Invasión

David Roas · Capítulo 10 de 18

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Invasión

Simbiosis

 

Para Anna Starobinets, que imaginó algo parecido

Para Saúl, por sus experimentos zoológicos

Ver cómo una hormiga sale de la nariz de tu hermano, se pasea por su mejilla y vuelve a entrar por el mismo agujero sin que este se inmute, resulta, cuanto menos, alarmante. Mi hermano siempre ha sido un tipo raro, pero esto va más allá de todo lo esperable.

La hormiga vuelve a aparecer. Esta vez se queda en la punta de la nariz, inmóvil. Vaya, ¿te has dado cuenta, verdad?, pregunta con voz calmada al ver la cara que he puesto. No te preocupes, no es nada malo. Las pobres ni siquiera molestan.

No sé qué me inquieta más, si su serenidad o ese plural. ¿Me está diciendo tan tranquilo que hay más hormigas paseándose libremente dentro de su cuerpo? Sin dejar de mirar su nariz, le pido que se explique, que me cuente lo que está ocurriendo.

Todo empezó hace unos tres meses. Aprovechando que papá y mamá se marchaban a Galicia a pasar el verano, me instalé en su casa (¿te avisé, verdad?). No es que me atrajese mucho la idea de volver al pueblo, pero allí la vida es más barata y, bueno, ya sabes que mamá siempre deja la despensa llena a rebosar.

Llevaba pocos días disfrutando a mis anchas de la casa, cuando descubrí varias hormigas paseándose por la encimera de la cocina. Las más atrevidas habían empezado a escalar las baldosas de la pared, seguramente guiadas por el dulzón aroma del azúcar y de las galletas que mamá guarda en los armaritos superiores. Tuve suerte. Ninguna había localizado, todavía, mi comida.

Armado con un bote de insecticida, arrasé en un santiamén aquella primera oleada. Tras limpiar a fondo el armario y la encimera, revisé la cocina y el patio (por allí debían de haber entrado) en busca de más hormigas, pero no encontré ninguna. Las que se habían colado en casa solo eran una avanzadilla (después descubrí que se llaman recolectores) en busca de comida y no les había dado tiempo de avisar a sus hermanas del hormiguero para que viniesen a devastar mis provisiones.

Acabo de decir primera oleada, porque a esta siguieron tres más. La segunda tuvo lugar solo un día después. El ataque debió de iniciarse durante la noche. La amplia columna de hormigas que esta vez me encontré cuando fui a preparar el desayuno había logrado localizar la bolsa de Kellogg’s abierta (culpa mía) y ahora se movía en dos direcciones: una hilera ascendente hasta la despensa, y otra descendente, cargada de trocitos de cereal, camino del hormiguero.

Vacié sobre ellas dos botes de insecticida. Medio intoxicado por los efluvios de la fumigación, contemplé satisfecho la multitud de cadáveres que había dejado a mi paso. Usé el aspirador para hacerlas desaparecer.

Salí al patio. Las hormigas cargadas con los cereales robados seguían caminando en fila india ajenas a la masacre de la cocina. Mientras las rociaba con el insecticida (ahora me arrepiento del placer que me proporcionaba verlas encogerse y agonizar bajo el chorro del spray), seguí su trayecto, que me condujo hasta un pequeño agujero en la pared del fondo del patio por el que desaparecían las pocas supervivientes. Ahí terminó mi persecución.

Con la ayuda de una escalera, me asomé por encima de la pared. Ya sabes que al otro lado hay un enorme descampado: tratar de perseguirlas ahí, o buscar el hormiguero, era inútil. Lo mejor iba a ser proteger la casa de un nuevo ataque.

Compré un potente insecticida en polvo. Tras cegar con cera derretida (no se me ocurrió nada mejor) el agujero que comunicaba el patio con el descampado, embadurné un amplio trozo de la pared con el veneno y derramé otra buena cantidad en los intersticios de la puerta y de las ventanas que dan al patio, revisando que ninguna de ellas tuviera agujeros o rendijas. Anulada la posibilidad de la acción directa, la única solución era convertir la casa en un bastión inexpugnable.

