que agarra el vaso para evitar que se derrame, descubre que la canción surge de su interior.

No olvidaré yo jamás

el beso aquel que te di

que aprisionó nuestro amor

aquella tarde feliz.

Fue como bella ilusión

que floreció con ardor,

fue hechizo, fue gran pasión

que nos unió.

A su regreso de las vacaciones, doña Elvira compró el disco de Jorge Sepúlveda. Lo ponía a todas horas. Escuchar Cerezo rosa la hacía sentirse feliz, incluso entremezclada con las constantes protestas de Alfredo. Tras aquellos siete deliciosos días, doña Elvira pensó —tontamente— que su marido cambiaría. No solo por tomarse unas pequeñas vacaciones, sino por librarse por fin de la tiranía de la tienda. Todo lo contrario. Alfredo se fue haciendo cada vez más huraño. Con el tiempo dejó de salir de casa. Pasaba las horas sentado en el sofá leyendo minuciosamente el periódico.

Todavía fue peor cuando, un par de años después de su forzosa jubilación, tuvo que ponerse la dentadura postiza. Sus horas de encierro se llenaron de quejas y amargura.

Benidorm fue solo un espejismo.

Pese a todo, la canción le trae buenos recuerdos. Qué azar volver a escucharla justo ahora.

Siguiendo un inexplicable impulso, doña Elvira saca la dentadura del vaso. En ese mismo instante, el volumen de la canción aumenta. Y si no fuera imposible, juraría que la voz que la canta no es la de Jorge Sepúlveda sino la de Alfredo. Y que no lo hace mal.

La canción termina y la dentadura regresa a su silencio. Doña Elvira aguarda unos minutos. Como no vuelve a cantar, la sumerge de nuevo en el vaso.

Poco dada a lo supersticioso y sobrenatural, doña Elvira empieza a temer que todo sea cosa de su mente, que el primer asalto contra el Alzheimer haya empezado.

Al día siguiente, se queda en casa esperando ansiosa que la dentadura vuelva a cantar.

Mientras esta sigue en silencio, busca el disco de Jorge Sepúlveda. Hace años que no lo escucha. Al principio ponía la canción para animarse y también con la secreta (e ingenua) intención de que esta trajera de regreso al otro Alfredo, el que se quedó en Benidorm para no volver. Más adelante, empezó a utilizarla para fastidiar a su marido, que siempre protestaba cada vez que ella la escuchaba. Aunque era una mujer paciente y comprensiva, no tardó en hartarse de ver a todas horas a Alfredo sumergido en su periódico, de oírlo protestar sin pausa por cualquier cosa, de quejarse de la maldita dentadura. Incluso llegó a echar de menos su última época frente a la tienda, cuando no era más que un hombre nervioso y estresado.

Después de una sonora bronca, decidió no escuchar más el disco y lo guardó en el viejo arcón de la salita. Salvo en un par de ocasiones, no había vuelto a sacarlo de allí.

La voz de Jorge Sepúlveda la transporta inmediatamente a aquel efímero oasis que fue Benidorm.

Como de costumbre, doña Elvira se acuesta pasadas las diez. En el mismo momento en que apaga la luz, la dentadura vuelve a cantar Cerezo rosa. Y como ocurrió ayer, la interpreta solo una vez.

Que la canción irrumpa de nuevo en su cuarto la tranquiliza y la inquieta por igual. De algún modo, la repetición horaria le confirma que no puede tratarse de una alucinación ni de un síntoma de Alzheimer, aunque al mismo tiempo sabe que es imposible que pueda escucharla.

No puede negar que también le divierte que sea la voz de su marido la que la cante. Menuda ironía, se dice, con lo que él la odiaba. Aunque quizá lo que está sucediendo sea más bien un castigo.

Tras pasar el día en duermevela, aunque alerta por si Alfredo vuelve a interpretar Cerezo rosa, llega por fin la noche. Doña Elvira se pone a limpiar cuidadosamente la dentadura. Hoy se demora más que de costumbre.

A media tarde ha telefoneado Remedios para invitarla a salir de paseo, pero doña Elvira se ha excusado diciéndole que no se sentía bien. Remedios, preocupada, se ha ofrecido para visitarla, pero ella le ha quitado importancia: No es nada, mujer, ayer los vecinos dieron una fiesta y no me dejaron dormir. Prefiero quedarme descansando en el sofá, pero mañana, si quieres, podemos tomar otra copita de anís en la cafetería.

Debería contarle a Remedios lo que ocurre con la dentadura. Con ella lo comparte todo. O casi todo, porque aún no se ha atrevido a explicarle que Alfredo no murió de un ataque al corazón. El otro día, animada por las copitas de anís, estuvo a punto de confesarle su secreto. Pero prefirió seguir callada. Aunque tiene claro que su amiga, siempre tan comprensiva, entendería perfectamente lo que había ocurrido.

