Juan A. Mateos

Juan Antonio Mateos · Capítulo 11 de 27

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Juan A. Mateos

El Duque se Divierte

El Duque se Divierte[27]

El presidente Juárez envió a su Ministro de Relaciones a la Cámara, en los momentos precisamente en que el choque de las pasiones se hacía sentir con más vehemencia. La sesión del 17 de noviembre formará época en los anales del Parlamento. Los oradores impopulares del Congreso eran silbados por las galerías, que a su vez eran objeto de los insultos que nunca debieron salir de las tribunas de la asamblea. Los diputados que no pudieron adquirir celebridad ni por sus dotes oratorias, ni por su inteligencia en la ciencia política, han escogido la plataforma de la presidencia como el pedestal de su fama, como las aves calladas de la noche la altura de las torres y los cimborios. Ese grupo desgraciado que asedia de una manera impertinente a la mesa de la Cámara, tratando de dirigirla, presentaba en la sesión del viernes un espectáculo irrisorio y repugnante; la voz del presidente apenas se dejaba oír entre aquella nube que flotaba en torno del bufete, y que ya tiene fatigados al público y a la Cámara.

La cuestión de la víspera estaba sobre la carpeta; se trataba de averiguar el negocio de las tres cartas; de esos tres dictámenes que habían provocado una lucha tan tenaz en la sesión anterior. Un diputado de la oposición para dar luz al debate, pidió que se diese lectura al acta respectiva como el documento donde debía estar consignada la verdad de los hechos, sobre la autenticidad del dictamen sobre la que rolaba la discusión. La secretaría tuvo un arranque verdaderamente singular, y cuyo ejemplo no volverá a darse en ningún Congreso del mundo: afirmó que aunque en los apuntes del acta nada constaba, en su memoria sí estaba todo lo que pedía la oposición, y que aseguraba bajo la fe de su cerebro, que el acta número uno era la que debía votarse. Si el cerebro del secretario pudiese con sus reminiscencias coserse, encuadernarse y numerarse, de seguro que el expediente estaba redondeado; pero cuando este caso raya en la imposibilidad, necesario es atenerse a la práctica de no hilvanar cabezas, sino papeles, y presentar las actas escritas, que fue lo único que no hizo la secretaría. Pero cuando se cuenta con una votación determinada, todo se acepta y todo pasa, aunque pugne con el sentido común.

Los padres de la patria dijeron amén, y se declaró que aquel dictamen era el que se había discutido, y cartucheras al cañón.

Queremos echar un velo sobre las palabras inconvenientes que se dirigieron al pueblo, sobre todos los cargos infundados que se formularon mutuamente por los partidos en que está dividido el Congreso, para entrar a un negocio que si no se prestara a concideraciónes sumamente serias, lo entregaríamos a la hilaridad de los que se divierten con las ocurrencias chispeantes de Olona y Offenbach.

El Ministerio de Relaciones, que había permanecido en el fondo del lago político como uno de los genios de las Mil y una Noches, y metido en un cofre sellado con el anillo de Salomón, apareció en la Cámara como enviado del ejecutivo para dar una desmentida, y éstas fueron las palabras del jefe del gabinete, al orador que la víspera había asegurado que el ministro Romero estaba de viaje a los Estados Unidos para solicitar la protección americana.

Luego que el presidente anunció que Su Señoría iba a hacer uso de la palabra, levantáronse de sus asientos los diputados agrupándose en torno de la tribuna; las galerías guardaron un silencio profundo, y todo aquel mar revuelto se aquietó como por encanto, para oír al nuncio del gobierno, que esta vez no traía en la mano el parte telegráfico de una derrota, de una defección o de un pronunciamiento.

El Ministro de Relaciones dio tres piruetas y comenzó su discurso diciendo que el ejecutivo rechazaba indignado la especie del protectorado, y que nunca acudiría a ese extremo, fueran cuales fuesen las eventualidades que surgieran durante la revolución; que el ministro Romero no había entregado la cartera de Hacienda al administrador de la aduana, y que la conservaba en sus manos con la misma fuerza que el primer día (aquí dio otras dos piruetas el jefe del gobierno).

Hasta aquí nada había de notable, sino que el ministro parecía por sus convulsiones una rana en la aplicación de la pila de Volta. Animado su señoría con la aprobación de los ministeriales, quiso poner algo de su coleto, que por lo absurdo, por lo extravagante, por lo ridículo y por lo impolítico, no merecía los honores del criterio; pero repetimos que las ideas emitidas por ese personaje, encierran cuestiones de alta significación en los destinos del país. El ministro comenzó haciéndose eco de todas las vulgaridades que corrían en la vieja Europa, y que aún se repiten en las pláticas de los Estados Unidos, después de la guerra de intervención.