Fue en vano. Las hormigas habían decidido que la despensa de mamá era el lugar perfecto para abastecerse y no se iban a rendir.

Durante una semana, la casa permaneció libre. Cada tarde revisaba la pared del patio y reponía el veneno en aquellos lugares donde la acción del viento (o mi torpeza al pasar por allí) había dejado zonas sin protección.

Una mañana, tras volver del súper, descubrí que mis enemigas habían iniciado un nuevo asalto a la cocina. Esta vez habían concentrado sus fuerzas en el cubo de la basura, el cual, al mejor estilo de Cuando ruge la marabunta, estaba tapizado por una burbujeante masa de hormigas. La columna de insectos que conectaba el cubo con la ventana me indicó el lugar por el que habían traspasado mis defensas: una pequeña grieta en la madera que no estaba allí cuando la revisé días atrás. Y lo habían hecho muy rápido, porque cuando salí a comprar no vi ninguna en la cocina. Debieron esperar a que me fuera para lanzar su nuevo ataque. Pero regresé demasiado pronto para darles tiempo a que saquearan los desperdicios del cubo. Aprendí la lección: no había que dejar basura en casa sin vigilancia.

Mi reacción fue aún más sangrienta que las dos anteriores. Esta vez no usé el insecticida: empecé a aplastarlas con las manos y los pies, experimentando el mismo placer que de niños nos proporcionaba torturar lagartijas, mariposas, ranas. (¿Te acuerdas?). Tardé diez buenos minutos en exterminar al tercer ejército invasor. Después bloqueé la grieta en la madera, revisé el resto de ventanas y la puerta del patio, y salí a comprar un insecticida aún más mortífero.

A mi regreso descubrí un par de hormigas vagando por el pasillo. Dos recolectores. Si no los eliminaba y encontraban la comida, dejarían un rastro de feromonas entre la despensa y el hormiguero que marcaría la ruta para que cientos de sus compañeras volvieran a invadir la casa. Las aplasté con mi dedo índice.

Por suerte, la cocina continuaba limpia de insectos. Inspeccioné el resto de la casa, pero no encontré más hormigas. Espolvoreé con el nuevo insecticida el suelo de todo el patio, las ventanas, las puertas (a uno y otro lado), la base de los muebles de la cocina, el pasillo…

Era evidente que pronto volverían. Nada parecía detenerlas. Ni las muchas bajas sufridas en cada incursión.

Empecé a sentirme fascinado por su insistencia. No les importaba sacrificarse por el bien de la comunidad, por abastecer y proteger el hormiguero. Con esa determinación, ¿cómo iba a detenerlas? Sabían que en la casa había alimento. No tenían más que esperar el momento adecuado y lanzar una nueva ofensiva. Y tras esa, otra más, y otra más. Nunca se cansarían.

Empecé a arrepentirme de haberme instalado en la casa de nuestros padres. Y entonces me di cuenta de que yo había hecho lo mismo que ellas: esperar la ocasión para colarme allí y alimentarme a costa de la despensa de mamá.

Tenía que cambiar de estrategia.

En lugar de pelear, opté por la confraternización. Si necesitaban comida, yo se la proporcionaría. Pero estableciendo unas estrictas normas de convivencia, y así evitar que arrasasen mis provisiones. Fue entonces cuando se me ocurrió depositar junto a la puerta del patio un montoncito de azúcar. Dejé la puerta abierta para controlar el lugar por el que entrarían en casa.

No tardaron mucho en aparecer por allí tres recolectores. En menos de una hora, ya habían organizado una diligente columna de obreras. En cuanto trasportaron al hormiguero todo el montoncito, yo repuse inmediatamente el azúcar.

Y así seguimos hasta que volvieron papá y mamá. Enseguida descubrí que era muy divertido pasar el rato con ellas. A veces me sentaba en el suelo y ponía azúcar en mi mano para que fueran a recogerla. Era como dar de comer a las palomas pero sin el riesgo de contagiarme de cualquiera de las muchas enfermedades que anidan en esos pájaros asquerosos. Me encantaba ver cómo escalaban por mi pierna y llegaban hasta la mano, para después hacer el recorrido inverso cargando con el trocito de azúcar. A veces las perdía de vista y volvía a localizarlas gracias a las cosquillas que me hacían al moverse bajo la camiseta o los pantalones. Otras veces, les llevaba la comida hasta el agujero de la pared del patio (así les ahorraba parte del trayecto) y me quedaba a vigilar para que no aparecieran otros insectos que les pudieran robar el alimento.