La idea la sacó de una novela. Doña Elvira había vuelto a la lectura más como refugio que como entretenimiento. Las horas en casa le resultaban largas y penosas. La única televisión que tenían estaba en la salita, donde Alfredo se enraizaba con su eterno periódico y solo salía de su ensimismamiento para quejarse del programa que ella estaba viendo, fuera cual fuera. Así que, poco a poco, doña Elvira dejó de asomarse por la salita, salvo para limpiarla y para avisar a su marido de que la comida estaba lista. El cuartito de la costura se convirtió en su guarida (el exilio lo llamaba ella) y allí pasaba horas y horas sumergida en las novelas que Remedios le prestaba. Las que más le gustaban eran las policiacas.

Ya había leído tres novelas de Shirley McNally, cuando su amiga le recomendó Balada para una mujer sola. Esta te va a encantar, ya lo verás.

Doña Elvira pensó que Remedios, siempre burlona, lo decía por el título. Pero enseguida se dio cuenta de que se la había sugerido por otra razón. La historia de aquella anciana casada con un hombre insufrible era muy parecida a la suya. Demasiado. Se reconoció inmediatamente en la pobre mujer —Barbara— atrapada en una vida de hastío, como también vio en el marido un inquietante duplicado de Alfredo: el hombre no había podido superar su jubilación forzosa (dueño de una ferretería, tuvo que cerrarla cuando inauguraron un centro comercial en el barrio) y se pasaba las horas viendo deportes en televisión, quejándose de todo, con mil y un achaques y —eso la asustó— torturado por una dentadura postiza a la que nunca acababa de acostumbrarse.

Y se asustó aún más cuando llegó al desenlace, puesto que la protagonista utilizaba la propia dentadura como arma para librarse de aquel hombre insoportable.

Barbara, como buena inglesa, era aficionada a la jardinería. Entre las plantas que cuidaba con esmero, crecía una mata de acónito. Ella la había plantado por el atractivo color azul de sus flores, pero no sabía nada del mortífero veneno que estas escondían. Fue un azar el que la llevó a descubrirlo cuando un vecino le advirtió del peligro de ingerir la más mínima partícula de la planta que estaba podando. A punto estuvo de arrancarla, pero tras indagar en la biblioteca sobre las propiedades del acónito, supo que debía utilizarlo con su marido.

Y lo hizo de un modo absolutamente refinado. Barbara, mujer astuta, mezcló el veneno (que obtuvo moliendo varias raíces y flores de la mata de acónito) con el pegamento en polvo para la dentadura postiza. Con ello consiguió que muriera de un prosaico ataque al corazón, nada sospechoso en alguien de su edad y con mala salud.

Doña Elvira no tardó demasiado en aceptar que esa era también la mejor solución para su triste vida.

Siguió los pasos de Barbara. En la biblioteca encontró varios libros sobre jardinería que contenían detallada información sobre el acónito y el veneno que alberga, la aconitina, uno de los alcaloides más activos y tóxicos: bastan tan solo 3 mg (equivalente a de 2 a 4 g de tubérculo fresco) para que la dosis sea letal. Todo empieza con náuseas, malestar, vértigo, calambres y arritmia. Después viene la parálisis de las extremidades, seguida de una inmovilidad completa (a veces alterada por ligeras convulsiones), pulso imperceptible y respiración entrecortada. La muerte se produce por síncope y asfixia.

Al principio, le incomodó imaginar esos síntomas en el cuerpo de Alfredo. Pero las páginas que Olivier de Rawton dedica al acónito en su Vegetales que curan y vegetales que matan la animaron mucho y terminaron de convencerla: «El acónito mata el cuerpo por partes. La inteligencia conserva hasta el último momento su lucidez y calcula por minutos los estragos del veneno. El frío de la muerte principia por penetrar en las extremidades —manos y pies—, invadiendo, poco a poco, el organismo, mientras la víctima observa con horror esta espantosa invasión. La vida se va concentrando, poco a poco, al corazón, el cual, no teniendo ya fuerza, pone en movimiento la sangre por última vez. Se acaba la respiración y el moribundo comprende que su espíritu tiene por morada un cadáver. Por último, el pensamiento agota sus esfuerzos con una protesta suprema, en un esfuerzo desesperado por recobrar la salud».

Doña Elvira, mujer astuta y precavida, preparó todo con paciencia.

Adquirir la planta fue más fácil de lo que pensaba. En la primera tienda de horticultura en la que entró vendían varias matas. Le encantó el profundo azul de sus flores.

La trasplantó a una de las macetas del balcón. De paso, arregló las otras, no porque pensara que Alfredo fuera a sospechar nada (jamás podría imaginar lo que estaba tramando) sino porque —raro en ella— las tenía bastante descuidadas.