El Sr. Mariscal dijo que el mundo entero estaba pendiente de nosotros para decidir si eramos capaces de gobernarnos, y que nuestros destinos estaban pendientes de esta resolución; que al ver que por los revolucionarios se habían cortado los alambres telegráficos, se nos tenía por más salvajes que los que recorrían los desiertos del Este; que nuestras revoluciones, a las que llamó motines, nos habían desprestigiado hasta lo infinito; que nuestra nación era un pueblo débil y sin elementos, deduciendo, lo que no pudo ocultar su señoría, que nuestros errores nos llevaban a la absorción americana, y que eramos dignos de la conquista, porque la Europa estaba escandalizada de nuestra conducta; en fin, el Sr. Mariscal arrojó en la tribuna todo el aire que conservaba en sus pulmones, y que había absorbido en los Estados de la Unión Americana, pensamiento funesto que hizo al ministro dar una pirueta, que tocó con las botas la barandilla de la tribuna.

Después de un cuadro tan desgarrador, apostrofó a la oposición, y aquí lo más serio de su discurso; dijo que los oposicionistas eran los verdaderos traidores, por hacer la guerra al Sr. Juárez; y después de una palabra tan dulce y halagadora, los exhortó a unirse a la mayoría que votaba por las facultades extraordinarias. «Señores, dijo, o el gobierno del Sr. Juárez con todas sus faltas, con todos sus abusos, con toda su ignorancia, o el filibusterismo yankee, que nosotros pobres, miserables y débiles, no podremos contener, y ante quienes será impotente hasta el mismo pueblo de la confederación vecina». (Aquí entretegió su señoría cinco piruetas, y pidió un aplauso a su talento diplomático.)

Vamos a contestar al Sr. Mariscal lo que nos parece más conveniente, porque este pueblo salvaje siempre cuenta con algún defensor, aunque sean insuficientes para tan ardua tarea, dice el ministro que la Europa escandalizada tiene fijas sus miradas sobre nosotros para dar un fallo sobre si somos capaces de gobernarnos. Sr. Mariscal, nosotros somos los que tenemos fija nuestra mirada en la revuelta Europa; nosotros somos los que presenciamos sus horrores y aberraciones: nosotros los que la sentenciamos desde la altura de nuestro criterio; nosotros los que nos escandalizamos con sus altos crímenes y sus injusticias, y ella no tiene el derecho de decidir sobre nosotros, cuando ante el tribunal de la verdad no hemos llegado a la altura de sus extravíos.

La España hace esa gran revolución que se iniciaba más gloriosa aun que la Revolución Francesa; arroja del solio de nueve siglos a la reina Isabel, para injertar en el árbol de la monarquía la rama de la casa de Saboya, y deja burladas las esperanzas de ese pueblo que ha vertido su sangre generosa y noble en los campos de batalla, de ese pueblo que Con lágrimas en los ojos vio partir a Isabel, a aquella mujer querida y adorada en otros tiempos, y que lleva a sus pies el sol del África, sólo porque la creía una rémora para sus adelantos, porque creía que la Constitución liberal y democrática la iba a sustituir, y hoy se encuentra a la víbora en ese nido donde se meció aquella ave del destierro, adonde la alcanzan las bendiciones de los buenos hijos de España. ¿Esa política actual podrá decidir de nuestra ciencia en el gobierno, cuando ha apelado a la corte romana por un monarca?

La Francia entregada a la merced de los prusianos por Napoleón III, y que no habiendo podido derramar la sangre de sus adversarios se baña en la de sus hijos con un furor terrible y exterminador, vengándose de su derrota en los hombres de la Comuna, y pidiendo con las fauces secas y avaras aun de sangre la extradicción, porque no está harta de la sangre fratricida; ¿la Francia que yace a los pies del ministro de Luis Felipe, que acepta la república sólo porque él ocupa la presidencia, y que la cláusula primera de su testamento político, será la entrega de la nación a sus antiguos señores y que no sabe a dónde va, es la que tiene fijas sus miradas en nosotros? ¿La Francia que anegó en sangre nuestro suelo, para huir después en precipitada fuga, a una orden de Jonhson, es la que va a juzgarnos por ventura? ¿La Prusia que en su guerra arrebató al Austria en la batalla de Sadowa los ducados y el Lombardo Veneto, que se llevó en la punta de su espada como el botín de una conquista, la Alsacia y la Lorena y el tesoro de la nación francesa, es la que va a juzgarnos por nuestras revoluciones?