Fue una convivencia muy feliz. Y como ya no tenía que vigilarlas, decidí aprovechar los últimos coletazos del verano haciendo alguna que otra excursión a la playa y a los bosques cercanos. A mi vuelta comprobaba aliviado que mis amigas (así había empezado a considerarlas) seguían concienzudamente entregadas al transporte del azúcar hasta el hormiguero sin explorar otras partes de la casa.

Cuando mamá y papá regresaron de Galicia, yo estaba pasando el día en la playa. Al volver, me encontré a mamá con un enfado monumental. Empezó a reñirme por ser un guarro, por no haber cuidado la casa como había prometido. Yo no entendía a qué se refería, hasta que caí en la cuenta. La dejé con la palabra en la boca y salí corriendo hacia la cocina. Como temía, el montón de azúcar había desaparecido y también las hormigas. El suelo de la cocina brillaba como nunca. Me asomé al patio: mamá también lo había fregado a conciencia. Estuve tentado de explicarle lo que había ocurrido, pero supuse que no me entendería o, peor, que pensaría que me había vuelto loco. Me disculpé por descuidar la higiene de su hogar y le anuncié que al día siguiente regresaría a mi pisito en Barcelona. No quería ser testigo de nuevas matanzas. Bueno, eso no se lo dije. La excusa que le di (no mentía) es que tenía que empezar un nuevo trabajo, el que ahora tengo en la biblioteca de mi barrio.

Enseguida empecé a echar de menos a mis amigas. Así que me compré un hormiguero artificial. Pero me daba pena tenerlas allí encerradas. No me bastaba con verlas, quería estar junto a ellas. Tocarlas, que me tocasen. Estaba seguro de que con ellas podría establecer la misma convivencia que tuve con las que vivían en casa de nuestros padres (espero que mamá no las haya exterminado a todas).

Para no destrozar el hormiguero que tan laboriosamente habían construido, hice un pequeño agujero en una de las esquinas superiores de la caja. El experimento del montoncito de azúcar volvió a funcionar sin problemas.

Cuando se acostumbraron a mi presencia, empecé a ponerme azúcar en los bolsillos, en los calcetines, en el pelo. No tardaron en recorrer mi cuerpo como antes habían hecho sus hermanas en casa de papá y mamá.

No sé cómo ocurrió, pero un día una de ellas se introdujo en mi nariz. Notar su cuerpo moviéndose por el interior de mis fosas nasales me alarmó y pensé en esas malas historias de terror sobre insectos que ponen sus huevos en oídos y otros orificios humanos. Estaba a punto de meterme el dedo para sacarla de allí, cuando me di cuenta de que la sensación no era tan desagradable. Incluso me divirtió.

He dejado que vuelva a ocurrir otras muchas veces. Creo que a ellas les encanta pasearse por el interior de mi nariz. En ocasiones, entran varias. Alguna, más atrevida, ha alcanzado la garganta. Aunque no dudo en que llegarán más lejos. No me asusta. Me reconforta que esos animalitos confíen en mí, que sepan que no les voy a hacer nada malo. Hemos aprendido a respetarnos y a cuidarnos. Ellas campan a sus anchas y yo las alimento. La verdad es que me hacen mucha compañía.

Mi hermano se calla. En su cara se dibuja una sonrisa. No sé qué decirle, pero es tal la lógica de su historia, tal su convicción al contármela, que creo que me ha convencido.

Una hormiga aparece por la comisura de su boca. Luego otra. Y otra más. Mi hermano sigue sonriendo.

En la consulta del doctor Schrödinger

(RELATO ENCONTRADO)

Por favor, espere a ser atendido y no abra la puerta.

Puede haber una persona dentro, y podría ser usted.