Tras una mañana de delicioso trabajo bajo un suave sol primaveral, el balcón lucía esplendoroso: el azul del acónito combinaba perfectamente con el rosa de los geranios, el rojo de las petunias y el blanco de las hortensias.

El siguiente paso fue más difícil, pues Alfredo usaba almohadillas adhesivas para fijar la dentadura en sus encías. Doña Elvira fue preparando el terreno sin prisa. Sabía que si le proponía por las buenas que se pasase al pegamento en polvo, Alfredo se iba a negar. Su marido rechazaba el más mínimo cambio en su tediosa monotonía. Y doña Elvira ya hacía mucho que se había cansado de discutir.

Evitó el ataque directo. De cada uno de sus viajes a la farmacia traía consigo folletos sobre pegamento en polvo y los dejaba accidentalmente sobre la mesita frente al sofá en el que anidaba su marido. El día en que le vio ojeando uno de ellos, doña Elvira aprovechó y le dijo que el farmacéutico le aconsejaba que sustituyera las almohadillas por el pegamento. Dice que sentirás la dentadura mucho más cómoda, que podrás comer mejor. Seguro que ya no se te caerá.

Para su sorpresa, no tuvo que insistir demasiado. Las molestias eran tantas, que Alfredo debió aceptar el cambio como un mal menor. El día en que lo vio preparar aquel mejunje para instalar la dentadura en su boca, supo que ya no había vuelta atrás.

La verdad es que tuvo mucha suerte. Todo funcionó a la primera. Doña Elvira temía que su marido notase el sabor de la planta, o que el veneno no tuviera el efecto deseado. No fue así.

Alfredo tardó treinta minutos en morir. Aunque estuvo tentada de hacerlo, doña Elvira, a diferencia de Barbara, no quiso contemplar la agonía de su marido. Prefirió ahorrarse los vómitos y las convulsiones, la inevitable cara de bobo con la que viviría sus últimos instantes, paralizado pero consciente, sin entender qué le estaba ocurriendo.

Doña Elvira se instaló en la salita. Tras rescatar de su encierro el disco de Jorge Sepúlveda, se arrellanó en el sofá de su marido y se dedicó a escuchar Cerezo rosa una y otra vez, libre por fin de interrupciones y quejas.

Empezaba a sonar la décima, cuando doña Elvira se asomó al dormitorio. Desde los pies de la cama, contempló sin emoción alguna el cuerpo de su marido. Todavía respiraba. No tuvo que acercarse para comprobarlo: sobre el charco de vómito que le cubría el pecho, se mecía levemente su dentadura. Por su mirada, también dedujo que seguía consciente, seguramente preguntándose por qué su mujer se quedaba ahí observándolo sin hacer nada.

Cuando su pecho dejó de moverse, doña Elvira sintió una euforia silenciosa. Pero no había tiempo que perder. Tenía por delante mucho trabajo y poco tiempo para hacerlo.

Después de limpiar el vómito, desnudó el cadáver y lo bajó de la cama. Le puso un pijama nuevo, cambió las sábanas y —sorprendida de su fuerza— volvió a colocarlo en el lugar donde antes reposaba. Entonces, echó un poquito de ambientador y llamó al médico de Alfredo.

Mientras esperaba a que llegase don Julián, se puso a limpiar la dentadura. Como hizo Barbara, debía borrar todas las huellas, hacer pasar lo ocurrido por una muerte natural. Aunque sabía que tanta cautela era innecesaria. Esto no es una novela. Su médico conocía bien los achaques de Alfredo y firmaría el acta de defunción sin pedir una comprometedora autopsia.

Esa fue la primera vez que tocó la dentadura postiza. No le sorprendió comprobar lo mal que la había cuidado su marido: retirado el vómito, aparecieron manchas amarillas, ralladuras y lo que parecían trocitos de comida, que tuvo que rascar con fuerza para poder despegarlos.

Lo hizo sin ninguna aprensión. Todo lo contrario. Se sentía como un cazador limpiando la pieza que había abatido, preparando su trofeo antes de exhibirlo.

Solo quedaba darle un baño con la pastillita efervescente que el farmacéutico le había recomendado. Cuando veía que Alfredo usaba el vaso de Benidorm para hacerlo, siempre sentía que lo hacía para humillarla. Ahora le pareció el recipiente más idóneo.

Puntual, Alfredo vuelve a cantar. Esta vez, doña Elvira se le une en un impensable dueto.

Fue como bella ilusión

que floreció con ardor,

fue hechizo, fue gran pasión

que nos unió.

Y si la vida me alejó de ti

el fiel recuerdo perduró,

aquel cerezo rosa aprisionó

mi corazón.