La Italia, que batió a Garibaldi en Aspromonte cuando su espada le dio las dos Sicilias; que después de recibir las bendiciones del Santo Padre, esperó el momento de verlo desarmado para arrebatarle la Ciudad Eterna y sentarse en el Vaticano, donde se ha ungido rey, que sus dominios son el fruto de los botines de la Francia y de la Prusia, ¿esa Italia podrá traer a México a sus tribunales?

La Inglaterra, que ayuda al fuerte en sus empresas y conquistas para conservar su equilibrio, que tiraniza a la India, que domina cruelmente en el Canadá, que nos preparó la célebre Convención de Londres, en la que se pactó nuestro desaparecimiento, ¿esa Inglaterra hipócrita y desleal, tendrá algo que echarnos en cara, porque tengamos o no revoluciones?

Los Estados Unidos que nos asaltaron en cuarenta y seis llevándose entre los despojos de la guerra la mitad de nuestro territorio, que han hecho libres a los negros y han esclavizado a los blancos en los últimos instantes del Sur, que aún no pueden dar cima a su programa de reconstrucción; porque las pasiones germinan con más fuerza que entre nosotros, ¿se espantarán de nuestras revoluciones? Esos pueblos no pueden juzgarnos, ¡porque nosotros les pondremos en el facistol del mundo y en presencia de las generaciones el libro de la historia!

Nos amenaza el jefe del gabinete con la Invasión de los filibusteros, y añade que el pueblo americano será impotente ante ellos. Esto no pasa sino en la mente del Sr. Mariscal: ¿qué dirían al oír esas palabras, los soldados que sostuvieron siete batallas en el último día de Richmond; que asaltaron sus muros con una intrepidez digna de los tiempos antiguos, y que han regado con su sangre los campos victoriosos de Sprigfield y de Ball Run?

Si el filibusterismo yankee se desborda, este pueblo que el demente Ministro de Relaciones llama pobre, débil e impotente, se alzará como en Sonora en nombre de la justicia nacional, acudirá a las fronteras, alzará patíbulos como los del conde Rousset y Crab y correrá la sangre de los filibusteros, como la que ha enrojecido por dos veces las aguas del Pacífico y las turbulentas aguas del Arizona.

El señor Ministro de Relaciones, que no es diplomático, que nunca lo ha sido, que no lo será en el porvenir, ha ido a la Cámara a darle el golpe de gracia al ya desprestigiado gabinete; no ha ido a defender la política del gobierno, no se ha presentado con la actitud patriótica que debía, no ha evocado el espíritu de la nación, lo ha ido a insultar y a llenar de vilipendio; no ha hablado en nombre de las instituciones ni invocado la concordia y la unión para calmar el aliento de la revolución que se cierne sobre la frente de la República. El ministro se ha presentado a exaltar más y más las pasiones, a amenazarnos con el Spencer del filibustero, a imponer por medio del temor y no con el aliciente del porvenir.

Cuando Maximiliano subía las rocas del Cerro de las Campanas, se gritaba por los extranjeros, que las naciones todas aliadas del imperio, atravesarían el océano para exterminarnos, que el peligro era inminente; que caeríamos en el abismo donde Polonia arrastra sus cadenas, y México respondió a esas amenazas arrojándole a la Europa en las aguas salobres del océano, el cadáver del archiduque de Austria.

¡La nación está curada de espanto! Puede el jefe del gabinete abofetear la tribuna y dar cuantos saltos le sugiera su naturaleza nerviosa, que esos peligros que candorosamente nos anuncia serán el último de nuestros cuidados.

El Sr. Mariscal, con ese cúmulo de inconveniencias, ha hecho más honda la división de los partidos, ha venido a ponerle fuego a las pasiones ya en combustión, a envenenar esta herida abierta en el seno de la República. Nunca habíamos visto como ahora, la extravagancia elevada a la altura del dogma. Cuando lleguen a oídos de la nación las palabras del jefe del gabinete, una carcajada homérica que ha partido de la Cámara, risa de alto desdén y de menosprecio, resonará en los ángulos todos de la República, y será recibida con algazara en el campamento de la revolución.